sábado, 20 de octubre de 2018

Domingo Vigésimo noveno. Tiempo ordinario. Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO NOVENO TIEMPO ORDINARIO CICLO B
            21 DE OCTUBRE
“Concédenos  sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mc 10,37)
           
Santiago y Juan,
Hijos de Zebedeo

Los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, pidieron a Jesús  una gracia presuntuosa: sentarse en la gloria en los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda, sin saber lo que pedían, pero dispuestos a todo.

Los discípulos del Señor fueron hombres normales, de carne y hueso, como nosotros, y no superdotados,  lumbreras  en cualidades y virtudes en lo humano, ni genios de este mundo. Tenían sus defectos temperamentales, miserias y debilidades en el ser y en el obrar: ambiciones, envidias, sentimientos de rencores, celos, impaciencias, flaquezas temperamentales, miserias y pecados, como aparece claramente en el Evangelio. Pero tenían también un corazón de oro, buena voluntad y deseos de seguir a Jesucristo a pie juntillas con todas las consecuencias.  Era una postura justificable, comprensible, humana, y en cierto sentido cristiana, como le pasa a cualquier persona  virtuosa, querer ser el primero  en el colegio, en el Instituto, en la Universidad, en el trabajo, en la Sociedad y hasta en la política dentro de los propios límites virtuosos de la justicia y caridad, pero ocupar los dos primeros puestos en el Reino de los Cielos es un designio de Dios, Padre.
 No sabemos lo que pedimos, pues lo mejor no es lo que uno quiere, desea, pide o le gusta, sino lo que Dios quiere en orden a la vida eterna. La felicidad no consiste  en ser alguien importante en este mundo, tener riquezas, poder, poseer honores,  sino en cumplir la voluntad de Dios de cualquier manera que se manifieste. Es lícito, bueno, cristiano y obligatorio trabajar por ser lo que uno pueda ser en bien propio, de la familia, de la Iglesia y de la Sociedad,  como medio de santificación  con sacrificios y renuncias.  Pero Dios no siempre nos concede lo que queremos sino lo que necesitamos porque  “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26). Nuestra vida está planificada  con la sabiduría y bondad de Dios por su providencia divina, que maneja todos los acontecimientos con arreglo a un fin establecido eternamente en orden a la Creación y Redención y bien de todos los hombres.  Los hijos de Zebedeo no entendieron el sentido completo de lo que pedían a Jesús, por eso les preguntó: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Jesús les hace ver que lo que pedían era el martirio y no un puesto en el Reino de los Cielos. Los discípulos respondieron resueltamente con verdad pero con ignorancia de lo que pedían: “Lo somos”. Respuesta acertada porque el amor que profesaban a Jesús  era auténtico y con disposición a seguir al Maestro pase lo que pase y pese a quien pese.
La vocación cristiana, y sobre todo la consagrada, consiste en seguir a Cristo con los ojos cerrados, y agarrado de su mano correr la aventura de lo desconocido. Cuando una persona decide seguir a Jesucristo, acepta todo lo que le pueda pasar, sin arrepentirse después de lo que vaya  a pasar. Pero si una persona cristiana o consagrada, cuando viene la contrariedad o el dolor dice: si yo hubiera sabido lo que tenía que pasar  no hubiera dado el paso de seguir a Jesucristo, se trata de una equivocación, ilusión o tentación pasajera vencible, pues hay que vivir  contento y alegre con la vocación que se ha recibido del Espíritu Santo en todo lo que suceda,  pues sufrir con Cristo es identificarse con Él en su vida, pasión y muerte.
            “Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan”.
Es humana y comprensiva esta reacción de enfado envidioso de sus compañeros con ellos, porque sus ambiciones chocaban con las suyas, porque eran las mismas o parecidas. Jesús respondió diciendo que el puesto en el Cielo era misión del Padre y no suya. La Gloria que  merecemos en el Cielo es esencialmente la misma para todos los bienaventurados: la visión y gozo de Dios, Uno y Trino total, pero la visión y gozo personal es distinta, según los méritos de cada uno ha merecido, según la justicia misericordiosa de Dios Padre.

            DOMUND
Hoy celebramos el domingo mundial de la propagación de la fe, día en que todos los cristianos del mundo nos unimos con nuestras oraciones, sacrificios, obras buenas y donativos para ayudar a los misioneros que viven en Países paganos trabajando para conseguir que el Espíritu Santo regale la fe cristiana a quienes no la tienen. Porque todos somos Iglesia y somos misioneros, unos de una manera y otros de otra.





sábado, 13 de octubre de 2018

Domingo Vigésimo octavo. Tiempo ordinario. Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO OCTAVO
TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
14 DE OCTUBRE


EL JOVEN RICO

           Situemos el episodio del Evangelio dentro del probable marco de su momento histórico. Según los expertos del Evangelio Concordado sucedió este hecho a finales del tercer año de la vida pública de Jesús, después  del encantador episodio que Jesús tuvo con los niños en una casa de la comarca de Perea. (Mc 10,14-16).
Cuando Jesús salió de la casa,  se dirigió hacia Jerusalén, y sucedió que en el camino  un joven  rico,  judío íntegro por los cuatro costados, fiel cumplidor de la ley de Moisés, amante de las tradiciones de su pueblo, sin pensarlo dos veces, echó a correr al encuentro de Jesús y tan pronto como llegó a su presencia, venciendo todo respeto humano, se arrodilló ante Él y con devota y sentida emoción  le dijo:
¿Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le contestó:
“Ya sabes, cumple los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”.
El joven, orgulloso de ser fiel y ejemplar cumplidor de la ley divina, le respondió: Todos estos mandamientos los he cumplido desde que era pequeño. Y sintió una gran alegría porque podía heredar la vida eterna. Jesús al escuchar esta respuesta, clavó sus ojos en él y con especial ternura de mirada le invitó a ser su discípulo con estas palabras:
“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme” (Mc 10, 21).
 El joven al escuchar estas palabras tan exigentes, se entristeció, frunció el ceño, bajó la cabeza, y se marchó expresando pena en su rostro porque era rico, y era mucho exigir  para ser discípulo de Jesús.
Jesús al ver al joven rico, cabizbajo y pensativo que se marchaba, miró a sus discípulos para observar qué reacción había causado en ellos sus palabras, y les dijo: ¡Qué difícil les será  entrar en el Reino de Dios a los que tienen riquezas! Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:
            Hijos ¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!...
            Ellos se espantaron y comentaron:
Entonces ¿quién puede salvarse?
Jesús les dijo:
            Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, madre, padre, hijos o tierra por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo cien veces más, casas, y hermanos y hermanas, y madre e hijos, y tierras, con persecuciones, y en la edad futura vida eterna (Mc 10,29-30).

Este pasaje me ofrece una oportunidad para hablar de  la llamada de Jesús a todos los cristianos. Establezco un principio teológicamente  indiscutible: Dios llama a todos los bautizados en cualquier estado civil en que se encuentren   a creer en Jesucristo y seguirle, en virtud del bautismo, de muchas maneras.
Algunos cristianos especiales, como al joven rico del Evangelio, los llama  para el estado sacerdotal, para que se consagren a predicar la palabra de Dios, administrar los sacramentos, ejercer obras de apostolado y presidir comunidades: vocación sacerdotal.
A otros laicos, hombres y mujeres, para  consagrarse a Dios en Obras o Institutos de la Iglesia para la santificación personal y salvación de todos los hombres por medio de votos o compromisos evangélicos: vocación religiosa. No faltan cristianos que por equivocación abrazaron la vida sacerdotal o religiosa, volvieron al estado laical, y, solucionado su problema personal, viven  consagrados a Dios en el mundo; y también otros que vivieron la fe en forma irregular canónica, viven su vocación bautismal de conversión. 
            Muchos cristianos abrazan el matrimonio y se consagran  al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole por el sacramento del matrimonio. Si uno de los cónyuges muere, el otro, viudo o viuda, queda en un estado como de soltería, consagrado a Dios en  la viudez que es también un estado de consagración bautismal.
          Hay también varios jóvenes que con vocación al matrimonio no se casan y otros quedan solteros por distintas razones y circunstancias especiales y viven consagrados a Dios por el bautismo en estado de soltería consagrada.


            La consagración a Dios consiste en la santidad personal y en el ejercicio apostólico de la salvación de todos los hombres de muchas maneras. En conclusión, repito, la santidad y el seguimiento a Jesucristo no es una vocación exclusiva de algunos cristianos, privilegiados, sino una vocación común de todos los bautizados en diferentes formas.   

sábado, 6 de octubre de 2018

Domingo Vigésimo séptimo. Tiempo ordinario, Ciclo B


DOMINGO VIGÉSIMO SÉPTIMO
TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
 7 DE OCTUBRE
“Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Mc 10, 7)

MATRIMONIO CATÓLICO
En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo se nos dice que Dios después de haber creado  al hombre y a la mujer instituyó el matrimonio con estas palabras: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. La versión de este texto en la Biblia de la Conferencia Episcopal Española no dice abandonará el hombre a su padre y a su madre,  sino dejará, que a mí me parece traducción más perfecta en sentido lingüístico y teológico, porque el hombre que se casa no abandona a su padre y a su madre, sino los deja para ser con una mujer una sola carne en el matrimonio, instituido por Dios en el Paraíso Terrenal, y elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento.
El tema de esta homilía va a versar sobre el matrimonio católico. Trataré primero su naturaleza en sentido negativo  y después en positivo.

Naturaleza del matrimonio en sentido negativo
El matrimonio católico no es:
- un compromiso privado que un hombre y una mujer hacen para vivir juntos matrimonialmente sin ningún vínculo civil ni religioso;
- el llamado impropiamente matrimonio homosexual, contrario a la naturaleza y fines del matrimonio;
  ni una convivencia matrimonial de un hombre con una mujer  para compartir una misma vida para todo;
- ni un matrimonio  civil;
- ni un matrimonio religioso en el sentido amplio de la palabra.

Naturaleza del matrimonio en sentido positivo
El matrimonio católico es una unión de un hombre con una mujer que Dios creó para que fueran  procreadores del genero humano.
El Código de Derecho Canónico (c. 1055,1) define la naturaleza del Sacramento del Matrimonio con estas palabras: Es “la alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole,  elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.  
Fundamento del matrimonio
El fundamento del matrimonio es el amor verdadero, recíproco del uno al otro, porque el amor de uno sin la correspondencia del otro es más dolor que gozo. El amor verdadero en el matrimonio consiste más en darse  que en dar, porque el que se da, da también, sin esperar nada a cambio.  Darse al otro es morir al propio yo y regalar la propia vida con sacrificios en favor de la persona amada.
El amor recíproco en el matrimonio cristiano tiene que tener un parecido al amor de una buena madre con el hijo, que ve sus defectos y pecados, y los justifica por la manera de ser,  el ambiente de la Sociedad, los amigotes,  la política del momento histórico y por otras muchas causas. Justifica sus defectos y pecados que tiene con la compensación de otras cualidades y virtudes que posee,  porque el amor todo lo excusa.
El verdadero  amor en el matrimonio consiste en amar a la persona, tal como es en sí misma, con sus cualidades y defectos, y no como gustaría que fuera. Supone aceptación, sacrificio, comprensión y renuncias. El esposo tiene que  comprender a la mujer con quien se casa, que es única, con su propia personalidad física, psicológica y espiritual, mujer como las demás,  pero distinta a todas; y de la misma manera la mujer  tiene que  comprender que su esposo es un hombre, como todos los demás, con su propia personalidad, con propiedades masculinas comunes, pero único.
Aunque es muy aconsejable que para la felicidad matrimonial ambos tengan iguales o parecidos ideales, no es absolutamente necesario, porque el verdadero amor no tiene barreras, sobrepasa todos  los ideales y defectos de la persona amada, y los soporta por amor, cosa que suele ser muy difícil en la realidad.
Podríamos comparar el amor en el matrimonio con el fundamento del edificio. Lo que es el fundamento al edificio es el amor al matrimonio: principio de unidad y consistencia. No es lo mismo construir un edificio de una sola planta  que requiere cimientos básicos que un rascacielos que necesita un fundamento de profundo subsuelo y especial ciencia arquitectónica en la construcción.
El matrimonio no es un estado de la felicidad, sino un medio para conseguirla, como tampoco es el sacerdocio ni la vida consagrada, que son medios para conseguirla con vocación y sacrificios. El matrimonio es un medio para la felicidad humana relativa, que es difícil, complicada, sacrificada y con muchas renuncias. Vivido con egoísmo sexual no alimenta el amor sino crea el cáncer de la pasión de la carne, solamente curable por una gracia especial o un milagro.   
San Pablo mandaba en nombre de Cristo que los maridos deben amar a sus mujeres, como Cristo amó a su Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” (Ef 5, 25-26), porque el matrimonio expresa el amor y la unión entre Cristo y la Iglesia. Por consiguiente, los esposos se deben ayudar mutuamente, tanto en lo próspero como en lo adverso, para santificarse mutuamente, porque el sacramento del matrimonio es una Iglesia doméstica.
Propiedades esenciales del matrimonio
Las propiedades esenciales del matrimonio son Unidad e Indisolubilidad: uno con una y para siempre.  La Iglesia admite la separación física  de los esposos y la anulación del vínculo por medio del tribunal eclesiástico. Los bautizados casados por lo civil y divorciados que contraen civilmente nuevo matrimonio no pueden confesarse ni acceder a la comunión eucarística, ni tampoco ejercer  responsabilidades eclesiales. Sin embargo, pueden asistir al sacrificio de la Santa Misa, oír la palabra de Dios, hacer oración, ejercer obras de caridad,  educar a los hijos en la fe católica de la manera que sea posible. 
Ministro del sacramento
Los contrayentes son los ministros del matrimonio. El obispo, el sacerdote y el diácono son los testigos oficiales de la Iglesia para que el acto sea sacramento.  El obispo puede designar a laicos, bien formados y ejemplares en vida de oración, piedad, y modelos en reputación pública, para asistir a los matrimonios en casos especiales, donde no haya sacerdotes ni diáconos, principalmente en países de misión. 


El sacramento del matrimonio debe celebrarse  ordinariamente dentro de la Santa Misa en virtud del vínculo que todos los sacramentos tienen con la Eucaristía, pues los esposos sellan su consentimiento en darse el uno al otro mediante la ofrenda de sus propias vidas (Cat 1621). Por razones pastorales se puede celebrar también fuera de la Santa Misa. Para que el sacramento sea fructuoso se requiere que los esposos lo reciban en estado de gracia, si bien el matrimonio es válido, aunque ilícito, si se recibe en pecado mortal.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Domingo Vigésimo sexto. Tiempo ordinario. Ciclo B

VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO 
TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
            30 DE SEPTIEMBRE

“El que os dé a beber un vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa” (Mc 9,41).             

En el Evangelio de este domingo hay un versículo sobre el que quiero hacer unas reflexiones espirituales: “El que os dé a beber un vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa”. 
 No hay cosa que cueste tan poco o nada como dar un vaso de agua a quien tiene sed, virtud que es una de las obras de misericordia corporales: “dar de beber al sediento”. Y sin embargo, no quedará sin recompensa en el Reino de los Cielos. Con esta frase Jesús nos quiso enseñar  que lo pequeño se hace grande por amor, y lo grande  pequeño si se hace con poco amor o no vale nada, si se hace sin amor. Porque todo lo que se hace por Él, sea bueno o malo, es grande, porque Dios es grande. Es más, todo lo que se hace además en estado de gracia, aunque sea pequeño,  merece Cielo.
A los hombres, por inclinación natural, nos gusta hacer cosas importantes, de gran valor social, artísticas,  que se sepan,  se vean, sean del aplauso de todos, nos den fama, prestigio  y nos reporten ganancias económicas. La vanidad, el egoísmo y el dinero idolatran al hombre. Apetecemos desempeñar cargos importantes, oficios de resonancia popular, realizar grandes obras que perduren en el tiempo; y rechazamos los puestos sencillos de trabajo, humildes, escondidos,  porque no son estimados en el mundo.
En cambio, el criterio de Dios en la valoración de las obras es diferente, porque las cosas no valen por su valor intrínseco, como son en sí o son valorados por los hombres, sino por el amor o motivación con que se hagan.  
 Recetas  para hacer grandes las cosas pequeñas
- Una sonrisa que sale del corazón y se proyecta con luminosidad sobre la persona a quien se quiere o se regala con sacrificio a quien a uno le cae “gordo”;
- una palabra cariñosa a tiempo o destiempo, venciendo las contrariedades del momento;
- una expresión de dulzura en la mirada que se regala al prestar un servicio;
- un gesto de atención o preferencia que se hace con caridad o cariño con  rostro  sonriente;
- una pequeña mortificación al no preguntar por curiosidad  lo que  gustaría saber al momento;
el silencio majestuoso de no quejarse del frío, del calor, de las comidas, del dolor y de las cosas que no gustan;
callar durante un tiempo lo que te gustaría decir al momento;
- preguntar  por curiosidad malsana las cosas que no importan ni reportan bien alguno;
no manifestar contrariedad a quien no se ha portado bien con uno;
saber disculpar en el pensamiento, corazón, oración   acción los ingratos comportamientos que se reciben de aquellos a quienes se les ha hecho  bien;
mantener una conversación con quien no merece la palabra, resulta pesado durante un tiempo prudente y caritativo;
saber agradecer un detalle insignificante que no tiene importancia;
guardar en el corazón con silencio virtuoso y comprensión caritativa las palabras molestas de los que desequilibran la sensibilidad;
aguantar al impertinente con  paciencia y caridad;
- conversar amablemente el tiempo preciso con quien se tiene que atender por oficio, y no manifestar prisas a quien se está atendiendo en cosas necesarias, mirando constantemente el reloj;
 ejercitar la humildad, caridad y prudencia  con quien molesta;
- no hablar de uno mismo ni bien ni mal por sistema;
- no mandar a quien depende de uno las cosas que uno mismo  puede hacer;
- ofrecer a Dios  el buen obrar que uno hace y la gente no entiende,  confunde o le parece mal;
ser interpretado por otros de manera diferente a como uno es y obra;
sufrir la humillación de los desplantes que no se merecen;
- ser tratado con menosprecio o no ser reconocido por las buenas obras;
ocupar el tiempo de la espera obligada en conversación amorosa con Dios;
Estas y otras miles de cosas o cosillas, que no se estiman en la vida,  tienen premio eterno en la otra vida.  
 ¡Qué grande es Dios que se hizo pequeño por amor al hombre, y qué grande es el hombre, que, siendo pequeño, se hace “dios” por amor!   
 Hace muchos años compuse esta poesía que a continuación trascribo:
           
                        LAS PEQUEÑAS COSAS GRANDES

¡Qué pequeñas son las arenas
de los ríos y los mares separadas,
                    y qué grandes y fuertes se convierten,
                    si se hermanan con la masa y  las aguas!
Así son las pequeñas cosas,
que por sí mismas valen poco o nada,
pero se hacen  grandes
por el amor con que se hagan.

domingo, 20 de mayo de 2018

Don Vicente falleció el pasado viernes 18 de Mayo después de una larga enfermedad que ha llevado con aceptación y paciencia.
Lloramos su pérdida pero nos alegramos de que ya esté gozando de la Gloria del Señor en el cielo.
Nuestro agradecimiento a su labor apostólica, a su entrega generosa a su servicio incondicional a la Iglesia.
Los que somos sus hijos/as espirituales intentaremos actualizar este blog para difundir sus escritos y su espiritualidad por si a alguien podría hacerle bien.

miércoles, 23 de diciembre de 2015



Hace ya un tiempo que por problemas de salud Don Vicente no puede escribir en el blog.
Hemos querido ir publicando en papel algunos de sus escritos. Aquí os dejo el enlace al primer librito, para que podáis comprarlo. El precio sólo incluye su coste.
De todas formas podéis seguir descargando los escritos de forma gratuita en pdf.

Jesús y la mujer en el Evangelio

sábado, 5 de abril de 2014

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA
“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25)

Según el dogma de la Iglesia Católica Jesús es   verdadero Dios y verdadero hombre, Persona Divina y Naturaleza humana. Como hombre, hacía todo lo que puede hacer el hombre, menos el pecado, el error, la mentira y el mal; y, como Dios,  todo lo que Él solo puede hacer: Dios humanizado o encarnado.
El Evangelio de hoy nos cuenta la amistad especial, única, que tenía Jesús con una familia de Betania, compuesta por tres hermanos de condición social alta y judíos, profundamente religiosos: Lázaro, Marta y María.
Sucedió que Lázaro cayó enfermo estando Jesús ausente. Marta y María se vieron obligadas a enviar a unos mensajeros para hacerle llegar la noticia de que su amigo Lázaro estaba enfermo. Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Marta salió de casa, y después de muchas búsquedas, azarosa, consiguió  encontrar a Jesús. Y cuando lo vio le dijo en tono apenado: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto. Jesús le contestó: Tu hermano resucitará María. Ella  le respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día
Jesús le contestó: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25)
El que tiene fe, cree firmemente, y vive en consecuencia, aunque muera, vive siempre de muchas maneras, porque Cristo es Camino, Verdad y  Vida.
 Camino único y exclusivo para llegar al Padre y gozar en plenitud de la eternidad de la Santísima Trinidad. Otros caminos que no sean Cristo son sendas o veredas que desvían  del Camino verdadero.
Cristo es la Verdad eterna. Todo lo que no es Cristo es verdad minúscula, terrena, caduca o mentira. Las verdades de este mundo son participaciones analógicas de la verdad de Cristo.

  Cristo es la Vida en esencia, vivencia, presencia y potencia, verdad eterna, causa de todas las cosas. Es Resurrección, vuelta a la vida para quien muere en el cuerpo con fe en la VIDA ETERNA.