sábado, 15 de marzo de 2014

DOMINGO II DE CUARESMA 16 DE MARZO
TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS

Comentario
Lugar geográfico de la Transfiguración
Símbolos de la transfiguración

COMENTARIO
Era el verano del tercer año de la vida pública de Jesús, seis u ocho días después de prometer Jesús a Pedro el primado de la Iglesia en Cesarea de Filipo. Jesús dejó en alguna aldea cercana a los otros nueve discípulos al pie del del monte Tabor, y se llevó consigo a sus tres íntimos amigos (Pedro, Santiago y Juan) a escalarlo para orar en la cima, y al mismo tiempo descansar del ajetreo agobiante del intenso apostolado que había realizado. ¿Qué monte de Galilea fue aquél?

            Lugar geográfico de la Transfiguración
Una tradición antiquísima, que data del siglo III, nos dice que el monte privilegiado de la Transfiguración fue el monte Tabor. Este monte, casi aislado de los montes vecinos, se levanta gracioso y simétrico en la extremidad nordeste de la vasta llanura de Esdrelón. Visto desde el Sur, parece la figura de un segmento de esfera. Sólo por una arista, poco elevada, se une a las colinas de Galilea. No es un monte que cause admiración por su altura, pues se eleva a 400 metros desde la llanura, a 600 sobre el nivel del Mediterráneo y 780 por encima del nivel del lago de Tiberíades. Pero contrasta por la desnudez de las alturas próximas que a su lado resultan raquíticas y pobres.
La superficie está cubierta de tierra fértil, siempre verde en cualquier estación del año. En primavera está revestida con una espesa alfombra de verdor. Sus laderas están cubiertas de árboles y arbustos de todas clases, muchos de ellos tienen follaje perenne, si bien son de escasas dimensiones en su mayoría. En la cumbre hay una vasta meseta de forma alargada, que tiene unos 1000 metros de longitud por unos 500 ó 600 metros de anchura media. Está en gran parte cubierta de ruinas, pertenecientes a diversas épocas de la era cristiana. Entre estas se distinguen restos de tres Iglesias edificadas en el siglo VI, en recuerdo de las tres tiendas que hubiera querido levantar Pedro para Jesús, Moisés y Elías para quedarse eternamente con ellos en aquella visión celeste. También se aprecian vestigios de varios monasterios que existieron en la antigüedad y cimientos de una fortaleza atrincherada  de la que nos habla el célebre historiador Flavio Josefo.
Para algunos autores modernos el lugar privilegiado donde tuvo lugar la transfiguración no fue el Tabor, sino el Hermón, magnífica montaña de Palestina, cuya altísima cumbre está cubierta de nieve hasta entrado el verano. Se divisa desde la mayor parte de las alturas de Tierra Santa. Sus picos más altos alcanzan 2.800 metros. La razón principal que dan para no adjudicar al monte Tabor la gracia de la presencia de Cristo transfigurado, en visión  glorificada en la Tierra, es porque en tiempos de Jesús en ese lugar existía una fortaleza militar, que impedía la soledad y el silencio, que se requerían para poder gozar en él el éxtasis elevado  de la Transfiguración del Señor. Este argumento no convence a los historiadores clásicos, porque sólo se utilizaba en momentos de guerra que en tiempos de Jesús no existía. Además, porque en esta sagrada montaña existían muchos parajes escondidos y solitarios, de singular belleza, donde sólo se oía el recogido ambiente de la Naturaleza, que invitaba a la más alta contemplación en soledad. La ascensión a la cima no requiere mucho más de una hora a pie, a paso ligero.  El camino,  fabricado  por las muchas pisadas de caminantes, estaba bordeado de zarzas y cardos secos que se multiplicaban por el declive de las laderas. En esta vegetación silvestre muchos arbustos y árboles de diversos tamaños invitaban a descansar pacíficamente bajo sus sombras.  
Cuando llegaron a la cúspide, buscaron un lugar silencioso y resguardado, lleno de belleza natural, donde pudieran pasar la noche a gusto.  El sol  estaba escondiendo su pálido rostro por el horizonte de la llanura, dejando en el Cielo destellos de luz anaranjada, que parecía el resplandor rojo de una fogata que se apaga. La montaña estaba solitaria y en silencio. Ni un solo ruido perturbaba la paz de aquel privilegiado paraje; ni siquiera se oía el zumbido del viento que solía producir un silbido desafinado al rozar con las ramas de los árboles. 
Al llegar al sitio elegido por Jesús, todos tomaron un bocadillo  con unos cuantos tragos de vino de la bota común, para recuperar las fuerzas desgastadas en el camino. El Maestro se despidió de ellos y se alejó unos pocos metros de distancia, y entró en alta contemplación, como era habitual en Él por las noches.
Como los discípulos sabían que la cosa iba para toda la noche, como en otras ocasiones, hicieron un camastro común en el santo suelo, acolchonado por hojas de árboles, arropadas por sus mantos, y se echaron a dormir tranquilamente; y, como estaban rendidos por la faena del día y agotados por la caminata, quedaron al momento profundamente dormidos.
A media noche, cuando dormían, como angelotes, las primicias del plácido sueño, un rayo de luz celeste se posó sobre los rostros de cada uno de ellos. Entonces los tres, a la vez, se despertaron sobresaltados; se sentaron en el suelo y fijaron sus ojos en Jesús y vieron que estaba totalmente transfigurado. Para comprobar la realidad de la visión, por si hubiera sido un sueño, se levantaron, se acercaron al Señor, y observaron que estaba divinizado. Sus facciones estaban revestidas de una belleza sin igual con un resplandor deslumbrante. Su rostro brillaba como el sol, y sus vestidos resplandecían con una luz tan blanca, que ningún batanero de la Tierra era capaz de conseguir igual blancura, nos dice San Marcos.
Estando embelesados en aquella celestial escena, bien espabilados, observaron que dos personajes misteriosos estaban junto a Él, a quienes por inspiración divina reconocieron inmediatamente: Moisés, representante de la ley de Dios, y Elías representante de los profetas. Los dos estaban revestidos también de fulgores de gloria; y observaron que estaban hablando con Jesús sobre su pasión, muerte y resurrección.
El paraje donde vieron a Jesús transfigurado se había convertido en una antesala del Cielo, plenamente iluminada. Los tres evangelistas señalan que la luz procedía de la Persona divina de Jesús. La emoción fue tan grande y el gozo tan indescriptible, que Pedro, tan impetuoso como siempre, no se pudo aguantar y, enloquecido de fervor, dijo a Jesús: ¡Qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba diciendo esto cuando una nube luminosa, de calidad celeste, los envolvió a todos haciendo que la noche se hiciera pleno día. Y se oyó una voz, misteriosa, timbrada, de singular sonido que desde la nube decía: Este es mi Hijo,  el Elegido, escuchadlo.
   En estado de elevada contemplación mística quedaron los tres transportados hasta que Jesús en su propio ser humano dio un golpecito suave sobre el hombro de cada uno y dijo:
Levantaos, no tengáis miedo”.  No contéis  a nadie nada de lo que habían visto,  visión de un cielo anticipado, hasta después de resucitar de entre los muertos. Pero ellos no entendieron qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos. Creían que se trataba de la resurrección de los muertos al final de los tiempos, pues no se podían imaginar que les hablaba de una resurrección anticipada de Jesús, al tercer día después de su muerte. Los tres volvieron en sí al momento, alzaron sus ojos, y no vieron a nadie más que a Jesús. Las cosas volvieron a su estado normal, dejando en el corazón de cada uno de ellos una huella imborrable para siempre. ¿Cuánto duraría el acto glorioso de la transfiguración de Jesús? Probablemente toda la noche hasta la salida del sol, unas siete u ocho horas, que a ellos les parecieron segundos (Lc 9,28-36 y Mt 17,1-9; Mc 9,28-36).

 SÍMBOLOS DE LA TRANSFIGURACIÓN
El relato evangélico de la Transfiguración del Señor no fue una sugestión colectiva, causada por Jesús que tenía poderes parapsicológicos, como dicen algunos racionalistas; ni tampoco una visión apocalíptica de Pedro contada con pura fantasía literaria, como aseguran algunos agnósticos, que se empeñan en negar todo aquello que supera el conocimiento de la razón  y de los sentidos. Fue una visión sobrenatural captada por los ojos corporales, en la que los discípulos preferidos vieron ráfagas de la Persona divina de Jesús, encerrada en su cuerpo humano.
Esta manifestación de la gloria de Dios en Jesucristo es considerada por todos los intérpretes del Evangelio como una prueba de la divinidad de Jesús, una preparación para sufrir y morir en la cruz, una revelación de lo que será al fin de los tiempos la vida gloriosa de los cuerpos resucitados en el Cielo, y un consuelo para que sus discípulos pudieran sufrir el martirio que les esperaba, con el recuerdo del gozo experimentado en el Tabor.
En el hecho evangélico real de la transfiguración se pueden considerar dos signos: el estado de los cuerpos gloriosos y el estado de contemplación mística.
 Haciendo una interpretación espiritual de la Transfiguración de Jesús se podría decir que existen tres clases de transfiguración sobrenatural: Transfiguración bautismal, transfiguración sacramental y transfiguración moral.

Transfiguración bautismal
Cuando el hombre, nacido en pecado, recibe el bautismo, toda su persona queda transfigurada y convertida en un ser sobrenatural: su cuerpo se transfigura o convierte en templo vivo del Espíritu Santo y su alma en  sagrario de la Santísima Trinidad, porque el sacramento realiza misteriosamente en ella una transfiguración total.

Transfiguración sacramental
Cada sacramento que un cristiano recibe  con las debidas disposiciones realiza en su alma una transfiguración sacramental por la gracia. Si  recibe el sacramento de la Penitencia en estado de pecado mortal, su alma, desfigurada por el pecado, queda transfigurada en estado de gracia; y si lo recibe en gracia de Dios, su alma queda transfigurada en mayor gracia.  En la celebración de la Eucaristía se realiza una auténtica transfiguración misteriosa, que se llama en teología transustanciación, porque el pan y el vino se cambian, se convierten o transfiguran  en el Cuerpo y la sangre de Jesús, permaneciendo las especies de pan y vino.  

Transfiguración moral
            El cristiano durante toda su vida debe vivir transfigurado en sus actos, convirtiendo su vida humana en vida divina,  transfigurando con Cristo  todos  los actos humanos y  todas las cosas.


sábado, 1 de marzo de 2014



DÍA 9 DE MARZO  
1 DOMINGO DE CUARESMA
Cuaresma
Tentaciones de Jesús
Conversión
Conversiones varias:

Cuaresma
Desde los primeros siglos del cristianismo se observó en la Iglesia la práctica de la oración y penitencia, como una norma evangélica de vida cristiana. Con el tiempo, en el seno de las comunidades cristianas fue naciendo progresivamente el espíritu de cuaresma. Las primeras alusiones directas aparecieron en Oriente, a principios del siglo IV, y en Occidente, a fines del mismo siglo. En la evolución de la liturgia se fue configurando el año litúrgico, dando primordial importancia al Adviento y a la Cuaresma, como tiempos fuertes de oración y penitencia. En el Adviento los cristianos se preparaban especialmente  para celebrar la Navidad, el 25 de Diciembre para conmemorar el nacimiento de Jesús. Se debe esta  institución a  la Iglesia de Roma, que quiso suprimir el culto al dios del sol, “natalis solis invicti”, nacimiento del sol victorioso, que se celebraba en el paganismo con un culto idolátrico, orgías y actos profanos, excesivamente sensuales y sexuales de todo género. La liturgia de Roma cambió esta celebración por el culto al  nacimiento de Jesucristo, el Sol, que vino al mundo a iluminar a todos los hombres para la salvación. En la Cuaresma, los antiguos  cristianos se dedicaban, de manera intensiva, a la preparación de la Pascua, en la que se celebraba la Resurrección del Señor,  tema central de la vida de la Iglesia.
La Cuaresma ha tenido siempre un carácter especialmente bautismal en el que se funda el carácter penitencial, porque es una Comunidad bautismal-penitencial-eclesial. En ese tiempo santo, los cristianos de los primeros siglos solían bautizarse y celebrar el sacramento de la Penitencia. Los grandes pecadores, apartados de la Iglesia por sus pecados graves, eran reinsertados a ella por el sacramento del perdón,  principalmente en la Vigilia Pascual.
La Iglesia recuerda en la Cuaresma los cuarenta años que el pueblo de Israel caminó por el desierto hacia la Tierra Prometida y los cuarenta días y cuarenta noches que Jesús permaneció en el desierto en oración y ayuno, antes de comenzar su vida pública y realizar el misterio de la Redención.
La cuarentena penitencial nos une todos los años, durante cuarenta días y cuarenta noches al Misterio de Jesús en el desierto (Cat 540). Es un tiempo apropiado para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las privaciones voluntarias, como el ayuno, la limosna, la comunicación cristiana de bienes, obras caritativas y misioneras (Cat 1438) y las peregrinaciones, como signo de penitencia. Se recomiendan reuniones de oración, celebraciones de la Eucaristía, del sacramento de la Confesión y celebraciones de la Palabra.

Ultima reforma de la Cuaresma
El Concilio Vaticano II ha estructurado la Cuaresma como un tiempo especial de oración, de intensa escucha de la Palabra de Dios y penitencia, con una orientación pascual-bautismal (SC 109). Ha fijado su tiempo desde el miércoles de Ceniza hasta el jueves Santo, misa in Coena Dómini. Es el tiempo de una experiencia oficial en el misterio pascual de Cristo: “Padecemos juntamente con Él, para ser también juntamente glorificados” (Rm 8,17).


Tentaciones de Jesús
La tentación  es una inclinación al pecado, provocada por distintas causas: el diablo, naturaleza corrompida, enfermedad y vicios. Su significado es prueba, como cuando Dios probó  a Abraham  para probar su fe pidiéndole que sacrificara a su hijo Isaac; y seducción al pecado por el demonio, una persona o cosa.
La tentación  es intrínsecamente mala porque procede del mal y al mal inclina. Moralmente es buena y meritoria si se rechaza y mala si se consiente.    

 Conversión
Mientras el cristiano recorre su camino por el desierto del mundo hacia la eternidad, debe cursar la carrera de la conversión con el fin de conseguir el Cielo. Comprende las siguientes asignaturas complementarias: conocimiento de Cristo, estudio de  la palabra de Dios, lucha contra el pecado, vida de gracia, oración, Confesión y Eucaristía.
La conversión es lo mismo que cristificación, pues toda la vida cristiana es una permanente y progresiva santificación o perfección evangélica en diversas etapas y modalidades. Es el tema fundamental de toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, pues toda la Palabra de Dios en todos sus libros inspirados invita al hombre, de manera reiterada, a la conversión, que es tarea de todo cristiano, y no de unos cristianos privilegiados. Consiste en responder a la santidad que cada uno tiene que cursar, según la vocación que del Espíritu Santo ha recibido en el bautismo. 

Conversiones varias:
1 Conversión de los infieles
La conversión es propia de todos los hombres: conversión de los infieles a la fe de la Iglesia, que celebra el día del Domingo, domingo mundial de la propagación de la fe católica en que todos los cristianos de todo el mundo hacemos una campaña de oraciones, sacrificios y ayudas económicas a favor de los países de todo el mundo con el fin de conseguir que todos los hombres se hagan cristianos, se bauticen, conozcan a Cristo, los dogmas de la Iglesia Católica y se salven con más facilidad.

2 Conversión de pecador en justo
También tienen que convertirse los grandes pecadores que llevan una vida disoluta, de espaldas a Dios, lejos de la Iglesia o contra ella, entre los que se pueden contar, tal vez, nuestros familiares, compañeros, amigos o vecinos. Tenemos que pedir por la conversión de los pecadores, por supuesto, y también por todos los hombres, y por nosotros también, que somos pecadores.

3 Conversión del bueno en santo
A los ojos de Dios, no sabemos quiénes necesitan más la conversión, si los que viven en países de misión, carentes de la fe verdadera, los creyentes de otras religiones, católicos no practicantes, católicos cumplidores de la Ley, o los santos, que habiendo llegado a ser santos, no fueron tan santos como pudieron y debieron. 
La conversión de todos los hombres, en sí misma, es un misterio que efectúa la omnipotente sabiduría de la infinita misericordia de Dios, de muchas maneras misteriosas, en la Iglesia Católica, y fuera de ella en suplencias.

4 Conversión bautismal
Según la doctrina de la Iglesia, la primera conversión cristiana tiene lugar en el bautismo, porque este sacramento convierte al hombre, nacido en pecado, en hijo de Dios, heredero de su reino, y lo incorpora al Cuerpo místico de la Iglesia. El bautizado, por medio de una regeneración espiritual, adquiere una segunda naturaleza, un complejo sobrenatural de la gracia santificante, virtudes y dones del Espíritu Santo. Con estas potencias el cristiano crece y se desarrolla por medio de la oración, sacramentos y buenas obras hasta conseguir el fruto total del bautismo, que es la visión y gozo de Dios eternamente en el Cielo.

5 Conversión sacramental
Cada vez que el cristiano recibe un sacramento convierte su conversión bautismal en conversión sacramental de gracia si lo recibe con las debidas disposiciones. En el sacramento de la Penitencia, por ejemplo, el alma del cristiano que está en estado de pecado grave se convierte en estado de gracia,  o el alma que está en estado de gracia se convierte en un progreso de perfección.

 6 Conversión teológica
Toda conversión supone la gracia inicial de Dios, pues nadie puede convertirse sin la previa ayuda divina, que espera del hombre una respuesta responsable. La conversión es una empresa sobrenatural limitada entre Dios y el hombre en la que Dios regala su gracia y el hombre colabora a ella, de maneras diferentes. Una vez recibida la gracia, para perseverar en ella se necesita también la ayuda divina. Se realiza con el ejercicio de la oración, obras buenas y actos de caridad. Cada vez que el cristiano hace un acto bueno, en estado de gracia, se convierte en un hijo mejor.  Solamente la misericordia infinita de Dios sabe el secreto de la conversión y su proceso en cada uno de los cristianos.

7 Conversión cósmica
Todos los seres creados tienen una belleza teológica en el conjunto del Universo, según la planificación divina, que el entendimiento humano no alcanza a descubrir. La perfección de las criaturas se aprecia de manera relativa y de modo imperfecto en la Tierra, pues la realidad total del Universo creado y su finalidad suprema se observa solamente desde el Cielo, desde la visión intuitiva.
Este mundo, deformado por el pecado, es conocido por la ciencia en una pequeñísima parte, pues incluso los sabios saben menos de lo que les queda por conocer, porque el Universo nunca será totalmente conocido. La maravilla de la Creación cumple el fin establecido por Dios, y tendrá su final, aunque no sabemos cuándo ni cómo, pero este mundo no será aniquilado o convertido en un caos, sino transformado en otra realidad diferente, infinitamente superior y mejor que la existente. Sus características no están reveladas, por lo que todo lo que se diga o escriba sobre este hecho venidero es pura imaginación, y no realidad teológica. La Sagrada Escritura llama a esta transformación “Cielos nuevos y Tierra nueva”, morada en la que vivirán los resucitados con Cristo en condiciones de lugar y estado que no conocemos. A esta transformación, que sucederá al fin de los tiempos, se puede llamar conversión cósmica, porque abarca todas las cosas creadas.







DOMINGO OCTAVO TIEMPO ORDINARIO
CICLO A, 2 DE MARZO 2014

No podéis servir a Dios y al dinero
            No es lo mismo servirse del dinero justamente, como medio para llevar una vida humana digna, conseguir el progreso de la Humanidad en sentido social cristiano con destino para la salvación eterna, que servir al dinero en calidad de “dios”, como parece dice la expresión evangélica que pronunció Jesús.
La riqueza en sí misma es un bien, si se utiliza como medio, y no como fin de hombre, porque todas las cosas fueron creadas por Dios para el servicio del hombre; y es un mal, si se utiliza exclusivamente  como explotación del bien universal en bien propio. Todos  los bienes creados deben llegar a todos los hombres en forma justa, bajo la protección de la justicia y la compañía de la caridad” (GS 69), porque tienen, por voluntad de Dios, un destino universal. El hecho de que millones de hombres pasen hambre y exista la injusta explotación de la riqueza, es un desorden, una desigualdad económica de bienes, que producen la esclavitud, odios y guerras y muchos pecados. Es un grave pecado de injusticia social, causado principalmente por el egoísmo incontrolado de los hombres y la mala política de los Gobiernos. En el mundo existen medios más que suficientes, para que la riqueza llegue a cada hombre en proporción justa con caridad evangélica, dijo el santo Papa Juan XXIII.
Ricos y pobres
            Para el mundo es rico quien tiene mucho dinero, abundantes riquezas, cargos de relevada importancia que reportan excepcionales ganancias, muchos amigos, altas y reconocidas influencias sociales, y vive a capricho de su libre albedrío. El que persigue la riqueza como meta única de su existencia, acumulando con egoísmo bienes en abundancia, es un pobre hombre, porque se hace esclavo de las cosas, y no señor de ellas, y siempre está “necesitado” y hambriento de cosas.  El amor despiadado y sin control a la riqueza hace al hombre  avaro, pues siempre se considera pobre, por mucho dinero que tenga. Sin embargo, el hombre evangélicamente pobre, se considera rico, aunque sólo tenga lo necesario para vivir.
 Riqueza y pobreza,  medios de salvación eterna
 La Historia de la Iglesia nos enseña que la santidad está al alcance de los que viven el espíritu o el voto de la pobreza, sean realmente pobres o ricos, como lo atestigua el catálogo de los muchos santos, de distintas clases sociales, incluso reyes, a quienes hoy veneramos en los altares. Muchos santos, inmensamente ricos, dieron todos sus bienes a los pobres y siguieron de cerca al Maestro, que tan pobre vivió en este mundo que no tenía donde reclinar su cabeza (Mt 8,20; Lc 9,58) Este estilo de vivir la pobreza extrema y heroica lo vivieron muchos santos, por ejemplo San Francisco de Asís, pero no son modelos comunes para todos los cristianos, porque depende fundamentalmente de una gracia singular del Espíritu Santo, que  pocos reciben, y de la correspondencia a ella. Otros muchos cristianos, religiosos y laicos, vivieron la pobreza real de hecho y de espíritu con desprendimiento total de todo y de todos.
Considerada la condición humana, la experiencia enseña que la riqueza es un  obstáculo importante para vivir la pobreza del Evangelio, imitando a Jesucristo, pues  los bienes materiales de este mundo cautivan y pueden esclavizar las legítimas aspiraciones del corazón humano. La riqueza trastoca el corazón, lo corrompe, fomenta alocadamente las pasiones que desembocan en muchos vicios, y conlleva al hombre a su desgracia en la tierra con peligro de la condenación eterna. En cambio, la pobreza es una gran ventaja para la santidad, porque la ausencia de bienes, no necesarios o convenientes, es una buena oportunidad para identificarse con Cristo, porque bien utilizados en justicia y caridad, son un símbolo imperfecto de los bienes eternos del Cielo.  Hay que disfrutar de los bienes materiales y humanos, sin apego, porque Dios, como Padre, se alegra cuando nos ve jugar, como niños, con nuestras cosas.
La pobreza evangélica es un estado del corazón y no una situación económica de la vida. No consiste en carecer de cosas simplemente, sino en vivir dignamente, sin apego a las riquezas. Se puede ser evangélicamente pobre, siendo rico, y ser evangélicamente “rico”, siendo pobre. Es  evangélicamente rico, el que vive feliz con lo que tiene,  sin estar “necesitado” de nada. La inmensa mayoría de los hombres son pobres porque no pueden ser ricos: pobreza padecida y no elegida. Bastantes cristianos eligen la pobreza por vocación, la aceptan con más o menos alegría para ser santos e imitar a Jesucristo. 
            Jesucristo nos dijo en el Evangelio: "Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de Dios" (Mt 5, 3). Los pobres de espíritu bienaventurados, de los que es el Reino de Dios, son aquellos, pobres o ricos realmente, que no tienen el corazón apegado a las riquezas, pues se puede ser rico con cualquier cosa que se tenga, y pobre teniendo muchas cosas en abundancia. Los pobres, evangélicamente hablando, no son bienaventurados, simplemente por el hecho sociológico de ser pobres; ni los ricos son desdichados por su condición social de tener muchos bienes materiales. 
 La pobreza, como virtud, es un valor condicionante para poseer el Reino de Dios. Para obtenerla hay que liberarse de todo. Lo dice Jesús en el Evangelio: "Yo os aseguro que nadie deja casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mí o por el Evangelio, que no reciba el ciento por uno ya en este mundo...y en el siglo venidero, la vida eterna".



sábado, 22 de febrero de 2014

DOMINGO SÉPTIMO, TIEMPO ORDINARIO
CICLO A, 23 DE FEBRERO
Amad a vuestros enemigos

En el Evangelio de este domingo la palabra de Dios nos manda un precepto muy difícil, que generalmente no se cumple: Amar a nuestros enemigos.

Son muchos los textos de la Sagrada Escritura, principalmente de los evangelios y Nuevo Testamento que nos hablan del amor al enemigo. Citemos algunos.
“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro padre celestial” (Mt 5,43-45).
            “Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6,14-15).      
“Si tu hermano peca, corrígelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces y si siete veces vuelve a ti para decirte: Me arrepiento, lo perdonarás” (Lc 17,3-4). Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5,23-24).
El amor al enemigo es un precepto universal,  porque todos somos hijos de un mismo Padre celestial. Si no perdonamos a quienes nos ofenden, tampoco Dios no nos perdona nuestros pecados. Si tu hermano peca contra ti siete veces y te pide perdón, perdónale.

El amor al enemigo es un precepto universal
Del amor cristiano no se puede excluir a nadie, ni siquiera al enemigo, a quien hay que amar como miembro del Cuerpo Místico de Cristo. El perdón a los enemigos no es un consejo de perfección evangélica sino un precepto universal para todos los hombres. El motivo principal de perdonar a quien nos ha ofendido es el ejemplo  del Señor que perdonó a quienes lo crucificaron con aquellas palabras que pronunció en la cruz, antes de morir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”  (Lc 23, 34).  No se puede hacer ofrendas al Señor con un corazón enemistado con el hermano. Negando el perdón a nuestros hermanos el corazón se cierra y se hace impermeable a la misericordia divina. Así nos lo enseña la Iglesia en el Catecismo de la Iglesia católica del Papa Juan Pablo II: “Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia” (Cat 2840).
El perdón al enemigo es condicional al modo en que Dios nos perdona nuestros pecados, como nos enseñó Jesucristo en el Evangelio en la oración del padrenuestro: “como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Muchos santos aprendieron a perdonar a sus enemigos copiando al pie de la letra el ejemplo de Jesús.  Santa Teresa de Jesús sentía una alegría singular cuando se enteraba de que alguien la calumniaba o injuriaba, y si no fuera porque los hombres injuriándola ofendían a Dios,  deseaba que todo el mundo la ofendiera. Santa Juana de Chantal perdonó al que mató a su marido de tal manera que llegó a ser madrina en el bautismo de uno de sus hijos, acción heroica que llenó de admiración San Francisco de Sales,  cofundador con ella de las Salesas. El santo Cura de Ars, al recibir una bofetada de uno de sus enemigos, le contestó con una sonrisa en los labios: “Amigo, la otra mejilla tendrá celos”
El amor al enemigo consiste esencialmente en no odiar y no vengarse  
El perdón al enemigo consiste en no odiar y no vengarse, por propia cuenta, del mal que se ha recibido.  No se opone a exigir la justicia, que es necesaria y, a veces, obligatoria, para que no cunda el delito en los malhechores, y se castigue el mal; ni obliga  a reanudar la amistad que antes se tenía con el amigo convertido en enemigo. Basta con tratar al enemigo con un comportamiento normal en casos extremos de necesidad, como se suele hacer con un extraño. Excluye dos cosas: el odio y la venganza en el corazón, incompatibles con el perdón.
El odio no es sentir la ofensa que se ha recibido del ofensor, pues sentir no es consentir; ni tampoco recordar la ofensa y al ofensor, sin odio ni venganza, la cosa más natural del mundo. Vengarse por propia cuenta de la ofensa que se ha recibido es hacer por propia cuenta la justicia.  Sin embargo, perdonar pero no olvidar por razones simplemente temperamentales es compatible con el perdón, aunque repela la presencia de la persona del enemigo,  o se revuelva el interior al recordar la ofensa. Perdonar y olvidar totalmente en el corazón y en la memoria, es propia de cristianos virtuosos.
El hombre se siente más veces ofendido que ofensor
            El hombre, por instinto natural, se siente más veces ofendido que ofensor, como lo demuestra la experiencia de la vida. Sucede en esto como en los accidentes de tráfico, que casi siempre decimos que hemos recibido un golpe del otro y, pocas veces que nosotros somos los culpables, aunque sea verdad, pues el orgullo se esconde en el pliegue más recóndito del corazón. Este estilo de autodefensa instintiva aparece ya en el paraíso terrenal en la historia del pecado original. Cuando Dios preguntó a Adán la razón de su desobediencia: “¿Por qué has comido del árbol prohibido? Adán respondió: la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí. El Señor dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? La mujer respondió: La serpiente me engañó y comí” (Gén 3,11-13).
El comportamiento de Adán y Eva fue infantil. ¿Quién reconoce la verdad de su pecado delante de los hombres? ¿Quién se considera pecador en su propia conciencia?  
       Las ofensas familiares son más perdonables
Se suelen perdonar con más comprensión y misericordia las ofensas entre familiares, padres, hijos y hermanos, aunque muchos cristianos, que van a misa y comulgan rompen las relaciones familiares y humanas generalmente por problemas económicos de poca monta, por ejemplo de herencia, cosa que desgraciadamente es muy corriente.
Muchos pecadores, con sus actos, considerados pecados en la ciencia de la Teología Moral, no ofenden a Dios porque no saben lo que hacen, pues si conocieran realmente a Dios con el conocimiento de la fe, no le ofenderían. La misericordia de Dios es tan infinita que tiene en cuenta los condicionamientos del pecador, ocultos a los ojos de los hombres. 
Las características principales del perdón son:
- Pronto, ahora mismo, cuanto antes, como nos enseña la Palabra de Dios: “No se ponga el sol sobre vuestra iracundia (Ef 4,26);
- sin límite, sin poner tope a nuestro perdón, como nos enseña el pasaje evangélico: “Entonces dijo Pedro a Jesús: ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces? Le dijo Jesús: No digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22), frase que significa siempre.
- de corazón, perdón salido de lo más profundo del alma, sobrenaturalizado, venciendo los naturales impulsos de la naturaleza.  

            En consecuencia, hay que perdonar al enemigo siempre, aunque se exija la justicia, se sienta la ofensa, y no se borre de la memoria, circunstancias conciliables con el perdón.
           



sábado, 15 de febrero de 2014

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
16 de Febrero

Dichosos los que caminan en la voluntad de Dios
En el salmo responsorial de este domingo, el pueblo cristiano responde a la proclamación de la palabra de Dios con una frase profundamente bíblica y teológica: dichosos los que caminan en la voluntad de Dios. Ofrezco unas reflexiones espirituales sobre este tema por si a alguien puede hacerle algún bien.

Seres del Universo 
En el Universo, desde la perspectiva de visión sencilla, no científica, sino popular, se pueden contemplar cuatro espacios: espacio sideral, espacio acuático, espacio terrenal y espacio humano.

Espacio sideral
En el espacio sideral existen millones de seres astronómicos, grandes y pequeños, conocidos y por conocer, que son  una obra fantástica y artística creada por Dios con su naturaleza propia, leyes cabales que caminan puntualmente según la voluntad del Señor. Todo lo que sucede es bueno, y si alguna cosa hay que tiene apariencia mala, su finalidad última es buena, pues está  planificada por la infinita sabiduría bondadosa de  Dios, que es Amor, y no puede equivocarse.

Espacio acuático
En el espacio acuático, inmenso de océanos mares y ríos que bañan la tierra, viven peces innumerables. Las aguas son vivienda de animales acuáticos, objeto de estudio para los científicos, curiosidad para los observadores y alimento para millones de hombres. Es un abismo que sobrecoge de admiración, causa miedo por su bravura, potencia, y deja atónitos a los simples observadores.
    
Espacio terrenal
La tierra es una misteriosa perfección en su ser natural, leyes, habitantes en millones incontables, diversidad en clases en seres, cuyo conocimiento supera todo entendimiento e imaginación del más sabio de los geólogos y científicos de todos los tiempos. Es habitáculo de tantas plantas que pululan  con variedad, diversidad y hermosura, que adornan los campos con su belleza y son deleite para obsequios y adornos suntuosos; morada de múltiples y variados animales de toda especie, que pueblan toda la planicie del globo terrestre, y dejan abismados a los expertos y estudiosos de las ciencias naturales y entusiasmados a los simples  observadores.
Todos los habitantes irracionales cumplen puntualmente la voluntad del Señor, porque están creados por su sabiduría infinita, que nunca se equivoca y por consiguiente caminan cumpliendo siempre las leyes santas de Dios, Creador.  

Espacio humano 
Además de los entes inanimados que hay en el  Universo, en la tierra existe el hombre, el ser más perfecto de la Creación, microcosmos o pequeño mundo de todo o creado, porque tiene parte de reino mineral, parte del reino vegetal, parte del reino angélico  y parte del reino divino  porque está creado por Dios a su imagen y se semejanza. Es, por consiguiente, un resumen de la Creación, que está gobernado por las leyes físicas del cuerpo humano,  la parte vegetativa de las plantas, por la ley moral, la parte espiritual del alma, ser inteligente y libre. El hombre que voluntariamente no cumpla la ley divina no es un ser perfecto. El santo es la perfección suma en el hombre porque cumple la voluntad de Dios en todas la leyes.
Los mandamientos son guías que encauzan necesariamente todos los seres por el sitio que tienen que ir para que sean lo que tienen que ser en el plan de la providencia de Dios Creador. Los mandamientos morales  hacen que los hombres cumpliendo libremente la voluntad de Dios sean más perfectos y santos; no son obstáculos que impiden la libertad  del hombre al no  hacer lo que quiere o gusta. La santidad consiste en el cumplimiento de los mandamientos, pues esa es la voluntad de Dios.



viernes, 7 de febrero de 2014



DOMINGO QUINTO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO A, DÍA 9 DE FEBRERO

Campaña contra el hambre
En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, Dios nos dice: Comparte tu pan con el hambriento. Manos unidas ha escogido este texto para lanzar la campaña contra el hambre en el mundo; texto que yo voy a utilizar para hablar de este tema.
Entre los muchos males que sobrevinieron al hombre con el pecado original, se hizo presente la injusticia social, de manera que en el mundo hay bastantes hombres que poseen mucho, son muy ricos, y muchísimos que son muy pobres, contra la voluntad de Dios que quiere que toda la riqueza sea distribuida equitativamente entre los hombres en proporción justa, como medio para que todo puedan conseguir la felicidad eterna.
            Dios condena el hambre como pecado contra la justicia social. Es un hecho, tristemente comprobado, que hay en el mundo una tremenda desigualdad de posesión de bienes, que clama al Cielo,  de tal manera que millones de niños, hombres y mujeres se mueren de hambre, habiendo suficientes medios de producción en la Tierra para que todo el mundo tenga lo suficiente o necesario para vivir dignamente, como decía el Papa bueno, Juan XXIII por culpa, digamos de todos los hombres en general. Es verdad que el problema de garantizar el bien común integral de los hombres corresponde, en primer lugar, a las  autoridades civiles y políticos, pero no es menos cierto que también a la Iglesia que trabaja por el bien común del hombre, hijo de Dios; y corresponde también a cada cristiano que debe cumplir la justicia social. Por consiguiente, nadie debe excluirse del gravísimo problema de hambre que existe en el mundo. La Iglesia tiene la misión suprema de salvar al hombre, con el fin específico sobrenatural de la salvación eterna, que incluye también los medios materiales y humanos  para conseguirlo; y tiene además el deber evangélico de atender a los más pobres, por mandato de Jesucristo. En este día, en que celebramos el día de la jornada mundial del hambre en el mundo, cada hombre y cristiano debe cuestionarse: ¿Qué debo hacer yo en la campaña contra el hambre en el mundo, si no tengo en mis manos el poder? ¿Cómo voy yo a dar algo, si necesito todo o casi todo para vivir? Tal vez sea este tu caso, pero creo que todos  podemos dar, algunos mucho, otros bastante y algunos algo, teniendo en cuenta que Dios premia nuestra generosidad, no por la cantidad de lo que damos, sino por la calidad del amor con que lo damos. El que da lo que tiene y puede da todo. Recordemos el ejemplo de la viejecita del Evangelio que echó en el cepillo todo lo que tenía para vivir y Jesús dijo que había echado más que otros que echaban en cantidad monedas valiosas.
El bautismo nos obliga a vivir en Dios y con Dios, siendo hermanos con todos los hombres de distinta manera, y debemos ayudar también a los que son pobres que son también hermanos nuestros a quienes tenemos que ayudar con nuestros bienes que son también de ellos en cierto sentido.  A nosotros nos sobran muchas cosas, mucha ropa que tenemos almacenada en el armario para uso de nadie; nos sobra acaso dinero que no necesitamos para vivir ni para la previsión razonable del futuro, y ese dinero también es de los que lo necesitan. Hay en el mundo mucha falta de comida para millones de hombres, mujeres y niños que se mueren de hambre inculpablemente; y muchos niños que no saben leer ni escribir porque no tienen colegios ni maestros que les ayuden a conseguir una cultura media en su País; y muchos enfermos que necesitan la salud y no disponen de hospitales, ni de medicinas ni médicos que los curen; y muchos niños, hijos de nadie, abandonados, que no tienen una familia ni una sociedad digna y justa, y están abocados al dolor y a la muerte, por no tener orfanatos o casas de acogidas que los atiendan, al menos espiritualmente.
Y además de todo esto, que es mucho, no tienen Iglesias ni misioneros que les enseñen a conocer y amar a Dios,  a la  Virgen María, madre de todos los hombres, a rezar y a saber que existe un Dios, Padre, y que nos espera una vida eterna, llena de gozo en la visión y posesión de Dios eternamente, como premio a los males que  han sufrido con paciencia en esta vida, por culpa de la injusticia de los hombres.
Las causas entre otras son:
1ª Dios es  Creador y Padre de todos los hombres.
2ª Todos los hombres somos hijos de Dios y hermanos entre sí.
3ª Todos los bienes de la Tierra fueron creados  por Dios para el bien de todos los hombres, de manera que cada uno tenga adecuadamente lo justamente necesario para que pueda vivir honradamente.
4ª En casos extremos de necesidad, todos los bienes son comunes, de tal manera que el que no tiene nada por pobreza involuntaria, puede apropiarse de los bienes propios de otro para comer, como un derecho.
   Seamos generosos en la campaña contra el hambre que organiza Manos Unidas, dando para los pobres que pasan  hambre no de los bienes que nos sobran, sino también de los que necesitamos, si es que queremos ser cristianos y compartir el amor de Dios entre los hombres.








sábado, 1 de febrero de 2014


            PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
            2 de Febrero de 2014

            Contribución de los israelitas al templo
            Los israelitas acudían generalmente tres veces al año al Templo de Jerusalén para cumplir sus principales obligaciones religiosas: la fiesta de la Pascua, la fiesta de la siega y la fiesta de la recolección (Ex 23,14-17); o como mínimo una vez, para el sacrificio de la Pascua (Ex 12). Además de estas obligaciones legales y otras muchas, existían para las madres israelitas religiosas dos prescripciones de la Ley mosaica: la Purificación después del parto y la Presentación del hijo recién nacido en el templo. Los dos preceptos solían cumplirse en una misma ceremonia. La ley mandaba la purificación de la mujer después del parto (Lev 12). Cuarenta días después del alumbramiento de un niño, (o después de ochenta, si se trataba de una niña). Las madres debían presentarse en el templo para ser purificadas de la impureza legal que habían contraído. La ruptura de la integridad física impedía a la madre bajo pecado participar en el culto y tocar cualquier objeto sagrado. El hecho de ser madre no fue antes, ni es ahora en el concepto bíblico ninguna cosa impura, pues es una colaboración a la obra creadora de Dios. San Pablo llegó a decir que la maternidad virtuosa es garantía de salvación: "La mujer se salvará por su condición de madre, si persevera con modestia en la fe, en el amor y en la santidad" (1 Tim 2,15).
            La ley de Moisés no dice que la madre pecaba al tener un hijo, sino que quedaba legalmente "impura". La mujer israelita, que había sido madre, tenía que ser purificada en una celebración litúrgica, y aportar, como tributo para la financiación del templo, un cordero primal, si tenía una condición social desahogada, o un par de tórtolas o dos pichones, si era pobre.
            María fue desde Belén a Jerusalén a cumplir la ley del Señor, aunque no necesitaba purificación, porque era virgen en la concepción de su Hijo y virgen en su maternidad divina. Pero estos privilegios personales estaban escondidos para el mundo, y Ella, fervorosa israelita, debía dar ejemplo en el cumplimiento de la ley.
           La Sagrada Familia atravesó la gran Ciudad, sin hacer caso a los impertinentes vendedores oportunistas, y llegó al templo. Me imagino que San José  se acercaría  a un puesto de una viejecita que tenía parejas de tórtolas blancas con pintas negras en el plumaje, metidas en jaulas de madera. Le dio lástima y le compró el par de tórtolas que su esposa tenía que ofrecer a Dios para su purificación, por un siclo, a precio de saldo.  María dejó en los brazos de José al Niño, cogió   entre sus manos las dos tórtolas, acarició sus alas, y tocándoles el pico, les dio un beso cariñosamente silencioso en sus blancas plumas salpicadas de lunares negros.  Era la hora de tercia. El sacrificio del cordero se ofrecía a Dios dos veces cada día, una por la mañana y otra por la tarde (Lev 29,38-39). 
            Encuentro de la Sagrada Familia con el profeta Simeón
            Cuando José y María caminaban en dirección al atrio de las mujeres para esperar allí la hora de la ceremonia, apareció un extraño personaje: un anciano, llamado Simeón, fervoroso israelita que se pasaba prácticamente todo el día en el templo y asistía a la ceremonia de la purificación de las madres. Se acercó a María, y, como si fuera amigo de Ella de toda la vida, tomó a Jesús en sus brazos, lo bendijo y profetizó que ese Niño sería luz de las gentes, gloria de Israel y signo de contradicción de todos los tiempos; y también, mediante una viva metáfora  profetizó que María sería Corredentora del género humano.  San Lucas nos lo cuenta de esta manera: "Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la liberación de Israel: el Espíritu Santo estaba en él, y le había anunciado que no moriría sin ver al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu fue al templo, y, al entrar los padres con el Niño para cumplir lo establecido por la ley acerca de Él, lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar morir en paz a tu siervo, porque tu promesa se ha cumplido. Mis propios ojos han visto al Salvador que has preparado ante todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel... Este Niño será signo de contradicción; y a ti una espada te atravesará el corazón" (Lc 2,25-35). ¿Asistiría Simeón a la ceremonia de la purificación de María? No lo dice el Evangelio, pero parece lo más probable.
            Ceremonia de la purificación y presentación del Niño
            En el momento oportuno llegó el sacerdote de turno con una túnica blanca, ribeteada con bordados dorados en las mangas, cuello y orla del bajo de la túnica. Sobre ella un manto de color rojo rebajado, y encima el efod, vestidura litúrgica corta y sin mangas, parecida a una dalmática, de color púrpura. Sobre su cabeza brillaba una tiara labrada con ricas piedras preciosas, signo de la dignidad del celebrante. Colgado del cuello llevaba un cordón dorado del que pendía un pectoral de oro reposando sobre el pecho.
            María no pudo evitar el escalofrío de la cuchillada del primer cordero que se sacrificaba. Sintió la sensación de que le estaban rasgando el corazón, pensando en el cruento sacrificio de su Hijo, que estaba simbolizado en aquel cordero. Contuvo las lágrimas con entereza, mientras que luchaba por sobreponerse a las circunstancias.
            Terminada la ceremonia bajó las escaleras sobrecogida, emocionada, con el rostro demudado y los ojos bañados en lágrimas. Cogió de los brazos de José al Niño Jesús, y, acompañada de su esposo, se dirigió hacia el altar de la  presentación para ofrecer a su Hijo al Señor, después de haber entregado para el templo la ofrenda económica establecida.
            El Evangelio destaca el hecho de la purificación de María silenciando la presentación del Niño Jesús en el Templo.  Nos refiere el evangelista que "su padre y su madre estaban admirados de las cosas que decían de Él" (Lc 2,33).
                  
            La perfección consiste en el cumplimiento de la voluntad de Dios
            Cada ser creado, por pequeño que sea, aunque parezca raro, extraño e inexplicable, tiene su función específica, su razón de ser y estar en el mundo creado por Dios para ser objeto de la Redención de Jesucristo.  La ley tanto física como moral es necesaria para que la cosa sea lo que tiene que ser en la esencia misma de su perfección. La ley moral natural está dictada por Dios en la conciencia de cada hombre, revelada en el Decálogo en diez mandamientos, resumida por Jesucristo en el amor a Dios y al prójimo, y explicada por el Magisterio auténtico y perenne de la Iglesia. "La ley es la plenitud del amor" (Rm 13,10). El santo es el ser perfecto que cumple con perfección la voluntad de Dios.
             
            María, modelo para el cristiano en el cumplimiento de la ley eclesiástica
            Desgraciadamente, en nuestros tiempos, la fuerza obligatoria de los mandamientos se la Santa Madre Iglesia  ha perdido su vigor para muchos cristianos con el agravante de que no pocos católicos los rechazan sin escrúpulo. Es una triste realidad, que hay que reconocer con humildad y tristeza. Muchos, llamados hombres de fe, no cumplen ya el precepto dominical. Se limitan simplemente a ir a Misa por apetencias personales o por obligaciones sociales. La confesión, por ejemplo, se ha infravalorado, descuidado o abandonado hasta el punto de que hay cristianos, comprometidos con la "Iglesia", que comulgan habitualmente y no reciben el sacramento del perdón. El ayuno y la abstinencia, prácticas vigentes en el Derecho canónico, se consideran normas penitenciales desfasadas, que han quedado reservadas a un grupo limitado, más o menos numeroso, de antiguos cristianos consecuentes con la fe tradicional. El mandamiento de ayudar a la Iglesia en sus necesidades es una obligación que se quiere cumplir roñosamente con limosnas en las colectas de la misas, donativos esporádicos de raquítico corazón y con  ocasión de recibir un sacramento o un servicio religioso. 
            La financiación de la iglesia
            Fundamento bíblico
            El comportamiento religioso de María en el templo, con ocasión de su Purificación como madre y Presentación del Niño a Dios Padre, nos facilita la oportunidad de tratar de pasada este tema, para imitar a María en el cumplimiento cristiano del quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia. En los antiguos catecismos el precepto de ayudar a la Iglesia en sus necesidades aparecía redactado con inspiración bíblica del Antiguo Testamento: "Pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios". Con estas palabras se imponía a los cristianos la obligación de contribuir a la financiación de la Iglesia, que pocas veces se hacía como Dios manda, sino como limosna a nuestra madre la Iglesia.
            Diezmo significaba la décima parte de los productos del campo. "Llevarás a la casa del Señor, tu Dios, lo más florido de tu tierra" (Ex 34,26). Y se llamaban primicias los frutos primeros de la vida humana o animal: los primeros nacidos, hombres o animales eran propiedad exclusiva de Dios. Los primogénitos de mujer debían ser consagrados a Dios; y los de los animales tenían que ser sacrificados para expiar los pecados del pueblo de Dios. "Yo inmolo al Señor todo animal primogénito y rescato al primer nacido entre mis hijos" (Ex 13,1-2).
            Los frutos de la tierra se destinaban para la financiación del templo: culto, manutención de sacerdotes, ministros, servidores y obras sociales de ancianos, viudas, huérfanos y pobres.  El antiguo pueblo de Israel cumplía preferentemente el precepto de los diezmos y primicias con ocasión de celebraciones religiosas como la fiesta de las semanas y la fiesta de las primicias de la recolección, al terminar el año (Ex 34,22).
            Fundamento histórico
            La primitiva comunidad de Jerusalén vivía el Evangelio de Jesucristo con desprendimiento de corazón, prácticamente como si tuvieran voto de pobreza, aunque no existía entonces este vínculo jurídico de consagración a Dios. La fe en Cristo resucitado hacía que todos escucharan las enseñanzas de los Apóstoles, vivieran unidos, fueran constantes en la oración, en la celebración de la Eucaristía y en la unión fraterna, de manera que todo lo tenían en común. Vendían las posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno (Hch 2, 41-47;4,32-35). Pero no todo era jauja, pues como aquella comunidad cristiana estaba compuesta por hombres, y dicen que "en todas partes se cuecen habas", tenía también sus cosas, como sucede y sucederá siempre en todas las instituciones humanas. Un tal Ananías, de acuerdo con Safira, su mujer, vendió una propiedad y se quedó con parte del dinero. Pedro le reprendió por este grave pecado. Y, no pudiendo resistir las palabras del Apóstol, cayó muerto. Y lo mismo le sucedió a su mujer Safira, cómplice de este robo (Hch 5,1-10).
            Sustentación de los diezmos y primicias 
            A partir del siglo VI, cuando el cristianismo se fue extendiendo por todas partes, se enfriaron los primeros fervores de los cristianos, y muchos, paganizados, dejaron de cumplir el deber sagrado de pagar los diezmos. Fue entonces cuando la Iglesia se vio obligada a poner paulatinamente leyes sobre las ofrendas, inspirándose en las normativas del Antiguo Testamento. El momento histórico culminante de la institución legislativa de la contribución a la Iglesia mediante los diezmos y primicias tuvo lugar en los siglos del XI al XIII, coincidiendo con el feudalismo. La crisis de los diezmos sobrevino cuando en la Edad Moderna la economía agraria se transformó en capitalista. Las causas fundamentales fueron la ruptura de la unidad religiosa en Europa con el resurgimiento del protestantismo y la industrialización. Estas circunstancias hicieron que los diezmos desaparecieran en Francia durante la revolución, en el año 1789. En España fueron abolidos por la desamortización de Mendizábal el año 1837. En sustitución de los diezmos surgieron los aranceles eclesiásticos, obligaciones económicas con las que los fieles  aportaban una ayuda en metálico a la Iglesia, con ocasión de recibir un sacramento o un servicio religioso. La legislación antigua del Derecho Canónico de Benedicto XV, año 1917, en el canon 1.502 establecía la obligación cristiana de ayudar a financiar la Iglesia con la bíblica expresión de pagar diezmos y primicias, dejando el modo de cumplir este precepto a los peculiares estatutos o costumbres laudables de cada región. El vigente Derecho Canónico, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1983, recuerda en el canon 222 el quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia con estas palabras: "Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros". El canon no especifica ni el sistema de aportación económica ni la cuantía. Deja a la autoridad del Obispo o de las Conferencias Episcopales el sistema de contribución a la Iglesia. Este precepto puede cumplirse también con prestaciones personales.
            En la Archidiócesis de Madrid se suprimieron los aranceles el año 1965, siendo Arzobispo D. Casimiro Morcillo. Desde entonces hasta nuestros días los fieles ayudan al sostenimiento de la Iglesia mediante aportaciones económicas voluntarias, con ocasión de recibir los sacramentos o servicios religiosos; y también por medio de donativos, colectas, cepillos o suscripciones periódicas.
            Desamortización de Mendizábal
            Juan Álvarez Mendizábal nació en Cádiz el 25 de Febrero de 1790, y murió en Madrid en Noviembre de 1853. Era descendiente de judíos. Sus padres fueron comerciantes de objetos viejos, ropavejeros. Desde muy joven mostró especiales cualidades para el mundo de las finanzas. Era político independiente, liberal y anticlerical. Exilado por el gobierno español en 1823, vivió en Londres doce años, donde montó un gran negocio y se hizo inmensamente rico, consiguiendo un gran prestigio entre los ingleses. Más tarde fue repatriado por el Gobierno español, afín a sus ideas políticas, y fue ministro de Hacienda tres veces, llegando a ser jefe del Gobierno desde el 15 de Septiembre de 1835 al 15 de Mayo de 1836, es decir ocho meses. El 11 de Octubre de 1835 declaró disueltas todas las Órdenes religiosas existentes en España, excepto las dedicadas a la pública beneficencia. El 19 de Febrero de 1836 declaró la venta de los bienes de la Iglesia para pagar la deuda nacional y solucionar el gravísimo problema social que existía entonces en España.
            La desamortización eclesiástica fue un expolio de los bienes de la Iglesia, difícilmente justificable desde el punto de vista legal y moral. Usurpadas las posesiones eclesiásticas, fueron subastadas  públicamente con el resultado que se preveía: conseguir que los ricos, gobernantes y políticos compraran más posesiones subastadas, así se hicieran más ricos y los pobres más pobres y el Estado se quedó con las mismas o más trampas que antes tenía.
            Ayuda económica del gobierno a la Iglesia

            El Gobierno debe seguir contribuyendo a la financiación de la Iglesia, aun en el caso hipotético de que haya restituido ya los bienes usurpados con motivo de la desamortización de Mendizábal, porque la Iglesia es una Institución social importante y una Sociedad benéfica que contribuye, como ninguna otra, a solucionar los problemas sociales de educación cívica, atención sanitaria, pobreza y marginación del Mundo. Por tanto, queda suficientemente probado que el Estado no regala a la Iglesia nada con las asignaciones económicas que le concede, sino que cumple una obligación de justicia, invirtiendo parte de los fondos de los españoles para un bien común de la Sociedad.