sábado, 17 de agosto de 2013

            Domingo vigésimo
            Tiempo ordinario, ciclo c


            “¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz?  No, sino división”.
           
            Este pensamiento tan profundo del evangelista San Lucas debe explicarse para ser bien entendido, porque tiene un sentido místico. ¿No es Cristo, el Amor increado, perfecto y eterno, Rey de la Paz, que, siendo Dios, se rebajó de su dignidad divina y se hizo hombre  para que los hombres se reconciliaran con Dios? ¿Cómo se entiende que San Lucas diga que Jesús no ha venido al mundo a traer la paz sino la división? ¿Cómo se coordina esta frase con el hecho  de la vida, excepcional, única, pasión horripilante con dolores extremos de Jesús, que no se pueden imaginar, muerte inhumana  y resurrección gloriosa, conceptos que no caben dentro de las capacidades intelectuales del hombre? ¿No canta la Iglesia en la santa misa el himno de la paz: gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres que ama al Señor? Entonces ¿por qué San Lucas afirma  que Jesús dijo que ha venido al mundo no a traer la paz sino la división en contra de la doctrina de la Iglesia?
            La solución está en saber distinguir la intención de Jesús al pronunciar estas palabras, porque hay  dos verbos causar y ocasionar que muchas veces se utilizan con el mismo o parecido significado.
Jesús, que es Dios, por ser sabio y santo no puede causar la división, que es un mal. Todo lo que Jesús hizo durante toda su vida fue el bien, como no podía ser de otra manera. Sin embargo, ocasionó, sin querer, en sus enemigos el odio, su pasión y muerte que en su última instancia fue la Redención. Pensando teológicamente el bien debería causar siempre el bien, pero como el hombre está corrompido por el pecado, ocasiona o causa en los hombres el mal, que en definitiva resulta siempre un bien, por aquello que dice la teología popular: “no hay mal que por bien no venga”. La teología católica enseña que el bien y el mal tienen su providencia divina de bien. Gracias al mal que hay en el mundo han existido, existen  y existrán muchos buenos cristianos, santos sin cuento, y multitud de mártires en la Iglesia. Los que seguimos a Cristo producimos en las familias separación o división en sus miembros: “tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el  padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. Jesús ha venido al mundo a traer la paz a todos los hombres, pero muchos arman la guerra por ignorancia, confusión o malicia, pero el mal en su desenlace final resulta un bien universal.   










miércoles, 14 de agosto de 2013


ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA AL CIELO
           
            Asunción de la Virgen María  no es lo mismo que  Ascensión de Jesucristo al Cielo, porque Jesucristo, por ser Dios,  subió al Cielo por su propia virtud divina, mientras que María fue asunta o subida al Cielo por el poder de Dios.
            La Asunción de la Virgen María es el colofón de su historia, el último título dogmático de sus privilegios: Inmaculada, Virginidad perpetua, Madre de Dios, Corredentora del género humana y Asunción en cuerpo y alma al  Cielo, complementados por los títulos evangélicos y teológicos.
            Desde toda la eternidad Dios en consenso mutuo  trinitario determinó que el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hiciera hombre en una mujer única, que se llamaría María, para ser la Madre de Dios; y por esa razón tendría que ser especial;  Inmaculada, santísima, llena en plenitud de gracia, sin pecado original ni personal, Madre Virgen que concibiera sobrenaturalmente  a su Hijo, Jesús, no por obra de varón sino del Espíritu Santo; Madre de Dios y de todos los hombres, y Corredentora del género humano mediante una vida  sencilla de las cosas  ordinarias de la vida, que comprende las mayores perfecciones del ser creado, angélico y humano. Después conviviría entre los hombres en silencio, sin protagonismos, sufriría, moriría, como  todos los hombres y también su Hijo, Jesucristo, como Redentor, y como Corredentora; y por fin fue Asunta a los Cielos en cuerpo y alma para ser  Reina, Señora y abogada de todo lo creado.
            Cuando llegó la plenitud de los tiempos, las cosas planificadas por Dios eternamente, se cumplieron al pie de la letra.
            De los muchos títulos con los que los cristianos veneramos a la Santísima Virgen María, a mí el que más me gusta y es lema de mi vida espiritual es Santa María del Silencio, no en el sentido de que es Madre de los mudos, que no hablan con palabras, porque María no fue muda, sino Madre de la Palabra y Modelo en obras, siendo silencio del amor de Dios en el Corazón de la Iglesia, que nos enseña a a los cristianos a hacer el bien y con amor lo que tenemos que hacer; la eficacia apostólica de la oración y del trabajo de las  cosas sencillas y ordinarias de la vida; el valor místico del dolor sufrido y ofrecido a Dios; y el secreto divino de saber guardar en el corazón  todas las cosas para la gloria del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.     





viernes, 9 de agosto de 2013

DOMINGO DÉCIMO NOVENO
TIEMPO ORDINARIO CICLO C
11 de agosto
“Estad. preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre”


    La Historia de la Revelación en la parte dogmática nos enseña, entre otras muchas verdades, que la muerte es consecuencia del misterio del pecado original, porque “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos” (Lc 20,38); y Jesucristo, que es Dios y hombre, en el Evangelio nos afirma: Yo soy, el camino, la vedad y la Vida. No un camino, uno más entre los muchos que existen, sino el Camino, único, en el que desembocan todos los caminos verdaderos y buenos; ni una verdad más, sino la Verdad, con artículo determinado, exclusivo, pues las otras verdades múltiples, grandes y pequeñas, están subordinas la Verdad eterna (Jn 14,6).
La  muerte, catástrofe del hombre, no puede venir de Dios, sino misteriosamente del pecado de Adán, que tantos males han traído traen y traerán al mundo hasta el fin de los tiempos. ¿Por qué? La fe nos dice que en la providencia eterna de la creación del hombre Dios previó que Adán, el primer hombre, creado en santidad y justicia en un estado sobrenatural de gracia con dones preternaturales de inmunidad al dolor, inmortalidad e integridad, tentado por el demonio, cometería inimaginablemente el pecado original, causa de todos los males del mundo. Y a la vez, previó la solución a este problema: la Redención.
En mutuo consenso de las tres divinas Personas, Dios determinó que el Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, sin dejar de ser Dios, se encarnaría en una mujer especial, única, llamada María, Inmaculada, Madre de Jesucristo, Dios, Redentor para que juntamente con Él fuera Corredentora del género humano. En efecto, el Hijo de Dios en su tiempo asumió la naturaleza humana de la Virgen María; fue engendrado no por obra de varón sino del Espíritu Santo  y se hizo hombre en todo menos en pecado; nació virginalmente de Santa María Virgen;  vivió, siendo también Dios, padeció y murió como todo hombre, y resucitó  para ser modelo de todos los hombres. ¿Qué hubiera sido mejor que el hombre no pecara, y superada la prueba que Dios le puso a Adán en el Paraíso, fuera trasladado al Cielo, o como sucedieron las cosas con el pecado y la Redención? Entre las muchas posibilidades pienso que la Redención fue la mejor, pues  ocasionó la oportunidad de que Dios se hiciera hombre para que el hombre se hiciera dios. El hecho del pecado original que tantos males ha causado, causa y causará hasta el fin de los tiempos han sido son y serán menos males que bienes, porque la mayoría de los pecados que se han cometido, se cometen  y se cometerán en la Historia de la salvación son males materiales, no formales,  con finalidad de bienes últimos,  y no ofensas a Dios. Y tener a Dios, hecho hombre,  desde que fue engendrado hasta toda la eternidad, como centro y fin de la Creación, es una realidad inimaginable que no se puede  agradecer.
     ¿La muerte para el hombre es un bien o un mal? ¿Hay que temerla, desearla o  esperarla?   
    La muerte es un bien humano para quien sufre sin  fe ni esperanza, porque es dejar de sufrir; un mal para el creyente pecador que vive habitualmente de espaldas a Dios, porque puede condenarse; y un bien para quien vive  siempre en gracia, como si en cualquier momento tuviera que morir, haciendo que su vida sea una muerte lenta con la esperanza en la vida eterna  con Dios; la desea el santo que trabaja con todas sus fuerzas por ver a Dios y gozar de Él en plenitud por toda la eternidad;  
Por consiguiente, todos los que vivimos tenemos que estar preparados para cuando  llegue el Hijo del hombre que vendrá cuando menos lo pensemos. La vida debe ser una espera gozosa, sin miedos ni complejos, evitando todo pecado, y llena de obras santas, esperando la llegada del Señor, Cuando abramos los ojos en la otra vida, todo va a ser agradable sorpresa, porque la realidad de las verdades eternas va a ser mejor que pensamos en este mundo.  Todo va a ser distinto, porque las cosas no se conocerán humanamente desde la fe, sino desde la visión sobrenatural con conceptos divinos. Los misterios que ahora creemos con fe serán evidencias de  visión celeste.  El mal y el bien, el pecado, la ofensa y la gracia se verán como realmente son  a los ojos de Dios, que evalúa todas las cosas con infinita sabiduría de misericordia, teniendo en cuenta  las miserias del hombre, frágil, imperfecto, desequilibrado, miserable con infinitas secuelas físicas, psíquicas, que son inculpables. Estoy personalmente convencido de que la Redención  tiene que ser un triunfo, un éxito y no un fracaso, y la mayor parte de los hombres, hijos de Dios se salvan.




sábado, 3 de agosto de 2013

DOMINGO DÉCIMO OCTAVO CICLO C
4 DE AGOSTO

“Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”

En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, el apóstol San Pablo escribiendo a los Colosenses les enseña cual es el fin  del cristiano: aspirar a los bienes de arriba, del Cielo, donde está Cristo,  y no a los de la tierra,
El hombre por su propia naturaleza está inclinado a los bienes humanos y terrenos, pero por razones varias personales, familiares, culturales, sociales y ambientales confunde el mal con el bien, y por confusión o enfermedad aspira a los males, como bienes psicológicos o patológicos. Es cierto que existen hombres malos, cuya malicia en relación al castigo Dios sólo sabe, pues un hombre normalmente equilibrado y bien educado no puede querer el mal para sí mismo. El cristiano, en virtud del bautismo, es un ser elevado al orden sobrenatural y capacitado para obrar los bienes de arriba, del cielo, y también convertir las obras buenas de la tierra e indiferentes   en sobrenaturales, porque viviendo en gracia de Dios, todo lo que el cristiano hace, que no sea malo, es, en cierto modo sobrenatural, y merece premio. Y si tiene la triste desgracia de cometer el pecado mortal, con el sacramento de la Confesión se le perdona, recupera la gracia perdida en mayor grado que la que tenía antes de pecar, como si nada hubiera pasado;  y el bien que hizo, en estado de pecado, perdonado, recupera su mérito por efectos retroactivos en la medida justa que Dios sólo sabe. En consecuencia, el cristiano debe emplear toda su vida en hacer todo el bien que pueda, para aspirar a los bienes del Cielo, trabajando por vivir siempre en gracia haciendo que todas sus obras sean buenas en un grado o en otro sobrenaturales.



viernes, 26 de julio de 2013

DOMINGO DÉCIMO  SÉPTIMO
TIEMPO ORDINARIO
“Señor, enséñanos a orar”

                ORACIÓN
        
         1 Oración
            2 Definición
3 Clases de oración

1 Oración
            La oración no es un  “concesionario” de gracias que se consiguen observando rigurosamente ciertas normas de ciencia experimental; ni un soborno espiritual por el que se obtienen de Dios favores a  cambio de oraciones, sacrificios, limosnas y ciertos actos, de modo condicional, final o causal: “te doy, si me das, te doy para que me des, y te doy porque me has dado”; ni una magia sacra de prestidigitación por la que se reciben gracias por el hábil manejo de fuerzas ocultas; ni un estudio piadoso  sobre la vida de Jesús o temas evangélicos; ni una petición de bellas oraciones compuestas con artificio literario que se presentan a Dios con presuntuosa ostentación, por el que se consiguen favores, como hacían los fariseos reprendidos por Jesús: "No os convirtáis en charlatanes como los paganos, que se imaginan que serán escuchados por su mucha palabrería. No hagáis como ellos porque vuestro Padre conoce las necesidades que tenéis antes de que vosotros se las pidáis" (Mt 6,7).
2 Definición
Aparcando las muchas definiciones clásicas que existen sobre la oración expongo la de Santa Teresa de Jesús: “Orar es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. Tratar es comunicarse con Dios de muchas maneras más que con las que los hombres nos comunicamos unos con otros: palabras, escritos, signos, arte, música. El hombre se comunica o trata con Dios además de la manera humana, cada uno como es, sabe y puede, mediante el lenguaje místico de pensamientos, deseos, afectos, sentimientos y  el corazón.
            La oración es fuerza sobrenatural que forma, reforma y transforma al hombre para que vea todas las cosas con los ojos de Dios; el quehacer supremo  del apostolado; el medio necesario para la santificación de la vida cristiana; la escuela del conocimiento de Cristo, del hombre y de la realidad de la vida.
3 Clases de oración
Se puede decir de modo genérico que hay tantas cases de oración como orantes, pues  cada uno ora como es,  de manera que la oración resulta personal. La tradición cristiana ha expresado tres modos principales de hacer la oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa, según enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (Cat compendio 568).
La oración vocal
La oración vocal consiste en rezar oraciones contenidas en la Biblia, compuestas por la Iglesia, los santos, autores cristianos, incluso inventadas por uno mismo que brotan de modo espontáneo  del corazón. Las oraciones más conocidas y populares son: el avemaría, el credo, la salve, el gloria, el ángelus, las oraciones de la mañana, de la noche, la bendición de la mesa, las oraciones antes y después de recibir la Comunión, el santo rosario, y el vía crucis.  La más importante de todas las oraciones es, sin duda, la oración del Padrenuestro, compuesta por Jesucristo. Contiene las siete gracias que debemos pedir para conseguir la vida eterna: que el nombre de Dios sea siempre santificado; venga a todos los hombres su reino; se cumpla siempre su santísima voluntad; nos dé Dios el pan nuestro de cada día y todos los bienes necesarios para la vida; el perdón de los pecados; no nos deje caer en la tentación; y nos libre Dios de todo mal.
            La mayor parte de la gente suele pedir gracias humanas y materiales, que son concedidas por Dios, si están subordinadas a la salvación eterna, según el juicio de Dios.
La meditación
La meditación es una reflexión orante, en la que  interviene la inteligencia, la imaginación, la emoción, el deseo de profundizar en nuestra fe y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo; es una etapa preliminar hacia la unión de amor con el Señor (Cat 570).
A lo largo de la Historia de la Iglesia, en la antigüedad y después hasta la edad de oro han existido varios métodos de meditación, muy distintos y variados. A partir del siglo XVI se perfilaron los métodos de Fray Luis de Granada, San Pedro de Alcántara, el P. Jerónimo Gracián y otros. Se pueden concretar en seis partes: preparación, lección, meditación, contemplación, acción de gracias y petición. El método más clásico, recomendado por los Papas, es el de San Ignacio de Loyola en el libro de Ejercicios espirituales.  El método ignaciano se puede resumir en los siguientes puntos: aplicación de las tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad; contemplación imaginaria de los misterios de la vida de Cristo; aplicación de los cinco sentidos; tres modos de orar: examen en torno a los mandamientos, pecados capitales etc; consideración de cada una de las palabras del Padre nuestro; oración al compás, que consiste en la repetición de frases o jaculatorias, mientras se va meditando  ellas; contemplación para alcanzar amor ascendiendo de las criaturas al Creador con reflexión.
La oración contemplativa
La oración contemplativa es una mirada sencilla a Dios en el silencio, un don de Dios, un momento de fe pura, durante el cual el que ora busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del Padre y recoge su ser bajo la acción del Espíritu Santo (Cat 571).
Contemplar en grado supremo es estar con Dios en un estado  elevado de íntima unión en el que toda la persona se sitúa en  un plano  superior, vive en un ambiente sobrenatural más o menos gozoso. Santa Teresa de Jesús decía que la "sublime contemplación de unión mística no consiste en sentir, sino en gozar sin entender lo que se goza. Basta un momento de unión contemplativa para que queden bien pagados todos los trabajos de la vida" (Vida 18-19).
            Hay que advertir que el fervor espiritual puede ser fruto de la consolación del Espíritu Santo o psicosis de un desviado sentimentalismo religioso, un desahogo psicológico, un refugio humano o un desequilibrio nervioso.  
Nadie piense que practicando la oración se consigue llegar a la contemplación mística, como opina un famoso escritor español del siglo pasado. El progreso en la ciencia de la oración depende fundamentalmente de la capacidad de gracia  recibida del Espíritu Santo y complementariamente de la colaboración humana.
Dios no valora más la oración del místico que se pierde "endiosado" en las altas esferas de la contemplación que la oración del pobre y humilde cristiano que sólo sabe orar rezando o hablando con Dios, a su manera.
            No busques el fervor sensible que te recoja, sino la gracia de Dios que alimente tu espíritu, aunque sea sin apetito o por vía de sonda mística: "Busca al Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios", como decía Santa Teresa de Jesús.
La oración como es también un acto humano cuenta con la distracción, más o menos evitable o no evitable, pero no pierde su eficacia, como pasa con la obra que se está haciendo, que queda terminada y hasta perfecta, aunque mientras se está haciendo se piense en otras cosas.
La habitual contemplación de profundo recogimiento es una gracia singular que el Espíritu Santo regala a quienes quiere. Los orantes contemplativos no son más santos que los orantes activos  de contemplación apostólica. El que se habitúa a la vida de oración activa experimenta frecuentemente ráfagas de contemplación, más o menos permanentes o transitorias. La intimidad con Cristo se vive a solas sin compartirla con nadie. Sólo Dios puede sentirse a gusto en el secreto de tu corazón, que es el lugar donde Él se encuentra contigo mismo, sin que haya plaza para otro. "Cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está presente en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6,6)".

           





miércoles, 24 de julio de 2013

SANTIAGO APÓSTOL

1 Apóstol  y  apostolado
2 Clases de apóstol

1 APÓSTOL  Y  APOSTOLADO
La palabra apóstol en griego significa enviado, mensajero,  embajador; y en sentido cristiano:   enviado para predicar el Evangelio a los hombres. Apostolado es, por consiguiente, la acción misionera del apóstol.
Generalmente se entiende equivocadamente por apóstol sacerdote, religioso, religiosa o cristiano que se consagra a Dios con votos u otros vínculos para realizar acciones pastorales, de piedad, caridad, catequesis, liturgia, vida sacramental en vida comunitaria o en el mundo. Pero en sentido teológico tiene un sentido más amplio, pues todo cristiano es apóstol en virtud del bautismo cuando ora como sabe y puede; recibe los sacramentos; ofrece al Señor su cruz personal, familiar y social,  completando lo que faltó a la Pasión de Cristo, como nos dice San Pablo; cumple la penitencia mandada por la Iglesia o elige otras discretamente por voluntad personal; realiza el trabajo gustoso o lo padece o con paciencia y amorosamente en estado de gracia; y ofrece a Dios la buena y sana recreación del cuerpo o del alma con proyección apostólica.
2 CLASES DE APÓSTOL
- Jesucristo, el apóstol Supremo y único,  enviado por el Padre al mundo para comunicar a los hombres  la Buena Nueva, el Evangelio y realizar la Redención;
- EL Papa, sucesor de San Pedro, representante de Cristo en la tierra, que tiene la misión de enseñar, regir y santificar a los hombres en el mundo;  
            - Obispos, sucesores de los Apóstoles, que juntamente con el Papa y bajo su obediencia gobiernan la Iglesia y una parcela de ella, llamada Diócesis que ek Papa le encomienda;
-  Sacerdotes, colaboradores de los Obispos en el gobierno de la Iglesia universal o diócesis.
- Religiosos de vida contemplativa o activa,   cristianos consagrados a Dios al servicio de la Iglesia en la vivencia de  un carisma específico expresado en unos estatutos aprobados por la Autoridad Jerárquica de la Iglesia.
  - Seglares en sentido amplio cuando en gracia de Dios cumplen de la mejor manera posible su vida personal, familiar, laboral y social.  pues la vida ordinaria santificada es en si misma esencialmente apostólica con el alimento de la oración, frecuencia de sacramentos y el ejercicio de virtudes;
En consecuencia y resumiendo es objeto de apostolado toda acción estrictamente sobrenatural, espiritual, humana buena, o indiferente cristianizada, pues todo lo que se hace desde la fe y en estado de gracia es obra santificadora y apostólica en el Cuerpo místico de la Iglesia.













sábado, 20 de julio de 2013

DOMINGO DECIMO SEXTO
TIEMPO ORDINARIO

MARTA Y MARÍA

1 Marta y María
2 Marta y María, símbolos de la vida consagrada

1 Marta y María
Jesús tenía una amistad especial con una familia rica, de Betania, profundamente religiosa, compuesta por tres hermanos: Lázaro, Marta y María. Solía visitar esta casa  con relativa frecuencia, cuando ejercía el apostolado por las cercanías de Jerusalén en los tiempos libres.
Marta
Me imagino que Marta era la hermana mayor de la familia. Era como la segunda madre,  asumía la autoridad de la casa y ejercía el gobierno de la familia fraterna y de la servidumbre, a falta de los padres que, pienso, no vivían. Tendría menos de cuarenta años de edad. Deduzco este supuesto del hecho de que  fue quien recibió a Jesús en su casa (Lc 10,38), costumbre judía que correspondía al Jefe de la Casa. 
Cuando Jesús llegó a Betania, Marta mandaría a los criados colocar en el mejor salón de la vivienda los más cómodos y lujosos divanes, adornar la estancia con suntuosidad, colocar la mejor mesa en el comedor, y sobre ella la  mantelería y la vajilla más lujosa, piezas  reservadas para los ilustres visitantes, procurando que no faltara ni el más mínimo detalle. Como buena ama de casa “andaba muy atareada con los muchos servicios” (Lc 10,40) con el fin de preparar un suntuoso banquete para Jesús y tal vez también para sus discípulos. Era una mujer muy trabajadora,  enérgica, de  temperamento sanguíneo, activa, dinámica, siempre tenía que estar haciendo algo, sin poder estar quieta ni un momento. Cuando  venía Jesús a comer a casa, le faltaban manos para traer cosas a la mesa y pies para correr para que no faltara nada en la mesa. Por eso, Jesús le dijo: “Marta, Marta: andas inquieta y preocupada con muchas cosas: sólo una es necesaria” (Lc10, 41), pues con un aperitivo bastaba, porque en esta ocasión no había venido a comer, sino a estar un rato con ellas y hablar de las cosas de Dios.
María
Me imagino que María tendría alrededor de una veintena de años. Era la hermana menor de los tres hermanos por naturaleza intuitiva y de temperamento contemplativo. Cuando llegó Jesús a Betania, se desentendió  de los trabajos del banquete que su hermana estaba preparando para Jesús, y se sentó a sus pies para escuchar sus palabras (Lc 10,39).
Es evidente que ambas hermanas, Marta y María, amaban a Jesús y tenían con Él la máxima confianza, cada una a su manera temperamental. Marta encontrándose agobiada por las tareas del servicio, en lugar de acudir a su hermana a pedirle ayuda, que hubiera sido lo más normal del mundo, acude a Jesús y con cariñosa confianza fraterna le dijo: 
Señor, ¿no te importa que mi hermana  me deje sola en el trabajo? Dile que me eche una mano (Lc 10,40).
Lo lógico hubiera sido que ambas se ocuparan de las tareas del trabajo, turnándose en estar con Jesús; y, luego durante la comida o en la sobremesa las dos juntas escucharan la palabra de Dios. 
Marta y María eran dos mujeres distintas que con su propio temperamento amaban a Jesús y tenían con Él la máxima confianza. El temperamento, normalmente equilibrado de la persona,  no es una dificultad para la virtud  sino más bien un medio eficaz,  que es necesario educar y perfeccionar con sacrificio personal y comunitario en la lucha de cada día. El temperamento ideal no existe en teoría, porque en la práctica para cada uno el suyo es el mejor, porque Dios se lo ha concedido para los mejores fines. La santidad, siendo objetivamente la misma en su esencia, resulta en concreto personal. La personalidad de uno no gusta a todos, ni siquiera la divina de Jesús gustó a todos, como sabemos por el Evangelio.  Aunque uno sea santo, por su manera de ser vivida temperamentalmente, no gusta a los que son de otra manera; y esto se ve mejor en la convivencia. Los mismos santos en la convivencia se ocasionan dificultades unos a otros  por la manera de ser de cada uno  y el modo de vivir la santidad, incluso con el mismo carisma. Procura no ser tú causa de mortificación para nadie, pero inevitablemente serás ocasión de molestias o sufrimientos para algunos o muchos, por muy santo que seas. Lo importante en la vida cristiana y en la vida consagrada es amar a Jesús cada uno como es, y no como es el otro o le gusta a otros.  Querer ser como es el otro es tratar de enmendar la plana al Creador y estropear la obra de Dios en cada persona.
2 Marta y María, símbolos de la vida consagrada
Marta y María son dos maneras de vivir la consagración a Dios en el mundo o en la vida religiosa. Marta es modelo de vida activa, fundamentada en la contemplación, pues hacer sin orar es humanizar o deshacer, pero no apostolizar, y frecuentemente actuar por gusto. María suele ser símbolo de vida contemplativa en el mundo o en vida consagrada, pero debe estar hermanada con el trabajo y en vida fraterna complementada con el trabajo, pues orar sin hacer es neurastenia psicológica o espiritual. No es mejor una vida que otra, sino distintas, las dos igualmente buenas.