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sábado, 20 de diciembre de 2025

Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo A


El mal que nos sucede tiene varias causas teológicas que conviene explicar para no caer en el peligro de creer que las cosas nos van mal siempre por culpa del demonio. Es verdad que muchas veces Satanás es el culpable de no pocos males que suceden a los hombres en la vida, pues, envidioso de nuestra suerte, nos tienta para conseguir de nosotros el mal. Pero no siempre es así, pues Dios quiere o permite también diversas pruebas que son males físicos y materiales en su apariencia, pero que son bienes en su fin, para enseñar a los hombres con estilo pedagógico de Padre tres cosas importantes: la pequeñez del hombre, la grandeza de la misericordia infinita de Dios y la realidad de la vida. Y como estas verdades fundamentales no suelen aprenderse en otros, porque pocos escarmientan en cabeza ajena, ni en los libros, ni en la vida, el Señor nos las enseña personalmente con clases particulares, con pruebas, a veces muy dolorosas, que no se entienden generalmente, pero que contienen lecciones sabias de fe para purificarnos de nuestros pecados, apegos y como método para encaminarnos al Cielo.

San José, que era bueno, tan bueno que después de la Virgen María no hay otro mejor en el Reino de los Cielos, también fue probado por Dios para que se santificara más aún y se afianzara más en la fe de Dios. La prueba, como todos sabemos, consistió en que la Virgen María había concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, y él no lo sabía, por razones misteriosas que no acertamos a descubrir. María guardó el secreto misterioso de la Encarnación en su corazón sin revelárselo a nadie, ni siquiera a su querido esposo José con quien tenía las más profundas confidencias. Tal vez porque este misterio absoluto no se podría creer sino por la revelación del Espíritu Santo, como sucede con los misterios de nuestra fe, como por ejemplo la Eucaristía, que, si no se tiene la potencia de la fe, no se puede creer. 

No es posible entender la tragedia que sufrió San José en el corazón, dándole vueltas en la cabeza al hecho evidente de la concepción de María, su mujer. Por más conjeturas que se fraguaba en la mente, no podía adivinar el extraño silencio de María sobre su concepción virginal, que ciertamente no se debía a ninguna causa humana. ¿Cómo es posible que su esposa, santa entre las santas, la bendita entre todas las mujeres, haya concebido? ¿Violación forzosa en el camino a Ain Karin, cuando fue a visitar a su prima Isabel para ejercer con ella el oficio caritativo de sirvienta, como piensan algunos intérpretes protestantes de la Sagrada Escritura? De ninguna manera, pues es evidente que María se hubiera desahogado con él, sabiendo que como santa que era, la iba a comprender perfectamente. ¿Un fallo humano? Imposible, pues José sabía que María era santísima, aunque pienso que pudo ignorar su inmaculada concepción, pues si lo hubiera sabido, hubiera pensado que algo misterioso había pasado en Ella, incluso en que podría ser la Madre del Mesías esperado por siglos sin término.

La mejor solución humana era la que San José había planificado, dejarla en secreto, pasando ante el pueblo como un posible infiel a su mujer que la abandona dejándola embarazada. Pero Dios que es fiel y premia la fidelidad de los hombres, le reveló el misterio de la Encarnación de María, que concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. De esta manera se conoció más a sí mismo, se afianzó en la fe de Dios, que todo lo puede y quiere el bien para todos los hombres, y supo la realidad de la vida, que puede tener excepciones, cuando Dios quiere, como sucedió en la dura prueba que sufrió de parte de Dios. 

Las pruebas que Dios nos manda o permite en sí mismas son buenas, aunque tengan cara mala o apariencia de mal, porque tienen una finalidad suprema de bien, que podemos suponer, pero que no conocemos. Con ellas, si las aceptamos con fe de providencia, llegamos a conocer la pequeñez de nuestro ser, la pobreza de la debilidad del hombre, la miseria de nuestra existencia sin Dios. Y por medio de ellas conocemos más de cerca a Dios y a él nos confiamos sin reservas, despegándonos de las criaturas; y terminamos por conocer la realidad de la vida a los ojos de Dios, que no tiene otra finalidad que el camino hacia Dios, pues las cosas de este mundo son pasajeras, caducas, variables, y no merece la pena, sin fe, querer vivir las realidades de este mundo que pasa. 

Seguramente que tú estás ahora padeciendo alguna prueba dolorosa, tu enfermedad o la de un familiar, la muerte de un ser querido, el aguijón de la carne, el desprecio de los hombres, las continuas humillaciones de la familia o amigos, las pruebas económicas. La solución a estas pruebas que tienen visos de bien eterno es aceptar la voluntad de Dios, que se manifiesta con contrariedades. Espera la hora de Dios, pues te está probando para que conozcas tu debilidad, impotencia, miserias y pecados; para que te fíes sólo y nada más que de Él, y conociendo la realidad de las miserias propias y la fortaleza y gracia de Dios, conozcas la verdad de la vida que consiste en vivir en Dios y para Dios siempre, a pesar de todo lo malo que parece, pues todo sucede para el bien de los hombres a quienes Dios ama.

 

 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Tercer domingo de Adviento. Ciclo A


Por instinto natural el hombre busca el bien que le apetece, como camino para la felicidad, poniendo su corazón en las cosas: el dinero, la sexualidad, el poder, la diversión, la comida, el vino, la cultura..., que en su justa medida son bienes buenos y lícitos, pero que tienen el peligro de desordenar las pasiones del hombre e inducirle a muchos males y vicios. Y para conseguir la felicidad que necesita, se esfuerza y trabaja, a veces sin descanso, por encontrarla en las cosas materiales. Pero la experiencia dice que las cosas de este mundo satisfacen momentáneamente el apetito sensitivo o sexual del hombre, pero aumentan  después el hambre de las mismas cosas u otras con el peligro de la degeneración en vicios. El corazón está hecho para amar, y si se le alimenta solamente con cosas, se queda siempre con hambre. 

La verdadera felicidad en este mundo es relativa e imperfecta, y está mezclada de alegrías y penas. Consiste en la intercomunicación del amor y no en el intercambio o regalo de cosas; en la entrega generosa y desinteresada del uno al otro, en darse a los demás por amor  con sacrificios y renuncias, en dar más que en recibir. Solamente Dios satisface plenamente las apetencias del ser humano, como decía San Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón no se satisface hasta que descanse en ti".

La verdadera felicidad, en sentido cristiano, consiste en la vivencia de la fe con la esperanza puesta en Dios, sabiendo que todo sucede para el bien eterno de los hombres a quienes ama el Señor, aunque no se entienda la razón del obrar de Dios, que muchas veces parece castigo más que amor. Los acontecimientos tristes, desgracias y sufrimientos son los mismos para los que tienen fe que para los que no la tienen. Pero son distintos en cuanto a la aceptación, pues el cristiano recibe las desgracias y sucesos malos, como voluntad de Dios para un fin supremo, misterioso, que no se entiende en este mundo, pero que son medios para conseguir la vida eterna en el cielo.

En cambio, el que no cree, evalúa los acontecimientos buenos como suerte,  fruto del trabajo o astucia personal, y los malos como desgracias naturales o malicia de los hombres. Lo que cambia es la motivación del creyente o no creyente en la aceptación del mal o el bien, que se acepta de distinta manera y se explica por distintas causas. Para el que cree,  todo tiene razón de bien, lo bueno y lo malo, y lo acepta como voluntad suprema y misteriosa de Dios; y para el que no cree, los males suceden por causas naturales, por casualidad o por el misterio de la vida.

La fe es auténtica cuando es operativa, es decir, se vive en estado de gracia y con expresión en obras buenas, sabiendo que Dios está con nosotros siempre, actuando en nuestra salvación, aunque nos dé la sensación de que nos ha dejado de su mano, nos ha abandonado. El estado de gracia es esencial para la vida cristiana de fe, que consiste en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia y en la aceptación de la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste en los acontecimientos de la vida.

La vida cristiana, vivida consecuentemente, es un seguro a todo riesgo para conseguir eternamente la alegría, que es el gozo de la visión y posesión del Dios en el cielo.

Hoy celebramos el tercer domingo de adviento, conocido en la liturgia como el día de la alegría. En la antífona de entrada San Pablo nos manda: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca. Pronto, dentro de nueve días, vendrá la Navidad, y en ella recordaremos  el nacimiento de Jesús nuestro Salvador, alegría de nuestra salvación.

En la oración colecta hemos pedido al Señor que esperando con fe la fiesta del nacimiento de Jesús, consigamos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante.

Nos preparamos con fe para la alegría de la Navidad. Pero podemos preguntarnos: ¿Para qué alegría? Todos o algunos tenemos muchos e importantes motivos para estar tristes: la enfermedad que está minando nuestra salud, la de mis hijos o de mi familia; la desgracia de haber perdido un ser querido hace poco; los dolores que no puedo aguantar; la ingratitud de los hijos; la soledad en la que vivo, sin nadie a mi lado a quien contar mis penas y alegrías o charlar de nuestras cosas; las distintas desgracias familiares; los problemas económicos y sociales: el terrorismo, la guerra...; la falta de fe de mi familia... ¿Cómo se nos puede mandar vivir la alegría en medio de tantas penas?

La alegría que nos pide la Iglesia en este domingo es, en primer lugar, la alegría en el Señor,  la alegría de la salvación, la alegría de la fe y la esperanza, la alegría de que todo pasa pronto y viene luego el gozo de estar con Dios en el Cielo, por toda la eternidad, viendo y gozando de su presencia. Mientras llega ese día, el Apóstol Santiago nos aconseja tener paciencia hasta la venida del Señor, como el labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia, nos dice el Apóstol, manteneos firmes  en la fe, porque la venida del Señor está cerca. Debemos esperar con paciencia la alegría de la venida del Señor, al estilo de los profetas que aguardaron la llegada del Mesías, como salvador del mundo

Mantengamos la alegría de la fe, que muchos no tienen, conservándola pese a todas las dificultades y por encima de todos los acontecimientos adversos. La alegría de perseverar en la gracia de Dios con salud o con achaques; la alegría de vivir en paz con la familia, con pequeñas o grandes dificultades, fácilmente salvables; la alegría de tener lo suficiente para vivir, mientras otros no tienen ni lo necesario; la alegría del premio eterno que aguarda a los que perseveren en la gracia.



sábado, 6 de diciembre de 2025

Segundo domingo de Adviento. Ciclo A

 


Juan bautista en el desierto de Judá tenía como objetivo prioritario de su predicación la conversión: Convertíos porque está cerca el reino de los Cielos.

Seguramente que a más de uno de los me escuchan, se le habrá ocurrido la idea de decir que el precursor del Mesías, el mejor nacido de mujer, excepto Jesús, predicaba la conversión para los hombres de su tiempo; pero que no tiene sentido para nosotros, que somos cristianos practicantes. Y esto es un error, porque todos tenemos que convertirnos.

Se tienen que convertir los infieles para que pasen de la infidelidad de la idolatría a la fe, al culto del verdadero Dios, cuya misión realizan los misioneros y las misioneras. Los cristianos colaboramos a esta empresa misionera de toda la Iglesia, celebrando una vez al año el Domund, día de la propagación de la fe, con la oración, sacrificios y limosnas.

Puede parecer también que la conversión es empresa que tenemos que realizar los cristianos para aquellos que no tienen fe, o que tienen una fe distinta a la nuestra. Pero no es así. Tampoco pensemos que la conversión es propia de los grandes pecadores, que, creyendo en Dios, se apartaron de la Iglesia, o viven en ella en pecado, satisfaciendo las pasiones con todos los halagos del mundo y de la carne, instigados por el demonio, aunque cumplan ciertos sacramentos de compromiso social. No son éstos solamente los que tiene que convertirse.

Con injusticia de desagradecidos pedimos al Señor por la conversión de los infieles, por la de los no católicos, o por la conversión de los pecadores, sin caer en la cuenta de que también nosotros, los míos, los de mi casa, los de mi familia, mis amigos, todos tenemos que convertirnos para ser mejores cada día. Permitidme que os diga que la conversión es más necesaria para los que estamos ya oficialmente convertidos al Señor, pero todavía no hemos conseguido la perfección, que para los que nos parece que están lejos de Dios. De la misma manera que la perfección en el arte es más propia de artistas que de profanos en el arte, así también la conversión es más propia de los cristianos cualificados, religiosos y religiosas, que la de los infieles y grandes pecadores que tienen el corazón empedernido.

No sabemos quiénes necesitan más la conversión, si los pobrecitos de África, de América Latina, del Japón o nosotros los españoles que rezamos, practicamos los sacramentos, y somos creyentes y practicantes de la Iglesia Católica. Tenemos que pedir por la conversión de los infieles, ¿cómo no? y por la conversión de los pecadores, por supuesto; pero más aún, tenemos que pedir y trabajar por nuestra propia conversión, que está en nuestra mano y no por la conversión de los infieles y pecadores que depende de Dios y de su libertad.

Convertirnos, hermanos, es llevar una vida cristiana, una vida mejor, convertirnos es dar una respuesta a la llamada exigente del Señor que pide ser santos, como Él lo es, conseguir la perfección cristiana a la que cada uno ha sido llamado, según la vocación que ha recibido del Espíritu Santo. Tú, que estás ahí en el banco escuchando la Palabra de Dios, y yo sacerdote que la estoy predicando, tenemos también que convertirnos.

La conversión del justo, del virtuoso y hasta del santo es más difícil que la conversión de los pecadores, porque es más difícil llegar a la perfección del arte que empezar la carrera de arte.

El peón albañil se contenta con llevar ladrillos y materiales en la carretilla, amasar, ayudar al albañil en la construcción, y con esto cumple su obligación, porque ha colaborado a realizar la obra, bajo la dirección del maestro, con arreglo al plano del arquitecto. La perfección en la construcción no consiste en la cimentación y edificación, sino en realizar artísticamente hasta los más insignificantes detalles. Así pasa en la vida espiritual.

No podemos decir que yo ya soy perfecto, porque soy fiel cumplidor de la ley de Dios, voy a misa todos los domingos o acaso diariamente, rezo a la Santísima Virgen y hasta hago un rato de oración, tengo además compromisos cristianos y apostólicos, pues si no llevamos a la perfección los mínimos detalles, estamos muy lejos de la auténtica conversión que Dios nos pide.

Cambiar de vida no significa otra cosa que moderar en lo posible el modo de ser en el virtuoso obrar; y no cambiar la manera de ser substantiva. Esto es imposible y contrario a la voluntad de Dios, porque tú tienes que ser siempre tú, corrigiendo tus defectos y pecados, haciendo porque tu obrar sea lo mas perfecto posible en tu virtuoso modo de ser. No quiere el Señor que, si tú eres vehemente, te conviertas en pacífico, si eres de carácter sanguíneo, de repente te vuelvas en carácter temperamental. Lo que el Señor quiere es que perfecciones tu carácter en el virtuoso obrar.

El que no fructifica en la conversión no se ha convertido. El que habla de la conversión y luego no la realiza en la familia, en la amistad, en el trabajo, en la relación social, no está convertido.

Una auténtica conversión consiste, hermanos, en estar siempre sobre nosotros mismos. De la misma manera que el que corre por una pista en una competición de carrera de coches, tiene que estar pendiente del terreno por donde circula, controlar su situación personal de inteligencia y atención, dominar en todo momento el vehículo, así también nosotros en nuestro modo de vivir debemos estar pendientes de vivir siempre en estado de gracia, luchar contra nuestras pasiones, dominando el pecado grave y superando, en lo posible, el leve,  cumplir la ley de Dios, la de la Iglesia,  la ley propia del estado, la del trabajo, atento siempre en controlar los imprevistos que puedan surgir en nuestra marcha perfecta hacia Dios.

La conversión, nos lo dice la palabra de Dios, tiene que dar frutos. Yo no te digo que nunca más te enfades, que no tengas genio, que no te alteres en los momentos difíciles de tu vida, sino que luches por ser cada día un poco mejor.

Si no pones de tu parte todo el esfuerzo que supone la conversión, entendida en sentido de santificación, y exige la gracia de Dios, tu conversión será prácticamente ilusa e ineficaz.

Me da la sensación de que nuestra vida espiritual está estructurada en unos cánones que nosotros nos hemos prefabricado: rezar tres Avemarías o algo por la mañana al levantarnos o al acostarnos, sin ton ni són y sin ningún sentido de unión con Dios; comulgar porque es mi obligación o costumbre, pero sin contacto eficaz con Jesucristo; hacer un rato de oración de modo artificial, y de presencia en Dios, de cualquier manera. Pero, sigo siendo el mismo, no tengo empeño por mejorar mi vida, no hago nada o casi nada por trabajar en la perfección, ¿qué clase de conversión es ésta?

Convertirse es empezar nuestra propia santificación personal por los cimientos y no por el tejado, como hemos explicado antes, pedir por la conversión de todos los hombres, con profundo respeto y caridad, y trabajar por la gloria de Dios en la santa Madre Iglesia, con todas nuestras fuerzas, dejando el fruto en manos de Dios, que con su gracia santifica a los hombres que quiere, de muchas maneras, y la mayor parte de las veces por la vía del misterio de su infinita misericordia.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Primer domingo de Adviento. ciclo A


Hoy celebramos el primer domingo de Adviento, el comienzo del año litúrgico, ciclo A, que nada tiene que ver con el año civil. En él vamos a recordar y celebrar la vida de Jesús, encuadrada en grandes tiempos celebrativos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua de Resurrección, Pentecostés y Tiempo Ordinario.

En el Adviento los cristianos nos preparamos para las solemnidades de Navidad, en las que conmemoramos la primera venida del Hijo de Dios a los hombres y la infancia de Jesús: Sagrada Familia y Epifanía. Al mismo tiempo recordamos la expectación de la segunda venida de Jesús al fin de los tiempos; y también reflexionamos sobre la venida de Jesús que vendrá a nuestro encuentro, para juzgarnos y dictar nuestra suerte eterna, cuando termine nuestra peregrinación en la Tierra. 

Durante este tiempo debemos adoptar tres actitudes cristianas comunes para todo tiempo, que se deben mejorar en los tiempos fuertes del Año litúrgico: cultivar la oración, ejercitar la penitencia o mortificación, y vivir la esperanza en constante vigilia. 

La oración de “estar un rato a solas con Dios, con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa de Jesús), es el momento de intimar con Él con el discurso de la mente, mezclado con sentimientos del corazón, afectos de la voluntad, con palabras o simplemente contemplando, de manera humana, es decir con distracciones o divagaciones del entendimiento o de la imaginación. La oración de estar no termina con un acto, se continúa de muchas maneras con la oración sobre la marcha, que es el fiel reflejo de la unión con Dios y su complementación, y consiste en hacer que todos los actos del día y de la noche sean el combustible que mantenga el fuego de la oración en llama viva. 

Es también tarea importante en Adviento ejercitar la penitencia que consiste principalmente en aceptar el dolor físico y las distintas circunstancias de la vida con resignación cristiana, como voluntad de Dios; y como penitencia voluntaria se puede ejercitar la penitencia en hacer actos aislados de mortificación elegida, como sacrificarse en la comida, privarse del sueño, hacer sacrificios ocasionales, que tienen el peligro de la vanidad espiritual, pues se puede creer que las mortificaciones santifican, únicamente o de manera especial. Sin menospreciar ni despreciar estas penitencias, que son valiosas, hay otras muy provechosas para la vida espiritual, que cuestan y conllevan una caridad exquisita, como por ejemplo:  aprovechar toda ocasión que nos ofrece la vida ordinaria para mortificarnos, sin quejas ni protestas,  aguantar el frío o el calor que hace, sin rechistar, comer las comidas que me den, sin poner faltas, sufrir en silencio los inconvenientes de la convivencia en todas sus versiones, callar las cosas que no me gustan de otros, silenciar las dificultades que  encuentro en mi camino,  en fin, tener el temple de equilibrio en las adversidades que cada día nos proporciona.

Y como una norma vivencial de Adviento vivir la esperanza en constante vigilia, que consiste en esperar todo de Dios en Cristo contra toda esperanza, estar vigilantes con la luz de la gracia en el alma, soportando todo lo que suceda, sabiendo que todo sucede para el bien de los hombres. 

La primera lectura de la liturgia de la Palabra de hoy nos invita a caminar a la luz del Señor. Luz y tiniebla, día y noche son símbolos bíblicos de la gracia y del pecado. Caminar a la luz del día es lo mismo que hacer el viaje de la vida en estado de gracia; y caminar en tinieblas o de noche es hacerlo en pecado mortal. El que me sigue, dijo Jesús, no anda en tinieblas, porque Jesús se definió a sí mismo como la Luz del mundo. La vida es un camino que tenemos que recorrer para pasar del tiempo a la eternidad; un camino difícil que, como los de la tierra, tiene muchos obstáculos, dificultades y variantes. Aunque todos están señalados en el mapa de la Iglesia, necesitamos la luz de la gracia para recorrer el camino. Pasa en esto lo que, en los caminos de la tierra, que, si se camina con poca luz al amanecer o cuando se está poniendo el sol, se avanza poco y se corre el peligro de sufrir accidentes, más o menos graves, que impiden la marcha o la retrasan. 

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, la Palabra de Dios nos dice que nos demos cuenta del momento en que vivimos, pues la noche está pasando, como si dijera se nos escapa el tiempo de nuestra vida y es necesario vivir a plena luz con dignidad. Y nos concreta qué es vivir en oscuridad o plena noche: comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno riñas y pendencias. Y como símbolo del camino en plena luz nos sintetiza: Vestíos del Señor Jesús. Luego la mejor manera de vivir el Adviento es evitar el pecado, es apartarnos de las ocasiones que nos llevan a pecar, cuidar que los malos deseos no fomenten las pasiones del cuerpo; y vivir revestidos de Cristo, esto es con la vestidura de Cristo que es el amor, la gracia, la vivencia del Evangelio.           

El Evangelio nos habla del fin de los tiempos, aconsejándonos con interés que evitemos la sorpresa de que el Señor venga cuando nosotros no nos demos cuenta: Estad en vela porque no sabemos qué día vendrá el Señor a llamarnos; y que estemos preparados para la hora en que vendrá el Señor.

En resumen: En Adviento debemos prepararnos para la Navidad, para nuestra muerte con una mirada de expectativa al fin de los Tiempos. Y la mejor manera de vivir el Adviento es la oración, la penitencia, la esperanza en vigilia, viviendo siempre en estado de gracia, luchando contra el pecado, revestidos de la gracia de Cristo. Es decir, caminar a la luz del Señor.

sábado, 21 de diciembre de 2024

Cuarto domingo de Adviento. Ciclo C

 

La segunda lectura de la liturgia de la Palabra, original del Espíritu Santo y escrita por el apóstol San Pablo en la carta a los Hebreos nos habla de la actitud virtuosa que tenemos que tener siempre en nuestra vida cristiana: “Aquí estoy para hacer tu voluntad” Esta frase me ofrece una oportunidad para hablar de la voluntad de Dios.

¿Qué es la voluntad de Dios?

Dios es el SER eterno, Bondad Infinita, el que es amando siempre, es misterio absoluto, cuyo concepto no cabe dentro de las categorías del entendimiento ni de imaginación del hombre: Amor en el ser, pensar, querer y obrar. El pensamiento de Dios, su voluntad y su obrar son conceptos inescrutables para el hombre, que sólo conoce defectuosamente con metáforas, analogías, errores y limitaciones. Nadie sabe ni puede saber el pensar de Dios, el querer de Dios y el obrar de Dios. ¿Quién es Dios y cómo será Dios? ¿

Dios en si mismo, en el seno íntimo de su Ser, Uno y Trino, es un misterio que sólo puede ser conocido en el mundo por la fe. Sólo Dios puede ser conocido por Él mismo en su plenitud en la esencia de las tres divinas Personas. Los moradores del Cielo conocen a Dios, según la capacidad glorificada que cada uno haya realizado con sus obras buenas en la Tierra.

El Ser, conocer, querer y obrar de Dios es una misma cosa en la esencia divina trinitaria, sin distinción real, sino de razón. Cuando lleguemos al Cielo y abramos los ojos del alma glorificada, todo será agradable y gozosa sorpresa: veremos que todo era como sabíamos por la fe en el conocimiento humano y defectuoso en la Tierra, pero con la total visión y gozo eterno de la Verdad. En el Cielo entenderemos, veremos y comprenderemos todos los misterios sobrenaturales y naturales, pero no todos los secretos de Dios, exclusivos de las tres divinas Personas.

Los grandes interrogantes que el hombre tiene, que no tienen respuesta humana, sino de fe católica, los comprenderemos con claridad divina. Por ejemplo: ¿Por qué Dios ha creado este mundo en que vivimos, con tantos males, desgracias, enfermedades, odios, guerras, y pecados? ¿Por qué Dios ha creado el hombre, sabiendo que iba a cometer el pecado original, causa de todos los pecados y males del mundo? ¿Cuál es la naturaleza del hombre? ¿Cuál es su fin? ¿Qué hay después de la muerte?

La Iglesia católica responde a estos interrogantes de esta manera, que resumo en cuatro principios:

1 El Universo y el mundo en que vivimos han sido creados por Dios para el bien del hombre, que humanamente no se conoce.

2 El primer hombre, Adán, fue creado por Dios a su imagen y semejanza, en estado original sobrenatural de gracia con dones preternaturales, para que le sirviera en la Tierra por un tiempo, y lo sometió a una prueba de obediencia, para que, si la superara, fuera glorificado y gozara de Dios eternamente en el Cielo. Pero Adán desobedeció a Dios y cometió el misterio del llamado pecado original con el que todos los hombres nacemos con sus efectos: la ignorancia; concupiscencia o inclinación al mal, el dolor y la muerte.

3 Dios Padre se compadeció del hombre, lo perdonó, y le prometió en el Antiguo Testamento, de muchas maneras, la salvación de los hombres por medio de su Hijo, Dios mismo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Y en el Nuevo Testamento se cumplió la promesa: Jesucristo, Dios y hombre verdadero, redimió al hombre por medio del misterio pascual: Encarnación en Santa María Virgen, por obra y gracia del Espíritu Santo; nacimiento virginal, pasión, muerte resurrección y ascensión a los Cielos. Este estado en su desenlace final, glorioso, es infinitamente superior al estado primitivo de Adán, creado por Dios en santidad y justicia.

4 No existe más mal en el mundo que el pecado, los demás males, materiales y humanos, son aparentes y medios para el Bien Supremo que es Dios.

Mientras llega la hora de nuestra redención en su plenitud, tenemos que aceptar la voluntad de Dios para conseguir la salvación eterna con fe, creyendo que siempre pasa lo que tiene que pasar, no por fatalidad ni casualidad, sino por la causalidad providente del amor de Dios, infinitamente misericordioso, que siempre quiere o permite todo para el bien de todos los hombres, según su sabia planificación eterna de la Redención, aunque la razón humana no lo entienda; fortaleza, pidiendo a Dios la gracia para sufrir sabiendo que el mal es pasajero para un tiempo y nos reporta el bien eterno del Cielo; esperanza, sabiendo que con la oración, dolor y obras buenas completamos lo que faltó a la Redención de Jesucristo en los miembros de su Cuerpo Místico.

El que es verdadero cristiano consecuentemente cree y vive siempre la voluntad amorosa de Dios en todo lo que acontece, como gracia bondadosa o dolorosa. Por eso hay que gozar y sufrir con la disposición total y plena de cumplir siempre la voluntad de Dios. Por siguiente debemos estar siempre en actitud permanente viviendo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

sábado, 14 de diciembre de 2024

Tercer domingo de Adviento. Ciclo C

 


Adviento, alegría cristiana

San Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, en el tercer domingo de Aviento nos propone reiteradamente el tema  de la alegría, no como consejo, sino como un precepto: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: Estad alegres”.  Es evidente que no se trata de toda alegría, porque hay alegrías humanas que no son cristianamente buenas, por ejemplo el pecado que causa  placer prohibido, sino de una alegría humanamente buena, espiritual, que es conciliable con la pena humana  que por naturaleza se rechaza.

Todos tenemos muchos e importantes motivos para estar tristes: la enfermedad que mina nuestra salud, la de los hijos, familiares y amigos y su muerte; la tristeza que sienten los padres por la ingratitud de sus hijos; el abandono de los hijos por parte de sus padres; la soledad en que muchos viven, sin nadie al lado a quien poder contar los problemas, angustias y luchas, o simplemente para charlar de lo que salga;  hablar para desahogarse de las distintas desgracias familiares, problemas económicos, sociales y políticos;  contar todos los males que nos acontecen que dificultan nuestra alegría; y otras muchas, que embargan de dolor  nuestra vida, que se soportan a duras penas o difícilmente  se pueden aguantar ¿Cómo se nos puede mandar vivir la alegría en medio de tantas penas? ¿Cómo se puede cumplir el precepto de la alegría que nos manda el apóstol San Pablo  de manera reiterativa.

¿Qué es la alegría?

El Padre,  el Hijo y el Espíritu Santo, al amarse eternamente en su esencia divina, viven el amor en su existencia trinitaria, que es alegría. El Espíritu Santo es la alegría del amor divino en Persona. Se fundamenta en la filiación divina, y se vive en pura fe con resignación cristiana o consolación del Espíritu Santo. Consiste en cumplir siempre y en todas las cosas la voluntad divina en todos los acontecimientos, “sabiendo que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rm 8,28).

La alegría que nos pide la Iglesia es esencialmente espiritual, que hay que vivir desde la fe, cada uno con su propio temperamento débil o fuerte. No vive mejor la alegría el que es serio, de carácter temperamentalmente triste, por naturaleza, que el que es alegre como unas castañuelas, por gracia, pues la manera de ser  influye mucho en expresar la alegría que cada uno vive, pues es espiritualmente personal. Se puede estar llorando a lágrima viva con el corazón partido de dolor, y, al mismo tiempo, estar alegre en el alma, sabiendo que el dolor que se sufre es  gracia, pues todo sucede, bueno o malo, aceptado y sufrido con fe esperando la alegría de la vida eterna.

El sufrimiento es la alegría de completar en la carne lo que faltó a los padecimientos de Cristo, nos dice San Pablo: “Me alegro de los sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24).

La verdadera alegría humana y espiritual en este mundo no es completa, ni estrictamente pura, pues se da con mezclas de penas, dificultades, miserias y debilidades con  alternativas que cambian. No consiste en tener muchas cosas, muchas riquezas;  ejercer el poder con la máxima autoridad posible; poseer una cultura elevada que permita  desempeñar cargos importantes, prestigiosos y bien remunerados; divertirse cristianamente sin medida; comer y beber a capricho, disfrutando de manjares suculentos y degustando bebidas exquisitas.  Las cosas de este mundo no satisfacen plenamente el corazón del hombre, que  está hecho para la felicidad eterna, como dice San Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón no se satisface hasta que descanse en ti”.

El hombre, creado por Dios para la felicidad eterna, jamás se siente saciado totalmente con personas ni cosas. La amistad, la cultura, la ciencia, el arte, la música, el ideal conseguido, el trabajo, el dinero son bienes humanos que alimentan momentáneamente con zozobras el corazón del hombre,  pero no satisfacen plenamente. Son pasajeros que se  sustituyen por cualquier motivo, y desaparecen con y sin causa justificada.  El bien que se posee sacia por un tiempo, pero se espera otro con cierta ilusión penosa porque tarda  en llegar. La verdadera alegría es espiritual, y se vive humanamente con  gozos y penas, sonrisas y llantos.

La alegría espiritual está  hermanada con la pena natural. Se puede estar triste, llorando a lágrima viva, aceptando la cruz, que se padece y no se quiere y, a la vez, tener la alegría dolorosa de cumplir la voluntad de Dios. Jesucristo en Getsemaní aceptó la Pasión y Muerte, que no quería, para cumplir con alegría dolorosa la voluntad de Dios: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26,39); y en la cruz, sintiéndose humanamente abandonado, en angustioso desahogo dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46); y momentos después, con la alegría agónica de haber cumplido la voluntad del Padre, dijo: “Padre a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

La alegría espiritual consiste en el cumplimiento de la Ley; en la aceptación de todos los acontecimientos, buenos o malos que suceden por voluntad de Dios, efectiva o permisiva; en la vida de fe operativa en favor del prójimo; en la difícil y virtuosa convivencia familiar, laboral, social y política, sufrida con paciencia; y en el ejercicio de las virtudes cristianas. Es una  virtud cristiana que se tiene que notar, como nos dice el apóstol San Pablo: “que vuestra mesura la conozca todo el mundo” (Flp 4,5). Hay que expresar la alegría de la manera que cada uno es y cristianamente sea posible, porque es una obligación personal y un derecho de los demás. En el viaje hacia la eternidad no caminamos solos, porque el Señor recorre el camino con nosotros. Para estar alegres en el Señor hay que vivir esperando la venida del Señor que está cerca, tan cerca que está viniendo siempre en cada acontecimiento de la vida, sin que nada nos preocupe, siendo constantes en orar, celebrando la acción de gracias, (Eucaristía), y la paz de Dios, que sobrepasará todo juicio custodiará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús. Es decir, tenemos que estar ocupados en el Señor, sin preocupaciones en las manos de Dios. Hay que recorrer el camino de este Valle de lágrimas para conseguir llegar al Paraíso de la Alegría del Cielo donde todo es gozo  eterno en la visión y gozo de Dios.

 

sábado, 7 de diciembre de 2024

Segundo domingo de Adviento. Ciclo C

 

      


 En el Antiguo Testamento los judíos religiosos del Pueblo de Dios cuando las cosas les salían viento en popa, como, por ejemplo, cuando las cosechas se multiplicaban, recibían bendiciones del Cielo, y, sobre todo, en circunstancias milagrosas como en el paso del mar rojo a pie enjuto,  bendecían a Dios proclamando a los cuatro vientos sus maravillas, y se frotaban las manos de gusto diciendo: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. En cambio, cuando las cosas les salían al revés, por ejemplo,  cuando Moisés tardaba mucho en bajar del Monte Sinaí con las tablas de la Ley, con las joyas fabricaron  un ídolo de oro a quien adoraron como  a su dios, hecho que fue reprobado por Moisés y severamente castigado. También cuando en el desierto fueron alimentados  siempre con el maná bajado del Cielo que les causaba nauseas, renegaban contra Moisés y Aarón por haberlos sacado de Egipto, donde comían mejor, a placer y, a veces, a la carta; o cuando eran derrotados por los enemigos, clamaban al Cielo con protestas, críticas  y aberraciones, porque se sentían abandonados de Dios.

        Ese comportamiento en sentido humano es normativa natural y lógica de todos los hombres, porque el bien se aplaude y el mal se detesta. En cambio, pensando en cristiano las cosas son diferentes, porque desde la fe el Señor está siempre grande con nosotros y debemos estar  alegres, porque todo lo que sucede es gracia de Dios, alegre en el bien o penosa en el mal. Es humano y cristiano que disfrutemos a tope rebosando de alegría, cuando las cosas nos salen a nuestro gusto, a pedir de boca, porque los bienes que satisfacen nuestras aspiraciones o gustos nos causan gozo y paz, y hay motivo para estar contentos y dar gracias a Dios. Pero es también cristiano  que estemos tristes cuando nos suceden males, como la pérdida del trabajo, conflictos familiares, laborales, injusticias, traiciones,  que se repiten y se amontonan, y, sobre todo, cuando nos visita la enfermedad o se queda con nosotros una temporada o para siempre. En el peor de los casos no hay otra solución que resignarse cristianamente y pedir a Dios gracia para aceptar y fuerza para sufrir. Podemos estar tristemente alegres y conformes con la  voluntad amorosa de Dios que nos hace sufrir o permite nuestro sufrimiento, porque  esos males  son para un bien misterioso que solamente Él sabe y nosotros no conocemos, y no creer que Dios nos ha abandonado y nos castiga.  Lo dice también un refrán popular que tiene sentido teológico: “no hay mal que por bien no venga”. Solamente hay que estar triste cuando libre y responsablemente se peca, pues el pecado es el único mal que existe en el mundo.

        Los buenos cristianos, de profunda fe, y más aún los santos, ven siempre gracia en todo lo que les ocurre, porque todo lo que Dios hace o permite es forzosamente un bien que el hombre no descubre, porque Dios es infinitamente Bondadoso y Padre de todos los hombres. 

Concepto del bien y del mal

 El bien y el mal no son conceptos subjetivos, porque lo que gusta o apetece no es siempre un bien, ni tampoco un mal lo que disgusta o se rechaza, pues el bien y el mal están sometidos a las leyes de la ciencia, de la ética, de la política, del gobierno o de la religión, y no al arbitrio de cada uno. Si decides obrar por ti mismo, sin consultar a nadie, eres un soberbio discípulo de un tonto.

En sentido humano es bien lo que satisface las apetencias o gustos de la persona dentro de unas leyes razonables. Porque se puede querer el mal bajo el aspecto de bien, y el bien subjetivo como un mal objetivo. Bajo el punto de vista religioso es bien o mal lo que esté regulado por ley constitucional de la religión que se practica y se vive.

En la Iglesia católica el bien y el mal tienen su última referencia con la ley eterna de Dios, que está expresada en la ley natural, en la divina de los diez mandamientos del  Decálogo y en los cinco mandamientos de la Santa Madre Iglesia. La moralidad de los actos humanos para un cristiano no es lo que a uno le gusta, lo que se estila por moda, la costumbre de un lugar, lo que legisla un gobierno, lo que establece la política, sino lo que manda  la ley divina y eclesiástica. No hay otra norma para alcanzar la felicidad humana y la santidad divina. 

        Da gracias a Dios con alegría humana y cristiana por todo el bien que te viene de Él o de los hombres, y  también por los males que te suceden, no quieres y rechazas. Trabaja por convertir esos males en bienes. Reconoce  tus defectos temperamentales que ves en la oración, haciendo caso a lo que te dicen los hombres sensatos y Dios también te habla a través de las circunstancias

        Me imagino que quizás sufres mucho,  pero todavía no ha llegado la sangre al río, pues Dios te dará la fuerza que necesitas para soportar todos lo males que Él manda y los hombres te ocasionan  o causan, pues Dios no prueba por encima de las fuerzas que no se tienen. No te quejes tanto, como lo haces, ni exageres tu dolor con pantomimas, ni pregones a los cuatro vientos tus dolencias con protagonismo, ni seas melindre y quejumbroso en tus palabras y acciones. Piensa con la coraza de la fe  que hay otros que sufren más y llevan mejor la cruz que tú.  Los males no son eternos, terminan, y aceptados y sufridos con fe y tranquilidad de conciencia, aunque con debilidades justificables, son medios para en Bien eterno que es la visión y gozo eterno en el Cielo, la única ilusión de vivir, gozar y sufrir.

 

sábado, 30 de noviembre de 2024

Primer domingo de Adviento. Ciclo C

 


En el primer domingo de Adviento, ciclo C, en la segunda lectura del apóstol San Pablo  a los Tesalonicenses  se nos manda pedir al Señor que “nos colme y nos haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, y nos fortalezca internamente, para que cuando Jesús nuestro Señor vuelva, acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprochables ante Dios, nuestro Padre” (1 Tes 3,12).

Con estas palabras la Iglesia nos invita a vivir el adviento santamente con amor mutuo y fortaleza espiritual para presentarnos santos e irreprochables ante Dios, nuestro Padre en el tiempo de Adviento y durante toda la vida para celebrar la Navidad litúrgica y la eterna en el Cielo.

Voy a tratar sucintamente el tema  del Adviento en cinco consideraciones: Adviento en sentido profano, origen del adviento, adviento del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, Adviento litúrgico y distintos advientos cristianos

Adviento en sentido profano

La palabra adviento proviene de la palabra latina adventus que significa venida o llegada. Es el tiempo de espera de la llegada de una persona o de un acontecimiento.

En la época romana del tiempo de Jesucristo, el adviento era un tiempo de preparación para la venida de un Emperador o de un personaje importante, durante el cual se hacían muchas obras y reformas: se construían caminos, se allanaban baches en las carreteras para preparar el paso por donde tenían que pasar los ilustres visitantes esperados, y se programaban diversos actos para celebrar el solemne acontecimiento.

En los tiempos inmediatos a la venida del Mesías, Juan Bautista utilizó el estilo romano de adviento para anunciar la venida del Mesías, el Señor, invitando al pueblo judío a prepararse a este acontecimiento mediante la conversión: “Allanad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías, convertíos y preparad el camino para la venida del Señor, el Mesías” (Mt 3,1-2; 4,17; 10,7). 

Origen del adviento cristiano

El origen del Adviento es casi desconocido en la historia de la liturgia de la Iglesia. Parece que desde finales del siglo IV y durante el siglo V en España y Francia los cristianos empezaron a celebrar el tiempo de adviento con una intensa vida de oración y penitencia. En Francia, por normativa del Concilio de Tours, los monjes se preparaban para la Navidad ayunando todos los días del mes de Diciembre, intensificando su vida de piedad y penitencia. Los clérigos, y probablemente bastantes fieles ayunaban y cantaban el oficio divino tres días por semana: lunes, miércoles y viernes, desde el 11 de Noviembre, fiesta de San Martín, hasta Navidad. Con el decurso del tiempo el adviento revistió un carácter tan oracional y penitente que llegó a considerarse como una segunda cuaresma; y se celebraba en un tono gozoso, lleno de esperanza inefable ante la venida litúrgica de la Navidad con proyección escatológica. El tiempo del adviento en concreto fue muy variado, duraba desde cinco a seis semanas. Pero durante el pontificado de S. Gregorio Magno, el año 604, el adviento quedó definido en cuatro semanas o domingos, tal como se celebra hoy, aunque la liturgia de la Palabra varió mucho en el paso de los siglos.

La Historia de la Iglesia se puede conceptuar en dos advientos distintos: el adviento del Antiguo Testamento y el del Nuevo Testamento.

Adviento del Antiguo Testamento

El adviento del Antiguo Testamento empezó en el mismo momento en que el primer hombre, Adán, pecó, a quien Dios después de castigarle quitándole  el estado original, sobrenatural y preternatural en que lo creó, hizo la profecía de la venida o adviento del Mesías, Redentor en  el protoevangelio en términos enigmáticos, como explican los teólogos bíblicos: “Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre su descendencia y su descendencia: esta te aplastará la cabeza, cuando tú hieras el talón” (Gn 3,13).    Esta promesa fue interpretada por el Pueblo de Dios, por inspiración divina, desde el principio, como profecía mesiánica, y propagada oralmente hasta que se constituyó el antiguo Pueblo de Dios con Abrahán. A partir de esa época surgieron muchas profecías escritas en la Biblia: en el tiempo de los patriarcas, en los salmos y profetas en varias etapas hasta que llegó la plenitud de los tiempos,  cuando  el Hijo de Dios, la segunda  Persona divina de la Santísima Trinidad encarnó en las entrañas purísimas de la Virgen María y asumió de ella la naturaleza humana, quedando Jesucristo,  Dios y hombre verdadero, Redentor del pecado del hombre. Nacido virginalmente de Santa  María Virgen, vivió treinta años oculto en Nazaret, dedicado a la oración y a la vida ordinaria en obediencia realizando la redención; después durante tres años predicó el Evangelio en vida pública con milagros para demostrar que Él era Dios e instituir la Iglesia; y, por fin, padeció, murió en la cruz, resucitó y ascendió a los Cielos con la promesa de volver al fin de los tiempos. Y terminó el adviento del Antiguo Testamento.

Adviento del Nuevo Testamento

El adviento del Nuevo Testamento empezó después de la Ascensión de Jesús a los Cielos. Cuando Jesús desapareció de la vista de los apóstoles, dos ángeles,  revestidos en figura de hombres blancos, les anunciaron la segunda y definitiva venida de Jesús al fin de los tiempos que vendrá a consumar eternamente la Obra de la Redención con estas palabras aseverativas: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al Cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al Cielo, volverá como le habéis visto marcharse. (Hch 1,8-11).

¿Cuándo y cómo aparecerá Jesús?

En el prefacio tercero de Adviento se nos anuncia, de manera genérica, la venida de Jesús con estas palabras: “Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá, revestido de poder y gloria, sobre las nubes del Cielo. En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo y nacerán los cielos nuevos y la nueva tierra”. Entonces Cristo Rey juzgará a todos los hombres y consumará el misterio de la redención humana, entregando al Padre un reino eterno y universal. (Cat 2816-2821)

Los cristianos del siglo I creyeron firmemente que la segunda venida del Señor iba a ser un acontecimiento inminente, como aparece claramente en la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (2 Ts 2,1-3).  Pero “el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del Cielo ni el Hijo del hombre, sólo el Padre” (Mc 13,32).

Adviento litúrgico

La Iglesia celebra el Adviento litúrgico en cuatro semanas antes de Navidad con perspectiva personal de la venida del Señor a la hora de la muerte de cada hombre  con sentido escatológico del fin de los tiempos.

 Distintos advientos cristianos

Cada cristiano debe vivir el adviento personal preparándose   para la navidad del Señor a la hora de su muerte con el adviento sacramental para la navidad de la gracia en cada sacramento, principalmente en el de la Eucaristía, en el que nace sacramentalmente Jesucristo resucitado y glorioso, y en cada sacramento en el que nace su gracia; con  el adviento teológico durante todo el año litúrgico con el fiel y riguroso cumplimiento de la Ley de Dios, la aceptación de la cruz que sucede, aceptada y ofrecida a Dios, la  oración, la penitencia, la caridad, y  cada obra buena que haga para celebrar la Navidad litúrgica en el tiempo la eterna en el Cielo.   

La Iglesia pide la venida gozosa y esperanzadora del Señor en su Reino en la celebración de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, cuando el celebrante anuncia al pueblo: Este es el sacramento de nuestra fe; y el pueblo responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús! Y los cristianos también pedimos la venida del Reino cuando rezamos el padrenuestro: “Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Cuando las realidades de este mundo terminen, y toda la creación haya sido renovada, ya no habrá adviento, porque  todo será Navidad eterna, visión  y gozo de Dios con plenitud de felicidad totalmente desconocida humanamente, que satisfará en plenitud las aspiraciones inimaginables del ser humano

 

sábado, 23 de diciembre de 2023

Cuarto domingo de Adviento. Ciclo B


En la primera lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando, del segundo libro de Samuel,  aparece por dos veces una frase muy repetida en la Biblia: El Señor está contigo. En este pasaje se nos cuenta que cuando David se estableció en su palacio, después de haber vencido a sus enemigos y en su reino se estableció la paz, dijo al profeta Natán: 

- Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras que el arca del Señor vive en una tienda.

Natán respondió al rey:

- Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.

Por la noche recibió Natán la palabra de Dios y le dijo:

- Ve y dile a mis siervo:

- Yo estaré contigo en todas tus empresas. Te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán siempre en mi presencia. 

En estas palabras ven los interpretes de la Biblia una profecía sobre la Iglesia, que durará hasta el fin de los siglos. 

Esta misma frase “El Señor está contigo” aparece en el evangelio de hoy, en el que se relata la anunciación a Santa María del misterio de la encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal por obra del Espíritu Santo. El ángel entrando en su presencia dijo:

-Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. 

¿Qué significa la frase “El Señor está contigo”? 

Bíblicamente tiene un sentido de una protección especial de Dios, de fortaleza que concede al hombre que tiene que realizar grandes empresas o cumplir una misión difícil. Es como decir al hombre débil, asustado ante las dificultades que se le presentan en el cumplimiento de la voluntad de Dios, teniendo en cuenta su debilidad y sus pocas cualidades:

No tengas miedo, yo estaré siempre contigo, aunque en ocasiones te puedas sentir abandonado o desamparado.

Esta expresión tiene también en sentido popular una protección humana con quien amamos o queremos proteger para darle seguridad y confianza en la misión que se le ha encomendado, como diciendo:

- ¡No tengas miedo! Porque yo estoy contigo, no estás solo, cuenta con mi ayuda, empuje, amparo, apoyo, fortaleza para que puedas hacer lo que debes, superar las pruebas o dificultades que se te presenten...

Es posible, probable y casi seguro que algunos de los oyentes se preguntarán: ¿Cómo va a estar Dios conmigo si tengo muchas desgracias personales en mi familia, en el trabajo, en la amistad? ¿Cómo va a estar Dios con los hombres, con el mundo, si existen tantas injusticias y el que es bueno siempre es aplastado, mientras que el malo triunfa, vive bien? ¿Dónde está la presencia y fortaleza de Dios con el pobre, con el débil? ¿No parece que se vuelca con el rico, el poderoso, el malvado?

Hermanos, el significado pleno de “el Señor está contigo” tiene una referencia transcendente en orden a la vida eterna del hombre.

Expliquemos a grandes rasgos esta verdad teológica. Todas las cosas, tanto buenas como malas, son medios para conseguir un fin supremo: la gloria de Dios y la salvación de los hombres. En el uso recto y bueno de las criaturas, el hombre cuenta con una asistencia especial de Dios. Pero sucede, porque somos humanos, que apreciamos las cosas buenas y despreciamos las malas, como es natural, haciendo de ellas una evaluación equivocada en sentido cristiano, porque bueno es lo que a Dios me lleva, aunque sea malo humanamente hablando, y malo lo que me separa de Él, aunque sea bueno y me guste.

Pero no es justo que nos hagamos solamente interrogantes ante la presencia del mal, pues si somos consecuentes y hacemos memoria, tenemos que ver la protección de Dios y su presencia en las muchas cosas buenas que nos proporciona. ¡Cuántas veces hemos dado gracias a Dios por los beneficios que hemos recibido, sin pedirlos, y cuántas porque nos ha concedido lo que hemos pedido y deseado! Seamos justos y sepamos siempre que Dios, como buen Padre, nos regala bienes o nos castiga, prueba o premia con males, que en su último fin son bienes.

El Señor está contigo, aunque tú no estés con Él, incluso aunque tú estés contra Él. Está contigo con su presencia de inmensidad dentro de ti, para que seas tú y Él sea en ti. Está en cada cosa que existe por su presencia conservadora, que equivale a una presencia creadora permanente. Está contigo, si tú quieres, por una presencia sobrenatural de gracia santificante, presencia trinitaria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, siendo Él mismo, dando el ser permanente a todas las cosas y siendo objeto de adoración y culto en tu corazón con experiencias místicas con vivencia de la fe.

Por consiguiente, revive tu  fe en Dios Padre, cuando las cosas te vayan viento en popa, y también cuando te salgan torcidas o al revés, sufras un contratiempo, te ocurran desgracias, enfermedades, sientas el desprecio de los familiares o amigos, o las circunstancias te azoten con el látigo del dolor. Dios está contigo llevándote de la mano, en brazos, tirando de ti o empujándote por detrás para que tengas fuerza para la lucha.

Que Dios que es Amor, infinita sabiduría y omnipotencia, te bendiga siempre en todos los acontecimientos de la vida, buenos o malos, y te haga ver que está contigo, aunque tú no estés con Él, porque como Padre no quiere estar sin ti, porque es presencia de inmensidad o presencia amorosa de gracia, y espera que tú estés siempre con Él en el tiempo y en la eternidad, glorificando a Dios en las cosas buenas y aceptando las malas, que no sean pecados, como medios para el bien supremo de ver y gozar a Dios eternamente, y en Él y con Él cantar las misericordias del Señor

sábado, 16 de diciembre de 2023

Tercer domingo de Adviento. Ciclo B

 


La palabra adviento, en su sentido etimológico, quiere decir advenimiento o venida o llegada. En el culto pagano se utilizaba para solemnizar la llegada de la estatua del dios patronal al templo de un pueblo o capital. En la antigua cultura romana significaba la venida del Emperador o de un personaje oficial a un lugar de sus territorios. Todos estos acontecimientos suponían una intensa, difícil, compleja y costosa preparación que terminaban en una solemne celebración de fiesta popular. En sentido bíblico era la preparación y llegada de un Rey o de un dignatario oficial a su pueblo.

Los primeros cristianos, imitando las costumbres tradicionales de su época, incorporaron el concepto de adviento a su primitiva liturgia en un doble sentido: Adviento o tiempo de preparación para la Navidad y advenimiento o Navidad, conmemoración del nacimiento de Jesús. A esto contribuyó mucho la figura profética de Juan el Bautista, el Precursor del Mesías, que invitaba al pueblo judío a prepararse para la venida del Señor.

El origen de la formación del ciclo litúrgico de Adviento y el tiempo en que se celebraba son circunstancias casi desconocidas en la historia de la liturgia de la Iglesia. Parece ser que, desde finales del siglo IV y durante el siglo V, en España y Francia los cristianos empezaron a celebrar el tiempo de adviento con una intensa vida de oración y penitencia. En Francia, en concreto, por normativa del Concilio de Tours, los monjes se preparaban para la Navidad ayunando todos los días del mes de Diciembre e intensificando su vida de piedad. Los clérigos, y probablemente también todos los fieles, ayunaban y cantaban el oficio divino desde el 11 de Noviembre, fiesta de San Martín, hasta Navidad, tres días por semana: lunes, miércoles y viernes. El adviento revistió un carácter oracional y penitente hasta el punto que llegó a considerarse como una segunda cuaresma; y se celebraba en un tono gozoso, profético, lleno de esperanza inefable ante la venida litúrgica del Mesías con proyección escatológica.

El tiempo del adviento en Occidente fue muy variado, duraba desde seis semanas a cinco. Durante el pontificado de S. Gregorio Magno, año 604, el adviento quedó definido en cuatro semanas o domingos, tal como se celebra hoy, aunque la liturgia de la Palabra ha variado mucho en el decurso de los siglos.

En un sentido amplio, podemos concebir cinco acepciones diferentes del adviento: histórico, litúrgico, sacramental, eucarístico y teológico.

Adviento histórico en el Antiguo Testamento

Desde el punto de vista histórico, en el mismo momento en que el hombre pecó, Dios le prometió en un lenguaje apocalíptico la venida de un Salvador en la llamada profecía del Protoevangelio (Gn 3,15). Y desde entonces empezó el adviento en el Antiguo Testamento o la espera del Mesías, anunciado por Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas en distintas ocasiones y de muchas maneras (Hb 1,1). Durante un período largo de muchos siglos, el pueblo de Israel se convirtió en el gran maestro de la esperanza, animado por los profetas, principalmente Isaías; y llegó a la plenitud de los tiempos con Juan Bautista, el Precursor del Mesías.

Como las múltiples profecías sobre la venida del Salvador fueron escritas en la Biblia en estilo literario de género popular, frecuentemente enigmático, y en distintas épocas en las que el sufrido pueblo de Israel estaba sometido a constantes guerras, frecuentes deportaciones, injustos exilios y esclavitudes inhumanas, las profecías mesiánicas fueron interpretadas frecuentemente en sentido humano y sociopolítico con carácter religioso. Muchos imaginaban que la llegada del Mesías sería un acontecimiento histórico grandioso, espectacular. Esperaban para Israel un Rey temporal que constituiría un reino humano, sociológico y político; y de esta forma se tergiversó el verdadero sentido de la venida del Mesías, a pesar de estar revelado como Redentor, Mesías y Salvador de todos los hombres en el Antiguo Testamento, que constituiría un Reino transcendente: temporal y eterno, material y espiritual.

Adviento histórico en el Nuevo Testamento

El advenimiento de Jesús tuvo lugar en el momento en que el Hijo de Dios fue concebido por el Espíritu Santo en las entrañas purísimas de Santa María Virgen, nacido después virginalmente en Belén. Era la llegada del Mesías en su ser personal de Dios y hombre en el útero virginal de María.

Después de vivir alrededor de treinta años oculto en Nazaret, redimiendo místicamente al nuevo Pueblo de Dios, mediante la oración y el trabajo de la vida ordinaria en obediencia, predicó el Evangelio realizando milagros durante unos tres años; y, por fin, padeció, fue crucificado, murió, resucitó al tercer día y subió a los Cielos. Era la llegada del Mesías realizando la salvación en la constitución del Reino de la Iglesia.

Terminada la misión que el Padre había encomendado a Jesús en la Tierra, después de anunciar a sus discípulos que les enviaría el Espíritu Santo, para que les comunicara la fuerza de ser testigos de Él hasta los últimos confines de la Tierra, en presencia de todos empezó a subir a los Cielos hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijos al Cielo viendo cómo se iba Jesús, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

- Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al Cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al Cielo, volverá como le habéis visto marcharse. (Hch 1,8-11). 

Los cristianos del siglo I creyeron firmemente que la segunda venida del Señor iba a ser un acontecimiento inminente, como aparece claramente en la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (2 Ts 2,1-3).  Pero “el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del Cielo ni el Hijo del hombre, sólo el Padre” (Mc 13,32).

Desde el mismo momento en que Jesús subió a los Cielos empezó el Adviento escatológico  del nuevo Pueblo de Dios, que terminará al fin del mundo, “en que Cristo, Señor y Juez de la Historia, aparecerá, revestido de poder y gloria, sobre las nubes del Cielo. En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo y nacerán los cielos nuevos y la nueva tierra, como rezamos en el prefacio tercero de Adviento. Entonces Cristo Rey vendrá a juzgar a vivos y muertos y a consumar el misterio de la redención humana, entregando al Padre un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz (pref de Cristo Rey).

La liturgia actual describe el adviento histórico en su doble sentido con estas palabras: “Al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar” (primer prefacio de Adviento).

Adviento litúrgico

El adviento, en su acepción litúrgica, es un tiempo de preparación para la Navidad. Contiene una riqueza bíblica sobre el misterio de la salvación, desde la entrada de Jesús en la Historia hasta su final; y evidencia con fuerza la dimensión escatológica del misterio cristiano.

Su estructura consta de cuatro domingos que nos preparan para conmemorar el aniversario del nacimiento de Jesús, Redentor, centro de la Historia humana. El primer domingo coincide con el comienzo del año litúrgico, que termina el día de la solemnidad de Cristo Rey.

La liturgia invita a los cristianos a vivir, entre otras, tres actitudes esenciales del adviento: la conversión, la preparación  para conmemorar el nacimiento de Jesús, en la Navidad, y la vigilante espera de la venida del Señor, a la hora de nuestra muerte, dentro del adviento escatológico. 

- La conversión de la vida de pecado a la vida de gracia y de la vida de gracia a mayor perfección es una condición indispensable para celebrar el advenimiento litúrgico de Jesús en la Navidad.

- La preparación para la Navidad en oración y penitencia.

- La vigilante espera de la venida del Señor para cada hombre, a la hora de su muerte. Es la gozosa esperanza en Dios, Padre infinitamente misericordioso, que colma de alegría y paz con la desbordada fuerza del Espíritu Santo (Rm 15,13) para celebrar con Cristo en el Cielo la navidad eterna. 

El adviento es un tiempo de oración, penitencia y  ejercicio de buenas obras en el que el cristiano debe intensificar su adviento histórico para la venida del Señor y el Aviento litúrgico como preparación para la Navidad. Es más, debe convertir toda su vida en un adviento permanente, preparándose para el encuentro personal con Jesús, empuñando la antorcha de la fe de la Iglesia. La vigilancia no debe entenderse solamente como defensa del mal que nos acecha, sino como expectación confiada y gozosa de Dios que viene a liberarnos de todo mal y a salvarnos definitivamente.

Adviento sacramental

En un sentido espiritual, se puede concebir también una nueva acepción de adviento: adviento sacramental, que es el tiempo en que el cristiano se prepara para recibir un sacramento cualquiera. Cuanto mejor se prepara uno para recibir un sacramento, mayor es la gracia que se recibe. Cuando Cristo se hace presente en la celebración de un sacramento, se celebra la navidad del nacimiento de la gracia en el alma. Es adviento cuando el cristiano se prepara para recibir a Cristo en su gracia en el sacramento y es navidad cuando se ha recibido.

Adviento eucarístico

Es adviento eucarístico, cuando el cristiano hace de su vida de fe una preparación permanente para asistir a la llegada de Jesús sacramentado, bajo las especies de pan y vino, en el sacrificio de la Santa Misa. Es adviento eucarístico cuando el cristiano se prepara para la celebración de la Eucaristía, y Navidad eucarística cuando Cristo nace sacramentalmente en el sacrificio de la Santa Misa. 

Adviento teológico

Y, por fin, celebrando el adviento de todo el año litúrgico y el adviento sacramental y eucarístico, se puede hablar también de un adviento teológico, que es la preparación total y absoluta del cristiano para recibir a Jesucristo en todos los encuentros con los hombres y con los acontecimientos, como nos enseña la liturgia de adviento en el prefacio del tercer domingo: “El mismo Señor, que se nos mostrará entonces lleno de gloria, viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino” (Pref III de adviento).

Resumiendo, es adviento escatológico mientras que la Iglesia en su estado de peregrinación en la Tierra se prepara, de muchas maneras, para la venida del Señor al final de los tiempos, momento en que se celebrará la navidad eterna del triunfo y la gloria de Jesucristo, Rey, que consumará su reinado eterno, objeto de felicidad completa de todos los bienaventurados, en compañía de María y de todos los ángeles en el Cielo. 

Es adviento litúrgico cuando los cristianos se preparan espiritualmente para la Navidad, conmemoración del nacimiento de Jesús, el 25 de Diciembre. 

Es adviento sacramental cuando vivimos en unión con Dios y santas obras esperando celebrar la navidad de la gracia en cualquier sacramento. Es adviento eucarístico cuando hacemos que nuestra vida santa sea una preparación permanente para la llegada de Jesús sacramentado en el sacrificio de la Santa Misa y lo recibimos en el corazón para vivir unidos a todos los hombres y a todas las cosas. Y es adviento teológico cuando con todos los actos de nuestra vida hacemos que sea navidad esperando y celebrando diversos encuentros con Cristo.