¿En qué consiste la paz
que Dios quiere para todos los hombres?
La paz no consiste en la ausencia de
guerra ni en la abundancia de bienes, porque el bienestar social sin armas no
causa la verdadera paz. Existen familias que nadan en riquezas, que no se tiran
los trastos a la cabeza, y no son felices. Y hay personas a quienes les sobra
todo, tienen incluso poder y dinero, viven en ambientes pacíficos, y tampoco son
felices.
La guerra temperamental producida por el
carácter más o menos violento, exaltado, nervioso, sanguíneo, debe compaginarse
con la paz espiritual. Se puede estar tranquilo en la conciencia y tener los
nervios de punta, que no son causas de pecado, sino objeto de tratamiento. Solo
Dios sabe cómo y cuánto peca el que sufre tener un temperamento difícil; y poca
o casi ninguna responsabilidad moral tiene el que obra con desequilibrio
mental.
Las envidias y peleas y todo tipo de
males, que provienen del desorden de las pasiones, causan la guerra en las
familias y en los ambientes de la sociedad. Como remedio para estos males está
la sabiduría de Dios, que es amante de la paz. Para entender el
sentido de esta frase, habrá que explicar qué se entiende por sabiduría y qué
por paz.
La sabiduría de arriba o de Dios nada
tiene que ver con la sabiduría humana, que es el conocimiento de la ciencia,
que suele engendrar soberbia y no paz. No el mucho saber harta y
satisface el alma, sino el saborear las cosas internamente, nos dice San
Ignacio de Loyola.
La sabiduría del Espíritu Santo consiste
en saber las verdades de la fe y vivir conforme a ellas con comportamientos acordes
con la Ley de Dios en vivencia continuada de gracia. El que obra bien,
cristianamente, tiene en su raíz y en su fruto la paz del alma, que es
sabiduría de la gracia. En algunos cristianos, el saber de la fe se saborea por
dentro en experiencias místicas habituales o en ráfagas ocasionales.
