sábado, 28 de agosto de 2021

Domingo Vigésimo Segundo. Tiempo ordinario. Ciclo B

Teniendo en cuenta la liturgia de la Palabra de este domingo, podíamos resumir su contenido en esta frase: "La salvación se consigue practicando la Palabra de Dios, que consiste en cumplir los mandamientos, principalmente ejerciendo la caridad para con los pobres, y en vivir en este mundo sin pecado, es decir en estado de gracia,  no manchándose las manos con este mundo”, en expresión del apóstol Santiago

Vamos a explicar el sentido teológico de la fuerza salvadora de la Palabra de Dios, que literalmente el apóstol explica con estas palabras que aparecen en la segunda lectura de este domingo: “Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos”.

La Palabra de Dios está contenida en dos fuentes de la Revelación: en la Sagrada Escritura y en la Tradición, donde están  las verdades reveladas por Dios, que son necesarias fundamentalmente para la salvación eterna. Pero estas verdades no pueden ser interpretadas arbitrariamente por los hombres, ni libremente por grupos religiosos o cristianos, por muy doctos y sabios que sean en teología, pues los teólogos no son en la Iglesia maestros de la fe. Deben ser interpretadas por el magisterio auténtico de la Iglesia, porque por voluntad de Jesucristo es el órgano oficial de interpretación de la Palabra de Dios revelada, bajo la inspiración del Espíritu Santo. El contenido sustancial  de la Revelación está explicado en el Catecismo de la Iglesia del Papa actual, Juan Pablo II, que debe ser  el objeto de la predicación y enseñanza de la fe católica.

Nos dice San Pablo (Rm 1,16-17) que "el Evangelio es la fuerza de salvación de Dios para todo el que cree. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: El justo vivirá por su fe”.

La fe en la Palabra de Dios es  condición indispensable para la salvación, pero no debe ser oída simplemente, como quien oye un discurso, sino escuchada, meditada y practicada. La eficacia de la Palabra de Dios depende de tres factores importantes:

- de la palabra de Dios en sí misma, que tiene fuerza para efectuar la salvación, como el trigo contiene virtualidad para convertirse en espiga, si se siembra oportunamente en tierra cultivada, como nos enseña la parábola del Sembrador.

- de quien la predica, pues es importante que el comunicador de la fe crea en la palabra de Dios y la viva, como importante es que el conductor del agua sea   cuanto más limpio mejor, pues es evidente  que si la tubería que conduce el agua es de barro, la fuerza de la corriente puede desprender y arrastrar las impurezas del medio. De la misma manera la palabra de Dios que es comunicada por un hombre santo tiene más probabilidad de eficacia que si se comunica por un pecador, que puede inmiscuir en la palabra que predica las impurezas de su pensamiento y  de su modo de vivir;

- y, por último y principalmente, de quien la escucha. Para quien tiene fe no hay palabra de Dios mal predicada, sino mal escuchada y mal aplicada. Tenemos el gran defecto de escuchar la Palabra de Dios, aplicándosela al vecino, porque estamos tan ciegos que vemos la mota en el ojo del vecino y no vemos la viga en el nuestro, como nos advierte el Evangelio.

Para llevar a cabo la atenta y fructuosa palabra de Dios, hemos de  practicar los mandamientos, que son nuestra sabiduría e inteligencia, como hemos escuchado antes en la primera lectura del libro del Deutoronomio, porque son los moldes que reciclan el hombre viejo de Adán, hijo del pecado, en el hombre nuevo de Cristo, hijo de la gracia. Los mandamientos no son normas de las que Dios se vale para servirse de los hombres en beneficio propio, sino gracias o medios para  que el hombre perfeccione su ser y consiga la salvación eterna.

Resumiendo el pensamiento con el que hemos iniciado la homilía: El cumplimiento de los mandamientos consiste en no mancharse las manos con este mundo, es decir en tener el alma limpia de pecado, en estado de gracia, unida a Dios, y en visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones, es decir, en ejercitar la caridad con todos los hombres, especialmente con los más pobres. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.

 

sábado, 21 de agosto de 2021

Domingo Vigésimo Primero. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

     Las propiedades esenciales del vínculo del matrimonio son Unidad e Indisolubilidad.

 La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio fueron preparadas por los profetas en el  Antiguo Testamento aunque no siempre fueron observadas por los patriarcas y reyes. Hasta la plenitud de los tiempos con la venida de Jesucristo, el antiguo Pueblo de Dios se conducía por los instintos desordenados de la carne, según la razón, que lentamente iba siendo iluminada por la revelación de la Palabra divina durante siglos respecto del destino del matrimonio, según los planes de Dios. Y como es lógico y comprensible los hombres cometían atropellos morales de todo género y desórdenes carnales en los matrimonios y parejas durante siglos, incluso después de la promulgación del Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. Por fin cuando Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, vino al mundo para ser la Revelación de la Santísima Trinidad, en su vida pública completó la revelación anunciada en el antiguo Testamento y predicó la unidad e indisolubilidad en la unión matrimonial del hombre y la mujer, y estableció que “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6), cuando realmente el matrimonio es válido. Y declaró la unidad del matrimonio de un hombre con una mujer y su indisolubilidad.

San Pablo mandaba en nombre de Cristo que los maridos deben amar a sus mujeres, como Cristo amó a su Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” (Ef 5, 25-26), porque el matrimonio expresa el amor y la unión entre Cristo y la Iglesia. Por consiguiente, los esposos se deben ayudar mutuamente a santificarse en la vida conyugal, en la procreación y educación de los hijos,  fines principales del sacramento, y en la mutua fidelidad tanto en lo próspero como en lo adverso porque el sacramento del matrimonio es una Iglesia doméstica.

El fundamento del matrimonio es el amor verdadero auténtico, reciproco del uno al otro, porque el amor de uno sin correspondencia del otro es más dolor que gozo. En el matrimonio tiene que existir  una mutua correspondencia de amor en los esposos. Tiene que ser personal, amor a la persona, tal como es en sí misma con sus cualidades y defectos, y no como gustaría que fuera el otro. Supone aceptación y comprensión. El esposo tiene que aceptar y comprender que se casa con su esposa, una mujer, igual que el hombre, como persona, pero distinta en los caracteres femeninos, común a todas las mujeres, pero única en su especie con su propia personalidad física, psicológica y espiritual. Y de la misma manera la mujer  tiene que comprender que su esposo es un hombre, como todos los demás, pero único en particular.

Aunque es muy aconsejable que para la felicidad matrimonial, ambos tengan iguales o parecidos ideales, no es absolutamente necesario, pues el verdadero amor humano no tiene barreras, sobrepasa todos los ideales. Por eso es compatible  en el matrimonio que uno sea católico y otro no, tenga ideales distintos, políticos, religiosos y culturales, y que uno sea de una nación y el otro de otra, pues el amor comprende las distintas maneras de ser, pensar y obrar y todos los defectos accidentales. 

Podríamos comparar el amor en el matrimonio con el fundamento del edificio. Lo que es el fundamento al edificio es el amor al matrimonio: principio de unidad y consistencia. No es lo mismo construir un edificio de una sola planta  que requiere cimientos básicos que otro  de muchos pisos, que requiere profundidad de fundamento para garantizar la consistencia y unidad del edificio.

El matrimonio no es un estado de la felicidad, sino un medio para conseguirla, como tampoco el sacerdocio ni la vida consagrada son estados de felicidad en sí mismos, sino medios para conseguirla con vocación y sacrificios.

Se puede ser feliz en la soltería, en el matrimonio, en la viudez, en la vida consagrada, en el sacerdocio, si el estado se elige y se acepta en el fundamento del amor; y también desgraciado si se vive sin amor.

 Teniendo en cuenta estos principios de psicología experimental, el esposo y la esposa se deben amar aceptándose mutuamente con comprensión y amándose con total entrega, sacrificio y perdón. Los esposos deben comprenderse mutuamente, aceptarse como son, perdonarse en los fallos y demostrar el amor en las alegrías y en las penas, pues los gozos y sufrimientos  fortalecen el amor mutuo. Ninguno de ellos es el superior del otro ni de los hijos, sino los dos son servidores de la familia en el amor. 

sábado, 14 de agosto de 2021

Asunción de la Virgen María a los Cielos. Ciclo B

 

   La Asunción de María a los cielos es una consecuencia lógica de la Inmaculada Concepción de María, concebida sin pecado, Madre de Dios, Virgen, y Corredentora del género humano. Si Cristo, Dios sin pecado, y Redentor, vivió, padeció, murió y resucitó, María, Madre de Dios, Virgen y Corredentora murió y resucitó. Es un dogma definido por el Papa Pío XII el 1 de Noviembre de 1950 con estas palabras: “La augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación, Inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin como supremo coronamiento de sus privilegios fue preservada de la corrupción del sepulcro, y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo”.

    El Catecismo de la Iglesia católica de Juan Pablo II resume el dogma de la  Asunción con las siguientes palabras: “La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (Cat 966).

 

¿Murió la Virgen? 

    Históricamente no se puede demostrar la muerte de la Virgen María. El Papa en la definición dogmática intencionadamente rehusó pronunciarse en la fórmula dogmática sobre este tema.  

    ¿María Santísima fue Asunta a los Cielos después de morir o fue trasladada a los Cielos en cuerpo y alma, sin pasar por el trance de la muerte, por medio de una transformación misteriosa de un cuerpo mortal a un cuerpo glorioso? La Tradición cristiana de la Iglesia y la Liturgia afirman desde el siglo III que la Virgen María murió.  Algunos teólogos imaginan  que la causa de la muerte de María pudo ser la enfermedad, cosa que les parece a ellos que no está en contra del dogma. Pero parece más probable que por ser Inmaculada y Corredentora pudo morir con dolor o sin dolor; con dolor de igual manera que Jesús que no murió por enfermedad, sino a consecuencia del dolor extremado que le causó la muerte por asfixia. Si hubiera muerto sin dolor, la muerte de María puede concebirse como una muerte  repentina mediante el paso místico de la muerte a la Vida resucitada en cuerpo y alma. En este caso su cuerpo  murió por la separación del alma, y pocos segundos después  se unió  a su cuerpo incorrupto, resucitó y fue Asunta a los Cielos. Hay una diferencia esencial entre la Ascensión de Jesucristo y la Asunción de María. Jesús subió a los Cielos por su propia virtud porque era Dios, mientras que María tuvo que ser Asunta a los Cielos por un poder divino, que pudo ser  la  agilidad que tienen  los cuerpos gloriosos, por la que pueden moverse adonde quieran, trasladarse a sitios remotísimos y atravesar distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. 

    En resumen: Si Cristo para la Redención  vivió como Dios, la Virgen María vivió como Madre de Dios. Si como Redentor murió con dolor, María como Corredentora murió con dolor o sin dolor. Si  resucitó y ascendió a los Cielos en cuerpo glorioso, María resucitó y fue Asunta a los Cielos por el poder divino de la resurrección.

    Tampoco se conoce el lugar donde fue enterrado el cuerpo virginal de María, aunque Jerusalén y Éfeso se disputan el honor de ser escenario de este singular y privilegiado acontecimiento. 

 

sábado, 7 de agosto de 2021

Décimo noveno domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

Es un dogma de la fe católica, definido en el Concilio de Trento, que Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía bajo las especies de pan y vino (SC 7) “En el Santísimo sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre juntamente con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente” Cristo entero (Trento DS 1651). Es una presencia tan singular que no se puede comparar con ninguna de las presencias que conoce la filosofía ni la teología, porque es una presencia que rebasa todo conocimiento del saber humano y teológico. Es, por tanto, una presencia real, verdadera, sustancial, no imaginaria, metafórica, sino sobrenatural y mística.

Cristo no está presente en la Eucaristía con una presencia humana  de entendimiento,  como cuando una persona se hace presente a otra con el pensamiento; ni con el amor como cuando uno  tiene metido en su corazón a la persona que ama; ni tampoco al estilo de la presencia virtual de imagen y sonido de la pantalla de televisión.

La presencia eucarística supera la presencia evangélica de Cristo  en los que se reúnen en su nombre; transciende la presencia teológica de Cristo en los que oran en privado o en comunidad, o realizan la caridad o misericordia con el prójimo; incluso está por encima de la presencia sacramental de Cristo en cada sacramento en el que está presente con su gracia,  pues en la Eucaristía Cristo está Él mismo como autor de la gracia. No es lo mismo la presencia del sol por medio de la participación de su luz y calor en la Tierra que la presencia del sol y sus propiedades dentro de la Tierra, si esto fuera posible. Todas estas maneras de estar Cristo son presencias de gracia, pero la presencia de Cristo es presencia de Persona resucitada y gloriosa con su cuerpo, alma y divinidad, sin que podamos ni siquiera imaginar el cómo, de la misma manera que tampoco entendemos cómo es la presencia del cuerpo glorioso de Jesús, de la Virgen María y de los santos que resucitaron con Cristo el día de su resurrección en el Cielo.

Cristo no está en el sagrario con los brazos cruzados, pasivo, extático, sino vivo, operante, dinámico,  realizando la salvación de los hombres por medio de la Iglesia y como objeto de adoración y culto, para que los fieles lo adoren; y además está para ser alimento de las almas dentro de la santa Misa o fuera de ella.

 En consecuencia, si Cristo está presente en la Eucaristía, el mismo que nació en Belén, predicó el Evangelio en Palestina, murió en la cruz y resucitó por nosotros  en Jerusalén, acudamos a Él para adorarle, darle culto, acompañarle, alimentar nuestra fe y la gracia y pedirle la salvación y la paz para el mundo.

 

sábado, 31 de julio de 2021

Domingo décimo octavo. Tiempo ordinario. Ciclo B

Después de la primera multiplicación de los panes y los peces, la gente buscaba “los milagros de Jesús” más que al “Jesús de los milagros”; y le seguía para  proclamarle rey, pensando que Jesús era el Mesías, el profeta que había de venir al mundo (Jn 6,14). Entonces Él, huyendo de la quema, como se dice vulgarmente, se retiró al monte a orar, obligando a sus discípulos a embarcar rumbo a Betsaida, cerca de Cafarnaúm.  Entonces tuvo lugar el acontecimiento de la  tempestad marítima” (Mt 14,22-33).

         Más tarde todos los discípulos con Jesús hicieron la travesía del lago y desembarcaron en la parte occidental en tierra de Genesaret. Al reconocerle los habitantes de aquel lugar, propagaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron muchos enfermos. Y estando en su presencia le suplicaban que les dejara tocar tan sólo la orla de su manto; y aquellos que lograron tocarle quedaron sanos (Mt 14,34-36).

     Al día siguiente,  al enterarse la gente de que andaba por allí Jesús, en sus barcas se dirigió al sitio donde Él había realizado el milagro, porque era el lugar donde todo el mundo sabía que solía reunirse frecuentemente con sus discípulos (Jn 6,22-24). Y comprobando que allí no estaba, todos se dirigieron a la sinagoga, donde se encontraba predicando. Alguno del pueblo, rompiendo el respeto humano del qué dirán, se acercó a Él y le dijo:

- “Maestro, ¿cuándo has venido?

Jesús les contestó:

- “No me buscáis porque hayáis percibido señales, sino porque habéis comido pan hasta saciaros” (Jn 6, 26).

    La razón de aquella multitud  en la búsqueda de Jesús no era la fe en el Mesías, sino el interés humano del pan con el que habían sido saciados milagrosamente el día anterior. Después, aprovechando esta ocasión del alimento del pan, pronunció el discurso sobre la promesa eucarística: “No trabajéis por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando una vida sin término” (Jn 6,27).

     Los oyentes, pensando que les anunciaba un manjar extraordinario, pidieron a Jesús ese alimento que les prometía:

- “Señor, danos siempre pan de ése” (Jn 6,34).

    Jesús les respondió:

- “Yo soy el pan de la vida. El que se acerca a mí no pasará hambre y el que tiene fe en mí no tendrá nunca sed” (Jn 6,35).

    La fe en Jesús, enviado por el Padre, les dijo, era necesaria para comprender el misterio que les anunciaba, que tenía relación con la vida eterna y la resurrección en el último día (Jn 6,35-40).

     Los judíos quedaron perplejos ante estas palabras tan extrañas, que sólo entendieron en sentido figurado. Y, desconcertados, “protestaban contra él porque había dicho que él era el pan del cielo, y comentaban:

- Pero ¿no es éste Jesús, el hijo de José? Si nosotros conocemos a su padre y a su madre, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo”? (Jn 6,41-42).

    Jesús, como respuesta a esta pública murmuración, volvió a insistir en la misma idea, repitiendo una y otra vez que Él era el pan bajado del Cielo, su propia carne, vida del mundo.

     Los oyentes interpretaron estas palabras en sentido místico, porque no podían comprender cómo tenían que comer carne humana, como si fueran antropófagos salvajes. Y, totalmente desconcertados, murmuraban entre sí diciendo:

- “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6,52)    

    Entonces Jesús les dijo:

- “Pues sí, os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre de este Hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él” (Jn 6,53-56).

    Las palabras no pudieron ser más claras y tajantes: Jesús era el pan de vida eterna, bajado del Cielo, distinto y mejor que el maná con que el Padre alimentó a su Pueblo en el desierto. El pan en concreto será su cuerpo, verdadera comida,  y su sangre, verdadera bebida.

    Ante semejantes reiteraciones de la misma idea "muchos discípulos dijeron al oírlo:

- Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?" (Jn 6,60).

     Y, como efecto del discurso de la promesa eucarística, "desde entonces muchos discípulos se volvieron atrás y no volvieron más con él" (Jn 6,66).

    Entonces, observando Jesús que muchos de sus oyentes salieron indignados de la Sinagoga, con el corazón partido de dolor y los ojos arrasados en lágrimas, preguntó a los doce: 

- "¿También vosotros queréis marcharos?

    Simón Pedro le contestó:

- Señor, y ¿a quién vamos a acudir? En tus palabras hay vida eterna, y nosotros ya creemos y sabemos que tú eres el Consagrado por Dios" (Jn 6,68).

     Según el dogma de la Iglesia católica, definido por el Concilio de Trento, Jesús está presente en la Eucaristía, real, no metafóricamente, verdaderamente, no en figura, y sustancialmente como una realidad transcendente. Por medio de la consagración del pan y del vino que el sacerdote hace en la santa misa, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo, sangre, alma y divinidad, bajo las especies de pan y vino. Y el Cuerpo de Jesucristo es verdadera comida y la sangre verdadera bebida. ¿Cómo? Nadie lo entiende ni lo puede explicar, pero es una realidad suprema, verdadera, auténtica que trasciende el comer y beber humano, y solamente podremos ver en el Cielo.

 

 

sábado, 24 de julio de 2021

Solemnidad de Santiago Apostol. Ciclo B

Santiago el Mayor, así llamado para distinguirlo de Santiago el Menor, y su hermano Juan evangelista, eran hijos de Zebedeo y Salomé, naturales de Betsaida y de oficio pescadores (Mt 4,21;Jn 21,1-2). Sus padres tenían una posición económicamente desahogada, pues poseían, por lo menos, una barca y jornaleros a su servicio que pescaban con red barredera, y no con redes de mallas arrojadas al mar a merced de la suerte, como hacían los humildes pescadores de Galilea (Mc 1,20; Mt 4,21).

Su madre fue una de aquellas piadosas mujeres que siguieron fielmente a Jesús y le asistieron con sus bienes, incluso en los momentos cruciales de su crucifixión y muerte (Mt 27,55-56; Mc 15,40;Lc 8,3).

Por su carácter impetuoso, ambos recibieron de Jesús el apelativo de Boanerges o hijos del trueno (Mc 3,17), pues pidieron al Señor que bajara fuego del Cielo (Lc 9,54) para quienes no comprendían a su Maestro. Parece que este apelativo se debe a la anécdota evangélica que voy a contar.

Cuando llegó la hora de partir Jesús de este mundo al Padre, decidió ir a Jerusalén.  Y para cumplir su propósito envió a unos emisarios suyos a que fueran delante de él a buscarle posada en una de las aldeas de samaritanos, que había en el camino. Pero sus habitantes no quisieron alojarlo, por la extraña y simplona razón de que tenía intención de ir a Jerusalén. Enterados sus discípulos Santiago y Juan del caso, se enfadaron mucho, y, enfurecidos, acudieron al Señor a decirle: “Si quieres, decimos que caiga un rayo y acabe con ellos” (Lc 9,54).

Se me ocurre pensar que estas duras palabras salieron de los labios de Santiago y no de Juan, que tenía un temperamento pacífico y controlado. Sucede generalmente en grupos de amigos, compañeros y extraños, que se reúnen por intereses comunes, que uno asume la representación de todos, aunque nadie se la encomiende.

Santiago se pasó, pues el hecho de que aquella aldea no quisiera alojar a Jesús en la posada, no sabemos por qué, no era tan grave como para pedir a Dios que la castigara mandando del Cielo un rayo que la fulminara. Es admirable el comportamiento de Jesús que reprende cariñosamente el defecto de sus discípulos, justificando, tal vez, la libertad del posadero para hospedar en su casa a quienes quiera.

Esta actitud tan virtuosa nos enseña a dejar la justicia en manos de Dios, y no desear males a nadie. Los hombres juzgamos las apariencias externas de las acciones, sin conocer la intención secreta de los corazones, que es una exclusiva reservada a Dios.

Los dos hermanos, hijos de Zebedeo, discípulos predilectos de Jesús, juntamente con su amigo Pedro, aparecen en el Evangelio en los siguientes pasajes:

- en la llamada  oficial de Jesús en el Lago de Tiberíades (Mt 4,21-22);

- en la lista de los Apóstoles (Mt 10,2-4;Mc 3,16-19;Lc 6,14-16;Hech 1,13;

- en la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37);

- en la transfiguración en el monte Tabor (Mt 17,1-13);

- en el discurso escatológico sobre la destrucción de Jerusalén y fin del mundo (Mc 13,1-4);

- con su madre Salomé, cuando pedía a Jesús un puesto de privilegio, uno a la derecha y otro a la izquierda en su reino para sus dos hijos (Mt 20,20-23);

- en la agonía del huerto de Getsemaní (Mc 14,33);

Formaba, junto con su hermano Juan, y con Pedro, el grupo de los tres discípulos preferidos (Mt 17,1;26,37;Mc 5,37;13,3).

El apóstol Santiago el Mayor, Patrono de España, a quien se le tiene mucha devoción en todo el mundo, principalmente en Europa, no tuvo diálogos personales con Jesús. Aparece en el Evangelio como personaje de referencia, como se puede comprobar en los textos antes citados. Por eso, de este insigne apóstol solamente reseñaremos una síntesis biográfica, que es realmente escasa.

De su hermano Juan explicaremos, en documento aparte, el único diálogo que mantuvo con Jesús en la última Cena.

Tenemos pocos datos en el Evangelio para hacer una radiografía psicológica de la personalidad de este apóstol. A pesar de ser uno de los discípulos preferidos, aparece en el Evangelio como personaje extra en relación con los diálogos de Jesús.

Santiago era un joven inteligente, de carácter espontáneo, que decía las palabras sin pasarlas antes reposadamente por el control de la razón. Podía más en él la fuerza del corazón que la atinada prudencia del razonamiento. Temperamentalmente inquieto y nervioso, no podía estarse quieto ni un momento. Compañero servicial como el primero, estaba al quite de todo cuanto sucedía, y dispuesto a echar una mano allí donde se precisaba cualquier servicio. Por su genio activo y abierto era emprendedor y eminentemente misionero, destacando en él las virtudes de la sinceridad y la justicia.

Tal vez pudo ser un hombre de genio vivo, defensor de la ley y de los derechos de Dios, y simpatizante del partido de los Celotes, que fanáticamente esperaban la inminente venida del Mesías, y luchaban contra las esclavitudes que padecía entonces el pueblo de Israel, por culpa del abusivo Imperio Romano.

Su madre, que tenía amistad especial con Jesús, le pidió la ambiciosa gracia de que sus dos hijos estuvieran sentados a la derecha y a su izquierda en su Reino, ingenua petición que equivalía humanamente casi a pedir al Señor que sus dos hijos fueran vicepresidente primero y vicepresidente segundo del Gobierno del Reino iba a fundar.(Mt 20,20-28;Mc 10,35-45). ¡Qué enseñanza nos ofrece este pasaje del Evangelio, que denota la ambición humana del hombre y la envidia entre iguales!

Debemos dar la vida por Cristo y esperar de Él su infinita misericordia, sin desear tener en el Cielo los mejores puestos, sino aquél que nos corresponda, según los secretos designios de Dios Padre.

La tradición extrabíblica de su venida a España y la aparición de la Virgen del Pilar en carne mortal en Zaragoza es una devoción española, muy arraigada en nuestro Pueblo, que no se puede demostrar ni negar históricamente con argumentos apodícticos. 

         Sufrió el martirio bajo Herodes Agripa I (Hech 12,2) en el año 44.

 

 

 

 

sábado, 17 de julio de 2021

Décimo sexto domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

            En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, domingo décimo sexto del tiempo ordinario, el Apóstol San Pablo escribiendo a los Efesios nos dice que Cristo es nuestra paz. ¿Qué quiere decir esta frase? ¿En qué sentido Cristo es nuestra paz? Es solamente la paz de los cristianos, de los que tenemos fe, de los que vivimos los compromisos del bautismo consecuentemente. Para responder a estas preguntas conviene recordar, aunque no sea nada más que a grandes rasgos, las creencias del pueblo judío.

            Desde hacía siglos el pueblo de Israel creía que Dios había revelado a los patriarcas y profetas la venida de un Mesías que los iba a salvar de las distintas esclavitudes que padeció por culpa de los pueblos extraños, que lo tenían esclavizado constantemente con guerras y tremendas injusticias en su propio país y en otros países. Así aparece en la Biblia, historia de Israel. Pensemos, por ejemplo, en la esclavitud inhumana que padeció en Egipto, de la que fue liberado prodigiosamente por Moisés de la tiranía de los faraones: la salida de Egipto, el paso por el mar rojo, la travesía del desierto, la alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí con la entrega de las tablas de la Ley o decálogo y, por fin, la toma de posesión de Palestina, tierra fecunda en frutos, en la que abundaría leche y miel, expresión que significaba la riqueza en que viviría el pueblo de Israel  En el Antiguo Testamento se profetizaba un Mesías, profeta religioso, sociopolítico y rey que establecería un reino de paz y justicia.

En tiempos inmediatos a la venida de Jesús, los judíos crecieron en la firme creencia de que el Mesías vendría a redimir a su pueblo de la esclavitud humana, sociológica y política que padecía bajo la tiranía de Roma. Las agobiantes y opresoras circunstancias en que vivía el pueblo judío hacían concebir esta idea de redención puramente humana.

Sin embargo, la redención anunciada en el Antiguo Testamento globalmente era universal y total, radicada principalmente en la liberación del pecado y de todos los males de este mundo, por medio del Mesías, concebido y profetizado por Isaías “despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores, soportaba nuestros dolores, azotado, herido de Dios y humillado. Yahveh descargó sobre él  la culpa de los hombres. Se puso su sepultura entre los malvados, como indefenso se entregó a la muerte" (Isaías c. 53).

Estas profecías sobre el pueblo de Dios fueron interpretadas por los rabinos o maestros de la ley, que entonces había muchos y de distintas escuelas, en muchos sentidos y con apreciaciones religiosas y sociopolíticas en distintas épocas. San Pablo en la carta a los Efesios nos dice que “a él le fue revelado el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,6). Pero nunca el misterio de la salvación universal fue conocido con la precisión teológica de hoy, después de la evolución del dogma y del conocimiento de la fe de veinte siglos.

        Los judíos estaban convencidos de que Israel era el único pueblo de la Tierra amado y bendecido por Dios, al que había prometido la venida del Mesías, redentor o liberador de la esclavitud de su pueblo. Los demás pueblos eran gentiles, es decir, extraños a la promesa divina y enemigos de Israel. Por consiguiente había dos pueblos: el pueblo judío y pueblo gentil, separados por un muro: el odio. Jesús fue la paz que por su sangre y la cruz ha hecho de los dos  un solo pueblo, que es la Iglesia universal, a la que pertenecen todos los hombres, de una o de otra manera, y todos los pueblos de la Tierra.

         Esta enseñanza del Apóstol San Pablo nos tiene que hacer reflexionar que Cristo es la paz para todos los pueblos y todos los hombres, de una o de otra manera:

- para los cristianos practicantes que cumplimos los mandamientos y vivimos más o menos la fe de la Iglesia con nuestros compromisos personales, familiares y sociales, vividos de muchas formas diferentes;

- para los cristianos pecadores que viven atrapados por los vicios, esclavos del pecado en sus múltiples formas;

- para los cristianos alejados de la Iglesia que no son consecuentes con su fe y, sin negar a Dios, viven materializados y contemporizando con el mundo en ideas, modas y costumbres;

- para los creyentes pertenecientes a distintas iglesias, no cristianas, que inculpablemente por muchas razones históricas y culturales no conocen a Cristo;

- para los no creyentes, agnósticos y ateos para quienes Dios no existe o viven como si no existiera, de espaldas a la ley moral católica, zarandeados por las pasiones y obsesionados por el triple poder de la autoridad, del dinero y de la sexualidad;

- para los que no conocen a Dios o lo confunden con ídolos, que viven  a expensas de las injusticias humanas, familiares y sociales, víctimas del poder, y engañados por sus propias convicciones y a capricho de sus instintos bajos y pasiones.

            Para un cristiano, consecuente con su fe, Cristo debe ser la paz para todos los hombres, de cualquier país, color, religión, cultura e ideología, que pertenecen a un solo pueblo, de diversas maneras, que sólo pueden ser evaluadas por la sabiduría increada de Dios, Padre de todos los hombres, infinitamente misericordioso.

          Trabajemos con todas las fuerzas de nuestra alma en la oración y en la acción para que la Iglesia se extienda por todo el mundo, conforme al mandato de Jesús: “Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizadlos para cosagrárselos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enseñadles a guardar todo los que os he mandado; mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Pero tengamos la comprensión humana y cristiana para con todos los hombres, que son hijos de Dios, como nosotros, a quienes ama como a nosotros, y a quienes también ha redimido Jesucristo con su sangre divina, como a nosotros, que pertenecen a la Iglesia, único pueblo de Dios, como nosotros, aunque de manera distinta, sacramento universal de salvación, como nos enseña el Concilio Vaticano II.