sábado, 27 de septiembre de 2025

Vigésimo sexto domingo. Tiempo ordinario. ciclo C



Muchas veces, hermanos, creemos que si tuviéramos al lado un buen sacerdote, un director espiritual,  un digno confesor, si dispusiéramos de un ambiente propicio, y estuviéramos liberados de unas circunstancias pecaminosas, tendríamos fe. Y pensamos que si no somos mejores y estamos enredados en el mundo y en el pecado es por culpa de las circunstancias. Y esto en gran parte es un error.

La fe no viene con el esfuerzo personal del estudio metódico y profundo de la filosofía, razonando sobre las cinco clásicas vías de Santo Tomás de Aquino que prueban la existencia de Dios; ni de la investigación de la Historia, maestra de la vida, ni de la reflexión de otras disciplinas: ni nace del ambiente cristiano familiar y social. Todas estas circunstancias pueden ser medios para transmitir la fe y conservarla, pero no la causan por sí mismas. La fe es un don divino que el Espíritu Santo regala a quien quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, de muchas maneras y en diversas intensidades.

La experiencia, madre de la ciencia, nos lo enseña. Se dan casos de eminentes filósofos y sabios que con el angustioso esfuerzo de la razón han buscado a Dios y no lo encontraron, quedando sumidos en el existencialismo, agnosticismo o ateísmo práctico. Conocemos familias muy cristianas, comprometidas con la Iglesia, que dieron a sus hijos ejemplos de fe viva y moralidad católica consecuente, y que gastaron parte de su capital en procurar para ellos los mejores colegios religiosos de su tiempo. Y cuando estos niños llegaron a la edad de la pubertad, por distintas razones personales y ambientales abandonaron la fe de los padres y se entregaron al desenfreno de las pasiones en este mundo en que vivimos plagado de vicios contagiosos y malas costumbres justificadas.

Por otra parte, hay familias buenas, de costumbres cristianas, pero no religiosas practicantes, que tienen hijos sacerdotes y monjas de clausura muy en contra de su voluntad y con disgusto demostrado. Pero debido a un ambiente piadoso de circunstancias ocasionales encontraron a Cristo, sin buscarlo, y hoy militan en las primeras filas de los consagrados a Dios con heroísmo. Conocemos casos.                                   

La fe, hermanos, repito, viene de Dios misteriosamente. El último versículo del Evangelio, que acabamos de proclamar en el nombre del Señor, es un argumento que justifica lo que hasta ahora acabo de decir: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas no harán caso, ni aunque resucite un muerto”.

No penséis, hermanos, que si se hiciese un milagro la gente iba a creer o se iba a convertir. Pudiera ser, pero no es este hecho un argumento contundente para que venga la fe o la conversión de los pecadores. De la misma manera el que tiene fe y  vive su conversión cristiana, no la pierde por los males que le vengan en el mundo.          

Muchos de nosotros hemos padecido pruebas muy duras. Acaso, las estamos padeciendo y no por eso se debilita la fe, sino que más bien se fortalece más. Hemos oído decir: yo antes era bueno, fui monaguillo, miembro de Acción Católica, pero conocí un cristiano de muchas Iglesia, un sacerdote del que aprendí malos ejemplos y por su culpa perdí la fe. Es una desgracia que esto te haya sucedido a ti que acaso me escuchas, y haya influido en la pérdida de tu fe. Pero te digo con el corazón en la mano y con la fuerza de la experiencia de muchos años de trato sacerdotal con fieles que el que tiene mucha fe, bien arraigada en el corazón, por nada del mundo la pierde. Es más, si está bien combatida por luchas, adversidades y pecados, por muchos y graves que sean los escándalos que se reciban, la fe se robustece, si Dios el Padre de las misericordias, nos saca ilesos de los duros combates que tenemos que mantener.

Dice el apóstol San Pablo escribiendo a Timoteo: “Combate el buen combate de la fe”. Llevamos la gracia de Dios en vasijas de barro, dice el apóstol San Pablo, y tenemos que conservarla con el alimento de la vida espiritual y en buenos ambientes, como quien quiere tener siempre florido un jardín o una flor rica y delicada en una maceta. Hay que cuidarla, como se debe cuidar la salud, la memoria y el dinero, porque se puede perder. Conozco casos de personas muy cristianas y muy buenas, que siendo ejemplares en su profesión y ejemplares, incluso, en su vocación, después, no solamente perdieron la vocación, sino también la fe. Ahora mismo me estoy acordando de una persona por la que voy a pedir especialmente en la Misa, que en su niñez era un ángel, fervorosa en su juventud, y por circunstancias que Dios sólo sabe y el demonio también, anda por esos mundos de Dios dando tumbos en la fe y con el corazón roto por el pecado. Espero de Dios su misericordiosa recomposición.

Por tanto, hermanos, lo primero que tenemos que hacer es agradecer al Señor, tener fe. Tengo fe, gracias a Dios, con todos los “aunques” y con todos los “sin embargos”: aunque pecador, débil, sexual, insolente, mentiroso, soberbio... pero, sin embargo hombre de fe, a pesar de todo, en gracia de Dios y dentro de la Iglesia y con paz de arrepentimiento de mi vida pasada con el deseo de una vida en presente santificada. Sin Embargo, tengo fe, aunque dejo mucho que desear, pues la fe, siendo una virtud “objetiva”, está siempre subjetivada en el corazón. Me parece que debo explicar mejor la última frase: La fe es objetiva, pero está subjetivada en el corazón del hombre.

La verdad es objetiva, está revelada por Dios y se ha de hacer subjetiva en cada persona. No es la que cada uno piensa, ni el consenso común de los filósofos que discurren sobre la ética, ni la norma de la costumbre de los pueblos, ni el acuerdo parlamentario de un gobierno, ni la ley de un monarca. Es la que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña. La fe es una adhesión personal a Cristo y un seguimiento de Él, que es la Verdad divina, infinita y eterna. Pero estando en la verdad, cada uno la vive de manera subjetiva, según es la persona que la vive.

Decimos muchísimas veces: Esta persona es tan rara, tan extraña, tan beata, que no sé cómo es la fe que vive. Pues la vive conforme ella es: con equilibrios o desequilibrios, con apasionamientos y apatías, con virtudes y defectos... Esto pasa también en el orden de las cosas humanas. Puede haber un buen médico y un buen profesional que actúe prodigiosamente con los nervios rotos. Santo Tomás decía, lo voy a decir en latín y luego lo voy a traducir en un castellano popularizado. Quidquid recípitur al modum recipientis recípitur. Lo que se recibe en un recipiente, adopta la forma del continente donde se recibe. Valga un ejemplo: el agua que se vierte en un cántaro, en un botijo, en un florero, en una tubería de diversos diámetros y distintas formas, adopta el modelo del recipiente donde se contiene.

La fe se vive según uno es, conforme ha sido hecho por Dios o se ha deshecho uno a sí mismo por el Pecado ¿Quién no tiene algún desajuste psicológico, alguna marca en su personalidad motivada por hechos y circunstancias de la niñez o juventud? ¿Quién no ha sufrido una mala educación familiar y social, y religiosa, moral y cívica, debida a los tiempos o ambientes de los tiempos? ¿Quién no tiene alguna rareza congénita o adquirida? ¿Quién no tiene alguna manía? Todos somos débiles por naturaleza o por el hábito de los pecados cometidos en la vida pasada o presente, cuya responsabilidad moral sólo Dios sabe? Pero las fe, gran misterio del amor misericordioso de Dios, coexiste con las miserias y debilidades del hombre, y se expresa y se vive con ellas.

Pues, bien, hermanos, demos gracias al Señor, que nos ha concedido este fe, esta fe que la tenemos que vivir personalmente como somos y no de otra manera, que tenemos que defender  y combatir con nuestras propias fuerzas, potenciadas por la gracia de Dios.

La fe, hermanos, nos hace conquistar la vida eterna a la que hemos sido llamados. No recapacitamos lo suficiente sobre la sublime realidad de que somos eternos. Hacemos muchos proyectos, luchamos por la conquista de muchas cosas, por el poder y el dinero, y no nos damos cuenta que vamos a morir, que tenemos que trabajar para la conquista de la vida eterna, combatiendo el buen combate de la fe,  el gran regalo de Dios que nos hacer vivir, arrepentidos de nuestros pecados, con la esperanza de conquistar el Reino de los Cielos por la misericordia infinita de Dios. 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Vigésimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


En el Evangelio de hoy la Palabra de Dios nos propone la parábola del administrador infiel, que expuso Jesucristo a sus discípulos:  “Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión porque quedas despedido”.

Como respuesta el administrador adoptó una actitud astuta. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y a cada uno le fue haciendo una rebaja de la deuda que tenía contraída. Al que debía cien barriles de aceite, le rebajó cincuenta; al que debía cien fanegas de trigo, le rebajó veinte, y así hizo con todos. Cuando el amo se enteró de su modo de proceder, le felicitó no por el robo que había hecho, sino por la astucia con que había procedido. Con estas palabras Jesús nos dio a entender que debemos ser  sagaces para negociar el Reino de los Cielos, “porque los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

Jesús, sacando la moraleja de esta parábola, nos habló de la fidelidad en la administración, advirtiendo que el que no es fiel en lo poco, no puede ser fiel en lo mucho, terminando con una frase lapidaria, que todo el mundo conoce: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Expliquemos este texto que hemos elegido como tema para la homilía de hoy.           

Hay en el mundo dos dioses a quienes no se puede servir a la vez porque se contraponen: el dios dinero y el Dios, Señor de todas las cosas creadas. El dinero, considerado como dios, es como un cáncer que corrompe al hombre y produce en él la metástasis de otros vicios. El que vive por el dinero y para el dinero trabaja, como fin único y supremo, pierde la sensibilidad del bien, se aparta de Dios, se desliza vertiginosamente por la cuesta de los vicios, se estrella contra la gracia de Dios y cae en el pecado empedernido. No debemos  servir al dinero, como esclavos de él, sino servirnos del dinero, como señores.  

El dinero es en sí mismo bueno, necesario para vivir, pero no como fin del hombre, sino como medio para conseguir la felicidad temporal y eterna. El dinero que genera riqueza,  es un bien creado por Dios para el bien de todos los hombres, con el fin de que cada uno tenga proporcionalmente en justicia lo necesario para vivir dignamente; y es también un  bien para la sociedad, porque tiene una función social: ayudar a otros a vivir bien, creando puestos de trabajo, mejorar el bienestar de la sociedad en  la que vivimos, colaborar a erradicar el hambre en el mundo y a que los hombres de la Tierra gocen de los bienes creados por Dios para todos. Tenemos que trabajar para ganar el dinero necesario para vivir cada día mejor, disfrutando de las muchas cosas buenas que hay en el mundo, pues Dios se alegra cuando, como niños, gozamos de los juguetes de las cosas, que nos alegran y hacen felices, como un padre disfruta cuando sus hijos pequeños juegan  con los juguetes que les echaron los reyes magos con alborozo y alegría. Hay que vivir bien, cada uno según su condición social, lugar y tiempo en que vive. La riqueza justa no solamente tiene una finalidad personal y familiar, querida por Dios, sino que además debe de ser destinada para los que tienen menos o no tienen nada y para el bien común de la sociedad y de la Iglesia. Un buen cristiano no puede desentenderse de los justos problemas del Estado, y debe aportar de sus bienes un porcentaje para Hacienda; ni conformarse con ayudar a la Iglesia con limosnas en las colectas o cepillos, o con aportaciones económicas por los servicios religiosos recibidos, a modo de paga voluntaria, sino que debe en conciencia “ayudar a la Iglesia en sus necesidades”, en cumplimiento del quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia. Ayudar a la Iglesia económicamente o con prestaciones personales para que pueda cumplir su misión evangelizadora no es una devoción, un gusto, sino una obligación de conciencia cristiana.

La pobreza, entendida  como virtud, es un precepto del Señor. Consiste en vivir lo mejor posible con el dinero que se gana justamente, según la ley de Dios, teniendo un sentido comunitario de los bienes de la Tierra que sobran, que son de los pobres, o que, sin perjuicio de la economía personal o familiar, otros necesitan vitalmente. Concebida como virtud evangélica, es un consejo del Señor para aquellos que con vocación de consagración quieran seguir a Jesucristo, pobre, con un corazón desprendido y como medio de mayor perfección. La miseria, es decir, la pobreza  de carecer de lo necesario para vivir dignamente, es un pecado social grave, cometido por la injusta administración política y es consecuencia del abuso de la riqueza por parte de los hombres.  Dios alaba y bendice la pobreza preceptuada, aconseja a los vocacionados la pobreza evangélica, y recrimina y condena la miseria.           

sábado, 13 de septiembre de 2025

Vigésimo cuarto domingo, Exaltación de la santa cruz. Tiempo ordinario. Ciclo C



Porque Jesús, Persona divina, asumió la naturaleza humana en todo menos en el pecado,  la vida, el gozo, el dolor y la muerte adquirieron la categoría divina de redención. Dios se humanizó para que el hombre se divinizara. La cruz, sinónimo de dolor, insignia y señal del cristiano, por el misterio pascual se convirtió para el hombre en medio de redención, santificación y apostolado místico en la Iglesia.  

El hombre sufre la cruz con desesperación, rebeldía, resignación, conformidad o alegría, porque no le gusta. En cambio, la Iglesia celebra la exaltación de la cruz, el 14 de Septiembre, fiesta que humanamente se opone a los sentimientos del corazón y rechaza la razón, pues el dolor es un mal humano, que Cristo convirtió en un bien teológico“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,6-8).

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16).

La salvación del género humano está en el árbol de la cruz, como reza la  Iglesia en el prefacio de la misa de la exaltación de la cruz: “Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro”.

 La cruz en el actual estado en que vive el hombre es gracia necesaria para la salvación, pues Dios no es Señor del dolor ni de la muerte, sino Señor de vivos, nos dice la Sagrada Escritura. No quiere el mal para el hombre, sino el mejor bien, pues en Dios Ser eterno, infinitamente bueno, repugna metafísicamente el mal y no se concilia con la realidad de Dios Padre de todos los hombres.

Dios creó al hombre en estado sobrenatural de gracia, bienestar y gozo, como corresponde a la infinita sabiduría y bondad divina, pero el misterio del pecado  produjo el dolor, que los que no tienen fe explican como consecuencia de la materialidad del hombre o efecto de diversas filosofías o teologías extrañas. En cambio, la fe nos dice que la cruz tiene un valor sobrenatural de salvación si se padece con fe y se ofrece con esperanza.

Porque Jesús, Dios hecho hombre, sufrió y fue crucificado, la cruz adquirió el sentido teológico de reparación y redención.

4 Clases de cruz

El hombre  en su peregrinación por la tierra conlleva  la cruz a cuestas, de una o de otra manera, en siete expresiones distintas: personal, familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial. Nace en una familia natural en la que existe la cruz; se educa y desarrolla en un ambiente cultural, laboral, social, y de signo político alternativo en el que  existe la cruz con distintos y variados matices y padece por distintas circunstancias.

Cruz personal

Cada persona es diferente y única, pues no hay ninguna exactamente igual. Tiene por naturaleza sus propias cualidades con las que goza y defectos físicos, psicológicos, espirituales y morales con los que sufre. Las taras con las que nace, de diversa índole en su naturaleza y pronunciación, suponen una cruz personal física. En la corporeidad de la persona hay ciertos desajustes patológicos y psicológicos que alteran, más o menos, la personalidad, y causan sufrimientos   a la propia persona y ocasionan cruces a los demás. El control de los nervios desquiciados  desigualmente, la doma de las pasiones naturales que empujan con más o menos brío hacia el mal suponen cruz para uno mismo. Otros defectos físicos, sin mayor importancia, como la falta de belleza o la deformación de un miembro no gustan, fácilmente se ocultan o disimulan, pero no suponen cruz especial,  y se aceptan y se  vive con ellos con naturalidad.

Las cualidad espiritual del entendimiento que dificulta el conocimiento de las cosas, sobre todo cuando es mínimo en su potencia cognoscitiva, es cruz personal por tener que trabajar mucho para no aprender nada o  poco con mucho esfuerzo; y una cruz moral es tener una voluntad inconstante, voluble, apática, apasionada, con la que hay que vencer muchos obstáculos, sin poder conseguir lo que se quiere. ¡Cuántas batallas perdidas en la lucha con uno mismo en aguantar los defectos físicos, patológicos psicológicos y espirituales, a pesar de las enconadas batallas sostenidas con ánimo de vencer!

La repetición del pecado que no se acaba de superar del todo, poniendo alma, vida y corazón en vencerlo,  humilla, hace sufrir y es una cruz moral que se tiene que padecer; y al final permanece incluso en los santos, como humillación personal, necesidad del conocimiento de  la gracia, el saboreo de la misericordia divina, comprensión de los hombres y medio de santificación.

Cruz familiar

La persona se educa en una familia natural o adoptiva; convive en una familia forzosa o elegida o en la que tiene que compartir la vida con otras personas diferentes en carácter, ideología, cultura, aficiones y gustos, que ofrecen cruces mutuas, pequeñas o grandes. La familia es escuela en la que se sufre inevitablemente, se intercomunican las cruces, y una forja de virtudes.  Es cierto que unos miembros en la familia son ocasión de cruces para algunos, varios, muchos o todos, pero es seguro que cada miembro, aunque sea santo, incluso en familias consagradas que viven el mismo  carisma, es ocasión de cruz para algunos, por el modo de vivirlo personalmente. En el amor humano más perfecto, incluso en el matrimonio santo, no se da el caso de que todo lo que  a uno le guste, guste totalmente al otro, y esto supone pequeña o gran cruz, que se acepta cariñosamente porque el amor todo lo comprende y excusa.

Cruz cultural

Los que tienen los mismos ideales de cultura y profesan las mismas vocaciones científicas se unen para el progreso, pero existen entre ellos la cruz de las humillaciones, rivalidades, envidias, enemistades, recelos, persecuciones, odios o venganzas. 

Cruz laboral

El trabajo es una necesidad vital, y espiritualmente un medio de santificación apostólica. Se realiza unas veces con gusto por vocación profesional o  consagrada, y otras con disgusto o sacrificio, cuando se trabaja por necesidad y a la fuerza. Pero conlleva generalmente cruz por la monotonía de la obra que se hace, el tiempo que se invierte, el cansancio que proporciona y, sobre todo, por los compañeros con quienes se tiene que trabajar, y por la competitividad que  engendra. El trabajo personal, realizado con gusto, supone  recompensa, y cristianamente  es un medio de perfección personal, bien social, medio de santificación y de místico apostolado.

Cruz social

El hombre por naturaleza es social, necesita de los demás y de la Sociedad para poder sobrevivir, pues él solo no puede valerse para todo. Si tuviera que vivir con lo que él solo puede hacer, sería un pobre, no tendría casi nada y disfrutaría de pocas cosas. El trato con los hombres reporta una cruz pequeña o grande,  que se tiene que soportar en la vecindad, en la amistad, en la relación social obligada y circunstancial.

Cruz política

En todos los regímenes de gobierno hay que padecer leyes injustas, anticristianas o desproporcionadas, promulgadas por la autoridad variable y permisiva del turno político gobernante que toca; y también en los gobiernos justos por las leyes buenas que dictan y no gustan.

El cristiano de ninguna manera tiene que cumplir las leyes divinas legalizadas que rompen el orden divino. Debe  hacer lo que pueda con paz y justicia por desecharlas, y no cruzarse de brazos dejando que pase el tiempo y todo se solucione por su propio curso  o declinando esta obligación solamente a los políticos, pues en parte también corresponde a los ciudadanos. Hay que trabajar con esfuerzo incansable por erradicar el mal en el mundo con el optimismo de la fe que todo lo puede, y con la esperanza puesta en Dios que gobierna todas las cosas con sabiduría infinita en bien de todos los hombres.

Cruz circunstancial

También es cruz tener que soportar las inclemencias del tiempo, la espera de los medios de trasporte, el traslado en viajes solo o con acompañantes, fenómenos con los que se sufre. De todas formas el frío y el calor, los viajes y sus circunstancias no desaparecen por quejarse. Las distintas circunstancias que acaecen de manera imprevista son también cruces  que hacen sufrir. Es bueno  aguantar todo con espíritu de sacrificio  para el bien del cuerpo y del alma.

Posturas ante la cruz

Ante la cruz, en cualquier expresión que se manifieste, no hay que reaccionar con pasividad, dejando las cosas a su aire o en manos de nadie. Es necesario y obligatorio buscar las soluciones que están en nuestra mano, y no esperar a que las cosas se arreglen solas y venga de Dios el milagro, pues dice un refrán que “a Dios rogando y con el mazo dando”. Hay que poner con interés todos los remedios posibles, y cuando nada se puede hacer, entonces agarrarse a la oración que misteriosamente soluciona lo que es imposible. Y si nada se consigue humanamente, rezar la petición del padrenuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Entre otras muchas actitudes que se pueden adoptar, se me ocurren tres principales: No hacer nada, rebelarse o aceptar la cruz.

No hacer nada por no saber o no poder es una solución temperamental humana, explicable y no responsable. Pues espiritualmente se puede hacer mucho: rezar, sufrir y ofrecer, que, a veces, es más que lo que se puede hacer humanamente.

No hacer nada por no querer es actitud negativa de responsabilidad, pues poder y no querer luchar para solucionar los problemas del mal es pecado.

Rebelarse no es una postura cristiana que jamás hay que adoptar, sino más bien hay que oponerse para defender la justicia o el bien común, pues no se debe consentir la injusticia y el quebrantamiento de los derechos del hombre. Rebelarse ante la cruz, que no tiene solución,  es inútil y aumenta la cruz a cambio de nada.

No es lo mismo rebelarse que oponerse al mal con huelga justa, que en las circunstancias marcadas por el Concilio Vaticano II es cristianamente lícita: “En caso de conflictos económico-sociales hay  que  esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el diálogo conciliatorio” (G S 68)

Aceptar la cruz

La fe nos enseña que la cruz tiene valor de redención, pues sin cruz no hay salvación, como decimos en la aclamación después de la consagración, al anunciar el misterio de nuestra fe: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”. 

La cruz, después de haber puesto todos los medios para evitarla, hay que aceptarla y pedir a Dios fuerzas  para llevarla con paciencia, fe y esperanza.  A veces sufrimos tanto que  parece que no vamos a poder con el cargamento de la cruz, que nos vamos a sentir aplastados bajo su peso insoportable, porque el sufrimiento  se hace eterno y tenemos pánico a  sucumbir en la fe. No dudes de la Palabra de Dios que nos dice: “Dios no prueba por encima de nuestras fuerzas”.

Cuando no podamos remediar la cruz, que de todas maneras la tenemos que sufrir, la mejor solución es ofrecerla en reparación de los pecados propios o ajenos o por otras intenciones espirituales, como medio de santificación personal y eclesial, pues el dolor redime y santifica. Con la cruz aceptada, sufrida y ofrecida nos identificamos con Cristo y completamos lo que faltó a su pasión en sus miembros. Por eso Jesús en el Evangelio nos dejó dicho: “El que quiera venirse conmigo, tome su cruz y sígame”.

 Es evidente, y por eso no necesita demostración, que el hombre siempre ha sufrido, sufre y sufrirá hasta que llegue la consumación de los siglos.   La Palabra de Dios nos dice que “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”.

La pasión y muerte de Jesús, máximo dolor que se puede imaginar, porque es Dios quien sufre, es la prueba más clara de que el sufrimiento es necesario para ir al Cielo.

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). No es la cruz una opción para seguir a Cristo, sino una necesidad para conseguir la vida eterna. Los cristianos tenemos que seguir a Cristo con la cruz a cuestas, sabiendo que delante de nosotros va Él estimulándonos a llevarla y haciendo con cada uno de nosotros las veces de cirineo.

Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer: nuestra debilidad, nuestra impotencia o nuestra capacidad limitada, y acudimos a quien todo lo puede para que nos ayude y fortalezca; con la cruz propia comprendemos a los demás, que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre; con la cruz rezamos juntos para conseguir la gracia de la fortaleza del Espíritu Santo para todos; se fortalece nuestra fe para la vida eterna, se aumenta nuestra esperanza y ponemos totalmente nuestro corazón en los bienes de Arriba, que son eternos e imperecederos, despegándonos de las criaturas, a las que estamos esclavizados. La cruz nos sirve para redimir las culpas y penas de nuestros pecados, que no han sido suficientemente reparados en la vida, y nos ahorra en esta vida las penas temporales del Purgatorio.

Aunque sintamos el dolor no razonemos como los que no tienen fe: ¿Qué pecado habré cometido yo para que el Señor me trate de esta manera? ¿Por qué Dios me abandona tanto? ¿Qué he hecho yo para que los hombres se porten tan mal conmigo? ¿Por qué...?

Todo lo contrario:

Cuando nos veamos solos, abandonados, sin el amparo de los nuestros; cuando sufrimos en nuestra carne  la enfermedad larga, costosa e insoportable; cuando somos perseguidos por parte de familiares y amigos; cuando nos sentimos despreciados, desconcertados en el fondo del corazón, expresamos al exterior nuestro sentimiento y nos olvidamos de que hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. El camino del Cielo está sembrado de espinas, y no de rosas; hay que tener siempre presente que la distinción de un hijo de Dios elegido de Jesucristo es la cruz, la persecución. 

Cuando nos encontremos solos, tengamos dolores físicos, psíquicos, padezcamos depresiones, soledades y angustias,  estemos despreciados, o menos preciados la solución está en vivir lo que sabemos: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”

Para las almas espirituales, para los santos, el padecer es sufrir con esperanza del gozo de la vida eterna. Muchas veces, cuando leemos en la vida de los santos lo mucho que padecieron, decimos: ¡pobrecitos, cuánto sufrieron! Y no es así, porque Dios da la fortaleza suficiente para sufrir con gozo espiritual, no con gozo humano, la cruz, que se aguanta con la fortaleza del Espíritu Santo. El santo experimenta el dolor físico, a veces humanamente inaguantable, con la seguridad de que se identifica con Cristo que nos salvó por el amor hecho dolor, y con la esperanza de conseguir el Cielo.

La esencia del amor está combinado con el dolor, porque Dios, hecho Jesucristo, nos amó tanto que por amor quiso sufrir y morir por nosotros en la cruz.

Además de estos consuelos sobrenaturales, existe la esperanza humana de saber que el mal tiene su fin, pues no hay mal que cien años dure. Cuando nos visite la tribulación, cuando el Señor nos acaricie con la cruz, cuando  el dador de todo bien ponga sobre nosotros el pesado madero, que nos parece que no vamos a poder sobrellevar, digamos con el santo Job: “Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea su santo nombre”.

 

 


sábado, 6 de septiembre de 2025

Vigésimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C


El texto del libro de la Sabiduría de la primera lectura de la liturgia de la Palabra, que estamos celebrando, nos dice que el hombre no conoce el designio de Dios ni comprende lo que Dios quiere, porque los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles. Esta verdad es evidente,  porque Dios, el Ser eterno, infinitamente perfecto, sabio, todopoderoso, con atributos divinos que los hombres imaginamos en Él, sacados de las criaturas, no cabe dentro del entendimiento del hombre, como no cabe la inmensidad de las aguas de los mares y océanos de la Tierra en un dedal. Si Dios, el Ente necesario, no puede ser entendido por el hombre, tampoco su entender, ni su querer. Su entendimiento divino, infinito, no puede ser comprendido por la inteligencia humana, finita, que conoce la verdad con limitaciones, errores, esfuerzos, dificultades; ni su voluntad divina, puede ser entendida por el  hombre, que conoce la voluntad humana que quiere y no quiere, ama con egoísmos, e incluso odia. Por eso, nos dice el libro de la Sabiduría que los pensamientos de los mortales son mezquinos y sus razonamientos falibles. 

Sabemos por la fe, y hasta por la lógica de la razón humana, que Dios es absolutamente perfecto, de tal manera que no se puede concebir en él defecto alguno, porque repugna metafísicamente la convivencia de la bondad divina con el mal. Creemos que todo lo que Dios hace o permite concurre para el bien de los que ama el Señor, como nos dice la Sagrada Escritura, y en concreto San Pablo (Rm 8, 28).  Sin embargo, la raquítica inteligencia del hombre no comprende el por qué de tantos males físicos que hay en el mundo, que no dependen de la libertad humana, como son ciertos fenómenos de la Naturaleza: volcanes, inundaciones, terremotos,...; ni tampoco por qué existen tantos nacimientos de discapacitados físicos y psíquicos, desgracias corporales en el hombre que Él quiere, pero que reportan muchos males para la Sociedad y para las familias; ni por qué existe el pecado, ni por qué Dios conserva la salud de los que hacen muchos males, y no los impide, aunque sea por el respeto a la libertad del individuo. La fe nos dice, y lo creemos, que los males físicos y materiales no son males absolutos, sino relativos, y medios para la salvación eterna, que es el bien supremo y último del hombre. Sabemos que todos los males del mundo tienen un fin universal en bien de todos los hombres, que entenderemos en el Cielo, cuando veamos en la esencia divina, única y trinitaria, el por qué de todas las cosas. Así lo esperamos con el consuelo de la fe, aunque la razón humana se resiste a conciliar el amor de Dios con las desgracias humanas que quiere o permite. 

Pero todavía existe otro misterio que para nuestra limitada capacidad de entender es una incógnita insoluble: ¿Cómo entenderá y juzgará Dios el corazón del hombre en sus acciones, que nos parecen malas o son estimadas por los hombres como tales? El conocimiento de la intimidad del corazón del hombre es una exclusiva de la sabiduría omnipotente de Dios, misericordiosa, que ni siquiera la Iglesia juzga, según el adagio teológico: “De las cosas internas ni la Iglesia juzga”. 

La triste experiencia de la Historia nos dice los horrendos crímenes que han existido siempre, los gravísimos pecados que han cometido los hombres en todos los tiempos; y hoy mismo, comprobamos el desmadre moral que hay en la Sociedad, la barbarie de nuestro tiempo, las injusticias que claman al Cielo y el caos de degradación social de la moral natural, religiosa y católica que existe en todo el mundo. Para mí, Dios es más sabio y poderoso, cuando comprende y evalúa la conciencia humana de cada hombre, en su justo precio divino, que humanamente no se puede juzgar con rigurosa justicia, porque entra en juego la misteriosa libertad del hombre y su responsabilidad moral, que cuando creó el mundo de la nada. Si la malicia del hombre, que existe y existirá hasta el fin de los tiempos, se juzgara con criterios humanos, la conclusión sería que la mayor parte de los hombres se condenan, si nos atenemos a la moral católica que aprendimos, vivimos y enseñamos. Pero estoy seguro de que Dios, infinitamente sabio y misericordioso, juzgará a los hombres de distinta manera que los juzgamos nosotros, porque los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles.   

Con una sencilla observación vemos que hay muchos hombres que no creen, pero que en algunos actos virtuosos nos “dan sopas con hondas”; y que  muchos cristianos actúan de manera que no concebimos y viven con la mayor tranquilidad del mundo y con una paz envidiable. Muchos cristianos que conocen la doctrina de la Iglesia, la escuchan, y no la cumplen. ¿Por falta de fe? ¿Por incapacidad subjetiva? ¿Por...? ¡Cualquiera sabe las profundas motivaciones del obrar del hombre, tan defectuoso, débil y pecador! 

Y si nos atenemos al hombre del mundo, no hace falta hacer esfuerzo alguno para comprobar que la gente vive materializada, apegada a los placeres  mundanos, de espaldas a la ley de Dios y de la Iglesia, con una moral caprichosa subjetiva, circunstancial. ¿Cómo conciliará Dios su justicia con su misericordia, a la hora de juzgar los pecados que están en el corazón de cada hombre? 

Es un consuelo pensar y saber que sólo Dios, y nadie más que Dios, puede juzgar al hombre, su hijo, creado por Él para la salvación eterna, “porque los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles”.