Jesús predicó la misericordia
de Dios Padre en el Evangelio, que es la gran noticia de la misericordia divina
explicada en muchas frases contenidas en discursos de materias distintas;
y de una manera expresiva en parábolas, por ejemplo: el buen pastor, la oveja
perdida, la perla preciosa perdida y de manera expresivamente literaria en la
parábola del hijo pródigo, que tal vez se podría llamar la parábola del buen
Padre, que vamos a comentar
La llamada parábola del Hijo Pródigo es
la demostración de la misericordia del Padre con sus hijos, los cristianos
convertidos. El hijo menor o pródigo se marcha de la Casa del Padre para
liberarse de la disciplina y buscar la libertad en el mundo, y lo que encuentra
es el desengaño y la esclavitud de vicios. Y hundido en la miseria y muerto de
hambre, rompiendo todos los temores, decide volver, en calidad de criado, no de
hijo, a la Casa del Padre, que le estaba esperando con los brazos abiertos; y
lo que encuentra es la libertad y el Padre de siempre, que no conocía.
Representa a los cristianos pecadores que dejan a Dios para ser libres en el
mundo y, desengañados, vuelven a la Casa del Padre, donde encuentran la
libertad, la paz y la felicidad.
El hijo mayor, que siempre estuvo en la
Casa del Padre bajo su obediencia, pero con indiferencia, frialdad o tibieza,
representa a los pecadores que cumplen con la Iglesia en estado de pecado
venial habitualmente, sin lucha por el progreso espiritual. Y cuando vuelve su
hermano a Casa, y sabe que su Padre ha recibido a ese hijo suyo con banquete y
música, no quiere volver a Casa, representa a los pecadores que están en la
Iglesia, Casa del Padre, pero lejos del corazón del Padre.
En definitiva, la misericordia de Jesús
está expresada en esta parábola para todos los cristianos pecadores que se
arrepienten y vuelven a la Casa del Padre.
Hagamos un comentario sobre la
parábola, explicando tres puntos destacados:
El
hijo menor
El
hijo mayor
El
padre
EL
HIJO MENOR
El hijo menor pide la herencia que no
le corresponde al Padre para marcharse de casa; y él, sin ninguna obligación en
derecho, por propia voluntad la reparte entre los dos hijos. A los pocos días,
se marchó de casa a un país lejano porque quería ser libre, y no vivir bajo la
obediencia del padre y de la disciplina de la casa; y lo que consiguió fue no
la libertad, sino el libertinaje, la esclavitud de sus pasiones.
Libre ya de la obediencia, derrochó la
hacienda viviendo como un perdido entre amigotes, comidas, juergas y
diversiones. Cuando se le acabó el dinero, sobrevino en aquel país el hambre, y
empezó él a pasar necesidad. No encontrando trabajo, se vio obligado a ponerse
a servir a un amo, desempeñando el oficio bajo y denigrante de guardar cerdos,
hasta el extremo de que quería llenar su estómago de las algarrobas que comían
los cerdos, y nadie se las daba.
En esa gravísima necesidad, se acordó
de su padre y de su casa y pensó: “¡Cuántos
jornaleros de mi padre están hartos de pan, mientras que yo aquí me muero de
hambre!”.
Dios permite al pecador, hundido en la
miseria, que padezca males para que vuelva a Dios y compruebe que lo que había
dejado era mucho mejor que lo que encontró fuera de la casa del Padre. El mal
es en algunas personas una ocasión para que venga el bien, por aquello de que “no hay mal que por bien no venga”.
El hijo pródigo examina detenidamente
su penosa situación y, entre tentaciones y luchas interiores de vergüenza de sí
mismo y confianza en el Padre, decide ponerse en marcha a su encuentro, con el
deseo de pedirle perdón y un puesto de trabajo en su casa, en calidad de
siervo.
Se puso en camino hacia la casa del
Padre, y se encontró con la sorpresa de que le estaba esperando a la entrada
del pueblo: Cuando aún estaba lejos, su
padre le vio y, lleno de emoción, fue corriendo a echarse al cuello de su hijo
y le cubrió de besos.
Cuando por nuestros pecados,
arrepentidos, queremos volver a Dios, resulta que antes de que lleguemos al Padre,
Él ya nos está esperando. El encuentro del pecador con Dios no es una
casualidad, sino la causalidad del amor.
El hijo confesó delante del padre su
pecado, y él, en vez de reprenderle o hacerle los cargos, le recibe como hijo,
manda a sus criados cambiarle el vestido, ponerle un anillo en su mano y
sandalias en sus pies, matar el ternero y celebrar un banquete con música,
porque este hijo había muerto y había resucitado. El hijo se quedó en la casa
con el padre durante toda su vida.
En el hijo menor están simbolizados los
cristianos que estuvieron un tiempo en la Iglesia, a bien con Dios, y buscando
la libertad cayeron en la degradación de la vida de pecado, siendo esclavos de
sus pasiones, y no señores de ellas.
EL HIJO MAYOR
El hijo mayor estuvo siempre trabajando
en la casa del padre, cumpliendo sus órdenes, pero lejos de su corazón. Cuando
se enteró por un criado de la casa del comportamiento de su padre con su
hermano menor, a quien había recibido a bombo y platillo, regalándole un traje
de fiesta, celebrando un banquete con música y todo, se enfadó y no quería
entrar en casa. El padre salió a su encuentro y trató de persuadirle, pero él,
enfadado, manifestó sus quejas, aparentemente justas: “Estoy siempre en tu casa sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me
diste un cabrito para divertirme con mis amigos” (Lc 15,29). En cambio, cuando
volvió ese hijo tuyo, no mi hermano, después de haber derrochado tu fortuna
pecando con mujeres, premias su vuelta y celebras una fiesta. Pero el padre le
hizo los razonamientos: “Deberías
alegrarte porque tú siempre has estado conmigo, todo lo mío es tuyo, en cambio,
tu hermano estaba perdido y lo hemos recuperado”.
Las quejas del hijo mayor se explican
humanamente, porque el comportamiento del padre con el hijo menor suscitó la
envidia en el hermano mayor. Pero como el padre de la parábola era Dios, Padre único,
es una explicación del amor de Padre, excepcional, para con todos sus hijos
pecadores, pues los dos eran pecadores. Y parece más y mejor padre para los
hijos que más lo necesitan, como hacen los padres de la tierra.
El hijo mayor no reconoce a su hermano como hermano, sino como hijo de su padre. Y el que no reconoce al hombre como
hermano, no puede ser verdadero hijo del Padre. ¿Quién es más prodigo, el hijo
menor o el hijo mayor?
En el hijo mayor pueden estar
significados los cristianos, practicantes de toda la vida, que estamos en la
Iglesia, simplemente cumpliendo las leyes con indiferencia, tibieza o rutina,
pero lejos del corazón de Dios, Padre; y nos molesta que los hermanos
arrepentidos, que llevaron una vida de pecado, vuelvan a la Iglesia y reciban
un trato de fiesta.
EL
PADRE
La figura del Padre es un personaje
ideal, único, excepcional, de bellísima ficción literaria, no real, un padre
puramente imaginario que no corresponde a la realidad de un padre de la tierra,
porque representa a Dios, Padre, que no tiene parangón. El padre de esta
parábola trasciende la concepción humana de los cuentos didácticos de la más
sublime imaginación.
El padre reparte la hacienda entre los
dos hijos (Lc
15,12) simplemente porque se la pide el hijo menor, sabiendo que
no era bueno y estaba harto de estar en su casa, sometido a la obediencia para
vivir su vida en libertad.
Ningún padre de la tierra da la
hacienda al hijo que se quiere marchar de casa a derrochar su fortuna en vicios
y pecados. La hacienda se hereda o se reparte en vida, si quieren los padres,
cosa no aconsejable, o a la muerte, según testamento, y no porque se la pida el
hijo.
El padre vio al hijo que volvía a casa
cuando aún estaba lejos, porque estaba esperando siempre su vuelta (Lc
15,20). Un buen padre siempre espera el regreso del hijo que se
marcha de casa, aunque sea malo. La psicología humana me hace pensar que el
padre se asomaría frecuentemente a la azotea para ver el último lugar, que
quedó fijado en su memoria, por donde perdió de vista a su hijo, con la
esperanza de volverlo a recuperar.
Cuando el padre vio de lejos al hijo
que regresaba, emocionado echó a correr, siendo mayor, cosa significativa, pues
los mayores no pueden correr, y cuando llegó a donde estaba él, se echó al
cuello de su hijo y le cubrió de besos (Lc 15,20),
antes de que le pidiera perdón. Cuando el hijo, arrepentido de su pecado, le
pidió perdón a su padre y un puesto de trabajo en la servidumbre de su casa, el
padre mandó vestirle con un traje de fiesta, ponerle un anillo, calzar sus pies
con sandalias nuevas, signos de verdadero hijo, y mandó celebrar un banquete
con música (Lc 15, 21-24).
Lo mismo pasó con el hijo mayor. Cuando
regresaba del campo y se acercó a la casa, al enterarse de la fiesta que había
organizado su padre porque había vuelto su hermano, se enfadó y no quería
entrar. Pero el padre salió a su encuentro, le hizo los razonamientos
oportunos y le persuadió a que entrara. Pero él le dio las quejas, muerto de
envidia. No sabemos si los razonamientos persuasivos del padre hicieron que el
hijo mayor entrara en la casa del padre, pienso que sí. Y ambos hijos vivirían
juntos con los roces normales de hermanos, pero cada hijo encontraría
distintamente en su casa a su padre.
La presente parábola nos enseña que
Dios es Padre de todos los pecadores, y está deseando y preparado para que
vuelva el hijo para perdonarlo, sin importar cuál haya sido su vida de
pecado, pues su corazón es infinito en amor y perdón para sus hijos, por muy
pecadores que sean.