En la primera lectura del libro del Eclesiástico se nos dice que
“el furor y la cólera son odiosos, pecados que tiene el pecador en posesión” y
que serán objeto de la venganza o justicia de Dios. Si no perdonamos a los que
nos ofenden, no esperemos el perdón de nuestros pecados, ni la salud o bienes
que podamos pedir al Señor, porque es un contrasentido. "¿Cómo puede un
hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?" El remedio para
perdonar a quienes nos ofenden es pensar en la muerte y guardar los
mandamientos.
En el Evangelio se nos recalca la misma idea: hay que perdonar
siempre a quienes nos ofenden. San Pedro preguntó al Señor cuántas veces
tenemos que perdonar a nuestros enemigos; y haciendo alarde de generosidad, marcó un número exagerado de veces que tenemos que perdonar. ¿Hasta siete veces?
Y Jesús le contestó:
-No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete, es
decir, en frase hiperbólica, siempre. Y para reforzar esta respuesta, Jesús
propuso la parábola de los dos deudores: Un deudor debía a un rey diez mil
talentos, y como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él
con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. Y el deudor
cayó de rodillas y pidió a su señor tiempo para pagarle toda la deuda. Al señor
le dio lástima, y le perdonó toda la deuda y le dejó marchar.
Y sucedió que cuando iba a su casa, en el camino, se encontró con un
deudor que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
-Págame lo que me debes.
Y el deudor, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
-Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.
Pero él se negó, y fue lo metió en la cárcel hasta que pagara lo
que le debía.
Los compañeros fueron y contaron lo sucedido al rey. Entonces el
señor lo llamó y le dijo:
-¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo
pediste.
¿No podías tú también tener compasión de tu compañero? Como yo
tuve compasión de ti.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara
toda la deuda.
Y como consecuencia de esta parábola, Jesús concluyó:
-Lo mismo hará con vosotros mi Padre del Cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.
De estas dos lecturas se desprenden ocho consecuencias
espirituales para nuestra vida
cristiana. Cinco de la primera lectura del libro del Eclesiástico y tres del
Evangelio. En total, ocho.
- El furor y la cólera son odiosos.
- Del vengativo se vengará el Señor o le hará justicia.
- Dios perdona en la medida que nosotros perdonamos a nuestros
ofensores.
- Es un contrasentido pedir salud o bienes al Señor si no
perdonamos a quienes nos han ofendido.
- Para perdonar hay que pensar en la muerte y en los mandamientos.
-El número de veces que tenemos que perdonar a nuestros enemigos
es ilimitado, no siete veces, sino setenta veces siete, que es una manera
hiperbólica de decir siempre, y no 490 veces.
- El perdón a los enemigos es condición indispensable para que el
Señor nos perdone nuestros pecados, pues es una injusticia no perdonar a un
hombre y querer ser perdonado por Dios.
- El que no perdona al hermano no es perdonado por Dios.
El hombre generalmente se siente instintivamente casi siempre
ofendido y pocas veces ofensor. Esta afirmación no es arbitraria, sino que está
fundada en la experiencia de la vida. Nos cuesta reconocer nuestros fallos y
nos molesta que se nos digan a la cara o nos reprendan por ellos. Es un
mecanismo instintivo de defensa personal, fruto del orgullo, de la soberbia o de derecho legal a justificar la
inocencia, que muchas veces no existe, para evitar el castigo.
El orgullo anida en el escondite más oculto del corazón, y es tan
grande que pensamos que son los otros los que nos hacen mal y nos ofenden, y
que nosotros somos los ofendidos. Y esto lo podemos observar en los niños que
se pronuncian al exterior, como son.
Si en un grupo de niños alguien ha hecho un mal, y preguntamos:
¿Quién ha sido? La respuesta de los niños, en general, es: Este, señalando al
que realmente es el culpable, sin compasión y con severa justicia; y si se le
pregunta al culpable, responde con mentira: este señalando al que está al lado;
y pocas veces el interesado dice yo, manifestando su culpabilidad. Solamente
reconoce la verdad el culpable que no
tiene escapatoria, cuando la evidencia lo delata.
Este estilo de defensa adulta e infantil existió ya desde el
principio en el paraíso terrenal.
Cuando Dios preguntó a Adán: ¿Por qué has comido del árbol
prohibido?, en figura poética del Génesis, que significa ¿por qué has pecado?
Respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí. El
Señor dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y la mujer respondió: La
serpiente me engañó y comí” (Gén 3,11-13). Y luego Dios fue castigando por orden
inverso al que había preguntado: a la serpiente, a la mujer y al hombre.
¿Quién reconoce de verdad su pecado delante de los hombres,
incluso delante de Dios?
Seamos consecuentemente humildes para reconocer nuestros pecados
delante de los hombres y de Dios, sobre todo, y para confesarlos en el
sacramento de la Penitencia.
Es condición indispensable perdonar para ser perdonados.
Lo que pasa es que estamos convencidos de que son ellos los que
tienen que pedirnos perdón, que son los ofensores y nosotros los ofendidos.
Demos por verdadero este supuesto, que es discutible entre los hombres, y a lo
mejor verdadero delante de Dios, que tal vez nos da subjetivamente la razón a
todos, pues va a suceder en muchos casos que nos va a juzgar a cada uno según
nuestra conciencia y nos va a premiar a todos porque hemos obrado con
conciencia cierta, aunque errónea, si aquí en la tierra nos hemos perdonado.
Hay dos cuestiones que quisiera tratar: Qué es el perdón y cómo
tenemos que perdonar
Perdonar no significa no sentir, pues perdona la persona como es.
Unos son muy sensibles por temperamento, otros son menos sensibles y otros nada
o poco sensibles, fáciles para dejar de sentir, por naturaleza o por soberbia.
El sentimiento puede coexistir con el perdón, pues perdonar no es anular la
herida que produjo la ofensa en el alma, dejando huellas en la sensibilidad.
Sentir no es consentir. Perdonar no quiere decir reanudar la
amistad que se perdió por la ofensa, ni omitir los derechos de la justicia, ni
perdonar los daños que te ha causado el ofensor, pues se puede perdonar
sintiendo en el corazón el daño que se ha recibido con la ofensa, y exigir el cumplimiento de la justicia. Las
ofensas familiares se deben perdonar en cristiano. No se entiende que padres e
hijos no se hablen, que hermanos se nieguen la palabra, el saludo, la amistad
normal y natural.
Es una pena que haya familiares, hermanos, que no se hablen por
culpa de las herencias, que son generalmente las causas. Perdonar tampoco es
olvidar, pues se puede perdonar sin olvidar las ofensas.
Perdonar es no vengarse del mal que se ha recibido queriendo para
el ofensor el mismo o mayor mal que de él se ha recibido y no utilizar la
justicia por la propia mano. No se entiende que los familiares íntimos no se
hablen, por lo menos en las relaciones humanas elementales, no se visiten en
enfermedades importantes o terminales y no cumplan con las obligaciones
sociales propias de los hombres, amigos y circunstancias.
El ejemplo del modo de perdonar es Jesús en la cruz: Pidió al
Padre el perdón para quienes le habían crucificado, argumentando la causa
verdadera: porque no sabían lo que hacían. Y era verdad, pues si hubieran
sabido que habían matado a Dios, hecho hombre, no hubieran crucificado al Señor
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