Para que haya auténtico
sacramento, verdadero sacrificio de la Eucaristía, tiene que haber tres partes
principales: presentación del pan y del vino, consagración y comunión. Si falta
una de ellas, no hay sacrificio eucarístico.
Si, por ejemplo, un sacerdote
empieza la santa misa, ofrece el pan y el vino y lo consagra, y muere después,
otro sacerdote puede continuar la misa desde donde quedó interrumpida hasta el
final, para que se complete el sacrificio de la Eucaristía.
Si no hay otro sacerdote que
pueda completar la misa, el pan y el vino quedan convertidos en el Cuerpo y la
sangre de Cristo, pero no se celebró el sacramento completo. Por esta razón, el
fiel que no asiste a las tres partes esenciales de la misa, no cumple con el
precepto dominical.
Las otras partes completivas que
omitió, las puede suplir oyéndolas en otra misa, pero no bajo materia grave,
pues cumplió con el precepto esencial,
aunque no como lo manda la Santa Madre Iglesia: “oír misa entera todos los
domingos y fiestas de guardar”.
Comunión, pues, es parte esencial de la Eucaristía, el acto en el que los
fieles participamos del banquete del Cuerpo y sangre de Jesús, alimento del
alma: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre,
y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53). Cuando
comulgamos, recibimos a Jesús, nos alimentamos de su vida y nos hacemos vida
con Él. La comunión no es un símbolo ni un recuerdo de la última cena celebrada
por Jesús, el Jueves Santo; ni tampoco es un acto antropófago, comer el cuerpo
y beber la sangre de Jesús en sentido humano, sino es verdadera comida y
verdadera bebida, en sentido místico, sacramental, misterio que trasciende la
capacidad del entender humano, y que sólo en el Cielo se puede entender.
La comunión requiere una preparación habitual y otra
actual, limpieza de pecado grave y la consideración de recibir con pureza de
intención a Jesucristo que está presente glorioso en el Cielo y sacramentado en
el altar. No se puede comulgar de cualquier manera, simplemente porque es
costumbre de los tiempos modernos.
Observamos con extrañeza que son
muchísimos los que comulgan y pocos los que confiesan. Esta desafortunada
costumbre se ha extendido pienso que en todas partes, por lo menos en España; y
es un error y una profanación del sacramento.
San Pablo nos invita a una digna
preparación para recibir a Jesucristo en la Eucaristía: estado de gracia, pues
“quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo
y la Sangre del Señor. Examínese, pues cada cual, y coma entonces el pan y beba
el vino. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio
castigo” (1 Co 11, 27-29).
Además de tener el alma en gracia
de Dios, antes de recibir a Cristo en la Eucaristía debemos profundizar nuestra
fe y pronunciar con humildad las palabras del Centurión: “Señor, no soy digno
de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” (Ritual
de la Comunión, 133). Es el acto más sublime e importante del día, por el que
nos unimos a Cristo y participamos de su vida.
Todos sabemos que la Iglesia
prescribe observar el ayuno eucarístico de abstenerse de la comida y bebida una
hora antes de comulgar, sabiendo que el agua no rompe el ayuno.
Comulgando dentro de la
celebración de la santa Misa, se participa plenamente en la Eucaristía, porque
el ideal es que el que asiste a la misa, que también es banquete, comulgue, se
alimente con el cuerpo y la sangre de Jesús, que es alimento del alma. La Iglesia obliga a los fieles “a participar
de la santa misa” que en cuanto al cumplimiento del precepto es suficiente con
la atenta y fervorosa asistencia,
Y el otro sentido de comunión es
que en la Eucaristía existe una verdadera comunión de Cristo con toda la
creación material y espiritual, visible e invisible, angélica y humana, porque
Cristo es la cabeza de todos los seres creados.
Podíamos decir que toda la
creación en la Eucaristía alaba a Cristo Sacramentado y da gloria a Dios Padre
en una comunión de seres creados, hechos Eucaristía. Y en un sentido místico al
comulgar y recibir a Cristo, recibimos de alguna manera también a la Santísima
Virgen, de la que es parte, cuerpo de su cuerpo, sangre de su sangre.

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