sábado, 2 de octubre de 2021

Vigésimo séptimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B


    En la primera lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando se nos describe poéticamente la creación del hombre. Y en ese mismo estilo fantástico de narración se nos cuenta que Dios hizo pasar delante de Adán a todos los animales que había creado para que les pusiera nombre. Cuando Adán iba poniendo el nombre que se le iba ocurriendo a cada animal, sintió una gran tristeza y soledad porque no encontró ningún animal semejante a él. Entonces Dios, el creador de todo, al observar la pena de Adán, dijo:

- No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude, creo la mujer de una costilla del hombre, rellenándola de carne, y se la presentó al hombre. Y Adán, asombrado ante tal maravilla semejante a él, no comparable con ninguna otra criatura, dijo:

- ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Y con estas palabras Dios instituyó el matrimonio, que Jesús elevó a la categoría de sacramento.

    Repetimos que tanto la narración de la creación del hombre como la de la mujer es poética y no puede ser interpretada al pie de la letra. El contenido sustancial de las verdades de fe reveladas en esta descripción se puede se puede resumir en dos principios:

- Dios ha creado al hombre y a la mujer: el cuerpo de la tierra y el alma directamente. El modo de la creación pertenece a la ciencia y no a la teología.

- Dios instituyó el matrimonio y Jesucristo lo elevó a la dignidad de sacramento.

    Voy, queridos hermanos, a tratar en esta homilía de la naturaleza matrimonio cristiano, dejando otros aspectos para las ocasiones oportunas que se me vayan presentando. Para que las ideas queden claras al respecto, me parece un método positivo empezar por explicar la naturaleza negativa del matrimonio, es decir, lo que no es el matrimonio.

    El matrimonio cristiano no es:

- un compromiso privado de un hombre y una mujer en el que acuerdan vivir juntos en condiciones determinadas por ellos, sin ningún vínculo oficial: unión de pareja;

- ni una unión de un hombre con una mujer, privada o legal, por motivaciones puramente religiosas para compartir una misma vida desde la fe: matrimonio religioso;

- ni un negocio que un hombre y una mujer montan para ganar dinero viviendo juntos con libertad y con ciertos compromisos acordados;

- ni una colocación que busca una pareja para buscar compañía, ayudarse mutuamente y matar la soledad;

- ni un contrato humano, legal, que un hombre hace con una mujer para vivir unidos y formar una familia: matrimonio civil.

    El matrimonio no puede concebirse como un simple compromiso privado de convivencia, ni como un matrimonio religioso, ni como un negocio, ni como una colocación, ni como un contrato civil. Cuando el matrimonio se construye sobre estos cimientos falsos de pasión o egoísmo va a la deriva, se profana, se hunde y es nulo por su propia naturaleza.

    El matrimonio cristiano “es una íntima comunidad de vida y de amor de los contrayentes, instaurada por la alianza o por el irrevocable consentimiento personal de los cónyuges..., vínculo sagrado con miras tanto al bien de los esposos y de la prole como de la sociedad” (GS 48). Dicho lo mismo con palabras del Derecho canónico “es una alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC c. 1055,1).

    Es por tanto, un contrato sacramental por el que el hombre y la mujer consagran a Dios el consorcio de toda la vida para el bien de los contrayentes y la generación y educación de los hijos. Es sacramento de fe y de gracia para el bien de los contrayentes y la transmisión de la vida y signo de la unión indisoluble de Cristo con la Iglesia.

    El concepto del sacramento del matrimonio incluye dos fines esenciales: el bien de los cónyuges y la procreación de los hijos. Ambos fines son objetivos y esenciales, no sólo la generación y educación de la prole, sino también el elemento personal del bien de los cónyuges. Y esto de tal manera que si en el momento inicial de la celebración del matrimonio se excluyera cualquiera de ellos, el matrimonio sería nulo.

    Dios, que es Amor, creó al ser humano, hombre y mujer, para que en el matrimonio el amor mutuo se convirtiera entre ellos en imagen del amor absoluto de Dios y fuera fecundo: “Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicas, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1,28).

    Se podría decir, en términos comparativos, que el amor en el matrimonio es como el fundamento al edificio: el principio de unidad y firmeza. Cuanto más altura se quiera para el edificio más consistente tiene que ser el fundamento. Si se quiere construir un rascacielos es necesario una profunda cimentación de subsuelo. Así también, si se quiere construir un hogar de casilla baja, basta con un cimiento común de amor y convivencia, pero si se quiere construir un matrimonio de rascacielos, un hogar bueno y cristiano, es necesario echar una cimentación firme de amor mutuo, comprensivo y sacrificado.

    El amor en el matrimonio no debe confundirse con la pasión sexual que puede ser complementación del amor, pero no desahogo egoísta de la pasión, pues la sexualidad que se realiza desde el amor lo conserva y lo aumenta, pero ejercida desde el egoísmo apasiona, esclaviza y lo destruye.
    
    El amor en el matrimonio implica dos conceptos importantes: conocimiento de la persona con la que se tiene que convivir y comprensión de su manera de ser, que exige aceptación y sacrificio. Cada persona, siendo igual a otra en naturaleza y dignidad, es en concreto distinta a todas, única, pues tiene su identidad física, psicológica y espiritual. Cada hombre, siendo igual al resto de los hombres en sus factores comunes de varón, tiene su personalidad propia y específica; y lo mismo sucede con cada mujer. Por consiguiente, el contrayente no es igual en todo a la contrayente, no tiene por qué ser como ella, ni pensar de la misma manera en cosas indiferentes y extrañas al amor y fines del matrimonio, ni tener los mismos ideales, ni gustos; ni la contrayente tampoco. Por eso, los novios antes de contraer matrimonio deben conocerse en el período del noviazgo, pero el conocimiento más perfecto de la pareja se consigue en la convivencia.

    El conocimiento de los esposos tiene que ser comprensivo. Comprender significa entender al otro o a la otra y aceptar su manera de ser, sus ideales, gustos, cualidades propias y sus defectos. Cada persona es como ha sido creada, pero condicionada de alguna manera por el sexo en algunas cosas. El esposo tiene que saber que se ha casado con una mujer que tiene los factores comunes de su propio sexo, y además su propia personalidad. Y de la misma manera la mujer no debe ignorar que se ha casado con un hombre que tiene los factores propios de varón y su personalidad única. Teniendo en cuenta estos principios de psicología experimental, el esposo y la esposa se deben amar aceptándose mutuamente con comprensión y sacrificio, con amor de entrega en lo esencial y respeto y libertad en lo accidental. Por amor deben darse gusto en pequeñas cosas, detalles significativos, que demuestran el amor y lo fortalecen, sin que lleguen al extremo de cultivar caprichos sin fundamento.

    La comprensión en el matrimonio tiene que abarcar también el amor de corazón o de reflexión en actos de comportamientos sociales y cristianos a los padres, hermanos, familiares.

    Para terminar, remachando ideas, y tratando de resumir todo lo que hasta ahora hemos dicho en pocas palabras, concluimos:

    El matrimonio cristiano no es un acuerdo mutuo de convivencia de una pareja por fines de compañía, lucro, ideología, sexualidad; ni tampoco un contrato civil de fundar una familia. Es un sacramento de amor y gracia, una alianza que un hombre hace con una mujer por la que se unen para la procreación y educación de los hijos y ayudarse mutuamente para el bien común de los esposos, cuyo fundamento es el amor mutuo comprensivo y sacrificado.











































sábado, 25 de septiembre de 2021

Vigésimo sexto domingo. Tiempo ordinario. ciclo B





¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor! (Núm 11,29)

    En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, que antes hemos escuchado, se nos cuenta que Moisés eligió setenta ancianos de entre su pueblo para nombrarlos profetas, quizás con una ceremonia de imposición de manos u otra parecida. Hoy también en nuestros días el obispo elige a ciertos hombres y los ordena diáconos para que ejerzan oficialmente el profetismo o ministerio de predicar la Palabra de Dios; y nombra también a laicos, hombres y mujeres, solteros o casados, para que desempeñen distintos ministerios en la Iglesia. Y sucedió, nos cuenta el libro sagrado de los Números, que Edad y Medad, estando en la lista de los setenta para ser ordenados profetas, no asistieron a la ceremonia, no sabemos por qué motivos. Pero, a pesar de eso, el Espíritu se posó sobre ellos y empezaron a profetizar. Entonces un muchacho, escandalizado por el oficio de profetas que estaban ejerciendo, sin haber recibido el ministerio oficialmente, corrió a denunciar este hecho a Moisés. Para que esta denuncia tuviera más eficacia se valió de Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven. Y con fervor y amplia argumentación de palabras persuasivas dijo al gran profeta, su maestro:

- Moisés, señor mío, prohíbeselo.

    Moisés, como respuesta a esta petición aparentemente justificada, contestó: ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!

    Este hecho bíblico nos da una ocasión para hacer unas reflexiones sobre el ministerio del profetismo, para sacar el mayor provecho posible para nuestra vida cristiana.

    En la Iglesia Católica la palabra de Dios no puede ser predicada por libre y por cualquier persona. Es necesario que el que la imparta reciba el sacramento del Orden sacerdotal, del diaconado, o un mandato oficial del obispo que puede concederse a hombres o mujeres, solteros, casados o viudos, para que quede garantizada la palabra de Dios que se predica. Y esta norma es razonable, pues la libre interpretación y predicación de la Palabra de Dios lleva al confusionismo y termina siendo palabra humana más que divina. El ministro de la Palabra debe ser un transmisor oficial de la fe enseñada por el magisterio de la Iglesia, y no un predicador de sus ideas, doctrinas y ocurrencias propias. Los dones y carismas del Espíritu Santo, en versión eclesiológica, han de ser interpretados por el Obispo, y no por el teólogo o enseñante de la fe, por sabio y santo que sea.

    Sin embargo, a título de excepción siempre, Dios derrama su espíritu sobre todo hombre (Hech 2,17) y da cada individuo en particular lo que a él le parece (1 Co 12,11). No existe un monopolio de gracias, que son muchas y diversas, para los católicos exclusivamente, pues el Espíritu Santo, dador de todo bien, reparte sus dones a quienes quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, por medio de la Iglesia católica. Los cristianos recibimos las gracias por la oración, sacramentos y obras buenas; y los creyentes de otras religiones o no creyentes, incluso los llamados ateos y agnósticos de maneras que la ciencia teológica no conoce, Basta para comprobar esta realidad misteriosa observar cómo hay hombres sin fe con dones que los cristianos de a pie, incluso muy virtuosos, no tenemos. ¡Cuántas veces admiramos las virtudes humanas de hombres que no pisan la Iglesia, que son mundanos, que pertenecen a ideologías contrarias a la fe de la Iglesia! ¿De quién proceden esas gracias sino de Dios?

    Los cristianos tenemos que reconocer, admirar y copiar las virtudes que hay en los hombres, aunque sean pecadores. A mí personalmente me hace más bien copiar las virtudes que hay en los pecadores que las que hay en los santos, pues bendigo y alabo la bondad de Dios que hace llover sus gracias no solamente sobre los justos que sobre los pecadores ¡Qué infinita es la misericordia de Dios! Parece lo lógico que Dios premie a los buenos con bienes y castigue a los malos con males. Y no es así, pues Dios regala por amor a sus hijos sus dones, sin tener en cuenta su bondad o malicia, porque es Padre.

    De la Palabra de Dios, proclamada en la primera lectura, que hemos escogido para pronunciar la homilía, podemos sacar cuatro consecuencias prácticas:

1ª Dios regala sus dones a los hombres que quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, sin mirar su fe y bondad, por razones que no conocemos.

2ª Los dones del Espíritu Santo no son un monopolio de católicos, sino un reparto de Dios entre los hombres no con justicia humana, sino conforme al misterio de la infinita sabiduría de Dios misericordiosa.

3ª Los dones actúan en los cristianos con la gracia de Dios teológica y en los no cristianos, pecadores, creyentes con la gracia de Dios en la naturaleza, cuya naturaleza y actuación desconocemos.

4ª Debemos dejar el juicio de las obras humanas a Dios misericordioso, sin críticas ni condenas en el corazón, y respetando la dignidad de la persona humana, imitar las virtudes y dones que hay en los hombres, principalmente en malos o enemigos teóricos de Dios y de la Iglesia, porque el Espíritu Santo con sus dones está presente en su Iglesia de maneras diversas.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Vigésimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

    Cuando nació Jesús en el portal de Belén, un ángel del Cielo se apareció a los pastores que velaban el rebaño a la intemperie  y les comunicó la buena noticia del nacimiento del Mesías, el Señor, el Salvador. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres, que ama el Señor. Fue el mensaje del Evangelio, la gran noticia, la redención que se cifra en la glorificación de Dios en el Cielo y el establecimiento de la paz en la Tierra.

    La gloria de Dios es el fin último y supremo de toda la creación, y, por supuesto, principalmente del hombre, que es la síntesis de todo lo creado. En esto consiste la perfección del hombre en glorificar al Señor de la Creación, que es definitiva su propio bien temporal y eterno. Los santos y los ángeles del Cielo no hacen otra cosa que alabar a Dios eternamente; y los hombres en la Tierra que quieran santificarse para ir al Cielo no tienen otro camino que cumplir la voluntad de Dios,  que es el mayor bien para él.

    ¿En qué consiste la paz que Dios quiere para todos los hombres?

    La paz no consiste en la ausencia de guerra ni en la abundancia de bienes, porque el bienestar social sin armas no causa la verdadera paz. Existen familias que nadan en riquezas, que no se tiran los trastos a la cabeza, y no son felices. Y hay personas a quienes les sobra todo, tiene incluso poder y dinero, viven en ambientes pacíficos, y tampoco son felices.

    La guerra temperamental producida por el carácter más o menos violento, exaltado, nervioso, sanguíneo, debe compaginarse con la paz espiritual. Se puede estar tranquilo en la conciencia y tener los nervios de punta, que no son causas de pecado, sino objeto de tratamiento. Sólo Dios sabe cómo y cuánto peca el que sufre tener un temperamento difícil; y poca o casi ninguna responsabilidad moral tiene el que obra con desequilibrio mental.

    En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo el apóstol Santiago nos habla de las envidias y peleas y todo tipo de males, que provienen del desorden de las pasiones; y causan la guerra en las familias y en los ambientes de la Sociedad. Como remedio para estos males está la sabiduría de Dios, que es amante de la paz.  Para entender el sentido de esta frase habrá que explicar qué se entiende por sabiduría y qué por paz.

    La sabiduría de arriba o de Dios nada tiene que ver con la sabiduría humana, que es el conocimiento de la ciencia, que suele engendrar soberbia y no paz.  No el mucho saber harta y satisfazle alma, sino el saborear las cosas internamente, nos dice San Ignacio de Loyola.

           

 

 

                                               

 

sábado, 11 de septiembre de 2021

Vigésimo cuarto domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

Como respuesta a la Palabra de Dios proclamada en la primera lectura, hemos afirmado comunitariamente una frase, que tiene rango de promesa: “Caminaré en presencia del Señor en el País de la vida”.

Si prestamos atención sobre ella, observamos que contiene dos partes: caminar en la presencia del Señor y en el País de la vida, que unidas entre sí forman un auténtico plan de vida espiritual y pastoral. ¿Qué significa caminar en la presencia del Señor? ¿Qué significa en el país de la vida?

 Caminar en presencia del Señor

Para poder caminar se necesitan tres cosas: salud en el cuerpo, movilidad en las piernas y la marcha. Un enfermo, por muy ágiles que tenga las piernas, no puede caminar porque le falta la salud es indispensable para hacer camino;  un sano, por mucha salud que tenga, no puede andar si le fallan los pies; y un hombre sano y robusto con  movilidad en los pies, no camina si se queda parado y no se pone en marcha. Teniendo estas tres condiciones indispensables para andar, tanto mejor se camina cuanto mejor es la salud, más ejercitada se tiene la musculatura de las piernas y más rápido es el desplazamiento.

Aplicando este ejemplo natural a la vida cristiana, podríamos decir que para caminar en presencia del Señor, es necesario tener salud en el alma, es decir estar en gracia de Dios y ejercitar las virtudes, que son las potencias sobrenaturales del ejercicio del bien. De esta manera, se  hace el camino que va desde el tiempo a la eternidad, es decir desde que empezamos a vivir en cristiano hasta que llegamos a la meta del Cielo. Este recorrido se puede hacer de dos maneras: caminando simplemente en estado de gracia y caminando además con el estilo apostólico del ejercicio de obras buenas, bajo la bondadosa mirada de Dios Padre.

¿Y cómo se consigue estar en gracia? La respuesta es muy sencilla, evangélica: cumpliendo sustancialmente los mandamientos de la ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia; digo sustancialmente queriendo decir observando los preceptos del Señor en materia grave, pues es evidente que en el cumplimiento obligado de la ley, siempre hay defectos, imperfecciones, debilidades, que no obstaculizan la marcha, como tampoco dificulta la carrera los pequeños trastornos del cuerpo ni los rasguños en las piernas, por ejemplo. La gracia de Dios es consecuencia del cumplimiento de la Ley y el pecado consecuencia de su incumplimiento. “El que me ama, cumple los mandamientos, mi Padre lo amará y vendremos a Él y haremos morada en él”, dijo Jesús en el Evangelio. Un cristiano que camina en la vida espiritual con desgana, tibieza, a disgusto, a la fuerza, acaba por pararse y no caminar; y, si, todavía peor, vive en pecado mortal, no puede caminar. Tiene el don de la fe, pero no la vida del alma que es la gracia, de la misma manera que el enfermo tiene la vida, no está muerto, pero  no la fuerza para caminar.

No basta cumplir la ley sustancialmente, es decir no ofender a Dios en materia grave, sino es necesario también cumplir la ley con la mayor perfección posible: hacer las cosas cada día mejor, ejercitando las virtudes con ilusión progresiva de santidad. Caminar en la presencia del Señor, en sentido pleno, es no sólo andar en gracia de Dios, sino vivir por dentro el misterio insondable de la presencia de Dios en el alma por medio de la inhabilitación del Espíritu Santo y  hacer el camino con la mayor rapidez posible realizando obras buenas con ilusión santificadora y apostólica.  Es, para mayor abundancia, una correspondencia a la realidad teológica de la inmensidad de Dios en todos los seres, principalmente en los hombres. Si Dios está siempre presente en el hombre, lo lógico es que el hombre esté presente en Dios. La presencia de Dios nos ayuda a evitar el pecado y a realizar las cosas con mayor perfección.  No debemos caminar en el camino de la vida cristiana como quien se siente vigilado por la mirada de Dios, ni como quien teme que el jefe le pille en un incumplimiento del deber, sino más bien como quien camina acompañado, protegido y ayudado por la gracia de Dios, que es presencia de Dios operativa. No es lo mismo caminar con un extraño con la sensación fría de no ir solo que caminar con una persona a quien se la quiere mucho y con la que se camina con gozo. Caminar con el Señor es ir con Él a todas partes y tenerle presente en todos los actos, sabiendo que Dios está siempre con nosotros haciendo el mismo camino y comprometido en nuestra marcha; y si nos faltaran las fuerzas y nuestra cruz se nos hiciera humanamente insoportable, Cristo con nuestra cruz a cuestas camina con nosotros haciendo las veces de Cirineo.

¿Cuál es el país de la vida por el que tenemos que caminar?

La Iglesia, que es el Reino de Cristo en la Tierra, anticipo del Reino de los Cielos, meta final de nuestra vida y Patria de gloria eterna a la que esperamos llegar por la misericordia infinita de Dios Padre. Caminemos como fieles hijos de la Iglesia Católica en amor, obediencia y fidelidad. Ella es nuestra Madre que nos enseña el camino de la Vida que es el cumplimiento de la Ley de Dios, las fuentes de la vida, fuerzas para caminar, que son los sacramentos, y los medios para mantener las constantes de nuestros pasos al andar, que son la oración y el ejercicio supremo del bien obrar.

Todo cuanto llevamos dicho en esta homilía se puede resumir en pocas palabras de esta manera: Haremos nuestro viaje de la Tierra al Cielo caminando en estado de gracia, como paso elemental y necesario, pero además bajo la mirada de Dios y su compañía haciendo el bien a todos, aceptando todos los contratiempos, cargando con nuestra cruz a cuestas, y en el País de la Vida, que es la Iglesia, que nos hace llegar al Paraíso, donde está la Vida que es Dios, intercomunicada en la Santísima Trinidad, y a la Vida gloriosa de Jesucristo, como cabeza de todo lo creado y del Cuerpo Místico, VIDA ETERNA, que nunca termina.   

 

 

 

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

Vigésimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

     Con cierta explicación humana, que tiene su lógica, solemos dejarnos llevar de las apariencias en el trato con los hombres. Si un hombre bien vestido y con buena presencia se nos acerca a pedirnos un favor o a ofrecernos alguna cosa, confiamos en él; pero si está mal vestido y tiene mal aspecto, nos comportamos con él en situación de alerta, porque el timo ya no es una sorpresa, desgraciadamente es una artimaña de la picaresca. Y, por consiguiente, andamos prevenidos para no caer en la trampa del engaño. Este comportamiento de prevención es humano y cristiano, porque hoy no te puedes fiar de nadie, tienes que tener bien abiertos los ojos para no tropezar con quien te puede poner la zancadilla maliciosamente.

    El apóstol Santiago no condena este proceder sensato y prudente, fundado en las apariencias, que es sabiduría de la psicología humana y virtud cristiana, sino reprueba la actitud de los cristianos que atienden a los ricos por su condición social económica con el buen trato, y reprueba a los pobres por su situación de indigencia.

    Este estilo de comportamiento es inconsecuente y de mal criterio cristiano, nos dice el apóstol, sobre todo si principalmente se adopta en las celebraciones litúrgicas, reservando sitiales a los ricos y dejando a los pobres que se sienten en el suelo o que permanezcan en pie. Estas son sus palabras:

 “Por ejemplo: llegan  dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís:

- Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado. Al otro en cambio:

- Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo. Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?


  En la Iglesia y fuera de ella todos los hombres somos iguales en naturaleza, personas humanas, hijos de Dios. No nos distinguimos unos de otros por nuestra condición social de riqueza o pobreza, como sucede en el mundo, sino por las buenas obras, que sólo Dios conoce. Por tanto, el trato cristiano para todos los hombres debe ser igual, siempre y en todo lugar, sin mirar en ellos su ideología, raza, religión, cultura, color de piel, país, sino la dignidad de la persona. Pero de una manera especial en las celebraciones litúrgicas, y consecuentemente religiosas de culto, en las que no debe haber sitiales para los ricos y el suelo para que se sienten los pobres o permanezcan en pie. Si obramos de esta manera, somos inconsecuentes porque juzgamos a los hombres con criterios humanos, nos dice el apóstol Santiago.      

    Pensamos equivocadamente si creemos que Dios ama más a los ricos que a los pobres, porque les regala más y mejores bienes, como si los dones humanos fueran siempre premio de las obras humanas, y los males signo del castigo de Dios. Generalmente no es así, porque los bienes y los males vienen a los hombres por distintas causas y no son siempre pruebas de amor o castigo de Dios. Lo que sí es cierto es que Dios elige a los pobres de este mundo que le aman para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino. El apóstol Santiago nos dice: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino?

    Los grandes teólogos, ricos en el conocimiento científico de la fe, no conocen mejor a Jesucristo y tendrán un puesto privilegiado en el reino de los Cielos, que los pobres, ignorantes en el saber humano y simples conocedores de la doctrina cristiana.  No es así, pues los pobres cristianos, sencillos y humildes, que apenas saben el catecismo elemental, y suspenderían quizás en un examen elemental de primera comunión, pueden ser ricos en la fe, si conocen a Jesús en una profunda vivencia experimental de oración y santificación de obras. Porque la fe  no cosiste en saber mucho, sino en vivirla consecuentemente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los acontecimientos de la vida que suceden. San Ignacio de Loyola decía: “No el mucho saber harta y satisface el alma sino el gustar las cosas de Dios internamente”. “Dios elige a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino”. Una pobre mujer, que solamente sabe rezar y hablar con Dios, a su manera, y realiza las cosas más sencillas de este mundo, como pueden ser las labores domésticas, o desempeña un puesto humilde en la Sociedad, puede conocer más a Dios y tener más fe quizás que los obispos que ocupan cargos importantes en la Iglesia o sacerdotes de prestigio que desempeñan ministerios encumbrados en  la docencia teológica de la fe. 

    El reino de Dios no se consigue por la buena nota que se saca en las obras que se realizan, como pasa en las oposiciones a puestos de trabajo, que el que tiene mejor nota gana la plaza, y el que no aprueba, se queda en la calle. Dios no evalúa las obras en sí mismas, sino el amor que se pone en las obras, grandes o pequeñas que se hacen. Sabemos por el Evangelio que Dios ama y regala sus dones a los sencillos y humildes de corazón, a los que, siendo mayores,  se hacen como niños: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. El que se humillare, como ese niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3-4); y son “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3).

    En consecuencia de todo lo que llevamos dicho, podemos resumir el contenido de esta homilía en las siguientes frases:

- Tratemos con educación y amor cristiano a todos los hombres, sin mirar su condición humana de riqueza y sabiduría, porque todos somos hijos de Dios, cuidando de que no se nos engañe  por nuestra inexperiencia o inocencia;

- no juzguemos por las apariencias, pero  las tengamos en cuenta, pues aunque no siempre la gente es como parece, el comportamiento externo es algún signo de la bondad interior, por aquello que la cara es el espejo del alma;

- y no olvidemos que Dios reparte sus dones a los pobres de espíritu para hacerlos ricos en la fe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 28 de agosto de 2021

Domingo Vigésimo Segundo. Tiempo ordinario. Ciclo B

Teniendo en cuenta la liturgia de la Palabra de este domingo, podíamos resumir su contenido en esta frase: "La salvación se consigue practicando la Palabra de Dios, que consiste en cumplir los mandamientos, principalmente ejerciendo la caridad para con los pobres, y en vivir en este mundo sin pecado, es decir en estado de gracia,  no manchándose las manos con este mundo”, en expresión del apóstol Santiago

Vamos a explicar el sentido teológico de la fuerza salvadora de la Palabra de Dios, que literalmente el apóstol explica con estas palabras que aparecen en la segunda lectura de este domingo: “Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos”.

La Palabra de Dios está contenida en dos fuentes de la Revelación: en la Sagrada Escritura y en la Tradición, donde están  las verdades reveladas por Dios, que son necesarias fundamentalmente para la salvación eterna. Pero estas verdades no pueden ser interpretadas arbitrariamente por los hombres, ni libremente por grupos religiosos o cristianos, por muy doctos y sabios que sean en teología, pues los teólogos no son en la Iglesia maestros de la fe. Deben ser interpretadas por el magisterio auténtico de la Iglesia, porque por voluntad de Jesucristo es el órgano oficial de interpretación de la Palabra de Dios revelada, bajo la inspiración del Espíritu Santo. El contenido sustancial  de la Revelación está explicado en el Catecismo de la Iglesia del Papa actual, Juan Pablo II, que debe ser  el objeto de la predicación y enseñanza de la fe católica.

Nos dice San Pablo (Rm 1,16-17) que "el Evangelio es la fuerza de salvación de Dios para todo el que cree. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: El justo vivirá por su fe”.

La fe en la Palabra de Dios es  condición indispensable para la salvación, pero no debe ser oída simplemente, como quien oye un discurso, sino escuchada, meditada y practicada. La eficacia de la Palabra de Dios depende de tres factores importantes:

- de la palabra de Dios en sí misma, que tiene fuerza para efectuar la salvación, como el trigo contiene virtualidad para convertirse en espiga, si se siembra oportunamente en tierra cultivada, como nos enseña la parábola del Sembrador.

- de quien la predica, pues es importante que el comunicador de la fe crea en la palabra de Dios y la viva, como importante es que el conductor del agua sea   cuanto más limpio mejor, pues es evidente  que si la tubería que conduce el agua es de barro, la fuerza de la corriente puede desprender y arrastrar las impurezas del medio. De la misma manera la palabra de Dios que es comunicada por un hombre santo tiene más probabilidad de eficacia que si se comunica por un pecador, que puede inmiscuir en la palabra que predica las impurezas de su pensamiento y  de su modo de vivir;

- y, por último y principalmente, de quien la escucha. Para quien tiene fe no hay palabra de Dios mal predicada, sino mal escuchada y mal aplicada. Tenemos el gran defecto de escuchar la Palabra de Dios, aplicándosela al vecino, porque estamos tan ciegos que vemos la mota en el ojo del vecino y no vemos la viga en el nuestro, como nos advierte el Evangelio.

Para llevar a cabo la atenta y fructuosa palabra de Dios, hemos de  practicar los mandamientos, que son nuestra sabiduría e inteligencia, como hemos escuchado antes en la primera lectura del libro del Deutoronomio, porque son los moldes que reciclan el hombre viejo de Adán, hijo del pecado, en el hombre nuevo de Cristo, hijo de la gracia. Los mandamientos no son normas de las que Dios se vale para servirse de los hombres en beneficio propio, sino gracias o medios para  que el hombre perfeccione su ser y consiga la salvación eterna.

Resumiendo el pensamiento con el que hemos iniciado la homilía: El cumplimiento de los mandamientos consiste en no mancharse las manos con este mundo, es decir en tener el alma limpia de pecado, en estado de gracia, unida a Dios, y en visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones, es decir, en ejercitar la caridad con todos los hombres, especialmente con los más pobres. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.

 

sábado, 21 de agosto de 2021

Domingo Vigésimo Primero. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

     Las propiedades esenciales del vínculo del matrimonio son Unidad e Indisolubilidad.

 La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio fueron preparadas por los profetas en el  Antiguo Testamento aunque no siempre fueron observadas por los patriarcas y reyes. Hasta la plenitud de los tiempos con la venida de Jesucristo, el antiguo Pueblo de Dios se conducía por los instintos desordenados de la carne, según la razón, que lentamente iba siendo iluminada por la revelación de la Palabra divina durante siglos respecto del destino del matrimonio, según los planes de Dios. Y como es lógico y comprensible los hombres cometían atropellos morales de todo género y desórdenes carnales en los matrimonios y parejas durante siglos, incluso después de la promulgación del Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. Por fin cuando Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, vino al mundo para ser la Revelación de la Santísima Trinidad, en su vida pública completó la revelación anunciada en el antiguo Testamento y predicó la unidad e indisolubilidad en la unión matrimonial del hombre y la mujer, y estableció que “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6), cuando realmente el matrimonio es válido. Y declaró la unidad del matrimonio de un hombre con una mujer y su indisolubilidad.

San Pablo mandaba en nombre de Cristo que los maridos deben amar a sus mujeres, como Cristo amó a su Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” (Ef 5, 25-26), porque el matrimonio expresa el amor y la unión entre Cristo y la Iglesia. Por consiguiente, los esposos se deben ayudar mutuamente a santificarse en la vida conyugal, en la procreación y educación de los hijos,  fines principales del sacramento, y en la mutua fidelidad tanto en lo próspero como en lo adverso porque el sacramento del matrimonio es una Iglesia doméstica.

El fundamento del matrimonio es el amor verdadero auténtico, reciproco del uno al otro, porque el amor de uno sin correspondencia del otro es más dolor que gozo. En el matrimonio tiene que existir  una mutua correspondencia de amor en los esposos. Tiene que ser personal, amor a la persona, tal como es en sí misma con sus cualidades y defectos, y no como gustaría que fuera el otro. Supone aceptación y comprensión. El esposo tiene que aceptar y comprender que se casa con su esposa, una mujer, igual que el hombre, como persona, pero distinta en los caracteres femeninos, común a todas las mujeres, pero única en su especie con su propia personalidad física, psicológica y espiritual. Y de la misma manera la mujer  tiene que comprender que su esposo es un hombre, como todos los demás, pero único en particular.

Aunque es muy aconsejable que para la felicidad matrimonial, ambos tengan iguales o parecidos ideales, no es absolutamente necesario, pues el verdadero amor humano no tiene barreras, sobrepasa todos los ideales. Por eso es compatible  en el matrimonio que uno sea católico y otro no, tenga ideales distintos, políticos, religiosos y culturales, y que uno sea de una nación y el otro de otra, pues el amor comprende las distintas maneras de ser, pensar y obrar y todos los defectos accidentales. 

Podríamos comparar el amor en el matrimonio con el fundamento del edificio. Lo que es el fundamento al edificio es el amor al matrimonio: principio de unidad y consistencia. No es lo mismo construir un edificio de una sola planta  que requiere cimientos básicos que otro  de muchos pisos, que requiere profundidad de fundamento para garantizar la consistencia y unidad del edificio.

El matrimonio no es un estado de la felicidad, sino un medio para conseguirla, como tampoco el sacerdocio ni la vida consagrada son estados de felicidad en sí mismos, sino medios para conseguirla con vocación y sacrificios.

Se puede ser feliz en la soltería, en el matrimonio, en la viudez, en la vida consagrada, en el sacerdocio, si el estado se elige y se acepta en el fundamento del amor; y también desgraciado si se vive sin amor.

 Teniendo en cuenta estos principios de psicología experimental, el esposo y la esposa se deben amar aceptándose mutuamente con comprensión y amándose con total entrega, sacrificio y perdón. Los esposos deben comprenderse mutuamente, aceptarse como son, perdonarse en los fallos y demostrar el amor en las alegrías y en las penas, pues los gozos y sufrimientos  fortalecen el amor mutuo. Ninguno de ellos es el superior del otro ni de los hijos, sino los dos son servidores de la familia en el amor.