viernes, 24 de julio de 2026

Solemnidad de Santiago el Mayor, apóstol. Ciclo A

 


Santiago el Mayor, así llamado para distinguirlo de Santiago el Menor, y su hermano Juan evangelista, eran hijos de Zebedeo y Salomé, naturales de Betsaida y de oficio pescadores (Mt 4,21;Jn 21,1-2). Sus padres tenían una posición económicamente desahogada, pues poseían, por lo menos, una barca y jornaleros a su servicio que pescaban con red barredera, y no con redes de mallas arrojadas al mar a merced de la suerte, como hacían los humildes pescadores de Galilea (Mc 1,20; Mt 4,21).

Su madre fue una de aquellas piadosas mujeres que siguieron fielmente a Jesús y le asistieron con sus bienes, incluso en los momentos cruciales de su crucifixión y muerte (Mt 27,55-56; Mc 15,40;Lc 8,3).

Por su carácter impetuoso, ambos recibieron de Jesús el apelativo de Boanerges o hijos del trueno (Mc 3,17), pues pidieron al Señor que bajara fuego del Cielo (Lc 9,54) para quienes no comprendían a su Maestro. Parece que este apelativo se debe a la anécdota evangélica que voy a contar.

Cuando llegó la hora de partir Jesús de este mundo al Padre, decidió ir a Jerusalén.  Y para cumplir su propósito envió a unos emisarios suyos a que fueran delante de él a buscarle posada en una de las aldeas de samaritanos, que había en el camino. Pero sus habitantes no quisieron alojarlo, por la extraña y simplona razón de que tenía intención de ir a Jerusalén. Enterados sus discípulos Santiago y Juan del caso, se enfadaron mucho, y, enfurecidos, acudieron al Señor a decirle: “Si quieres, decimos que caiga un rayo y acabe con ellos” (Lc 9,54).

Se me ocurre pensar que estas duras palabras salieron de los labios de Santiago y no de Juan, que tenía un temperamento pacífico y controlado. Sucede generalmente en grupos de amigos, compañeros y extraños, que se reúnen por intereses comunes, que uno asume la representación de todos, aunque nadie se la encomiende.

Santiago se pasó, pues el hecho de que aquella aldea no quisiera alojar a Jesús en la posada, no sabemos por qué, no era tan grave como para pedir a Dios que la castigara mandando del Cielo un rayo que la fulminara. Es admirable el comportamiento de Jesús que reprende cariñosamente el defecto de sus discípulos, justificando, tal vez, la libertad del posadero para hospedar en su casa a quienes quiera.

Esta actitud tan virtuosa nos enseña a dejar la justicia en manos de Dios, y no desear males a nadie. Los hombres juzgamos las apariencias externas de las acciones, sin conocer la intención secreta de los corazones, que es una exclusiva reservada a Dios.

Los dos hermanos, hijos de Zebedeo, discípulos predilectos de Jesús, juntamente con su amigo Pedro, aparecen en el Evangelio en los siguientes pasajes:

- en la llamada  oficial de Jesús en el Lago de Tiberíades (Mt 4,21-22);

- en la lista de los Apóstoles (Mt 10,2-4;Mc 3,16-19;Lc 6,14-16;Hech 1,13;

 - en la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37);      

 - en el Monte Tabor (Mt 17,1-13);

- en el discurso escatológico sobre la destrucción de Jerusalén y fin del mundo (Mc 13,1-4);

- con su madre Salomé, cuando pedía a Jesús un puesto de privilegio, uno a la derecha y otro a la izquierda en su reino para sus dos hijos (Mt 20,20-23);

- en la agonía del huerto de Getsemaní (Mc 14,33);

 

Formaba, junto con su hermano Juan, y con Pedro, el grupo de los tres discípulos preferidos (Mt 17,1;26,37;Mc 5,37;13,3).

El apóstol Santiago el Mayor, Patrono de España, a quien se le tiene mucha devoción en todo el mundo, principalmente en Europa, no tuvo diálogos personales con Jesús. Aparece en el Evangelio como personaje de referencia, como se puede comprobar en los textos antes citados. Por eso, de este insigne apóstol solamente reseñaremos una síntesis biográfica, que es realmente escasa.

De su hermano Juan explicaremos, en documento aparte, el único diálogo que mantuvo con Jesús en la última Cena.

Tenemos pocos datos en el Evangelio para hacer una radiografía psicológica de la personalidad de este apóstol. A pesar de ser uno de los discípulos preferidos, aparece en el Evangelio como personaje extra en relación con los diálogos de Jesús.

Santiago era un joven inteligente, de carácter espontáneo, que decía las palabras sin pasarlas antes reposadamente por el control de la razón. Podía más en él la fuerza del corazón que la atinada prudencia del razonamiento. Temperamentalmente inquieto y nervioso, no podía estarse quieto ni un momento. Compañero servicial como el primero, estaba al quite de todo cuanto sucedía, y dispuesto a echar una mano allí donde se precisaba cualquier servicio. Por su genio activo y abierto era emprendedor y eminentemente misionero, destacando en él las virtudes de la sinceridad y la justicia.

Tal vez pudo ser un hombre de genio vivo, defensor de la ley y de los derechos de Dios, y simpatizante del partido de los Celotes, que fanáticamente esperaban la inminente venida del Mesías, y luchaban contra las esclavitudes que padecía entonces el pueblo de Israel, por culpa del abusivo Imperio Romano.

Su madre, que tenía amistad especial con Jesús, le pidió la ambiciosa gracia de que sus dos hijos estuvieran sentados a la derecha y a su izquierda en su Reino, ingenua petición que equivalía humanamente casi a pedir al Señor que sus dos hijos fueran vicepresidente primero y vicepresidente segundo del Gobierno del Reino iba a fundar.(Mt 20,20-28;Mc 10,35-45). ¡Qué enseñanza nos ofrece este pasaje del Evangelio, que denota la ambición humana del hombre y la envidia entre iguales!

Debemos dar la vida por Cristo y esperar de Él su infinita misericordia, sin desear tener en el Cielo los mejores puestos, sino aquél que nos corresponda, según los secretos designios de Dios Padre.

La tradición extrabíblica de su venida a España y la aparición de la Virgen del Pilar en carne mortal en Zaragoza es una devoción española, muy arraigada en nuestro Pueblo, que no se puede demostrar ni negar históricamente con argumentos apodícticos. 

Sufrió el martirio bajo Herodes Agripa I (Hech 12,2) en el año 44.

 

sábado, 18 de julio de 2026

Décimo Sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 

En la primera lectura de la liturgia de la Palabra del domingo décimo sexto del tiempo ordinario, que estamos celebrando, hay un texto del libro de la Sabiduría sobre el que yo quiero ocupar mi atención para pronunciar la homilía de hoy: el justo debe ser humano. 

Para desarrollar esta tesis, y de su exposición poder sacar las consecuencias prácticas espirituales para el alimento de nuestras almas, haré antes una breve explicación sobre el significado de la palabra justo. 

Justo es el hombre cumplidor de la ley, el santo. El Evangelio nos dice que San José era un hombre justo (Mt 1,19), que equivale a decir santo, porque fue el fiel cumplidor de la ley de Dios y de todas sus obligaciones personales, familiares, laborables y sociales. Santidad y justicia en sentido cristiano se identifican. 

El hombre, justo o pecador, debe ser humano, es decir, comprensivo, no intransigente, sino tolerante y condescendiente. En el santo no se concibe la santidad sin la caridad, máxima virtud cristiana que en su suprema expresión exige la comprensión; además, el santo tiene que ser comprensivo porque también es pecador, pues nos dice la Sagrada Escritura que el justo cae siete veces al día, como queriendo decir que es débil y diariamente comete muchas faltas e imperfecciones, que no siempre son ofensas a Dios. Por consiguiente, el santo, por exigencia de su condición de santidad y de hombre pecador también, debe ser humano o comprensivo, porque él necesita también la comprensión de los demás y el perdón de Dios. Y con más razón todavía debe ser humano el pecador, a título de justicia, pues es injusto que él sea rígido y severo con los demás, siendo él igual o peor que otros. 

Comprender implica conocer al hombre en concreto, aceptarle como es, y no como a nosotros nos gustaría que fuera, valorar sus virtudes y hacerse cargo de sus debilidades, miserias y pecados, excusarle de la manera que sea posible, juzgarle con misericordia, y jamás condenarlo en el corazón, porque como nos dice San Pablo: “El amor no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (I Co 13,5-7).

El conocimiento del hombre es una ciencia de las más difíciles de dominar, pues cada uno es un misterio que solamente Dios comprende en su totalidad. El hombre difícilmente se conoce a sí mismo en su profundidad, ni es conocido del todo por los que conviven con él, y ni siquiera por los sabios de las ciencias de la psicología y psiquiatría, que solo saben generalmente los comportamientos normales y extraños del individuo. Pero siempre quedan aspectos escondidos en los pliegues secretos del desequilibrio humano, que a veces surgen inesperadamente, causando asombros extraños y sorpresas inconcebibles para todo el mundo, incluso para los mismos entendidos.    

Tenemos la mala costumbre, poca psicología, poca educación y virtud de juzgar a los hombres con el propio criterio, aprobando en ellos lo que nos gusta y rechazando lo que nos disgusta, como si nuestros gustos fueran la norma única y cierta para evaluar la conducta de los demás, habiendo muchas y diversas opiniones sobre el conocimiento humano.  

Comprender es darse cuenta de que todos somos distintos, que no hay una persona repetida, que cada uno es único, con su propia constitución natural de carácter o temperamento, y con las añadiduras de las taras que ha heredado de sus padres, de la educación familiar que ha recibido, de la cultura que ha adquirido, del ambiente social en que ha vivido, que son factores que configuran al hombre en su ser, sentir, pensar y obrar. 

Cada hombre tiene su propia personalidad física, irrepetible, personalidad psicológica, parecida a la de otros, pero distinta, personalidad espiritual diferente a la de los demás, con la que entiende las cosas, obra y se comporta en sociedad. Cada pecado es personal, cometido por una persona en concreto con su propia personalidad, teniendo en cuenta el conocimiento del mal, su libertad, sus pasiones, desequilibrios, sentimientos y muchas circunstancias, que determinan la malicia del hombre, que solo Dios puede juzgar. 

Es frecuente entre los cristianos, y más aún entre las personas piadosas, ser intransigentes, excesivamente rigurosos al juzgar los actos de los que son practicantes de manera diferente a la nuestra, no lo son, o se llaman descreídos, agnósticos y ateos, pues, tal vez, les sucede como dice el Evangelio: “Ven la mota en el ojo del prójimo y no ven la viga en el propio”. 

El que es bueno, el que es santo, reconoce que ha sido y es pecador, y porque tiene presente los pecados de su vida pasada o presente, comprende las debilidades de los demás y sus pecados. Porque sabe que si no hubiera sido por la misericordia de Dios, sería tan malo como el primero; y si es tan bueno o santo, como piensa que es, no se debe a su esfuerzo, sino a la gracia de Dios, que le ha arropado con circunstancias especiales de amor. Santa Teresita del Niño Jesús decía que era buena porque Dios iba delante de ella quitando del camino, por donde ella tenía que pasar, las piedras para que no tropezara. Y piensa también que si aquellos a quienes critica hubieran tenido las mismas gracias que él, tal vez serían mejores, más humanos, más comprensivos, más santos. 

En estos momentos de escucha de la palabra de Dios, cada uno reflexione sobre la familia en la que ha nacido, padres que ha tenido, educación que ha recibido, colegio que ha frecuentado y ambientes en que ha sido educado. Y sopesando todas las circunstancias: el amigo que Dios ha puesto a su lado, la Parroquia, la catequesis, el sacerdote, la religiosa, etc., forzosamente tiene que caer de rodillas dando gracias a Dios por el diluvio de gracias que ha recibido; y al mismo tiempo, considerando los pocos medios con que han contado aquellos a quienes censura injustamente y con poca caridad, pedirá perdón a Dios por la desconsiderada crítica, y no se atreverá a juzgar a los hermanos, comprendiendo sus fallos, debilidades y pecados. 

En definitiva, ser humano es respetar la manera de ser de los demás, aunque no nos guste, su pensamiento, aunque sea contrario al nuestro, su ideología cultural, religiosa y política, incluso su pecado, que no conculque los derechos humanos, pues el hombre es libre para pecar. Significa también respetar los distintos estilos de pensar y obrar, tener relación laboral con los que trabajan con nosotros y relación social con todos los hombres, porque todos somos hijos de Dios y hermanos en Jesucristo.

sábado, 11 de julio de 2026

Décimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 

El texto de la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, del apóstol San Pablo a los Romanos, es de una profundidad teológica que necesita una explicación, pues no se entiende con una simple lectura o una escucha atenta y devota. El temario fundamental es la libertad plena y gloriosa de los hijos de Dios. 

El Apóstol nos dice que el estado actual de toda la creación es como el de una madre que sufre dolores de parto en espera del nacimiento de su hijo: “La creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. 

Es evidente que ahora son muchos los sufrimientos, trabajos y fatigas que los hombres padecemos, pero no se pueden comparar con la gloria que un día se nos descubrirá. Merece la pena padecer en esta vida todo tipo de dolores y pruebas, aunque humanamente sean inconcebibles, porque el premio en la otra superará todos los padecimientos de todos los hombres y de todos los tiempos, por muchos y graves que sean: ver y gozar de Dios, Uno y Trino, eternamente, visión y gozo, que ninguna criatura puede ni imaginar. 

El mundo, que ahora conocemos, deformado por el pecado, será restaurado a su primitivo estado, al final de los tiempos, y se convertirá en los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra; y entonces vendrá la plena y total libertad gloriosa de los hijos de Dios. 

Este texto nos ofrece una buena oportunidad para hablar de la verdadera libertad. 

¿Qué es la libertad?

Decía Kant que la libertad es uno de los conceptos de la Metafísica más difíciles de entender y explicar. Por eso la utilizan tanto los políticos para imponer sus ideas y sacar con ellas provecho para el partido, para sí mismos. 

No vamos a filosofar sobre la libertad, cometido que corresponde a la Universidad o a centros especializados del pensamiento humano. Simplemente hablaremos de la libertad cristiana, libertad de los hijos de Dios, que se opone a los distintos modos humanos de entender la libertad en sus múltiples acepciones. 

La libertad no consiste en hacer cada uno lo que quiera, cosa imposible, pues toda libertad está limitada por los derechos y obligaciones de los hombres, mutuos y recíprocos, de manera que la libertad de uno termina donde empieza la libertad de los demás; y además, necesariamente, está regulada por la ley civil, normas de convivencia, costumbres sociales y obligaciones laborales, familiares y sociales.

Por otra parte, como es evidente, el hombre está sometido a debilidades y enfermedades de la propia persona que, aunque quiera, no puede evitar; y obligado a sufrir las diversas circunstancias de la vida que, en contra de su voluntad, no puede impedir.  De modo que nadie es libre totalmente, de modo absoluto. A este estilo de libertad se podría apodar utopía de la libertad o libertad irracional. Solamente Dios es absolutamente libre, pues no depende de nada ni de nadie, porque es Señor de todas las cosas. 

El libertinaje tampoco es expresión de la libertad, sino más bien una esclavitud de ella. Hombre libre no es lo mismo que “hombre sin ley o contra ley”. El que hace todo lo que quiere no es libre, sino un esclavo de la falsa libertad, un libertino. Si cada uno hiciera lo que le gustara, al libre albedrío de las propias pasiones, sin normas morales, ni sumisión alguna, ni respeto a las ideologías y comportamientos de los demás, la convivencia humana sería un infierno en la tierra.           

El sentido común de libertad filosófica es la simple capacidad de hacer o no hacer una cosa buena o mala: elegir entre el bien o el mal. La libertad supone la ley moral que está determinada por la autoridad civil, el consenso común de los pueblos o el Parlamento, si el Estado es democrático.           

El hombre es libre para hacer todo lo que quiera o le guste moralmente con tal que cumpla la ley civil y sus obligaciones. Se puede hablar de numerosas clases de libertad, que tienen que ser protegidas por la autoridad y respetadas por todos: libertad artística, libertad cultural, libertad política, libertad democrática, libertad de pensamiento, libertad de expresión, libertad de asociaciones...  Todos los tipos de libertad tienen que estar regulados por la autoridad para evitar abusos, aberraciones y desórdenes.           

En cambio, la libertad cristiana es otra cosa. Supone la ley moral que está inscrita en la conciencia de cada hombre y en el Decálogo de la ley de Dios. Radica en la elección de bienes. Dios es libre y metafísicamente no puede hacer el mal; y los santos y los ángeles en el Cielo son también libres y eligen necesariamente siempre el bien. 

La capacidad de poder elegir el mal no es una cualidad de la libertad, sino más bien un defecto de ella. El mal, en cristiano, no se debe elegir, porque está en contra de la ley de Dios, y es un pecado. 

El pecado es una equivocada y prohibida elección del mal que ofende a Dios.

Ley, libertad y obediencia son conceptos íntimamente relacionados entre sí.  La ley no es impedimento para la libertad sino una necesidad para su existencia: posibilita la libertad y hace factible la obediencia. 

La responsabilidad moral del hombre depende del conocimiento de la ley y de su libertad en sus actos. No es libre y, por tanto, responsable, el que obra por coacción externa total o a consecuencia de un desequilibrio interno insuperable. El que hace lo que debe, según ley de Dios, es un señor de la libertad. El santo es el hombre libre en plenitud, porque hace lo que tiene que hacer: cumplir la voluntad de Dios, que es el mayor bien que se puede elegir. 

La libertad religiosa no se puede entender en sentido optativo: da lo mismo tener religión que no; profesar una religión que otra; elegir la religión que más conviene, aunque todas sean igualmente reconocidas por la autoridad civil. 

La libertad religiosa “consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella, dentro de los límites debidos" (DH 2).