sábado, 13 de septiembre de 2025

Vigésimo cuarto domingo, Exaltación de la santa cruz. Tiempo ordinario. Ciclo C



Porque Jesús, Persona divina, asumió la naturaleza humana en todo menos en el pecado,  la vida, el gozo, el dolor y la muerte adquirieron la categoría divina de redención. Dios se humanizó para que el hombre se divinizara. La cruz, sinónimo de dolor, insignia y señal del cristiano, por el misterio pascual se convirtió para el hombre en medio de redención, santificación y apostolado místico en la Iglesia.  

El hombre sufre la cruz con desesperación, rebeldía, resignación, conformidad o alegría, porque no le gusta. En cambio, la Iglesia celebra la exaltación de la cruz, el 14 de Septiembre, fiesta que humanamente se opone a los sentimientos del corazón y rechaza la razón, pues el dolor es un mal humano, que Cristo convirtió en un bien teológico“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,6-8).

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16).

La salvación del género humano está en el árbol de la cruz, como reza la  Iglesia en el prefacio de la misa de la exaltación de la cruz: “Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro”.

 La cruz en el actual estado en que vive el hombre es gracia necesaria para la salvación, pues Dios no es Señor del dolor ni de la muerte, sino Señor de vivos, nos dice la Sagrada Escritura. No quiere el mal para el hombre, sino el mejor bien, pues en Dios Ser eterno, infinitamente bueno, repugna metafísicamente el mal y no se concilia con la realidad de Dios Padre de todos los hombres.

Dios creó al hombre en estado sobrenatural de gracia, bienestar y gozo, como corresponde a la infinita sabiduría y bondad divina, pero el misterio del pecado  produjo el dolor, que los que no tienen fe explican como consecuencia de la materialidad del hombre o efecto de diversas filosofías o teologías extrañas. En cambio, la fe nos dice que la cruz tiene un valor sobrenatural de salvación si se padece con fe y se ofrece con esperanza.

Porque Jesús, Dios hecho hombre, sufrió y fue crucificado, la cruz adquirió el sentido teológico de reparación y redención.

4 Clases de cruz

El hombre  en su peregrinación por la tierra conlleva  la cruz a cuestas, de una o de otra manera, en siete expresiones distintas: personal, familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial. Nace en una familia natural en la que existe la cruz; se educa y desarrolla en un ambiente cultural, laboral, social, y de signo político alternativo en el que  existe la cruz con distintos y variados matices y padece por distintas circunstancias.

Cruz personal

Cada persona es diferente y única, pues no hay ninguna exactamente igual. Tiene por naturaleza sus propias cualidades con las que goza y defectos físicos, psicológicos, espirituales y morales con los que sufre. Las taras con las que nace, de diversa índole en su naturaleza y pronunciación, suponen una cruz personal física. En la corporeidad de la persona hay ciertos desajustes patológicos y psicológicos que alteran, más o menos, la personalidad, y causan sufrimientos   a la propia persona y ocasionan cruces a los demás. El control de los nervios desquiciados  desigualmente, la doma de las pasiones naturales que empujan con más o menos brío hacia el mal suponen cruz para uno mismo. Otros defectos físicos, sin mayor importancia, como la falta de belleza o la deformación de un miembro no gustan, fácilmente se ocultan o disimulan, pero no suponen cruz especial,  y se aceptan y se  vive con ellos con naturalidad.

Las cualidad espiritual del entendimiento que dificulta el conocimiento de las cosas, sobre todo cuando es mínimo en su potencia cognoscitiva, es cruz personal por tener que trabajar mucho para no aprender nada o  poco con mucho esfuerzo; y una cruz moral es tener una voluntad inconstante, voluble, apática, apasionada, con la que hay que vencer muchos obstáculos, sin poder conseguir lo que se quiere. ¡Cuántas batallas perdidas en la lucha con uno mismo en aguantar los defectos físicos, patológicos psicológicos y espirituales, a pesar de las enconadas batallas sostenidas con ánimo de vencer!

La repetición del pecado que no se acaba de superar del todo, poniendo alma, vida y corazón en vencerlo,  humilla, hace sufrir y es una cruz moral que se tiene que padecer; y al final permanece incluso en los santos, como humillación personal, necesidad del conocimiento de  la gracia, el saboreo de la misericordia divina, comprensión de los hombres y medio de santificación.

Cruz familiar

La persona se educa en una familia natural o adoptiva; convive en una familia forzosa o elegida o en la que tiene que compartir la vida con otras personas diferentes en carácter, ideología, cultura, aficiones y gustos, que ofrecen cruces mutuas, pequeñas o grandes. La familia es escuela en la que se sufre inevitablemente, se intercomunican las cruces, y una forja de virtudes.  Es cierto que unos miembros en la familia son ocasión de cruces para algunos, varios, muchos o todos, pero es seguro que cada miembro, aunque sea santo, incluso en familias consagradas que viven el mismo  carisma, es ocasión de cruz para algunos, por el modo de vivirlo personalmente. En el amor humano más perfecto, incluso en el matrimonio santo, no se da el caso de que todo lo que  a uno le guste, guste totalmente al otro, y esto supone pequeña o gran cruz, que se acepta cariñosamente porque el amor todo lo comprende y excusa.

Cruz cultural

Los que tienen los mismos ideales de cultura y profesan las mismas vocaciones científicas se unen para el progreso, pero existen entre ellos la cruz de las humillaciones, rivalidades, envidias, enemistades, recelos, persecuciones, odios o venganzas. 

Cruz laboral

El trabajo es una necesidad vital, y espiritualmente un medio de santificación apostólica. Se realiza unas veces con gusto por vocación profesional o  consagrada, y otras con disgusto o sacrificio, cuando se trabaja por necesidad y a la fuerza. Pero conlleva generalmente cruz por la monotonía de la obra que se hace, el tiempo que se invierte, el cansancio que proporciona y, sobre todo, por los compañeros con quienes se tiene que trabajar, y por la competitividad que  engendra. El trabajo personal, realizado con gusto, supone  recompensa, y cristianamente  es un medio de perfección personal, bien social, medio de santificación y de místico apostolado.

Cruz social

El hombre por naturaleza es social, necesita de los demás y de la Sociedad para poder sobrevivir, pues él solo no puede valerse para todo. Si tuviera que vivir con lo que él solo puede hacer, sería un pobre, no tendría casi nada y disfrutaría de pocas cosas. El trato con los hombres reporta una cruz pequeña o grande,  que se tiene que soportar en la vecindad, en la amistad, en la relación social obligada y circunstancial.

Cruz política

En todos los regímenes de gobierno hay que padecer leyes injustas, anticristianas o desproporcionadas, promulgadas por la autoridad variable y permisiva del turno político gobernante que toca; y también en los gobiernos justos por las leyes buenas que dictan y no gustan.

El cristiano de ninguna manera tiene que cumplir las leyes divinas legalizadas que rompen el orden divino. Debe  hacer lo que pueda con paz y justicia por desecharlas, y no cruzarse de brazos dejando que pase el tiempo y todo se solucione por su propio curso  o declinando esta obligación solamente a los políticos, pues en parte también corresponde a los ciudadanos. Hay que trabajar con esfuerzo incansable por erradicar el mal en el mundo con el optimismo de la fe que todo lo puede, y con la esperanza puesta en Dios que gobierna todas las cosas con sabiduría infinita en bien de todos los hombres.

Cruz circunstancial

También es cruz tener que soportar las inclemencias del tiempo, la espera de los medios de trasporte, el traslado en viajes solo o con acompañantes, fenómenos con los que se sufre. De todas formas el frío y el calor, los viajes y sus circunstancias no desaparecen por quejarse. Las distintas circunstancias que acaecen de manera imprevista son también cruces  que hacen sufrir. Es bueno  aguantar todo con espíritu de sacrificio  para el bien del cuerpo y del alma.

Posturas ante la cruz

Ante la cruz, en cualquier expresión que se manifieste, no hay que reaccionar con pasividad, dejando las cosas a su aire o en manos de nadie. Es necesario y obligatorio buscar las soluciones que están en nuestra mano, y no esperar a que las cosas se arreglen solas y venga de Dios el milagro, pues dice un refrán que “a Dios rogando y con el mazo dando”. Hay que poner con interés todos los remedios posibles, y cuando nada se puede hacer, entonces agarrarse a la oración que misteriosamente soluciona lo que es imposible. Y si nada se consigue humanamente, rezar la petición del padrenuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Entre otras muchas actitudes que se pueden adoptar, se me ocurren tres principales: No hacer nada, rebelarse o aceptar la cruz.

No hacer nada por no saber o no poder es una solución temperamental humana, explicable y no responsable. Pues espiritualmente se puede hacer mucho: rezar, sufrir y ofrecer, que, a veces, es más que lo que se puede hacer humanamente.

No hacer nada por no querer es actitud negativa de responsabilidad, pues poder y no querer luchar para solucionar los problemas del mal es pecado.

Rebelarse no es una postura cristiana que jamás hay que adoptar, sino más bien hay que oponerse para defender la justicia o el bien común, pues no se debe consentir la injusticia y el quebrantamiento de los derechos del hombre. Rebelarse ante la cruz, que no tiene solución,  es inútil y aumenta la cruz a cambio de nada.

No es lo mismo rebelarse que oponerse al mal con huelga justa, que en las circunstancias marcadas por el Concilio Vaticano II es cristianamente lícita: “En caso de conflictos económico-sociales hay  que  esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el diálogo conciliatorio” (G S 68)

Aceptar la cruz

La fe nos enseña que la cruz tiene valor de redención, pues sin cruz no hay salvación, como decimos en la aclamación después de la consagración, al anunciar el misterio de nuestra fe: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”. 

La cruz, después de haber puesto todos los medios para evitarla, hay que aceptarla y pedir a Dios fuerzas  para llevarla con paciencia, fe y esperanza.  A veces sufrimos tanto que  parece que no vamos a poder con el cargamento de la cruz, que nos vamos a sentir aplastados bajo su peso insoportable, porque el sufrimiento  se hace eterno y tenemos pánico a  sucumbir en la fe. No dudes de la Palabra de Dios que nos dice: “Dios no prueba por encima de nuestras fuerzas”.

Cuando no podamos remediar la cruz, que de todas maneras la tenemos que sufrir, la mejor solución es ofrecerla en reparación de los pecados propios o ajenos o por otras intenciones espirituales, como medio de santificación personal y eclesial, pues el dolor redime y santifica. Con la cruz aceptada, sufrida y ofrecida nos identificamos con Cristo y completamos lo que faltó a su pasión en sus miembros. Por eso Jesús en el Evangelio nos dejó dicho: “El que quiera venirse conmigo, tome su cruz y sígame”.

 Es evidente, y por eso no necesita demostración, que el hombre siempre ha sufrido, sufre y sufrirá hasta que llegue la consumación de los siglos.   La Palabra de Dios nos dice que “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”.

La pasión y muerte de Jesús, máximo dolor que se puede imaginar, porque es Dios quien sufre, es la prueba más clara de que el sufrimiento es necesario para ir al Cielo.

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). No es la cruz una opción para seguir a Cristo, sino una necesidad para conseguir la vida eterna. Los cristianos tenemos que seguir a Cristo con la cruz a cuestas, sabiendo que delante de nosotros va Él estimulándonos a llevarla y haciendo con cada uno de nosotros las veces de cirineo.

Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer: nuestra debilidad, nuestra impotencia o nuestra capacidad limitada, y acudimos a quien todo lo puede para que nos ayude y fortalezca; con la cruz propia comprendemos a los demás, que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre; con la cruz rezamos juntos para conseguir la gracia de la fortaleza del Espíritu Santo para todos; se fortalece nuestra fe para la vida eterna, se aumenta nuestra esperanza y ponemos totalmente nuestro corazón en los bienes de Arriba, que son eternos e imperecederos, despegándonos de las criaturas, a las que estamos esclavizados. La cruz nos sirve para redimir las culpas y penas de nuestros pecados, que no han sido suficientemente reparados en la vida, y nos ahorra en esta vida las penas temporales del Purgatorio.

Aunque sintamos el dolor no razonemos como los que no tienen fe: ¿Qué pecado habré cometido yo para que el Señor me trate de esta manera? ¿Por qué Dios me abandona tanto? ¿Qué he hecho yo para que los hombres se porten tan mal conmigo? ¿Por qué...?

Todo lo contrario:

Cuando nos veamos solos, abandonados, sin el amparo de los nuestros; cuando sufrimos en nuestra carne  la enfermedad larga, costosa e insoportable; cuando somos perseguidos por parte de familiares y amigos; cuando nos sentimos despreciados, desconcertados en el fondo del corazón, expresamos al exterior nuestro sentimiento y nos olvidamos de que hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. El camino del Cielo está sembrado de espinas, y no de rosas; hay que tener siempre presente que la distinción de un hijo de Dios elegido de Jesucristo es la cruz, la persecución. 

Cuando nos encontremos solos, tengamos dolores físicos, psíquicos, padezcamos depresiones, soledades y angustias,  estemos despreciados, o menos preciados la solución está en vivir lo que sabemos: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”

Para las almas espirituales, para los santos, el padecer es sufrir con esperanza del gozo de la vida eterna. Muchas veces, cuando leemos en la vida de los santos lo mucho que padecieron, decimos: ¡pobrecitos, cuánto sufrieron! Y no es así, porque Dios da la fortaleza suficiente para sufrir con gozo espiritual, no con gozo humano, la cruz, que se aguanta con la fortaleza del Espíritu Santo. El santo experimenta el dolor físico, a veces humanamente inaguantable, con la seguridad de que se identifica con Cristo que nos salvó por el amor hecho dolor, y con la esperanza de conseguir el Cielo.

La esencia del amor está combinado con el dolor, porque Dios, hecho Jesucristo, nos amó tanto que por amor quiso sufrir y morir por nosotros en la cruz.

Además de estos consuelos sobrenaturales, existe la esperanza humana de saber que el mal tiene su fin, pues no hay mal que cien años dure. Cuando nos visite la tribulación, cuando el Señor nos acaricie con la cruz, cuando  el dador de todo bien ponga sobre nosotros el pesado madero, que nos parece que no vamos a poder sobrellevar, digamos con el santo Job: “Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea su santo nombre”.

 

 


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