sábado, 14 de marzo de 2026

C uarto domingo de Cuaresma. Ciclo A

 


“¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

Él contestó:

¿Y quién es, Señor, para que crea en Él?

Jesús le dijo:

- Lo estás viendo: El que te está hablando, ése es.

Él le dijo:

- Creo, Señor” (Jn 9,35-38).                   

El relato del milagro del ciego de nacimiento es, sin duda, uno de los más bellos de los cuatro Evangelios, no sólo en cuanto a su contenido, sino también en cuanto al estilo literario de su exposición.

Dejando sin explicar todo el texto, cosa que nos llevaría demasiado tiempo para una homilía, nos vamos a fijar en el diálogo que Jesús mantuvo con el ciego de nacimiento, y en concreto en las palabras que él pronunció:

“Creo, Señor” 

Por consiguiente, el tema de la homilía de hoy va a ser la fe. 

¿Qué es la fe? 

La fe es un don de Dios que el Espíritu Santo concede a quien quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, de muchas formas conocidas y desconocidas por los hombres. Es una virtud sobrenatural necesaria para conseguir la salvación eterna: un regalo del Espíritu Santo que llega a millones de hombres por los cauces normales que enseña la doctrina de la Iglesia, y, muchas veces, por modos misteriosos que transcienden la capacidad intelectiva de la ciencia humana y teológica.       

Los teólogos nos dicen que es una creencia experimental que se vive en el corazón y se demuestra en las obras, más que una ciencia humana explicada por los sabios del conocimiento de Dios. No existen palabras humanas para definir con acierto los misterios divinos.

La fe nace de Dios sin que, a veces, se la pidan los hombres, como sucedió en el ciego de nacimiento del Evangelio, que se encontró con Jesús, y sin pedirle la fe, se la concedió, aprovechando el milagro de devolverle la visión, que tampoco pidió.

Cuando los judíos y vecinos observaron que el ciego que antes pedía limosna por las calles veía, confundidos, sin saber si era el mismo u otro, le preguntaron:

¿Quién te ha abierto los ojos? 

El ciego contestó: 

- Ese hombre que se llama Jesús. Y les explicó el modo extraño en que fue curado: con barro hecho con saliva y untó en los ojos, terapia humanamente contraproducente, que sirve para cegar más a quien ya está ciego, que para devolver la vista.

Los fariseos quedaron desconcertados y divididos, pensando que el que había abierto los ojos al ciego no podía venir de Dios, porque quebrantó el sábado, entonces el día del Señor. Tenía que ser un pecador.

Volvieron a preguntar al ciego:

- ¿Tú qué dices de ese hombre?

Y él contestó:

- Que es un profeta.

Luego, preguntaron a sus padres quién había devuelto la vista a su hijo ciego. Pero como las cosas se ponían encrespadas y violentas, temiendo ser expulsados de la Sinagoga, dijeron que se lo preguntaran a su hijo, que ya tenía edad para responder.

Los fariseos, por más razones y explicaciones que les daba el ciego sobre el milagro, no le creyeron; y llenándolo de improperios, lo expulsaron de la Sinagoga, porque para ellos era un gran pecador.

Cuando se enteró Jesús de que lo habían expulsado de la Sinagoga, fue a su encuentro y le dijo: 

- “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?”

Entonces Jesús se le manifestó como el Mesías, el Hijo de Dios. Y el ciego, postrándose de rodillas ante Él, le dijo: 

- Creo, Señor. 

La fe católica suele tener un proceso sobrenatural que se desarrolla en el hombre de modo connatural por medios muy diferentes, a través de diversas circunstancias humanas: la familia, la amistad, el colegio, la Parroquia... Viene del Padre, por medio de Jesucristo y con la fuerza del Espíritu Santo. Es Dios Padre en la Persona divina de su Hijo Jesús quien causa la fe en el hombre, una exclusiva del Espíritu Santo; y no es, de ninguna manera, efecto lógico y consecuente de obras humanas: comunicación de la fe por medio de la Palabra de Dios, escuchada atenta y fervorosamente; ni la consecuencia del ambiente de una familia muy honrada y religiosa; ni tampoco de la educación recibida en el colegio o en la Parroquia, ni ... 

Ciertamente que estas circunstancias ocasionan oportunidades para que Dios cause la fe, pero no la causan. Dios se vale de acontecimientos humanos para realizar su obra generalmente, pero, a veces, Dios causa la fe en quienes quiere, incluso en personas antidispuestas a recibirla, como sucedió en la conversión de San Pablo, que recibió no sólo la fe, sino también la gracia de la vocación apostólica, y precisamente en el momento en que perseguía a Cristo en sus discípulos con mayor encono.  Peor disposición no cabe. 

De la misma manera que los padres son medio de transmisión de la vida del hijo que Dios causa, así también los hombres y las circunstancias comunican la fe que causa Dios.

Por consiguiente, la fe, que es un don de Dios sobrenatural, no puede ser causada por ninguna causa humana, sino por Dios exclusivamente, valiéndose de múltiples medios.

No cabe la menor duda de que todos los que estamos aquí celebrando la Eucaristía tenemos fe, de una o de otra manera, con mayor o menor intensidad y pureza teológica, en mayor o menor grado, pero fe que hemos recibido de Dios, y no por la fuerza de un impacto psicológico o sentimental de algún acontecimiento deslumbrante. Dios es tan sabio que hace, en cierto sentido connatural lo que es sobrenatural. Cuando se da el caso de un convertido que siente la fe con fuerza y la expresa exageradamente con actos desequilibrados, que se salen de los moldes ordinarios del sentimiento humano, se trata, generalmente, de una enfermedad psicológica, y no de una vocación profundamente cristiana, ¡Cuidado! Nadie se convierte de repente. Nadie pasa de una vida de pecado a una vida de gracia de golpe, sino poco a poco. El Espíritu Santo trabaja misteriosamente en el fondo del alma, atrayéndola a la fe de muchas formas, hasta que llega la última gracia, que algunos teólogos llaman “tumbativa”, que puede ser un acontecimiento insignificante o importante, como pasó en la fe que recibió el ciego de nacimiento. Primero recibió el milagro de la visión y luego el milagro de la fe. Pero no todos los que presencian milagros, creen.  El milagro sin la gracia especial de Jesús tampoco produce la fe.

¡Qué grande es la fe y qué misterioso el modo en que se recibe! ¡Qué grande y misteriosa es la gracia de Dios en aquellos que no tienen fe! La sabiduría infinita de Dios omnipotente hace que la fe pueda ser sustituida misteriosamente por la buena voluntad de los que creen, sin ser católicos, porque profesan, convencidos, su fe, o por la recta conciencia en el bien obrar de quienes no conocen al Dios verdadero, ni saben que Jesús, verdadero Dios, ha muerto en la cruz por todos los hombres.

Pues bien, hermanos, esa fe que hemos recibido todos, acaso desde siempre, repetimos para concluir, es obra directa y exclusiva, del Espíritu Santo, venida a nosotros por distintos cauces humanos.

Vamos agradecer a Dios este don incomparable, recitando todos juntos en alta voz y con fervor especial el credo de la Santa misa, repitiendo en el corazón las palabras del ciego de nacimiento: “Creo, Señor”.


sábado, 7 de marzo de 2026

Tercer domingo de Cuaresma. Ciclo A

 



Jesús dijo  a la Samaritana:

Dame de beber” (Jn 4,7).

Impresiona ver a un Dios, que todo lo puede, pedir agua a la Samaritana, como un simple hombre sediento, sometido a las necesidades humanas. Jesús aprovechó la circunstancia de la sed para pedir agua natural a esta mujer pecadora con la intención de regalarle el agua sobrenatural de la gracia de la conversión.

La Samaritana desde hace tiempo estaba ya tocada de la gracia, y sin saber cómo ni por qué, de modo natural y humano, se encontró con Jesús para  convertirse. Y le llegó la ocasión en el mismo momento en que Jesús le pidió agua para beber. En la conversión y en su proceso, como en todas las cosas de la vida, no existen nada más que causalidades de la providencia amorosa de Dios Padre. 

Cuando la Samaritana observó que Jesús le pidió agua, sintió una inmensa alegría por tener una buena ocasión para tramar conversación humana con un hombre extranjero, sensacionalmente atractivo: y con coquetería de simpatía personal, extrañada, le dijo:

¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana? (Jn 4,9).

Jesús le contestó:

Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: dame de beber, tú se lo habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva (Jn 4,10). 

La Samaritana entendió que las palabras de Jesús encerraban un sentido simbólico, y adivinó que le estaba hablando de un don espiritual privilegiado; y con mirada sonriente que se entrecruzó con la expresiva de Jesús, con deseo de que le explicara el significado del misterio del agua viva, le dijo:

Señor, no tienes cubo y el pozo es hondo; ¿de dónde vas tú a sacar el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Jesús entonces le explicó:

El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).

Con estas palabras trascendentes la Samaritana empezó a sospechar que Jesús le ofrecía algo espiritual, pues su corazón empezó a latir fuertemente con emoción sobrenatural; y, conmovida por la gracia y deseosa de saber el misterio, le pidió el agua viva de la gracia:

Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla” (Jn 4,15). 

Jesús dijo a la Samaritana que estaba ya deseando conocer el misterio de la gracia:

Anda, llama a tu marido y vuelve” (Jn 4,16).

La mujer le contestó:

No tengo marido”.

Jesús le dice:

Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En esto has dicho la verdad” (Jn 4,18).

La mujer entonces cayó en la cuenta de que estaba en la presencia de un profeta:

Señor, veo que tú eres un profeta”. Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga Él nos lo dirá todo.

Jesús le dice:

Soy yo el que habla contigo”. 

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaron de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: ¿qué le preguntas o de qué le hablas? No se acostumbraba entonces que un hombre, y menos un rabino, conversase en público y a solas con una mujer, según las costumbres de los tiempos. 

La Samaritana, que era ya una mujer convertida, dejó su cántaro y echó a correr al pueblo a invitar a toda la gente a ir a ver a un hombre, que dice ser el Mesías, que le había adivinado toda su vida. 

El resultado de este coloquio fue que la Samaritana no sólo se convirtió sino que se hizo misionera, pues muchos samaritanos, al comprobar los hechos, creyeron que Jesús era el Mesías, el Salvador del mundo por el testimonio que les había dado la mujer.

 

sábado, 28 de febrero de 2026

Segundo domingo de Cuaresma. Ciclo A

 


Hoy el Evangelio nos habla del hecho histórico de la transfiguración de Jesús, que todos conocemos.  

Jesús, que vivió entre los hombres siempre en condición humana, debería haber vivido siempre transformado en la Persona divina que realmente era. En el Monte Tabor Jesús apareció ante sus discípulos con una apariencia que reflejaba su divinidad. Podríamos decir que en la Transfiguración no se realizó propiamente un milagro singular, sino que el milagro fue aparecer siempre como hombre, siendo Dios. 

La transfiguración de Jesús fue un anticipo analógico de lo que va a ser nuestra condición humana, cuando toda la Humanidad sea transformada, transfigurada, resucitada. Resucitaremos en cuerpos gloriosos, para vivir eternamente con Cristo Resucitado, tal vez en este mismo mundo en el que vivimos, “resucitado”, es decir totalmente transformado, como piensan algunos teólogos. Este mundo al que la Sagrada Escritura llama “Nuevos Cielos y nueva Tierra”, podría ser el receptáculo de los cuerpos gloriosos. 

El hecho de recordar hoy la transfiguración de Jesús nos recuerda la total transfiguración que recibimos en el Sacramento del Bautismo, transfiguración bautismal, en el que fuimos transformados o transfigurados personalmente en cuanto al cuerpo, que quedó convertido en templo vivo del Espíritu Santo, y el alma convertida en sagrario de la Santísima Trinidad. Entonces se realizó una transfiguración personal, pues el hombre, nacido en pecado original, quedó convertido en hijo de Dios por la gracia. 

Esto nos impulsa, hermanos, a que vivamos totalmente transformados como hijos de Dios. Es decir, que en cierto sentido nos anticipemos a vivir en la Tierra la resurrección gloriosa del Cielo, pues si hemos sido en el bautismo transformados en Cristo, resucitemos en Él a la vida de la gracia.

 La razón es muy clara. Nos la da el apóstol San Pablo escribiendo a los filipenses: “Somos ciudadanos del Cielo y peregrinos en la tierra”. Por lo tanto, como ciudadanos del Cielo tenemos que llevar la condición propia del Cielo que es la transfiguración en Cristo Jesús. 

¿Y quiénes son los que viven como hijos de Dios? Los que hacen y viven un pacto con Dios, como Abrahám. El pacto de Abrahám con Dios consistió en que Dios se comprometió a ser Padre de Abrahám y Abrahám  a ser hijo de Dios. Así también tiene que ser el pacto del cristiano con Dios, vivir como hijo del Padre, porque el Padre será siempre padre del hombre bautizado, viviendo esta alianza, como ciudadano del Cielo, pisando tierra. Así hermanos, transformados en Cristo por el Bautismo, hemos de vivir la “transfiguración” bautismal desde la óptica de la fe, cambiando el sentido de todas las realidades humanas y terrestres.

Haciendo las salvedades convenientes, y en sentido analógico, podríamos decir que de la misma manera que en Jesucristo hay una sola persona divina y dos naturalezas, divina y humana, así nosotros también tenemos una sola persona que es humana, con dos naturalezas, la naturaleza humana que corresponde a nuestra  propia persona y la naturaleza divina que corresponde a la gracia de Jesucristo.          

sábado, 21 de febrero de 2026

Primer domingo de Cuaresma. Ciclo A

 


Desde los primeros siglos del cristianismo se observó en la Iglesia la práctica de la oración y penitencia, como una norma evangélica de vida cristiana. Con el tiempo, en el seno de las comunidades cristianas fue naciendo progresivamente el espíritu de cuaresma. Las primeras alusiones directas aparecieron en Oriente, a principios del siglo IV, y en Occidente, a fines del mismo siglo. En la evolución de la liturgia se fue configurando el año litúrgico, dando primordial importancia al Adviento y a la Cuaresma, como tiempos fuertes de oración y penitencia. En el Adviento los cristianos se preparaban especialmente para celebrar la Navidad, el 25 de Diciembre para conmemorar el nacimiento de Jesús. Se debe esta institución a la Iglesia de Roma, que quiso suprimir el culto al dios del sol, “natalis solis invicti”, nacimiento del sol victorioso, que se celebraba en el paganismo con un culto idolátrico, orgías y actos profanos, excesivamente sensuales y sexuales de todo género. La liturgia de Roma cambió esta celebración por el culto al nacimiento de Jesucristo, el Sol, que vino al mundo a iluminar a todos los hombres para la salvación. En la Cuaresma, los antiguos cristianos se dedicaban, de manera intensiva, a la preparación de la Pascua, en la que se celebraba la Resurrección del Señor, tema central de la vida de la Iglesia.

La Cuaresma ha tenido siempre un carácter especialmente bautismal en el que se funda el carácter penitencial, porque es una Comunidad bautismal-penitencial-eclesial. En ese tiempo santo, los cristianos de los primeros siglos solían bautizarse y celebrar el sacramento de la Penitencia. Los grandes pecadores, apartados de la Iglesia por sus pecados graves, eran reinsertados a ella por el sacramento del perdón, principalmente en la Vigilia Pascual. 

La Iglesia recuerda en la Cuaresma los cuarenta años que el pueblo de Israel caminó por el desierto hacia la Tierra Prometida y los cuarenta días y cuarenta noches que Jesús permaneció en el desierto en oración y ayuno, antes de comenzar su vida pública y realizar el misterio de la Redención. 

La cuarentena penitencial nos une todos los años, durante cuarenta días y cuarenta noches al Misterio de Jesús en el desierto (Cat 540). Es un tiempo apropiado para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las privaciones voluntarias, como el ayuno, la limosna, la comunicación cristiana de bienes, obras caritativas y misioneras (Cat 1438) y las peregrinaciones, como signo de penitencia. Se recomiendan reuniones de oración, celebraciones de la Eucaristía, del sacramento de la Confesión y celebraciones de la Palabra.

Última reforma de la Cuaresma 

El Concilio Vaticano II ha estructurado la Cuaresma como un tiempo especial de oración, de intensa escucha de la Palabra de Dios y penitencia, con una orientación pascual-bautismal (SC 109). Ha fijado su tiempo desde el miércoles de Ceniza hasta el jueves Santo, misa in Coena Dómini. Es el tiempo de una experiencia oficial en el misterio pascual de Cristo: “Padecemos juntamente con Él, para ser también juntamente glorificados” (Rm 8,17). 

Tentaciones de Jesús 

La tentación es una inclinación al pecado, provocada por distintas causas: el diablo, naturaleza corrompida, enfermedad y vicios. Su significado es prueba, como cuando Dios probó a Abraham para probar su fe pidiéndole que sacrificara a su hijo Isaac; y seducción al pecado por el demonio, una persona o cosa. 

La tentación es intrínsecamente mala porque procede del mal y al mal inclina. Moralmente es buena y meritoria si se rechaza y mala si se consiente.

 Conversión 

Mientras el cristiano recorre su camino por el desierto del mundo hacia la eternidad, debe cursar la carrera de la conversión con el fin de conseguir el Cielo. Comprende las siguientes asignaturas complementarias: conocimiento de Cristo, estudio de la palabra de Dios, lucha contra el pecado, vida de gracia, oración, Confesión y Eucaristía. 

La conversión es lo mismo que cristificación, pues toda la vida cristiana es una permanente y progresiva santificación o perfección evangélica en diversas etapas y modalidades. Es el tema fundamental de toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, pues toda la Palabra de Dios en todos sus libros inspirados invita al hombre, de manera reiterada, a la conversión, que es tarea de todo cristiano, y no de unos cristianos privilegiados. Consiste en responder a la santidad que cada uno tiene que cursar, según la vocación que del Espíritu Santo ha recibido en el bautismo. 

Conversiones varias: 

1 Conversión de los infieles 

La conversión es propia de todos los hombres: conversión de los infieles a la fe de la Iglesia, que celebra el día del Domingo, domingo mundial de la propagación de la fe católica en que todos los cristianos de todo el mundo hacemos una campaña de oraciones, sacrificios y ayudas económicas a favor de los países de todo el mundo con el fin de conseguir que todos los hombres se hagan cristianos, se bauticen, conozcan a Cristo, los dogmas de la Iglesia Católica y se salven con más facilidad.

 2 Conversión de pecador en justo 

También tienen que convertirse los grandes pecadores que llevan una vida disoluta, de espaldas a Dios, lejos de la Iglesia o contra ella, entre los que se pueden contar, tal vez, nuestros familiares, compañeros, amigos o vecinos. Tenemos que pedir por la conversión de los pecadores, por supuesto, y también por todos los hombres, y por nosotros también, que somos pecadores. 

3 Conversión del bueno en santo 

A los ojos de Dios, no sabemos quiénes necesitan más la conversión, si los que viven en países de misión, carentes de la fe verdadera, los creyentes de otras religiones, católicos no practicantes, católicos cumplidores de la Ley, o los santos, que habiendo llegado a ser santos, no fueron tan santos como pudieron y debieron. 

La conversión de todos los hombres, en sí misma, es un misterio que efectúa la omnipotente sabiduría de la infinita misericordia de Dios, de muchas maneras misteriosas, en la Iglesia Católica, y fuera de ella en suplencias. 

4 Conversión bautismal 

Según la doctrina de la Iglesia, la primera conversión cristiana tiene lugar en el bautismo, porque este sacramento convierte al hombre, nacido en pecado, en hijo de Dios, heredero de su reino, y lo incorpora al Cuerpo místico de la Iglesia. El bautizado, por medio de una regeneración espiritual, adquiere una segunda naturaleza, un complejo sobrenatural de la gracia santificante, virtudes y dones del Espíritu Santo. Con estas potencias el cristiano crece y se desarrolla por medio de la oración, sacramentos y buenas obras hasta conseguir el fruto total del bautismo, que es la visión y gozo de Dios eternamente en el Cielo. 

5 Conversión sacramental 

Cada vez que el cristiano recibe un sacramento convierte su conversión bautismal en conversión sacramental de gracia si lo recibe con las debidas disposiciones. En el sacramento de la Penitencia, por ejemplo, el alma del cristiano que está en estado de pecado grave se convierte en estado de gracia, o el alma que está en estado de gracia se convierte en un progreso de perfección. 

6 Conversión teológica

 Toda conversión supone la gracia inicial de Dios, pues nadie puede convertirse sin la previa ayuda divina, que espera del hombre una respuesta responsable. La conversión es una empresa sobrenatural limitada entre Dios y el hombre en la que Dios regala su gracia y el hombre colabora a ella, de maneras diferentes. Una vez recibida la gracia, para perseverar en ella se necesita también la ayuda divina. Se realiza con el ejercicio de la oración, obras buenas y actos de caridad. Cada vez que el cristiano hace un acto bueno, en estado de gracia, se convierte en un hijo mejor. Solamente la misericordia infinita de Dios sabe el secreto de la conversión y su proceso en cada uno de los cristianos. 

7 Conversión cósmica 

Todos los seres creados tienen una belleza teológica en el conjunto del Universo, según la planificación divina, que el entendimiento humano no alcanza a descubrir. La perfección de las criaturas se aprecia de manera relativa y de modo imperfecto en la Tierra, pues la realidad total del Universo creado y su finalidad suprema se observa solamente desde el Cielo, desde la visión intuitiva.

Este mundo, deformado por el pecado, es conocido por la ciencia en una pequeñísima parte, pues incluso los sabios saben menos de lo que les queda por conocer, porque el Universo nunca será totalmente conocido. La maravilla de la Creación cumple el fin establecido por Dios, y tendrá su final, aunque no sabemos cuándo ni cómo, pero este mundo no será aniquilado o convertido en un caos, sino transformado en otra realidad diferente, infinitamente superior y mejor que la existente. Sus características no están reveladas, por lo que todo lo que se diga o escriba sobre este hecho venidero es pura imaginación, y no realidad teológica. La Sagrada Escritura llama a esta transformación “Cielos nuevos y Tierra nueva”, morada en la que vivirán los resucitados con Cristo en condiciones de lugar y estado que no conocemos. A esta transformación, que sucederá al fin de los tiempos, se puede llamar conversión cósmica, porque abarca todas las cosas creadas

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 




En el salmo responsorial de este domingo, el pueblo cristiano responde a la proclamación de la palabra de Dios con una frase profundamente bíblica y teológica: dichosos los que caminan en la voluntad de Dios. Ofrezco unas reflexiones espirituales sobre este tema por si a alguien puede hacerle algún bien.

Seres del Universo

En el Universo, desde la perspectiva de visión sencilla, no científica, sino popular, se pueden contemplar cuatro espacios: espacio sideral, espacio acuático, espacio terrenal y espacio humano.

Espacio sideral

En el espacio sideral existen millones de seres astronómicos, grandes y pequeños, conocidos y por conocer, que son una obra fantástica y artística creada por Dios con su naturaleza propia, leyes cabales que caminan puntualmente según la voluntad del Señor. Todo lo que sucede es bueno, y si alguna cosa hay que tiene apariencia mala, su finalidad última es buena, pues está planificada por la infinita sabiduría bondadosa de Dios, que es Amor, y no puede equivocarse.

Espacio acuático

En el espacio acuático, inmenso de océanos mares y ríos que bañan la tierra, viven peces innumerables. Las aguas son vivienda de animales acuáticos, objeto de estudio para los científicos, curiosidad para los observadores y alimento para millones de hombres. Es un abismo que sobrecoge de admiración, causa miedo por su bravura, potencia, y deja atónitos a los simples observadores.

Espacio terrenal

La tierra es una misteriosa perfección en su ser natural, leyes, habitantes en millones incontables, diversidad en clases en seres, cuyo conocimiento supera todo entendimiento e imaginación del más sabio de los geólogos y científicos de todos los tiempos. Es habitáculo de tantas plantas que pululan con variedad, diversidad y hermosura, que adornan los campos con su belleza y son deleite para obsequios y adornos suntuosos; morada de múltiples y variados animales de toda especie, que pueblan toda la planicie del globo terrestre, y dejan abismados a los expertos y estudiosos de las ciencias naturales y entusiasmados a los simples observadores.

Todos los habitantes irracionales cumplen puntualmente la voluntad del Señor, porque están creados por su sabiduría infinita, que nunca se equivoca y por consiguiente caminan cumpliendo siempre las leyes santas de Dios, Creador.

Espacio humano

Además de los entes inanimados que hay en el Universo, en la tierra existe el hombre, el ser más perfecto de la Creación, microcosmos o pequeño mundo de todo o creado, porque tiene parte de reino mineral, parte del reino vegetal, parte del reino angélico y parte del reino divino porque está creado por Dios a su imagen y se semejanza. Es, por consiguiente, un resumen de la Creación, que está gobernado por las leyes físicas del cuerpo humano, la parte vegetativa de las plantas, por la ley moral, la parte espiritual del alma, ser inteligente y libre. El hombre que voluntariamente no cumpla la ley divina no es un ser perfecto. El santo es la perfección suma en el hombre porque cumple la voluntad de Dios en todas las leyes.

Los mandamientos son guías que encauzan necesariamente todos los seres por el sitio que tienen que ir para que sean lo que tienen que ser en el plan de la providencia de Dios Creador. Los mandamientos morales hacen que los hombres cumpliendo libremente la voluntad de Dios sean más perfectos y santos; no son obstáculos que impiden la libertad del hombre al no hacer lo que quiere o gusta. La santidad consiste en el cumplimiento de los mandamientos, pues esa es la voluntad de Dios


sábado, 7 de febrero de 2026

Quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A



En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, Dios nos dice: Comparte tu pan con el hambriento, texto que yo voy a utilizar para hablar de este tema. 

Entre los muchos males que sobrevinieron al hombre con el pecado original, se hizo presente la injusticia social, de manera que en el mundo hay bastantes hombres que poseen mucho, son muy ricos, y muchísimos que son muy pobres, contra la voluntad de Dios que quiere que toda la riqueza sea distribuida equitativamente entre los hombres en proporción justa, como medio para que todo puedan conseguir la felicidad eterna. 

Dios condena el hambre como pecado contra la justicia social. Es un hecho, tristemente comprobado, que hay en el mundo una tremenda desigualdad de posesión de bienes, que clama al Cielo, de tal manera que millones de niños, hombres y mujeres se mueren de hambre, habiendo suficientes medios de producción en la Tierra para que todo el mundo tenga lo suficiente o necesario para vivir dignamente, como decía el Papa bueno, Juan XXIII por culpa, digamos de todos los hombres en general. Es verdad que el problema de garantizar el bien común integral de los hombres corresponde, en primer lugar, a las autoridades civiles y políticos, pero no es menos cierto que también a la Iglesia que trabaja por el bien común del hombre, hijo de Dios; y corresponde también a cada cristiano que debe cumplir la justicia social. Por consiguiente, nadie debe excluirse del gravísimo problema de hambre que existe en el mundo. La Iglesia tiene la misión suprema de salvar al hombre, con el fin específico sobrenatural de la salvación eterna, que incluye también los medios materiales y humanos para conseguirlo; y tiene además el deber evangélico de atender a los más pobres, por mandato de Jesucristo. En este día, en que celebramos el día de la jornada mundial del hambre en el mundo, cada hombre y cristiano debe cuestionarse: ¿Qué debo hacer yo en la campaña contra el hambre en el mundo, si no tengo en mis manos el poder? ¿Cómo voy yo a dar algo, si necesito todo o casi todo para vivir? Tal vez sea este tu caso, pero creo que todos podemos dar, algunos mucho, otros bastante y algunos algo, teniendo en cuenta que Dios premia nuestra generosidad, no por la cantidad de lo que damos, sino por la calidad del amor con que lo damos. El que da lo que tiene y puede da todo. Recordemos el ejemplo de la viejecita del Evangelio que echó en el cepillo todo lo que tenía para vivir y Jesús dijo que había echado más que otros que echaban en cantidad monedas valiosas. 

El bautismo nos obliga a vivir en Dios y con Dios, siendo hermanos con todos los hombres de distinta manera, y debemos ayudar también a los que son pobres que son también hermanos nuestros a quienes tenemos que ayudar con nuestros bienes que son también de ellos en cierto sentido. A nosotros nos sobran muchas cosas, mucha ropa que tenemos almacenada en el armario para uso de nadie; nos sobra acaso dinero que no necesitamos para vivir ni para la previsión razonable del futuro, y ese dinero también es de los que lo necesitan. Hay en el mundo mucha falta de comida para millones de hombres, mujeres y niños que se mueren de hambre inculpablemente; y muchos niños que no saben leer ni escribir porque no tienen colegios ni maestros que les ayuden a conseguir una cultura media en su País; y muchos enfermos que necesitan la salud y no disponen de hospitales, ni de medicinas ni médicos que los curen; y muchos niños, hijos de nadie, abandonados, que no tienen una familia ni una sociedad digna y justa, y están abocados al dolor y a la muerte, por no tener orfanatos o casas de acogidas que los atiendan, al menos espiritualmente. 

Y además de todo esto, que es mucho, no tienen Iglesias ni misioneros que les enseñen a conocer y amar a Dios, a la Virgen María, madre de todos los hombres, a rezar y a saber que existe un Dios, Padre, y que nos espera una vida eterna, llena de gozo en la visión y posesión de Dios eternamente, como premio a los males que han sufrido con paciencia en esta vida, por culpa de la injusticia de los hombres. 

Tengamos en cuenta: 

1ª Dios es Creador y Padre de todos los hombres.

2ª Todos los hombres somos hijos de Dios y hermanos entre sí.

3ª Todos los bienes de la Tierra fueron creados por Dios para el bien de todos los hombres, de manera que cada uno tenga adecuadamente lo justamente necesario para que pueda vivir honradamente.

4ª En casos extremos de necesidad, todos los bienes son comunes, de tal manera que el que no tiene nada por pobreza involuntaria, puede apropiarse de los bienes propios de otro para comer, como un derecho.

 

Seamos generosos en la campaña contra el hambre que organiza Manos Unidas, dando para los pobres que pasan hambre no de los bienes que nos sobran, sino también de los que necesitamos, si es que queremos ser cristianos y compartir el amor de Dios entre los hombres.

sábado, 31 de enero de 2026

Cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A


El día 2 de febrero se celebra en la Iglesia Católica la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Esta celebración nos ofrece una ocasión para alabar al Señor y agradecerle el don de este estado de vida y pedirle suscite vocaciones para la vida consagrada. Quiero dedicar el tiempo de la homilía para hablar de este tema y así cumplir el deseo de la Iglesia, manifestado por el Papa.

El 2 de Febrero, la Iglesia hace memoria del día en que Jesús es presentado por María, su madre, en el templo de Jerusalén para ofrecer su vida al Padre para la salvación de todos los hombres del mundo. Siguiendo este ejemplo, muchos cristianos, vocacionados por el Espíritu Santo, consagran su existencia al Señor en favor del misterio de la salvación.

En líneas generales podemos decir que la primera consagración oficial del cristiano a Dios tuvo lugar en su bautismo en el que el hombre, nacido del pecado, se convirtió en hijo de Dios por la gracia santificante, y quedó consagrado al servicio de la Iglesia. Esta consagración se llama consagración bautismal que debe ser perfeccionada con la frecuencia de los sacramentos, especialmente de la Confesión y de la Eucaristía, con la oración y el ejercicio de virtudes cristianas en obras buenas, signos necesarios de expresión de una fe bautismal viva.

Pero hoy no vamos a hablar de la vida consagrada bautismal, sino de la vida consagrada específica de aquellos hombres y mujeres, que llamados por Dios a seguir a Jesucristo, se comprometen a vivir los consejos evangélicos u otros vínculos de perfección evangélica.

Son diversas las vocaciones consagradas que existen en la Iglesia:

- Vocación sacerdotal de aquellos cristianos que, llamados por Dios para el servicio de la Iglesia, se preparan durante un tiempo en el Seminario o Casas Religiosas para el sacerdocio y, una vez ordenados sacerdotes, ejercen el ministerio sacerdotal en distintos puestos de una Diócesis, Parroquias o Centros apostólicos. Los sacerdotes no profesan votos de pobreza, obediencia y castidad, sino la promesa de castidad en estado del celibato y obediencia, por decisión de la Iglesia, no por mandato de Jesucristo.

- Vocación religiosa, llamada hoy de vida consagrada es aquella que algunos cristianos, hombres, sacerdotes o laicos, y mujeres abrazan libremente para consagrarse a Dios en servicio de la Iglesia con el compromiso de vivir los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad, en calidad de votos, u otros vínculos religiosos, como es el caso de los Jesuitas, que profesan el voto de obediencia al Papa o el de las Hijas de la Caridad que profesan el voto del servicio a los pobres.

Esta vocación de vida consagrada se vive, de distintas formas, en Institutos de vida contemplativa o activa, en sociedades de Vida Apostólica y en Centros apostólicos, aprobados por la Iglesia; y también de manera privada con el asesoramiento de un sacerdote, confesor o director espiritual.

La vida contemplativa es excelente sacrificio de alabanza a Dios y fecundidad misteriosa en el apostolado de la Iglesia, porque no es pasividad sino actividad suprema de salvación, de santificación y torrente de gracias celestiales. Por mucho que urja la necesidad del apostolado activo, ocupa siempre una parte preeminente en el Cuerpo místico de Cristo (PC 7). Los miembros consagrados a Dios, con este estilo de vida, viven desde el silencio en comunidad fraterna claustral con la oración constante, la penitencia, y el trabajo común, que tiene carácter apostólico no por lo que se hace, sino por el modo en que se hace y por quien se hace, que es Cristo.

La contemplación entendida en el sentido de la Iglesia es por su propia naturaleza apostólica. Si la contemplación no se expresa en la caridad fraterna y en el trabajo comunitario no es auténtica, es enfermiza, desviación teológica o estado patológico.

Los contemplativos que fomentan psicológicamente la contemplación, olvidando la vida fraterna y el trabajo de la vida ordinaria, como expresión de la oración, terminan en desequilibrios psicológicos o psicopáticos, o en la pérdida de la vocación religiosa, de la gracia o de la misma fe; y también aquellos que ejercen el apostolado exterior con abandono de la oración y de vida monacal, se destruyen a sí mismos y suelen hacer mucho mal a la Iglesia en el mundo.

De la misma manera, la acción apostólica sin contemplación es obra humana buena, social, política, pero no apostólica por sí misma, pues para que lo sea, supone el impulso de la oración por la que viene la gracia de Dios a la acción. Pío XII llamaba a la acción apostólica sin contemplación la herejía de la acción.

Cuando los llamados apóstoles se entregan con entusiasmo e ilusión a realizar obras importantes, admirables y sacrificadas, gastando todas sus fuerzas, pero abandonan la oración, pueden resultar acciones apostólicas excepcionalmente por la misericordia de Dios, pero generalmente destruyen la obra divina.

Sucede que los apóstoles que se dedicaron de por vida al apostolado exterior, abandonando la oración, si trabajaron con buen espíritu, según la doctrina de la Iglesia, reciben de Dios castigos graves por sus pecados, y aprenden la verdadera acción de Dios y la triste realidad de sus debilidades personales; y con el tiempo vuelven a Dios y a Él se entregan, sin retorno a la vida de pecado, afincados en la vida de piedad, como premio a la pureza de intención con que trabajaron. Pero si enseñaron las propias teorías de su desviación, en contra de lo que enseña la Iglesia, acaban perdiendo la vocación religiosa, la vida de la gracia y hasta la fe.

Pidamos al Señor de la mies envíe operarios que trabajen para la Iglesia, vocaciones auténticas contemplativas y activas, que trabajen por la salvación de los hombres, cristificando todas las cosas con espíritu apostólico de obediencia y amor a la Iglesia, reconociendo sus debilidades, confesando sus pecados y poniendo en manos de Dios el fruto de su trabajo.

En conclusión, y en pocas palabras:

La vida consagrada es radicalmente contemplativa, tanto si está dedicada preferentemente a la oración, vida común fraterna y trabajo ordinario, desde el silencio, como si está dedicada al apostolado exterior. Orar sin hacer y hacer sin orar, si Dios no lo remedia, es deshacerse a sí mismo con peligro de hacer mal a la Iglesia.