sábado, 2 de octubre de 2021
Vigésimo séptimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
sábado, 25 de septiembre de 2021
Vigésimo sexto domingo. Tiempo ordinario. ciclo B
miércoles, 15 de septiembre de 2021
Vigésimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
Cuando nació Jesús en el portal de
Belén, un ángel del Cielo se apareció a los pastores que velaban el rebaño a la
intemperie y les comunicó la buena
noticia del nacimiento del Mesías, el Señor, el Salvador. De pronto, en torno
al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios
diciendo: Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres, que ama
el Señor. Fue el mensaje del Evangelio, la gran noticia, la redención que se
cifra en la glorificación de Dios en el Cielo y el establecimiento de la paz en
la Tierra.
La
gloria de Dios es el fin último y supremo de toda la creación, y, por supuesto,
principalmente del hombre, que es la síntesis de todo lo creado. En esto
consiste la perfección del hombre en glorificar al Señor de la Creación, que es
definitiva su propio bien temporal y eterno. Los santos y los ángeles del Cielo
no hacen otra cosa que alabar a Dios eternamente; y los hombres en la Tierra
que quieran santificarse para ir al Cielo no tienen otro camino que cumplir la
voluntad de Dios, que es el mayor bien
para él.
¿En
qué consiste la paz que Dios quiere para todos los hombres?
La
paz no consiste en la ausencia de guerra ni en la abundancia de bienes, porque
el bienestar social sin armas no causa la verdadera paz. Existen familias que
nadan en riquezas, que no se tiran los trastos a la cabeza, y no son felices. Y
hay personas a quienes les sobra todo, tiene incluso poder y dinero, viven en
ambientes pacíficos, y tampoco son felices.
La
guerra temperamental producida por el carácter más o menos violento, exaltado,
nervioso, sanguíneo, debe compaginarse con la paz espiritual. Se puede estar
tranquilo en la conciencia y tener los nervios de punta, que no son causas de
pecado, sino objeto de tratamiento. Sólo Dios sabe cómo y cuánto peca el que
sufre tener un temperamento difícil; y poca o casi ninguna responsabilidad
moral tiene el que obra con desequilibrio mental.
En la
segunda lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo el apóstol
Santiago nos habla de las envidias y peleas y todo tipo de males, que provienen
del desorden de las pasiones; y causan la guerra en las familias y en los
ambientes de la Sociedad. Como remedio para estos males está la sabiduría de
Dios, que es amante de la paz. Para
entender el sentido de esta frase habrá que explicar qué se entiende por
sabiduría y qué por paz.
La
sabiduría de arriba o de Dios nada tiene que ver con la sabiduría humana, que
es el conocimiento de la ciencia, que suele engendrar soberbia y no paz. No el mucho saber harta y satisfazle alma,
sino el saborear las cosas internamente, nos dice San Ignacio de Loyola.
sábado, 11 de septiembre de 2021
Vigésimo cuarto domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B
Como respuesta a la Palabra de Dios proclamada en la primera lectura, hemos afirmado comunitariamente una frase, que tiene rango de promesa: “Caminaré en presencia del Señor en el País de la vida”.
Si prestamos atención sobre ella, observamos que contiene dos partes: caminar en la presencia del Señor y en el País de la vida, que unidas entre sí forman un auténtico plan de vida espiritual y pastoral. ¿Qué significa caminar en la presencia del Señor? ¿Qué significa en el país de la vida?
Caminar en presencia del Señor
Para poder caminar se necesitan tres cosas: salud en el cuerpo, movilidad en las piernas y la marcha. Un enfermo, por muy ágiles que tenga las piernas, no puede caminar porque le falta la salud es indispensable para hacer camino; un sano, por mucha salud que tenga, no puede andar si le fallan los pies; y un hombre sano y robusto con movilidad en los pies, no camina si se queda parado y no se pone en marcha. Teniendo estas tres condiciones indispensables para andar, tanto mejor se camina cuanto mejor es la salud, más ejercitada se tiene la musculatura de las piernas y más rápido es el desplazamiento.
Aplicando este ejemplo natural a la vida cristiana, podríamos decir que para caminar en presencia del Señor, es necesario tener salud en el alma, es decir estar en gracia de Dios y ejercitar las virtudes, que son las potencias sobrenaturales del ejercicio del bien. De esta manera, se hace el camino que va desde el tiempo a la eternidad, es decir desde que empezamos a vivir en cristiano hasta que llegamos a la meta del Cielo. Este recorrido se puede hacer de dos maneras: caminando simplemente en estado de gracia y caminando además con el estilo apostólico del ejercicio de obras buenas, bajo la bondadosa mirada de Dios Padre.
¿Y cómo se consigue estar en gracia? La respuesta es muy sencilla, evangélica: cumpliendo sustancialmente los mandamientos de la ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia; digo sustancialmente queriendo decir observando los preceptos del Señor en materia grave, pues es evidente que en el cumplimiento obligado de la ley, siempre hay defectos, imperfecciones, debilidades, que no obstaculizan la marcha, como tampoco dificulta la carrera los pequeños trastornos del cuerpo ni los rasguños en las piernas, por ejemplo. La gracia de Dios es consecuencia del cumplimiento de la Ley y el pecado consecuencia de su incumplimiento. “El que me ama, cumple los mandamientos, mi Padre lo amará y vendremos a Él y haremos morada en él”, dijo Jesús en el Evangelio. Un cristiano que camina en la vida espiritual con desgana, tibieza, a disgusto, a la fuerza, acaba por pararse y no caminar; y, si, todavía peor, vive en pecado mortal, no puede caminar. Tiene el don de la fe, pero no la vida del alma que es la gracia, de la misma manera que el enfermo tiene la vida, no está muerto, pero no la fuerza para caminar.
No basta cumplir la ley sustancialmente, es decir no ofender a Dios en materia grave, sino es necesario también cumplir la ley con la mayor perfección posible: hacer las cosas cada día mejor, ejercitando las virtudes con ilusión progresiva de santidad. Caminar en la presencia del Señor, en sentido pleno, es no sólo andar en gracia de Dios, sino vivir por dentro el misterio insondable de la presencia de Dios en el alma por medio de la inhabilitación del Espíritu Santo y hacer el camino con la mayor rapidez posible realizando obras buenas con ilusión santificadora y apostólica. Es, para mayor abundancia, una correspondencia a la realidad teológica de la inmensidad de Dios en todos los seres, principalmente en los hombres. Si Dios está siempre presente en el hombre, lo lógico es que el hombre esté presente en Dios. La presencia de Dios nos ayuda a evitar el pecado y a realizar las cosas con mayor perfección. No debemos caminar en el camino de la vida cristiana como quien se siente vigilado por la mirada de Dios, ni como quien teme que el jefe le pille en un incumplimiento del deber, sino más bien como quien camina acompañado, protegido y ayudado por la gracia de Dios, que es presencia de Dios operativa. No es lo mismo caminar con un extraño con la sensación fría de no ir solo que caminar con una persona a quien se la quiere mucho y con la que se camina con gozo. Caminar con el Señor es ir con Él a todas partes y tenerle presente en todos los actos, sabiendo que Dios está siempre con nosotros haciendo el mismo camino y comprometido en nuestra marcha; y si nos faltaran las fuerzas y nuestra cruz se nos hiciera humanamente insoportable, Cristo con nuestra cruz a cuestas camina con nosotros haciendo las veces de Cirineo.
¿Cuál es el país de la vida por el que tenemos que caminar?
La
Iglesia, que es el Reino de Cristo en la Tierra, anticipo del Reino de los
Cielos, meta final de nuestra vida y Patria de gloria eterna a la que esperamos
llegar por la misericordia infinita de Dios Padre. Caminemos como fieles hijos
de la Iglesia Católica en amor, obediencia y fidelidad. Ella es nuestra Madre
que nos enseña el camino de la Vida que es el cumplimiento de la Ley de Dios,
las fuentes de la vida, fuerzas para caminar, que son los sacramentos, y los
medios para mantener las constantes de nuestros pasos al andar, que son la
oración y el ejercicio supremo del bien obrar.
Todo cuanto llevamos dicho en esta homilía se puede resumir en pocas palabras de esta manera: Haremos nuestro viaje de la Tierra al Cielo caminando en estado de gracia, como paso elemental y necesario, pero además bajo la mirada de Dios y su compañía haciendo el bien a todos, aceptando todos los contratiempos, cargando con nuestra cruz a cuestas, y en el País de la Vida, que es la Iglesia, que nos hace llegar al Paraíso, donde está la Vida que es Dios, intercomunicada en la Santísima Trinidad, y a la Vida gloriosa de Jesucristo, como cabeza de todo lo creado y del Cuerpo Místico, VIDA ETERNA, que nunca termina.
sábado, 4 de septiembre de 2021
Vigésimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
Con cierta explicación humana, que tiene su lógica, solemos dejarnos llevar de las apariencias en el trato con los hombres. Si un hombre bien vestido y con buena presencia se nos acerca a pedirnos un favor o a ofrecernos alguna cosa, confiamos en él; pero si está mal vestido y tiene mal aspecto, nos comportamos con él en situación de alerta, porque el timo ya no es una sorpresa, desgraciadamente es una artimaña de la picaresca. Y, por consiguiente, andamos prevenidos para no caer en la trampa del engaño. Este comportamiento de prevención es humano y cristiano, porque hoy no te puedes fiar de nadie, tienes que tener bien abiertos los ojos para no tropezar con quien te puede poner la zancadilla maliciosamente.
El apóstol Santiago no condena este proceder sensato y prudente, fundado en las apariencias, que es sabiduría de la psicología humana y virtud cristiana, sino reprueba la actitud de los cristianos que atienden a los ricos por su condición social económica con el buen trato, y reprueba a los pobres por su situación de indigencia.
Este estilo de comportamiento es inconsecuente y de mal criterio cristiano, nos dice el apóstol, sobre todo si principalmente se adopta en las celebraciones litúrgicas, reservando sitiales a los ricos y dejando a los pobres que se sienten en el suelo o que permanezcan en pie. Estas son sus palabras:
“Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va
bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso.
Veis al bien vestido y le decís:
- Por
favor, siéntate aquí, en el puesto reservado. Al otro en cambio:
-
Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo. Si hacéis eso, ¿no sois
inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?
En
Pensamos equivocadamente si creemos que Dios ama más a los ricos que a los pobres, porque les regala más y mejores bienes, como si los dones humanos fueran siempre premio de las obras humanas, y los males signo del castigo de Dios. Generalmente no es así, porque los bienes y los males vienen a los hombres por distintas causas y no son siempre pruebas de amor o castigo de Dios. Lo que sí es cierto es que Dios elige a los pobres de este mundo que le aman para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino. El apóstol Santiago nos dice: ”¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino?
Los grandes teólogos, ricos en el conocimiento científico de
la fe, no conocen mejor a Jesucristo y tendrán un puesto privilegiado en el
reino de los Cielos, que los pobres, ignorantes en el saber humano y simples
conocedores de la doctrina cristiana. No
es así, pues los pobres cristianos, sencillos y humildes, que apenas saben el
catecismo elemental, y suspenderían quizás en un examen elemental de primera
comunión, pueden ser ricos en la fe, si conocen a Jesús en una profunda
vivencia experimental de oración y santificación de obras. Porque la fe no cosiste en saber mucho, sino en vivirla
consecuentemente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los
acontecimientos de la vida que suceden. San Ignacio de Loyola decía: “No el
mucho saber harta y satisface el alma sino el gustar las cosas de Dios
internamente”. “Dios elige a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y
herederos del Reino”. Una pobre mujer, que solamente sabe rezar y
hablar con Dios, a su manera, y realiza las cosas más sencillas de este mundo,
como pueden ser las labores domésticas, o desempeña un puesto humilde en
El reino de Dios no se consigue por la buena nota que se saca en las obras que se realizan, como pasa en las oposiciones a puestos de trabajo, que el que tiene mejor nota gana la plaza, y el que no aprueba, se queda en la calle. Dios no evalúa las obras en sí mismas, sino el amor que se pone en las obras, grandes o pequeñas que se hacen. Sabemos por el Evangelio que Dios ama y regala sus dones a los sencillos y humildes de corazón, a los que, siendo mayores, se hacen como niños: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. El que se humillare, como ese niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3-4); y son “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3).
En consecuencia de todo lo que llevamos dicho, podemos resumir el contenido de esta homilía en las siguientes frases:
-
Tratemos con educación y amor cristiano a todos los hombres, sin mirar su
condición humana de riqueza y sabiduría, porque todos somos hijos de Dios,
cuidando de que no se nos engañe por
nuestra inexperiencia o inocencia;
- no
juzguemos por las apariencias, pero las
tengamos en cuenta, pues aunque no siempre la gente es como parece, el
comportamiento externo es algún signo de la bondad interior, por aquello que la
cara es el espejo del alma;
- y no olvidemos que Dios reparte sus dones a los pobres de
espíritu para hacerlos ricos en la fe.
sábado, 28 de agosto de 2021
Domingo Vigésimo Segundo. Tiempo ordinario. Ciclo B
Teniendo en cuenta la liturgia de la Palabra de este domingo, podíamos resumir su contenido en esta frase: "La salvación se consigue practicando la Palabra de Dios, que consiste en cumplir los mandamientos, principalmente ejerciendo la caridad para con los pobres, y en vivir en este mundo sin pecado, es decir en estado de gracia, no manchándose las manos con este mundo”, en expresión del apóstol Santiago
Vamos
a explicar el sentido teológico de la fuerza salvadora de la Palabra de Dios,
que literalmente el apóstol explica con estas palabras que aparecen en la
segunda lectura de este domingo: “Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido
plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a
escucharla, engañándoos a vosotros mismos”.
La
Palabra de Dios está contenida en dos fuentes de la Revelación: en la Sagrada
Escritura y en la Tradición, donde están
las verdades reveladas por Dios, que son necesarias fundamentalmente
para la salvación eterna. Pero estas verdades no pueden ser interpretadas
arbitrariamente por los hombres, ni libremente por grupos religiosos o
cristianos, por muy doctos y sabios que sean en teología, pues los teólogos no
son en la Iglesia maestros de la fe. Deben ser interpretadas por el magisterio
auténtico de la Iglesia, porque por voluntad de Jesucristo es el órgano oficial
de interpretación de la Palabra de Dios revelada, bajo la inspiración del
Espíritu Santo. El contenido sustancial
de la Revelación está explicado en el Catecismo de la Iglesia del Papa
actual, Juan Pablo II, que debe ser el
objeto de la predicación y enseñanza de la fe católica.
Nos dice San Pablo (Rm 1,16-17) que "el Evangelio es la fuerza de salvación de Dios para todo el que cree. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: El justo vivirá por su fe”.
La fe
en la Palabra de Dios es condición
indispensable para la salvación, pero no debe ser oída simplemente, como quien
oye un discurso, sino escuchada, meditada y practicada. La eficacia de la
Palabra de Dios depende de tres factores importantes:
- de la
palabra de Dios en sí misma, que tiene fuerza para efectuar la salvación, como
el trigo contiene virtualidad para convertirse en espiga, si se siembra
oportunamente en tierra cultivada, como nos enseña la parábola del Sembrador.
- de
quien la predica, pues es importante que el comunicador de la fe crea en la
palabra de Dios y la viva, como importante es que el conductor del agua
sea cuanto más limpio mejor, pues es
evidente que si la tubería que conduce
el agua es de barro, la fuerza de la corriente puede desprender y arrastrar las
impurezas del medio. De la misma manera la palabra de Dios que es comunicada
por un hombre santo tiene más probabilidad de eficacia que si se comunica por
un pecador, que puede inmiscuir en la palabra que predica las impurezas de su
pensamiento y de su modo de vivir;
- y,
por último y principalmente, de quien la escucha. Para quien tiene fe no hay
palabra de Dios mal predicada, sino mal escuchada y mal aplicada. Tenemos el
gran defecto de escuchar la Palabra de Dios, aplicándosela al vecino, porque
estamos tan ciegos que vemos la mota en el ojo del vecino y no vemos la viga en
el nuestro, como nos advierte el Evangelio.
Para llevar a cabo la atenta y fructuosa palabra de Dios, hemos de practicar los mandamientos, que son nuestra sabiduría e inteligencia, como hemos escuchado antes en la primera lectura del libro del Deutoronomio, porque son los moldes que reciclan el hombre viejo de Adán, hijo del pecado, en el hombre nuevo de Cristo, hijo de la gracia. Los mandamientos no son normas de las que Dios se vale para servirse de los hombres en beneficio propio, sino gracias o medios para que el hombre perfeccione su ser y consiga la salvación eterna.
Resumiendo el pensamiento con el que hemos iniciado la homilía: El cumplimiento de los mandamientos consiste en no mancharse las manos con este mundo, es decir en tener el alma limpia de pecado, en estado de gracia, unida a Dios, y en visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones, es decir, en ejercitar la caridad con todos los hombres, especialmente con los más pobres. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.
sábado, 21 de agosto de 2021
Domingo Vigésimo Primero. Tiempo ordinario. Ciclo B
Las
propiedades esenciales del vínculo del matrimonio son Unidad e Indisolubilidad.
La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio fueron preparadas por los profetas en el Antiguo Testamento aunque no siempre fueron observadas por los patriarcas y reyes. Hasta la plenitud de los tiempos con la venida de Jesucristo, el antiguo Pueblo de Dios se conducía por los instintos desordenados de la carne, según la razón, que lentamente iba siendo iluminada por la revelación de la Palabra divina durante siglos respecto del destino del matrimonio, según los planes de Dios. Y como es lógico y comprensible los hombres cometían atropellos morales de todo género y desórdenes carnales en los matrimonios y parejas durante siglos, incluso después de la promulgación del Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. Por fin cuando Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, vino al mundo para ser la Revelación de la Santísima Trinidad, en su vida pública completó la revelación anunciada en el antiguo Testamento y predicó la unidad e indisolubilidad en la unión matrimonial del hombre y la mujer, y estableció que “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6), cuando realmente el matrimonio es válido. Y declaró la unidad del matrimonio de un hombre con una mujer y su indisolubilidad.
San Pablo mandaba en nombre de Cristo que los maridos deben amar a sus
mujeres, como Cristo amó a su Iglesia:
“Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a
sí mismo por ella, para santificarla” (Ef 5, 25-26), porque
el matrimonio expresa el amor y la unión entre
Cristo y la Iglesia. Por consiguiente, los esposos se deben ayudar
mutuamente a santificarse en la vida conyugal, en la procreación y educación de
los hijos, fines principales del
sacramento, y en la mutua fidelidad tanto en lo próspero como en lo adverso
porque el sacramento del matrimonio es una
Iglesia doméstica.
El fundamento del matrimonio es el amor verdadero auténtico, reciproco del uno al otro, porque el amor de uno sin correspondencia del otro es más dolor que gozo. En el matrimonio tiene que existir una mutua correspondencia de amor en los esposos. Tiene que ser personal, amor a la persona, tal como es en sí misma con sus cualidades y defectos, y no como gustaría que fuera el otro. Supone aceptación y comprensión. El esposo tiene que aceptar y comprender que se casa con su esposa, una mujer, igual que el hombre, como persona, pero distinta en los caracteres femeninos, común a todas las mujeres, pero única en su especie con su propia personalidad física, psicológica y espiritual. Y de la misma manera la mujer tiene que comprender que su esposo es un hombre, como todos los demás, pero único en particular.
Aunque es muy aconsejable que
para la felicidad matrimonial, ambos tengan iguales o parecidos ideales, no es
absolutamente necesario, pues el verdadero amor humano no tiene barreras,
sobrepasa todos los ideales. Por eso es compatible en el matrimonio que uno sea católico y otro
no, tenga ideales distintos, políticos, religiosos y culturales, y que uno sea
de una nación y el otro de otra, pues el amor comprende las distintas maneras
de ser, pensar y obrar y todos los defectos accidentales.
Podríamos comparar el amor en el
matrimonio con el fundamento del edificio. Lo que es el fundamento al edificio
es el amor al matrimonio: principio de unidad y consistencia. No es lo mismo
construir un edificio de una sola planta
que requiere cimientos básicos que otro
de muchos pisos, que requiere profundidad de fundamento para garantizar
la consistencia y unidad del edificio.
El matrimonio no es un estado de
la felicidad, sino un medio para conseguirla, como tampoco el sacerdocio ni la
vida consagrada son estados de felicidad en sí mismos, sino medios para
conseguirla con vocación y sacrificios.
Se puede ser
feliz en la soltería, en el matrimonio, en la viudez, en la vida consagrada, en
el sacerdocio, si el estado se elige y se acepta en el fundamento del amor; y
también desgraciado si se vive sin amor.
Teniendo en cuenta estos principios de psicología experimental, el esposo y la esposa se deben amar aceptándose mutuamente con comprensión y amándose con total entrega, sacrificio y perdón. Los esposos deben comprenderse mutuamente, aceptarse como son, perdonarse en los fallos y demostrar el amor en las alegrías y en las penas, pues los gozos y sufrimientos fortalecen el amor mutuo. Ninguno de ellos es el superior del otro ni de los hijos, sino los dos son servidores de la familia en el amor.