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sábado, 27 de junio de 2026

Decimotercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A




En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando hoy, original del Espíritu Santo y escrita por San Pablo, se nos dice que “si por el bautismo hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Y concluye: Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Estas palabras me van a servir a mí para hacer unas reflexiones espirituales sobre el bautismo, como participación en el misterio pascual.

El bautismo no es una ceremonia religiosa por la que un bautizado se hace miembro de la Iglesia, como institución humana, y se inscribe en los libros parroquiales, algo así como un novicio, después de una experiencia de vida religiosa, por medio de un acto litúrgico se hace miembro de un Instituto de vida consagrada; o como un laico comprometido con la fe se afilia a una Hermandad o Cofradía para vivir un carisma cristiano.

El bautismo es un sacramento de fe por el que el hombre, nacido del pecado, es regenerado a la vida sobrenatural, recibe la gracia santificante, se le borra el  pecado original y todo pecado, se  hace hijo de Dios, heredero de su gloria y se  incorpora a la Iglesia para participar de su misión. En este sacramento se realiza una auténtica transformación del ser natural, hijo del pecado, en hijo de Dios, de manera que el cuerpo del hombre queda convertido en templo vivo del Espíritu Santo y su alma en sagrario de la Santísima Trinidad. Es además la realización mística del misterio pascual de Cristo, la actualización de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que consiste en  el paso de la muerte del pecado a la resurrección de la vida de la gracia. Así nos lo enseña el apóstol San Pablo en la segunda lectura que estamos comentando: Los bautizados, que “han unido su existencia con la de Cristo en una muerte como la suya y han sido sepultados con Él en la muerte (Rm 6,4-5), son también juntamente con Él vivificados y resucitados” (Eph 2,6).

No tiene sentido ser cristiano y no entablar una lucha constante contra el demonio para vencer el pecado y tratar de vivir siempre en gracia de Dios durante toda la vida, identificándose con Cristo en su vida, pasión y muerte y resurrección. Por consiguiente, no se puede ser cristiano de fachada, cristiano por estar bautizado y pagano o mundano de corazón y de obras. Si soy cristiano por tradición familiar, por costumbre del lugar o de época, por gusto personal, y no soy consecuente con la fe del bautismo, soy cristiano a mi manera,  a mi capricho.

Podríamos distinguir estas clases de cristianos:

- Cristianos bautizados, cristianos de derecho, que  están inscritos en los libros parroquiales, pero de hecho no viven los compromisos del bautismo. No son enemigos de la Iglesia, pero tienen con ella relaciones de Sociedad en bautizos, bodas, primeras comuniones. Son cristianos circunstanciales que tienen su fe personal, rezan, alguna vez que otra, principalmente en momentos de apuros, necesidades, enfermedades, como se dice: “se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena”.

- Cristianos practicantes, cristianos de prácticas cristianas, que van a misa, sin perder un solo domingo y día de precepto, rezan, tienen sus devociones personales, pertenecen a hermandades y cofradías, pero jamás confiesan ni comulgan por razones personales que cristianamente no se entienden aunque humanamente se comprenden.

- Cristianos vivientes, cristianos que viven el cristianismo de verdad, consecuentemente con la fe de la Iglesia, tratan de cumplir los mandamientos con fallos humanos y pecados, y hacen todo lo que pueden por vivir siempre en gracia de Dios, aunque tengan que confesarse.

- Cristianos de perfección evangélica, cristianos que además de vivir la fe con la vivencia de la gracia, se consagran a Dios en servicio de la Iglesia para vivir los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad con votos o compromisos especiales, tanto en el mundo como fuera de él.

- Cristianos de corazón, hombres y mujeres, no bautizados, que pertenecen a la Iglesia de Cristo de hecho, aunque no de derecho, porque viven, de buena voluntad, la fe que conocen y en la que han sido educados, por razones de cultura, del País en el que han nacido, y del ambiente social en que han vivido.

-  Cristianos de la misericordia infinita de Dios que son todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, país, cultura y color, con religión o sin ella, que son juzgados por Dios en el secreto íntimo de su conciencia, según el criterio de su sabia e infinita misericordia, que nadie en este mundo conoce ni puede conocer, ni siquiera en el Cielo. Por consiguiente, no juzguemos, y menos condenemos en nuestro corazón, las obras del prójimo, por muy malas que sean o nos parezcan en orden a la salvación, pues con toda seguridad en el Cielo nos llevaremos sorpresas agradables y desagradables, porque los juicios de Dios no son como los de los hombres.

sábado, 1 de febrero de 2025

Presentación del Señor. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


¿Cómo se celebraría el acto litúrgico de la Presentación? No lo sabemos. Vamos a imaginarlo con algún fundamento bíblico.


María dejó en los brazos de José al Niño. Con las dos tórtolas apoyadas sobre el pecho, dándose la cara, y sujetas las alas de cada una con una mano, para evitar el forcejeo del vuelo, subió devotamente la escalinata, y se situó en la grada número quince junto a las demás madres, que habían venido ese día al templo para ser purificadas.

Los servidores del templo fueron recogiendo las ofrendas. María entregó su par de tórtolas, y con devoto recogimiento y porte natural esperó emocionada el acto culmen del sacrificio purificatorio.

Llegaron después los levitas de turno y echaron incienso sobre las aascuas de los braseros de bronce que estaban al pie del altar del sacrificio. El humo se desprendió del fuego y empezó a expandirse subiendo hacia las bóvedas del templo en forma de nube, dejando en el ambiente el perfume clásico de rito religioso.

Llegó luego el sacerdote revestido con una túnica blanca, ribeteada con bordados dorados en las mangas, cuello y orla del bajo. Sobre ella un manto de color rojo rebajado, y encima el efod, vestidura litúrgica corta y sin mangas, parecida a una dalmática, de color púrpura.

Sobre su cabeza brillaba una tiara labrada con ricas piedras preciosas, signo de la dignidad del celebrante. Colgado del cuello llevaba un cordón dorado del que pendía un pectoral de oro reposando sobre el pecho.

Ante la expectativa, nervios y emoción de las madres, el sacerdote con un cuchillo bien afilado dio un tajo a un manso corderito brutalmente sujeto por las patas. El animalito, resistiéndose inútilmente al sacrificio, empezó a derramar sangre pidiendo clemencia con berridos. El sacerdote mojó con el hisopo la sangre inocente, roció el pie del altar, y después al pueblo, mientras el coro recitaba oraciones y salmos de memoria. Los levitas colocaron el cordero sobre las ascuas de un brasero de bronce, para que expiara el "pecado" legal que las madres habían contraído.

María no pudo evitar el escalofrío de la cuchillada. Sintió la sensación de que le estaban rasgando el corazón, pensando en el cruento sacrificio de su Hijo, que estaba simbolizado en aquel cordero. Contuvo las lágrimas con entereza, mientras que luchaba por sobreponerse a las circunstancias.

Terminada la ceremonia bajó las escaleras sobrecogida, emocionada, con el rostro demudado y los ojos bañados en lágrimas. Cogió de los brazos de José al Niño Jesús, y, acompañada de su esposo, se dirigió hacia el altar de la presentación para ofrecer a su Hijo al Señor, después de haber entregado para el templo la ofrenda económica establecida, como rescate de Hijo primogénito.

El Evangelio destaca el hecho de la purificación de María silenciando la presentación del Niño Jesús en el Templo. Salvador Muñoz Iglesias supone que María ofrecería a su Hijo privadamente al Padre.

Nos refiere el evangelista que "su padre y su madre estaban admirados de las cosas que decían de Él" (Lc 2,33).

Ni una sola palabra de María quedó registrada en este precioso pasaje del Evangelio. Y debió pronunciar muchas. Pero serían circunstanciales: palabras de alabanza a Dios, de cortesía caritativa, educación y gratitud para con todos, propias de unas relaciones humanas sociales y religiosas. Y, sin embargo, su actuación en la profecía reveladora del misterio de la salvación se redujo al silencio virtuoso, que bien administrado tiene tanta o más fuerza que la palabra.

María es ejemplo admirable de la virtud del silencio para los que gustan ser figurines de la palabrería, charlatanes incoherentes del "cálido verbo", habladores de lo que no saben, pregoneros presuntuosos de sí mismos; para los que aman la fuerza divina del silencio apostólico de la vida ordinaria; para los que quieren vivir, sin protagonismos, la eficacia de su consagración a Dios en la entrega silenciosa a los hermanos; para los que han descubierto la fuerza santificadora y apostólica del trabajo; para los que predican la Palabra de Dios comunicando la gran noticia del amor de Jesucristo Salvador con sonrisas y lágrimas, con oración de vida interior, con comportamientos virtuosos, con el ejemplar cumplimiento del deber.

Para ser virtuoso no es necesario hacer una selección de actos importantes, como quien come a la carta. Se puede ser santo haciendo lo que se tiene que hacer en gracia de Dios, aceptando su Providencia amorosa en todas las cosas que vayan viniendo, y alimentando el espíritu con el menú espiritual de cada día. Terminada la ceremonia de la purificación de María y presentación del Niño en el Templo, la Sagrada Familia dispuso las cosas para regresar a Belén