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sábado, 3 de enero de 2026

Segundo domingo de Navidad. Ciclo A

 


Voy a fijar mi atención en esta frase de San Pablo, de la liturgia de hoy, que tiene un contenido profundamente teológico: “El Padre de la Gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocer a Jesucristo, ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama y cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, el conocimiento de Jesucristo”. 

El tema es el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. 

Los hombres nos conocemos de diversas formas: unas veces de vista. Conozco a Antonio, decimos, porque le he visto varias veces y en distintas ocasiones con el que he cruzado algunas palabras de simple educación; en este caso se trata de un conocimiento visual, fisonómico, circunstancial.  

Otras veces, nos conocemos por el trato superficial, convencional: cuando nos cruzamos con el vecino del cuarto en la escalera; o cuando coincidimos con un conocido en la calle, en la compra, en el metro o en el autobús y mantenemos con él palabras ocasionales de saludo. Por supuesto que este trato de conocimiento es superficial.  

Nos conocemos por el trato laboral, porque trabajamos juntos en la misma empresa, en el mismo oficio, tal vez en la misma sección o departamento, y hablamos solamente de las cosas que son propias de trabajo, con algunas añadiduras sobre temas de los acontecimientos del día que nos comunican los medios de comunicación social. Entonces tenemos con los compañeros de trabajo un conocimiento imperfecto elaborado con apreciaciones puramente subjetivas, infundadas objetivamente, porque la relación con ellos es educada, más o menos respetuosa, de convivencia obligada de comportamiento.  

El conocimiento propio de los hombres se da en la convivencia familiar y social. Ahí es donde nos pronunciamos como realmente somos, y no como parecemos delante de los demás con los que nos comportamos, no nos portamos. Para llegar a conocernos de verdad, hace falta la convivencia en la intimidad familiar, en la que surgen los problemas del roce de los temperamentos y salen a flote los defectos congénitos y adquiridos.  

Fuera de la familia existe el teatro donde se escenifican los personajes que no somos en su totalidad. Aquellos que no se intiman, no se confidencian, no se comunican cosas que están en el corazón y en la vida, difícilmente pueden llegar a conocerse del todo. Si vivimos en familia bajo un mismo techo comemos la misma comida a la misma hora, pero no existe comunicación de amor y hechos, somos unos extranjeros que viven en un hostal, apodado familia.  

A veces ni siquiera los esposos, los padres e hijos, hermanos, se comunican porque no pueden. Viven juntos, pero separados en la vida. Y esto es lo que realmente pasa en la convivencia social.  

Las personas y personajes no son conocidas por la interpretación de las personas que conviven con ellas. Si ahora hiciéramos una encuesta a las monjas que conviven con Sor Lucía, la vidente de Fátima, obtendríamos diversas opiniones, contrarias, y de todo tipo, de manera que no faltarían quienes la conceptuaran como no santa, y con otras calificaciones desfavorables, pues el concepto que se tiene de los santos es subjetivo, depende de muchos factores y apreciaciones que se hacen según son las personas, su educación y su virtud.  

Un concepto real sólo es propio de Dios. El conocimiento perfecto del hombre es difícil, depende de muchos factores, de la convivencia de intimidad virtuosa que supone sacrificios, renuncias, abnegaciones, cruces, vivencias gozosas y entregas.  

Si el conocimiento humano entre los hombres en la práctica resulta difícil, y a veces casi imposible, el conocimiento humano de Jesucristo es imposible, porque no es un personaje de la Historia del pasado, a quien se le conoce por las biografías escritas por hombres; ni por la simple lectura reposada del Evangelio con interpretación personal. Hay muchos cristianos, incluso creyentes, más o menos practicantes, que conocen a Jesucristo nada más que de oídas: por los libros, la prensa los programas de televisión, algunas conferencias culturales, y acaso por las homilías escuchadas en las misas oídas por el mero cumplimiento dominical.  

Si al hombre y al santo no es posible conocerlos en su realidad, menos a Cristo cuyo conocimiento no es fruto de la razón sino de la gracia del Espíritu Santo. ¿Quién es capaz de conocer al hombre en la convivencia y juzgarlo como realmente es en la presencia de Dios?  

Tampoco es suficiente para conocer a Cristo el trato de la oración personal, no orientada ni dirigida, porque cabe el peligro de conseguir un conocimiento de Jesús a capricho del gusto propio: un servicio del conocimiento de Jesús a la carta.  

Para conocer bien a Jesús se necesita una catequesis adecuada, complementada por el trato amoroso con Dios en la oración, una aceptación de los acontecimientos dolorosos de la vida que enseñan la sabiduría de la cruz, y una sabiduría sobrenatural del Espíritu Santo.  

Por la catequesis aprendida según la enseñanza del magisterio de la Iglesia, se conoce al Cristo histórico, al Cristo dogmático y al Cristo doctrinal.  

Pero este conocimiento en sí mismo es científico e insuficiente, porque hay muchos cristianos, incluso sacerdotes, religiosos, y profesores de teología que conocen al Cristo teológico de la Iglesia, pero no llegan a conocerlo en su intimidad. En cambio, muchos cristianos sencillos y humildes, incultos, que solamente saben la catequesis elemental de la Iglesia con fe profunda conocen a Jesús perfectamente, porque viven su vida cristificados, identificados con Cristo en la contemplación, en el trabajo y en la aceptación de todas las circunstancias de la vida.  

“No el mucho saber satisface el alma, sino el gustar de las cosas de Dios internamente”, decía San Ignacio de Loyola en su libro magistral de “Los ejercicios espirituales”  

Vamos a pedirle al Padre nos conceda la sabiduría del Espíritu Santo para conocer a Cristo en la intimidad de la oración, continuada con la constante presencia de Dios en la acción ordinaria, en la aceptación de todo cuanto sucede, como providencia de Dios, que todo lo quiere o permite para el bien de los hombres. De esta manera comprenderemos cuál es la esperanza a la que Dios nos llama y cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.


sábado, 4 de enero de 2025

Segundo domingo de Navidad. Ciclo C


¡Qué difícil es entender las cosas de Dios! San Pablo nos dice que tenemos que pedir a Dios Padre espíritu de sabiduría y revelación, para conocer los misterios de Dios y que ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que hemos sido convocados.

Repito que es difícil conocer el misterio de Dios porque somos tan limitados en nuestro conocimiento y tan diversos en la posesión de la verdad, que es imposible conocer a Dios, verdad eterna y absoluta.

Los conceptos humanos no pueden explicar el misterio de Dios, que no cabe dentro del entendimiento humano, como no caben las aguas infinitas de los mares, océanos y ríos dentro de un dedal, cosa que es metafísicamente imposible.

Al querer explicar que en el principio existía la Palabra me encuentro, como siempre, con la gran dificultad del léxico, porque nosotros tenemos un concepto analógico del misterio de Dios ¿Qué se entiende en este caso por Palabra? ¿Qué significa la palabra estaba en el Padre y acampó entre nosotros?

Sabemos lo que es palabra en sentido gramatical y  lo que es persona con más o menos precisión filosófica, muy discutida y variada, pero cuando intentamos aplicar a Dios estos conceptos, nos encontramos con la absoluta dificultad de no poder entender nada, pues los esquemas de los conceptos humanos no se corresponden con los de Dios; y nos limitamos a aceptar  con fe lo que de ninguna manera se puede entender con la razón.

Aceptamos por la fe que en estos momentos asistimos al Sacrificio de la Santa Misa, actualización y repetición mística del mismo sacrificio que el Hijo de Dios, Jesucristo encarnado, ofreció a Dios Padre en el monte Calvario, para la redención de todos los hombres. Creemos por la fe que es verdad lo que no entendemos.

Nos apoyamos nada más que en la autoridad de Dios, con la certeza dogmática, que es superior a la certeza metafísica, de que no puede engañarse ni engañarnos. Todo cuanto se pueda pensar, decir y hasta imaginar de Dios es pura analogía, porque conocemos las cosas de Dios de manera comparativa. Por eso, el concepto que tenemos de Persona en Dios traspasa y transciende toda posibilidad de conocimiento creado y creable.

Santa Teresa de Jesús decía que ella pronunciaba el nombre de Dios y luego no sabía cómo explicarlo; y los mismos místicos que tienen experiencias de Dios, cuando quieren explicar sus sensibles conocimientos divinos no encuentran metáforas y ejemplos apropiados; y dicen: “es algo así como", dando a entender que es de otra manera, porque los misterios de Dios no se conocen, se aceptan por la fe y se viven con esperanza.

San Juan, el gran teólogo del Evangelio, dice que en el principio existía la Palabra, está hablando antes de la creación del mundo. Pero antes de la creación del mundo ¿que existía? Existía Dios en sí mismo, el Dios revelado, Dios Uno y Trino, Tres Personas divinas distintas y un solo Dios verdadero. Pero ¿qué será Persona en Dios?

Tenemos un concepto de persona humana, de naturaleza o esencia, que los filósofos discuten sin llegar a un acuerdo para su definición ¿Cómo se va a entender Persona, Hijo de Dios, Palabra del Padre? Por supuesto que no puede ser en sentido humano que el Hijo expresa lo que le comunica el Padre, porque el Padre y el Hijo son iguales en sabiduría, y Uno no sabe más que el Otro.

No es así, hermanos, el concepto de Palabra o Verbo en la Santísima Trinidad es diferente. Los grandes teólogos explican que el Hijo, la Palabra del Padre, al modo humano, es como la expresión del pensamiento del Padre, el Verbo, la Palabra, pero es como, que es lo mismo que no decir casi nada.

Lo importante, hermanos, no es entender el concepto de Palabra, sino vivir que el Hijo de Dios se ha hecho hombre para ser palabra o comunicación de los misterios de Dios para los hombres; y habitó entre nosotros o acampó entre nosotros, es decir que el Hijo de Dios, que era la misma divinidad con el Padre y el Espíritu Santo eternamente, se hizo hombre como nosotros, en todo menos en el pecado, para ser Palabra o comunicarnos la eterna felicidad a la que el hombre es llamado.

Lo único que sabemos es que Dios acampó entre nosotros para salvar a todos los hombres, a ti, a mí, al otro y al de mas allá, por las vías ordinarias de la Iglesia Católica o por las vías misteriosas del amor de Dios misericordioso; y, por lo tanto, debemos acampar en Dios escuchar al Hijo, que es la Palabra de Dios, vivir en su Palabra y de su Palabra para merecer el Cielo que Dios tiene preparado para los que crean Él.

Por consiguiente, sacamos una consecuencia: Si Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, nosotros, sin dejar de ser hombres, debemos hacernos “dioses”. Para eso hemos de dejar el mundo y estar con Dios. Dejar el mundo no quiere decir meterse en un monasterio de clausura, lejos del mundanal ruido, sino dejar las cosas malas del mundo y estar con Dios.