sábado, 11 de julio de 2026

Décimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 

El texto de la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, del apóstol San Pablo a los Romanos, es de una profundidad teológica que necesita una explicación, pues no se entiende con una simple lectura o una escucha atenta y devota. El temario fundamental es la libertad plena y gloriosa de los hijos de Dios. 

El Apóstol nos dice que el estado actual de toda la creación es como el de una madre que sufre dolores de parto en espera del nacimiento de su hijo: “La creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. 

Es evidente que ahora son muchos los sufrimientos, trabajos y fatigas que los hombres padecemos, pero no se pueden comparar con la gloria que un día se nos descubrirá. Merece la pena padecer en esta vida todo tipo de dolores y pruebas, aunque humanamente sean inconcebibles, porque el premio en la otra superará todos los padecimientos de todos los hombres y de todos los tiempos, por muchos y graves que sean: ver y gozar de Dios, Uno y Trino, eternamente, visión y gozo, que ninguna criatura puede ni imaginar. 

El mundo, que ahora conocemos, deformado por el pecado, será restaurado a su primitivo estado, al final de los tiempos, y se convertirá en los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra; y entonces vendrá la plena y total libertad gloriosa de los hijos de Dios. 

Este texto nos ofrece una buena oportunidad para hablar de la verdadera libertad. 

¿Qué es la libertad?

Decía Kant que la libertad es uno de los conceptos de la Metafísica más difíciles de entender y explicar. Por eso la utilizan tanto los políticos para imponer sus ideas y sacar con ellas provecho para el partido, para sí mismos. 

No vamos a filosofar sobre la libertad, cometido que corresponde a la Universidad o a centros especializados del pensamiento humano. Simplemente hablaremos de la libertad cristiana, libertad de los hijos de Dios, que se opone a los distintos modos humanos de entender la libertad en sus múltiples acepciones. 

La libertad no consiste en hacer cada uno lo que quiera, cosa imposible, pues toda libertad está limitada por los derechos y obligaciones de los hombres, mutuos y recíprocos, de manera que la libertad de uno termina donde empieza la libertad de los demás; y además, necesariamente, está regulada por la ley civil, normas de convivencia, costumbres sociales y obligaciones laborales, familiares y sociales.

Por otra parte, como es evidente, el hombre está sometido a debilidades y enfermedades de la propia persona que, aunque quiera, no puede evitar; y obligado a sufrir las diversas circunstancias de la vida que, en contra de su voluntad, no puede impedir.  De modo que nadie es libre totalmente, de modo absoluto. A este estilo de libertad se podría apodar utopía de la libertad o libertad irracional. Solamente Dios es absolutamente libre, pues no depende de nada ni de nadie, porque es Señor de todas las cosas. 

El libertinaje tampoco es expresión de la libertad, sino más bien una esclavitud de ella. Hombre libre no es lo mismo que “hombre sin ley o contra ley”. El que hace todo lo que quiere no es libre, sino un esclavo de la falsa libertad, un libertino. Si cada uno hiciera lo que le gustara, al libre albedrío de las propias pasiones, sin normas morales, ni sumisión alguna, ni respeto a las ideologías y comportamientos de los demás, la convivencia humana sería un infierno en la tierra.           

El sentido común de libertad filosófica es la simple capacidad de hacer o no hacer una cosa buena o mala: elegir entre el bien o el mal. La libertad supone la ley moral que está determinada por la autoridad civil, el consenso común de los pueblos o el Parlamento, si el Estado es democrático.           

El hombre es libre para hacer todo lo que quiera o le guste moralmente con tal que cumpla la ley civil y sus obligaciones. Se puede hablar de numerosas clases de libertad, que tienen que ser protegidas por la autoridad y respetadas por todos: libertad artística, libertad cultural, libertad política, libertad democrática, libertad de pensamiento, libertad de expresión, libertad de asociaciones...  Todos los tipos de libertad tienen que estar regulados por la autoridad para evitar abusos, aberraciones y desórdenes.           

En cambio, la libertad cristiana es otra cosa. Supone la ley moral que está inscrita en la conciencia de cada hombre y en el Decálogo de la ley de Dios. Radica en la elección de bienes. Dios es libre y metafísicamente no puede hacer el mal; y los santos y los ángeles en el Cielo son también libres y eligen necesariamente siempre el bien. 

La capacidad de poder elegir el mal no es una cualidad de la libertad, sino más bien un defecto de ella. El mal, en cristiano, no se debe elegir, porque está en contra de la ley de Dios, y es un pecado. 

El pecado es una equivocada y prohibida elección del mal que ofende a Dios.

Ley, libertad y obediencia son conceptos íntimamente relacionados entre sí.  La ley no es impedimento para la libertad sino una necesidad para su existencia: posibilita la libertad y hace factible la obediencia. 

La responsabilidad moral del hombre depende del conocimiento de la ley y de su libertad en sus actos. No es libre y, por tanto, responsable, el que obra por coacción externa total o a consecuencia de un desequilibrio interno insuperable. El que hace lo que debe, según ley de Dios, es un señor de la libertad. El santo es el hombre libre en plenitud, porque hace lo que tiene que hacer: cumplir la voluntad de Dios, que es el mayor bien que se puede elegir. 

La libertad religiosa no se puede entender en sentido optativo: da lo mismo tener religión que no; profesar una religión que otra; elegir la religión que más conviene, aunque todas sean igualmente reconocidas por la autoridad civil. 

La libertad religiosa “consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella, dentro de los límites debidos" (DH 2).

sábado, 4 de julio de 2026

Décimo cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 


El evangelio de hoy me ofrece dos temas interesantes para pronunciar la homilía: la sabiduría divina que el Espíritu Santo regala a la gente sencilla y el alivio que Jesús concede a los que están cansados y agobiados, porque el yugo es llevadero y la carga ligera. Estas son las palabras: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla... Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Yo voy a elegir el primer tema: Las cosas de Dios están escondidas a los sabios y entendidos y reveladas a la gente sencilla.

Dios esconde el secreto de los misterios de la fe a los sabios y entendidos que ponen su corazón en las fuerzas propias de su inteligencia con autosuficiencia, y revela las cosas de Dios a la gente sencilla que las acepta con humildad y transparencia, porque tiene el alma limpia de pecado. 

Dos palabras vamos a explicar: la sencillez y la sabiduría del Espíritu Santo, con el fin de entender el sentido de la Palabra de Dios: Dios revela los misterios de la fe a la gente sencilla, y se los esconde a los sabios y entendidos. 

¿Qué es la sencillez?

La sencillez es una cualidad temperamental o virtud de la gracia. Es, en definitiva, un regalo de Dios en la propia naturaleza del hombre o regalo del Espíritu Santo. Hay quien ha nacido sencillo y quien por su propio ser constitutivo es complicado, de carácter adverso. Tanto uno como otro puede conseguir  la sencillez, si bien el que la ha recibido en su propio ser no tiene que hacer nada más que potenciar sobrenaturalmente esa virtud con la que ha venido a este mundo. En cambio, el que es rebelde por temperamento puede conseguir la sencillez con la gracia de Dios y el esfuerzo personal. La sencillez, como virtud, es conciliable con cualquier carácter, pues radica en el corazón y se expresa con limpieza de intenciones y humildad en obras caritativas. El que no es sencillo y estudia cuidadosamente la manera de serlo, hace el papel del ridículo en el teatro de la hipocresía. 

El sencillo no es el humilde de condición social, porque el dinero y la cuna no determinan la sencillez de una persona. Se puede ser sencillo, siendo rico, y soberbio, siendo pobre. Tampoco el sencillo es el apocado, el vergonzoso, el tímido, porque siendo de condición psicológica débil, se puede ser soberbio, orgulloso y vanidoso; y por el contrario, el que tiene un carácter extrovertido, abierto, puede esconder en su desparpajo gracioso o distante una mente traslúcida y un corazón sin trampa. El que estudia la manera de aparentar ser sencillo, cae en el peligro de resultar doble. La virtud de la sencillez en una persona es campo propicio para que el Espíritu Santo siembre en ella el don de la sabiduría. 

La ciencia humana se consigue con la capacidad del entendimiento, la constancia paciente y laboriosa del estudio, el aprovechamiento de las oportunidades que sobrevienen y otros factores. Cuanto más inteligente es el hombre, más persevera en el empeño del dominio de la ciencia y más  y mejor explota los medios con que cuenta, más sabio es. La sabiduría humana no es de todos, es propia de unos cuantos o de muchos, pero de manera proporcional para quienes, siendo inteligentes, trabajan por alcanzar el conocimiento último de las cosas.  Así sucede en las cosas humanas. 

En cambio, la sabiduría divina no depende de la capacidad del entendimiento, ni del esfuerzo perseverante en el estudio, ni de los medios humanos que se tienen al alcance de la mano, sino de la gracia de Dios y del esfuerzo personal. No sabe más de las cosas divinas el que más domina la ciencia teológica y mejor conoce los secretos de la fe, sino el que posee el don de la sabiduría que el Espíritu Santo regala a la gente sencilla que Él quiere. 

La Historia de la Iglesia demuestra que sabios, como, por ejemplo, San Agustín o Santo Tomás de Aquino, que dominaron toda la ciencia de su tiempo, porque fueron sencillos de corazón, recibieron el don de la sabiduría para entender, vivir y explicar, como pocos o como nadie, los misterios de la fe con una clarividencia meridiana que asombra a todos los que estudian sus obras. 

También han existido personas sencillas, genios de la divinidad, que con la cultura elevada de su tiempo fundaron Institutos de vida consagrada, viviendo experiencias místicas que no aprendieron en ninguna universidad de la Iglesia, como por ejemplo Santa Teresa de Ávila; y personas humildes y sencillas sin letras, que con una inteligencia común y unos pocos conocimientos de cultura general y mucho corazón, ilustradas por la sabiduría de Dios, aprendieron los secretos de la fe, que no conocieron los eminentes teólogos de su época; y hoy hay entre nosotros cristianos de a pie que con su fe conocen a Dios con el corazón, más que con la razón, mejor que muchos sacerdotes y obispos. Mucha gente sencilla del pueblo de Dios con sus rezos y pobres oraciones aprenden la sabiduría del Espíritu Santo que no conoce la ciencia humana. 

En las bienaventuranzas, constitución de la Iglesia, Jesús proclamó que los sencillos: “Bienaventurados los limpios de corazón” ¿Quiénes son los limpios de corazón? Son aquellos cristianos que viven o hacen por vivir el estado de gracia, luchan por superar los pecados veniales y faltas voluntarias; o aquellos otros que por vocación se consagran  a Dios a vivir la perfección evangélica en la Iglesia, en el mundo o fuera de él, mediante votos u otros vínculos. 

Ver a Dios es creer en Él, fiarse de Él, cumplir los mandamientos y las obligaciones propias de su estado y trabajo en la presencia del Señor, que da la seguridad de que todo lo que sucede es providencia amorosa de Dios Padre. En definitiva, los limpios de corazón son los sencillos que, por tener una mente equilibrada y corazón puro, conocen las cosas de Dios que no entienden los sabios y entendidos de este mundo.

sábado, 27 de junio de 2026

Decimotercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A




En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando hoy, original del Espíritu Santo y escrita por San Pablo, se nos dice que “si por el bautismo hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Y concluye: Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Estas palabras me van a servir a mí para hacer unas reflexiones espirituales sobre el bautismo, como participación en el misterio pascual.

El bautismo no es una ceremonia religiosa por la que un bautizado se hace miembro de la Iglesia, como institución humana, y se inscribe en los libros parroquiales, algo así como un novicio, después de una experiencia de vida religiosa, por medio de un acto litúrgico se hace miembro de un Instituto de vida consagrada; o como un laico comprometido con la fe se afilia a una Hermandad o Cofradía para vivir un carisma cristiano.

El bautismo es un sacramento de fe por el que el hombre, nacido del pecado, es regenerado a la vida sobrenatural, recibe la gracia santificante, se le borra el  pecado original y todo pecado, se  hace hijo de Dios, heredero de su gloria y se  incorpora a la Iglesia para participar de su misión. En este sacramento se realiza una auténtica transformación del ser natural, hijo del pecado, en hijo de Dios, de manera que el cuerpo del hombre queda convertido en templo vivo del Espíritu Santo y su alma en sagrario de la Santísima Trinidad. Es además la realización mística del misterio pascual de Cristo, la actualización de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que consiste en  el paso de la muerte del pecado a la resurrección de la vida de la gracia. Así nos lo enseña el apóstol San Pablo en la segunda lectura que estamos comentando: Los bautizados, que “han unido su existencia con la de Cristo en una muerte como la suya y han sido sepultados con Él en la muerte (Rm 6,4-5), son también juntamente con Él vivificados y resucitados” (Eph 2,6).

No tiene sentido ser cristiano y no entablar una lucha constante contra el demonio para vencer el pecado y tratar de vivir siempre en gracia de Dios durante toda la vida, identificándose con Cristo en su vida, pasión y muerte y resurrección. Por consiguiente, no se puede ser cristiano de fachada, cristiano por estar bautizado y pagano o mundano de corazón y de obras. Si soy cristiano por tradición familiar, por costumbre del lugar o de época, por gusto personal, y no soy consecuente con la fe del bautismo, soy cristiano a mi manera,  a mi capricho.

Podríamos distinguir estas clases de cristianos:

- Cristianos bautizados, cristianos de derecho, que  están inscritos en los libros parroquiales, pero de hecho no viven los compromisos del bautismo. No son enemigos de la Iglesia, pero tienen con ella relaciones de Sociedad en bautizos, bodas, primeras comuniones. Son cristianos circunstanciales que tienen su fe personal, rezan, alguna vez que otra, principalmente en momentos de apuros, necesidades, enfermedades, como se dice: “se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena”.

- Cristianos practicantes, cristianos de prácticas cristianas, que van a misa, sin perder un solo domingo y día de precepto, rezan, tienen sus devociones personales, pertenecen a hermandades y cofradías, pero jamás confiesan ni comulgan por razones personales que cristianamente no se entienden aunque humanamente se comprenden.

- Cristianos vivientes, cristianos que viven el cristianismo de verdad, consecuentemente con la fe de la Iglesia, tratan de cumplir los mandamientos con fallos humanos y pecados, y hacen todo lo que pueden por vivir siempre en gracia de Dios, aunque tengan que confesarse.

- Cristianos de perfección evangélica, cristianos que además de vivir la fe con la vivencia de la gracia, se consagran a Dios en servicio de la Iglesia para vivir los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad con votos o compromisos especiales, tanto en el mundo como fuera de él.

- Cristianos de corazón, hombres y mujeres, no bautizados, que pertenecen a la Iglesia de Cristo de hecho, aunque no de derecho, porque viven, de buena voluntad, la fe que conocen y en la que han sido educados, por razones de cultura, del País en el que han nacido, y del ambiente social en que han vivido.

-  Cristianos de la misericordia infinita de Dios que son todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, país, cultura y color, con religión o sin ella, que son juzgados por Dios en el secreto íntimo de su conciencia, según el criterio de su sabia e infinita misericordia, que nadie en este mundo conoce ni puede conocer, ni siquiera en el Cielo. Por consiguiente, no juzguemos, y menos condenemos en nuestro corazón, las obras del prójimo, por muy malas que sean o nos parezcan en orden a la salvación, pues con toda seguridad en el Cielo nos llevaremos sorpresas agradables y desagradables, porque los juicios de Dios no son como los de los hombres.

miércoles, 24 de junio de 2026

Solemnidad de San Juan Bautista

 


Teniendo en cuenta las referencias históricas que de Juan nos facilita el Evangelio, y basándome en la cultura elemental de los historiadores bíblicos, su biografía podría quedar resumida de la manera que a continuación voy a describir, añadiendo datos  de pura imaginación.

Juan fue hijo del matrimonio Zacarías e Isabel, santos esposos, que vivían en la presencia del Señor, probablemente en Ain Karim, cumpliendo fervorosamente sus mandatos. Los dos eran de edad avanzada e Isabel además estéril.

A pesar de los impedimentos naturales que existían en ellos para ser padres, ambos pedían a Dios con ilusión y esperanza el milagro de que su matrimonio fuera agraciado con la bendición de un hijo.

Zacarías, que era sacerdote, pedía al Señor esta gracia siempre, pero principalmente cuando acudía al templo de Jerusalén a concelebrar el santo sacrificio.

Sucedió que un año le tocó a él presidir  la ceremonia religiosa en el templo de Jerusalén, y por razón de su cargo tuvo la suerte de poder entrar en el Santuario del Señor a ofrecer el incienso, cosa que ocurría alguna vez que otra en la vida, por los muchos sacerdotes que había al servicio del altar. Mientras tanto, la muchedumbre del pueblo estaba fuera participando en la liturgia con las oraciones y cánticos rituales. Es de suponer que entre la gente estaba también Isabel, como una piadosa israelita más, emocionada por el acontecimiento religioso, y también por la dicha de que su esposo presidiera esta vez el  culto solemne. 

En el mismo instante en que Zacarías se disponía a incensar, cerró los ojos y, en oración silenciosa y privada, pidió a Dios la gracia milagrosa de tener un hijo, creyendo que aquel era el momento más apropiado para que su fervorosa oración fuera escuchada. Al abrirlos para empezar la incensación, se le apareció un ángel del Señor de pie a la derecha del altar, en medio de una aureola de rayos que lo envolvía. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido. El ángel le dijo:

“Tranquilízate, Zacarías, que tu ruego ha sido escuchado: Isabel, tu mujer, te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Será para ti una grandísima alegría, y serán muchos los que se alegren de su nacimiento ... Se llenará de Espíritu Santo. Él irá por delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,13 – 17).

Un sudor frío empapó todo su cuerpo; y con los ojos clavados en aquella misteriosa visión, quedó desconcertado, transportado, atónito, paralizado por la presencia resplandeciente del mensajero de Dios.  Zacarías, pensando con la razón, dudó de las palabras del ángel:

- “¿Qué garantía me das de eso? Porque yo ya soy viejo y mi mujer  de edad avanzada” (Lc 1,18).

Como castigo por su falta de fe, el ángel que era Gabriel, le anunció que quedaría mudo desde ese momento hasta que se cumpliera la palabra de Dios con el nacimiento de su hijo.

El pueblo, que estaba esperando a que Zacarías saliera del “sancta sanctorum”, se extrañaba de que tardase tanto tiempo en una ceremonia, que sólo duraba unos cuantos minutos. Cuando Zacarías salió del sagrado recinto, los sacerdotes y el pueblo comprobaron que no podía hablar nada más que con gestos, porque estaba mudo. Y todos comprendieron que en el santuario había sucedido alguna cosa.

Al terminar los días de servicio religioso en el templo, volvió a su casa. Poco después concibió Isabel, su mujer; y cuando se cumplió el tiempo del embarazo, dio a luz un hijo. A los ocho días fueron a circuncidar al niño; y al ponerle el nombre de Juan, que Zacarías escribió en una tablilla, se le soltó la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios, y  en un momento de arrebato místico, se sintió inspirado y compuso la poesía profética del “Benedictus”, una de las composiciones más bellas de la Sagrada Escritura (Lc 1,67-79). La noticia se extendió por toda la sierra de Judea (Lc 1,5-25.57-65).

 NIÑEZ Y JUVENTUD DE JUAN

 No tenemos datos históricos para saber dónde se educó Juan, ni en qué parte vivió su niñez. Pero podemos imaginar que de niño se educaría en el ambiente religioso de su propia familia. Durante ese tiempo, Juan y Jesús se verían con alguna frecuencia, sobre todo cuando cada año los santos esposos José y María acudían con el niño al templo de Jerusalén a celebrar la Pascua. Entonces, de paso, se acercarían a ver a Isabel, parienta de la Virgen, que vivía en Ain Karim, ciudad situada a siete kilómetros y medio de Jerusalén. En estas ocasiones, y quizás en otras, los dos primitos jugarían juntos bajo la tierna mirada de ambas madres, como aparece en algunas pinturas occidentales.

A los doce años, edad en que sus ancianos padres podrían haber muerto, impulsado por el Espíritu Santo, pudo internarse en algún monasterio de monjes, como supone Martín Descalzo en su precioso libro “Vida y Misterio de Jesús de Nazaret”.

Hoy ningún científico pone en duda que en el desierto de Judá, junto a la orilla occidental del mar Muerto, a 13 kilómetros de Jericó, existieron once grutas en las que estuvieron ubicados varios monasterios con cierta vida regulada en obediencia y virginidad, dos siglos antes del nacimiento de Jesús.

Según los recientes descubrimientos arqueológicos, realizados entre los años 1947-1956, en los famosos manuscritos del Qumram se encontraron algunos pasajes bíblicos del Antiguo Testamento. Por lo que podemos imaginar que Juan podría haber sido educado en algún monasterio de vida comunitaria de ambiente precristiano inspirado.

Quizás en su juventud pasaría al desierto de Judea a completar su formación monástica con una vida eremítica de oración y penitencia, como nos da a entender el Evangelio: “Vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel” (Lc 1,80).

El desierto era entonces una estepa con montañas calcáreas, rocosas y áridas, de suelo rugoso, quebrado y reseco, ubicado en una región agreste y desolada de Judá, que se divisaba en gran parte desde lo alto del Monte de los Olivos.

En primavera brotaban de entre las rendijas de las peñas hierbas que servían de pasto para los carneros y cabras de los beduinos. Allí abundaban serpientes, lagartos, saltamontes, animales salvajes en libertad, buitres y unos cuantos pájaros silvestres que pasaban el día jugueteando y entonando rústicos gorjeos de acción de gracias a Dios Creador, y dormían luego acurrucados entre matorrales hasta el alba.

En esta parte septentrional del desierto pudo vivir el anacoreta Juan la íntima experiencia de Dios en solitario, desde su adolescencia hasta una edad estimada de treinta años.

EL AUSTERO PROFETA DEL DESIERTO

Después de la vida eremítica en el desierto, Juan aparece, de manera sorprendente, como austero profeta del Altísimo (Lc 1,76), en un lugar desconocido del Jordán, situado acaso muy cerca del castillo de Maqueronte, justamente en frente de Qumram, donde la tradición coloca su trágica muerte.

En aquella época los eremitas eran frecuentes, sobre todo en los parajes austeros bañados por el Jordán. Este río sagrado, centro geográfico del bautismo de Juan, nace al sur de la cordillera del Hermón, atraviesa el lago de Tiberíades y desemboca en el mar Muerto, después de un recorrido de 260 kilómetros.

Se dice que, en tiempos muy anteriores a Juan, eran numerosos los peregrinos que se bañaban en sus privilegiadas aguas, porque la fe popular creía que contenían una virtud especial para purificar el cuerpo y el alma. Hoy es un gran río de aguas sucias que visitan los cristianos de todo el mundo para recordar que en un lugar desconocido de su curso Jesús fue bautizado por Juan.

Hacía ya quinientos años que en Israel no surgía un profeta auténtico que predicara la ley de Moisés, denunciara la degradación moral del pueblo judío, combatiera la idolatría y condenara a los invasores extranjeros que tenían al pueblo de Israel oprimido en un puño, cometiendo injusticias sociales que clamaban al Cielo. Los que se presentaban como enviados por Dios eran predicadores oportunistas, que engañaban al pueblo con mitos religiosos y carismas falsos de naturaleza socio-política.

De repente, de la manera que no se sabe, se hizo presente en las riberas del Jordán un profeta estrafalario, llamado Juan, que vivía la pobreza heroica en grado extremo, sin ser conocido por nadie. Cubría su esquelético cuerpo con un vestido de pelo de camello, ceñido a la cintura con una correa de cuero,  y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre (Mt 3,4).

Hoy todavía en Arabia, Etiopía y Palestina se encuentran estos insectos ortópteros, de la familia de los acrídidos, que a veces arrasan comarcas enteras. Tostados sobre las brasas, son el alimento común de los pobres en algunos lugares de aquellos países. La miel amarga y aromática, distinta de la que elaboran las abejas, se halla en los troncos de ciertos árboles, como la palmera, la higuera, el tamarindo y en las hendiduras de las rocas.

La predicación del extraño profeta del desierto se centraba en proclamar la llegada del Mesías, “anunciada muchas veces y en diversas formas a nuestros padres por medio de los profetas” en el Antiguo Testamento (Hb 1,1). 

En la temática de sus sermones repetía frecuentemente el estribillo de su constante predicación: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Lc 3,4), aludiendo a la profecía de Isaías (40,3-5). Esta frase profética recordaba la antigua costumbre de los reyes orientales que, antes de ir a visitar sus estados, enviaban a sus criados para que preparasen los caminos, allanando los baches y acondicionando el paso por donde el cortejo real tenía que pasar.

El argumento único de su predicación era la conversión: “¡Convertíos que ya llega el reinado de Dios!” (Mt 3,2), gritaba constantemente y a pleno pulmón el Pregonero del desierto. Con esa frase repetida y palabras de fuego reprendía enérgicamente a los fariseos, saduceos y escribas que acudían a él por malsana curiosidad, y  a quienes llamaba camada de víboras (Lc 3,7). Con el pueblo, sin embargo, se mostraba complaciente y comprensivo, invitando a la conversión perfecta de compartir con el pobre los propios bienes (Lc 3,11). 

La conversión exigía dos actos importantes: la confesión de los pecados y el bautismo por inmersión en las aguas del Jordán, que prefiguraba el bautismo sacramental que Jesucristo había de instituir en su momento histórico con agua y  Espíritu Santo. El rito sagrado judío, celebrado con salmos penitenciales, exigía una transformación total del hombre: la ruptura con el pecado y el cumplimiento de la voluntad divina, manifestada principalmente en la Ley divina.

Tan espectacular llegó a ser la figura ascética de este extraño misionero, y tan sorprendente y exigente su doctrina, que se acercaban a él turbas numerosas de toda Judea y de toda la región del Jordán para oír la buena noticia que predicaba. Y, a consecuencia del fuego de su palabra y del imán de su arrebatadora conducta, muchos confesaban sus pecados y se bautizaban (Mc,1,5), incluso pecadores, publicanos, soldados y prostitutas (Mt 21,32;Lc 3,12-14); y algunos de los que escuchaban la palabra de Juan se hacían sus discípulos, como Pedro, Andrés, Santiago y Juan, que más tarde se hicieron discípulos de Jesús.

Pero como de todo hay en la Viña del Señor, otros,  en cambio, rechazaron la nueva doctrina de Juan, el Bautista, y se mantuvieron en sus ideas religiosas tradicionales. Tampoco faltaron manifestaciones celosas por parte de algunos discípulos de Juan que condenaron la actitud de Jesús, porque bautizaba y se llevaba la gente de calle (Jn 3,26). Y, como es lógico, bastantes fariseos y doctores de la ley no se convirtieron y se negaron a recibir el bautismo (Lc 7,30).

La fama de Juan empezó a difundirse por todas partes, incluso mucho tiempo después de ser bautizado Jesús y haber pasado cuarenta días y cuarenta noches en el desierto en oración y penitencia, preparándose para la vida pública. 

Y esto hasta tal punto que cundió por el pueblo el rumor de que Juan, tal vez,  podría ser el Mesías (Lc 3,15).  Los mismos sacerdotes y levitas empezaron a pensar si realmente había llegado ya la plenitud de los tiempos mesiánicos.

¿Quién sería aquel tan extraño personaje, vestido rudimentariamente de anacoreta descuidado, que predicaba una doctrina nueva y bautizaba sin título de profeta? ¿Será acaso, de verdad, el mismo Mesías? 

Para salir de dudas, el Sanedrín ejerció su perfecto derecho de investigar el caso y cerciorarse de la identidad de tan singular profeta. Eligió sacerdotes, levitas y fariseos, expertos en Sagrada Escritura, conocedores de las profecías, y los mandó a preguntar a Juan quién era en realidad. ¿Acaso Elías? (Jn 1,19-23). Según un oráculo antiquísimo, que fue pasando de generación en generación como una creencia firme de los judíos, reflejada en el Evangelio, Elías subió al cielo arrebatado en un carro de fuego, y vendría al fin de los tiempos. (Mt 16,14;Jn 1,21).

La respuesta de Juan a los curiosos investigadores que querían saber la identidad de su persona y de su misión profética, no pudo ser más humilde:

- Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni un profeta. Yo soy una voz que grita desde el desierto: Allanadle el camino al Señor (Jn 1,20-23). 

La doctrina y comportamiento de Juan tuvo también repercusión en el Gobierno, porque el valiente Profeta del Jordán reprendió abiertamente a Herodes Agripa por su concubinato público con Herodías, la mujer de su hermano Filipo. A pesar de ello, el tetrarca no lo odiaba, sino que le escuchaba con gusto, lo respetaba y protegía, pues reconocía que era un hombre justo y santo (Mc 6,20).

Estando encarcelado Juan, envió una embajada formada por algunos de sus discípulos para preguntar a Jesús si realmente era Él el Mesías. Volvieron con la respuesta afirmativa, comprobada por los muchos milagros que Jesús hacía, y con la misiva del mayor elogio que jamás se ha hecho en la Tierra sobre criatura alguna acerca de la persona de Juan, el Bautista: “os aseguro que no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista”, dijo el Señor (Mt 11,11;Lc 7,28).

Sucedió que  Herodes en su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y principales de Galilea. La hija de Herodías danzó en la fiesta con el aplauso y gusto de todos, principalmente del rey. Entonces Herodes mandó llamar a la muchacha y le dijo: Te juro que te daré todo lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino. La muchacha preguntó a su madre qué le pedía al rey. Y ella le dijo: Pide la cabeza de Juan Bautista. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa  del juramento y de los comensales. Y al instante llamó a uno de su guardia y le ordenó traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura (Mc 6,17-29).

sábado, 20 de junio de 2026

Décimo segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 


En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra se nos habla de la historia del pecado del hombre y de la salvación por parte de Cristo.  “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron... Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos”. 

Estas palabras nos ofrecen una buena oportunidad para explicar brevemente en esta homilía el drama de la historia del hombre en cuatro actos, que vamos a enumerar y después explicar por separado: 

1 Dios creó al hombre perfecto, persona sobrenatural, en un estado de gracia y con los dones preternaturales de integridad o inmunidad de la concupiscencia, impasibilidad o inmunidad de dolor e inmortalidad.

2 El hombre pecó y Dios le castigó quitándole los dones preternaturales que le había regalado, quedando sometido a su estado natural: al error, al odio, al dolor y a la muerte, bajo la esclavitud del demonio.

3 El Hijo de Dios, Jesucristo, redimió al hombre de su pecado mediante el misterio pascual: vida, pasión y muerte, para que el hombre, asumiendo la redención de Cristo personalmente en su misterio pascual, quede salvado.

4 Al final de los tiempos, el hombre resucitado quedará convertido en un estado mejor y superior al que Dios creó en su estado primitivo antes del pecado. 

1º CREACIÓN DEL HOMBRE 

La fe nos enseña que el hombre fue creado por Dios perfecto en el alma y en el cuerpo, persona sobrenatural. Conocía la verdad sin error, amaba sin pasión ni odio, no tenía la inclinación al pecado, no padecía ni tenía que morir. 

2º EL PECADO DEL HOMBRE Y SU CASTIGO 

El hombre, tentado por el diablo misteriosamente, pecó. Y Dios le castigó privándole de lo que le regaló sobrenaturalmente, dejándole en el puro estado de su naturaleza humana, tal como ahora existe. Pero la culpa fue perdonada por Dios en el mismo momento del pecado con la promesa de la Redención. 

Hagamos una reflexión sobre el hombre en el estado actual de naturaleza caída. El hombre es un ser complejo, una mezcla de perfecciones e imperfecciones que desconciertan. Por un lado, es el ser más perfecto de la creación, un microcosmos, pequeño mundo, porque tiene algo del reino mineral, como los huesos, algo del reino vegetal, como la vida, algo del reino animal, como los sentidos, algo del reino angélico como la espiritualidad y algo del reino divino, como la gracia. 

Pero, por otra parte, es un ser imperfecto en su ser y en su funcionamiento, con grandes contrastes. Conoce la verdad con muchos esfuerzos y muchas limitaciones, pero también padece el error y lo confunde con la verdad. Ama, humanamente, con las limitaciones y condicionamientos propios de su ser, pero busca también su bien amándose a sí mismo en el amor al otro con egoísmos e intereses; cambia fácilmente un amor por otro, lo sustituye y hasta lo olvida; y de la misma manera no ama, busca la venganza e incluso odia. El cuerpo del hombre está sometido al dolor, a la enfermedad, a la sexualidad desordenada y a la muerte. 

¿Cómo Dios, infinitamente sabio y bondadoso, ha creado al hombre, hijo suyo, a su imagen y semejanza con tanta perfección y tantos defectos? Ciertamente en la creación del hombre tuvo que haber algún misterio, pues no se entiende que en la obra maestra de la Creación haya tantas maravillas y tantos fallos a la vez. 

Sobre este tema han reflexionado los sabios de todos los tiempos arbitrando filosofías más o menos comprensibles, pero de ninguna manera convincentes; y también los fundadores de religiones humanas, buscando las causas del mal en el hombre, han dado respuestas raras,  fantásticas y hasta disparatadas, que no entran dentro de las cavilaciones equilibradas del entendimiento humano y cristianizado. 

Los intelectuales, ateos o agnósticos, estudiando los problemas del mal en el mundo, que transcienden la capacidad del entendimiento humano, acaban por inhibirse de estas cuestiones, humanamente insolubles, y no aceptando ninguna fe humana, ni siquiera la fe de la Iglesia católica. Caen en el existencialismo o simplemente pasan la vida angustiados en manos del desequilibrio o atrapados en la trampa de los vicios. Y aquellos otros sabios, que no tienen fe, pero que son hombres buenos, viven y mueren en manos de Dios, que todo lo sabe y comprende la intención de cada entendimiento y el móvil de cada corazón, abrigados y amparados por la sabiduría infinita de la misericordia de Dios, misterio para los hombres. 

 REDENCIÓN REALIZADA POR JESUCRISTO 

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, la Palabra, el Verbo, encarnó en las entrañas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, nació, vivió oculto en Nazaret casi treinta años, predicó la buena noticia de la Salvación durante tres años y después padeció, murió y resucitó, realizando así el llamado misterio pascual, marcando con este ejemplo los pasos que cada hombre tiene que seguir para asumir en sí mismo el misterio pascual individualmente, con el fin salvarse o ser redimido. 

La Iglesia fundada por Él realizará esta obra hasta el fin de los tiempos. 

4º EL HOMBRE MUERTO Y RESUCITADO PARA LA VIDA ETERNA 

Cuando este mundo termine, Cristo volverá otra vez a la Tierra a clausurar la Iglesia y convertirla en Iglesia celeste y gloriosa en la que todos los resucitados con Cristo gozarán eternamente de la visión y gozo de la Santísima Trinidad, que será entonces visión y no misterio por los siglos de los siglos que no tendrán fin. 

Entonces, todo el mundo comprenderá el misterio de dolor que ahora nos acosa, y sabremos que mereció la pena el sufrimiento, que humanamente no se entiende, y que la muerte tuvo sentido porque Cristo, Dios mismo encarnó, para que después en la otra vida vivamos eternamente “como dioses, resucitados, participando de la gloria divina, en un estado glorioso, que ninguna criatura es capaz de concebir. Por eso, la liturgia del Sábado Santo en el pregón pascual nos dice que el don de la redención superó al pecado del hombre con estas palabras: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!