sábado, 31 de enero de 2026
Cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A
sábado, 24 de enero de 2026
Tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A
Vocación cristiana
Clases Santidad
Vocación consagrada
Vocación de santidad en todos los estados de la vida
Apostolado, obligación bautismal
¿Qué es la vocación?
La vocación
humana es una especie de instinto natural que nace de lo más profundo del ser
humano y lo empuja, de manera permanente, hacia un bien: el arte, la ciencia,
la profesión, el deporte, la religión. Como son muchos los bienes a los que una
persona puede estar inclinada, son diferentes las vocaciones que existen.
Cuando la persona se siente inclinada permanentemente con dotes
especiales hacia el arte, se da en él vocación artística; si a la
ciencia, vocación científica; si a determinado trabajo, vocación profesional;
si al deporte, vocación deportiva; si a la religión, vocación religiosa…
No es lo mismo vocación que gusto por las cosas, pues la vocación requiere cualidades para las cosas que gustan. El gusto es una simple complacencia por ciertas cosas, pero si no se tienen cualidades para desarrollarlas, no es vocación; ni tampoco es igual que obligación de hacer ciertas cosas, pues en este caso hay que hacerlas, guste o no guste. La vocación cristiana es obligatoria a todos los bautizados, radica esencialmente en el bautismo y hay que potenciarla con el esfuerzo de la oración, recepción de los sacramentos, principalmente el de la Eucaristía y el de la Penitencia, y el ejercicio de las obras buenas. La santificación del cristiano es una vocación común, y no una casta privilegiada de personas dotadas de cualidades excepcionales. Su desarrollo es un misterio que evoluciona de muchas maneras. No todos los cristianos están llamados al mismo grado de santidad, de la misma manera que no todos los hombres, siendo iguales en naturaleza, son los mismos en cualidades y dones naturales.
Clases de santidad
Adecuando la santidad a la calificación que se hace en la docencia podríamos decir que existen cinco clases de santidad: Santidad suficiente, Santidad de aprobado por misericordia; Santidad notable, Santidad de sobresaliente y Santidad de matrícula de honor.
Santidad suficiente
La santidad suficiente consiste esencialmente en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia, de las obligaciones propias del estado, del trabajo, en el ejercicio común de las virtudes, y en la aceptación de la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste. Es santo común el cristiano que vive y muere en estado de gracia, sin pecado mortal, aunque tenga pecados veniales y defectos. Si muere limpio de pecado grave, merece la calificación de suficiente y consigue el Reino de los Cielos, aunque tenga que purificarse un tiempo en el Purgatorio.
Aprobado por misericordia
Dios aprueba con un “cinquillo”, por los pelos, en virtud de su infinita misericordia, a muchísimos cristianos, no practicantes, que no cumplen estrictamente la Ley de Dios ni de la Iglesia, pero ejercitan las virtudes cristianas, según ellos entienden y saben, pues la evaluación moral de los actos sólo Dios la juzga. El Espíritu Santo activa en ellos la santidad excepcional, basada en la bondad humana, que por la omnipotencia divinamente infinita de su misericordia hace las veces de gracia; y también aprueba, de manera singular, a millones de religiosos de otras religiones, no católicas, que viven su fe con sincero corazón, y al número impensable de hombres que hacen el bien, según ellos entienden en su recta conciencia
Santidad notable
La santidad notable consiste en cumplir las obligaciones cristianas de la santidad suficiente, hacer por evitar el pecado venial en lo posible, y en ejercer notablemente las virtudes cristianas. Esta santidad se vive con defectos personales, que no siempre son pecados, sino muchas veces ofensas a los hombres. Dios permite los fallos humanos en los cristianos para que se compruebe que la santidad es radicalmente gracia, y los defectos humanos son factores necesarios para el conocimiento de Dios, el propio y la comprensión de los hombres.
Santidad sobresaliente
Los cristianos que viven en gracia, superan, en general, el pecado venial y ejercitan de modo heroico las virtudes cristianas, merecen la calificación de sobresaliente en la santidad. Los santos, que vivieron y murieron con calificación de sobresaliente tuvieron ciertos defectos temperamentales, que no quitaron el brillo de su santidad, sino que con ellos hicieron que resplandeciera la mayor gloria de Dios y la omnipotencia de su sabiduría divina. Los defectos fueron para ellos gracias de humillación, que no empañaron el brillo de su santidad, de la misma manera que la luz del sol pasa a los recintos del interior, aunque los cristales no estén totalmente limpios.
Santidad sobresaliente con matrícula de honor
Algunos santos, como, por ejemplo, los Apóstoles, San Pedro Poveda y otros, sufrieron el martirio físico, cuyo acto purificó sus pequeños fallos humanos, borrados con su sangre derramada por Cristo, y merecieron la calificación de matrícula de honor, la máxima calificación en la santidad. También otros millones de santos, como San Ignacio de Loyola, San Francisco de Paula, San Vicente de Paúl y otros vivieron la santidad con idéntica calificación, sufriendo por Cristo en favor de los hombres el martirio moral de su vida en una entrega total y absoluta a la Iglesia; y otros, muchísimos, quizás nuestros padres, hermanos y amigos, consiguieron la santidad de modo heroico sencillo en el cumplimiento de la Ley y ejercicio de virtudes, y fueron canonizables, pero no canonizados por la Iglesia: santos del silencio.
Vocación consagrada
Muchos cristianos obtienen, además de la vocación bautismal común de la santidad, la vocación de perfección evangélica, viviendo los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad u otros vínculos aprobados por la Iglesia. El modo de vivir esta específica consagración está determinado por los Fundadores en las Constituciones de sus Obras, escritos que luego sus seguidores viven por reglas y normas legítimamente establecidas.
Vocación de santidad en todos los estados de la vida
El Concilio
Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia nos dice:
“Todos los
fieles, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan
poderosos medios, son llamados por Dios, cada uno por su camino, a la santidad
por la que el mismo Padre es perfecto” (LG 11)
Así como la naturaleza humana es la misma esencialmente para todas las personas, pero, personificada, cada una de ellas es distinta en el ser y en el obrar, así también la vocación cristiana es esencialmente la misma para todos los cristianos, bautismal, pero diferente en grupos y en cada una de sus componentes. De la misma manera que el agua es sustancialmente la misma, aunque adopte formas diferentes en cantidad y formas, según sea el continente donde se recibe o se comunique, según sea la voluntad de Dios y la correspondencia a la gracia. Es como la voz humana que tiene el mismo sonido en el idioma que se hable, pero en cada hablante su propio timbre. La santidad de cada bautizado tiene su expresión en todos los estados de la vida: en el sacerdocio, en la vida consagrada, en la virginidad elegida o aceptada, en el matrimonio, viudez y en otros estados civiles admitidos por la legislación canónica de la Iglesia.
Apostolado, obligación bautismal
Dios Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a todos los hombres, mediante el misterio pascual. Terminado el período histórico de la Redención, realizada por Jesucristo personalmente en esta vida, ascendió a los Cielos para seguir desde allí realizando la Salvación ministerialmente, por medio de la Iglesia hasta el fin de los tiempos.
Jesucristo resucitado, antes de subir a los Cielos, encomendó su propia misión, recibida del Padre, a los Apóstoles con estas palabras: "Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,18-20)
La misión evangelizadora de la Iglesia, Sociedad misteriosa y compleja, es una empresa universal que compete a todos los cristianos: a los obispos, sacerdotes y diáconos, jerarquía de la Iglesia; a los religiosos y religiosas, personas consagradas, y también a los laicos, aunque de distinta manera, según los dones que cada uno ha recibido del Espíritu Santo. El carácter bautismal configura al cristiano en otro Cristo, y le hace participar de la triple misión de la Iglesia: profética, regia y sacerdotal.
La santidad apostólica es una obligación común de todo cristiano, en virtud del carácter bautismal, aunque de distintas maneras y con distintos matices. Todo bautizado, de cualquier color de piel, edad, salud, cultura, ideología, religión, condición social, estado civil y religioso y en cualquier lugar geográfico debe ser santo en algún grado, apóstol o misionero de Cristo, de una o de otra manera. "El apostolado de la Iglesia y de todos los miembros se ordena, en primer lugar, a manifestar al mundo con palabras y obras el mensaje de Cristo, y a comunicar su gracia por medio del misterio de la Palabra y de los Sacramentos, misión encomendada, de forma especial, al clero" (AA 6) "La fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital con Cristo" (AA 4)
"La obra redentora de Cristo no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia, sino también el impregnar y perfeccionar a todo el orden temporal con el espíritu evangélico"(AA 5)
"La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está atada a sistema político alguno, es a la vez signo de salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana"... En todo momento y en todas partes debe predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y situaciones (GS 76)
El apóstol es
un simple instrumento de salvación en las manos de la Persona de Jesucristo.
Cuanto más perfecta sea la canalización de la gracia, más eficaz puede ser la
salvación de los hombres. Así como el agua llega a un recipiente por medio de
un canal de barro que de oro, pero no con la misma pureza, así también la
gracia de Dios llega a los hombres igual en su naturaleza pura por medio de un
pecador que de un santo, pero con diferente calidad de perfección. La gracia de
Dios llega a los hombres con las connotaciones propias del apóstol que la
transmite: con las virtudes del santo y las adherencias del pecador. Las
cualidades personales del apóstol, aunque son muy importantes, no son
absolutamente necesarias para la transmisión de la gracia y la eficacia del
apostolado, porque es Dios quien salva, por medio de los hombres, o sin ellos,
de manera misteriosamente misericordiosa.
sábado, 17 de enero de 2026
Segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A
No tienen vino, símbolo de la oración de exposición
Boda en Caná
de Galilea
Jesús, después de haber pasado cuarenta días y cuarenta noches en rigurosa y austera oración y penitencia en el desierto, pasó por el Jordán y recabó a seis novicios de discípulos para formar la Iglesia: Andrés, Juan, discípulos de Juan, el Bautista, a quienes se sumaron después Pedro, Santiago, Natanael y Felipe. Y empezó su vida pública oficiosamente predicando el Evangelio por las plazas públicas y casas. Luego se dirigió a Caná de Galilea, que dista 7 Km. de Nazaret y 23 de Tiberíades, para asistir a una boda a la que estaba invitado. A la entrada de esa aldea, hoy convertida en una ciudad de estilo europeo, sigue manando la fuente de la que los sirvientes sacaron el agua que Jesús convirtió en vino.
En el mismo lugar, donde se celebró el banquete,
existe hoy una Iglesia griega de franciscanos, donde se exhibe un viejo
cántaro, que es viva imagen de las tinajas de agua que había entonces
destinadas para la purificación de los judíos. A la entrada hay una inscripción
en latín que dice: “Santificados sean los lugares pisados por sus
pies”.
El evangelista San Juan, autor de este relato, fue
testigo de este milagro, como se deduce de tantos detalles y pormenores que nos
cuenta. El matrimonio en Israel era símbolo de las relaciones personales del
hombre con Dios. Tenía un carácter totalmente religioso en todo: en el atavío
de los contrayentes, en los preparativos de la boda, en la celebración
litúrgica del acto, en el banquete y hasta en el baile y diversión. Era
considerado como una obra de amor al prójimo, el gran acontecimiento festivo de
la Sociedad, la gran noticia gozosa de un pueblo; y, sobre todo, un acto
sagrado del que Dios se valía para propagar la raza, de la que vendría el
esperado Mesías, liberador del pueblo de Israel.
Matrimonio
El matrimonio en Galilea comprendía cuatro
actos: ceremonia religiosa, ofrenda de obsequios, banquete y baile.
Se escogía generalmente para la celebración el miércoles por la noche, y solía
prolongarse por espacio de siete días, si los novios eran de clase social
desahogada. En el corralón que cercaba la vivienda propia, generalmente la del
novio, o en pleno campo, se celebraba la ceremonia
religiosa. Los invitados debían estar presentes en el acto religioso,
a ser posible. La liturgia empezaba con unas bendiciones
solemnes. El salón o el campo era el lugar del banquete. Todos
se sentaban en el suelo o sobre esteras en pequeños grupos formando corros,
bien separados los hombres de las mujeres, que se situaban de la misma
manera con los niños en otros lugares discretos. Durante los siete días de la
boda los comensales iban y venían, comían y se divertían, sin abandonar sus
trabajos, las obligaciones domésticas y sociales. Antes del banquete, todos los
invitados acudían al lugar donde estaban situados los novios para hacerles
sus propias ofrendas en medio de entusiastas vivas y
calurosos aplausos. Los obsequios solían ser en especie: animales, corderos,
aceite, legumbres, verduras, y, sobre todo, vino, que no podía faltar en una
buena celebración de boda. Después tenía lugar el banquete que
consistía en carnero hervido en leche, legumbres frescas y frutos secos. El
vino no era una bebida de placer, ni una ayuda para facilitar la regulada
digestión, pues se consideraba como propio alimento. No se registraban excesos
de vino ni borracheras, pues los judíos guardaban las normas de urbanidad,
procurando comportarse bien en la convivencia social y en las diversiones
públicas.
Los invitados que llegaban rezagados, como parece que
sucedió en el caso de Jesús y sus discípulos, entregaban sus propios regalos
después de la bendición nupcial, que se repetía tantas cuantas veces
llegaba un grupo nuevo, relativamente numeroso. El maestresala, director del
convite, hoy maître en nuestro tiempo, procuraba que el banquete fuera selecto
y abundante en exquisitos manjares y en el servicio esmerado y diligente. Solía
desempeñar este oficio un familiar o amigo de alguno de los novios, que cumplía
sus funciones con estudiada solemnidad y esmerada delicadeza, siguiendo
rigurosamente el ritual y las costumbres. Se encargaba de hacer las mezclas de
vino con agua, pues no estaba bien visto beber vino puro. A las órdenes de él
estaban los sirvientes que solían ser familiares o amigos de los novios. Las
mujeres se dedicaban a cocinar, preparar los manjares en los platos, echar el
vino en las jarras y fregar los cacharros en la cocina. María estaba en medio
de ellas, como una criada más. El baile era una
diversión en el que todos bailaban al compás de música pegadiza popular y
pastoril con la que todos se divertían a placer honestamente.
La boda a la que asistió Jesús
con sus discípulos y su madre me parece de clase media, y con numerosos
invitados, a juzgar por los 600 litros de agua, (seis tinajas
de 100 litros cada una) convertidos en vino por Jesús.
Cuando el banquete estaba más que
mediado, María observó que faltaba vino y oyó cuchicheos de protesta en
algunos grupos; y se le ocurrió la extraña y feliz idea de acudir a su
Hijo para exponer el problema: No tienen vino, con la
insinuación del milagro de la conversión del agua en vino. Jesús respondió a su
madre con la evasiva de que no había llegado su hora, pero sí la hora de María,
prevista desde la eternidad, que era la hora de Dios. María observó en la
mirada expresiva de Jesús que iba a acceder a su petición, y por eso acudió a
los sirvientes a decirles: Haced lo que él os diga. Y ellos
llenaron de agua hasta el borde las seis tinajas destinadas para las
abluciones de los judíos.
Me llama poderosamente la atención la omnipotente
intercesión de María ante su Hijo, Dios, a quien le expone un
problema humano, trivial: la falta de vino en una boda, para que hiciera
un milagro, no necesario, como sería curar una enfermedad terminal
de una persona que se está muriendo, que tiene explicación lógica, humana
y milagrosa.
No tienen vino: Oración de exposición y desahogo
Aprovechando esta maternal
ocurrencia divina de María que acude a su Hijo para pedir un milagro, se me
ocurre exponer el modo más perfecto de la oración de exposición y
desahogo, que consiste en no pedir nada en concreto, sino que se
cumpla siempre y en todas las cosas la voluntad divina.
Algunas veces sabemos que
nuestros problemas no tienen humanamente más solución que el milagro, que
generalmente no sucede. En esos casos debemos exponer al Señor nuestra
irremediable necesidad con la oración del desahogo, como
Jesús en el huerto de Getsemaní, que sabía que tenía padecer y morir en la cruz
para salvarnos, y oró al Padre diciendo: “Padre, si este cáliz no puede
pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26,42).
Fue un modelo perfecto de confianza plena en la voluntad divina. Este
modelo llegó a su colmo de perfección, cuando Jesús, en estado agónico de
crucifixión, recurre al Padre para desahogarse: “¿Dios mío, Dios mío,
por qué me has abandonado?” (Mt 27,46), que terminó
encomendando su vida al Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu” (Lc 23,46).
Orar es necesario para pedir a
Dios lo que el hombre no puede conseguir por sus propias fuerzas naturales, el
Cielo. Existen muchas clases de oración: oración de petición, meditación,
contemplación, a la que hay que dedicar un tiempo, cada día, para estar
con Dios para pedirle, de muchas maneras, las gracias necesarias para la
salvación eterna; y luego complementar la oración de estar con la oración de
hacer y la de la vida ordinaria, comunicándose siempre con Dios, cada uno como
sabe y puede personalmente.
sábado, 10 de enero de 2026
Bautismo del Señor. Ciclo A
El bautismo es un sacramento instituido por
Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, un acontecimiento misterioso, divino, una
generación sobrenatural por la que por el agua y el Espíritu Santo el hombre,
nacido de Adán por el pecado original, recibe la gracia, la misma vida
sobrenatural de Dios participada. Es el nacimiento a la vida de Dios, el cual por
el baño del agua en la palabra de vida (Ef 5,26), hace a los hombres partícipes
de la naturaleza divina (Pedr 1,4) e hijos de Dios (Rm,8,15;Gál 4,5).
El cristiano nace dos veces: por generación
natural de sus padres por la que es
engendrado hombre; y por generación sobrenatural de la gracia en el bautismo
por la que es engendrado hijo de Dios. Y tiene, por consecuencia, dos
naturalezas: una humana, engendrada de la carne, y otra divina, engendrada por
el Espíritu Santo.
El bautismo es un sacramento de fe, puerta de
la vida y del reino, institución de Jesucristo, y no invención de una Papa de
la Historia, un acuerdo de un Concilio especial, ni un consenso de teólogos.
El bautismo produce los siguientes efectos
principales:
- borra el pecado original y todo pecado personal, si se recibe en estado adulto. El hombre que es bautizado, por muchos y graves pecados que haya cometido, recibe el perdón de todos sus pecados, sin necesidad de confesarse
- infunde la
gracia, las virtudes y dones del Espíritu Santo en potencia, es decir la capacidad
sobrenatural de hacerse virtuoso, de la misma manera que el hombre en su
nacimiento recibe las potencias naturales para ejercitar con la práctica de
ellas virtudes naturales. Podemos distinguir en el hombre a grandes rasgos dos
tipos principales de potencias naturales: espirituales del entendimiento y de
la voluntad y corporales de los miembros, órganos y sentidos.
Con diversos actos repetidos muchas veces, el
hombre puede llegar a la virtud o perfección de esas virtudes. Pongamos algunos
ejemplos: el hombre recibe en su nacimiento el entendimiento para que con su
esfuerzo y ejercicio consiga la ciencia o sabiduría, la voluntad para que
ejercitando actos de amor, el hombre se santifique.
- hace al hombre
hijo de Dios y heredero de su gloria, de manera que con la ayuda de Dios y el
esfuerzo de las buenas obras recibe
la herencia eterna del Cielo, Dios mismo y poseído eternamente.
- incorpora al
bautizado a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo a la que todos los hombres pertenecen de
diversa manera, principalmente por el sacramento de la misericordia infinita de
Dios, que hace llegar su gracia de manera que ni siquiera el hombre puede
soñar.
- realiza una
conversión total de la persona, de manera que todo su ser queda convertido en santo, en cuanto al
cuerpo, templo vivo del Espíritu Santo, y en cuanto al alma, en sagrario vivo
de la Santísima Trinidad. El hombre sigue siendo hombre, pero hijo de Dios con
una dignidad suprema que supera a todas
las dignidades de la Tierra. El hombre es más por la dignidad de cristiano
que por la dignidad de sacerdote, obispo o Papa;
- proporciona la
capacidad de recibir los otros siete sacramentos porque es el fundamento sacramental del
cristiano. Aunque en la realidad de la Iglesia Dios hace maravillas que no
conocemos, de hecho, por la vía normal las gracias nos vienen por los
sacramentos con los que nos alimentamos para la vida eterna.
- y es una participación en el misterio pascual, pues el bautismo conmemora y actualiza el misterio pascual, haciendo pasar a los hombres de la muerte del pecado a la vida de la gracia.
El bautismo es un compromiso cristiano que
obliga a seguir la fe de la Iglesia, es decir a cumplir los mandamientos y
vivir la gracia de Dios consecuentemente en medio del mundo, siendo testigos de
Cristo muerto y resucitado. Es, en definitiva, el gozo de ser cristiano que
compromete a la alegría de ser hijo de Dios con la esperanza de vivir en el
Cielo eternamente resucitado, en compañía de todos los santos y ángeles, en
unión con Cristo resucitado y glorioso.
lunes, 5 de enero de 2026
En el tiempo de Jesús muchos judíos pensaban
que la salvación era un privilegio, casi en exclusiva, para el pueblo judío, a
pesar de que en la Sagrada Escritura estaba revelado que la salvación era
universal. Esta idea, deformada por los diversos intérpretes del antiguo
Testamento, fue revelada especialmente en el Nuevo Testamento en diversos
textos, por ejemplo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la Verdad” (1 Tim 2,4)
En efecto, esta es una verdad de fe: Dios
salva a los hombres por medio de Jesucristo en la Iglesia católica, y de
infinitas maneras, propias del misterio de la misericordia de Dios Padre, que
no conoce la teología católica.
Pero no es el tema de la salvación el objeto
de esta homilía, porque quiero fijar mi atención en los regalos que los Magos
hicieron al Niño Jesús en Belén: oro, incienso y mirra.
Los Santos Padres interpretan que el oro
significa la dignidad que corresponde a Jesús, como Rey del Universo, porque el
oro es el metal de los reyes; el incienso es símbolo de la divinidad del Niño
Jesús; y la mirra significa su naturaleza humana.
Como estos dones pueden ser interpretados en
muchos sentidos espirituales, a mí se me ocurre pensar que el oro puede
significar la bondad de nuestro corazón, el incienso la ofrenda de nuestra
oración y la mirra el sentido de nuestro dolor.
Un corazón de oro significa una vida limpia
de pecado grave que impida la unión con Dios, el esfuerzo de vivir en lucha
constante contra todo pecado, el ejercicio de la verdad sin engaños, ni
dobleces, ni intenciones egoístas, el cumplimiento del deber en todas sus
amplitudes y la práctica de obras buenas en caridad por amor a Dios y al
prójimo.
Pero es posible que algunos digan: Yo no
puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque tengo un corazón de barro,
manchado por muchos pecados de la vida pasada o presente; porque vivo envuelto
en muchos vicios, porque soy un gran pecador. ¿Cómo voy a regalar a Dios un
corazón de oro si está manchado de barro?
Quizás sea este tu caso. Hay dos caminos por
los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia, con un corazón de
oro, o por el camino de la penitencia, del arrepentimiento, de la conversión.
Si no eres inocente porque has pecado mucho,
de muchas maneras y gravemente, no por esto, se te han cerrado las puertas del
Cielo, pues la gracia de la misericordia de Dios tiene fuerza sobrenatural para
convertir de muchas maneras el barro de tu corazón en oro, sobre todo si acudes
a la fábrica de la conversión, que es el Sacramento de la Reconciliación con
Dios, que perdona los pecados y convierte el corazón de barro en corazón de oro
por la gracia sacramental.
El incienso puede significar para nosotros la
unión con Dios por medio de la oración que mueve montañas, concede la fortaleza
para la lucha contra el pecado, la preparación para la confesión bien hecha,
aunque sea pobre y se haga con defectos.
Cada uno debe hacer su oración como es, como
sabe y como puede, y no como le gustaría o como la hacen otros. No tenemos que
imitar el modo de orar de otros, sino su actitud de orar. Debemos estar
contentos con que otros tengan más gracia que nosotros con tal que cada uno
tenga la que Dios quiera, aunque sea la menor. Dios hará todo lo que te falte,
pues comprende la bondad limitada de tu corazón puro y el modo pobre de orar de
quien está apegado a la tierra, a los bienes de este mundo con miserias y
pecados. Y Él hace todo lo que tú no sabes o no puedes hacer.
Quizás el obsequio más agradable que puedes
hacer al Niño Dios sea la mirra de tu dolor, de tu sufrimiento, de tu cruz,
porque estás enfermo o con debilidades físicas, psíquicas o tienes un problema
familiar insoluble: un marido o una mujer que te hace la vida imposible o con
quien te resulta difícil o muy difícil la convivencia, un hijo que te lleva por
la calle de la amargura, un problema de padres o familia, un desequilibrio,
falta de trabajo, cualquier dolor, pena o angustia.
En este caso ofrécele al Señor la mirra de tu
cruz personal, familiar, social, querida por Dios o permitida, porque estoy
seguro de que el Señor aceptará el regalo del sufrimiento que te purifica y
santifica.
Estos son los regalos que hoy podemos hacer
al Niño Dios, adorado por los Magos: el oro de la bondad de nuestro corazón o
del barro de nuestra conversión, el incienso de nuestra oración y la mirra de
nuestro dolor.
sábado, 3 de enero de 2026
Segundo domingo de Navidad. Ciclo A
El tema es el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Los hombres nos conocemos de diversas formas: unas veces de vista. Conozco a Antonio, decimos, porque le he visto varias veces y en distintas ocasiones con el que he cruzado algunas palabras de simple educación; en este caso se trata de un conocimiento visual, fisonómico, circunstancial.
Otras veces, nos conocemos por el trato superficial, convencional: cuando nos cruzamos con el vecino del cuarto en la escalera; o cuando coincidimos con un conocido en la calle, en la compra, en el metro o en el autobús y mantenemos con él palabras ocasionales de saludo. Por supuesto que este trato de conocimiento es superficial.
Nos conocemos por el trato laboral, porque trabajamos juntos en la misma empresa, en el mismo oficio, tal vez en la misma sección o departamento, y hablamos solamente de las cosas que son propias de trabajo, con algunas añadiduras sobre temas de los acontecimientos del día que nos comunican los medios de comunicación social. Entonces tenemos con los compañeros de trabajo un conocimiento imperfecto elaborado con apreciaciones puramente subjetivas, infundadas objetivamente, porque la relación con ellos es educada, más o menos respetuosa, de convivencia obligada de comportamiento.
El conocimiento propio de los hombres se da en la convivencia familiar y social. Ahí es donde nos pronunciamos como realmente somos, y no como parecemos delante de los demás con los que nos comportamos, no nos portamos. Para llegar a conocernos de verdad, hace falta la convivencia en la intimidad familiar, en la que surgen los problemas del roce de los temperamentos y salen a flote los defectos congénitos y adquiridos.
Fuera de la familia existe el teatro donde se escenifican los personajes que no somos en su totalidad. Aquellos que no se intiman, no se confidencian, no se comunican cosas que están en el corazón y en la vida, difícilmente pueden llegar a conocerse del todo. Si vivimos en familia bajo un mismo techo comemos la misma comida a la misma hora, pero no existe comunicación de amor y hechos, somos unos extranjeros que viven en un hostal, apodado familia.
A veces ni siquiera los esposos, los padres e hijos, hermanos, se comunican porque no pueden. Viven juntos, pero separados en la vida. Y esto es lo que realmente pasa en la convivencia social.
Las personas y personajes no son conocidas por la interpretación de las personas que conviven con ellas. Si ahora hiciéramos una encuesta a las monjas que conviven con Sor Lucía, la vidente de Fátima, obtendríamos diversas opiniones, contrarias, y de todo tipo, de manera que no faltarían quienes la conceptuaran como no santa, y con otras calificaciones desfavorables, pues el concepto que se tiene de los santos es subjetivo, depende de muchos factores y apreciaciones que se hacen según son las personas, su educación y su virtud.
Un concepto real sólo es propio de Dios. El conocimiento perfecto del hombre es difícil, depende de muchos factores, de la convivencia de intimidad virtuosa que supone sacrificios, renuncias, abnegaciones, cruces, vivencias gozosas y entregas.
Si el conocimiento humano entre los hombres en la práctica resulta difícil, y a veces casi imposible, el conocimiento humano de Jesucristo es imposible, porque no es un personaje de la Historia del pasado, a quien se le conoce por las biografías escritas por hombres; ni por la simple lectura reposada del Evangelio con interpretación personal. Hay muchos cristianos, incluso creyentes, más o menos practicantes, que conocen a Jesucristo nada más que de oídas: por los libros, la prensa los programas de televisión, algunas conferencias culturales, y acaso por las homilías escuchadas en las misas oídas por el mero cumplimiento dominical.
Si al hombre y al santo no es posible conocerlos en su realidad, menos a Cristo cuyo conocimiento no es fruto de la razón sino de la gracia del Espíritu Santo. ¿Quién es capaz de conocer al hombre en la convivencia y juzgarlo como realmente es en la presencia de Dios?
Tampoco es suficiente para conocer a Cristo el trato de la oración personal, no orientada ni dirigida, porque cabe el peligro de conseguir un conocimiento de Jesús a capricho del gusto propio: un servicio del conocimiento de Jesús a la carta.
Para conocer bien a Jesús se necesita una catequesis adecuada, complementada por el trato amoroso con Dios en la oración, una aceptación de los acontecimientos dolorosos de la vida que enseñan la sabiduría de la cruz, y una sabiduría sobrenatural del Espíritu Santo.
Por la catequesis aprendida según la enseñanza del magisterio de la Iglesia, se conoce al Cristo histórico, al Cristo dogmático y al Cristo doctrinal.
Pero este conocimiento en sí mismo es científico e insuficiente, porque hay muchos cristianos, incluso sacerdotes, religiosos, y profesores de teología que conocen al Cristo teológico de la Iglesia, pero no llegan a conocerlo en su intimidad. En cambio, muchos cristianos sencillos y humildes, incultos, que solamente saben la catequesis elemental de la Iglesia con fe profunda conocen a Jesús perfectamente, porque viven su vida cristificados, identificados con Cristo en la contemplación, en el trabajo y en la aceptación de todas las circunstancias de la vida.
“No el mucho saber satisface el alma, sino el gustar de las cosas de Dios internamente”, decía San Ignacio de Loyola en su libro magistral de “Los ejercicios espirituales”
Vamos a pedirle al Padre nos conceda la sabiduría del Espíritu Santo para
conocer a Cristo en la intimidad de la oración, continuada con la constante
presencia de Dios en la acción ordinaria, en la aceptación de todo cuanto
sucede, como providencia de Dios, que todo lo quiere o permite para el bien de
los hombres. De esta manera comprenderemos cuál es la esperanza a la que Dios
nos llama y cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Solemnidad Santa María Madre de Dios
Hoy en los días siguientes, todos vamos a felicitarnos el año nuevo con una frase usual ¡feliz año nuevo! para desearnos lo mejor.
Hagamos una reflexión
sobre estas palabras.
Realmente
cada año es nuevo, y también cada mes, cada día, cada hora y cada tiempo,
porque ningún momento es igual, todo es distinto y nuevo, aunque se hagan las
mismas cosas.
¿En qué
consiste la felicidad que nos deseamos?
La felicidad
puede concebirse bajo tres perspectivas diferentes: felicidad humana, felicidad
espiritual, y felicidad cristiana.
Para un
hombre de mundo, sin fe, feliz año nuevo significa tener salud, poseer bienes
materiales, desempeñar un cargo de relieve social o político o un puesto de
trabajo, bien remunerado, gozar de autoridad, disfrutar mucho de las cosas,
comer muchas, buenas y variadas comidas exquisitas y degustar bebidas
agradables al paladar y beneficiosas para la salud, divertirse de muchas
maneras... Eso es un año feliz para el que no ve las cosas nada más que con los
ojos del mundo y las considera en relación al bienestar de los apetitos
carnales. Pero la verdadera felicidad no consiste en la salud, porque se puede
ser feliz espiritualmente en la enfermedad; ni tampoco en las riquezas, porque
se puede ser desgraciado con ellas y feliz con la pobreza. Muchos tienen
posesiones inmensas y son desgraciados, y otros tienen lo necesario para vivir
y son inmensamente felices, porque la felicidad no consiste en tener muchas
cosas sino en no necesitar nada más que lo necesario para vivir.
Para muchos,
que son espirituales, no cristianos, la felicidad consiste en satisfacer las
aspiraciones del hombre: buscar y encontrar la verdad, cultivar la ciencia,
bucear en la sabiduría y gozar con ella, fomentar el amor, la justicia, la
amistad... Pero no todos son felices, porque muchos satisfaciendo las
aspiraciones buenas del hombre, son desgraciados; y otros con las cosas más
elementales de la vida el amor, la justicia, la amistad, la paz y otros
valores, son felices.
Para
nosotros que somos hombres de fe y cristianos, el año feliz no significa
totalmente ni lo uno ni lo otro. No descartamos la realidad de que para la
felicidad humana contribuyen mucho los bienes materiales y espirituales, pero
sabemos que la felicidad esencial no consiste solamente en ellos, pues con los
esenciales, se puede ser feliz.
Cuando
nosotros nos felicitamos el año nuevo desde la fe, nos deseamos un año nuevo
lleno de la gracia de Dios y también lleno de gracias materiales y
espirituales, en perfecta subordinación a la voluntad divina, que consiste
fundamentalmente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los
acontecimientos de la vida, de cualquier manera que se manifiesten. Sólo así se
puede ser totalmente feliz, con las pequeñas y normales contrariedades de la
vida. La verdadera felicidad evangélica consiste en vivir en gracia de Dios,
conformarse con lo que se ha recibido, con lo que uno tiene, es decir,
conformarse con uno mismo y no ambicionar nada de este mundo, que nos lleve al
pecado.
Si yo busco
el dinero, no como fin, sino como medio para cumplir mis necesidades y ser
feliz, hago muy bien y estoy dentro de la felicidad humana y cristiana. Y si
busco la riqueza como medio para mi felicidad y la de otros y con fines
sociales consigo un bien personal y común. Se puede ser feliz o desgraciado en
la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en la
niñez, juventud y vejez, en la vida larga o corta, pues las cosas de
este mundo pueden ser medios para la felicidad, si se administran bien, y
medios para las desgracias, si se utilizan mal, para el pecado.
Desde la fe,
hermanos, un año nuevo es aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que
se manifieste, agradable a la naturaleza o desagradable: con salud y fortuna y
con enfermedad e infortunios.
Os deseo y
me deseo un año distinto nuevo en amor, gracia y santidad, conforme con lo que
Dios tenga preparado para cada uno de nosotros, aceptando con fe las enfermedades,
los momentos buenos y malos que vayan a venir, sabiendo que Dios es Padre y
quiere el bien para todos sus hijos. De esta manera cada año nuevo será siempre
feliz en la tierra, y después, cuando este mundo termine, vendrá la eternidad
feliz, que nunca acaba, en unión con Dios, visto y poseído en totalidad y gozo
de todos los ángeles y los santos, resplandor de la gloria de Dios eterna.






