La Santísima Trinidad está en el alma comunicando al
hombre su vida en un efluvio constante de amor, dando la capacidad de merecer
Cielo, y siendo objeto de consolaciones y experiencias místicas inefables para
algunos seres privilegiados. La presencia de Dios en el alma no conlleva el
gozo de la experiencia de Dios sensible, fervorosa, como consecuencia de la
fiel correspondencia a la gracia, como he leído en algún teólogo de nuestros
días. El estar de Dios en el alma por la gracia es un misterio insondable que
no exige un comportamiento científico. Dios está de la manera que quiere, como
quiere y con la intensidad que quiere en el alma del justo, unas veces sin que
se sienta jamás su presencia, otras con alternativas de fervores y arideces de
espíritu, otras siempre en sequedad, y pocas veces en elevadas experiencias
místicas, que hay que discernir bien, no sea que sea intervención del diablo o
fruto de un desequilibrio humano con proyección religiosa. La religión es un
buen abono para la sensibilidad desequilibrada del hombre.
Existe una intercomunicación de amor entre Dios y el alma. Dios comunica amor, que es vida y fuerza; y el hombre, agradecido, devuelve al Señor el amor que recibe, aumentado con el esfuerzo de su libertad traducido en santas obras. El amor humano se recicla en divino y el amor divino se humaniza.
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