sábado, 18 de marzo de 2023
Cuarto domingo. Cuaresma. Ciclo A
sábado, 11 de marzo de 2023
LA SAMARITANA
“Dame de beber” (Jn 4,7).
Impresiona ver a un Dios, que todo lo puede, pedir agua a la Samaritana,
como un simple hombre sediento, sometido a las necesidades humanas. Jesús
aprovechó la circunstancia de la sed para pedir agua natural a esta mujer
pecadora con la intención de regalarle el agua sobrenatural de la gracia de la
conversión.
La Samaritana desde hace tiempo estaba ya tocada de la gracia, y sin saber
cómo ni por qué, de modo natural y humano, se encontró con Jesús para
convertirse. Y le llegó la ocasión en el mismo momento en que Jesús le pidió
agua para beber. En la conversión y en su proceso, como en todas las cosas de
la vida, no existen nada más que causalidades de la providencia amorosa de Dios
Padre.
Cuando la Samaritana observó que Jesús le pidió agua, sintió una inmensa alegría por tener una buena ocasión para tramar conversación humana con un hombre extranjero, sensacionalmente atractivo: y con coquetería de simpatía personal, extrañada, le dijo:
¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana? (Jn 4,9).
Jesús le contestó:
Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: dame de beber, tú
se lo habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva (Jn 4,10).
La Samaritana entendió que las palabras de Jesús encerraban un sentido simbólico, y adivinó que le estaba hablando de un don espiritual privilegiado; y con mirada sonriente que se entrecruzó con la expresiva de Jesús, con deseo de que le explicara el significado del misterio del agua viva, le dijo:
Señor, no tienes cubo y el pozo es hondo; ¿de dónde vas tú a sacar el agua
viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él
bebieron él y sus hijos y sus ganados?
Jesús entonces le explicó:
El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que
yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro
de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).
Con estas palabras trascendentes la Samaritana empezó a sospechar que Jesús
le ofrecía algo espiritual, pues su corazón empezó a latir fuertemente con
emoción sobrenatural; y, conmovida por la gracia y deseosa de saber el
misterio, le pidió el agua viva de la gracia:
“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a
sacarla” (Jn 4,15).
“Anda, llama a tu marido y vuelve” (Jn 4,16).
La mujer le contestó:
“No tengo marido”.
Jesús le dice:
“Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora
no es tu marido. En esto has dicho la verdad” (Jn 4,18).
La mujer entonces cayó en la cuenta de que estaba en la presencia de un
profeta:
“Señor, veo que tú eres un profeta”. Sé que va a venir el Mesías, el
Cristo; cuando venga Él nos lo dirá todo.
Jesús le dice:
“Soy yo el que habla contigo”.
El resultado de este coloquio fue que la Samaritana no sólo se convirtió sino que se hizo misionera, pues muchos samaritanos, al comprobar los hechos, creyeron que Jesús era el Mesías, el Salvador del mundo por el testimonio que les había dado la mujer.
sábado, 4 de marzo de 2023
Segundo domingo de Cuaresma. Ciclo A
La transfiguración de Jesús fue un anticipo analógico de lo que va a ser nuestra condición humana, cuando toda la Humanidad sea transformada, transfigurada, resucitada. Resucitaremos en cuerpos gloriosos, para vivir eternamente con Cristo Resucitado, tal vez en este mismo mundo en el que vivimos, “resucitado”, es decir totalmente transformado, como piensan algunos teólogos. Este mundo al que la Sagrada Escritura llama “Nuevos Cielos y nueva Tierra”, podría ser el receptáculo de los cuerpos gloriosos.
El hecho de recordar hoy la transfiguración de Jesús nos recuerda la total transfiguración que recibimos en el Sacramento del Bautismo, transfiguración bautismal, en el que fuimos transformados o transfigurados personalmente en cuanto al cuerpo, que quedó convertido en templo vivo del Espíritu Santo, y el alma convertida en sagrario de la Santísima Trinidad. Entonces se realizó una transfiguración personal, pues el hombre, nacido en pecado original, quedó convertido en hijo de Dios por la gracia.
Esto nos impulsa, hermanos, a que vivamos totalmente transformados como hijos de Dios. Es decir, que en cierto sentido nos anticipemos a vivir en la Tierra la resurrección gloriosa del Cielo, pues si hemos sido en el bautismo transformados en Cristo, resucitemos en Él a la vida de la gracia.
La razón es muy clara. Nos la da el apóstol San Pablo escribiendo a los filipenses: “Somos ciudadanos del Cielo y peregrinos en la tierra”. Por lo tanto, como ciudadanos del Cielo tenemos que llevar la condición propia del Cielo que es la transfiguración en Cristo Jesús.
¿Y quiénes son los que viven como hijos de Dios? Los que hacen y viven un pacto con Dios, como Abrahám. El pacto de Abrahám con Dios consistió en que Dios se comprometió a ser Padre de Abrahám y Abrahám a ser hijo de Dios. Así también tiene que ser el pacto del cristiano con Dios, vivir como hijo del Padre, porque el Padre será siempre padre del hombre bautizado, viviendo esta alianza, como ciudadano del Cielo, pisando tierra. Así hermanos, transformados en Cristo por el Bautismo, hemos de vivir la “transfiguración” bautismal desde la óptica de la fe, cambiando el sentido de todas las realidades humanas y terrestres.
Haciendo las salvedades convenientes, y en
sentido analógico, podríamos decir que de la misma manera que en Jesucristo hay
una sola persona divina y dos naturalezas, divina y humana, así nosotros
también tenemos una sola persona que es humana, con dos naturalezas, la
naturaleza humana que corresponde a nuestra
propia persona y la naturaleza divina que corresponde a la gracia de
Jesucristo.
sábado, 25 de febrero de 2023
Primer domingo. Cuaresma. Ciclo A
sábado, 18 de febrero de 2023
Séptimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A
sábado, 11 de febrero de 2023
Sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A
Dichosos los que caminan en la voluntad de Dios
En el salmo responsorial de este domingo, el pueblo cristiano responde a la
proclamación de la palabra de Dios con una frase profundamente bíblica y
teológica: dichosos los que caminan en la voluntad de Dios. Ofrezco unas
reflexiones espirituales sobre este tema por si a alguien puede hacerle algún
bien.
En el Universo, desde la perspectiva de visión sencilla, no científica,
sino popular, se pueden contemplar cuatro espacios: espacio sideral,
espacio acuático, espacio terrenal y espacio humano.
En el espacio sideral existen millones de seres astronómicos, grandes y
pequeños, conocidos y por conocer, que son una obra fantástica y artística
creada por Dios con su naturaleza propia, leyes cabales que caminan
puntualmente según la voluntad del Señor. Todo lo que sucede es bueno, y si
alguna cosa hay que tiene apariencia mala, su finalidad última es buena, pues
está planificada por la infinita sabiduría bondadosa de Dios, que es Amor, y no
puede equivocarse.
En el espacio acuático, inmenso de océanos mares y ríos que bañan la
tierra, viven peces innumerables. Las aguas son vivienda de animales acuáticos,
objeto de estudio para los científicos, curiosidad para los observadores y
alimento para millones de hombres. Es un abismo que sobrecoge de admiración,
causa miedo por su bravura, potencia, y deja atónitos a los simples
observadores.
La tierra es una misteriosa perfección en su ser natural,
leyes, habitantes en millones incontables, diversidad en clases en seres, cuyo
conocimiento supera todo entendimiento e imaginación del más sabio de los
geólogos y científicos de todos los tiempos. Es habitáculo de
tantas plantas que pululan con variedad, diversidad y hermosura, que adornan
los campos con su belleza y son deleite para obsequios y adornos
suntuosos; morada de múltiples y variados animales de toda
especie, que pueblan toda la planicie del globo terrestre, y dejan abismados a
los expertos y estudiosos de las ciencias naturales y entusiasmados a los
simples observadores.
Además de los entes inanimados que hay en el Universo, en la tierra existe
el hombre, el ser más perfecto de la Creación, microcosmos o pequeño mundo de
todo o creado, porque tiene parte de reino mineral, parte del reino vegetal,
parte del reino angélico y parte del reino divino porque está creado por Dios a
su imagen y se semejanza. Es, por consiguiente, un resumen de la Creación, que
está gobernado por las leyes físicas del cuerpo humano, la parte vegetativa de
las plantas, por la ley moral, la parte espiritual del alma, ser inteligente y
libre. El hombre que voluntariamente no cumpla la ley divina no es un ser
perfecto. El santo es la perfección suma en el hombre porque cumple la voluntad
de Dios en todas la leyes.
Los mandamientos son guías que encauzan necesariamente todos los seres por
el sitio que tienen que ir para que sean lo que tienen que ser en el plan de la
providencia de Dios Creador. Los mandamientos morales hacen que los hombres
cumpliendo libremente la voluntad de Dios sean más perfectos y santos; no son
obstáculos que impiden la libertad del hombre al no hacer lo que quiere o
gusta. La santidad consiste en el cumplimiento de los mandamientos, pues esa es
la voluntad de Dios
sábado, 4 de febrero de 2023
Quinto domingo. Tiempo ordinario. ciclo A
Campaña contra el hambre





