La Iglesia recuerda en la Cuaresma los cuarenta años que el pueblo de Israel caminó por el desierto hacia la Tierra Prometida y los cuarenta días y cuarenta noches que Jesús permaneció en el desierto en oración y ayuno, antes de comenzar su vida pública y realizar el misterio de la Redención.
Última reforma de la Cuaresma
El Concilio Vaticano II ha estructurado la Cuaresma como un tiempo especial de oración, de intensa escucha de la Palabra de Dios y penitencia, con una orientación pascual-bautismal (SC 109). Ha fijado su tiempo desde el miércoles de Ceniza hasta el jueves Santo, misa in Coena Dómini. Es el tiempo de una experiencia oficial en el misterio pascual de Cristo: “Padecemos juntamente con Él, para ser también juntamente glorificados” (Rm 8,17).
Tentaciones de Jesús
La tentación es una inclinación al pecado, provocada por distintas causas: el diablo, naturaleza corrompida, enfermedad y vicios. Su significado es prueba, como cuando Dios probó a Abraham para probar su fe pidiéndole que sacrificara a su hijo Isaac; y seducción al pecado por el demonio, una persona o cosa.
La tentación es intrínsecamente mala porque procede
del mal y al mal inclina. Moralmente es buena y meritoria si se rechaza y mala
si se consiente.
Mientras el cristiano recorre su camino por el desierto del mundo hacia la eternidad, debe cursar la carrera de la conversión con el fin de conseguir el Cielo. Comprende las siguientes asignaturas complementarias: conocimiento de Cristo, estudio de la palabra de Dios, lucha contra el pecado, vida de gracia, oración, Confesión y Eucaristía.
La conversión es lo mismo que cristificación, pues toda la vida cristiana es una permanente y progresiva santificación o perfección evangélica en diversas etapas y modalidades. Es el tema fundamental de toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, pues toda la Palabra de Dios en todos sus libros inspirados invita al hombre, de manera reiterada, a la conversión, que es tarea de todo cristiano, y no de unos cristianos privilegiados. Consiste en responder a la santidad que cada uno tiene que cursar, según la vocación que del Espíritu Santo ha recibido en el bautismo.
Conversiones varias:
1 Conversión de los infieles
La conversión es propia de todos los hombres:
conversión de los infieles a la fe de la Iglesia, que celebra el día del
Domingo, domingo mundial de la propagación de la fe católica en que todos los
cristianos de todo el mundo hacemos una campaña de oraciones, sacrificios y
ayudas económicas a favor de los países de todo el mundo con el fin de
conseguir que todos los hombres se hagan cristianos, se bauticen, conozcan a
Cristo, los dogmas de la Iglesia Católica y se salven con más facilidad.
También tienen que convertirse los grandes pecadores que llevan una vida disoluta, de espaldas a Dios, lejos de la Iglesia o contra ella, entre los que se pueden contar, tal vez, nuestros familiares, compañeros, amigos o vecinos. Tenemos que pedir por la conversión de los pecadores, por supuesto, y también por todos los hombres, y por nosotros también, que somos pecadores.
3 Conversión del bueno en santo
A los ojos de Dios, no sabemos quiénes necesitan más la conversión, si los que viven en países de misión, carentes de la fe verdadera, los creyentes de otras religiones, católicos no practicantes, católicos cumplidores de la Ley, o los santos, que habiendo llegado a ser santos, no fueron tan santos como pudieron y debieron.
La conversión de todos los hombres, en sí misma, es un misterio que efectúa la omnipotente sabiduría de la infinita misericordia de Dios, de muchas maneras misteriosas, en la Iglesia Católica, y fuera de ella en suplencias.
4 Conversión bautismal
Según la doctrina de la Iglesia, la primera conversión cristiana tiene lugar en el bautismo, porque este sacramento convierte al hombre, nacido en pecado, en hijo de Dios, heredero de su reino, y lo incorpora al Cuerpo místico de la Iglesia. El bautizado, por medio de una regeneración espiritual, adquiere una segunda naturaleza, un complejo sobrenatural de la gracia santificante, virtudes y dones del Espíritu Santo. Con estas potencias el cristiano crece y se desarrolla por medio de la oración, sacramentos y buenas obras hasta conseguir el fruto total del bautismo, que es la visión y gozo de Dios eternamente en el Cielo.
5 Conversión sacramental
Cada vez que el cristiano recibe un sacramento convierte su conversión bautismal en conversión sacramental de gracia si lo recibe con las debidas disposiciones. En el sacramento de la Penitencia, por ejemplo, el alma del cristiano que está en estado de pecado grave se convierte en estado de gracia, o el alma que está en estado de gracia se convierte en un progreso de perfección.
6 Conversión teológica
7 Conversión cósmica
Todos los seres creados tienen una belleza teológica
en el conjunto del Universo, según la planificación divina, que el
entendimiento humano no alcanza a descubrir. La perfección de las criaturas se
aprecia de manera relativa y de modo imperfecto en la Tierra, pues la realidad
total del Universo creado y su finalidad suprema se observa solamente desde el
Cielo, desde la visión intuitiva.
Este mundo, deformado por el pecado, es conocido por
la ciencia en una pequeñísima parte, pues incluso los sabios saben menos de lo
que les queda por conocer, porque el Universo nunca será totalmente conocido.
La maravilla de la Creación cumple el fin establecido por Dios, y tendrá su
final, aunque no sabemos cuándo ni cómo, pero este mundo no será aniquilado o
convertido en un caos, sino transformado en otra realidad diferente,
infinitamente superior y mejor que la existente. Sus características no están
reveladas, por lo que todo lo que se diga o escriba sobre este hecho venidero
es pura imaginación, y no realidad teológica. La Sagrada Escritura llama a esta
transformación “Cielos nuevos y Tierra nueva”, morada en la
que vivirán los resucitados con Cristo en condiciones de lugar y estado que no
conocemos. A esta transformación, que sucederá al fin de los tiempos, se puede
llamar conversión cósmica, porque abarca todas las cosas creadas






