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sábado, 9 de mayo de 2026

Sexto domingo de Pascua. Ciclo A

 


La inhabitación de la Santísima Trinidad dentro del alma del justo, por medio de la gracia, es una realidad teológica. No es una singular presencia de Dios en el hombre, en virtud de su inmensidad, Dios inmerso en todos los seres, por la que es lo que es, vive, piensa y ama, al estilo de Dios, porque ha sido creado “a su imagen y semejanza”. Es algo más sublime y trascendente: una presencia real, pero mística del ser de Dios en su hijo; una especie de “divinización del ser humano”, por la que el hombre queda sobrenaturalizado en cuanto al ser, como hemos dicho muchas veces y ahora repito: su cuerpo convertido en templo vivo del Espíritu Santo y su alma en sagrario de la Santísima Trinidad. Dios no está en el alma por su gracia  de manera pasiva, sino siendo lo que es: Amor y Vida. La esencia de la Santísima Trinidad está en el alma, de manera inimaginable: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en unión íntima e indisoluble de esencia trinitaria, de igual manera que en el Cielo pero de distinta forma. La gracia es la semilla de la visión y gozo de Dios eternamente.

La Santísima Trinidad está en el alma comunicando al hombre su vida en un efluvio constante de amor, dando la capacidad de merecer Cielo, y siendo objeto de consolaciones y experiencias místicas inefables para algunos seres privilegiados. La presencia de Dios en el alma no conlleva el gozo de la experiencia de Dios sensible, fervorosa, como consecuencia de la fiel correspondencia a la gracia, como he leído en algún teólogo de nuestros días. El estar de Dios en el alma por la gracia es un misterio insondable que no exige un comportamiento científico. Dios está de la manera que quiere, como quiere y con la intensidad que quiere en el alma del justo, unas veces sin que se sienta jamás su presencia, otras con alternativas de fervores y arideces de espíritu, otras siempre en sequedad, y pocas veces en elevadas experiencias místicas, que hay que discernir bien, no sea que sea intervención del diablo o fruto de un desequilibrio humano con proyección religiosa. La religión es un buen abono para la sensibilidad desequilibrada del hombre.

Existe una intercomunicación de amor entre Dios y el alma. Dios comunica amor, que es vida y fuerza; y el hombre, agradecido, devuelve al Señor el amor que recibe, aumentado con el esfuerzo de su libertad traducido en santas obras. El amor humano se recicla en divino y el amor divino se humaniza.

 

sábado, 2 de mayo de 2026

Quinto domingo de Pascua. Ciclo A


Jesús en la última cena, después de instituir la Eucaristía pronunció a sus discípulos un sermón de despedida en el que les anunció que se iba al Padre,  a prepararles una morada entre las muchas que hay allí, y les rogó que siguieran el camino. Entonces Tomás no entendió el sentido de las palabras que estaba utilizando que le parecían extrañas y simbólicas, como me imagino que los pasó a todos los demás discípulos; y para aclarar los conceptos confusos que le iban viniendo a la cabeza, preguntó a Jesús: 

- Señor no sabemos a dónde vas; ¿cómo vamos a saber el camino?

Jesús le dijo:

-Yo soy el camino, la verdad y la vida. 

Después siguió con su discurso en el que les habló de la fe, les prometió la venida del Espíritu Santo, les explico el misterio de la Iglesia con la alegoría de la Vid y los sarmientos, instituyó el mandamiento nuevo el amor, les anunció la persecución por parte del mundo y les habló de otros temas.

Los Apóstoles grabaron en su memoria estas palabras lapidarias, sin entender el sentido místico que teológicamente encerraban. Necesitaban el trato personal con Cristo resucitado, el tiempo, las contrariedades de la vida, la persecución y la pasión y muerte, para descubrir el significado trascendente de Cristo, como Camino, Verdad y Vida.

Cristo es el Camino, no un camino más, sino el camino, con artículo determinado, único, exclusivo, sin el cual no hay manera de llegar al Padre.

El que busca a Dios con sincero corazón, guiado por la luz de la recta conciencia en el bien obrar; y el que de buena fe vive en la verdad de su religión, que a él le parece la verdadera, se encuentra con Cristo místico, aunque no conozca al Cristo histórico, ni al Cristo teológico de la Iglesia Católica.

Todo el que obra el mal se aparta del Camino que conduce al Padre; y todo el que hace el bien en su conciencia o buena fe, aunque no sea expresamente por Cristo, se sitúa dentro del Camino, que es Cristo. El Espíritu Santo actúa en el hombre de conciencia recta y de buena fe, haciendo que camine de la mano del Cristo desconocido, o conocido de otra manera, y llegue al Padre por la vía misteriosa de la gracia de la misericordia divina.

Con más facilidad llega al Padre el católico que conoce a Cristo y le sigue conducido por la Iglesia; y, mejor aún todavía, si comprometido con su fe vive identificado con Cristo, activado con fuerza del Espíritu Santo.

La fe es condición indispensable para entrar en camino, y seguir por él, aunque sea con miserias, pasos inseguros, tropiezos y caídas. La gracia del Espíritu Santo, que nos acompaña siempre, fortalece nuestra debilidad y repara nuestras averías espirituales.

El camino se hace autopista para el fervoroso católico que camina con Cristo, correspondiendo a la gracia del Espíritu Santo con amor y dolor, aceptándose a sí mismo y aceptando las diversas circunstancias de la vida en el ejercicio de buenas y santas obras.

Cuando se camina con fe, de bracero con Cristo, nuestro caminar es firme y seguro, y nuestro encuentro con el Padre es constante, porque el Espíritu Santo hace que hagamos juntos un camino trinitario. Si además de caminar en peregrinación trinitaria, hacemos el viaje al Padre escondidos en Dios con Cristo, en familiaridad de oración fervorosa, reforzados por la fuerza sacramentaria y avalada por la operatividad de santas obras, llegamos al Padre por el atajo de Jesucristo, el Camino.

Existe además un camino singular para el católico que emprende hacia el Padre un vuelo espacial: la consagración de la vida a Cristo con la vivencia o profesión de los consejos evangélicos.  Entonces, “cristificado”, respira a tope la atmósfera divina de la Santísima Trinidad, en el espacio sobrenatural de la gracia divina con el Padre y  el Espíritu Santo, y llega al Padre con seguridad y rapidez. 

Cristo es la Verdad, el Ser eternamente existente, el que Es en suma perfección siempre,  que satisface en plenitud las aspiraciones de la sabiduría del entendimiento humano, el  Amor que sacia el hambre del corazón humano, insatisfecho en la Tierra por el alimento de cosas y personas que perecen y  pasan. Cristo es el mismo de siempre: el de ayer, el de hoy, y el de mañana, el Dios eterno, Creador y Señor de todas las cosas, el Padre de todos los hombres, y, a la vez, justo juez, Dios mismo, el Dios profundo, misterio insondable de la Santísima Trinidad. 

Cristo es la Vida, el principio eterno del vivir (Jn 1,4), que nos comunica por la gracia la participación analógica de la Vida de Dios Uno y Trino, del Amor eterno, la realidad trascendente que supera todo conocimiento, fuerza para sufrir, luchar contra el mal, creer y esperar contra toda esperanza, potencia sobrenatural para merecer cielo, semilla de la visión y gozo de Dios eternamente. De Cristo procede la diversidad múltiple de la vivencia de la gracia en todos los seres, ángeles, bienaventurados y hombres, de manera tan compleja y distinta.

Este misterio es explicado por Cristo en el Evangelio en la alegoría de la Vid y los sarmientos (Jn 15,1-5). Cristo es la Vid y nosotros los sarmientos. Si vivimos unidos a Él, la savia de la gracia hace que produzcamos frutos (Jn 1,5).

La Vid es el Cuerpo místico de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo (Col 1,18). De Él procede la vida que se extiende a todos hombres de forma que sólo conoce la sabiduría eterna de Dios.   

Cristo es el Camino de la Verdad, pues todas las demás personas o cosas  son pequeñas verdades o pequeñas o grandes mentiras que llevan a un mundo  falsificado. Todo lo que no es de Cristo o Cristo es senda que con mucho trabajo o difícilmente conduce al Padre, camino tortuoso por el que uno caminando pierde la ruta,  desviación de la meta. Cristo es la Verdad del camino de la Vida, y todo lo que no es Él es vida simulada, falsa, enfermedad o muerte. Cristo es la Vida del verdadero camino,  pues gracias a Él tiene sentido el misterio de la vida que tantos misterios ofrece a los que no tienen fe.

sábado, 25 de abril de 2026

Cuarto domingo de Pascua. Ciclo A

 


¿Quién es el buen pastor?           

A esta pregunta muchos o todos habéis respondido mentalmente, tal vez: Jesucristo. Y es verdad, Jesucristo es el buen Pastor; es, no fue, no en pasado, sino en presente también, porque Cristo no es como un personaje más de la historia que vivió entre los hombres, hizo grandes obras y dejó su memoria en recuerdos escritos, como puede ser el caso de San Juan de la Cruz, por decir un ejemplo.

Cristo es un personaje actualizado que está vivo siempre entre los hombres, en la Iglesia. En su tiempo predicó personalmente el Evangelio, realizó milagros o signos de su divinidad, fundó la Iglesia, instituyó los Sacramentos y, después de sufrir una pasión inimaginable, murió por todos los hombres en la cruz y resucitó, cumpliendo de esta manera su palabra de que el buen pastor da la vida por sus ovejas.

Realizada la misión de Redentor que le encomendó el Padre en la Tierra, ascendió a los Cielos y, en unión con Él y la fuerza del Espíritu Santo, desde allí sigue siendo el Buen Pastor ministerialmente por medio de la Iglesia.

El Papa, Vicario de Cristo, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, gobiernan la Iglesia.

El Papa es el buen Pastor en toda la Iglesia universal; y los Obispos son pastores propios en las diócesis, puestos por el Espíritu Santo, que el Papa les ha encomendado. Y todos, coordinados entre sí, unidos al Papa y bajo su obediencia, gobiernan la Iglesia en nombre de Cristo.

Pero como el obispo no puede estar presente en todas las partes de la Diócesis, nombra un delegado suyo, conocido con el nombre de párroco, que, ayudado por vicarios parroquiales o coadjutores en parroquias importantes, como es la nuestra, bajo su obediencia gobierna una parcela de la diócesis, llamada Parroquia, que el Obispo le ha encomendado.

En tareas apostólicas diocesanas, extraparroquiales, el Obispo nombra delegados para que, en su nombre y bajo su obediencia, atiendan las distintas necesidades eclesiales que se presenten en cada momento y en cada diócesis.

Luego también ahora, como entonces, en sentido propio, Cristo es el buen pastor de la Iglesia que él fundó.

Además del sentido propio de pastor, obispo y sacerdote, podríamos decir que pastor en la Iglesia, en un sentido amplio, es también el cristiano que tiene cierta autoridad delegada en las acciones pastorales que se le encomiendan, como, por ejemplo, el catequista, delegado de Cáritas, delegado de liturgia, delegado de pastoral de juventud, de matrimonio etc.

Y todavía, en un sentido extensivo y universal, es pastor en la Iglesia cualquier cristiano que ejerce una misión apostólica en la familia o sociedad, como, por ejemplo, el padre de familia, el profesor, el empresario, el obrero que ejerce cualquier trabajo apostólico en la sociedad; incluso es pastor en la Iglesia el político que ejerce una autoridad civil cristianamente a favor del bien común.

Por consiguiente, en un sentido o en otro, y de distinta manera, todos los cristianos somos ovejas y pastores en la Iglesia.

En consecuencia, todos los cristianos, el Papa, el Obispo, el Sacerdote, tenemos que dar la vida por Cristo, cada uno según la medida de gracia que ha recibido. ¿Cómo? Dándose, gastándose por Cristo, cumpliendo su misión con obras santas: predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos, principalmente el de la Eucaristía, y ejerciendo santamente su ministerio los sacerdotes; y los fieles recibiendo los sacramentos y santificándose en la vida ordinaria o en la vida extraordinaria con humildad y sencillez.

Procuremos, hermanos, ser fieles ovejas y fieles pastores en obediencia y entrega a Dios en el puesto de trabajo que cada uno tiene que desempeñar en la Iglesia, a imitación de Jesús, que como buen Pastor dio la vida por sus ovejas.

sábado, 18 de abril de 2026

Tercer domingo de Pascua. Ciclo A

 






La aparición de Jesús a los discípulos de Emaús es uno de los pasajes más encantadores del Evangelio, no sólo por su contenido sino también por su bello relato literario. Vamos a hacer un comentario espiritual al texto del Evangelio, fijando preferentemente nuestra atención en tres frases:

- Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”

- Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel

- ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!      

     

MIENTRAS CONVERSABAN Y DISCUTÍAN, JESÚS EN PERSONA SE ACERCÓ Y SE PUSO A CAMINAR CON ELLOS 

Dos discípulos de Jesús, el primer día de la semana judía, domingo, se dirigían hacia su aldea, Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén, conversando y discutiendo sobre todo lo que había sucedido en esos días en Jerusalén. No solamente iban conversando o dialogando sino también discutiendo, quitándose las palabras de la boca, sin respetar un orden de turno, como sucede en estos casos en los que cada uno, con su propio temperamento, repite mil veces las mismas palabras y circunstancias.

Discutir significa no sólo examinar con mucho cuidado una cuestión, sino también debatir, contradecir y responder. Y en casos de amor y de interés propio se discute tratando de imponer al otro la propia opinión, generalmente en tono elevado, y pasional, de manera que uno se ofusca defendiendo la propia idea sin escuchar la del otro. La soberbia y el amor hacen discurrir a los interlocutores que discuten más por la fuerza de la pasión que por la de la razón. Probablemente en su discusión, acalorada unas veces en son de crítica y quejas, y otras teñida de amor, pena y desilusión, iban criticando a Jesús o echando de menos con añoranzas su reinado ilusorio.

En esto, en la mitad del camino, imagino yo, Jesús se colocó detrás de ellos, oyendo los gritos de la conversación acalorada, que se podían percibir sin mayor esfuerzo desde lejos. De repente, se adelantó y se puso a caminar con ellos en la misma fila. Y les dijo:

—¿De qué habláis?

Uno de ellos llamado Cleofás, le replicó:

¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén en estos días?

Y Jesús, para comprobar el pensamiento de los discípulos, hizo una restricción mental, y, sin afirmar ni negar lo que sabía, contestó:

¿Qué?

Y ellos contaron lo sucedido desde la institución de la Eucaristía hasta la pasión y muerte de Jesús en la cruz.

En nuestra vida ordinaria se presentan casos en los que no nos conviene o no queremos decir la verdad que no obliga. Entonces se puede utilizar el arte difícil de ocultar la verdad sin mentir, dando una respuesta adecuada y verdadera a quien nos pregunta sin derecho, para salir del paso de una situación crítica y comprometida. Esta fue la actitud piadosa y caritativa de Jesús que preguntó a sus discípulos lo que Él sabía para averiguar su estado de ánimo y afianzarlos en la fe. 

“NOSOTROS ESPERÁBAMOS QUE ÉL FUERA EL FUTURO LIBERADOR DE ISRAEL” 

Los discípulos, decepcionados de la persona de Jesús, como profeta de Nazaret, y de su doctrina sobre el nuevo reino de Dios, se marcharon a su aldea a dedicarse a su trabajo habitual, pues sus esperanzas en que Jesús iba a ser el futuro liberador de Israel quedaron defraudadas.          

De este texto se deducen claramente tres cosas: el amor a Jesús necesitado de purificación, la fe incompleta en Él y el remedio para creer en Jesús: La Sagrada Escritura. 

AMOR A JESÚS 

Que los discípulos de Emaús amaban al Señor y que ellos fueron preferidos en el amor por Él es incuestionable, pues merecieron la aparición de Jesús resucitado. Pero su amor necesitaba una purificación de la fe, pues estaba mezclada de esperanzas humanas. Tenían un concepto equivocado o no completo de la persona de Jesús, que para ellos vino al mundo a salvar a su pueblo de Israel de la esclavitud humana, sociológica, política y religiosa que padecía, y no sabían que era el Redentor de todos los pueblos y de todos los hombres; ni tampoco entendían el sentido trascendente del reino de Cristo, la Iglesia, sacramento universal de salvación, como nos enseña el Concilio Vaticano II. 

LA FE INCOMPLETA EN ÉL 

Los discípulos de Emaús dudaban o no creían firmemente en la resurrección de Jesús, anunciada en el Antiguo Testamento, y profetizada por Él muchas veces y en distintas ocasiones durante su vida pública, porque necesitaban la transformación de su fe imperfecta en fe perfecta en virtud de la resurrección de Jesús.

Aclaremos esta afirmación. En primer lugar, los discípulos no esperaron a que pasara el tercer día para comprobar lo que iba a pasar, sabiendo que Jesús había anunciado su resurrección al tercer día, pues el primer día de la semana judía, el domingo, se marcharon a su tierra; y, en segundo lugar, porque conocieron el hecho de que algunas mujeres habían ido al sepulcro y no vieron el cadáver de Jesús y vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles que les habían dicho que estaba vivo; y supieron también que Pedro y Juan fueron al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres. Para estos discípulos estos hechos no fueron signo de la resurrección, como hubiera sido lo más lógico, sino fruto de mentes exaltadas de mujeres visionarias. La lógica del pensamiento hubiera sido éste: Cristo no está en el sepulcro, luego ha resucitado, como lo había anunciado Él y estaba profetizado en el Antiguo Testamento.

A partir de la resurrección de Cristo, sus discípulos fueron transformados radicalmente en la fe y se convirtieron en apóstoles santos, aunque con sus propias debilidades temperamentales, miserias y pecados.

Lo mismo nos pasa a nosotros, que amamos a Jesús, creemos en su resurrección, pero con tentaciones, acaso dudas, interrogantes, infidelidades y pecados. 

 "¡QUÉ NECIOS Y TORPES SOIS PARA CREER LO QUE ANUNCIARON LOS PROFETAS!" 

Jesús no reprende a sus discípulos su falta de fe sino que les advierte su torpeza en creer la Sagrada Escritura. Es más, se quedó con ellos a cenar, signo de amistad, y a la hora de partir el pan se les dio a conocer, haciendo que se les abrieran sus ojos y lo reconocieran. Y sin dormir, al instante, en esa misma noche, se pusieron en marcha hacia Jerusalén y fueron en busca de los once Apóstoles para contarles lo que les había pasado.

También nosotros, cristianos, discípulos del Señor, merecemos el cariñoso y comprensivo aviso de Jesús, porque nuestra fe es débil, imperfecta y necesitamos el cambio radical de nuestra vida haciendo que el amor que profesamos a Cristo, humanizado, quede resucitado.                      

sábado, 11 de abril de 2026

Segundo domingo de Pascua. Ciclo A

 


Sin fe no tiene sentido la vida humana, porque la fe da respuesta a los grandes interrogantes del hombre y le hace vivir los grandes misterios de la vida. No vamos a tratar en esta homilía de la fe en general, como virtud teologal, sino de la fe en la Eucaristía, el gran misterio de nuestra fe, como proclamamos todos después de la consagración del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es la actualización mística del sacrificio que Jesús ofreció al Padre por nuestros pecados en el monte Calvario.

Sin fe la Santa Misa no tiene sentido, es un espectáculo más o menos aburrido, pues siempre es el mismo acto, la misma temática o parecida, el mismo guión y desarrollo, las mismas palabras, y frecuentemente el mismo actor, que, como hombre, tiene iguales o parecidos defectos que los demás.  Sin embargo es, por otra parte, el espectáculo más concurrido de todos los que se representan en los teatros, se emiten por la pequeña pantalla o se proyectan en las salas cinematográficas- ¿Hay en las pantallas de T. V. E., en los cines o teatros algún espectáculo que se repita años y hasta siglos, siendo siempre el mismo actor, la misma obra o película, el mismo drama, con el mismo guión o parecido...?

De la misma manera que cualquier espectáculo humano aburre y cansa con el tiempo, cuando se repite, así también la misa cansa y es aburrida para los no creyentes.  Los jóvenes que flaquean en la fe o no la tienen  se cansan y se aburren en las misas cuando no están celebradas con cierta animación teatral, músicas, ritmos y movimientos; y concluyen: no voy a misa porque la Misa a mí no me dice nada. La razón suprema de ir a misa no es el espectáculo en sí, sino la fe en Jesucristo, que perpetúa en el altar, por medio de su ministro, el sacerdote, el mismo sacrificio de la cruz; y en ella escuchamos la Palabra de Dios para conocer el camino del Cielo y alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Vosotros, hermanos, habéis venido esta mañana a participar en la Santa Misa, no porque la celebro yo, pues aunque la celebrara un sacerdote chino, ninguno de vosotros abandonaría los bancos y se marcharía de la Iglesia. Los cristianos no vamos a misa por el sacerdote o porque la misa se celebra con mejor o más perfecta liturgia, con guitarra y con cantos, con mayor solemnidad, o con mejor participación, pues, aunque se celebrara en silencio, asistiríamos a misa de la misma manera ¿Quién es capaz de valorar la vida de fe de una comunidad cristiana?

No son mejores las misas que se celebran con jóvenes, donde todo el mundo participa, canta, toca las palmas. Son más entretenidas o divertidas que las que se celebran en silencio, pero no mejores, pues hay gustos diferentes. Estáis concelebrando conmigo, en sentido bautismal, la Eucaristía, porque tenéis fe, y queréis además cumplir  con gozo el precepto dominical.

Durante muchos años, nosotros, los mayores, hemos asistido al sacrificio de la Santa Misa, sin entender una sola palabra, cuando se celebraba en latín, de espaldas al público, aunque generalmente no se predicaba la homilía, que en aquellos tiempos era una exclusiva de los párrocos. Y, sin embargo, nunca faltábamos a misa; y asistíamos a las conferencias cuaresmales y misiones, competencia de los dominicos, jesuitas, capuchinos y predicadores especialistas. Y se llenaban las Iglesias.

Hoy anunciamos en las Parroquias en Adviento y en Cuaresma conferencias, y casi nadie asiste. ¿Por qué? Porque se está perdiendo la fe. A misa generalmente asisten personas mayores con honrosas excepciones de jóvenes. Ya no existen familias enteras que vayan a misa, como antes, pues incluso en familias muy cristianas, hay hijos y hermanos que ni pisan la Iglesia. El Papa Pablo VI decía que el humo de Satanás se ha infiltrado por las rendijas dentro de la Iglesia.

¡Cuánta fe se necesita tener para creer en la misa que estamos celebrando!

Soy yo el primero que, como un hombre de fe, me estoy creyendo que con mis propias palabras y gestos estoy actualizando el misterio del Calvario. Yo me creo que dentro de unos minutos, por el poder que Jesucristo me ha regalado,  cuando diga: "tomad y comed, esto es mi Cuerpo, tomad y bebed esta en mi Sangre", el pan y el vino se van a convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. ¿Quién tiene que tener más fe el sacerdote que celebra o el fiel que escucha la Santa Misa? Tanta o más fe tiene el que se cree que está haciendo las veces de Jesucristo, que el que está escuchando y creyendo que el sacerdote, un hombre como los demás, es otro Cristo.

La fe es necesaria, no solamente para la vida cristiana, sino para la vida humana. Si solamente creyéramos  lo que vemos, se cae toda la ciencia que no sea exacta por su propia base. Porque la mayor parte de las cosas y acontecimientos los creemos por la fe humana.

Tendríamos que dudar o negar nuestra propia existencia, pues ninguno se ha visto nacer, lo sabe porque se lo han dicho. Siguiendo esta norma, llegaríamos a la conclusión de que los no científicos no tendríamos que creer muchas cosas, porque ni las entendemos ni las hemos visto; y, por supuesto, no tendríamos que creer en los personajes de la Historia ni en la mayor parte de los sucesos humanos.

De la misma manera, pero con fe divina, que es un don del Espíritu Santo, debemos creer en los misterios que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña.

La gente que no tiene fe dice: Yo no me confieso porque no voy a decir  mis pecados a un hombre como yo, con menos cualidades, o peor que yo y hasta más pecador. Y en este presupuesto, se entiende, pues los pecados sólo se dicen al hombre investido con el poder de Dios para que sean perdonados.

Pero el que tiene fe, no se fija en el sacerdote que está sentado en el confesionario, no le pide el documento de identidad para ver si es sacerdote, ni comprueba si es bueno o es santo, porque el que se confiesa cree que el sacerdote  representa a Cristo, y, por eso, el penitente le confiesa sus pecados, aunque le de vergüenza.

Mayor fe que el penitente tiene que tener el confesor, pues perdona  no las ofensas que a él le ha hecho el penitente, sino las ofensas que el pecador ha hecho a Dios. Alguien me decía una vez: Padre, yo no creo en los curas. Yo le contesté, en eso coincidimos, porque yo tampoco creo, yo creo en el sacerdocio ejercido por los curas, hombres de barro, como los demás, creo en los ministros de Dios, aunque sean pecadores ¡Cuánta fe, hermanos, necesitamos los sacerdotes y necesitan los fieles!

Vamos a pedirle al Señor que la fe sea siempre el móvil de nuestra vida cristiana y humana; y demos gracias al Señor, que nos ha regalado la fe, y a pedirle que nos la conserve hasta el último  momento de nuestra existencia.

sábado, 24 de mayo de 2025

Sexto domingo de Pascua. Ciclo C

 


El tema que voy a desarrollar en esta homilía está basado en un versículo del Evangelio de hoy: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

Podríamos decir que la esencia de la santidad consiste en tres infinitivos, íntimamente relacionados entre sí: cumplir, aceptar y vivir. Cumplir los mandamientos de la Ley de Dios, de la santa Madre Iglesia, las obligaciones propias del estado, del trabajo, y sociales, aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, y vivir el misterio insondable de la presencia de  Dios Uno y Trino dentro del alma por la gracia.

Al afirmar la esencia de la santidad, no menospreciamos lo que es complemento de la santidad o accesorio, que hay que tenerlo en cuenta si queremos medrar en la perfección evangélica, pues en la práctica es también necesario, no de modo absoluto, sino de manera relativa. Cuando decimos, por ejemplo, que el alimento es necesario para vivir, no negamos la necesidad relativa o de conveniencia de un alimento  variado y bien regulado. De la misma manera cuando decimos que en teoría la santidad esencial consiste en cumplir la ley, aceptar la voluntad de Dios y vivir la presencia de Dios en el alma, suponemos todos los medios que en la práctica se necesitan para la santidad, como son la oración, penitencia, vida sacramental, ejercicio de virtudes y otros, que no son objeto de la homilía de hoy. 

Los mandamientos del Decálogo fueron promulgados por Dios en el monte Sinaí para todos los hombres, porque son necesarios para reciclar al hombre, desajustado por el pecado original, y ordenarlo al estado para el que fue creado: la gloria de Dios y la salvación. No son prohibiciones que el Señor de todas las cosas pone al hombre, para que siga el buen camino que Él ha marcado y quiere en bien propio, sino son unos preceptos que propone al hombre, cuyo cumplimiento es necesario para que sea lo que tiene que ser: verdadero hijo de Dios, en el sentido pleno de la palabra; tampoco son órdenes que impone Dios al hombre, su criatura, para que le sirva,  pues es inmensamente y eternamente feliz, y nada necesita ni puede necesitar; ni mucho menos son yugos que atan y esclavizan al hombre. Son gracias divinas, beneficios para que el hombre se santifique y consiga la vida eterna. Cuanto más y mejor cumple el hombre los mandamientos, más hombre es, más cristiano y más santo.

Nosotros, los cristianos, además de cumplir, primero y fundamentalmente los mandamientos de la Ley de Dios, tenemos que cumplir los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, las normas que dicta y la doctrina que enseña.

Aceptar la voluntad de Dios es condición indispensable para la santidad, viendo en todos los acontecimientos agradables y desagradables la mano de Dios, que gobierna todas las cosas con sabiduría y bondad.

El tercer infinitivo consiste en vivir el misterio de la Santísima Trinidad dentro del alma, una realidad transcendente que nos asegura el evangelio de hoy: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos él y haremos morada en él”. Es una consecuencia lógica del cumplimiento del Decálogo y de la aceptación de la voluntad de Dios. El que cumple los mandamientos sustancialmente, en cuanto a su preceptiva grave, está en gracia de Dios, y el que quebranta cualquiera de ellos en materia grave, está en pecado mortal, rompe la amistad con Dios y deja el alma muerta para la vida sobrenatural.

Como premio del cumplimiento de la Ley, la Santísima Trinidad inhabita dentro del alma por la gracia; es decir, monta su morada dentro del hombre en el que vive o convive, como en su propia casa o templo, y donde  realiza sus funciones divinas trinitarias, santifica a los hombres y a la Iglesia y es objeto de experiencias místicas.

¿Qué es la gracia?

Tenemos que empezar por decir que la gracia es un regalo misterioso que Dios regala al hombre, mediante el sacramento del bautismo, según la doctrina de la Iglesia; pero Dios que es omnipotente, sabio y misericordioso, distribuye su gracia, amor misericordioso, por cauces extraordinarios que no conoce la teología de la gracia y superan el conocimiento y la imaginación del hombre.

Según enseña la Iglesia Católica es una participación analógica de la misma naturaleza divina, por la que Dios Uno y Trino se comunica, de alguna manera, al hombre para divinizarlo en el sacramento del bautismo; es una unión real, pero “mística” de Dios con el hombre por medio de la gracia, en la que Dios se da al hombre que queda divinizado y transformado en todo su ser: el cuerpo queda convertido en templo vivo del Espíritu Santo y el alma en sagrario de la Santísima Trinidad. La gracia nos introduce en la vida trinitaria y nos hace hijos de Dios con derecho a la vida eterna en el Cielo.

El bautismo comunica al hombre la llamada gracia santificante, que es un don habitual, una disposición estable, como si fuera una “sobrenaturaleza” añadida a la misma sustancia del alma, principio radical de mérito sobrenatural. Es distinta a las gracias actuales que son mociones de Dios que iluminan el entendimiento para pensar en el bien que lleva a la vida eterna o fuerzas misteriosas que empujan a la voluntad a hacer el bien que conduce al Cielo visto y poseído por Dios. Estas gracias se dan en el origen de  la conversión y también en el curso de la santificación, cuando el hombre está convertido. Si el hombre es cristiano y está convertido, pero está en pecado mortal, recibe de Dios gracias actuales para que se reconcilie con Él en el sacramento de la Penitencia; y si está en gracia de Dios para que se perfeccione cada día más. Los medios por los que Dios envía estas gracias son muchos y diversos, principalmente por los acontecimientos, cosas, actos de diversa índole, y también sin mediaciones, directamente causados por Dios de manera inmediata en el interior del hombre de muchas maneras.

La gracia habitual se pierde por el pecado mortal o grave y se recupera, como hemos dicho antes por la Confesión, generalmente, y también por un acto de perfecta contrición, si no hay posibilidad de confesión.

La gracia es una iniciativa libre de Dios que exige libre respuesta humana: una acción divina que antecede a la respuesta del hombre, le acompaña siempre en su camino y concluye con  su santificación, que resulta ser obra divina con la colaboración del humana, siempre con la gracia.

El hombre por sí mismo no tiene mérito con nada delante de Dios, pero en virtud de la gracia, merece sobrenaturalmente con todas las obras que hace con las que puede alcanzar el Cielo o la vida eterna.

Copiamos sustancialmente las principales ideas de la doctrina de la Iglesia contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica del Papa Juan Pablo II, sobre la gracia y el pecado:

“La gracia es una participación en la vida de Dios que nos introduce en la vida trinitaria  por el bautismo que nos hace hijos adoptivos de Dios (Cat 1997).  Hay que distinguir entre gracia santificante y gracias actuales. La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona el alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor; y las gracias actuales son intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación” (Cat 2000). El hombre se prepara para recibir la gracia por obra del Espíritu Santo, porque Él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida. Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja (S. Agustín).

La libre iniciativa de Dios exige respuesta libre del hombre. La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica (Cat 2001-2003).

Bajo la moción de la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así la justicia de lo alto (Cat  2018) El hombre convertido por la gracia de Dios se justifica en el bautismo, que entraña la remisión de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior (Cat 219). La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo y se nos concede en el bautismo y tiene como finalidad la gloria de Dios y de Cristo y el don de la vida eterna (Cat 2020).

El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios sino como consecuencia del libre designio de asociarlo a la obra de su gracia. El mérito pertenece a la gracia de Dios, en primer lugar, y a la colaboración del hombre, en segundo lugar. El mérito del hombre retorna a Dios (Cat 2025).

“El pecado mortal entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante , es decir del estado de gracia ... Aunque podamos juzgar que un acto en sí es una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios” (Cat 1861)

 

sábado, 17 de mayo de 2025

Quinto domingo de Pascua. Ciclo C

 


La pasión y muerte de Jesús, máximo dolor que se puede imaginar, porque es Dios quien sufre, es la prueba más clara de que el sufrimiento es necesario para ir al Cielo, porque el amor de Dios se hizo dolor humano para la redención de los hombres. El modo mejor de sufrir con Cristo es aceptar el dolor que nos viene de parte de Dios, que es amor con apariencia de desamor o castigo. 

Estoy seguro de que todos los que estamos en estos momentos escuchando la Palabra de Dios tenemos nuestra cruz, que no nos gusta, que nos hace sufrir lo indecible, que no nos podemos quitar de encima de nuestras espaldas. Y la mayor pena que podemos tener es saber que, algunas veces, el dolor es irreversible, tenemos que convivir con él para siempre y sin esperanzas de curación o solución ¿Qué hacer? 

Ante esta encrucijada sin salida, solamente tenemos importantes respuestas de fe. 

En primer lugar, la creencia de que la cruz es necesaria para seguir a Cristo y conseguir la vida eterna, como nos dijo Jesús en el Evangelio: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). No es la cruz una opción para seguir a Cristo, sino una necesidad para conseguir la vida eterna, pues todos la tenemos, tanto los que tenemos fe como los que no la tienen. 

Consecuentemente, los cristianos tenemos que seguir a Cristo con la cruz a cuestas, sabiendo que delante de nosotros va Él estimulándonos a llevarla y haciendo con cada uno de nosotros las veces de cirineo. 

Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer: nuestra debilidad, nuestra impotencia o nuestra capacidad limitada, y acudimos a quien todo lo puede para que nos ayude y fortalezca.

Con ella comprendemos a los demás, que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre, rezamos juntos para conseguir la gracia de la fortaleza del Espíritu Santo para todos. 

Con la cruz se fortalece nuestra fe en la vida eterna, se aumenta nuestra esperanza y ponemos totalmente nuestro corazón en los bienes de Arriba, que son eternos e imperecederos, despegándonos de las criaturas, a las que estamos esclavizados. 

La cruz nos sirve para redimir las culpas y penas de nuestros pecados, que no han sido suficientemente reparados en la vida, y nos ahorra las penas temporales del Purgatorio; y los sufrimientos nos ayudan también a merecer la vida eterna, pues por muchos y graves que sean, son mayores los premios que, a cambio de ellos, recibiremos en el cielo eterno. 

Además de estos consuelos sobrenaturales, existe la esperanza humana de saber que el mal tiene su fin, pues no hay mal que cien años dure.

El mensaje de la cruz es sustancial para la vida del cristiano, sin embargo no nos gusta, no lo entendemos, lo rechazamos instintivamente.  

Cuando nos visita la tribulación, cuando el Señor nos acaricia con la cruz, cuando  el dador de todo bien pone sobre nosotros el pesado madero, cuando nos parece que Dios nos castiga, nos abandona, digamos con el santo Job: “Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea su santo nombre”. 

Acongojados por el dolor y desconcertados por la cruz solemos formular una infinidad de porqués para los que no encontramos respuestas humanas: ¿Qué pecado habré cometido yo para que el Señor me trate de esta manera? ¿Por qué Dios me abandona tanto? ¿Qué he hecho yo para que los hombres se porten tan mal conmigo? ¿Por qué...? En lugar de concluir que estamos en línea con Jesucristo y aceptar la cruz que Dios nos manda o permite, nos rebelamos y nos convertimos en murmuradores de la cruz que el Señor nos manda para nuestro bien, con miras a la vida eterna.           

Cuando nos vemos solos, abandonados, sin el amparo de los nuestros; cuando sufrimos en nuestra carne  la enfermedad larga, costosa e insoportable; cuando somos perseguidos por parte de familiares y amigos; cuando nos sentimos despreciados, desconcertados en el fondo del corazón, expresamos al exterior nuestro sentimiento y nos olvidamos de que hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. El camino del Cielo está sembrado de espinas, y no de rosas; hay que tener siempre presente que la distinción de un hijo de Dios elegido de Jesucristo es la cruz, la persecución.           

Si nos encontramos solos, si tenemos dolores físicos, psíquicos o morales, si estamos padeciendo depresiones, soledades y angustias, si estamos despreciados, o menos preciados por los demás, la conclusión de fe no es otra que la que venimos comentando: es muy clara: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios” 

Para las almas espirituales, para los santos, el padecer es sufrir con esperanza del gozo de la vida eterna. Muchas veces, cuando leemos en la vida de los santos lo mucho que padecieron, decimos: ¡pobrecitos, cuánto sufrieron!

Y no es así, porque Dios da fortaleza suficiente para sufrir con gozo espiritual, no con gozo humano, la cruz, que se aguanta con la fortaleza del Espíritu Santo. El santo experimenta el dolor físico, a veces humanamente inaguantable, con la seguridad de que se identifica con Cristo que nos salvó por el amor hecho dolor, y con la esperanza de conseguir el Cielo. 

El amor integrado en el dolor es el mandamiento grande del Señor: amor a Dios, objetivo prioritario y único, y desde Dios descendiendo, amor a mí mismo, a los hermanos y a todas las cosas. El mandamiento nuevo del Señor tiene unos aspectos y matices totalmente desconocidos en el Antiguo Testamento.

Es nuevo por dos conceptos: nuevo por el modo y nuevo por su extensión. Por el modo, porque tenemos que amarnos los unos a los otros al modo divino como Jesús gratuitamente nos amó, sin esperar nada a cambio. 

La esencia íntima del amor es amar, aunque no se sienta uno amado, como es el amor de la madre. La madre ama a su hijo con todos sus “aunques” y con todos sus “sin embargos”, aunque no reciba nada (aunque reciba desprecios del hijo). Este es el amor puro, el modo divino, con que Dios nos ha amado y nos ama. 

Este amor, que es al modo divino, se extiende a todos los hombres en palabras y obras, tiene una dimensión universal, si bien no hay que amar a todos de la misma  manera, como es evidente. 

No debe amar la madre cristiana, de igual manera y con la misma intensidad a su hijo que al enemigo de su hijo. Pero un cristiano de verdad, no debe excluir de su corazón a ningún  hombre de la tierra. Cómo tiene que ser el amor al enemigo, es tema de otra homilía. 

Tengo que amar a los hermanos, aunque sienta repugnancia, aunque no me gusten, aunque me repelan, con obras y palabras, con amor efectivo, al menos, es decir, con el comportamiento que requiera cada caso. 

En consecuencia, y resumiendo, hermanos, hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. Y el modo de conseguir esta meta es con el amor a Dios y en Dios a uno mismo, a los hermanos y hasta las mismas cosas.

 

 

sábado, 10 de mayo de 2025

Cuarto domingo de Pascua. Ciclo C

 

Iglesia, "Sacramento universal de salvación”

Los fieles, como respuesta  a la Palabra de Dios de la primera lectura en el salmo responsorial de la santa misa de este domingo, proclaman esta afirmación: Somos su pueblo y ovejas de su Rebaño. Con estas palabras  afirman  la alegría de pertenecer a la Iglesia, figurada como Rebaño; y luego en el Evangelio se recalca la misma idea con la alegoría de Jesús, Pastor, y ovejas que son los hombres, que escuchan su voz y le siguen para la vida eterna. Estas ideas me ofrecen una oportunidad para hablar del misterio de la Iglesia.

La Iglesia, a la que por la gracia misericordiosa de Dios, Creador y Padre pertenecemos, es un misterio que sólo se puede conocer  por medio de metáforas o alegorías, que no definen su propia naturaleza, y ni siquiera se imagina. Las principales son: Cuerpo místico de Cristo, la Vid y los sarmientos y Sacramento universal de salvación, como enseña el Concilio Vaticano II, que significa que todas las personas que se salvan es por medio del bautismo de agua, bautismo de deseo, bautismo de sangre y bautismo de conciencia o sus suplencias que son infinitas y nadie puede saber ni imaginar, porque Dios es infinitamente sabio, lo sabe todo y todo lo puede.

¿Son pocos los que se salvan?

El número de los que se salvan ha sido, es y será siempre el gran interrogante para todos los hombres de todos los tiempos, porque nada hay revelado sobre este particular. 

En un lugar donde Jesús predicaba, tal vez en una sinagoga de Cafarnaún, el Maestro debió tratar el tema interesante de la salvación, y un oyente interrumpiendo su discurso preguntó a Jesús: Señor, ¿son pocos los que se salvan?

El Maestro no respondió directamente a la pregunta,  sino que se limitó a enseñar la necesidad de esforzarse para entrar en el Reino de Dios: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán” (Lc 13,24). Esta frase no significa que muchos no se salvarán, sino que cuesta mucho esfuerzo entrar por la puerta estrecha de la salvación por propia cuenta,  porque la salvación depende principalmente de la gracia de Dios y otros muchos factores. Sobre este problema angustioso, muchos judíos tenían ideas peregrinas, muy equivocadas, contrarias a la Biblia, hasta tal punto que pensaban que la salvación era una exclusiva para el pueblo de Israel,  porque Dios salva a los hombres como quiere con ellos o sin ellos y de muchas maneras no conocidas.   

Opiniones sobre la salvación

Entre los teólogos existen principalmente tres opiniones sobre la salvación universal de los hombres: rigorista, optimista y misericordiosa, cristiana y evangélica.

Opinión rigorista     

La opinión rigorista afirma que son muchos, muchísimos, los hombres que no se salvan, porque según se aprecia pocos, poquísimos, son los que trabajan por vivir en gracia y se preocupan por la salvación eterna. La mayor parte de la gente vive de espaldas a Dios, obcecada en el pecado, alucinada por el mundo, el dinero, el poder y la carne, y sin cumplir los mandamientos de la Ley de Dios ni  la doctrina de la Iglesia.    

Opinión optimista

La opinión optimista, muy común hoy, consiste en creer que todo el mundo se salva o pocos se condenan, pues la mayoría de los hombres no son pecadores, sino enfermos, débiles, tarados, incapaces de responsabilidad  moral para cometer un pecado mortal, acto humano, que merezca el infierno eterno.

Opinión misericordiosa

Sin duda alguna la opinión más aceptable es la misericordiosa.

Nadie sabe, ni siquiera la Iglesia, el número de los que se condenan. El Papa Juan Pablo II en su libro “Cruzando el umbral de la esperanza” nos dice textualmente que “cuando Jesús dice de Judas, el traidor, sería mejor para ese hombre no haber nacido, la afirmación no puede ser entendida en el sentido de una eterna condenación” (Pág. 187).

Para saber la doctrina de la Iglesia sobre este espinoso y agobiante problema establezco seis principios seguros de la doctrina de la Iglesia:

1º La Iglesia jamás ha hablado ni puede hablar del número de los que no se salvan porque no está revelado.

2º Según la doctrina de la Iglesia se salva el que muere en gracia y se condena el que muere en pecado mortal (Cat 1035). “Morir en pecado mortal  sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre  por propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (Cat 1034). ¿Pero  quién muere en gracia o en pecado mortal? Los juicios de los hombres no son como los juicios de Dios, nos dice la Sagrada Escritura.

3º La moral católica nos enseña  que para que un acto sea grave o pecado mortal se necesitan tres condiciones: materia grave, advertencia plena del acto que se va a realizar y pleno consentimiento por parte de la voluntad, o sea, aceptación plena de la obra mala a sabiendas de lo que es, y libertad plena al realizarla, sin coacción externa ni interna. Si falta alguna de estas tres condiciones, el pecado no es grave. (Cat 1859).

En virtud de estos principios algunos pecados objetivamente graves por su materia pasan a ser leves por falta de plena advertencia y de pleno consentimiento libre. Y al revés, algunos otros, cuya materia es objetivamente leve, pasan a ser graves porque el pecador creyó equivocadamente que era grave y lo cometió a pesar de eso.

4º La gravedad del pecado no consiste simplemente  en la simple trasgresión voluntaria de la ley de Dios, evaluada por los hombres, sino del juicio de Dios Padre, infinitamente misericordioso, que evalúa el pecado del hombre, su hijo, sometido a muchas debilidades, taras hereditarias o adquiridas, desequilibrios temperamentales, condicionamientos de todo tipo, fuertes tentaciones, a veces insuperables, culturas diversas, educación familiar y social y otros muchos factores.

5º Y, por último, hay que considerar que la redención universal fue realizada por Dios, Jesucristo, que derramó su sangre divina por todos los hombres y la condenación de muchos sería un fracaso. La salvación es un misterio del amor infinitamente misericordioso de Dios, que el hombre no puede entender ni imaginar.

sábado, 3 de mayo de 2025

Tercer domingo de Pascua. Ciclo C

 


El apóstol San Juan en un estilo sugestivo de belleza literaria sin igual, nos cuenta que Tomás llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los Hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y otros discípulos más, motivados por San Pedro, marcharon al lago de Tiberíades a pescar; y pasaron toda la noche surcando todas las aguas, y llegaron a la madrugada sin capturar  ni un solo pez. 

Cuando la luz del sol estaba ya iluminando el lago, apareció Jesús en la orilla, haciéndose un desconocido, y  preguntó a sus discípulos si tenían algo para comer. Y ellos le dijeron que en toda la noche no habían pescado nada. Entonces les dijo: Echad las redes a la derecha de la barca y encontraréis peces. Obedecieron este extraño mandato, impulsados por un instinto de obediencia superior, pues ese lugar había sido ya explorado muchas veces durante toda la noche; y el resultado fue que se encontraron con la sorpresa de que en un momento capturaron abundancia de peces, que tuvieron la curiosidad de contar: ciento cincuenta y tres. Después de anclar Pedro la barca en las arenas, Jesús les dio a todos pan y peces, sin que nadie le preguntara quién era, sabiendo todos que era el Señor.

Después de haber realizado Jesús la pesca milagrosa, signo poderoso del poder divino y preparación para transferir a Pedro el primado o la total y plena potestad en la Iglesia, comieron; y  a continuación  confirió la máxima autoridad de Pedro sobre Obispos, sacerdotes, diáconos y laicos, es decir sobre todos los hombres, valiéndose del precioso y sugerente diálogo que transcribo:

Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Pedro le contestó:

Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Le dice Jesús:

Apacienta mis corderos

Jesús vuelve a preguntarle por segunda vez:

Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

 Pedro le respondió:

- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Le dijo Jesús:

Apacienta mis ovejas

Jesús le hizo por tercera vez la misma pregunta:

Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ¿me quieres? Y le dijo:

Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.

Le dijo Jesús:

Apacienta mis ovejas.

 No sabemos por qué Jesús reiteró a Pedro por tres veces la misma pregunta, que obtuvo de Pedro idéntica respuesta, a excepción de la tercera a la que añadió con tristeza: Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.

Puede pensarse que Jesús en este diálogo  estaba aludiendo mentalmente a la afirmación que hizo Pedro a Jesús en la última cena: “Aunque todos te abandonen, yo nunca te abandonaré”, frase que significaba que Pedro amaba más que los demás a Jesús.

Pedro no se conocía, presumía, convencido y de buena voluntad, de fuerzas que no tenía. Necesitaba la prueba del pecado, llamemos traición, para llegar a su conocimiento total; y surgió la ocasión cuando la portera del palacio de Caifás y los soldados que se calentaban dentro del patio le abordaron con una pregunta comprometida: ¿No eres tú uno de sus discípulos? Pedro, por miedo a correr la misma suerte que Jesús, la muerte, le negó tres veces o en tres ocasiones distintas, incluso con imprecaciones y juramentos, nos dice San Mateo y San Marcos. Fue necesario, repito, la humillación del pecado de Pedro para que conociera su debilidad, su presunción, su vanidad, su inconsciencia, sin que esto significara no querer al Maestro.

Esto mismo nos ha pasado o nos pasa a cada uno de nosotros. Cuando éramos niños o jóvenes y comprobábamos pecados en los hombres sin fe o en cristianos empecatados, nos escandalizábamos, y asegurábamos en nuestro interior que nosotros nunca cometeríamos semejantes barbaridades.

La triste experiencia demostró con el tiempo que nosotros, cuando se presentaron las ocasiones y estuvimos en iguales o parecidas circunstancias, hemos sido tan pecadores o más que los demás; y ahora no nos atrevemos a presumir de nuestras virtudes, porque nuestros pecados nos delatan, y nos consideramos tan pecadores como cualquiera o con la capacidad de serlo, si Dios no nos tuviera sujetas “las manos” con las esposas de la gracia. Santa Teresa  del Niño Jesús decía que ella no había sido una gran pecadora porque Jesús iba delante de su camino quitando las piedras para que ella no tropezara.

No sabemos quién ama más a Dios y quién es más pecador en su divina presencia. Todo depende del misterio de la gracia y de la libre correspondencia del hombre a ella. Dios permite, a veces, que los santos pequen para que se hagan comprensivos con los pecadores, experimentando en su propia carne las pasiones y debilidades de ellos,  para que aprendan  la acción de la misericordia divina,  y aprecien las virtudes que les regala.

Dios hace que los que luchan por ser virtuosos o son santos tengan  defectos  temperamentales, que a veces no son pecados, y difícilmente pueden corregir del todo, para propia humillación  y para que aprecien el valor de la infinita misericordiosa que Dios tiene para con todos los hombres. El hombre bueno o santo, porque se comprueba pecador o defectuoso, no juzga ni condena a nadie en el corazón; se considera en potencia tan pecador como cualquiera, y a los pecadores en potencia tan buenos o santos como él, si hubieran contado con sus mismas gracias.

San Pedro amó siempre a Jesús en el corazón, pero falló porque se comparaba con sus compañeros y se creía mejor que ellos. Presumió, a la hora de la Eucaristía, de fuerzas que se imaginaba tenía; y después, a la hora de la pasión, sucumbió y negó al Maestro. Pero cuando Pedro fue totalmente humillado por el pecado, recibió el perdón de Cristo, y recibió con el resto de los apóstoles el Espíritu Santo, se convirtió en un gran santo, hombre humillado; y gracias a la humillación del pecado, no volvió jamás a fiarse de sí mismo, y empezó a comprender a los demás y a considerarse igual o peor que otros.

Por eso, cuando Jesús le preguntó por tercera vez: Pedro, ¿me amas más que éstos?, se entristeció porque empezó a tener miedo de sí mismo por si podría volver a las andadas, al hombre viejo, al hombre pecador de antes. Y no se le ocurrió mejor respuesta que decir: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Tú, que eres Dios, me conoces más que yo mismo, sabes mi capacidad para el mal, mis malas inclinaciones, mi pasado y mi futuro, todo lo que he sido, soy y podré ser, pero tú sabes también, según mi parecer de ahora, que te amo como yo soy o te quiero amar, según mis santos deseos.

Algo así podemos decir nosotros. Hemos pecado, y tal vez gravemente y muchas veces, por inconsciencia, apasionamiento, desequilibrio psíquico, por presunción de nosotros mismos, creyendo que éramos capaces de meternos debajo del agua y no mojarnos, y nos hemos puesto como una sopa; de jugar con el fuego y no quemarnos, y nos hemos abrasado. 

Nuestros pecados nos enseñaron a ser comprensivos con todos los pecadores, a no fiarnos de nosotros mismos, a comprender a los pecadores, a excusar a todos, a buscar razones de bien en el mal obrar de los hombres, a justificar lo que nos parece injustificable, a perdonar a quienes nos ofenden y buscar un bien en el mal que nos intentan hacer.

Como San Pedro, podemos decir a Jesús: Tú lo sabes todo, cómo fui de niño, de joven, de mayor, conoces mis pecados, mis debilidades naturales, mi malicia, todo, absolutamente todo; y sabes también, porque no hay nada oculto a tus divinos ojos, que te quise querer con mi modo de ser pecaminoso, a pesar de todo, y que te quiero ahora y te quiero querer siempre.

Te respondo a la pregunta que me haces como hiciste a San Pedro: ¿Me amas más que éstos? Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo.  Tú lo sabes todo: mi osadía en compaginar mi vida de fe con la del mundo, mi debilidad natural, aumentada por mis pecados, que fueron muchos. Sabes mi presunción en la virtud, sabes que no puedo decir que fui tentado irresistiblemente, de manera que me sintiera fuertemente avocado al pecado porque tenía que desfogar la pasión.

Pequé, tú  sabes cuánto y cómo,  pero sabes también que en el fondo o en la superficie, o de alguna manera, quise amarte, quiero amarte y quiero querer amarte siempre.