sábado, 8 de agosto de 2026

Décimo noveno domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 




Anochecía. El Sol, perdiendo la fuerza de su calor, se escondía por el horizonte grisáceo, despidiendo destellos de luz rojiza. Nubes aborregadas, traspasadas por rayos esporádicos, presagiaban lluvia y tormenta. El medio ambiente, húmedo y caluroso acogía a la noche con señales de alerta. Los discípulos embarcados se alejaban lentamente de la playa, visiblemente preocupados, rumbo a Betsaida. Cuando la barca había recorrido la mitad del camino, se desató un fuerte viento, en forma de huracán, que empezó a azotar las aguas creando montañas de olas encrespadas, que chocaban unas con otras en furiosa pelea. La barca cabalgaba descompasadamente amenazando hundimiento, sin que los esfuerzos de los recios pescadores, hechos a la mar, pudieran hacerse con ella. Los discípulos se miraron unos a otros asustados por el fuerte temporal, que parecía se los iba a tragar a todos de un bocado.

Jesús, desde lo alto de la montaña, sin perder el estado elevado de su profunda contemplación divina, observaba el crítico momento en que se encontraban sus amigos. Y compadecido del inminente peligro, decidió ir hacia ellos andando sobre las aguas. San Marcos nos dice que “viendo con qué fatiga remaban, porque tenían viento contrario, fue de madrugada en dirección a ellos andando por el lago” (Mc 6,48).

Uno de los discípulos fijó sus ojos en el mar en dirección a Betsaida para ver si por aquella parte venía la calma, y observó a lo lejos un objeto no identificado, que aparecía y desaparecía entre las olas, avanzado rápidamente hacia la barca. Y, muerto de miedo, dio un fuerte grito diciendo:

 -¡Un fantasma, un fantasma!

 Los marinos judíos, como otros pueblos orientales, especialmente Egipto, creían a pie "juntillas" en los fantasmas marítimos.

Ante la aparición fantástica, todos contagiados por el mismo terror, alborotados, prorrumpieron en gritos de espanto:

-¡Un fantasma, un fantasma! 

Jesús se acercó a sus discípulos lentamente haciendo ademán de pasar de largo. De repente, se detuvo; y a unos cuantos metros de distancia, dijo con tono familiarmente cariñoso:

-¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! (Mt 14,27). 

Entonces acaeció una singular escena que sólo cuenta Mateo. Pedro para disipar  sus dudas sobre el posible fantasma y estar seguro de que realmente era Jesús dijo: 

-Señor, si  eres Tú, mándame acercarme a ti andando sobre el agua (Mt 14,28).

Estudiada objetivamente esta frase, tal como suena, y justificando con todo respeto la intención personal de Pedro, que sin duda fue santa, parece una petición milagrosa, desproporcionada a las circunstancias, “egoísta” y defectuosa en la fe: Demuéstrame que eres Tú, para que todos salgamos de dudas, haciéndome a mí solo el milagro de ir a Ti, sin hundirme en las aguas; a los demás, déjalos en la barca.           

La petición más oportuna y consecuente para ese momento hubiera sido, por  ejemplo, esta u otra parecida: 

Señor, si eres Tú, ven con nosotros, ayúdanos, calma la tempestad, échanos una mano...” Y nunca: demuéstranos que eres Tú haciendo que yo camine sobre las aguas, para que todos creamos en Ti.  

Jesús escuchó la oración de Pedro y le dijo:

-Ven 

Entonces Pedro dio un salto desde la barca a las aguas y, empujado por la fuerza del amor y la profunda fe, echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús, como si por un camino de tierra firme se tratara. De repente, al verse solo en medio de tumultuosas olas, fuertemente sacudidas por la fuerza del viento, sintió pánico, le falló la fe y empezó a hundirse lentamente en las aguas. Y fuera de sí, desencajado y aterrado, gritó con tono expresivamente patético: 

-¡Sálvame, Señor! 

Jesús extendió en seguida la mano, lo agarró y le dijo:

-¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? (Mt 14,31).

Cesó súbitamente el viento y las coléricas pasiones del mar quedaron amansadas. Y todos los discípulos, locos de alegría por tener de nuevo al Maestro con ellos en la barca, hicieron de ella un santuario, se postraron ante Él y le adoraron diciendo:

-Realmente eres el Hijo de Dios (Mt 14,33). 

Después, Jesús y sus doce discípulos, surcando las aguas pacificas del lago, recorrieron en poco tiempo el camino que les faltaba para llegar a la ribera occidental de Genesaret, Betsaida, situada a unos tres kilómetros de Cafarnaún.

No debemos importunar al Señor pidiendo gracias inconsecuentes que no necesitamos. Él no escucha muchas veces las gracias que le pedimos, porque Él sabe, y nosotros no, que no son realmente necesarias para la vida eterna, según su santísima voluntad. Pedimos, por ejemplo, el milagro de la salud, y no se nos concede, porque tal vez la enfermedad puede ser el único medio o el mejor para nuestra conversión, la de otros o para un bien desconocido, que sólo sabe Dios. La crucifixión de Dimas, el buen ladrón, el mejor de los ladrones porque supo robar el corazón de Jesús, sirvió precisamente para que él se arrepintiera de sus pecados y ganara el Cielo en un instante.

No nos ama el Señor más cuando nos concede aquello que nos gusta, nos interesa, mejor se ajusta a nuestros caprichos o necesidades, que cuando nos manda la cruz dolorosa, que por ningún motivo queremos. Nos quiere de igual manera, y más quizás, aunque la carne se revuelva contra el espíritu y nos parezca que el dolor no tiene sentido de parte de un Dios que es Padre. Es natural que nos guste más el gozo del amor, siempre deseado, que el sufrimiento del dolor que se rechaza por naturaleza. El amor al dolor, por el dolor, es una filosofía excéntrica. Sólo tiene sentido como medio para un bien, expresión del amor o motivos religiosos. Por eso Jesús, hombre Dios, padeció y murió en la cruz para redimirnos del pecado por amor.

No tengáis miedo, confiad en Él, porque Dios nos ama siempre de todas formas, y mucho, aunque no nos lo parezca. Y nos ama a cada uno tanto cuanto un Dios puede amar y como si cada uno fuera la única persona del mundo, objeto exclusivo de su amor infinito. No tengáis miedo, tened fe, que Dios nunca nos abandona, aunque parezca que no nos hace caso.

sábado, 1 de agosto de 2026

Décimo octavo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 


Al simple cristiano de a pie, que quiera seguir a Cristo y amarle, el texto de la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, que San Pablo escribió a los romanos, le puede asombrar, asustar y hasta acomplejar, pues en él se expresa el amor que el apóstol tuvo a Cristo tan elevado y admirable, que no está al alcance de cualquiera. ¿Quién es capaz de amar a Cristo como San Pablo? Nada ni nadie le podían apartar del amor a Cristo: “ni la aflicción, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni cualquier peligro, ni la espada, ni la muerte, ni la vida, ni ninguna criatura, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podían apartarle del amor a Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

En cambio, nosotros, pobres cristianos, amamos a Cristo, humanamente,  en medio de luchas constantes con las pasiones, debilidades, pecados, miserias, con  pobreza de corazón, apegados a las personas y a las cosas. Y al comparar nuestro amor raquítico a Cristo con el heroico que le tuvo San Pablo, nos sentimos acomplejados, desanimados, sin ganas de seguir adelante, queriendo dejarlo todo y tirarlo por la borda.

Porque las personas que no nos gustan y las cosas adversas nos afligen hasta el extremo de la angustia y depresión; porque tenemos miedo a ser señalados como cristianos en nuestro propio ambiente, tan mundano, en el que no se aprecia ser cristiano e incluso es motivo de persecución; porque nos gusta el dinero y rechazamos la pobreza, nos descontrolamos ante las contrariedades, nos derrumbamos ante las enfermedades, y tememos perder la vida; porque nos asusta el presente, tan lleno de vicios y pecados, nos da pánico el futuro, tan incierto, y temblamos ante la vida y la muerte; porque nos atraen las criaturas, nos apegamos a ellas y vivimos esclavos de las cosas, con ansias de poder y dominio. Por eso, admirando el estilo del amor que San Pablo tenía a Cristo, nos desfondamos y nos dan ganas de plantarnos y dejarnos llevar de la corriente de los tiempos, pues nos da la sensación que hacemos el paripé de ser cristiano y amar a Cristo.

Quizás podremos superar este desánimo o tentación haciendo unas reflexiones sobre el amor a Cristo.

El hombre nace con deficiencias e imperfecciones en el ser, en el modo de pensar, querer y obrar, por culpa del pecado original. Ninguno es exactamente igual a los otros, de manera que cada persona es única en el ser y en el obrar. Por tanto, piensa, quiere y ama como es, con las imperfecciones en el ser y en el obrar y con la personalidad con que ha nacido y va adquiriendo con la educación a distintos niveles. 

Estos factores son determinantes para evaluar los actos personales del hombre, porque nadie piensa igual, obra por los mismos motivos, tiene la misma sensibilidad y ama de la misma manera. 

En el mundo, como hemos comprobado en nuestros estudios y constatamos en la Sociedad, hay hombres inteligentes con evaluación de suspenso, aprobado, notable, sobresaliente, matricula de honor, y hasta sabios que penetran los conocimientos de la ciencia hasta una profundidad que parece increíble. Y de la misma manera hay personas que son diferentes en el modo de amar en grados muy distintos y motivaciones diversas. Y por eso, hay santos que amaron y aman a Cristo con un corazón humano común, y santos que amaron a Cristo como San Pablo, con una locura cuerda que supera el común de los mortales, debido a que fue una excepcional persona, que habiendo perseguido a Cristo, se convirtió llegando a ser uno de los apóstoles más enamorados de Él con apasionamiento temperamental, dispuesto a sufrir por Él todos los padecimientos de este mundo. 

Así nos lo explica el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores de Cristo, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Hch 9,1-2). 

Para sembrar la esperanza y la paz a los muchos cristianos desconcertados ante la vida de santos eminentes, excepcionales, heroicos, vamos a explicar los principios generales de la santidad, para que cada uno, secundando la gracia que ha recibido del Espíritu Santo, sea santo según la vocación que ha recibido de Dios. 

La santidad consiste en la unión permanente con Dios, que se manifiesta en la vivencia de la gracia santificante, como principio radical. Se consigue con el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios, de manera que el incumplimiento de uno de ellos en materia grave, rompe la amistad con Dios y pierde la gracia, que puede recuperar con el sacramento de la Confesión, que reconcilia al pecador con Dios, le devuelve la gracia perdida y le reconcilia con la Iglesia. Esta es, digamos, la santidad esencial y primaria. 

Además del cumplimiento de la Ley, el cristiano perfecciona su santidad elemental aceptando la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, aunque sea con disgusto, a regañadientes, rebeldías, contrariedades, aunque en el cumplimiento la deteriore con imperfecciones. El cristiano no debe limitarse a ser fiel cumplidor de la Ley, sino que la debe cumplir con exigencias de vivencia evangélica, asimilando en su propia vida el Evangelio en la copia de las virtudes cristianas, vividas con entrega y amor. 

En conclusión es santo el que vive en gracia de Dios, acepta como gracias las cruces que le sobrevienen en la vida, con resignación al menos, o  conformidad con la voluntad de Dios o con la alegría espiritual, conciliable con la pena y el sufrimiento humano. Como cada hombre es diferente, cada santo es también distinto en grado, según la gracia de su propia vocación que ha recibido del Espíritu Santo para la santidad, y la correspondencia a ella y a las múltiples gracias que secunde con su esfuerzo personal en las obras. 

Cada cristiano tiene que ser tan santo como Dios le pide y debe según los dones que del Espíritu Santo ha recibido. De modo que podríamos decir que hay santos de tercera división, que son aquellos que viven siempre en gracia, cumpliendo los mandamientos de la ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia, y las obligaciones propias de estado y el trabajo. Santos de segunda división que son aquellos que además ejercitan las virtudes cristianas de modo eminente; y santos de primera división que son aquellos que además viven la gracia de Dios de modo heroico. Sé tú tan santo como debes y puedes, y que los demás sean como Dios quiere y ellos pueden.

sábado, 25 de julio de 2026

Décimo séptimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 


La liturgia de la Palabra de hoy nos propone, en la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, una frase que me va a servir para pronunciar la homilía: “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. 

Es evidente, a los ojos humanos y a la simple razón, que unas cosas nos ayudan para el bien y otras para el mal. En sentido humano,  nos hacen felices las cosas que nos gustan, que son para nosotros buenas y nos reportan felicidad; y nos hacen mal las que nos disgustan, contrarían nuestra voluntad y nos hacen sufrir. Luego no todo es igual, humanamente hablando, porque unas cosas nos sirven para el bien y otras para el mal. 

Esta reflexión humana, que no tiene vuelta de hoja, nos invita a buscar el bien a toda costa, porque nos colma de felicidad, y a rechazar el mal, haciendo todo lo posible para que el mal no suceda o desaparezca de nosotros, si lo tenemos encima. Así son las cosas para el entendimiento y sentimiento del hombre. En cambio, San Pablo nos dice, y es una verdad revelada, que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. ¿Cómo se entiende esto?. 

Los cristianos somos hombres, como cualquier otro, pues tenemos la misma naturaleza, y por eso, nos gusta el bien y no queremos el mal, como le pasa a todo el mundo. Pero sabemos por la fe que todo lo que ocurre  lo quiere Dios o lo permite. El bien lo quiere Dios, venga de Él, de los hombres o de la naturaleza de las cosas; y el mal que nos viene de los hombres, de la Naturaleza o de las cosas, de ninguna manera lo quiere Dios, porque es incompatible con su naturaleza divina, que es el Bien sumo y eterno, pero lo permite,  sin quererlo, porque respeta la libertad del hombre, y porque redunda en un bien o muchos bienes que desconocemos. Así nos lo dice el refranero español, que tiene un fondo teológico: “No hay mal que por bien no venga”. 

Se entiende que el mal exista porque el hombre es libre, pero no se explica que Dios lo permita para un bien o muchos bienes. En cambio, no se entiende sino por la fe, el que Dios quiera con voluntad expresa que sucedan catástrofes naturales, como son inundaciones, terremotos, volcanes, sequías y otros, que causan muertes de seres inocentes, desgracias personales terribles, y pérdidas de ganancias irrecuperables  ¿Cómo Dios, que es bueno y misericordioso con todos los hombres, que son sus hijos, puede querer  catástrofes que todo el mundo rechaza ¿Qué pensar entonces? 

En primer lugar, hay que decir que los conceptos de Dios, su pensamiento y su voluntad transcienden y rebasan todas las categorías del pensamiento humano, y de las de toda criatura creada y creable. ¿Quién puede entender el misterio de Dios, El que Es siempre, su única naturaleza divina y trinidad en Personas, su pensamiento, su querer y obrar? Nadie. Los designios y juicios de Dios no son como los de los hombres, nos dice la Sagrada Escritura.

 Dejando para los estudiosos de la filosofía cristiana y de la teología católica las altas cuestiones del Ser de Dios, hay una cosa clara que todos podemos entender a la luz de la razón: que Dios, el Ser eterno,  forzosamente tiene que ser la Sabiduría perfecta y absoluta, cuyo conocimiento supera todo conocimiento creado y creable; y que su voluntad tiene que querer el bien para sí mismo  y para todos los seres creados. De lo contrario, Dios no sería infinitamente sabio y perfecto. La Creación actual es una de las obras perfectas que pudo crear Dios, pero no la más perfecta de todo su poder divino, pues nadie sabe las infinitas obras más perfectas que Dios que tal vez ha creado, o puede crear. Luego la conclusión para el entendimiento humano es clara: La creación y todos los seres creados son buenos. Pero la  existencia del mal en el mundo es una incógnita que el hombre humanamente no puede despejar. Por eso surgen pensadores agnósticos o ateos que, al no poder explicar los males que todos conocemos, niegan la existencia de Dios, caen en el existencialismo, o se inhiben de esta insoluble problemática, y dicen que son misterios de la Naturaleza; y los que tienen alguna fe atribuyen el mal a malos espíritus, y no a Dios, con argumentos de fe que inventan los Fundadores de religiones falsas.

 La fe católica explica este misterio basándose en la revelación de Dios, de esta manera que explicamos brevemente en pocas palabras: La Creación entera fue creada por Dios perfecta para residencia del hombre y para su servicio; y también el hombre fue creado por Dios perfecto, en el alma y en el cuerpo, en un estado primitivo personal de gracia, de santidad y justicia, con los privilegios preternaturales de integridad o inmunidad de la concupiscencia, impasibilidad e inmortalidad. Pero misteriosamente el hombre libremente pecó, y por el pecado,  quedó dañado en todo su ser, quedando reducido a la ignorancia, al error, a la mala voluntad, a la concupiscencia del mal, al dolor y a la muerte; y como consecuencia del pecado, también el mundo quedó deformado, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, del Papa, Juan Pablo II. Para redimir el pecado del hombre, el Hijo de Dios, encarnó en las entrañas de Santa María Virgen, vivió, padeció, murió y resucitó, y con el misterio pascual restituyó al hombre los privilegios que le había concedido antes del pecado. Pero  cada hombre tiene que sufrir en su propia carne las consecuencias del pecado: los defectos de las facultades de alma en el pensar y amar, la concupiscencia o inclinación al pecado, el dolor y la muerte, bajo la esclavitud del demonio, hasta el fin de los tiempos, entonces todos los hombres resucitarán y toda la Creación será renovada.

 Pensando las cosas así, desde la fe y con la fe, la conclusión es clara: “sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. Aserto que no quiere decir que a los que aman a Dios todo les da igual, todo les es indiferente, sino que gustándoles, como a todos, lo que es bueno humanamente, todo lo enfocan hacia el bien, todo lo utilizan y lo aceptan como venido de Dios para el bien propio y de todos los hombres para su redención, aunque no conozcan los porqués del mal. Las razones son tres:

- porque los que aman a Dios, de verdad, viven con total fe y confianza la providencia amorosa de Dios que cuida todas las cosas con sabiduría y bondad, como nos enseña el Concilio Vaticano I;

- porque Dios es Padre de todos los hombres y todo lo quiere o permite para su bien, aunque no sepamos distinguir en qué consiste ese bien, que tiene apariencias de mal;

- y porque los males de este mundo, que sufrimos, no se pueden comparar con los bienes que poseeremos en el Cielo: visión y gozo de Dios eternamente.

 

 

 

viernes, 24 de julio de 2026

Solemnidad de Santiago el Mayor, apóstol. Ciclo A

 


Santiago el Mayor, así llamado para distinguirlo de Santiago el Menor, y su hermano Juan evangelista, eran hijos de Zebedeo y Salomé, naturales de Betsaida y de oficio pescadores (Mt 4,21;Jn 21,1-2). Sus padres tenían una posición económicamente desahogada, pues poseían, por lo menos, una barca y jornaleros a su servicio que pescaban con red barredera, y no con redes de mallas arrojadas al mar a merced de la suerte, como hacían los humildes pescadores de Galilea (Mc 1,20; Mt 4,21).

Su madre fue una de aquellas piadosas mujeres que siguieron fielmente a Jesús y le asistieron con sus bienes, incluso en los momentos cruciales de su crucifixión y muerte (Mt 27,55-56; Mc 15,40;Lc 8,3).

Por su carácter impetuoso, ambos recibieron de Jesús el apelativo de Boanerges o hijos del trueno (Mc 3,17), pues pidieron al Señor que bajara fuego del Cielo (Lc 9,54) para quienes no comprendían a su Maestro. Parece que este apelativo se debe a la anécdota evangélica que voy a contar.

Cuando llegó la hora de partir Jesús de este mundo al Padre, decidió ir a Jerusalén.  Y para cumplir su propósito envió a unos emisarios suyos a que fueran delante de él a buscarle posada en una de las aldeas de samaritanos, que había en el camino. Pero sus habitantes no quisieron alojarlo, por la extraña y simplona razón de que tenía intención de ir a Jerusalén. Enterados sus discípulos Santiago y Juan del caso, se enfadaron mucho, y, enfurecidos, acudieron al Señor a decirle: “Si quieres, decimos que caiga un rayo y acabe con ellos” (Lc 9,54).

Se me ocurre pensar que estas duras palabras salieron de los labios de Santiago y no de Juan, que tenía un temperamento pacífico y controlado. Sucede generalmente en grupos de amigos, compañeros y extraños, que se reúnen por intereses comunes, que uno asume la representación de todos, aunque nadie se la encomiende.

Santiago se pasó, pues el hecho de que aquella aldea no quisiera alojar a Jesús en la posada, no sabemos por qué, no era tan grave como para pedir a Dios que la castigara mandando del Cielo un rayo que la fulminara. Es admirable el comportamiento de Jesús que reprende cariñosamente el defecto de sus discípulos, justificando, tal vez, la libertad del posadero para hospedar en su casa a quienes quiera.

Esta actitud tan virtuosa nos enseña a dejar la justicia en manos de Dios, y no desear males a nadie. Los hombres juzgamos las apariencias externas de las acciones, sin conocer la intención secreta de los corazones, que es una exclusiva reservada a Dios.

Los dos hermanos, hijos de Zebedeo, discípulos predilectos de Jesús, juntamente con su amigo Pedro, aparecen en el Evangelio en los siguientes pasajes:

- en la llamada  oficial de Jesús en el Lago de Tiberíades (Mt 4,21-22);

- en la lista de los Apóstoles (Mt 10,2-4;Mc 3,16-19;Lc 6,14-16;Hech 1,13;

 - en la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37);      

 - en el Monte Tabor (Mt 17,1-13);

- en el discurso escatológico sobre la destrucción de Jerusalén y fin del mundo (Mc 13,1-4);

- con su madre Salomé, cuando pedía a Jesús un puesto de privilegio, uno a la derecha y otro a la izquierda en su reino para sus dos hijos (Mt 20,20-23);

- en la agonía del huerto de Getsemaní (Mc 14,33);

 

Formaba, junto con su hermano Juan, y con Pedro, el grupo de los tres discípulos preferidos (Mt 17,1;26,37;Mc 5,37;13,3).

El apóstol Santiago el Mayor, Patrono de España, a quien se le tiene mucha devoción en todo el mundo, principalmente en Europa, no tuvo diálogos personales con Jesús. Aparece en el Evangelio como personaje de referencia, como se puede comprobar en los textos antes citados. Por eso, de este insigne apóstol solamente reseñaremos una síntesis biográfica, que es realmente escasa.

De su hermano Juan explicaremos, en documento aparte, el único diálogo que mantuvo con Jesús en la última Cena.

Tenemos pocos datos en el Evangelio para hacer una radiografía psicológica de la personalidad de este apóstol. A pesar de ser uno de los discípulos preferidos, aparece en el Evangelio como personaje extra en relación con los diálogos de Jesús.

Santiago era un joven inteligente, de carácter espontáneo, que decía las palabras sin pasarlas antes reposadamente por el control de la razón. Podía más en él la fuerza del corazón que la atinada prudencia del razonamiento. Temperamentalmente inquieto y nervioso, no podía estarse quieto ni un momento. Compañero servicial como el primero, estaba al quite de todo cuanto sucedía, y dispuesto a echar una mano allí donde se precisaba cualquier servicio. Por su genio activo y abierto era emprendedor y eminentemente misionero, destacando en él las virtudes de la sinceridad y la justicia.

Tal vez pudo ser un hombre de genio vivo, defensor de la ley y de los derechos de Dios, y simpatizante del partido de los Celotes, que fanáticamente esperaban la inminente venida del Mesías, y luchaban contra las esclavitudes que padecía entonces el pueblo de Israel, por culpa del abusivo Imperio Romano.

Su madre, que tenía amistad especial con Jesús, le pidió la ambiciosa gracia de que sus dos hijos estuvieran sentados a la derecha y a su izquierda en su Reino, ingenua petición que equivalía humanamente casi a pedir al Señor que sus dos hijos fueran vicepresidente primero y vicepresidente segundo del Gobierno del Reino iba a fundar.(Mt 20,20-28;Mc 10,35-45). ¡Qué enseñanza nos ofrece este pasaje del Evangelio, que denota la ambición humana del hombre y la envidia entre iguales!

Debemos dar la vida por Cristo y esperar de Él su infinita misericordia, sin desear tener en el Cielo los mejores puestos, sino aquél que nos corresponda, según los secretos designios de Dios Padre.

La tradición extrabíblica de su venida a España y la aparición de la Virgen del Pilar en carne mortal en Zaragoza es una devoción española, muy arraigada en nuestro Pueblo, que no se puede demostrar ni negar históricamente con argumentos apodícticos. 

Sufrió el martirio bajo Herodes Agripa I (Hech 12,2) en el año 44.

 

sábado, 18 de julio de 2026

Décimo Sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 

En la primera lectura de la liturgia de la Palabra del domingo décimo sexto del tiempo ordinario, que estamos celebrando, hay un texto del libro de la Sabiduría sobre el que yo quiero ocupar mi atención para pronunciar la homilía de hoy: el justo debe ser humano. 

Para desarrollar esta tesis, y de su exposición poder sacar las consecuencias prácticas espirituales para el alimento de nuestras almas, haré antes una breve explicación sobre el significado de la palabra justo. 

Justo es el hombre cumplidor de la ley, el santo. El Evangelio nos dice que San José era un hombre justo (Mt 1,19), que equivale a decir santo, porque fue el fiel cumplidor de la ley de Dios y de todas sus obligaciones personales, familiares, laborables y sociales. Santidad y justicia en sentido cristiano se identifican. 

El hombre, justo o pecador, debe ser humano, es decir, comprensivo, no intransigente, sino tolerante y condescendiente. En el santo no se concibe la santidad sin la caridad, máxima virtud cristiana que en su suprema expresión exige la comprensión; además, el santo tiene que ser comprensivo porque también es pecador, pues nos dice la Sagrada Escritura que el justo cae siete veces al día, como queriendo decir que es débil y diariamente comete muchas faltas e imperfecciones, que no siempre son ofensas a Dios. Por consiguiente, el santo, por exigencia de su condición de santidad y de hombre pecador también, debe ser humano o comprensivo, porque él necesita también la comprensión de los demás y el perdón de Dios. Y con más razón todavía debe ser humano el pecador, a título de justicia, pues es injusto que él sea rígido y severo con los demás, siendo él igual o peor que otros. 

Comprender implica conocer al hombre en concreto, aceptarle como es, y no como a nosotros nos gustaría que fuera, valorar sus virtudes y hacerse cargo de sus debilidades, miserias y pecados, excusarle de la manera que sea posible, juzgarle con misericordia, y jamás condenarlo en el corazón, porque como nos dice San Pablo: “El amor no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (I Co 13,5-7).

El conocimiento del hombre es una ciencia de las más difíciles de dominar, pues cada uno es un misterio que solamente Dios comprende en su totalidad. El hombre difícilmente se conoce a sí mismo en su profundidad, ni es conocido del todo por los que conviven con él, y ni siquiera por los sabios de las ciencias de la psicología y psiquiatría, que solo saben generalmente los comportamientos normales y extraños del individuo. Pero siempre quedan aspectos escondidos en los pliegues secretos del desequilibrio humano, que a veces surgen inesperadamente, causando asombros extraños y sorpresas inconcebibles para todo el mundo, incluso para los mismos entendidos.    

Tenemos la mala costumbre, poca psicología, poca educación y virtud de juzgar a los hombres con el propio criterio, aprobando en ellos lo que nos gusta y rechazando lo que nos disgusta, como si nuestros gustos fueran la norma única y cierta para evaluar la conducta de los demás, habiendo muchas y diversas opiniones sobre el conocimiento humano.  

Comprender es darse cuenta de que todos somos distintos, que no hay una persona repetida, que cada uno es único, con su propia constitución natural de carácter o temperamento, y con las añadiduras de las taras que ha heredado de sus padres, de la educación familiar que ha recibido, de la cultura que ha adquirido, del ambiente social en que ha vivido, que son factores que configuran al hombre en su ser, sentir, pensar y obrar. 

Cada hombre tiene su propia personalidad física, irrepetible, personalidad psicológica, parecida a la de otros, pero distinta, personalidad espiritual diferente a la de los demás, con la que entiende las cosas, obra y se comporta en sociedad. Cada pecado es personal, cometido por una persona en concreto con su propia personalidad, teniendo en cuenta el conocimiento del mal, su libertad, sus pasiones, desequilibrios, sentimientos y muchas circunstancias, que determinan la malicia del hombre, que solo Dios puede juzgar. 

Es frecuente entre los cristianos, y más aún entre las personas piadosas, ser intransigentes, excesivamente rigurosos al juzgar los actos de los que son practicantes de manera diferente a la nuestra, no lo son, o se llaman descreídos, agnósticos y ateos, pues, tal vez, les sucede como dice el Evangelio: “Ven la mota en el ojo del prójimo y no ven la viga en el propio”. 

El que es bueno, el que es santo, reconoce que ha sido y es pecador, y porque tiene presente los pecados de su vida pasada o presente, comprende las debilidades de los demás y sus pecados. Porque sabe que si no hubiera sido por la misericordia de Dios, sería tan malo como el primero; y si es tan bueno o santo, como piensa que es, no se debe a su esfuerzo, sino a la gracia de Dios, que le ha arropado con circunstancias especiales de amor. Santa Teresita del Niño Jesús decía que era buena porque Dios iba delante de ella quitando del camino, por donde ella tenía que pasar, las piedras para que no tropezara. Y piensa también que si aquellos a quienes critica hubieran tenido las mismas gracias que él, tal vez serían mejores, más humanos, más comprensivos, más santos. 

En estos momentos de escucha de la palabra de Dios, cada uno reflexione sobre la familia en la que ha nacido, padres que ha tenido, educación que ha recibido, colegio que ha frecuentado y ambientes en que ha sido educado. Y sopesando todas las circunstancias: el amigo que Dios ha puesto a su lado, la Parroquia, la catequesis, el sacerdote, la religiosa, etc., forzosamente tiene que caer de rodillas dando gracias a Dios por el diluvio de gracias que ha recibido; y al mismo tiempo, considerando los pocos medios con que han contado aquellos a quienes censura injustamente y con poca caridad, pedirá perdón a Dios por la desconsiderada crítica, y no se atreverá a juzgar a los hermanos, comprendiendo sus fallos, debilidades y pecados. 

En definitiva, ser humano es respetar la manera de ser de los demás, aunque no nos guste, su pensamiento, aunque sea contrario al nuestro, su ideología cultural, religiosa y política, incluso su pecado, que no conculque los derechos humanos, pues el hombre es libre para pecar. Significa también respetar los distintos estilos de pensar y obrar, tener relación laboral con los que trabajan con nosotros y relación social con todos los hombres, porque todos somos hijos de Dios y hermanos en Jesucristo.