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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Navidad. Ciclo A

 


La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria” (Jn 1.14).

Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera “dios”

El Hijo de Dios, sin dejar de ser Él mismo, se humilló hasta tal extremo que se rebajó de su dignidad divina y se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana de Santa María Virgen por obra y gracia del Espíritu San. Nació como hombre, vivió como hombre en todo, menos en el pecado, padeció los dolores más grandes que se pueden imaginar, murió en la cruz, y al tercer día resucitó para que el hombre naciera a la vida de la gracia, viviera siempre en gracia, muriera en gracia y resucitara en gracia, para ser con Cristo resucitado feliz eternamente en el Cielo.

En la liturgia de la Navidad de hoy conmemoramos el acontecimiento singular del nacimiento de Jesús, eje alrededor del cual gira toda la Historia y principio de la salvación de los hombres. La Navidad no es un tiempo mundano  dedicado a la diversión, comilonas, bebidas y juergas,   como para los paganos o no cristianos, sino es una fiesta eminentemente religiosa: el acontecimiento del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor. Sin embargo, todo el mundo celebra y felicita la Navidad en todos los sentidos: religioso, humano, familiar, comercial, político y mundano, y no cualquier otra fiesta humana.

El apóstol San Pablo en la segunda lectura de la liturgia de la Navidad, escrita a Tito, nos dice cómo tenemos que celebrar la Navidad: renunciar al pecado, libres del mal moral, en estado de gracia, y llevar una vida sobria, moderada en la celebración, sin excesos en comidas y vino, honrada, dentro de la justicia y religiosa en el ejercicio de la oración, virtudes y santas obras, en el culto a Dios y servicio a los hombres, y llena de gracia (Tit 2,11-14), haciendo que toda nuestra vida sea siempre navidad de amor y felicidad.

La Navidad o nacimiento de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende su vida oculta de oración, silencio y trabajo en obediencia; su vida pública de predicación del Evangelio y realización de milagros; y su vida de pasión, muerte, resurrección y ascensión a los Cielos. Son las fases que un cristiano tiene que vivir para que en su vida siempre sea NAVIDAD.

Para los cristianos siempre es Navidad, no solamente la Navidad litúrgica, el día en que conmemoramos el nacimiento de Jesús, sino cuando celebramos:

La Navidad de nuestro nacimiento: el paso de no ser a ser persona humana, la criatura más perfecta de la Creación terrestre: imagen y semejanza de Dios.

La Navidad del bautismo en el que nacimos a la vida sobrenatural para formar parte de la Familia Divina.

La Navidad eucarística porque en la Eucaristía nace el mismo Cristo resucitado y glorioso del Cielo, que se hace realmente presente bajo las especies de pan y vino en las manos del sacerdote en la cuna del altar.

La Navidad sacramental, pues en cada sacramento nace la gracia de Jesucristo en el alma, si se recibe con las debidas disposiciones.

La Navidad oracional para quien se pone en contacto con Dios y recibe el nacimiento de la gracia.

La Navidad caritativa  en la que se ejerce la caridad con los pobres o se hace cualquier bien al prójimo.

La Navidad teológica en aquellos que hacen que todos los actos de su vida estén hechos con Dios y por Dios: las alegrías y las penas, el trabajo y el descanso, las caídas y levantadas, los pasatiempos y diversiones, porque cuando se hace el bien es Navidad.   

 

martes, 24 de diciembre de 2024

Navidad. Ciclo C

 


La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria” (Jn 1.14).
Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera “dios”

El Hijo de Dios, sin dejar de ser Él mismo, se humilló hasta tal extremo que se rebajó de su dignidad divina y se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana de Santa María Virgen por obra y gracia del Espíritu San. Nació como hombre, vivió como hombre en todo, menos en el pecado, padeció los dolores más grandes que se pueden imaginar, murió en la cruz, y al tercer día resucitó para que el hombre naciera a la vida de la gracia, viviera siempre en gracia, muriera en gracia y resucitara en gracia, para ser con Cristo resucitado feliz eternamente en el Cielo.

En la liturgia de la Navidad de hoy conmemoramos el acontecimiento singular del nacimiento de Jesús, eje alrededor del cual gira toda la Historia y principio de la salvación de los hombres. La Navidad no es un tiempo mundano dedicado a la diversión, comilonas, bebidas y juergas, como para los paganos o no cristianos, sino es una fiesta eminentemente religiosa: el acontecimiento del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor. Sin embargo, todo el mundo celebra y felicita la Navidad en todos los sentidos: religioso, humano, familiar, comercial, político y mundano, y no cualquier otra fiesta humana.

El apóstol San Pablo en la segunda lectura de la liturgia de la Navidad, escrita a Tito, nos dice cómo tenemos que celebrar la Navidad: renunciar al pecado, libres del mal moral, en estado de gracia, y llevar una vida sobria, moderada en la celebración, sin excesos en comidas y vino, honrada, dentro de la justicia y religiosa en el ejercicio de la oración, virtudes y santas obras, en el culto a Dios y servicio a los hombres, y llena de gracia (Tit 2,11-14), haciendo que toda nuestra vida sea siempre navidad de amor y felicidad.

La Navidad o nacimiento de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende su vida oculta de oración, silencio y trabajo en obediencia; su vida pública de predicación del Evangelio y realización de milagros; y su vida de pasión, muerte, resurrección y ascensión a los Cielos. Son las fases que un cristiano tiene que vivir para que en su vida siempre sea NAVIDAD.

Para los cristianos siempre es Navidad, no solamente la Navidad litúrgica, el día en que conmemoramos el nacimiento de Jesús, sino cuando celebramos:

  • La Navidad de nuestro nacimiento: el paso de no ser a ser persona humana, la criatura más perfecta de la Creación terrestre: imagen y semejanza de Dios.
  • La Navidad del bautismo en el que nacimos a la vida sobrenatural para formar parte de la Familia Divina.
  • La Navidad eucarística porque en la Eucaristía  nace el mismo Cristo resucitado y glorioso del Cielo, que se hace realmente presente bajo las especies de pan y vino en las manos del sacerdote en la cuna del altar.
  • LNavidad sacramental, pues  en cada sacramento nace  la gracia de Jesucristo en el alma, si se recibe con las debidas disposiciones.
  • La Navidad oracional para quien se pone en contacto con Dios y recibe el nacimiento de la gracia.
  • La Navidad caritativa  en la que se ejerce la caridad con los pobres o se hace cualquier bien al prójimo.
  • La Navidad teológica en aquellos que hacen que todos los actos de su vida estén hechos con Dios y por Dios: las alegrías y las penas, el trabajo y el descanso,  las caídas y levantadas, los pasatiempos y diversiones, porque cuando se hace el bien es Navidad.   

domingo, 24 de diciembre de 2023

Navidad. ciclo B

 


La Navidad es el tiempo en que se recuerda y celebra el nacimiento del Amor de Dios, hecho hombre, en la Persona de Jesús, Salvador, nacido en Belén de Santa María Virgen; amor que fue enseñado en su vida oculta durante treinta años con el ejemplo vivo de la oración y del trabajo; predicado en su vida pública por la proclamación del Evangelio y realización de milagros, y demostrado con su muerte en la cruz, con el derramamiento de su sangre divina. El tiempo litúrgico de Navidad es una ocasión muy buena para hacer unas reflexiones sobre el amor verdadero, el amor cristiano en sentido teológico.  



El amor, esencia de la vida del ser humano y fundamento de su felicidad en esta vida y en la otra, es uno de los conceptos más difíciles de entender y explicar porque forma parte del misterio del hombre en la más profunda intimidad de su existencia. Los poetas idealizan el amor con su musa más o menos inspirada; los literatos lo describen con estilos diferentes, acomodados a su manera de pensar y vivir; los filósofos hacen discursos sobre él, a capricho de la ideología de su pensamiento; los artistas gastan su genio en expresarlo con su propia personalidad en signos diversos; y cada uno, hijo de su padre y de su madre, lo entiende y lo vive a su manera o con arreglo a la cultura o formación humana y religiosa que ha recibido.

Para unos amar es sentir en el propio ser una inclinación hacia una persona que radica en el sentimiento o en el alma, y lo viven y demuestran de muchas maneras. Para otros el amor consiste en buscarse a sí valiéndose del otro: te amo porque te necesito, porque tú me sirves para que sea yo. Para la gente del mundo, el amor es una satisfacción sexual, que calma por un momento la pasión de la carne y, sin alimentar el corazón, lo deja con hambre de egoísmo sexual. El sexo es complemento del amor matrimonial, cuando se busca con él la expresión del amor natural o cristiano, traducido en obras, y no cuando se busca por egoísmo solamente el placer personal animalizado.

El amor humano suele ser:

· causal: te amo porque me amas;

· final: te amo para que me ames;

· condicional: te amo si me amas;

· temporal: te amo mientras me amas.

El amor humano, cualquiera que sea, es limitado, necesitado de correspondencia, imperfecto, incluso el amor de la madre normal, que se considera el amor más perfecto en lo humano, requiere la paga del hijo, aunque el hijo por sí mismo satisface el corazón de la madre, aunque con dolor si no es correspondida por el hijo. La buena madre suele perdonar la falta de correspondencia del hijo; la justifica externamente con dolor en el corazón; la defiende ante extraños, se desahoga con los confidentes, pero jamás la condena.

El que ama necesita humanamente la correspondencia del amor del otro a quien ama, pues amar y no ser correspondido es más dolor que gozo. Se ama con limitaciones, defectos y pecados, propios de la fragilidad humana de la naturaleza caída. Amar es más darse que dar, pues el que ama da también, pues el dar es expresión necesaria del darse.

El que dice que ama y no da, se ama más que ama. Dar porque que te dan es educación, agradecimiento o correspondencia. Dar solamente para que te den, es egoísmo. ¡Qué gozo tan singular se siente cuando se hacen cosillas insignificantes que nadie sabe, por amor a Dios! Cuando prestas a la persona que amas continuos y pequeños servicios, eres Señor del amor en grandes cosas. Las cosas pequeñas se hacen grandes, las ordinarias extraordinarias, y las extraordinarias heroicas por la magia virtuosa del amor. El hombre de fe nunca hace cosas pequeñas, pues todas las cosas que hace son grandes, porque grande es Dios por quien las hace.

El verdadero amor se explica solamente en sentido evangélico, cristiano, teológico: amar de balde, aunque uno no sea correspondido humanamente en el amor, al estilo de Dios, que se nos ha regalado en la Persona de Jesucristo. "En esto hemos conocido el amor: en que Él ha dado su vida por nosotros" (I Jn 3, 16).

sábado, 24 de diciembre de 2022

Navidad. Ciclo A

 


El hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza en un estado  de santidad original que comprendía el don sobrenatural de la gracia, el conocimiento de la verdad, sin posibilidad de error, la ausencia del dolor, la inmunidad de la concupiscencia o inclinación al pecado, y el don de la inmortalidad, con el fin de que, viviendo divinizado en la Tierra, consiguiera la plena gloria con Dios en el Cielo. Pero para que esto se realizara, Adán debería cumplir un precepto muy importante y grave, que no se sabe cuál es, con la condición vinculante de que si no lo cumplía, moriría.

El hombre, abusando de su libertad, desobedeció el mandato de Dios y cometió el llamado pecado original que se transmite a todos los hombres por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada uno. En consecuencia, por culpa del pecado, el hombre perdió los dones que había recibido y “la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte e inclinada al pecado, inclinación llamada concupiscencia. (Cat 415-418).

Dios no abandonó al hombre a su perdición, sino que en el mismo momento en que pecó, lo perdonó y le prometió enriquecer su naturaleza contagiada en estado de pecado, con la promesa de la Redención realizada por el Mesías, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Este nuevo estado era superior al que el hombre tenía al principio. Así nos lo enseña el pregón de la Vigilia Pascual: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”.

Esta promesa fue revelándose, de muchas maneras, principalmente en dos grandes etapas del Antiguo Testamento: Patriarcas y Profetas; y en otra tercera, Nuevo Testamento, por medio del Hijo de Dios, Jesucristo. Así nos lo enseña la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, del Apóstol San Pablo a los Hebreos: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo”.

El contenido de la Revelación se encuentra en la Tradición y en la Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento; y es interpretada oficialmente por el Magisterio de la Iglesia, de manera que nadie, que se precie de ser católico, puede interpretarla a su aire o capricho.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios encarnó en las entrañas Purísimas de la Virgen María,  y en el mismo instante en que empezó a ser Jesucristo, dentro del útero virginal de María, nació la Iglesia en su germen. Pasados nueve meses de la gestación de Dios, hecho hombre, tuvo lugar la Navidad o el nacimiento de Jesús en Belén y con él el Nacimiento de la Iglesia en su Cabeza, como Cuerpo místico.

Hoy, el día de la Navidad, conmemoramos aquel acontecimiento singular del nacimiento de Jesús, centro y eje del tiempo y de la Historia. Ateniéndonos a los textos de la liturgia de la Palabra de hoy, en la primera lectura de la misa de la media noche, la Palabra de Dios nos enseña que la aparición de Jesús entre los hombres es luz que brilla entre las tinieblas, gracia, presencia de Dios y alegría, como profetizó en su tiempo el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo”. Como respuesta a la Palabra de Dios proclamada en la primera lectura, el pueblo reunido para celebrar la Navidad responde un texto tomado del Evangelio: “Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. Y por este gozoso motivo, en el salmo responsorial cantamos la alegría de la Navidad con estas palabras: “Cantad al Señor un cántico nuevo, se alegre el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque. Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra”.

La Navidad de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende la vida oculta de oración y trabajo en obediencia; vida pública de servicio en favor de todos los hombres, principalmente pobres, enfermos y pecadores; vida de pasión y muerte, y vida de resurrección.

Con el nacimiento de Cristo, nosotros recordamos nuestro nacimiento a la vida cristiana en la Iglesia, que tuvo lugar en el sacramento del bautismo. Nacimiento que exige una vida oculta de oración y trabajo en la vida ordinaria, como la de Jesús, una vida pública de ejemplo cristiano y realización de obras buenas y una vida de pasión, soportando el dolor en todas sus versiones siguiendo a Jesús con la cruz a cuestas, con la esperanza de morir con Cristo y resucitar luego con Él para la vida eterna, plasmando en la propia vida el misterio pascual de Cristo.

En la Misa del Gallo,  la segunda lectura del apóstol San Pablo a Tito nos dice que porque “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, debemos renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y llevar una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios Salvador nuestro: Jesucristo”.

La Navidad para los cristianos no es motivo para la juerga, la diversión, el pecado; ni ocasión para comilonas y despilfarro, como es costumbre en estas fechas en que el mundo profana el sentido de la celebración.

La Navidad debe ser un momento para renunciar al pecado y a sus males, y para llevar una vida sobria, sin excesos inútiles en comidas y bebidas; una vida honrada, llena de gracias, virtudes y ejercicio de santas obras; una vida religiosa de fe profunda y consecuente, con el fin de participar de la divinidad de Jesucristo, que al asumir nuestra naturaleza realizó un intercambio de dones, como dice el sacerdote en la oración sobre las ofrendas; y una vida de gracia para llegar un día a la perfecta comunión con Cristo en la gloria, como pedimos al Señor en la oración después de la Comunión. Esta vida tiene que ser en cada uno de nosotros Navidad en la celebración litúrgica del 25 de Diciembre, vivencia en los sacramentos y ejercicio del misterio pascual en la vida ordinaria hasta que llegue el momento de celebrarla eternamente en el Cielo.

                                                                     

sábado, 1 de enero de 2022

Domingo segundo después de Navidad. Ciclo C

 

Hacía ya quinientos años que en Israel no surgía un profeta auténtico que predicara la ley de Moisés, denunciara la degradación moral del pueblo judío, combatiera la idolatría y condenara a los invasores extranjeros que tenían al pueblo de Israel oprimido en un puño, cometiendo injusticias sociales que clamaban al Cielo. Los que se presentaban como enviados por Dios eran predicadores oportunistas, que engañaban al pueblo con mitos religiosos y carismas falsos de naturaleza socio-política.

De repente, de la manera que no se sabe, se hizo presente en las riberas del Jordán un profeta estrafalario, llamado Juan, que vivía la pobreza heroica en grado extremo, sin ser conocido por nadie. Cubría su esquelético cuerpo con un vestido de pelo de camello, ceñido a la cintura con una correa de cuero,  y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre (Mt 3,4). Hoy todavía en Arabia, Etiopía y Palestina se encuentran estos insectos ortópteros, de la familia de los acrídidos, que a veces arrasan comarcas enteras. Tostados sobre las brasas, son el alimento común de los pobres en algunos lugares de aquellos países. La miel amarga y aromática, distinta de la que elaboran las abejas, se halla en los troncos de ciertos árboles, como la palmera, la higuera, el tamarindo y en las hendiduras de las rocas.

La predicación del extraño profeta del desierto se centraba en proclamar la llegada del Mesías, “anunciada muchas veces y en diversas formas a nuestros padres por medio de los profetas” en el Antiguo Testamento (Hb 1,1).  En la temática de sus sermones repetía frecuentemente el estribillo de su constante predicación: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Lc 3,4), aludiendo a la profecía de Isaías (40,3-5). Esta frase profética recordaba la antigua costumbre de los reyes orientales que, antes de ir a visitar sus estados, enviaban a sus criados para que preparasen los caminos, allanando los baches y acondicionando el paso por donde el cortejo real tenía que pasar. El argumento único de su predicación era la conversión: “¡Convertíos que ya llega el reinado de Dios!” (Mt 3,2), gritaba constantemente y a pleno pulmón el Pregonero del desierto. Con esa frase repetida y palabras de fuego reprendía enérgicamente a los fariseos, saduceos y escribas que acudían a él por malsana curiosidad, y  a quienes llamaba camada de víboras (Lc 3,7). Con el pueblo, sin embargo, se mostraba complaciente y comprensivo, invitando a la conversión perfecta de compartir con el pobre los propios bienes (Lc 3,11). 

La conversión exigía dos actos importantes: la confesión de los pecados y el bautismo por inmersión en las aguas del Jordán, que prefiguraba el bautismo sacramental que Jesucristo había de instituir en su momento histórico con agua y  Espíritu Santo. El rito sagrado judío, celebrado con salmos penitenciales, exigía una transformación total del hombre: la ruptura del pecado y el cumplimiento de la voluntad divina, manifestada principalmente en la Ley divina.

Tan espectacular llegó a ser la figura ascética de este extraño misionero, y tan sorprendente y exigente su doctrina, que se acercaban a él turbas numerosas de toda Judea y de toda la región del Jordán para oír la buena noticia que predicaba. Y, a consecuencia del fuego de su palabra y del imán de su arrebatadora conducta, muchos confesaban sus pecados y se bautizaban (Mc, 1,5), incluso pecadores, publicanos, soldados y prostitutas (Mt 21,32; Lc 3,12-14); y algunos de los que escuchaban la palabra de Juan se hicieron discípulos de Jesús, como Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Pero como de todo hay en la Viña del Señor, otros,  en cambio, rechazaron la nueva doctrina de Juan, el Bautista, y se mantuvieron en sus ideas religiosas tradicionales, y no faltaron quienes se hicieron enemigos suyos, como sucede siempre en este mundo. Tampoco faltaron manifestaciones celosas por parte de algunos discípulos de Juan que condenaron la actitud de Jesús, porque bautizaba y se llevaba la gente de calle (Jn 3,26). Y, como es lógico, bastantes fariseos y doctores de la ley no se convirtieron y se negaron a recibir el bautismo (Lc 7,30).

La fama de Juan empezó a difundirse por todas partes, incluso mucho tiempo después de ser bautizado Jesús y haber pasado cuarenta días y cuarenta noches en el desierto en oración y penitencia, preparándose para la vida pública. Los mismos sacerdotes y levitas empezaron a pensar si realmente había llegado ya la plenitud de los tiempos mesiánicos y sería aquel  anacoreta, profeta del desierto,  el mismo Mesías. (Lc 3,15). Para salir de dudas, el Sanedrín ejerció su perfecto derecho de investigar el caso y cerciorarse de la identidad de tan singular profeta. Eligió sacerdotes, levitas y fariseos, expertos en Sagrada Escritura, conocedores de las profecías, y los mandó a preguntar a Juan quién era en realidad. (Jn 1,19-23). Según un oráculo antiquísimo, que fue pasando de generación en generación como una creencia firme de los judíos, reflejada en el Evangelio, Elías subió al cielo arrebatado en un carro de fuego, y vendría al fin de los tiempos, podría ser también el Mesías (Mt 16,14; Jn 1,21).

La respuesta de Juan a los curiosos investigadores que querían saber la identidad  de su persona y de su misión profética, no pudo ser más humilde:

Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni un profeta. Yo soy una voz que grita desde el desierto: Allanadle el camino al Señor (Jn 1,20-23).

 La doctrina y comportamiento de Juan tuvo también repercusión en el Gobierno, porque el valiente Profeta del Jordán reprendió abiertamente a Herodes Agripa por su concubinato público con Herodías, la mujer de su hermano Filipo. A pesar de ello, el tetrarca no lo odiaba, sino que le escuchaba con gusto, lo respetaba y protegía, pues reconocía que era un hombre justo y santo (Mc 6,20).

Estando encarcelado Juan, envió una embajada formada por algunos de sus discípulos para preguntar a Jesús si realmente era Él el Mesías. Volvieron con la respuesta afirmativa, comprobada por los muchos milagros que Jesús hacía, y con la misiva de que Juan el mayor de los nacidos: “Os aseguro que no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista”, dijo el Señor (Mt 11,11; Lc 7,28).

 

viernes, 24 de diciembre de 2021

Navidad. Ciclo C

 

“La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria” (Jn 1.14).

Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera “dios”

             El Hijo de Dios, sin dejar de ser Él mismo, se humilló hasta tal extremo que se rebajó de su dignidad divina y se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana de Santa María Virgen por obra y gracia del Espíritu San. Nació como hombre, vivió como hombre en todo, menos en el pecado, padeció los dolores más grandes que se pueden imaginar, murió en la cruz, y al tercer día resucitó para que el hombre naciera a la vida de la gracia, viviera siempre en gracia, muriera en gracia y resucitara en gracia, para ser con Cristo resucitado feliz eternamente en el Cielo.

En la liturgia de la Navidad de hoy conmemoramos el acontecimiento singular del nacimiento de Jesús, eje alrededor del cual gira toda la Historia y principio de la salvación de los hombres. La Navidad no es un tiempo mundano  dedicado a la diversión, comilonas, bebidas y juergas,   como para los paganos o no cristianos, sino es una fiesta eminentemente religiosa: el acontecimiento del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor. Sin embargo, todo el mundo celebra y felicita la Navidad en todos los sentidos: religioso, humano, familiar, comercial, político y mundano, y no cualquier otra fiesta humana.   

El apóstol San Pablo en la segunda lectura de la liturgia de la Navidad, escrita a Tito, nos dice cómo tenemos que celebrar la Navidad: renunciar al pecado, libres del mal moral, en estado de gracia, y llevar una vida sobria, moderada en la celebración, sin excesos en comidas y vino, honrada, dentro de la justicia  y religiosa en el ejercicio de la oración, virtudes y santas obras,  en el culto a Dios y servicio a los hombres,  y llena de  gracia (Tit 2,11-14), haciendo que toda nuestra vida sea siempre navidad de amor y felicidad.

La Navidad o nacimiento de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende su vida oculta de oración, silencio y trabajo en obediencia; su vida pública de predicación del Evangelio y realización de milagros; y su vida de pasión, muerte, resurrección y ascensión a los Cielos. Son las fases que un cristiano tiene que vivir para que en su vida siempre sea NAVIDAD.

Para los cristianos  siempre es Navidad, no solamente  la Navidad litúrgica, el día en que conmemoramos el nacimiento de Jesús, sino  cuando celebramos:

  • La Navidad de nuestro nacimiento: el paso de no ser a ser persona humana, la criatura más perfecta de la Creación terrestre: imagen y semejanza de Dios.
  • La Navidad del bautismo en el que nacimos a la vida sobrenatural para formar parte de la Familia Divina.
  • La Navidad eucarística porque en la Eucaristía  nace el mismo Cristo resucitado y glorioso del Cielo, que se hace realmente presente bajo las especies de pan y vino en las manos del sacerdote en la cuna del altar.
  • La Navidad sacramental, pues  en cada sacramento nace  la gracia de Jesucristo en el alma, si se recibe con las debidas disposiciones.
  • La Navidad oracional para quien se pone en contacto con Dios y recibe el nacimiento de la gracia.
  • La Navidad caritativa  en la que se ejerce la caridad con los pobres o se hace cualquier bien al prójimo.
  • La Navidad teológica en aquellos que hacen que todos los actos de su vida estén hechos con Dios y por Dios: las alegrías y las penas, el trabajo y el descanso,  las caídas y levantadas, los pasatiempos y diversiones, porque cuando se hace el bien es Navidad.   

sábado, 2 de enero de 2021

Segundo domingo después de Navidad. Ciclo B

 Voy a fijar mi atención en esta frase de San Pablo, de la liturgia de hoy, que tiene un contenido profundamente teológico: “El Padre de la Gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocer a Jesucristo, ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama y cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, el conocimiento de Jesucristo”. 

El tema es el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. 
Los hombres nos conocemos de diversas formas: unas veces de vista. Conozco a Antonio, decimos, porque le he visto varias veces y en distintas ocasiones con el que he cruzado algunas palabras de simple educación; en este caso se trata de un conocimiento visual, fisonómico, circunstancial. 

Otras veces, nos conocemos por el trato superficial, convencional: cuando nos cruzamos con el vecino del cuarto en la escalera; o cuando coincidimos con un conocido en la calle, en la compra, en el metro o en el autobús y mantenemos con él palabras ocasionales de saludo. Por supuesto que este trato de conocimiento es superficial. 

Nos conocemos por el trato laboral, porque trabajamos juntos en la misma empresa, en el mismo oficio, tal vez en la misma sección o departamento, y hablamos solamente de las cosas que son propias de trabajo, con algunas añadiduras sobre temas de los acontecimientos del día que nos comunican los medios de comunicación social. Entonces tenemos con los compañeros de trabajo un conocimiento imperfecto elaborado con apreciaciones puramente subjetivas, infundadas objetivamente, porque la relación con ellos es educada, más o menos respetuosa, de convivencia obligada de comportamiento. 

El conocimiento propio de los hombres se da en la convivencia familiar y social. Ahí es donde nos pronunciamos como realmente somos, y no como parecemos delante de los demás con los que nos comportamos, no nos portamos. Para llegar a conocernos de verdad, hace falta la convivencia en la intimidad familiar, en la que surgen los problemas del roce de los temperamentos y salen a flote los defectos congénitos y adquiridos. 

Fuera de la familia existe el teatro donde se escenifican los personajes que no somos en su totalidad. Aquellos que no se intiman, no se confidencian, no se comunican cosas que están en el corazón y en la vida, difícilmente pueden llegar a conocerse del todo. Si vivimos en familia bajo un mismo techo comemos la misma comida a la misma hora, pero no existe comunicación de amor y hechos, somos unos extranjeros que viven en un hostal, apodado familia. 

A veces ni siquiera los esposos, los padres e hijos, hermanos, se comunican porque no pueden. Viven juntos, pero separados en la vida. Y esto es lo que realmente pasa en la convivencia social. 

Las personas y personajes no son conocidas por la interpretación de las personas que conviven con ellas. Si ahora hiciéramos una encuesta a las monjas que conviven con Sor Lucía, la vidente de Fátima, obtendríamos diversas opiniones, contrarias, y de todo tipo, de manera que no faltarían quienes la conceptuaran como no santa, y con otras calificaciones desfavorables, pues el concepto que se tiene de los santos es subjetivo, depende de muchos factores y apreciaciones que se hacen según son las personas, su educación y su virtud. 

Un concepto real sólo es propio de Dios. El conocimiento perfecto del hombre es difícil, depende de muchos factores, de la convivencia de intimidad virtuosa que supone sacrificios, renuncias, abnegaciones, cruces, vivencias gozosas y entregas. 

Si el conocimiento humano entre los hombres en la práctica resulta difícil, y a veces casi imposible, el conocimiento humano de Jesucristo es imposible, porque no es un personaje de la Historia del pasado, a quien se le conoce por las biografías escritas por hombres; ni por la simple lectura reposada del Evangelio con interpretación personal. Hay muchos cristianos, incluso creyentes, más o menos practicantes, que conocen a Jesucristo nada más que de oídas: por los libros, la prensa los programas de televisión, algunas conferencias culturales, y acaso por las homilías escuchadas en las misas oídas por el mero cumplimiento dominical. 

Si al hombre y al santo no es posible conocerlos en su realidad, menos a Cristo cuyo conocimiento no es fruto de la razón sino de la gracia del Espíritu Santo. ¿Quién es capaz de conocer al hombre en la convivencia y juzgarlo como realmente es en la presencia de Dios? 

Tampoco es suficiente para conocer a Cristo el trato de la oración personal, no orientada ni dirigida, porque cabe el peligro de conseguir un conocimiento de Jesús a capricho del gusto propio: un servicio del conocimiento de Jesús a la carta. 

Para conocer bien a Jesús se necesita una catequesis adecuada, complementada por el trato amoroso con Dios en la oración, una aceptación de los acontecimientos dolorosos de la vida que enseñan la sabiduría de la cruz, y una sabiduría sobrenatural del Espíritu Santo. 

Por la catequesis aprendida según la enseñanza del magisterio de la Iglesia, se conoce al Cristo histórico, al Cristo dogmático y al Cristo doctrinal. 

Pero este conocimiento en sí mismo es científico e insuficiente, porque hay muchos cristianos, incluso sacerdotes, religiosos, y profesores de teología que conocen al Cristo teológico de la Iglesia, pero no llegan a conocerlo en su intimidad. En cambio, muchos cristianos sencillos y humildes, incultos, que solamente saben la catequesis elemental de la Iglesia con fe profunda conocen a Jesús perfectamente, porque viven su vida cristificados, identificados con Cristo en la contemplación, en el trabajo y en la aceptación de todas las circunstancias de la vida. 

“No el mucho saber satisface el alma, sino el gustar de las cosas de Dios internamente”, decía San Ignacio de Loyola en su libro magistral de “Los ejercicios espirituales” 

Vamos a pedirle al Padre nos conceda la sabiduría del Espíritu Santo para conocer a Cristo en la intimidad de la oración, continuada con la constante presencia de Dios en la acción ordinaria, en la aceptación de todo cuanto sucede, como providencia de Dios, que todo lo quiere o permite para el bien de los hombres. De esta manera comprenderemos cuál es la esperanza a la que Dios nos llama y cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Navidad. Ciclo B

La Navidad es el tiempo en que se recuerda y celebra el nacimiento del Amor de Dios, hecho hombre, en la Persona de Jesús, Salvador, nacido en Belén de Santa María Virgen; amor que fue enseñado en su vida oculta durante treinta años con el ejemplo vivo de la oración y del trabajo; predicado en su vida pública por la proclamación del Evangelio y realización de milagros, y demostrado con su muerte en la cruz, con el derramamiento de su sangre divina. El tiempo litúrgico de Navidad es una ocasión muy buena para hacer unas reflexiones sobre el amor verdadero, el amor cristiano en sentido teológico. 

El amor, esencia de la vida del ser humano y fundamento de su felicidad en esta vida y en la otra, es uno de los conceptos más difíciles de entender y explicar porque forma parte del misterio del hombre en la más profunda intimidad de su existencia. Los poetas idealizan el amor con su musa más o menos inspirada; los literatos lo describen con estilos diferentes, acomodados a su manera de pensar y vivir; los filósofos hacen discursos sobre él, a capricho de la ideología de su pensamiento; los artistas gastan su genio en expresarlo con su propia personalidad en signos diversos; y cada uno, hijo de su padre y de su madre, lo entiende y lo vive a su manera o con arreglo a la cultura o formación humana y religiosa que ha recibido. 

Para unos amar es sentir en el propio ser una inclinación hacia una persona que radica en el sentimiento o en el alma, y lo viven y demuestran de muchas maneras. Para otros el amor consiste en buscarse a sí valiéndose del otro: te amo porque te necesito, porque tú me sirves para que sea yo. Para la gente del mundo, el amor es una satisfacción sexual, que calma por un momento la pasión de la carne y, sin alimentar el corazón, lo deja con hambre de egoísmo sexual. El sexo es complemento del amor matrimonial, cuando se busca con él la expresión del amor natural o cristiano, traducido en obras, y no cuando se busca por egoísmo solamente el placer personal animalizado. 

El amor humano suele ser: 
  • causal: te amo porque me amas;
  • final: te amo para que me ames;
  • condicional: te amo si me amas;
  • temporal: te amo mientras me amas.
El amor humano, cualquiera que sea, es limitado, necesitado de correspondencia, imperfecto, incluso el amor de la madre normal, que se considera el amor más perfecto en lo humano, requiere la paga del hijo, aunque el hijo por sí mismo satisface el corazón de la madre, aunque con dolor si no es correspondida por el hijo. La buena madre suele perdonar la falta de correspondencia del hijo; la justifica externamente con dolor en el corazón; la defiende ante extraños, se desahoga con los confidentes, pero jamás la condena. 

El que ama necesita humanamente la correspondencia del amor del otro a quien ama, pues amar y no ser correspondido es más dolor que gozo. Se ama con limitaciones, defectos y pecados, propios de la fragilidad humana de la naturaleza caída. Amar es más darse que dar, pues el que ama da también, pues el dar es expresión necesaria del darse. 

El que dice que ama y no da, se ama más que ama. Dar porque que te dan es educación, agradecimiento o correspondencia. Dar solamente para que te den, es egoísmo. ¡Qué gozo tan singular se siente cuando se hacen cosillas insignificantes que nadie sabe, por amor a Dios! Cuando prestas a la persona que amas continuos y pequeños servicios, eres Señor del amor en grandes cosas. Las cosas pequeñas se hacen grandes, las ordinarias extraordinarias, y las extraordinarias heroicas por la magia virtuosa del amor. El hombre de fe nunca hace cosas pequeñas, pues todas las cosas que hace son grandes, porque grande es Dios por quien las hace. 

El verdadero amor se explica solamente en sentido evangélico, cristiano, teológico: amar de balde, aunque uno no sea correspondido humanamente en el amor, al estilo de Dios, que se nos ha regalado en la Persona de Jesucristo. "En esto hemos conocido el amor: en que Él ha dado su vida por nosotros" (I Jn 3, 16). 











domingo, 5 de enero de 2020

Epifanía. Ciclo A

Hagamos unas reflexiones espirituales, simbólicas, sobre cinco puntos del episodio de la Epifanía: los Magos, viaje, oro, incienso y mirra.


Los Magos
Los magos eran científicos en astronomía, hombres de fe, no reyes, como piensa la tradición de devoción popular. Algunos autores bíblicos suponen con cierto fundamento que eran judíos o descendientes de ellos, que conocían la Sagrada Escritura, y por inspiración divina hicieron un viaje de Oriente a Occidente, a Belén, guiados por una estrella para adorar al Niño Dios, el Mesías, el Redentor del mundo.
Los Magos son símbolos de los buenos cristianos que hacen el viaje desde el Oriente de su nacimiento hasta el Occidente de su muerte llevando siempre consigo oro. Incienso y mirra para ofrecérselos a Jesús, Redentor y Salvador del mundo.

Viaje
El viaje que los Magos hicieron puede ser símbolo de la travesía personal que cada hombre hace desde el oriente de su nacimiento hasta el occidente de su muerte en este valle de lágrimas, como rezamos en la salve, En ese trayecto hay que pasar muchos sufrimientos por los desniveles y vericuetos del camino, cuestas, bajadas y subidas, lugares tortuosos que ofrecen peligros, que hay que evadir con habilidad y astucia, dificultades que nos regala el Señor para aprovecharlas para nuestra santificación. Debemos pisar tierra firme con tiento, sabiendo dónde posamos los pies, como peregrinos en marcha hacia la meta, llevando consigo los dones del incienso, oro y mirra, la escucha meditada de la Palabra de Dios, la recepción frecuente y fervorosa de los sacramentos y la acción de las obras buenas que alimentan el alma, para que cuando llegue nuestra muerte, podamos adorar, ver y gozar en el Cielo eternamente  del Niño Jesús, hecho hombre, glorioso y resucitado.

Estrella
La estrella que los Magos vieron en Oriente y le llevaron a adorar al Niño Dios puede ser para nosotros símbolo de nuestra fe en Jesús, el Mesías, el Salvador, guiados por la estrella de la fe, que ilumina a los cristianos el camino que lleva al Belén del Cielo, enseñado por el magisterio auténtico de la Iglesia, como órgano de la Verdad: y no la estrella de los teólogos opinantes y ocurrentes por propia cuenta, o la de los escritores o periodistas que propagan las verdades que les interesan por propios fines o intereses.
La fe es oscura, pero cierta, segura y lúcida. Ilumina con claridad inconfundible todo nuestro tiempo de peregrinación para discernir las cosas verdaderas de las falsas, elegir y querer el bien y evitar el mal, rechazar el único mal que existe, que es el pecado, y aceptar todos los sucesos como gracias dentro de la providencia misteriosa de Dios Padre; y es también fuerza para atemperar las pasiones. En el belén eterno del Cielo la fe se convierte en visión y gozo eterno del Niño Jesús, hombre resucitado y glorioso.

Oro
El oro es uno de los metales más valiosos del mundo, considerado como símbolo de realeza, dignidad, autoridad, soberanía, riqueza, amor verdadero de un corazón bondadoso. Los Magos trajeron de su tierra los más ricos regalos para ofrecérselos al Niño Jesús, Rey de cielos y tierra en Belén. Para los cristianos es símbolo de un corazón limpio sin engaños, ni dobleces, ni intenciones perversas, torcidas y egoístas; también símbolo del oro de la gracia de Dios viva y eficiente en el ejercicio del amor a Dios y al prójimo. Es posible que algunos digan que no pueden regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque su vida pasada estuvo manchada por el óxido del pecado o en la presente está marcada por el pecado, la tibieza, la indiferencia o la apatía. ¿Cómo se va a regalar a Dios un corazón de oro falsificado, sin el brillo de quilates de gracia? Quizás ese sea tu caso. Hay tres caminos por los que se puede ir al Cielo: por el oro de la inocencia, de la conversión auténtica, o el de la penitencia.

Incienso
El incienso era en el Antiguo Testamento una sustancia aromática que se quemaba en el Tabernáculo de Moisés y en el Templo de Jerusalén sobre un incensario o en los braseros que estaban al pie del altar, como ofrenda valiosa para adorar a Dios. En la liturgia católica es un símbolo de oración, reconocimiento de la dignidad de Dios. El incienso quemado en el corazón, dorado por la gracia operativa hace que se expanda por todo el mundo en bien de todos los hombres y sube al Cielo como gloria y alabanza a Dios.

La mirra
La mirra es una sustancia muy valiosa y apreciada en Oriente. Se usaba en perfumería y medicina, aprovechando sus cualidades soporíferas, mezclada con bebidas diversas para calmar los dolores; y también para embalsamar los cadáveres. En sentido cristiano es signo de la cruz física y psíquica, personal, familiar y social.
En conclusión: Seamos como los magos de Oriente, que guiados por la estrella de la fe hagamos la travesía del oriente de la tierra hasta el occidente del Cielo con la vivencia habitual de las ofrendas del oro de la vida santa, el incienso de una oración de alabanza a Dios, y la mirra de nuestro dolor, hecho redención.


martes, 24 de diciembre de 2019

Navidad. Ciclo A


NAVIDAD

La Navidad no es el nacimiento de un personaje de la Historia sino el cumpleaños del Señor, el día en que nació Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre, concebido en las entrañas virginales de Santa María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Redentor de todos los hombres a quienes redimió con su vida, pasión, muerte y resurrección. ¿Por qué?

El hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza en un estado de santidad original que comprendía el don sobrenatural de la gracia, los dones preternaturales de la ausencia del dolor, la inmunidad de la concupiscencia o inclinación al pecado, y el don de la inmortalidad, con el fin de que, viviendo divinizado en la Tierra un tiempo, consiguiera la plena gloria con Dios en el Cielo. Para que esto se realizara, Adán, cabeza de toda la Humanidad, debería cumplir un precepto muy importante y grave, que no se sabe cuál es, con la condición vinculante de que si no lo cumplía, moriría él y su descendencia. Pero abusando de su libertad, desobedeció el mandato de Dios y cometió el llamado pecado original que se transmite a todos los hombres por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada hombre. En consecuencia, por culpa del pecado, el hombre perdió los dones que había recibido y “la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte e inclinada al pecado, inclinación llamada concupiscencia. (Cat 415-418).

Dios no abandonó al hombre a su perdición, sino que en el mismo momento en que pecó, lo perdonó y le prometió enriquecer su naturaleza contagiada con la promesa de la Redención que realizaría el Mesías, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Este nuevo estado era superior al que el hombre tenía al principio. Así nos lo enseña el pregón de la Vigilia Pascual: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”.

Dios fue revelándose, de muchas maneras en el Antiguo Testamento hasta que llegó la plenitud de los tiempos en los que nos habló por medio de su Hijo en el Nuevo Testamento. “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo”.

La Revelación se encuentra en la Tradición y en la Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento, y es interpretada oficialmente por el Magisterio de la Iglesia.
En el mismo instante en que empezó a ser Jesucristo, dentro del útero virginal de María, nació la Iglesia en su germen. Pasados nueve meses de la gestación de Dios, hecho hombre, tuvo lugar la Navidad o el nacimiento de Jesús en Belén y con él el Nacimiento de la Iglesia en su Cabeza, como Cuerpo místico. La Navidad de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende vida, pasión muerte y resurrección.

Con el nacimiento de Cristo, nosotros recordamos nuestro nacimiento a la vida cristiana en la Iglesia, que tuvo lugar en el sacramento del bautismo. Nacimiento que exige una vida oculta de oración y trabajo en la vida ordinaria, como la de Jesús, una vida pública de ejemplo cristiano y realización de obras buenas y una vida de pasión, soportando el dolor en todas sus versiones siguiendo a Jesús con la cruz a cuestas, con la esperanza de morir con Cristo y resucitar luego con Él para la vida eterna, plasmando en la propia vida el misterio pascual de Cristo.

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a Tito nos dice que “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, debemos renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y llevar una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios Salvador nuestro: Jesucristo”.

La Navidad debe ser un momento para renunciar al pecado y a sus males, y llevar una vida sobria, sin excesos inútiles en comidas y bebidas; honrada, llena de gracias, virtudes y ejercicio de santas obras; religiosa de fe profunda y consecuente, con el fin de participar de la divinidad de Jesucristo; de gracia para llegar un día a la perfecta comunión con Cristo en la gloria, como pedimos al Señor en la oración después de la Comunión. Esta vida tiene que ser en cada uno de nosotros Navidad en la celebración litúrgica del 25 de Diciembre, vivencia en los sacramentos y ejercicio del misterio pascual en la vida ordinaria hasta que llegue el momento de celebrarla eternamente en el Cielo.

Además de la navidad litúrgica en la que celebramos la Navidad histórica, hecho trascendental del nacimiento de Jesús, Redentor, Dios hecho hombre, en sentido teológico podemos decir que siempre es NAVIDAD espiritual: cuando nace la gracia de Jesucristo en la oración, en el ejercicio de la caridad, de las obras buenas, en el dolor padecido y ofrecido como participación de la pasión de Cristo, en la recepción de los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía en la que el mismo Jesucristo, resucitado y glorioso, que está en el Cielo, nace sacramentalmente con una presencia real y sustancial de cuerpo, sangre, alma y divinidad.


sábado, 5 de enero de 2019

Epifanía. Ciclo C Navidad

EPIFANÍA
La reforma litúrgica del concilio Vaticano II ha conservado el planteamiento tradicional de la Navidad, la Fiesta de la Sagrada Familia,  la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios,  la Solemnidad de la Epifanía y la Fiesta del Bautismo del Señor.
           
EPIFANÍA

Epifanía es una palabra griega que significa en su sentido etimológico manifestación. En la liturgia es la manifestación de Dios, encarnado, para la salvación de todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios en  la liturgia de la Palabra de este día: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.
Muchos judíos, principalmente en los tiempos inmediatos al nacimiento de Jesús, apoyados en falsas interpretaciones de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, escritas en estilo enigmático y apocalíptico de difícil interpretación, pensaban que la salvación era una exclusiva para el Pueblo de Israel, sometido en ese tiempo principalmente a la invasión de Roma. La salvación  para ellos consistía en la instauración de un reino de justicia y paz, humano, temporal y político con sentido religioso con abundancia de bienes materiales y espirituales. Sin embargo, es una verdad de fe que Dios, infinitamente misericordioso, quiere que  todos los hombres se salven (1 Tim 2,3) por medio de la Iglesia católica o de otras muchas maneras en su suplencia.

Los Magos

El día de la Epifanía es entendido popularmente en España como la Fiesta de los Reyes Magos en que los niños, y también mayores, reciben regalos, en recuerdo de los dones de oro, incienso y mirra que los Magos regalaron al Niño Jesús en Belén.
En una descripción poética, de pura fantasía oriental, el evangelista San Mateo nos describe el relato de unos magos que vinieron de Oriente, guiados por una estrella, que llegaron a Belén; y allí, de rodillas, ofrecieron al Niño Dios oro, incienso y mirra.  Los Magos no eran reyes porque no fueron tratados como tales por Herodes, rey de Judea en Jerusalén en aquella época; ni magos, prestidigitadores que hacían magia. Eran  científicos dedicados a la astronomía. Sucedió que acostumbrados a estudiar la ciencia de los astros, un día observaron en el firmamento una estrella singular, fenómeno diferente a las estrellas que ellos conocían por su  ciencia. Impulsados por una revelación sobrenatural, guiados por esa estrella misteriosa, se pusieron en camino hacia Belén, con la certeza  de que había nacido el Mesías, el Salvador.  
No se sabe el lugar de donde vinieron. Una tradición fundada en el profeta Isaías (60,1-6), sin credibilidad histórica,  dice que procedían de Madián y de Efá, lugares que no conoce la ciencia geográfica; ni tampoco se sabe  el número de magos, ni sus nombres, aunque la tradición popular nos dice que eran tres y sus nombres Melchor, Gaspar y Baltasar. Su fundamento ilusorio se basaba en que como fueron tres los regalos que ofrecieron al Niño Jesús, oro, incienso y mirra, tres eran los Magos, en contra del sentido común, pues  tres personas pueden hacer un solo regalo y una sola tres. Tampoco se sabe el tiempo que los Magos tardaron en el viaje hasta llegar a Belén. Se piensa que el trayecto como mínimo duró seis meses y como máximo un año o año y medio.

Significados del oro, incienso y mirra

La peregrinación que los Magos hicieron desde Oriente a Occidente puede significar la travesía que nosotros hacemos desde el oriente de nuestro nacimiento hasta el occidente de nuestra muerte, y el camino el tiempo que vivimos en la Tierra hasta llegar al Cielo.
Como peregrinos debemos caminar en marcha hacia la meta de la eternidad, cargados siempre con los dones de oro, incienso,  y mirra que debemos  regalar constantemente  a Jesús hasta que llegue la hora de verlo y adorarlo en el Cielo con gozo eterno.   

El oro puede ser  símbolo de un corazón limpio de pecado grave que impide la perfecta unión con Dios; y  símbolo también del ejercicio de la verdad, sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas; del cumplimiento del deber en todas sus amplitudes; y de la práctica de obras buenas realizadas por amor a Dios y al prójimo.
Es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque mi vida pasada ha estado manchada de pecado, o acaso lo está ahora en el presente; o mi vida espiritual ha estado o está marcada por la tibieza, la indiferencia o la apatía cristiana o apostólica. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro dañado por el pecado y sin el brillo de una piedad, evangélicamente auténtica? Quizás ese sea tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia con un corazón de oro puro, desde siempre, o por el camino del oro de la penitencia, del arrepentimiento y de la conversión. Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y tal vez gravemente, puedes convertir el barro de tu vida en un corazón de oro por una conversión permanente de santas obras.
El oro puede estar significado también por el amor en su máxima expresión, que es la comprensión, que no significa ver bueno lo que es malo, ni justificar el mal,  sino excusar al pecador, al estilo de Jesús en la cruz que perdonó a los que lo crucificaron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es decir: no condenar a nadie en el corazón, porque desconocemos la realidad del mal que hace el pecador en su corazón delante de Dios.
San Pablo nos enseña que el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). La comprensión consiste en aceptar  a los hombres buenos y malos, como son, y  no como a nosotros nos gustaría que fueran. No pensemos que nosotros, por ser cristianos, somos delante de Dios mejores que los que no lo son; ni los fervorosos que viven la fe de una manera extraordinaria, ejemplar  son mejores que los que la viven de otra manera; ni que unos santos son más santos que otros por el modo de vivir la santidad en oración, penitencias y obras apostólica.  Solamente Dios lo sabe.
El oro de la compresión podría resumirse en tres frases: no hacer mal a nadie, no desear mal a nadie y no pensar mal de nadie. Dicho esto de manera positiva: hacer todo el bien que debemos y podemos a todos, desear el bien a todos y pensar bien de todos. 

El incienso puede ser símbolo del reconocimiento de   la dignidad de Dios, a quien se le inciensa, como a los dioses falsos; y también de la oración teológica, eucarística y sacramental, alimento del alma. La oración privada es necesaria para estar en línea directa con Dios y se realiza de muchas formas. Hay que buscar un tiempo para estar de muchas maneras con Dios, nuestro Padre, que sabemos nos ama, como decía Santa Teresa de Jesús. Es conveniente, y muy fructuosa  la oración comunitaria, porque nos asegura Jesús en el Evangelio que cuando dos o tres se reúnen en su nombre, en medio está Él. Cuando oramos, de modo personal, nos preparamos para la oración litúrgica por excelencia, que es la celebración del sacrificio de la Santa Misa. Ora como tú eres, con tu estilo personal, de la manera que sepas y puedas, sin imitar a nadie en el modo, sin ceñirte necesariamente a un método determinado, con la ayuda de un libro o sin él, comunicándote con Dios con el pensamiento, deseo o palabra, con recogimiento o distracciones, con pena o alegría, despierto o dormido, con turbaciones, tentaciones o en paz, aburrido o entusiasmado, con el sacrificio de la fe o con el gozo del Espíritu Santo.  Ora, sabiendo que tu pobre y humilde oración de pura fe o de altura mística sube al Cielo como el incienso.

La mirra que los Magos ofrecieron al Niño Dios puede estar significada por nuestro dolor, nuestra cruz, debilidades físicas, psíquicas propias o de un familiar o amigo, y por los problemas que inevitablemente existen en la convivencia familiar y social.
Ofrécele al Señor la mirra de tu cruz sabiendo que es un bien que te purifica y santifica. Hay que presumir la buena voluntad de los que nos causan u ocasionan el mal, porque la cruz es gracia y hay que dar gracias a Dios por ella. Es humano y cristiano dar gracias a Dios por lo bienes recibidos, y es heroico, propio de santos, dar gracias a Dios por las cruces que sobrevienen, que son medios para la santificación, porque todo es gracia menos el pecado.  Te hacen mal si tú lo consideras así, y mucho bien si haces que el mal se convierta en bien. Estos son los regalos que podemos hacer al Niño Dios: el oro de la bondad del corazón estando siempre en estado de una vida de gracia expresada en santas obras y en la comprensión, el incienso de nuestra oración en sus múltiples formas; y la mirra de nuestro dolor. 

martes, 1 de enero de 2019

Santa María; Madre de Dios. Ciclo C Octava de Navidad

AÑO NUEVO FELIZ
1 de Enero de 2019
Ciclo C, Octava de Navidad

El día 25 de Diciembre del año pasado celebrábamos litúrgicamente la Navidad, el nacimiento del Hijo de Dios, hecho Hombre. El domingo pasado,  día 30,  la Fiesta de la Sagrada Familia, porque el Hijo de Dios, nacido de Santa María Virgen, vivió en familia durante treinta años, bajo la dirección y protección de San José, esposo de la Virgen María, Madre del Niño Jesús. Y hoy 1 de Enero del año 2019 celebramos la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
            Parece con cierta lógica mía que dentro del tiempo litúrgico de Navidad se debería celebrar la fiesta de San José, y no el día 19 de Marzo, que  cae en plena cuaresma, donde parece que no tiene lugar. De esta manera, se celebraría con más sentido, tal vez, la Navidad: el nacimiento de Jesús, la solemnidad de la Madre de Dios, la  Sagrada familia y la fiesta de San José.  Pero la Iglesia celebra la fiesta  de San José en plena Cuaresma por razones litúrgicas  que yo no conozco, pero que  apruebo.
            Dejando aparcada esta opinión mía,  hoy celebramos tres fiestas: una humanaAño Nuevootra litúrgicaSolemnidad de Santa María, Madre de Dios, y otra eclesiástica,  Día de la Paz. 
Hagamos  algunas reflexiones breves sobre estos temas.

            Año Nuevo
            Hoy  todos nos felicitamos el año que estrenamos con una frase usual: ¡feliz año nuevo! para desearnos lo mejor. Realmente cada año es nuevo, y también cada mes, cada día, cada hora y cada minuto, porque cada fiesta  pasa, se repite y se celebra otra distinta, no la misma, aunque se hagan las mismas cosas, iguales, parecidas o mejores o peores.
            ¿En qué consiste la felicidad que nos deseamos?
            La felicidad puede concebirse bajo tres perspectivas diferentes: felicidad humana, felicidad espiritual, y felicidad cristiana.
            La felicidad humana consiste generalmente en tener salud, poseer bienes materiales, desempeñar un cargo de relieve social o político, un puesto de trabajo bien remunerado, tener autoridad, cuanto más importante mejor, disfrutar mucho de las cosas, comer exquisitos y variados manjares  y degustar bebidas agradables o alcohólicas.  Eso es un año feliz para el que no ve las cosas nada más que con los ojos del mundo y las considera en relación al bienestar humano.

            Felicidad espiritual
La verdadera felicidad no consiste en la posesión de esos bienes, porque se puede ser feliz en la salud y en la enfermedad, en el desempeño de un trabajo de prestigio o de baja calidad social, ejercer una autoridad o ser súbdito, ser rico o pobre, comer a la carta y beber a capricho y comer lo necesario para vivir dignamente, tener cultura o ser analfabeto. Para muchos la felicidad consiste en satisfacer las aspiraciones del hombre: buscar y encontrar la verdad, cultivar la ciencia, bucear en la sabiduría y gozar con ella, fomentar el amor, la justicia,  la política, el arte, la amistad… Pero no todos son felices con la satisfacción de esos deseos, porque algunos, consiguiendo esas buenas aspiraciones, son desgraciados, porque fácilmente  pueden degenerar en males o vicios por muchas causas.  Todas estas cosas ayudan a la felicidad, pero no la constituyen. En cambio, otros son felices con las cosas más elementales de la vida. La verdadera felicidad humana consiste en vivir conforme o contento con lo que uno es y tiene.

Felicidad cristiana
Para nosotros, cristianos de fe, el año feliz consiste en pasar  un año nuevo lleno de la gracia de Dios, de gracias humanas, espirituales y materiales necesarias para  cumplir la voluntad de Dios en orden a la vida eterna, aceptando todos  los acontecimientos de la vida, de cualquier manera que se manifiesten.  Lo explica perfectamente San Ignacio de Loyola en  el principio y fundamento de su libro Ejercicios espirituales con estas palabras profundamente teológicas:
“El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia  y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma, y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que el hombre es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayuden a este fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes  a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad  de nuestro libre albedrío, y no le esté prohibido; en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y, por consiguiente, en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce par el fin que somos creados”.
En pocas palabras: Somos creados por Dios y para Dios. Por consiguiente tenemos que aceptar todo lo que nos lleve a Él y rechazar todo lo que de Él nos separe.  Por lo tanto, tenemos que hacernos indiferentes a todas las cosas, de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y solamente desear y elegir lo que más nos conduce para el fin que somos creados”. Es decir cumplir la voluntad de Dios en todo lo que quiere o permite,  menos el pecado.
             Os deseo y me deseo un año distinto nuevo en amor, gracia y  sin pecado grave. De esta manera este año nuevo y los que vivamos hasta que nos llegue la muerte serán siempre felices en la Tierra, y después obtendremos eternamente  la visión y gozo de Dios en el Cielo, felicidad que humanamente no se puede concebir.

            Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
            Este tema denso en contenidos teológicos y pastorales no lo vamos a tratar con extensión. Lo reservamos para otras ocasiones que se nos presenten. Ahora sucintamente reseñamos ideas generales.
 En la oración colecta de la Misa de este día pedimos a Dios, nuestro Señor, que por la maternidad virginal de María nos conceda los bienes de la salvación, como Madre de Dios y Madre de todos los hombres, Corredentora del género humano  y Medianera de todas las gracias.
            En efecto, la Madre de Dios es madre de todos los hombres, porque por medio de Ella nos llegan a cada persona las gracias de la salvación, las materiales subordinadas a las sobrenaturales en orden a la vida eterna. Digámoslo gráficamente: María es como el espacio que trasmite a los hombres la luz del Sol de la gracia, que es Jesucristo, como el sol de la naturaleza trasmite a la Tierra su luz y calor por medio del espacio.  

            Día de la Paz
            ¿En qué consiste la paz que Dios quiere para todos los hombres?
            La paz no consiste en la ausencia de guerra, ni en la abundancia de bienes, porque se puede ser inmensamente rico, y vivir en guerra consigo mismo por desequilibrios, pasiones y enemistades.  Existen personas que nadan en riquezas, y  se tiran los trastos a la cabeza, y no son felices; y quienes  tienen poder y dinero, y viven en guerra en la sociedad, familia, sociedad y tampoco son felices.
            La guerra temperamental producida por el carácter más o menos violento, exaltado, nervioso, anárquico debe compaginarse con la paz espiritual. Se puede estar tranquilo en la conciencia y tener los nervios de punta, caso que es objeto de tratamiento psicológico o psíquico. 
            El  apóstol Santiago nos dice que las envidias y peleas y todo tipo de males provienen del desorden de las pasiones; y causan la guerra en las familias y en los ambientes de la Sociedad. Como remedio para estos males está la sabiduría de Dios, que es amante de la paz que proviene de la sabiduría de Dios, que  nada tiene que ver con la sabiduría humana, que es el conocimiento de la ciencia, que puede engendrar soberbia y no paz. “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el saborear las cosas de Dios internamente”, nos dice San Ignacio de Loyola.