sábado, 1 de agosto de 2020

Décimo octavo domingo. Tiempo ordinario.Ciclo A


 EL AMOR A CRISTO
            
           Al simple cristiano de a pie, que quiera seguir a Cristo y amarle, el texto de la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, que San Pablo escribió a los romanos, le puede asombrar, asustar y hasta acomplejar, pues en él se expresa el amor que el apóstol tuvo a Cristo tan elevado y admirable, que no está al alcance de cualquiera. ¿Quién es capaz de amar a Cristo como San Pablo? Nada ni nadie le podían apartar del amor a Cristo: “ni la aflicción, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni cualquier peligro, ni la espada, ni la muerte, ni la vida, ni ninguna criatura, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podían apartarle del amor a Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

            En cambio, nosotros, pobres cristianos, amamos a Cristo, humanamente,  en medio de luchas constantes con las pasiones, debilidades, pecados, miserias, con  pobreza de corazón, apegados a las personas y a las cosas. Y al comparar nuestro amor raquítico a Cristo con el heroico que le tuvo San Pablo, nos sentimos acomplejados, desanimados, sin ganas de seguir adelante, queriendo dejarlo todo y tirarlo por la borda.

Porque las personas que no nos gustan y las cosas adversas nos afligen hasta el extremo de la angustia y depresión; porque tenemos miedo a ser señalados como cristianos en nuestro propio ambiente, tan mundano, en el que no se aprecia ser cristiano e incluso es motivo de persecución; porque nos gusta el dinero y rechazamos la pobreza, nos descontrolamos ante las contrariedades, nos derrumbamos ante las enfermedades, y tememos perder la vida; porque nos asusta el presente, tan lleno de vicios y pecados, nos da pánico el futuro, tan incierto, y temblamos ante la vida y la muerte; porque nos atraen las criaturas, nos apegamos a ellas y vivimos esclavos de las cosas, con ansias de poder y dominio. Por eso, admirando el estilo del amor que San Pablo tenía a Cristo, nos desfondamos y nos dan ganas de plantarnos y dejarnos llevar de la corriente de los tiempos, pues nos da la sensación que hacemos el paripé de ser cristiano y amar a Cristo.
             
        Quizás podremos superar este desánimo o tentación haciendo unas reflexiones sobre el amor a Cristo.

            El hombre nace con deficiencias e imperfecciones en el ser, en el modo de pensar, querer y obrar, por culpa del pecado original. Ninguno es exactamente igual a los otros, de manera que cada persona es única en el ser y en el obrar. Por tanto, piensa, quiere y ama como es, con las imperfecciones en el ser y en el obrar y con la personalidad con que ha nacido y va adquiriendo con la educación a distintos niveles.

Estos factores son determinantes para evaluar los actos personales del hombre, porque nadie piensa igual, obra por los mismos motivos, tiene la misma sensibilidad y ama de la misma manera.

En el mundo, como hemos comprobado en nuestros estudios y constatamos en la Sociedad, hay hombres inteligentes con evaluación de suspenso, aprobado, notable, sobresaliente, matricula de honor, y hasta sabios que penetran los conocimientos de la ciencia hasta una profundidad que parece increíble. Y de la misma manera hay personas que son diferentes en el modo de amar en grados muy distintos y motivaciones diversas. Y por eso, hay santos que amaron y aman a Cristo con un corazón humano común, y santos que amaron a Cristo como San Pablo, con una locura cuerda que supera el común de los mortales, debido a que fue una excepcional persona, que habiendo perseguido a Cristo, se convirtió llegando a ser uno de los apóstoles más enamorados de Él con apasionamiento temperamental, dispuesto a sufrir por Él todos los padecimientos de este mundo.

Así nos lo explica el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores de Cristo, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Hch 9,1-2).

            Para sembrar la esperanza y la paz a los muchos cristianos desconcertados ante la vida de santos eminentes, excepcionales, heroicos, vamos a explicar los principios generales de la santidad, para que cada uno, secundando la gracia que ha recibido del Espíritu Santo, sea santo según la vocación que ha recibido de Dios.

            La santidad consiste en la unión permanente con Dios, que se manifiesta en la vivencia de la gracia santificante, como principio radical. Se consigue con el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios, de manera que el incumplimiento de uno de ellos en materia grave, rompe la amistad con Dios y pierde la gracia, que puede recuperar con el sacramento de la Confesión, que reconcilia al pecador con Dios, le devuelve la gracia perdida y le reconcilia con la Iglesia. Esta es, digamos, la santidad esencial y primaria.

            Además del cumplimiento de la Ley, el cristiano perfecciona su santidad elemental aceptando la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, aunque sea con disgusto, a regañadientes, rebeldías, contrariedades, aunque en el cumplimiento la deteriore con imperfecciones. El cristiano no debe limitarse a ser fiel cumplidor de la Ley, sino que la debe cumplir con exigencias de vivencia evangélica, asimilando en su propia vida el Evangelio en la copia de las virtudes cristianas, vividas con entrega y amor.

            En conclusión es santo el que vive en gracia de Dios, acepta como gracias las cruces que le sobrevienen en la vida, con resignación al menos, o  conformidad con la voluntad de Dios o con la alegría espiritual, conciliable con la pena y el sufrimiento humano. Como cada hombre es diferente, cada santo es también distinto en grado, según la gracia de su propia vocación que ha recibido del Espíritu Santo para la santidad, y la correspondencia a ella y a las múltiples gracias que secunde con su esfuerzo personal en las obras.

Cada cristiano tiene que ser tan santo como Dios le pide y debe según los dones que del Espíritu Santo ha recibido. De modo que podríamos decir que hay santos de tercera división, que son aquellos que viven siempre en gracia, cumpliendo los mandamientos de la ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia, y las obligaciones propias de estado y el trabajo. Santos de segunda división que son aquellos que además ejercitan las virtudes cristianas de modo eminente; y santos de primera división que son aquellos que además viven la gracia de Dios de modo heroico. Sé tú tan santo como debes y puedes, y que los demás sean como Dios quiere y ellos pueden.

sábado, 25 de julio de 2020

Décimo séptimo domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A


  
La liturgia de la Palabra de hoy nos propone, en la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, una frase que me va a servir para pronunciar la homilía: “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”.

Es evidente, a los ojos humanos y a la simple razón, que unas cosas nos ayudan para el bien y otras para el mal. En sentido humano,  nos hacen felices las cosas que nos gustan, que son para nosotros buenas y nos reportan felicidad; y nos hacen mal las que nos disgustan, contrarían nuestra voluntad y nos hacen sufrir. Luego no todo es igual, humanamente hablando, porque unas cosas nos sirven para el bien y otras para el mal.

Esta reflexión humana, que no tiene vuelta de hoja, nos invita a buscar el bien a toda costa, porque nos colma de felicidad, y a rechazar el mal, haciendo todo lo posible para que el mal no suceda o desaparezca de nosotros, si lo tenemos encima. Así son las cosas para el entendimiento y sentimiento del hombre. En cambio, San Pablo nos dice, y es una verdad revelada, que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. ¿Cómo se entiende esto?.

Los cristianos somos hombres, como cualquier otro, pues tenemos la misma naturaleza, y por eso, nos gusta el bien y no queremos el mal, como le pasa a todo el mundo. Pero sabemos por la fe que todo lo que ocurre  lo quiere Dios o lo permite. El bien lo quiere Dios, venga de Él, de los hombres o de la naturaleza de las cosas; y el mal que nos viene de los hombres, de la Naturaleza o de las cosas, de ninguna manera lo quiere Dios, porque es incompatible con su naturaleza divina, que es el Bien sumo y eterno, pero lo permite,  sin quererlo, porque respeta la libertad del hombre, y porque redunda en un bien o muchos bienes que desconocemos. Así nos lo dice el refranero español, que tiene un fondo teológico: “No hay mal que por bien no venga”.

Se entiende que el mal exista porque el hombre es libre, pero no se explica que Dios lo permita para un bien o muchos bienes. En cambio, no se entiende sino por la fe, el que Dios quiera con voluntad expresa que sucedan catástrofes naturales, como son inundaciones, terremotos, volcanes, sequías y otros, que causan muertes de seres inocentes, desgracias personales terribles, y pérdidas de ganancias irrecuperables  ¿Cómo Dios, que es bueno y misericordioso con todos los hombres, que son sus hijos, puede querer  catástrofes que todo el mundo rechaza ¿Qué pensar entonces?

En primer lugar, hay que decir que los conceptos de Dios, su pensamiento y su voluntad transcienden y rebasan todas las categorías del pensamiento humano, y de las de toda criatura creada y creable. ¿Quién puede entender el misterio de Dios, El que Es siempre, su única naturaleza divina y trinidad en Personas, su pensamiento, su querer y obrar? Nadie. Los designios y juicios de Dios no son como los de los hombres, nos dice la Sagrada Escritura.

Dejando para los estudiosos de la filosofía cristiana y de la teología católica las altas cuestiones del Ser de Dios, hay una cosa clara que todos podemos entender a la luz de la razón: que Dios, el Ser eterno,  forzosamente tiene que ser la Sabiduría perfecta y absoluta, cuyo conocimiento supera todo conocimiento creado y creable; y que su voluntad tiene que querer el bien para sí mismo  y para todos los seres creados. De lo contrario, Dios no sería infinitamente sabio y perfecto. La Creación actual es una de las obras perfectas que pudo crear Dios, pero no la más perfecta de todo su poder divino, pues nadie sabe las infinitas obras más perfectas que Dios que tal vez ha creado, o puede crear. Luego la conclusión para el entendimiento humano es clara: La creación y todos los seres creados son buenos. Pero la  existencia del mal en el mundo es una incógnita que el hombre humanamente no puede despejar. Por eso surgen pensadores agnósticos o ateos que, al no poder explicar los males que todos conocemos, niegan la existencia de Dios, caen en el existencialismo, o se inhiben de esta insoluble problemática, y dicen que son misterios de la Naturaleza; y los que tienen alguna fe atribuyen el mal a malos espíritus, y no a Dios, con argumentos de fe que inventan los Fundadores de religiones falsas.

La fe católica explica este misterio basándose en la revelación de Dios, de esta manera que explicamos brevemente en pocas palabras: La Creación entera fue creada por Dios perfecta para residencia del hombre y para su servicio; y también el hombre fue creado por Dios perfecto, en el alma y en el cuerpo, en un estado primitivo personal de gracia, de santidad y justicia, con los privilegios preternaturales de integridad o inmunidad de la concupiscencia, impasibilidad e inmortalidad. Pero misteriosamente el hombre libremente pecó, y por el pecado,  quedó dañado en todo su ser, quedando reducido a la ignorancia, al error, a la mala voluntad, a la concupiscencia del mal, al dolor y a la muerte; y como consecuencia del pecado, también el mundo quedó deformado, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, del Papa, Juan Pablo II. Para redimir el pecado del hombre, el Hijo de Dios, encarnó en las entrañas de Santa María Virgen, vivió, padeció, murió y resucitó, y con el misterio pascual restituyó al hombre los privilegios que le había concedido antes del pecado. Pero  cada hombre tiene que sufrir en su propia carne las consecuencias del pecado: los defectos de las facultades de alma en el pensar y amar, la concupiscencia o inclinación al pecado, el dolor y la muerte, bajo la esclavitud del demonio, hasta el fin de los tiempos, entonces todos los hombres resucitarán y toda la Creación será renovada.

Pensando las cosas así, desde la fe y con la fe, la conclusión es clara: “sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. Aserto que no quiere decir que a los que aman a Dios todo les da igual, todo les es indiferente, sino que gustándoles, como a todos, lo que es bueno humanamente, todo lo enfocan hacia el bien, todo lo utilizan y lo aceptan como venido de Dios para el bien propio y de todos los hombres para su redención, aunque no conozcan los porqués del mal. Las razones son tres:

- porque los que aman a Dios, de verdad, viven con total fe y confianza la providencia amorosa de Dios que cuida todas las cosas con sabiduría y bondad, como nos enseña el Concilio Vaticano I;
- porque Dios es Padre de todos los hombres y todo lo quiere o permite para su bien, aunque no sepamos distinguir en qué consiste ese bien, que tiene apariencias de mal;
- y porque los males de este mundo, que sufrimos, no se pueden comparar con los bienes que poseeremos en el Cielo: visión y gozo de Dios eternamente.














sábado, 18 de julio de 2020

Décimo sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A


En la primera lectura de la liturgia de la Palabra del domingo décimo sexto del tiempo ordinario, que estamos celebrando, hay un texto del libro de la Sabiduría sobre el que yo quiero ocupar mi atención para pronunciar la homilía de hoy: el justo deber ser humano.

Para desarrollar esta tesis, y de su exposición poder sacar las consecuencias prácticas espirituales para el alimento de nuestras almas, haré antes una breve explicación sobre el significado de la palabra justo.

Justo es el hombre  cumplidor de la ley, el santo. El Evangelio nos dice que San José era un hombre justo (Mt 1,19), que equivale a decir santo, porque fue el fiel cumplidor de la ley de Dios y de todas sus obligaciones personales, familiares, laborables y sociales. Santidad y justicia en sentido cristiano se identifican.

El hombre, justo o pecador, debe ser humano, es decir, comprensivo, no intransigente, sino tolerante y condescendiente. En el santo no se concibe la santidad sin la caridad, máxima virtud cristiana que en su suprema expresión exige la comprensión; además el santo tiene que ser comprensivo porque también es pecador, pues nos dice la Sagrada Escritura que el justo cae siete veces al día, como queriendo decir que es débil y diariamente comete muchas faltas e imperfecciones, que no siempre son ofensas a Dios. Por consiguiente, el santo, por exigencia de su condición de santidad y de hombre pecador también, debe ser humano o comprensivo, porque él necesita también la comprensión de los demás y el perdón de Dios. Y con más razón todavía debe ser humano el pecador, a título de justicia, pues es injusto que él sea rígido y severo con los demás, siendo él igual o peor que otros.

Comprender implica conocer al hombre en concreto, aceptarle como es, y no como a nosotros nos gustaría que fuera, valorar sus virtudes y hacerse cargo de sus debilidades, miserias y pecados, excusarle de la manera que sea posible, juzgarle con misericordia, y jamás condenarle en el corazón, porque como nos dice San Pablo “el amor no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (I Co 13,5-7).

El conocimiento del hombre es una ciencia de las más difíciles de dominar, pues cada uno es un misterio que solamente Dios comprende en su totalidad. El hombre difícilmente se conoce a sí mismo en su  profundidad, ni es conocido del todo por los que conviven con él, y ni siquiera por los sabios de las ciencias de la Psicología y Psiquiatría, que sólo saben generalmente los comportamientos normales y extraños del individuo. Pero siempre quedan aspectos escondidos en los pliegues secretos del desequilibrio humano, que a veces surgen inesperadamente, causando asombros extraños y sorpresas inconcebibles para todo el mundo, incluso para los mismos entendidos.   
 
Tenemos la mala costumbre,  poca psicología, poca  educación y virtud de juzgar a los hombres con el propio criterio, aprobando en ellos lo que nos gusta y rechazando lo que nos disgusta, como si nuestros gustos fueran la norma única y cierta para evaluar la conducta de los demás, habiendo muchas y diversas opiniones sobre el conocimiento humano. 

Comprender es darse cuenta de que todos somos distintos, que no hay una persona repetida, que cada uno es único, con su propia constitución natural de  carácter o temperamento, y con las añadiduras de las taras que ha heredado de sus padres, de la educación familiar que ha recibido, de la cultura que ha adquirido, del ambiente social en que ha vivido, que son factores que configuran al hombre en su ser, sentir, pensar y obrar.

Cada hombre tiene su propia personalidad física, irrepetible, personalidad psicológica, parecida a la de otros, pero distinta, personalidad espiritual diferente a la de los demás,  con la que entiende las cosas, obra y se comporta en sociedad. Cada pecado es personal, cometido por una persona en concreto con su propia personalidad, teniendo en cuenta el conocimiento del mal, su libertad, sus pasiones, desequilibrios, sentimientos y muchas circunstancias, que determinan la malicia del hombre, que sólo Dios  puede juzgar.

Es frecuente entre los cristianos, y más aún entre las personas piadosas, ser intransigentes, excesivamente rigurosos al juzgar los actos de los que son practicantes de manera diferente a la nuestra, no lo son, o se llaman descreídos, agnósticos y ateos, pues, tal vez, les sucede como dice el Evangelio: “ven la mota en el ojo del prójimo y no ven la viga en el propio”.

El que es bueno, el que es santo, reconoce que ha sido y es pecador, y porque tiene presente los pecados de su vida pasada o presente, comprende las debilidades de los demás y sus pecados. Porque sabe que si no hubiera sido por la misericordia de Dios, sería tan malo como el primero; y si es tan bueno o santo, como piensa que es, no se debe  a su esfuerzo sino  a la gracia de Dios, que le ha arropado con circunstancias especiales de amor. Santa Teresita del Niño Jesús decía que era buena porque Dios iba delante de ella quitando del camino, por donde ella tenía que pasar, las piedras para que no tropezara. Y piensa también que si aquellos a quienes critica hubieran tenido las mismas gracias que él, tal vez  serían mejores, más humanos, más comprensivos, más santos.

En estos momentos de escucha de la palabra de Dios, cada uno reflexione sobre la familia en que ha nacido, padres que ha tenido, educación que ha recibido, colegio que ha frecuentado y ambientes en que ha sido educado. Y sopesando todas las circunstancias: el amigo que Dios ha puesto a su lado, la Parroquia, la catequesis, el sacerdote, la religiosa, etc. forzosamente tiene que caer de rodillas dando gracias a Dios por el diluvio de gracias que ha recibido; y al mismo tiempo, considerando los pocos medios con que han contado aquellos a quienes censura injustamente y con poca caridad, pedirá perdón a Dios por la desconsiderada crítica, y no se atreverá a juzgar a los hermanos, comprendiendo sus fallos, debilidades y pecados.

En definitiva ser humano es respetar la manera de ser de los demás, aunque no nos guste, su  pensamiento, aunque sea contrario al nuestro, su ideología cultural, religiosa y política, incluso su pecado, que no conculque los derechos humanos, pues el hombre es libre para pecar. Significa también respetar los distintos estilos de pensar y obrar, tener  relación laboral con los que trabajan con nosotros y relación social con todos los hombres, porque todos somos todos hijos de Dios y hermanos en Jesucristo.           




sábado, 11 de julio de 2020

Décimo quinto domingo. Tiempo ordinario. ciclo A

LIBERTAD GLORIOSA DE LOS HIJOS DE DIOS

El texto de la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, del apóstol San Pablo a los Romanos, es de una profundidad teológica que necesita una explicación, pues no se entiende con una simple lectura o una escucha atenta y devota. El temario fundamental es la libertad plena y gloriosa de los hijos de Dios.

El Apóstol nos dice que el estado actual de toda la creación es como el de una madre que sufre dolores de parto en espera del nacimiento de su hijo: “La creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

Es evidente que ahora son muchos los sufrimientos, trabajos y fatigas que los hombres padecemos, pero no se pueden comparar con la gloria que un día se nos descubrirá. Merece la pena padecer en esta vida todo tipo de dolores y pruebas, aunque humanamente sean inconcebibles, porque el premio en la otra  superará todos los padecimientos de todos los hombres y de todos los tiempos, por muchos y graves que sean: ver y gozar de Dios, Uno y Trino, eternamente, visión y gozo, que ninguna criatura puede ni imaginar.

El mundo, que ahora conocemos, deformado por el pecado, será restaurado a su primitivo estado, al final de los tiempos, y se convertirá en los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra; y entonces vendrá la plena y total libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Este texto nos ofrece una buena oportunidad para hablar de la verdadera libertad.

¿Qué es la libertad?

Decía Kant que la libertad es uno de los conceptos de la Metafísica más difíciles de entender y explicar. Por eso la utilizan tanto los políticos para imponer sus ideas y sacar con ellas provecho para el partido, para sí mismos.

No vamos a filosofar sobre la libertad, cometido que corresponde a la Universidad o a centros especializados del pensamiento humano. Simplemente hablaremos de la  libertad cristiana, libertad de los hijos de Dios, que se opone a los distintos modos humanos de entender la libertad en sus múltiples acepciones.

La libertad no consiste en hacer cada uno lo que quiera, cosa imposible, pues toda libertad está limitada por los derechos y obligaciones de los hombres, mutuos y recíprocos, de manera que la libertad de uno termina donde empieza la libertad de los demás; y además, necesariamente, está regulada por la ley civil, normas de convivencia, costumbres sociales y obligaciones laborales, familiares y sociales.

Por otra parte, como es evidente, el hombre está sometido a debilidades y enfermedades de la propia persona que, aunque quiera, no puede evitar; y obligado a sufrir las diversas circunstancias de la vida que, en contra de su voluntad, no puede impedir.  De modo que nadie es libre totalmente, de modo absoluto. A este estilo de libertad se podría apodar utopía de la libertad o libertad irracional. Solamente Dios es absolutamente libre, pues no depende de nada ni de nadie, porque  es Señor de todas las cosas.

El libertinaje tampoco es expresión de la libertad, sino más bien una esclavitud de ella. Hombre libre no es lo mismo que “hombre sin ley o contra ley”. El  que hace todo lo que quiere no es libre, sino un esclavo de la falsa libertad, un libertino. Si cada uno hiciera lo que le gustara, al libre albedrío de las propias pasiones, sin normas morales, ni sumisión alguna, ni respeto a las ideologías y comportamientos de los demás, la convivencia humana sería un infierno en la tierra.
           
El sentido común de libertad filosófica es la simple capacidad de hacer o no hacer una cosa buena o mala: elegir entre el bien o el mal. La libertad supone la ley moral que está determinada por la autoridad civil, el consenso común de los pueblos o el Parlamento, si el Estado es democrático.
           
El hombre es libre para hacer todo lo que quiera o le guste moralmente con tal que cumpla la ley civil y sus obligaciones. Se puede hablar de numerosas clases de libertad, que tienen que ser protegidas por la autoridad y respetadas por todos: libertad artística, libertad cultural, libertad política, libertad democrática, libertad de pensamiento, libertad de expresión, libertad de asociaciones...  Todos los tipos de libertad tienen que estar regulados por la autoridad para evitar abusos, aberraciones y desórdenes.
           
En cambio, la libertad cristiana es otra cosa. Supone la ley moral que está inscrita  en la conciencia de cada hombre y en el Decálogo de la ley de Dios. Radica en la elección de bienes. Dios es libre y metafísicamente no puede hacer el mal; y los santos y los ángeles en el Cielo son también libres y eligen necesariamente siempre el bien.

 La capacidad de poder elegir el mal no es una cualidad de la libertad, sino más bien un defecto de ella. El mal, en cristiano, no se debe elegir, porque está en contra de la ley de Dios, y es un pecado. El pecado es una equivocada y prohibida elección del mal que ofende a Dios.
          
Ley, libertad y obediencia son conceptos íntimamente relacionados entre sí.  La ley no es impedimento para la libertad sino una necesidad para su existencia: posibilita la libertad y hace factible la obediencia.

La responsabilidad moral del hombre depende del conocimiento de la ley y de su libertad en sus actos. No es libre y, por tanto responsable, el que obra por coacción externa total o a consecuencia de un desequilibrio interno insuperable. El que hace lo que debe, según ley de Dios, es un señor de la libertad. El santo es el hombre libre en plenitud, porque hace lo que tiene que hacer: cumplir la voluntad de Dios, que es el mayor bien que se puede elegir.

La libertad religiosa no se puede entender en sentido optativo: da lo mismo tener religión que no; profesar una religión que otra; elegir la religión que más conviene, aunque todas sean igualmente reconocidas por la autoridad civil.

La libertad religiosa “consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella, dentro de los límites debidos" (DH 2).


sábado, 4 de julio de 2020

Décimo cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

 

El evangelio de hoy me ofrece dos temas interesantes para pronunciar la homilía: la sabiduría divina que el Espíritu Santo regala a la gente sencilla y el alivio que Jesús concede a los que están cansados y agobiados, porque el yugo es llevadero y la carga ligera. Estas son las palabras: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla...Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Yo voy a elegir el primer tema: Las cosas de Dios están escondidas a los sabios y entendidos y reveladas a la gente sencilla.

 Dios esconde el secreto de los misterios de la fe a los sabios y entendidos que ponen su corazón en las fuerzas propias de su inteligencia con autosuficiencia, y revela las cosas de Dios a la gente sencilla que las acepta con humildad y transparencia, porque tienen el alma limpia de pecado.

 Dos palabras vamos a explicar: la sencillez y la sabiduría del Espíritu Santo, con el fin de entender el sentido de la Palabra de Dios: Dios revela los misterios de la fe a la gente sencilla, y se los esconde a los sabios y entendidos.

 ¿Qué es la sencillez?

La sencillez es una cualidad temperamental o virtud de la gracia. Es, en definitiva, un regalo de Dios en la propia naturaleza del hombre o regalo del Espíritu Santo. Hay quien ha nacido sencillo y quien por su propio ser constitutivo es complicado, de carácter adverso. Tanto uno como otro puede conseguir  la sencillez, si bien el que la ha recibido en su propio ser, no tiene que hacer nada más que potenciar sobrenaturalmente esa virtud con la que ha venido a este mundo. En cambio, el que es rebelde por temperamento puede conseguir la sencillez con la gracia de Dios y el esfuerzo personal. La sencillez, como virtud, es conciliable con cualquier carácter, pues radica en el corazón y se expresa con limpieza de intenciones y humildad en obras caritativas. El que no es sencillo y estudia cuidadosamente la manera de serlo, hace el papel del ridículo en el teatro de la hipocresía.

 El sencillo no es el humilde de condición social, porque el dinero y la cuna no determinan la sencillez de una persona. Se puede ser sencillo, siendo rico, y soberbio siendo pobre. Tampoco el sencillo es el apocado, el vergonzoso, el tímido, porque siendo de condición psicológica débil, se puede ser soberbio, orgulloso y vanidoso; y por el contrario, el que tiene un carácter extrovertido, abierto puede esconder en su desparpajo gracioso o distante una mente traslúcida y un corazón sin trampa. El que estudia la manera de aparentar ser sencillo,  cae en el peligro de resultar doble. La virtud de la sencillez en una persona es campo propicio para que el Espíritu Santo siembre en ella el don de la sabiduría.

 La ciencia humana se consigue con la capacidad del entendimiento, la constancia paciente y laboriosa del estudio, el aprovechamiento de las oportunidades que sobrevienen y otros factores. Cuanto más inteligente es el hombre, más  persevera en el empeño del dominio de la ciencia, y más  y mejor explota los medios con que cuenta, más sabio es. La sabiduría humana no es de todos, es propia de unos cuantos o de muchos, pero de manera proporcional para quienes, siendo inteligentes, trabajan por alcanzar el conocimiento último de las cosas.  Así sucede en las cosas humanas.

         En cambio, la sabiduría divina no depende de la capacidad del entendimiento, ni del esfuerzo perseverante en el estudio, ni de los medios humanos que se tienen al alcance de la mano, sino de la gracia de Dios y del esfuerzo personal. No sabe más de las cosas divinas el que más domina la ciencia teológica y mejor conoce los secretos de la fe, sino el que posee el don de la sabiduría que el Espíritu Santo regala a la gente sencilla que Él quiere.

La Historia de la Iglesia demuestra que sabios, como, por ejemplo, San Agustín o santo Tomás de Aquino, que dominaron toda la ciencia de su tiempo, porque fueron sencillos de corazón recibieron el don de la sabiduría para entender, vivir y explicar, como pocos o como nadie, los misterios de la fe con una clarividencia meridiana que asombra a todos los que estudian sus obras.

         También han existido personas sencillas, genios de la divinidad, que con la cultura elevada de su tiempo fundaron Institutos de vida consagrada, viviendo experiencias místicas que no aprendieron en ninguna universidad de la Iglesia, como por ejemplo, Santa Teresa de Ávila; y personas humildes y sencillas sin letras, que con una inteligencia común y unos pocos conocimientos de cultura general y mucho corazón, ilustradas por la sabiduría de Dios, aprendieron los secretos de la fe, que no conocieron los eminentes teólogos de su época; y hoy hay entre nosotros cristianos de a pie, que con su fe conocen a Dios con el corazón más que con la razón mejor que muchos sacerdotes y obispos. Mucha gente sencilla del pueblo de Dios con sus rezos y pobres oraciones aprenden la sabiduría del Espíritu Santo que no conoce la ciencia humana.

         En las bienaventuranzas, constitución de la Iglesia, Jesús proclamó que los sencillos: “Bienaventurados los limpios de corazón” ¿Quiénes son los limpios de corazón? Son aquellos cristianos que viven o hacen por vivir el estado de gracia,  luchan por  superar los pecados veniales y faltas voluntarias; o aquellos otros que por vocación se consagran  a Dios a vivir la perfección evangélica en la Iglesia, en el mundo o fuera de él, mediante votos u otros vínculos.

         Ver a Dios es creer en Él, fiarse de Él, cumplir los mandamientos y las obligaciones propias de su estado y trabajo en la presencia del Señor que da la seguridad de que todo lo que sucede es providencia amorosa de Dios Padre. En definitiva, los limpios de corazón son los sencillos que por tener una mente equilibrada y corazón puro, conocen las cosas de Dios que no entienden los sabios y entendidos de este mundo.

 

sábado, 27 de junio de 2020

Décimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A


 MUERTOS AL PECADO

 MISTERIO PASCUAL EN EL BAUTISMO  


En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando hoy, original del Espíritu Santo y escrita por San Pablo, se nos dice que “si por el bautismo hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Y concluye: Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Estas palabras me van a servir a mí para hacer unas reflexiones espirituales sobre el bautismo, como participación en el misterio pascual.

El bautismo no es una ceremonia religiosa por la que un bautizado se hace miembro de la Iglesia, como institución humana, y se inscribe en los libros parroquiales, algo así como un novicio, después de una experiencia de vida religiosa, por medio de un acto litúrgico se hace miembro de un Instituto de vida consagrada; o como un laico comprometido con la fe se afilia a una Hermandad o Cofradía para vivir un carisma cristiano.

El bautismo es un sacramento de fe por el que el hombre, nacido del pecado, es regenerado a la vida sobrenatural, recibe la gracia santificante, se le borra el  pecado original y todo pecado, se  hace hijo de Dios, heredero de su gloria y se  incorpora a la Iglesia para participar de su misión. En este sacramento se realiza una auténtica transformación del ser natural, hijo del pecado, en hijo de Dios, de manera que el cuerpo del hombre queda convertido en templo vivo del Espíritu Santo y su alma en sagrario de la Santísima Trinidad. Es además la realización mística del misterio pascual de Cristo, la actualización de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que consiste en  el paso de la muerte del pecado a la resurrección de la vida de la gracia. Así nos lo enseña el apóstol San Pablo en la segunda lectura que estamos comentando: Los bautizados, que “han unido su existencia con la de Cristo en una muerte como la suya y han sido sepultados con Él en la muerte (Rm 6,4-5), son también juntamente con Él vivificados y resucitados” (Eph 2,6).

No tiene sentido ser cristiano y no entablar una lucha constante contra el demonio para vencer el pecado y tratar de vivir siempre en gracia de Dios durante toda la vida, identificándose con Cristo en su vida, pasión y muerte y resurrección. Por consiguiente, no se puede ser cristiano de fachada, cristiano por estar bautizado y pagano o mundano de corazón y de obras. Si soy cristiano por tradición familiar, por costumbre del lugar o de época, por gusto personal, y no soy consecuente con la fe del bautismo, soy cristiano a mi manera,  a mi capricho.

Podríamos distinguir estas clases de cristianos:

- Cristianos bautizados, cristianos de derecho, que  están inscritos en los libros parroquiales, pero de hecho no viven los compromisos del bautismo. No son enemigos de la Iglesia, pero tienen con ella relaciones de Sociedad en bautizos, bodas, primeras comuniones. Son cristianos circunstanciales que tienen su fe personal, rezan, alguna vez que otra, principalmente en momentos de apuros, necesidades, enfermedades, como se dice: “se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena”.

- Cristianos practicantes, cristianos de prácticas cristianas, que van a misa, sin perder un solo domingo y día de precepto, rezan, tienen sus devociones personales, pertenecen a hermandades y cofradías, pero jamás confiesan ni comulgan por razones personales que cristianamente no se entienden aunque humanamente se comprenden.

- Cristianos vivientes, cristianos que viven el cristianismo de verdad, consecuentemente con la fe de la Iglesia, tratan de cumplir los mandamientos con fallos humanos y pecados, y hacen todo lo que pueden por vivir siempre en gracia de Dios, aunque tengan que confesarse.

- Cristianos de perfección evangélica, cristianos que además de vivir la fe con la vivencia de la gracia, se consagran a Dios en servicio de la Iglesia para vivir los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad con votos o compromisos especiales, tanto en el mundo como fuera de él.

- Cristianos de corazón, hombres y mujeres, no bautizados, que pertenecen a la Iglesia de Cristo de hecho, aunque no de derecho, porque viven, de buena voluntad, la fe que conocen y en la que han sido educados, por razones de cultura, del País en el que han nacido, y del ambiente social en que han vivido.

- Cristianos de la misericordia infinita de Dios que son todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, país, cultura y color, con religión o sin ella, que son juzgados por Dios en el secreto íntimo de su conciencia, según el criterio de su sabia e infinita misericordia, que nadie en este mundo conoce ni puede conocer, ni siquiera en el Cielo. Por consiguiente, no juzguemos, y menos condenemos en nuestro corazón, las obras del prójimo, por muy malas que sean o nos parezcan en orden a la salvación, pues con toda seguridad en el Cielo nos llevaremos sorpresas agradables y desagradables, porque los juicios de Dios no son como los de los hombres.

sábado, 20 de junio de 2020

Décimo Segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A

CULPA Y DON,  DRAMA DE LA HISTORIA DEL HOMBRE

        En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra se nos habla de la historia del pecado del hombre y de la salvación por parte de Cristo. “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron... Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos”.

Estas palabras nos ofrecen una buena oportunidad para explicar brevemente en esta homilía el drama de la Historia del hombre en cuatro actos, que vamos a enumerar y después explicar por separado:

1 Dios creó al hombre perfecto, persona sobrenatural, en un estado de gracia y con los dones preternaturales de integridad o inmunidad de la concupiscencia, impasibilidad o inmunidad de dolor e inmortalidad.
2 El hombre pecó y Dios le castigó quitándole los dones preternaturales que le había regalado, quedando sometido a su estado natural: al error, al odio, al dolor y a la muerte, bajo la esclavitud del demonio.
3 El Hijo de Dios, Jesucristo, redimió al hombre de su pecado mediante el misterio pascual: vida, pasión y muerte, para que el hombre, asumiendo la redención de Cristo personalmente en su misterio pascual, quede salvado.
4 Al final de los tiempos, el hombre resucitado quedará convertido en un estado mejor y superior al que Dios creó en su estado primitivo antes del pecado.

1º CREACIÓN DEL HOMBRE

La fe nos enseña que el hombre fue creado por Dios perfecto en el alma y en el cuerpo, persona sobrenatural. Conocía la verdad sin error, amaba sin pasión ni odio, no tenía la inclinación al pecado, no padecía ni tenía que morir.

2º EL PECADO DEL HOMBRE Y SU CASTIGO

El hombre, tentado por el diablo misteriosamente, pecó. Y Dios le castigó privándole de lo que le regaló sobrenaturalmente, dejándole en el puro estado de su naturaleza humana, tal como ahora existe. Pero la culpa fue perdonada por Dios en el mismo momento del pecado con la promesa de la Redención.

Hagamos una reflexión sobre el hombre en el estado actual de naturaleza caída. El hombre es un ser complejo, una mezcla de perfecciones e imperfecciones que desconciertan. Por un lado, es el ser más perfecto de la creación, un microcosmos, pequeño mundo, porque tiene algo del reino mineral, como los huesos, algo del reino vegetal, como la vida, algo del reino animal, como los sentidos, algo del reino angélico como la espiritualidad y algo del reino divino, como la gracia.

Pero por otra parte, es un ser imperfecto en su ser y en su funcionamiento, con grandes contrastes. Conoce la verdad con muchos esfuerzos y muchas limitaciones, pero también padece el error y lo confunde con la verdad. Ama, humanamente, con las limitaciones y condicionamientos propios de su ser, pero busca también su bien amándose a sí mismo en el amor al otro con egoísmos e intereses; cambia fácilmente un amor por otro, lo sustituye y hasta lo olvida; y de la misma manera no ama, busca la venganza e incluso odia. El cuerpo del hombre está sometido al dolor, a la enfermedad, a la sexualidad desordenada y a la muerte.

¿Cómo Dios, infinitamente sabio y bondadoso, ha creado al hombre, hijo suyo, a su imagen y semejanza con tanta perfección y tantos defectos? Ciertamente que en la creación del hombre tuvo que haber algún misterio, pues no se entiende que en la obra maestra de la Creación haya tantas maravillas y tantos fallos a la vez.

         Sobre este tema han reflexionado los sabios de todos los tiempos arbitrando filosofías más o menos comprensibles, pero de ninguna manera convincentes; y también los fundadores de religiones humanas, buscando las causas del mal en el hombre, han dado respuestas raras, fantásticas y hasta disparatadas, que no entran dentro de las cavilaciones equilibradas del entendimiento humano y cristianizado.

Los intelectuales, ateos o agnósticos, estudiando los problemas del mal en el mundo,  que transcienden la capacidad del entendimiento humano, acaban por inhibirse de estas cuestiones, humanamente insolubles, y no aceptando ninguna fe humana, ni siquiera la fe de la Iglesia católica. Caen en el existencialismo o simplemente pasan la vida angustiados en manos del desequilibrio o atrapados en la trampa de los vicios. Y aquellos otros sabios, que no tienen fe, pero que son hombres buenos, viven y mueren en manos de Dios que todo lo sabe y comprende la intención de cada entendimiento y el móvil de cada corazón, abrigados y amparados por la sabiduría infinita de la misericordia de Dios, misterio para los hombres.

3º REDENCIÓN REALIZADA POR JESUCRISTO

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, la Palabra, el Verbo, encarnó en las entrañas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, nació, vivió oculto en Nazaret casi treinta años, predicó la buena noticia de la Salvación durante tres años y después padeció, murió y resucitó, realizando así el llamado misterio pascual, marcando con este ejemplo los pasos que cada hombre tiene que seguir para asumir en sí mismo el misterio pascual individualmente, con el fin salvarse o ser redimido.

La Iglesia fundada por Él realizará esta Obra hasta el fin de los tiempos.

4º EL HOMBRE MUERTO Y RESUCITADO PARA LA VIDA ETERNA

Cuando este mundo termine, Cristo volverá otra vez a la Tierra a clausurar la Iglesia y convertirla en Iglesia celeste y gloriosa en la que todos los resucitados con Cristo gozarán eternamente de la visión y gozo de la Santísima Trinidad, que será entonces visión y no misterio por los siglos de los siglos que no tendrán fin.

        Entonces, todo el mundo comprenderá el misterio de dolor que ahora nos acosa, y sabremos que mereció la pena el sufrimiento, que humanamente no se entiende, y que la muerte tuvo sentido porque Cristo, Dios mismo encarnó, para que después en la otra vida vivamos eternamente “como dioses, resucitados, participando de la gloria divina, en un estado glorioso, que ninguna criatura es capaz de concebir. Por eso, la liturgia del sábado santo en el pregón pascual nos dice que el don de la redención superó al pecado del hombre con estas palabras: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!