sábado, 2 de mayo de 2026

Quinto domingo de Pascua. Ciclo A


Jesús en la última cena, después de instituir la Eucaristía pronunció a sus discípulos un sermón de despedida en el que les anunció que se iba al Padre,  a prepararles una morada entre las muchas que hay allí, y les rogó que siguieran el camino. Entonces Tomás no entendió el sentido de las palabras que estaba utilizando que le parecían extrañas y simbólicas, como me imagino que los pasó a todos los demás discípulos; y para aclarar los conceptos confusos que le iban viniendo a la cabeza, preguntó a Jesús: 

- Señor no sabemos a dónde vas; ¿cómo vamos a saber el camino?

Jesús le dijo:

-Yo soy el camino, la verdad y la vida. 

Después siguió con su discurso en el que les habló de la fe, les prometió la venida del Espíritu Santo, les explico el misterio de la Iglesia con la alegoría de la Vid y los sarmientos, instituyó el mandamiento nuevo el amor, les anunció la persecución por parte del mundo y les habló de otros temas.

Los Apóstoles grabaron en su memoria estas palabras lapidarias, sin entender el sentido místico que teológicamente encerraban. Necesitaban el trato personal con Cristo resucitado, el tiempo, las contrariedades de la vida, la persecución y la pasión y muerte, para descubrir el significado trascendente de Cristo, como Camino, Verdad y Vida.

Cristo es el Camino, no un camino más, sino el camino, con artículo determinado, único, exclusivo, sin el cual no hay manera de llegar al Padre.

El que busca a Dios con sincero corazón, guiado por la luz de la recta conciencia en el bien obrar; y el que de buena fe vive en la verdad de su religión, que a él le parece la verdadera, se encuentra con Cristo místico, aunque no conozca al Cristo histórico, ni al Cristo teológico de la Iglesia Católica.

Todo el que obra el mal se aparta del Camino que conduce al Padre; y todo el que hace el bien en su conciencia o buena fe, aunque no sea expresamente por Cristo, se sitúa dentro del Camino, que es Cristo. El Espíritu Santo actúa en el hombre de conciencia recta y de buena fe, haciendo que camine de la mano del Cristo desconocido, o conocido de otra manera, y llegue al Padre por la vía misteriosa de la gracia de la misericordia divina.

Con más facilidad llega al Padre el católico que conoce a Cristo y le sigue conducido por la Iglesia; y, mejor aún todavía, si comprometido con su fe vive identificado con Cristo, activado con fuerza del Espíritu Santo.

La fe es condición indispensable para entrar en camino, y seguir por él, aunque sea con miserias, pasos inseguros, tropiezos y caídas. La gracia del Espíritu Santo, que nos acompaña siempre, fortalece nuestra debilidad y repara nuestras averías espirituales.

El camino se hace autopista para el fervoroso católico que camina con Cristo, correspondiendo a la gracia del Espíritu Santo con amor y dolor, aceptándose a sí mismo y aceptando las diversas circunstancias de la vida en el ejercicio de buenas y santas obras.

Cuando se camina con fe, de bracero con Cristo, nuestro caminar es firme y seguro, y nuestro encuentro con el Padre es constante, porque el Espíritu Santo hace que hagamos juntos un camino trinitario. Si además de caminar en peregrinación trinitaria, hacemos el viaje al Padre escondidos en Dios con Cristo, en familiaridad de oración fervorosa, reforzados por la fuerza sacramentaria y avalada por la operatividad de santas obras, llegamos al Padre por el atajo de Jesucristo, el Camino.

Existe además un camino singular para el católico que emprende hacia el Padre un vuelo espacial: la consagración de la vida a Cristo con la vivencia o profesión de los consejos evangélicos.  Entonces, “cristificado”, respira a tope la atmósfera divina de la Santísima Trinidad, en el espacio sobrenatural de la gracia divina con el Padre y  el Espíritu Santo, y llega al Padre con seguridad y rapidez. 

Cristo es la Verdad, el Ser eternamente existente, el que Es en suma perfección siempre,  que satisface en plenitud las aspiraciones de la sabiduría del entendimiento humano, el  Amor que sacia el hambre del corazón humano, insatisfecho en la Tierra por el alimento de cosas y personas que perecen y  pasan. Cristo es el mismo de siempre: el de ayer, el de hoy, y el de mañana, el Dios eterno, Creador y Señor de todas las cosas, el Padre de todos los hombres, y, a la vez, justo juez, Dios mismo, el Dios profundo, misterio insondable de la Santísima Trinidad. 

Cristo es la Vida, el principio eterno del vivir (Jn 1,4), que nos comunica por la gracia la participación analógica de la Vida de Dios Uno y Trino, del Amor eterno, la realidad trascendente que supera todo conocimiento, fuerza para sufrir, luchar contra el mal, creer y esperar contra toda esperanza, potencia sobrenatural para merecer cielo, semilla de la visión y gozo de Dios eternamente. De Cristo procede la diversidad múltiple de la vivencia de la gracia en todos los seres, ángeles, bienaventurados y hombres, de manera tan compleja y distinta.

Este misterio es explicado por Cristo en el Evangelio en la alegoría de la Vid y los sarmientos (Jn 15,1-5). Cristo es la Vid y nosotros los sarmientos. Si vivimos unidos a Él, la savia de la gracia hace que produzcamos frutos (Jn 1,5).

La Vid es el Cuerpo místico de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo (Col 1,18). De Él procede la vida que se extiende a todos hombres de forma que sólo conoce la sabiduría eterna de Dios.   

Cristo es el Camino de la Verdad, pues todas las demás personas o cosas  son pequeñas verdades o pequeñas o grandes mentiras que llevan a un mundo  falsificado. Todo lo que no es de Cristo o Cristo es senda que con mucho trabajo o difícilmente conduce al Padre, camino tortuoso por el que uno caminando pierde la ruta,  desviación de la meta. Cristo es la Verdad del camino de la Vida, y todo lo que no es Él es vida simulada, falsa, enfermedad o muerte. Cristo es la Vida del verdadero camino,  pues gracias a Él tiene sentido el misterio de la vida que tantos misterios ofrece a los que no tienen fe.

sábado, 25 de abril de 2026

Cuarto domingo de Pascua. Ciclo A

 


¿Quién es el buen pastor?           

A esta pregunta muchos o todos habéis respondido mentalmente, tal vez: Jesucristo. Y es verdad, Jesucristo es el buen Pastor; es, no fue, no en pasado, sino en presente también, porque Cristo no es como un personaje más de la historia que vivió entre los hombres, hizo grandes obras y dejó su memoria en recuerdos escritos, como puede ser el caso de San Juan de la Cruz, por decir un ejemplo.

Cristo es un personaje actualizado que está vivo siempre entre los hombres, en la Iglesia. En su tiempo predicó personalmente el Evangelio, realizó milagros o signos de su divinidad, fundó la Iglesia, instituyó los Sacramentos y, después de sufrir una pasión inimaginable, murió por todos los hombres en la cruz y resucitó, cumpliendo de esta manera su palabra de que el buen pastor da la vida por sus ovejas.

Realizada la misión de Redentor que le encomendó el Padre en la Tierra, ascendió a los Cielos y, en unión con Él y la fuerza del Espíritu Santo, desde allí sigue siendo el Buen Pastor ministerialmente por medio de la Iglesia.

El Papa, Vicario de Cristo, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, gobiernan la Iglesia.

El Papa es el buen Pastor en toda la Iglesia universal; y los Obispos son pastores propios en las diócesis, puestos por el Espíritu Santo, que el Papa les ha encomendado. Y todos, coordinados entre sí, unidos al Papa y bajo su obediencia, gobiernan la Iglesia en nombre de Cristo.

Pero como el obispo no puede estar presente en todas las partes de la Diócesis, nombra un delegado suyo, conocido con el nombre de párroco, que, ayudado por vicarios parroquiales o coadjutores en parroquias importantes, como es la nuestra, bajo su obediencia gobierna una parcela de la diócesis, llamada Parroquia, que el Obispo le ha encomendado.

En tareas apostólicas diocesanas, extraparroquiales, el Obispo nombra delegados para que, en su nombre y bajo su obediencia, atiendan las distintas necesidades eclesiales que se presenten en cada momento y en cada diócesis.

Luego también ahora, como entonces, en sentido propio, Cristo es el buen pastor de la Iglesia que él fundó.

Además del sentido propio de pastor, obispo y sacerdote, podríamos decir que pastor en la Iglesia, en un sentido amplio, es también el cristiano que tiene cierta autoridad delegada en las acciones pastorales que se le encomiendan, como, por ejemplo, el catequista, delegado de Cáritas, delegado de liturgia, delegado de pastoral de juventud, de matrimonio etc.

Y todavía, en un sentido extensivo y universal, es pastor en la Iglesia cualquier cristiano que ejerce una misión apostólica en la familia o sociedad, como, por ejemplo, el padre de familia, el profesor, el empresario, el obrero que ejerce cualquier trabajo apostólico en la sociedad; incluso es pastor en la Iglesia el político que ejerce una autoridad civil cristianamente a favor del bien común.

Por consiguiente, en un sentido o en otro, y de distinta manera, todos los cristianos somos ovejas y pastores en la Iglesia.

En consecuencia, todos los cristianos, el Papa, el Obispo, el Sacerdote, tenemos que dar la vida por Cristo, cada uno según la medida de gracia que ha recibido. ¿Cómo? Dándose, gastándose por Cristo, cumpliendo su misión con obras santas: predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos, principalmente el de la Eucaristía, y ejerciendo santamente su ministerio los sacerdotes; y los fieles recibiendo los sacramentos y santificándose en la vida ordinaria o en la vida extraordinaria con humildad y sencillez.

Procuremos, hermanos, ser fieles ovejas y fieles pastores en obediencia y entrega a Dios en el puesto de trabajo que cada uno tiene que desempeñar en la Iglesia, a imitación de Jesús, que como buen Pastor dio la vida por sus ovejas.

sábado, 18 de abril de 2026

Tercer domingo de Pascua. Ciclo A

 






La aparición de Jesús a los discípulos de Emaús es uno de los pasajes más encantadores del Evangelio, no sólo por su contenido sino también por su bello relato literario. Vamos a hacer un comentario espiritual al texto del Evangelio, fijando preferentemente nuestra atención en tres frases:

- Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”

- Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel

- ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!      

     

MIENTRAS CONVERSABAN Y DISCUTÍAN, JESÚS EN PERSONA SE ACERCÓ Y SE PUSO A CAMINAR CON ELLOS 

Dos discípulos de Jesús, el primer día de la semana judía, domingo, se dirigían hacia su aldea, Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén, conversando y discutiendo sobre todo lo que había sucedido en esos días en Jerusalén. No solamente iban conversando o dialogando sino también discutiendo, quitándose las palabras de la boca, sin respetar un orden de turno, como sucede en estos casos en los que cada uno, con su propio temperamento, repite mil veces las mismas palabras y circunstancias.

Discutir significa no sólo examinar con mucho cuidado una cuestión, sino también debatir, contradecir y responder. Y en casos de amor y de interés propio se discute tratando de imponer al otro la propia opinión, generalmente en tono elevado, y pasional, de manera que uno se ofusca defendiendo la propia idea sin escuchar la del otro. La soberbia y el amor hacen discurrir a los interlocutores que discuten más por la fuerza de la pasión que por la de la razón. Probablemente en su discusión, acalorada unas veces en son de crítica y quejas, y otras teñida de amor, pena y desilusión, iban criticando a Jesús o echando de menos con añoranzas su reinado ilusorio.

En esto, en la mitad del camino, imagino yo, Jesús se colocó detrás de ellos, oyendo los gritos de la conversación acalorada, que se podían percibir sin mayor esfuerzo desde lejos. De repente, se adelantó y se puso a caminar con ellos en la misma fila. Y les dijo:

—¿De qué habláis?

Uno de ellos llamado Cleofás, le replicó:

¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén en estos días?

Y Jesús, para comprobar el pensamiento de los discípulos, hizo una restricción mental, y, sin afirmar ni negar lo que sabía, contestó:

¿Qué?

Y ellos contaron lo sucedido desde la institución de la Eucaristía hasta la pasión y muerte de Jesús en la cruz.

En nuestra vida ordinaria se presentan casos en los que no nos conviene o no queremos decir la verdad que no obliga. Entonces se puede utilizar el arte difícil de ocultar la verdad sin mentir, dando una respuesta adecuada y verdadera a quien nos pregunta sin derecho, para salir del paso de una situación crítica y comprometida. Esta fue la actitud piadosa y caritativa de Jesús que preguntó a sus discípulos lo que Él sabía para averiguar su estado de ánimo y afianzarlos en la fe. 

“NOSOTROS ESPERÁBAMOS QUE ÉL FUERA EL FUTURO LIBERADOR DE ISRAEL” 

Los discípulos, decepcionados de la persona de Jesús, como profeta de Nazaret, y de su doctrina sobre el nuevo reino de Dios, se marcharon a su aldea a dedicarse a su trabajo habitual, pues sus esperanzas en que Jesús iba a ser el futuro liberador de Israel quedaron defraudadas.          

De este texto se deducen claramente tres cosas: el amor a Jesús necesitado de purificación, la fe incompleta en Él y el remedio para creer en Jesús: La Sagrada Escritura. 

AMOR A JESÚS 

Que los discípulos de Emaús amaban al Señor y que ellos fueron preferidos en el amor por Él es incuestionable, pues merecieron la aparición de Jesús resucitado. Pero su amor necesitaba una purificación de la fe, pues estaba mezclada de esperanzas humanas. Tenían un concepto equivocado o no completo de la persona de Jesús, que para ellos vino al mundo a salvar a su pueblo de Israel de la esclavitud humana, sociológica, política y religiosa que padecía, y no sabían que era el Redentor de todos los pueblos y de todos los hombres; ni tampoco entendían el sentido trascendente del reino de Cristo, la Iglesia, sacramento universal de salvación, como nos enseña el Concilio Vaticano II. 

LA FE INCOMPLETA EN ÉL 

Los discípulos de Emaús dudaban o no creían firmemente en la resurrección de Jesús, anunciada en el Antiguo Testamento, y profetizada por Él muchas veces y en distintas ocasiones durante su vida pública, porque necesitaban la transformación de su fe imperfecta en fe perfecta en virtud de la resurrección de Jesús.

Aclaremos esta afirmación. En primer lugar, los discípulos no esperaron a que pasara el tercer día para comprobar lo que iba a pasar, sabiendo que Jesús había anunciado su resurrección al tercer día, pues el primer día de la semana judía, el domingo, se marcharon a su tierra; y, en segundo lugar, porque conocieron el hecho de que algunas mujeres habían ido al sepulcro y no vieron el cadáver de Jesús y vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles que les habían dicho que estaba vivo; y supieron también que Pedro y Juan fueron al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres. Para estos discípulos estos hechos no fueron signo de la resurrección, como hubiera sido lo más lógico, sino fruto de mentes exaltadas de mujeres visionarias. La lógica del pensamiento hubiera sido éste: Cristo no está en el sepulcro, luego ha resucitado, como lo había anunciado Él y estaba profetizado en el Antiguo Testamento.

A partir de la resurrección de Cristo, sus discípulos fueron transformados radicalmente en la fe y se convirtieron en apóstoles santos, aunque con sus propias debilidades temperamentales, miserias y pecados.

Lo mismo nos pasa a nosotros, que amamos a Jesús, creemos en su resurrección, pero con tentaciones, acaso dudas, interrogantes, infidelidades y pecados. 

 "¡QUÉ NECIOS Y TORPES SOIS PARA CREER LO QUE ANUNCIARON LOS PROFETAS!" 

Jesús no reprende a sus discípulos su falta de fe sino que les advierte su torpeza en creer la Sagrada Escritura. Es más, se quedó con ellos a cenar, signo de amistad, y a la hora de partir el pan se les dio a conocer, haciendo que se les abrieran sus ojos y lo reconocieran. Y sin dormir, al instante, en esa misma noche, se pusieron en marcha hacia Jerusalén y fueron en busca de los once Apóstoles para contarles lo que les había pasado.

También nosotros, cristianos, discípulos del Señor, merecemos el cariñoso y comprensivo aviso de Jesús, porque nuestra fe es débil, imperfecta y necesitamos el cambio radical de nuestra vida haciendo que el amor que profesamos a Cristo, humanizado, quede resucitado.                      

sábado, 11 de abril de 2026

Segundo domingo de Pascua. Ciclo A

 


Sin fe no tiene sentido la vida humana, porque la fe da respuesta a los grandes interrogantes del hombre y le hace vivir los grandes misterios de la vida. No vamos a tratar en esta homilía de la fe en general, como virtud teologal, sino de la fe en la Eucaristía, el gran misterio de nuestra fe, como proclamamos todos después de la consagración del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es la actualización mística del sacrificio que Jesús ofreció al Padre por nuestros pecados en el monte Calvario.

Sin fe la Santa Misa no tiene sentido, es un espectáculo más o menos aburrido, pues siempre es el mismo acto, la misma temática o parecida, el mismo guión y desarrollo, las mismas palabras, y frecuentemente el mismo actor, que, como hombre, tiene iguales o parecidos defectos que los demás.  Sin embargo es, por otra parte, el espectáculo más concurrido de todos los que se representan en los teatros, se emiten por la pequeña pantalla o se proyectan en las salas cinematográficas- ¿Hay en las pantallas de T. V. E., en los cines o teatros algún espectáculo que se repita años y hasta siglos, siendo siempre el mismo actor, la misma obra o película, el mismo drama, con el mismo guión o parecido...?

De la misma manera que cualquier espectáculo humano aburre y cansa con el tiempo, cuando se repite, así también la misa cansa y es aburrida para los no creyentes.  Los jóvenes que flaquean en la fe o no la tienen  se cansan y se aburren en las misas cuando no están celebradas con cierta animación teatral, músicas, ritmos y movimientos; y concluyen: no voy a misa porque la Misa a mí no me dice nada. La razón suprema de ir a misa no es el espectáculo en sí, sino la fe en Jesucristo, que perpetúa en el altar, por medio de su ministro, el sacerdote, el mismo sacrificio de la cruz; y en ella escuchamos la Palabra de Dios para conocer el camino del Cielo y alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Vosotros, hermanos, habéis venido esta mañana a participar en la Santa Misa, no porque la celebro yo, pues aunque la celebrara un sacerdote chino, ninguno de vosotros abandonaría los bancos y se marcharía de la Iglesia. Los cristianos no vamos a misa por el sacerdote o porque la misa se celebra con mejor o más perfecta liturgia, con guitarra y con cantos, con mayor solemnidad, o con mejor participación, pues, aunque se celebrara en silencio, asistiríamos a misa de la misma manera ¿Quién es capaz de valorar la vida de fe de una comunidad cristiana?

No son mejores las misas que se celebran con jóvenes, donde todo el mundo participa, canta, toca las palmas. Son más entretenidas o divertidas que las que se celebran en silencio, pero no mejores, pues hay gustos diferentes. Estáis concelebrando conmigo, en sentido bautismal, la Eucaristía, porque tenéis fe, y queréis además cumplir  con gozo el precepto dominical.

Durante muchos años, nosotros, los mayores, hemos asistido al sacrificio de la Santa Misa, sin entender una sola palabra, cuando se celebraba en latín, de espaldas al público, aunque generalmente no se predicaba la homilía, que en aquellos tiempos era una exclusiva de los párrocos. Y, sin embargo, nunca faltábamos a misa; y asistíamos a las conferencias cuaresmales y misiones, competencia de los dominicos, jesuitas, capuchinos y predicadores especialistas. Y se llenaban las Iglesias.

Hoy anunciamos en las Parroquias en Adviento y en Cuaresma conferencias, y casi nadie asiste. ¿Por qué? Porque se está perdiendo la fe. A misa generalmente asisten personas mayores con honrosas excepciones de jóvenes. Ya no existen familias enteras que vayan a misa, como antes, pues incluso en familias muy cristianas, hay hijos y hermanos que ni pisan la Iglesia. El Papa Pablo VI decía que el humo de Satanás se ha infiltrado por las rendijas dentro de la Iglesia.

¡Cuánta fe se necesita tener para creer en la misa que estamos celebrando!

Soy yo el primero que, como un hombre de fe, me estoy creyendo que con mis propias palabras y gestos estoy actualizando el misterio del Calvario. Yo me creo que dentro de unos minutos, por el poder que Jesucristo me ha regalado,  cuando diga: "tomad y comed, esto es mi Cuerpo, tomad y bebed esta en mi Sangre", el pan y el vino se van a convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. ¿Quién tiene que tener más fe el sacerdote que celebra o el fiel que escucha la Santa Misa? Tanta o más fe tiene el que se cree que está haciendo las veces de Jesucristo, que el que está escuchando y creyendo que el sacerdote, un hombre como los demás, es otro Cristo.

La fe es necesaria, no solamente para la vida cristiana, sino para la vida humana. Si solamente creyéramos  lo que vemos, se cae toda la ciencia que no sea exacta por su propia base. Porque la mayor parte de las cosas y acontecimientos los creemos por la fe humana.

Tendríamos que dudar o negar nuestra propia existencia, pues ninguno se ha visto nacer, lo sabe porque se lo han dicho. Siguiendo esta norma, llegaríamos a la conclusión de que los no científicos no tendríamos que creer muchas cosas, porque ni las entendemos ni las hemos visto; y, por supuesto, no tendríamos que creer en los personajes de la Historia ni en la mayor parte de los sucesos humanos.

De la misma manera, pero con fe divina, que es un don del Espíritu Santo, debemos creer en los misterios que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña.

La gente que no tiene fe dice: Yo no me confieso porque no voy a decir  mis pecados a un hombre como yo, con menos cualidades, o peor que yo y hasta más pecador. Y en este presupuesto, se entiende, pues los pecados sólo se dicen al hombre investido con el poder de Dios para que sean perdonados.

Pero el que tiene fe, no se fija en el sacerdote que está sentado en el confesionario, no le pide el documento de identidad para ver si es sacerdote, ni comprueba si es bueno o es santo, porque el que se confiesa cree que el sacerdote  representa a Cristo, y, por eso, el penitente le confiesa sus pecados, aunque le de vergüenza.

Mayor fe que el penitente tiene que tener el confesor, pues perdona  no las ofensas que a él le ha hecho el penitente, sino las ofensas que el pecador ha hecho a Dios. Alguien me decía una vez: Padre, yo no creo en los curas. Yo le contesté, en eso coincidimos, porque yo tampoco creo, yo creo en el sacerdocio ejercido por los curas, hombres de barro, como los demás, creo en los ministros de Dios, aunque sean pecadores ¡Cuánta fe, hermanos, necesitamos los sacerdotes y necesitan los fieles!

Vamos a pedirle al Señor que la fe sea siempre el móvil de nuestra vida cristiana y humana; y demos gracias al Señor, que nos ha regalado la fe, y a pedirle que nos la conserve hasta el último  momento de nuestra existencia.

sábado, 4 de abril de 2026

Domingo de Resurrección. Ciclo A




La propia resurrección de Cristo es el mayor de todos los milagros que realizó Jesús durante toda su vida apostólica, pues, como Dios que era, no solo podía curar todo tipo de enfermedades y resucitar muertos, sino que también poseía el superpoder de resucitarse a sí mismo.

La resurrección es el centro principal de la predicación de la Iglesia, la celebración más importante del año litúrgico y la culminación del misterio pascual. Es teológicamente:

-El fundamento de nuestra fe (1 Co 15,12-18; Rm10,9) y de nuestra esperanza (1 Co 15,19), porque si “Cristo no ha resucitado, la fe no tiene contenido” ni sentido, y “si solo esperamos en Cristo para esta vida, somos los más desgraciados de los hombres”;

-Y la causa de la rehabilitación del hombre (Rm 4,25). Es decir, la restauración del hombre viejo en hombre nuevo. Expliquemos brevemente este misterio. 

La fe nos enseña que el primer hombre fue creado por Dios, en el cuerpo y en el alma, perfecto, en estado de gracia santificante, don sobrenatural que supera la capacidad de la naturaleza creada, y con unas dotes en el alma y en el cuerpo que exceden las propiedades humanas.

En cuanto al alma, su entendimiento gozaba del privilegio de conocer la verdad sin posibilidad de equivocarse. Esto no quiere decir que fue sabio desde el principio de su existencia, de manera que conocía la verdad más que conoce hoy el más sabio de este mundo, sino que tenía una asombrosa facilidad para adquirir la máxima sabiduría en poco tiempo. Con su voluntad amaba de todo corazón a Dios y con el mismo amor puro y ordenado amaba a su esposa Eva y a todas las criaturas.

En cuanto al cuerpo, estaba libre de la concupiscencia desordenada, es decir, tenía las pasiones controladas tanto en la sexualidad como en las otras apetencias carnales, y, además, por si fuera poco, no padecía el sufrimiento ni tenía que morir. Estos privilegios personales son conocidos en la doctrina del Concilio de Trento como dones de integridad, impasibilidad e inmortalidad. 

Pero sucedió lo que nadie podía imaginar: el misterio del pecado que desbarató todos los planes de Dios, y el hombre perdió el estado sobrenatural de gracia en el que fue creado y todo su ser personal, alma y cuerpo, quedó dañado en su propia naturaleza humana para él y para todos los hombres. El entendimiento, que tiene por propia función conocer la verdad pura, empezó desde entonces a conocerla de manera limitada, defectuosa, con muchos esfuerzos, a lo largo de mucho tiempo, y mezclada con equivocaciones; la voluntad, que antes amaba sin egoísmos ni resentimientos, quedó vulnerada para amar y odiar; y el cuerpo, impasible e inmortal por creación, conoció el apetito desordenado del mal, empezó a sufrir y fue condenado a la pena de muerte. 

Pero esta tragedia se solucionó con la redención de Jesús, que es conocida en la liturgia y teología como el misterio pascual. Lo explicamos de manera sencilla.

El Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre en las entrañas purísimas de Santa María, Virgen, vivió, padeció y murió crucificado, y al tercer día resucitó de entre los muertos. Con su resurrección devolvió al hombre la gracia, perdida por el pecado, y la capacidad de redimirse por medio del dolor, de la muerte y de la propia resurrección. El alma, después de la muerte, resucitará y con su entendimiento conocerá a Dios, Verdad infinita, tal cual es en su misterio Uno y Trino, y en Él conocerá a la Virgen María, a todos los santos y ángeles del Cielo, todos los misterios de la vida y todas las cosas; y con su voluntad amará a Dios y a todas las criaturas plenamente y gozará de Él por toda la eternidad, felicidad celestial que ni siquiera se puede imaginar.  Al final de los tiempos, los cuerpos de todos los muertos resucitarán y se unirán a sus propias almas resucitadas, y el hombre viejo resucitado totalmente quedará restaurado o rehabilitado en el hombre nuevo glorioso, perfecto, impasible e inmortal para siempre. Entonces será más perfecto aún que el hombre que creó Dios al principio en estado de gracia y con los dones preternaturales de integridad, impasibilidad e inmortalidad con que fue adornado. 

Mientras tanto llega ese día final y glorioso acontecimiento, el hombre viejo debe vivir en estado de gracia, en lucha constante contra el pecado, asumiendo los males físicos, psicológicos y psíquicos del cuerpo, como redención de los pecados propios y de todos los hombres, al estilo de Jesús, que nos redimió haciéndose pecado, sin ser pecador, como nos dice San Pablo. 

El modo como nos redimimos y redimimos nos lo enseña la liturgia de la Palabra de hoy en la primera y segunda lectura:

-Haciendo el bien: Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el pecado” (Hechos 10).

-Predicando el Evangelio: “Nos encargó predicar al pueblo”. (Hechos10).

“Dando solemne testimonio de la resurrección de Cristo” con nuestras palabras y obras”. 

Y viviendo la espiritualidad que nos enseña San Pablo en la segunda lectura:

“Resucitar con Cristo, aspirando a los bienes de allá arriba y no a los de la tierra” Nuestro empeño cristiano se debe cifrar en trabajar los bienes del Cielo por medio de la oración constante, el trabajo santificado y apostólico y la aceptación de todos los acontecimientos buenos y malos.

“Morir con Cristo de manera que nuestra vida esté con Cristo escondida en Dios”

jueves, 2 de abril de 2026

Viernes Santo. Ciclo A

 

Desde una tradición antiquísima, la iglesia no celebra en este día la Eucaristía, sino la pasión de Jesús. Para meditar este doloroso acontecimiento, me parece oportuno hablar del misterio del dolor.

El dolor en la cultura popular, pagana, filosófica y religiosa de la Historia ha tenido muchas y diversas interpretaciones peregrinas, extravagantes, imaginarias e irrisorias, como lo explica la Historia de las Religiones. La explicación auténtica la reveló Dios y está contenida en el Magisterio auténtico y perenne de la Iglesia: el dolor es consecuencia del pecado original. Sabemos por la fe que Dios creó al hombre y a la mujer en un estado de santidad y justicia, especial participación de la vida divina, en el que el hombre no iba a sufrir ni morir, y con una perfecta armonía consigo mismo. Pero el hombre misteriosamente desobedeció a Dios y perdió el estado en que fue creado y cometió el pecado original, y como consecuencia sobrevino el dolor y la muerte (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica nº 71,72,75,76).

Jesús, Dios hecho hombre, asumió la naturaleza humana en todo menos en el pecado; y por eso la vida, el gozo, el dolor y la muerte adquirieron la categoría divina de Redención.

El dolor o la cruz, gracia de salvación

El hombre en su peregrinación por la tierra hacia la vida eterna lleva la cruz a cuestas, de una o de otra manera, en siete expresiones distintas: personal, familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial.

Todas estas cruces, inevitables muchas veces, pueden aprovecharse para la santificación personal y bien espiritual de todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

Posturas ante la cruz

Entre otras muchas actitudes que se pueden adoptar, se me ocurren tres principales: No hacer nada, rebelarse o aceptar la cruz.

No hacer nada por no saber o no poder es una solución humana, explicable y no responsable, pero cristianamente se puede hacer mucho: rezar, sufrir y ofrecer. No hacer nada por no querer es actitud negativa y pecaminosa.

Rebelarse no es una postura cristiana, pues con esa actitud no se consigue siempre lo que se pretende, es inútil y se aumenta la cruz a cambio de nada.

Aceptar la cruz que viene de parte de Dios o permitida por ÉL es una postura fundamentalmente cristiana; y cuando sea muy pesada, ofrecerla en reparación de los pecados propios o ajenos o por otras intenciones espirituales, como medio de santificación personal y eclesial, pues el dolor redime y santifica. Con la cruz aceptada, sufrida y ofrecida nos identificamos con Cristo y completamos lo que faltó a su pasión en sus miembros.

 


miércoles, 1 de abril de 2026

Jueves Santo. Ciclo A

 


Nos encontramos en la Semana Santa por excelencia, que, como todos sabemos, es la semana en la que se celebra el gran misterio pascual: los misterios profundos de la muerte y resurrección del Señor. Y dentro de esta Semana Santa hay unos días especiales conocidos con el nombre de Triduo Sacro, que son: Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo. 

En la Liturgia del Jueves Santo, celebramos tres acontecimientos en una misma fiesta: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio y el día del amor fraterno. En este día los españoles y todos los cristianos del mundo adoramos a Jesucristo presente en la Eucaristía, expuesto en monumentos tradicionales.

Hoy celebramos y recordamos aquel acontecimiento del primer Jueves Santo histórico de la Iglesia, la última cena en la que Jesucristo, rodeado de sus apóstoles, después de pronunciar el discurso de despedida que nos refiere san Juan en el capítulo 17, tomó un trozo de pan de los que había sobre la mesa y pronunció estas palabras: Tomad y comed, porque esto es mi Cuerpo; y a continuación tomó una copa de vino y dijo: Tomad y bebed; esta es la Sangre que será derramada para la salvación de todos los hombres. Y con esto el pan y el vino se convirtieron en el Cuerpo y en la Sangre de Jesucristo. Y, después, instituyó el Sacerdocio: Haced esto en memoria mía.

Tenemos que redoblar, cómo no, nuestro entusiasmo y nuestra fe en Jesucristo presente en la Eucaristía y asistir al sacrificio de la Santa Misa. 

Podemos decir con santo orgullo que en nuestra Parroquia se celebran muchas misas, signo de fe de los feligreses, y se profesa especial devoción a Jesús Sacramentado, pues todos los días del año se hace la exposición del Santísimo. 

Hermanos, este amor a la Eucaristía, que se ha demostrado y se está demostrando cada vez más en nuestra Parroquia, nos debe llevar al amor de los hermanos.

Por consiguiente, estas tres celebraciones del Jueves Santo, tienen una conexión: la Eucaristía, el sacerdocio y el amor a los hermanos.

El amor que Cristo nos ha derramado en la institución de la Eucaristía debe ser expresado en el amor a los hermanos, porque si se diera el caso, Dios no lo quiera, que alguien dice que ama profundamente a Jesucristo en la Eucaristía, pero no demuestra ese amor a los hermanos, ese amor está falsificado, no es un amor cristiano. 

El amor a la Eucaristía y el amor a los hermanos son dos amores que no se pueden separar, forman una realidad trascendente: porque amo a Cristo, que nos demostró ese amor padeciendo y muriendo en la cruz, y quedándose entre nosotros en la Eucaristía, amo al hermano, porque amor con amor se paga. Pero al hermano, debidamente jerarquizado, más próximo. No seamos nosotros apóstoles de los extraños y paganos para los de la propia familia. Si en alguien tenemos que volcar el amor a la Eucaristía, es en el prójimo, el más próximo, en la familia. 

Digamos unas palabras sobre el sacramento del sacerdocio.

El sacerdote es un ministro de Cristo; un hombre, ciertamente, como dicen los que no tienen fe y decimos también los que la tenemos, pero un hombre con poderes divinos. Los sacerdotes somos hombres más o menos perfectos, como los demás, pero ministros de Cristo a través de los cuales se realiza la acción salvadora del mundo. 

Vamos a pedirle al Señor en este triduo que celebramos al Cristo de la Providencia que nos dé un gran amor al sacerdocio; pedirle también que los Seminarios de España y especialmente de nuestra Diócesis estén poblados de seminaristas, que sean mañana fervorosos sacerdotes, hombres de Dios, intercesores nuestros en la presencia del Padre, hombres de fe profunda, de virtud ejemplar, de ciencia de la sabiduría del Espíritu Santo, para que siempre en esta Parroquia haya culto, que es en definitiva la mejor de las acciones apostólicas que se pueden celebrar. 

La esencia del apostolado consiste en celebrar la Santa Misa, no por rutina, gusto o costumbre, sino consecuentemente, como proyección de vida interior que santifica y como expresión de acción caritativa que se demuestra. Os digo en nombre de la Iglesia, y lo dice el Concilio Vaticano II, y también el Derecho Canónico, que la principal obra apostólica que puede realizarse entre los fieles es la celebración de la Eucaristía. 

Nos sentimos contentos y satisfechos, porque aquí vivimos siempre un Jueves Santo perpetuo, porque demostramos nuestra devoción al Santísimo diariamente, demostramos nuestro amor eucarístico en la acción caritativa que realiza nuestra Parroquia, que es mucha e importante, y amamos a los sacerdotes, como hombres de Dios que nos alimentan con la Palabra y la Eucaristía y nos guían por el camino con la Verdad hasta la Vida eterna.