sábado, 26 de octubre de 2013


Domingo treinta
            Tiempo ordinario, Ciclo C
            27 de Octubre

            El Publicano y el Fariseo
           
            Como suele pasar generalmente siempre, también en los tiempos de Jesús existían hombres piadosos que se tenían por justos con desprecio a los demás. Para enseñar la ciencia de la oración perfecta, Jesús, el modelo perfectísimo de orantes, expuso la parábola del Publicano y el  Fariseo. Hagamos una pequeña semblanza sobre ella:
            Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo y el otro un publicano. La oración se puede hacer en cualquier parte y de muchas maneras, pues para comunicarse con Dios no hace falta buscar un sitio determinado, porque Dios está en todas partes y con Él se puede hablar siempre, en cualquier lugar, pero el más propio suele ser el templo, que está construido para la oración y el culto.
            El fariseo, engreído en si mismo y poseído de una soberbia satánica  entraría en el templo con aires de señorío y se situaría cerca del altar mayor para ser visto por todo el mundo. Y  oraba así: Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás: Ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Empezó bien la oración, dando gracias a Dios, como tiene que ser. Pero la estropeó en las peticiones y en la comparación con los demás. Para él no había  más que dos grupos de hombres: él y los demás. El fariseo se consideraba   único, el mejor de todos los hombres, virtuoso, santo, cumplidor de la ley, ayunaba dos veces por semana y pagaba el diezmo de todo lo que tenía. No se conocía y mentía, porque la santidad no consiste en el cumplimiento de la ley, que por sí misma no justifica, como enseña San Pablo, sino en la gracia de Dios con obras. Los demás eran los mayores pecadores que se pueden concebir en sentido bíblico y humano: ladrones, injustos y adúlteros. Su insensatez y orgulloso desconocimiento de sí mismo  llegó a su colmo cuando en la oración se comparaba delante de Dios con un publicano que, escondido en un rincón, cerca de la entrada del templo, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, se rompía el pecho con golpes  de pecho diciendo: ¡Dios mío! ten compasión de este pecador.
            El resultado fue que el publicano se marchó a su casa  justificadio y el fariseo no, porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
            Consecuencias
1 La oración es buena cuando está bien hecha y santifica, como la que hizo el publicano, gran pecador   que oraba con los ojos bajos mirando al suelo, reconociendo su condición de pecador y pidiendo a Dios el perdón de sus pecados, y no la del fariseo que oraba presumiendo mentirosamente de virtudes que no  tenía.
            2 Es una equivocación y una mentira comparar la virtud de uno con la que tienen los demás, porque sólo Dios conoce la realidad de la bondad y malicia del hombre, y el hombre conoce estas realidades subjetivamente según es él o le parece.
3 La moralidad de los actos humanos depende del objeto, sus circunstancias, intención y fin por el que se hace. Por ejemplo: robar a los ricos para socorrer a los pobres es un mal que se hace para hacer un bien, pues no se puede hacer un mal para hacer un bien.

4  Orar es comunicarse con Dios para conseguir las gracias necesarias  para  la vida eterna, y no para mentir, hablar de las virtudes que no se tienen y leer a Dios la cartilla mintiendo. 

sábado, 19 de octubre de 2013

Domingo vigésimo noveno
Tiempo ordinario, Ciclo c
20 de Octubre
           
            La Sagrada Escritura  conduce a la salvación

            En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, la Iglesia nos propone un trozo de la segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo, de la que elijo un epígrafe o sentencia para hacer un breve comentario: La Sagrada Escritura  conduce a la salvación.
            El Hijo Unigénito del Padre, Palabra de Dios para el hombre, le  reveló los misterios de la Santísima Trinidad, la naturaleza de la Redención y los medios necesarios para conseguir la salvación eterna  por medio de los profetas y evangelistas. Todo su contenido se encuentra en la Revelación oficial  de la Sagrada Escritura y Tradición de la Iglesia. Dios revela también a ciertos santos o a personas privadas algunos misterios o verdades, pero no son revelación pública y oficial de la Iglesia, que terminó con la muerte del apóstol San Juan, si no privada, no es fiable.
            Los profesores de las Universidades, Seminarios, Institutos, y Colegios de la Iglesia son intérpretes de la Revelación enseñada oficialmente por el Magisterio con explicaciones, sugerencias, pensamientos propios o de otros autores. Toda escritura, inspirada por Dios, es enseñanza de la verdad sobrenatural que no conoce la sabiduría humana; reprensión de los desordenes morales; corrección de los pecados, vicios y faltas; educación en el ejercicio de la virtud  y perfección evangélica en el camino de la santidad. El hombre equipado perfectamente con estas virtudes puede realizar toda obra buena.
            La lectura de la Palabra de Dios, aunque no se entienda, produce efectos espirituales sorprendentes, porque tiene fuerza mística en sí misma. Santa Teresa de Jesús se emocionaba algunas veces, cuando rezaba el breviario en latín, que no entendía, como si el contacto con la letra inspirada tocara las fibras del alma y le hiciera vibrar como las cuerdas de un violín, tocadas magistralmente  por un artista consumado.
             Por la fuerza que tiene en sí misma la Palabra de Dios, San Pablo a su discípulo Timoteo le mandaba: proclamar la Palabra de Dios, no como la recitación de una poesía o una pieza magistral de oratoria, sino con la fuerza espiritual que contiene en sí misma; insistir en la predicación de la Palabra de Dios a tiempo o destiempo con cabeza y prudencia; reprender caritativamente y buenos modales a los que se apartan de la Verdad; reprochar con humildad y caridad con la Palabra a los cristianos que se apartan de Dios por debilidad, ingenuidad o confusión y son moralmente recuperables; y exhortar con toda comprensión y pedagogía  a los que pueden ser aconsejados en el progreso de la perfección evangélica, y no lo hacen por desidia o falta de esfuerzo.
            La Sagrada Escritura es libro sagrado inspirado por Dios que juntamente con la Tradición de la Iglesia contienen las verdades eternas que el hombre necesita para ser feliz en la tierra con sacrificios y cruces  y desembocan en el Cielo donde todo es verdad, paz y alegría en el conocimiento pleno de  Dios y visión y gozo  por los siglos que no tienen fin.


sábado, 12 de octubre de 2013


Domingo vigésimo octavo
            Tiempo ordinario
            13 de Octubre

                                              
DIEZ  LEPROSOS Y JESÚS

COMENTARIO
La curación de los diez leprosos sucedió en el tercer año de la vida pública de Jesús, cuando se dirigía hacia Jerusalén para celebrar la última Pascua y consumar el sacrificio de la cruz. No sabemos más detalles de este milagro que la simple y sencilla narración que nos facilita el evangelista San Lucas (Lc 17,11-19).
  Sucedió que al pasar Jesús por un pueblo, cuyo nombre no dice el evangelista, en el que había una leprosería, salieron a su encuentro diez leprosos, que conocían de oídas a Jesús, como insigne predicador de la Nueva Noticia y taumaturgo, pues su fama se había extendido ya por todas partes. Y desde lejos, observando la legislación vigente, los diez gritaron con tonos descompasados: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Habían perdido toda esperanza humana y no encontraban otra solución para su enfermedad incurable entonces que el milagro.
Jesús con su corazón humano, divinizado, al verlos se compadeció de ellos y les dijo: Id a los sacerdotes. Con estas palabras les dio a entender que se iban a curar, pues los sacerdotes eran los que extendían el certificado de curación  o el alta, como decimos hoy,  para que se pudieran integrar en la Sociedad. Tuvieron fe en su palabra, y todavía leprosos se pusieron en marcha; y sucedió que en el camino, quedaron limpios de la lepra. Uno de ellos, que era samaritano, enemigo de raza de los judíos,  al verse curado, echó a correr, loco de contento, en busca de Jesús, alabando a Dios a gritos y pregonando a los cuatros vientos que Jesús lo había curado. Y cuando lo encontró, se echó por tierra a sus pies, signo de humilde gratitud, dándole las gracias repetidas veces con palabras emocionadas, expresadas con espontaneidad y mímica desproporcionada. Jesús, al verlo en esa postura reverente, recorrió con su mirada el lugar donde se encontraba el samaritano, para ver si venían detrás los otros nueve; y, visiblemente entristecido,  dijo:
¿No han quedado limpios diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y, apenado por la ingratitud de los otros nueve, conmocionado, dijo al leproso samaritano: Levántate, vete; tu fe te ha salvado. 
Este pasaje, tan psicológicamente humano, me sugiere tres temas que quiero tratar someramente: la Oración comunitaria, Haz el bien y no mires a quién, acción de gracias.  

ORACIÓN COMUNITARIA
Los diez leprosos tenían la misma enfermedad de la lepra, y juntos acudieron a Jesús a pedirle el milagro de la curación. Y Jesús como respuesta a esa petición comunitaria los curó. La oración comunitaria tiene ante Dios una fuerza tan grande que produce efectos sorprendentes y, a veces, milagrosos, porque “cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, en medio de ellos estoy Yo”, dice Jesús en el Evangelio. También la oración personal tiene eficacia  para otros, pues  todo lo que un cristiano hace personalmente produce efectos comunitarios en el Cuerpo Místico de la Iglesia. 
Piensa que en tu oración y acción orante, otras muchas personas que tienen necesidades, enfermedades físicas o espirituales iguales, parecidas o mayores que las tuyas, se aprovechan de ellas, casi como si fueran propias, porque la savia de la gracia personal que circula por las venas de tu alma, se comunica por todos los miembros, del Cuerpo Místico de la Iglesia. Y aunque digas: Señor ten compasión de mí, equivale a decir: Señor, ten compasión de nosotros. De esta manera con tu oración nos sentimos más reforzados, y las gracias que pedimos al Señor para nosotros, las pedimos también para los demás.

HAZ EL BIEN Y NO MIRES A QUIÉN
Jesucristo, como Dios, sabía perfectamente que nueve de los diez leprosos  curados, no volverían a darle las gracias; y, a pesar de la ingratitud humana prevista, hizo a los diez el milagro, porque el bien hay que hacerlo sin mirar a quién.
La bondad infinita de Dios, que es Amor, se difunde a todos los hombres en la medida que a Él le parece en bien de cada uno de ellos. Así como el Señor hace salir el sol y llover para el bien de todos los hombres, buenos y malos, cuando le parece mejor, nosotros debemos hacer el bien a todos los que lo necesitan, sin mirar su condición moral. Como cristianos, debemos hacer siempre el bien que podamos  a todos, sin tener en cuenta el bien o el mal que hagan,  porque todo el bien que se hace al hombre se hace al mismo Cristo (Mt 25,40).  
 Cuando Jesús curó a los diez leprosos, sabía que sólo uno volvería a darle las gracias, y sin embargo, curó  a los diez, aunque los otros nueve no fueron agradecidos.  “Dios quiere que nos amemos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4,7-8).

 Jesucristo nos enseñó a hacer el bien a quien nos hace mal, bendecir a quien nos maldice, perdonar a quien nos ofende (Mt 5,38-48). Hacer el bien por amistad, por simpatía, por ideal humano o político, nada más, es sacar al hombre fuera de su contesto cristiano. La mejor manera de  perdonar al enemigo es haciéndole bien con obras, palabras y pensamientos, y, sobre todo, con la oración, aunque se tengan que amordazar los instintos rebeldes de la sensibilidad, que pide correspondencia o venganza.  

 ACCIÓN DE GRACIAS
 El hombre depende totalmente  de Dios, Creador, por ser su criatura, e hijo de Dios, Padre.  De Dios todo lo hemos recibido, y, por tanto, todo lo que somos, tenemos, y valemos debe ser para Dios. La actitud del hombre  para con su Creador, Señor, y Padre, debe ser una permanente acción de gracias, porque siendo la nada, empezó a ser criatura, hijo de Dios, como Él quiso, según el plan eternamente concebido sobre la Creación y Redención.
   Recapitulemos algunas gracias que hemos recibido de Dios:

1 Gracias a Dios por haber nacido de unos padres concretos, en un lugar determinado y en una época precisa.
2 Gracias a Dios por el bautismo que hemos recibido y por haber sido educados en ambientes cristianos.
 3 Gracias, Señor, por las personas que pusiste en nuestro camino para que pudiéramos vivir la vocación bautismal cristiana.
 4 Gracias, Señor, por el Colegio, Parroquia, Centro cristiano que nos ayudaron a formarnos en el compromiso bautismal.
 5 Gracias por todo lo que me sucedió en mi viaje hacia la eternidad.
 6 Gracias a quienes nos han hecho el bien y  no les hemos dado las gracias por inconsciencia, negligencia u olvido.





sábado, 5 de octubre de 2013

            Domingo vigésimo séptimo
            Tiempo ordinario, ciclo C

           
“Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

El evangelio de este domingo nos habla de la virtud cristiana de la fe, basada en la esperanza que desemboca en la caridad, la más perfecta de todas las virtudes. Es tan importante que la palabra de Dios nos dice con hipérbole que el que la tiene profundamente tiene capacidad para hacer que una morera se arranque de raíz  del suelo  y se plante en el mar. La fe es un don divino, absolutamente necesaria para conseguir el Reino de los Cielos, que cambia la óptica de la visión verdadera de las cosas, haciendo que se vean con los ojos de Dios.  Sustancialmente consiste en la fiel obediencia a la voluntad divina, manifestada en el cumplimiento de los mandamientos y en la aceptación resignada o alegre de todo lo que sucede.  

            El fin supremo del hombre, la obra más perfecta del globo terráqueo, es la síntesis de todas las perfecciones creadas, porque contiene algo material, algo vegetal, algo espiritual y algo divino, Esta obra maestra de perfección tiene el fin supremo de glorificar a Dios, utilizando los bienes de la tierra, de los que es administrador, en orden a conseguir la vida eterna en el Cielo. De lo que se deduce que debe usarlos tanto cuanto le ayude a cumplir la voluntad de Dios, y mediante esto conseguir el Reino de los Cielos, meta final de felicidad eterna. Cuando los hombres hacemos lo que está mandado, que es lo que tenemos que hacer somos unos pobres siervos  Luego la fe es creencia en Dios, vivencia de lo que Él quiere, y cumplimiento de lo que se tiene que hacer. 

sábado, 28 de septiembre de 2013



Domingo vigésimo sexto
Tiempo ordinario, ciclo c

            Parábola del Rico Epulón (Lc 16, 19-31)
Opinan los más expertos comentaristas del Evangelio que la parábola del rico Epulón fue predicada por Jesús   inmediatamente después  de la parábola del injusto administrador que desempeñaba su maligna gestión con malévola astucia.
 Había una vez un hombre rico, que vestido de púrpura y lino se pasaba toda la vida celebrando banquetes cada día, sin compadecerse de los pobres. En  uno de los banquetes había un pobre, llamado Lázaro, que,  cubierto de llagas, sentado  en el suelo, esperaba saciar su hambre  con las migajas de comida que caían de la mesa al suelo. Y no tenía más consuelo que el lamido de los perros que con su lengua lamía sus llagas. Sucedió que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán o al cielo. Murió también el rico y fue al infierno, y en medio de los abrasadores tormentos, levantó los ojos y vio en el cielo al pobre Lázaro, y gritando dijo a Abráhán: Manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. Pero Abrahán  le dijo: Recuerda que tú recibiste bienes en la vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso él ahora aquí es consolado, mientras que tú estás atormentado. Además no hay comunicación desde este lugar con el que tú estás, pues hay un abismo, ni tampoco pueden cruzar desde donde estamos nosotros hasta donde estáis vosotros. Entonces, dijo el Epulón a Abráhán: al menos envía a un muerto a la casa de mis padres y hermanos para que les digan que existe este lugar de tormento, no sea que ellos también vengan al infierno. Abrahán le dijo: Tienen a Abrahán y a los profetas: que los escuchen. No Padre, porque si un muerto se les aparece, se arrepentirán. Abrahán le dijo: Si no escuchan a Abrahán y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto.
Enseñanzas
En esta parábola Jesús  nos cuenta dos verdades que la Iglesia ha definido como dogmas infalibles de fe: existencia del Cielo y del Infierno, temas sobre los que voy a hacer unas breves reflexiones ajustándome a la doctrina de siempre, contenida en el   Catecismo de la Iglesia Católica de San Juan Pablo II.

 Existencia del Cielo
El Cielo existe. Es un lugar que no se sabe dónde está y un estado de felicidad que no se puede imaginar porque trasciende la capacidad intelectiva del ser creado. “Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están con Cristo sobrepasa toda comprensión  y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2,9; Cat 1027).
            “A causa de su trascendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia “la visión beatífica” (Cat 1028).
¿Qué significa la visión de Dios?
La visión mutua y el amor intercomunicado de visión y gozo de dos personas que se quieren mucho en este mundo no explican, ni siquiera analógicamente  la visión y gozo de los bienaventurados en el Cielo. Contemplar con una mirada sobrenatural y divina, jamás interrumpida, a Dios, “tal cual es”, en Trinidad de Personas, sobrepasa todo entendimiento creado. Es imposible en esta vida ver a Dios con los ojos corporales, como nos dice San Juan: “Nadie ha visto jamás a Dios” (1 Jn 4,12). Sin embargo, es posible que la Virgen María y algunos santos, cuando vivían en la Tierra tuvieran en algunos momentos visiones intelectuales o apariciones corporales de Dios, como por ejemplo San Pablo y acaso Santa Teresa de Jesús y otros, que participaron de algunas ráfagas simbólicas de Dios.  Para ver a Dios es necesario que el hombre muera y su alma sea transformada sustancialmente por medio de una gracia especial, llamada teológicamente por los teólogos lumen gloriae,  que verifica un cambio radical en el entendimiento para que el alma pueda ver sobrenaturalmente a Dios; y “deifica” la voluntad potenciándola para poseer y gozar de Dios eternamente en un estado perfecto y acabado de felicidad, que sacia totalmente todas las apetencias del ser humano. Viendo a Dios en su esencia divina, el bienaventurado conoce todo lo que se puede conocer y goza  totalmente y para siempre la felicidad plena posible. Después, al fin del mundo, los cuerpos resucitados se unirán a sus propias almas ya resucitadas, para gozar eternamente del Cielo.  
 La Iglesia Católica  de Juan Pablo II define el cielo en el Catecismo de la Iglesia Católica con estas palabras. “El Cielo es la vida perfecta con la Santísima Trinidad, comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados, donde los que mueren en gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Es una verdad de fe” (Cat 1023.1024.1028;Benedicto XII; DS 1000;  Cf. LG 49).
Además de conocer todo lo que es cognoscible en este mundo, en la esencia divina de Dios, Uno y Trino, como en una pantalla los bienaventurados ven a los ángeles y santos  del Cielo, los misterios sobrenaturales que ahora creemos  por la fe.
Infierno
Sobre el Infierno los santos, sacerdotes,  escritores, predicadores, y visionarios  han predicado y escrito muchas cosas: unas, exageradas y muchas imaginadas con descripciones terroríficas. Para andar con seguridad sobre esta verdad dogmática voy a exponer lo que siempre ha enseñado la Iglesia, que se encuentra resumido en el Catecismo de la Iglesia Católica del Papa santo, Juan Pablo II, sobre el Infierno: “Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra Infierno” (Cat 1033)
¿Quién comete pecado mortal y al morir merece el Infierno, sin acoger  la misericordia de Dios, se autoexcluye libremente de la comunión con Dios y con los bienaventurados?  ¡Misterio! Nadie lo sabe. El pecado es un acto moral que comete el hombre, limitado en su ser y obrar, ignorante, inculto, desequilibrado, apasionado y condicionado por muchas circunstancias personales y ambientales.  ¿Quién comete pecado mortal, acto humano, que merezca el Infierno eterno?
“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,3-4).  Y para que este deseo divino se pueda llevar a efecto regala a cada persona  por medio de la Iglesia, Sacramento universal de salvación, las gracias que necesita para que pueda salvarse, de muchas maneras, la mayor parte de las veces de modo misterioso. El  principio de la salvación es la bondad del bien obrar, evaluada por Dios, infinitamente misericordioso, y el principio de la condenación la malicia de los que odian a Dios libremente y no quieren convertirse.
Jesús habla con frecuencia de la “Gehenna” y del fuego que nunca se apaga. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien  únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Cat 1034.1935).
¿Cómo será ese fuego eterno? Ciertamente no se sabe, pero no será como el fuego material. ¿Quiénes se condenan? Sólo Dios lo sabe.

  
     








     



sábado, 21 de septiembre de 2013

            DOMINGO VIGÉSIMO QUINTO             
            TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

 ADMINISTRAD0R INJUSTO

La liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta en el evangelio la parábola de un administrador de un hombre rico que administraba sus bienes injustamente a favor propio y no de su señor. Enterado el dueño de los bienes su mala gestión, determinó despedirle. El administrador para granjearse la amistad con los deudores tramó la diabólica idea de hacer rebajas a cada uno de los de los deudores del amo para que encuentre un trabajo porque cavar no podía y pedir le daba vergüenza. El amo cuando se enteró de la pícara gestión, felicitó al  administrador injusto por la astucia con que había procedido, estableciendo un principio humanamente bueno: los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Y concluyó Jesús con una moraleja evangélica: No podéis servir a dos señores a Dios y al dios dinero.
           
Conclusiones espirituales de la parábola

1ª  Dios recrimina y condena la injusticia.
 2ª Hay que reprobar la astucia de los hijos del mundo o de las tinieblas para hacer el mal, y copiar la astucia de ellos para hacer  el bien,  como hijos de Dios o de la luz.
3ª Hay dos dioses: el dios dinero, que causa pecados vicios  y desgracias, buscado como fin de la felicidad y  el Dios, Creador y Padre, fin supremo de la verdadera felicidad en el la Tierra y en el Cielo que satisface todas las aspiraciones del corazón humano. 


sábado, 14 de septiembre de 2013


Domingo vigésimo cuarto
            Tiempo ordinario, ciclo c
           
“Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio”

       En la segunda lectura de la liturgia  de la Palabra de este domingo, San Pablo escribiendo a su discípulo  Timoteo le hace por escrito una confesión general de su grave vida  pecadora del pasado, manifestándole que Él era antes un blasfemo, un perseguidor y un violento. ¡Qué humildad más profunda, confesar sus pecados para todo el mundo y en todos los tiempos!  Pero Dios tuvo compasión de mí, dice, porque no era creyente y no sabía lo que hacía: Dios derrochó su gracia sobre mí y me dio la fe y el amor cristiano, se fió de mí y me  concedió el ministerio de ser su apóstol. Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero,  dice San Pablo.
La gracia de Dios  es la fuerza omnipotente para la conversión contundente del no creyente y del pecador, como fue la de San Pablo, San Agustín y otros grandes pecadores  como lo comprueba la Historia de la Iglesia. La obra de la salvación  y santificación de los pecadores es efecto de la operación del Espíritu Santo, que derrama su gracia sobre pecadores y los convierte en santos. Y a pesar de que no merecen la confianza de Dios, se fía de algunos y les concede el ministerio sacerdotal y a otros dones del Espíritu Santo para el bien de la Iglesia. ¡Qué  responsabilidad tienen delante de Dios los cristianos pecadores   que malgastan las gracias recibidas para el bien propio  o distintos fines humanos! Sin embargo, los que vivieron un tiempo consagrados a Dios consecuentemente, y poco a poco fueron abandonando los medios para perseverar en el estado de perfección evangélica, suelen perder la vocación religiosa y hasta la fe en algunos casos. Recuperarse espiritualmente después   es frecuentemente obra de un milagro que raramente sucede.
¡Qué bienes tan grandes producen en el mundo y en la Iglesia los pecadores  que rompen tajantemente con el pecado y se consagran en cuerpo y alma  a hacer el bien! 
San Pablo termina su confesión diciendo que Dios se compadeció de mí para que sea modelo de todos los que creerán y consigan la vida eterna, y todo sea para el rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por  los siglos de los siglos.
             Si has sido pecador en el pasado, y ahora en el presente intentas ser mejor, adquieres la experiencia personal de la misericordia divina, el conocimiento propio  y la comprensión del hombre.