El hombre sufre la
cruz con desesperación, rebeldía, resignación, conformidad o alegría, porque no
le gusta. En cambio, la Iglesia celebra la exaltación de la cruz, el 14 de
Septiembre, fiesta que humanamente se opone a los sentimientos del corazón y
rechaza la razón, pues el dolor es un mal humano, que Cristo convirtió en un
bien teológico: “Cristo, a pesar de su condición divina, no
hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y
tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así actuando como un
hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte
de cruz” (Flp 2,6-8).
“Tanto amó Dios al
mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen
en Él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16).
La salvación del
género humano está en el árbol de la cruz, como reza la Iglesia en el
prefacio de la misa de la exaltación de la cruz: “Porque has puesto la
salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen
la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol vencido, por
Cristo, Señor nuestro”.
La cruz en el
actual estado en que vive el hombre es gracia necesaria para la salvación, pues
Dios no es Señor del dolor ni de la muerte, sino Señor de vivos, nos dice la
Sagrada Escritura. No quiere el mal para el hombre, sino el mejor bien, pues en
Dios Ser eterno, infinitamente bueno, repugna metafísicamente el mal y no se
concilia con la realidad de Dios Padre de todos los hombres.
Dios creó al hombre
en estado sobrenatural de gracia, bienestar y gozo, como corresponde a la
infinita sabiduría y bondad divina, pero el misterio del
pecado produjo el dolor, que los que no tienen fe explican como
consecuencia de la materialidad del hombre o efecto de diversas filosofías o
teologías extrañas. En cambio, la fe nos dice que la cruz tiene un valor
sobrenatural de salvación si se padece con fe y se ofrece con esperanza.
Porque Jesús, Dios
hecho hombre, sufrió y fue crucificado, la cruz adquirió el sentido teológico
de reparación y redención.
4 Clases de cruz
El
hombre en su peregrinación por la tierra conlleva la cruz
a cuestas, de una o de otra manera, en siete expresiones distintas: personal,
familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial. Nace
en una familia natural en la que existe la cruz; se educa y desarrolla en un
ambiente cultural, laboral, social, y de signo político alternativo en el
que existe la cruz con distintos y variados matices y padece por
distintas circunstancias.
Cruz personal
Cada persona es
diferente y única, pues no hay ninguna exactamente igual. Tiene por naturaleza
sus propias cualidades con las que goza y defectos físicos, psicológicos,
espirituales y morales con los que sufre. Las taras con las que nace, de diversa
índole en su naturaleza y pronunciación, suponen una cruz personal física. En
la corporeidad de la persona hay ciertos desajustes patológicos y psicológicos
que alteran, más o menos, la personalidad, y causan
sufrimientos a la propia persona y ocasionan cruces a los
demás. El control de los nervios desquiciados desigualmente, la doma
de las pasiones naturales que empujan con más o menos brío hacia el mal suponen
cruz para uno mismo. Otros defectos físicos, sin mayor importancia, como la falta
de belleza o la deformación de un miembro no gustan, fácilmente se ocultan o
disimulan, pero no suponen cruz especial, y se aceptan y
se vive con ellos con naturalidad.
Las cualidad
espiritual del entendimiento que dificulta el conocimiento de las cosas, sobre
todo cuando es mínimo en su potencia cognoscitiva, es cruz personal por tener
que trabajar mucho para no aprender nada o poco con mucho esfuerzo;
y una cruz moral es tener una voluntad inconstante, voluble, apática,
apasionada, con la que hay que vencer muchos obstáculos, sin poder conseguir lo
que se quiere. ¡Cuántas batallas perdidas en la lucha con uno mismo en aguantar
los defectos físicos, patológicos psicológicos y espirituales, a pesar de las
enconadas batallas sostenidas con ánimo de vencer!
La repetición del
pecado que no se acaba de superar del todo, poniendo alma, vida y corazón en
vencerlo, humilla, hace sufrir y es una cruz moral que se tiene que
padecer; y al final permanece incluso en los santos, como humillación personal,
necesidad del conocimiento de la gracia, el saboreo de la
misericordia divina, comprensión de los hombres y medio de santificación.
Cruz familiar
La persona se educa
en una familia natural o adoptiva; convive en una familia forzosa o elegida o
en la que tiene que compartir la vida con otras personas diferentes en
carácter, ideología, cultura, aficiones y gustos, que ofrecen cruces mutuas,
pequeñas o grandes. La familia es escuela en la que se sufre inevitablemente,
se intercomunican las cruces, y una forja de virtudes. Es cierto que
unos miembros en la familia son ocasión de cruces para algunos, varios, muchos
o todos, pero es seguro que cada miembro, aunque sea santo, incluso en familias
consagradas que viven el mismo carisma, es ocasión de cruz para
algunos, por el modo de vivirlo personalmente. En el amor humano más perfecto,
incluso en el matrimonio santo, no se da el caso de que todo lo
que a uno le guste, guste totalmente al otro, y esto supone pequeña
o gran cruz, que se acepta cariñosamente porque el amor todo lo comprende y
excusa.
Cruz cultural
Los que tienen los
mismos ideales de cultura y profesan las mismas vocaciones científicas se unen
para el progreso, pero existen entre ellos la cruz de las humillaciones,
rivalidades, envidias, enemistades, recelos, persecuciones, odios o
venganzas.
Cruz laboral
El trabajo es una
necesidad vital, y espiritualmente un medio de santificación apostólica. Se
realiza unas veces con gusto por vocación profesional o consagrada,
y otras con disgusto o sacrificio, cuando se trabaja por necesidad y a la
fuerza. Pero conlleva generalmente cruz por la monotonía de la obra que se
hace, el tiempo que se invierte, el cansancio que proporciona y, sobre todo,
por los compañeros con quienes se tiene que trabajar, y por la competitividad
que engendra. El trabajo personal, realizado con gusto,
supone recompensa, y cristianamente es un medio de
perfección personal, bien social, medio de santificación y de místico
apostolado.
Cruz social
El hombre por
naturaleza es social, necesita de los demás y de la Sociedad para poder
sobrevivir, pues él solo no puede valerse para todo. Si tuviera que vivir con
lo que él solo puede hacer, sería un pobre, no tendría casi nada y disfrutaría
de pocas cosas. El trato con los hombres reporta una cruz pequeña o grande, que
se tiene que soportar en la vecindad, en la amistad, en la relación social
obligada y circunstancial.
Cruz política
En todos los
regímenes de gobierno hay que padecer leyes injustas, anticristianas o
desproporcionadas, promulgadas por la autoridad variable y permisiva del turno
político gobernante que toca; y también en los gobiernos justos por las leyes
buenas que dictan y no gustan.
El cristiano de
ninguna manera tiene que cumplir las leyes divinas legalizadas que rompen el
orden divino. Debe hacer lo que pueda con paz y justicia por
desecharlas, y no cruzarse de brazos dejando que pase el tiempo y todo se
solucione por su propio curso o declinando esta obligación solamente
a los políticos, pues en parte también corresponde a los ciudadanos. Hay que
trabajar con esfuerzo incansable por erradicar el mal en el mundo con el
optimismo de la fe que todo lo puede, y con la esperanza puesta en Dios que
gobierna todas las cosas con sabiduría infinita en bien de todos los hombres.
Cruz circunstancial
También es cruz tener
que soportar las inclemencias del tiempo, la espera de los medios de trasporte,
el traslado en viajes solo o con acompañantes, fenómenos con los que se sufre.
De todas formas el frío y el calor, los viajes y sus circunstancias no desaparecen
por quejarse. Las distintas circunstancias que acaecen de manera imprevista son
también cruces que hacen sufrir. Es bueno aguantar todo
con espíritu de sacrificio para el bien del cuerpo y del alma.
Posturas ante la cruz
Ante la cruz, en
cualquier expresión que se manifieste, no hay que reaccionar con pasividad,
dejando las cosas a su aire o en manos de nadie. Es necesario y obligatorio
buscar las soluciones que están en nuestra mano, y no esperar a que las cosas
se arreglen solas y venga de Dios el milagro, pues dice un refrán que “a
Dios rogando y con el mazo dando”. Hay que poner con interés todos los
remedios posibles, y cuando nada se puede hacer, entonces agarrarse a la
oración que misteriosamente soluciona lo que es imposible. Y si nada se consigue
humanamente, rezar la petición del padrenuestro: “Hágase tu voluntad
así en la tierra como en el cielo”.
Entre otras muchas
actitudes que se pueden adoptar, se me ocurren tres principales: No
hacer nada, rebelarse o aceptar la cruz.
No hacer nada por no
saber o no poder es una solución temperamental humana, explicable y no
responsable. Pues espiritualmente se puede hacer mucho: rezar, sufrir y
ofrecer, que, a veces, es más que lo que se puede hacer humanamente.
No hacer nada por
no querer es actitud negativa de responsabilidad, pues poder y no
querer luchar para solucionar los problemas del mal es pecado.
Rebelarse no es una
postura cristiana que jamás hay que adoptar, sino más bien hay que oponerse
para defender la justicia o el bien común, pues no se debe consentir la
injusticia y el quebrantamiento de los derechos del hombre. Rebelarse ante la
cruz, que no tiene solución, es inútil y aumenta la cruz a cambio de
nada.
No es lo mismo
rebelarse que oponerse al mal con huelga justa, que en las circunstancias
marcadas por el Concilio Vaticano II es cristianamente lícita: “En caso
de conflictos económico-sociales hay que esforzarse por
encontrarles soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a
un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la
huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de
los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores.
Búsquense con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el
diálogo conciliatorio” (G S 68)
Aceptar la cruz
La fe nos enseña que
la cruz tiene valor de redención, pues sin cruz no hay salvación, como decimos
en la aclamación después de la consagración, al anunciar el misterio de nuestra
fe: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.
La cruz, después de
haber puesto todos los medios para evitarla, hay que aceptarla y pedir
a Dios fuerzas para llevarla con paciencia, fe y
esperanza. A veces sufrimos tanto que parece que no vamos
a poder con el cargamento de la cruz, que nos vamos a sentir aplastados bajo su
peso insoportable, porque el sufrimiento se hace eterno y tenemos
pánico a sucumbir en la fe. No dudes de la Palabra de Dios que nos
dice: “Dios no prueba por encima de nuestras fuerzas”.
Cuando no podamos
remediar la cruz, que de todas maneras la tenemos que sufrir, la mejor solución
es ofrecerla en reparación de los pecados propios o ajenos o
por otras intenciones espirituales, como medio de santificación personal y
eclesial, pues el dolor redime y santifica. Con la cruz aceptada, sufrida y
ofrecida nos identificamos con Cristo y completamos lo que faltó a su pasión en
sus miembros. Por eso Jesús en el Evangelio nos dejó dicho: “El que
quiera venirse conmigo, tome su cruz y sígame”.
Es evidente, y
por eso no necesita demostración, que el hombre siempre ha sufrido, sufre y
sufrirá hasta que llegue la consumación de los siglos. La
Palabra de Dios nos dice que “Hay que pasar mucho para entrar en el
Reino de Dios”.
La pasión y muerte de
Jesús, máximo dolor que se puede imaginar, porque es Dios quien sufre, es la
prueba más clara de que el sufrimiento es necesario para ir al Cielo.
“El que quiera venirse conmigo, que se
niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). No es la
cruz una opción para seguir a Cristo, sino una necesidad para conseguir la vida
eterna. Los cristianos tenemos que seguir a Cristo con la cruz a cuestas,
sabiendo que delante de nosotros va Él estimulándonos a llevarla y haciendo con
cada uno de nosotros las veces de cirineo.
Con el dolor
aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer: nuestra debilidad,
nuestra impotencia o nuestra capacidad limitada, y acudimos a quien todo lo
puede para que nos ayude y fortalezca; con la cruz propia comprendemos a los
demás, que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un
mismo Padre; con la cruz rezamos juntos para conseguir la gracia de la
fortaleza del Espíritu Santo para todos; se fortalece nuestra fe para la vida
eterna, se aumenta nuestra esperanza y ponemos totalmente nuestro corazón en
los bienes de Arriba, que son eternos e imperecederos, despegándonos de las
criaturas, a las que estamos esclavizados. La cruz nos sirve para redimir las
culpas y penas de nuestros pecados, que no han sido suficientemente reparados
en la vida, y nos ahorra en esta vida las penas temporales del Purgatorio.
Aunque sintamos el
dolor no razonemos como los que no tienen fe: ¿Qué pecado habré cometido yo
para que el Señor me trate de esta manera? ¿Por qué Dios me abandona tanto?
¿Qué he hecho yo para que los hombres se porten tan mal conmigo? ¿Por qué...?
Todo lo contrario:
Cuando nos veamos
solos, abandonados, sin el amparo de los nuestros; cuando sufrimos en nuestra
carne la enfermedad larga, costosa e insoportable; cuando somos
perseguidos por parte de familiares y amigos; cuando nos sentimos despreciados,
desconcertados en el fondo del corazón, expresamos al exterior nuestro
sentimiento y nos olvidamos de que hay que padecer mucho para ganarse a pulso
el Reino de Dios. El camino del Cielo está sembrado de espinas, y no de rosas;
hay que tener siempre presente que la distinción de un hijo de Dios elegido de
Jesucristo es la cruz, la persecución.
Cuando nos
encontremos solos, tengamos dolores físicos, psíquicos, padezcamos depresiones,
soledades y angustias, estemos despreciados, o menos preciados la
solución está en vivir lo que sabemos: “hay que pasar mucho para
entrar en el reino de Dios”
Para las almas espirituales, para los
santos, el padecer es sufrir con esperanza del gozo de la vida eterna. Muchas
veces, cuando leemos en la vida de los santos lo mucho que padecieron, decimos:
¡pobrecitos, cuánto sufrieron! Y no es así, porque Dios da la fortaleza
suficiente para sufrir con gozo espiritual, no con gozo humano, la cruz, que se
aguanta con la fortaleza del Espíritu Santo. El santo experimenta el dolor
físico, a veces humanamente inaguantable, con la seguridad de que se identifica
con Cristo que nos salvó por el amor hecho dolor, y con la esperanza de
conseguir el Cielo.
La esencia del amor
está combinado con el dolor, porque Dios, hecho Jesucristo, nos amó tanto que
por amor quiso sufrir y morir por nosotros en la cruz.
Además de estos
consuelos sobrenaturales, existe la esperanza humana de saber que el mal tiene
su fin, pues no hay mal que cien años dure. Cuando nos visite la tribulación,
cuando el Señor nos acaricie con la cruz, cuando el dador de todo
bien ponga sobre nosotros el pesado madero, que nos parece que no vamos a poder
sobrellevar, digamos con el santo Job: “Dios me lo ha dado, Dios me lo
ha quitado, bendito sea su santo nombre”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario