sábado, 9 de marzo de 2019

Domingo I de Cuaresma. Ciclo C

DOMINGO I DE CUARESMA

           Conversión
Conversión sacramental
Conversión teológica
Conversión misteriosa de infinita misericordia
Conversión cósmica.

 Conversión
 Toda la vida cristiana es una permanente y progresiva conversión evangélica  en diversas etapas y modalidades. Aunque todos los tiempos litúrgicos son en su esencia de conversión, la  Iglesia señala dos  especiales: Adviento como preparación para la Navidad y Cuaresma para la Resurrección.
La conversión es el tema fundamental de toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Consiste en corresponder a la vocación de santidad a la  que cada cristiano está llamado por el Espíritu Santo en el bautismo. Se supone difícil porque se imagina que tiene que ser excepcional, espectacular, como la de los santos de relumbrón, extraordinarios, modelos admirables, pero no imitables en todos sus actos, sino solamente en sus actitudes, porque la santidad es personal.  Convertirse no es cambiar  la personalidad, la manera substantiva de ser,  sino  la manera de proceder en el virtuoso obrar: en el cumplimiento de la voluntad de Dios, en la lucha contra el pecado y en la moderación virtuosa del propio temperamento o carácter. La conversión tiene que dar sus propios frutos de perfección, porque el que no fructifica en buenas obras  no se ha convertido, es un enfermo o un pecador redomado.


Conversión sacramental
La primera conversión que se realiza en el hombre es en el bautismo, que convierte al hombre, nacido en pecado, en hijo de Dios, heredero de su reino y lo incorpora al Cuerpo místico de la Iglesia. El bautizado por el agua y el Espíritu Santo queda regenerado  en una nueva criatura con una segunda naturaleza divina, participada de Dios. Mientras es bebé, sin conciencia de sus actos, sigue siendo hijo de Dios, aunque no sepa esa sublime y sobrenatural  realidad de filiación divina hasta el uso de razón, momento en que empieza la responsabilidad moral. Los bautizados que nunca llegan a tener conciencia de sus actos, permanecen en ellos el estado de gracia inalterable que recibieron en el bautismo hasta su muerte, y después van al Cielo; y los que tienen cierta lucidez mental,  esporádica, son juzgados por Dios con singular  misericordia.
En el bautizado normal  la gracia bautismal está sometida a un proceso de conversión sacramental, pues en cada sacramento recibe su gracia específica, según las disposiciones en que lo recibe,  principalmente  en la Penitencia y  en la Eucaristía.
El sacramento de la Penitencia convierte al pecador que ha roto la amistad con Dios por el pecado grave en amigo suyo; y en el que ha mantenido su amistad con Él en íntima relación o con faltas o imperfecciones lo santifica.
El sacramento de la Eucaristía cristifica al bautizado que lo recibe con fe y buenas disposiciones, y no por rutina o costumbre, y lo alimenta con el  Cuerpo y la Sangre de Cristo. 

Conversión teológica
La conversión no es sólo el paso de la vida de infidelidad a  la vida de fe, sino también de la vida de pecado a la vida de gracia en progresivo crecimiento; y también de la vida de gracia  al culmen de  la  santidad en distintas dimensiones.

Conversión misteriosa de infinita misericordia
Es un hecho evidente que en nuestras familias, amistades, compañeros de trabajo, vecinos, conocidos,    existen bautizados que no practican la fe católica habitualmente, y solamente participan en actos religiosos de compromiso; y también no bautizados de otras religiones o de ninguna, que muchos son honrados y buenos, tanto o más que los cristianos. ¿Entonces, no se convierten?
La sabiduría infinitamente misericordiosa de Dios tiene  caminos inimaginables para que el hombre bautizado o no bautizado se convierta, porque juzga la moralidad de los actos del hombre con criterios  de un Dios encarnado, que vivió, padeció y murió en la cruz, derramando sangre divina para salvar a todos los hombres. ¿Cómo? ¡Misterio!  El juicio de Dios sobre el pecado  no es matemáticamente como enseña la Moral Católica, al pie de la letra, porque el pecado no es un una simple trasgresión de la ley, sino una ofensa qu el hombre hace a Dios, misterio de maldad personal, como define el Concilio de Trento. Muchos hombres cometen actos malos, según la estimación de la justicia humana y cristiana, pero no todos son pecados, ofensas a Dios en su presencia divina, porque existen muchas causas humanas que eximen de responsabilidad moral católica, como por ejemplo: la ignorancia, la incapacidad humana de concebir las cosas, y sobre todo la malicia del pecado, la pasión que perturba o anula la responsabilidad, el desequilibrio orgánico, causas físicas, psicológicas, psíquicas, educación y cultura. A medida que van pasando los años, cada vez estoy más convencido de que la mayoría de los hombres se salvan por estas y otras muchas razones, no conocidas. Es muy difícil que el hombre, en su ser natural puro, cometa un acto humano, llamado pecado mortal, tan grave que en la presencia de Dios merezca el infierno eterno, que existe.  El pecador comete el pecado, según su capacidad intelectual y formación de moral católica que tiene, el sacerdote lo perdona en el Sacramento del Perdón, y Dios lo juzga y condena en su auténtica realidad.   

Conversión cósmica
Este mundo en que vivimos no será convertido  en un caos, ni aniquilado, sino convertido en otra realidad diferente, infinitamente superior y mejor que la actual en una conversión cósmica de unos cielos nuevos y una tierra nueva de toda la creación glorificada en la que habrá  paz absoluta y completa, felicidad total de amor en la visión y gozo de Dios eternamente.

martes, 5 de marzo de 2019

Miércoles de Ceniza. Ciclo C.

MIÉRCOLES DE CENIZA
CUARESMA

Intentaré exponer el tema CUARESMA con cierta  lógica coordinada en cuatro puntos: Origen, estructura, naturaleza, temario: oración y penitencia.

Origen
Desde los primeros siglos del cristianismo se observó en la Iglesia la práctica de la oración y penitencia en todo tiempo, como una norma evangélica de vida cristiana. En el seno de las primeras comunidades cristianas fue extendiéndose progresivamente el espíritu cuaresmal de oración y penitencia, observándose prácticas que dictaban los obispos para los fieles de sus diócesis. No se sabe cuándo ni cómo surgió la Cuaresma propiamente dicha para todos los fieles de la Iglesia universal. Las primeras alusiones directas  aparecieron en Oriente, a principios del siglo IV, y en Occidente a fines del mismo siglo, según los expertos historiadores de la Liturgia.  A lo largo de la Historia de la Iglesia se fue configurando el año litúrgico, dando primordial importancia, como tiempos fuertes de oración y penitencia, al Adviento, como preparación al nacimiento de Jesús, y a la Cuaresma, como preparación intensiva para la Pascua de Resurrección.
Desde hace siglos, la Iglesia ha ido cambiando  la celebración de la Cuaresma, quedando sustancialmente estructurada desde hace tiempo como la de hoy con variantes accidentales, adaptadas a los tiempos.
Estructura
La Cuaresma empieza el miércoles de Ceniza y termina  justo antes de la “Misa del Señor” en la tarde del Jueves Santo.
 La ceremonia del miércoles de ceniza se celebra dentro de la celebración de la Eucaristía con la imposición de ceniza, elaborada de la quema de los ramos del domingo de Ramos del año anterior. Significa el origen del hombre y su fin: polvo, y la caducidad de su vida.  La impone el celebrante sobre la cabeza o frente de los fieles con estas palabras: “Conviértete y cree en el Evangelio o Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”.
 El tiempo de Cuaresma es de cuarenta días. Está figurada en varias referencias bíblicas: en los cuarenta días que duró el diluvio, en los cuarenta años que duró la travesía del pueblo de Dios desde Egipto a Palestina, la tierra prometida y, sobre todo, en  la cuarentena que Jesús pasó en el desierto  en ayuno y penitencia preparándose para la vida pública. Comprende seis domingos, contando el domingo de Ramos.
Naturaleza
La Cuaresma ha tenido siempre en la Iglesia un carácter especialmente bautismal de penitencia, porque es una Comunidad bautismal-penitencial-eclesial. Los cristianos de los primeros siglos se bautizaban en cuaresma, se acercaban al sacramento de la Penitencia, y los grandes pecadores, apartados de la Iglesia por sus pecados graves, eran reinsertados a ella por el sacramento del perdón,  principalmente en la Vigilia Pascual.

Temario: oración y penitencia
El tema central de la Cuaresma es  la conversión de todos los fieles: la de los pecadores a la vida de gracia, la de los buenos a la vida de la santidad,  y la de los santos a una santidad en la  mayor perfección posible, porque todos los cristianos tenemos que convertirnos.
El Concilio Vaticano II ha estructurado la Cuaresma como un tiempo especial de oración, de intensa escucha de la Palabra de Dios y penitencia, con una orientación pascual-bautismal (SC 109).  Es el tiempo de una experiencia oficial en el misterio pascual de Cristo: “Padecemos juntamente con Él, para ser también juntamente glorificados” (Rm 8,17).  Podríamos decir que es para toda la Iglesia como unos ejercicios espirituales intensivos de cuarenta días en los que los fieles imitan el ejemplo de Cristo en toda su vida, principalmente en su pasión y muerte, para celebrar la Pascua de Resurrección, con miras a nuestra resurrección al final de los tiempos.
La cuarentena penitencial es un tiempo especial para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las privaciones voluntarias (ayuno, limosna, comunicación cristiana de bienes, obras caritativas y misioneras) (Cat 1438) y las peregrinaciones, como signo de penitencia. Se recomiendan reuniones de oración, celebraciones de la Eucaristía, del sacramento de la Confesión y celebraciones de la Palabra, la práctica de la penitencia o mortificación con equilibrio y el ejercicio voluntario del sacrificio en todas las ocasiones de la vida ordinaria. Es decir, la cuaresma para un cristiano es un tiempo de gracia en el que tiene que empeñarse en que toda su vida sea orante y operativa con especial intensidad que en otros tiempos litúrgicos.  Enunciamos las penitencias que se deben observar siempre, pero especialmente en Cuaresma, por mandato de la Iglesia.

Penitencias obligadas
La primera penitencia obligada para todo cristiano es cumplir la ley penitencial que manda la Iglesia:
 “En la Iglesia universal son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma (c 1250).
Actualmente el ayuno y la abstinencia se guardarán solamente el miércoles de Ceniza y el viernes Santo.
El ayuno obliga a todos los cristianos mayores de edad (18 años) hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve (c 1252).
La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años.
La abstinencia de carne se puede cambiar en los demás viernes del año por un acto de piedad, de caridad o limosna, pero no en los viernes de Cuaresma. La penitencia de abstención de carne es principalmente la obediencia a la Iglesia, más que no comer carne. 
Además es muy buena, y en cierta manera necesaria, la penitencia libre del sacrificio voluntario de aprovechar todas las ocasiones imprevistas que se presenten, incluso buscarlas, para ofrecer a Dios pequeñas penitencias, que valen mucho para reparar los pecados propios y ajenos, santificarse y santificar a todos los miembros de Cuerpo Místico de la Iglesia. Las penitencias importantes no se deben usar sin el consejo del confesor, o como esté establecido en las reglas o constituciones de un Instituto u obra aprobada por la Iglesia.

Principales penitencias
Voy a enumerar sin explicación alguna las principales penitencias que causan paz, felicidad en la Tierra y garantizan el Cielo:

- Recibir con frecuencia el sacramento de la Penitencia.
- El cumplimiento del deber.
- La aceptación total de sí mismo en la carencia o limitación  de las cualidades;
- La humillación de los propios pecados que se repiten.
           - La renuncia constante a la propia voluntad caprichosa.
           - La guerra declarada al egoísmo.
           - El sacrificio costoso de la convivencia familiar, laboral, social y amistosa.
- La aceptación de todos los acontecimientos que suceden y no se pueden remediar.

sábado, 2 de marzo de 2019

Domingo VIII. Tiempo Ordinario.Ciclo C



 ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo” Lc 6, 39-45

Para predicar la homilía en este domingo VIII del tiempo ordinario, ciclo C, voy a fijar mi atención en una frase del Evangelio de San Lucas, que es fundamento para la vida cristiana: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo”.

Sin duda alguna que el conocimiento propio es la asignatura más difícil de  la carrera de la santidad que se cursa en la Universidad de la vida, porque en la esencia íntima de nuestro propio ser radica el egoísmo, que nos impide ver las cosas con objetividad. Vemos en el prójimo defectos y pecados más grandes  que los que tenemos nosotros: la mota en el ojo del hermano y no vemos la viga en el nuestro.
El amor propio o egoísmo nos hace aminorar o justificar nuestros defectos y pecados, aunque sean importantes y graves, y agrandar y condenar los defectos de nuestros hermanos, aunque sean iguales que los nuestros y aún más pequeños. Se parece nuestro comportamiento al de los niños cuando riñen, que echan en cara a sus compañeros los mismos pecados que ellos cometen, incluso calumniando a los inocentes. La malicia del corazón de los hombres malos consiste en culpar a todos los hombres de los mismos males que ellos cometen, según dice el refrán castellano: Se cree el ladrón que todos son de su condición.
La verdad de la moralidad de los hombres está en la íntima esencia de su corazón. Lo que realmente somos, buenos o malos, es una realidad exclusiva del misterioso conocimiento de Dios Padre, infinitamente misericordioso. 
         En los juicios humanos hay una declaración del propio reo con derecho a la propia defensa; un abogado que defiende al reo; un fiscal que le acusa; unos testigos que acusan defienden; y un juez que, después de estudiar todos los factores del caso en cuestión, condena y absuelve. En cambio, nosotros, sin conocer las causas del proceder del hermano, condenamos injustamente a nuestro prójimo, sin conocer a fondo a las personas a quienes juzgamos y condenamos, ni las motivaciones de su obrar ni sus circunstancias.
Somos inconsecuentes e injustos con nuestros hermanos, a quienes juzgamos y condenamos sin suficientes elementos de juicio. 
Es muy difícil saber dónde está la verdad humana,  pues todo depende de muchos factores: de la capacidad intelectual del hombre, de la educación que se ha recibido en familia, en Sociedad y en la Iglesia, de la moral de costumbres buenas, de los signos de los tiempos.
No llegamos a conocernos  bien porque nos fiamos solamente de nuestro propio criterio. No estamos de acuerdo con la opinión que los demás tienen de nosotros mismos, y no hacemos caso a los que nos reprenden con cariño. Alguien dijo que el  que se hace maestro de sí mismo se constituye en maestro de un tonto.
         Nos ayuda mucho al propio conocimiento la oración, examen de conciencia, lectura espiritual, confesión, director espiritual.

         Con el trato amistoso con Dios, mantenido en humildad y obediencia, se llega uno a conocer poco a poco, aunque difícilmente del todo.  En reflexión sincera y humilde de examen sobre la propia vida, sin apasionamiento, y admitiendo la posibilidad de estar equivocados o ser algo, aunque no todo, de lo que se nos acusa, podemos llegar a conocer nuestros fallos y a arrepentirnos de nuestros pecados.  Con la ayuda de un buen libro de espiritualidad, el consejo de personas santas, aunque sean seglares, y sobre todo con la ayuda de sacerdotes virtuosos, confesor o directores espirituales, podemos conseguir con la gracia de Dios el conocimiento propio y adecuado.
Solemos tener un defecto importante: obrar como a nosotros nos parece, diciendo que hemos consultado nuestras decisiones. Y, en realidad, muchas veces no hacemos otra cosa que hacer lo que queremos, respaldados falsamente en lo que decimos que se nos ha aconsejado, que es lo  que nosotros hemos preparado con maniobra  que se nos diga. Pongamos un ejemplo. Imaginemos que un profesor quiere hacer un viaje a un país lejano, que es muy costoso, y tiene que gastar mucho dinero. Y consulta a un sacerdote que quiere hacer un viaje para instruirse, culturizarse, con el fin de poder luego hacer bien a los alumnos. La verdad es que quiere viajar porque le gusta y disfruta viendo muchas cosas bonitas, que merece la pena. Pero para tranquilizar la conciencia de gastar demasiado dinero dice que quiere hacer un viaje cultural ¿Qué le va a decir el sacerdote? ¡Que haga ese viaje! Todo depende de cómo se haga la consulta.            
            El que es bueno todo lo echa a buena parte, todo lo excusa, todo lo justifica, todo lo comprende, conforme nos enseña la Palabra de Dios por medio de San Pablo: La caridad todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1ª Co 13,7).
            El amor verdadero, por ejemplo el de una madre o el de un  padre, busca siempre motivos para justificar y perdonar  al hijo que se porta mal o ha cometido algún error, pecado o delito: “Él es bueno, tienen la culpa de su mal los amigos, las desviadas costumbres de los tiempos, la moda... Es bueno, pero le pilló en un mal momento de nervios y obró inconsecuentemente de manera inculpable... Es bueno,  pero las circunstancias de las injusticias le obligaron a cometer ese acto o ese pecado, justificable en cierto sentido.
            El que es bueno, nos dice el Evangelio de hoy, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien; y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, habla la boca.
            El que tiene el corazón limpio, su mirada será limpia y verá en el prójimo el reflejo de la bondad que hay en su corazón. En cambio, el que es malo, la malicia de hay en su corazón y en sus obras la aplica a los demás, por aquello de que “se cree el ladrón que todos son de su condición”.


sábado, 23 de febrero de 2019

Domingo Séptimo. Tiempo Ordinario Ciclo C


   “Perdonad y seréis perdonados” (Lc 6,37).

A Pedro, el gran apóstol de los contrastes temperamentales, le resultó difícil entender esta lección evangélica. Y, apasionado, como siempre, en un arranque de corazonada instintiva preguntó al Maestro:

•       Señor, y si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Suponía el bueno de Pedro que había exagerado los límites de la generosidad en el perdón a los enemigos, determinando el número de veces hasta siete. Y su sorpresa llegó a su colmo, cuando oyó la respuesta de Jesús:
No siete veces, sino setenta veces siete. Es decir siempre.
El Evangelio que Jesús predicaba producía efectos sorprendentes en los que lo escuchaban con fe, porque Él era consecuente con su Palabra: cumplía a la perfección lo que enseñaba. Donde quizás aparece este ejemplo con un argumento contundente de claridad meridiana fue en el momento de la cruz, en el que perdonó con amor inconcebible a sus mismos enemigos que le habían crucificado:
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
El amor a los enemigos no es un consejo evangélico que propuso Jesús a una casta privilegiada de cristianos, vocacionados para una santidad heroica; ni una invitación a la máxima perfección del amor cristiano. Es un precepto del Señor, que ya existía en el Antiguo Testamento (Lev 19,17 -18;Éx 23,4-5; Prov 25,21), entendido humanamente con condicionamientos.
Jesucristo, que es la plenitud de la Ley, nos lo explica en el Evangelio en la parábola del siervo que debía millones a su rey (Mt 18,23-35). Y nos lo manda en muchos textos, de los que seleccionamos tres importantes:
•       “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? ¿No hacen eso mismo los paganos?”. Y si saludáis solamente  a vuestros hermanos ¿qué hacéis de especial? (Mt 5,44-47; Lc 6,27-35).
       “Porque si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre perdonará las vuestras” (Mt 6,14-15).
       “Perdonad y seréis perdonados” (Lc 6,37).

Es condición indispensable para ser verdaderamente hijos de Dios amar a nuestros enemigos y rezar por ellos, si queremos distinguirnos de los paganos que suelen tratar a los demás como ellos son tratados. Es, además, necesario perdonar a los que nos ofenden para recibir el perdón de Dios, conforme pedimos en la oración dominical: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Para cumplir el precepto del amor al enemigo son necesarias dos condiciones esenciales: la oración y el perdón de las ofensas.
Es evidente que la oración por los enemigos no puede ser  igual que la que se hace por familiares y amigos; ni tampoco el perdón de las ofensas. Basta con que la oración sea sobrenatural, de la manera que cristianamente sea posible, aunque se sienta rechazo instintivo y revolución pasional en el interior. Como norma general se podría cumplir esta costosa obligación rezando consecuentemente la oración del Padre nuestro, en la que condicionamos el perdón de Dios al modo como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
El perdón de las ofensas consiste esencialmente en erradicar del corazón el odio y la venganza. Es decir en no tomarse la justicia por mano propia.  El odio es irreconciliable con la Palabra de Dios: “El que odia a su hermano es un homicida, y vosotros sabéis que ningún homicida tiene la vida eterna en sí mismo” (1 Jn 3,15). “Si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso. El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve. Éste es el mandamiento que hemos recibido de Él: que el que ame a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4,20-21).
El fundamento teológico del amor al enemigo no puede ser más claro y sencillo: Todo hombre, de cualquier color, raza, país, ideología, credo, es hijo de Dios, incluso mi enemigo, que es también hermano mío. Por consiguiente, el enemigo es mi prójimo, objeto del amor evangélico del mandamiento nuevo del Señor. Sin embargo, esto no quiere decir que hay que amar al enemigo de la misma manera en sentimientos y obras que al amigo, cosa que es un contrasentido humano y un precepto cristiano imposible de cumplir. Y es natural, pues la ofensa levanta la piel del alma, resquebraja el corazón, revoluciona las pasiones, provoca la ira y puede suscitar el odio y la venganza.
Teniendo en cuenta estas alteraciones sensibles en el cuerpo con repercusiones en el alma, conviene saber que no se opone al precepto del amor al enemigo:
  • Sentir instintivamente repulsión hacia él.
  • Revolverse por dentro.
  • Desearle algún correctivo temporal, que no sea un mal espiritual en sí mismo, con el fin de que valore el daño que ha hecho, se arrepienta, y deje de hacer más el mal socialmente.
  • Exigir que se cumpla con él la justicia.


¿Cómo tiene que ser el amor al enemigo?
Es suficiente que sea sobrenaturalmente humano, expresado de manera educada, diplomática, virtuosa, pues se supone que el enemigo quiere para ti el mal, aunque él lo considere subjetivamente un bien y equivocadamente hasta un derecho.
Si tu enemigo te ha ofendido gravemente, perdónalo con corazón cristiano, pero si antes fue tu amigo, salvo raras excepciones, es preferible que no renueves la amistad que antes tuviste con él, pues “quien hace un cesto hace ciento”. Regálale el trato que merece un conocido o, como mínimo un extraño.
En las ofensas que existen entre padres, hijos, hermanos y amigos de verdad, es difícil averiguar quién tiene la razón, pues cada uno suele tener alguna parte de culpabilidad, a causa del carácter o la pasión del amor propio, si bien algunas veces hay inocentes. Difícilmente se concilia con el Evangelio que padres, hijos, hermanos, familiares íntimos y amigos de verdad no se hablen. Sin embargo, pueden existir razones para tratarse solamente en acontecimientos nucleares de familia y con las debidas cautelas, como, por ejemplo, en bautizos, bodas, enfermedades, entierros y otros actos sociales de importancia. El egoísmo ciega al hombre y le hacer ver las cosas bajo la óptica de intereses personales, “llevando las aguas a su molino”. ¿Quién llevará verdaderamente la razón a los ojos de Dios? ¿Quién será culpable o inocente? Sólo Dios Padre puede evaluar, desde su infinita misericordia, los frecuentes casos de familiares íntimos y amigos que, sin razones de peso, se niegan la palabra.
Escudriñando las ofensas que recibimos con un buceo profundo de espiritualidad, se llega a la conclusión de que las ofensas son gracias de Dios que nos ocasionan la oportunidad de llegar a conocernos íntimamente, pues remueven en nuestro interior las pasiones que esconden el veneno potencial de maldad que llevamos dentro; y hacen que se nos caigan las escamas que cubren la presunta santidad que no tenemos. Gracias a las adversidades de la vida, a las miserias humanas, al pecado, a las ofensas y roces en la convivencia social vamos conociendo al ídolo falso de amor propio a quien damos culto en el templo de nuestro corazón vanidoso.
El perdón total que tú puedes regalar a tu mayor enemigo es un modo heroico de perdonar, al estilo de Jesucristo.
No te preocupes porque habiendo perdonado a tu enemigo, no puedes olvidar su ofensa. La frase popular de “perdono pero no olvido” puede tener doble interpretación. “Si perdono pero no olvido” significa para ti que tienes en cuenta lo que el enemigo te ha hecho para cobrarte de una deuda que te debe, no perdonas, te vengas. En cambio, “si perdono pero no olvido” quiere decir que no puedes borrar de tu memoria las ofensas que te hacen, por causas humanas, pero no quieres hacer el mismo mal que a ti se te ha hecho, perdonas aunque no olvides.
¿Cómo puedes negarte a perdonar a tu hermano, habiendo sido tú perdonado muchas veces por Dios?
Comprende con el corazón los pecados y miserias de los hombres, pensando que cada uno es distinto a los demás y ama y perdona con distinta medida. Pide perdón a quien sabes que has ofendido. Algunas veces el buen comportamiento con quien has ofendido vale tanto o más que un rito de palabras.
Aunque no te sientas formalmente culpable, si has ocasionado molestias, presenta con educación disculpas y lamenta el daño que hayas producido, sin tú quererlo, reparando los daños que has causado; y procura poner todos los medios que tienes a tu alcance para evitar otros.
Si pides perdón a tu enemigo y él te lo niega, quedas perdonado por Dios, pues Él es, en verdad, quien juzga la malicia del corazón del hombre.
Puede ser que tú conscientemente nunca hagas mal a nadie. Pero no puedes evitar que otros se hagan daño contigo sin tu culpa. Es necesario revisar constantemente nuestros actos para ver con ojos humildes la visión objetiva de las cosas, pues la miopía del amor propio nos hace ver en otras ofensas que no nos hacen. Convéncete de que muchos no te ofenden tanto como tú te sientes ofendido. La ofensa no es como tú la recibes, ni tal vez como otros te la hacen, sino realmente como es en la presencia de Dios que valora los actos morales en verdadera justicia misericordiosa.
Reconoce humildemente que todos somos unas veces ofensores y otros ofendidos. Mala señal es ver siempre malicia en los hombres, pues hay mucha bondad oculta en los santos del silencio; y gran ingenuidad es también ver que todo el mundo es bueno. El valor moral de los actos buenos o malos de los hombres es una exclusiva de Dios infinitamente misericordioso, únicamente.
En la convivencia familiar, amistosa, laboral y social, tu manera de ser, aunque sea muy virtuosa en la presencia de Dios, molestará siempre a algunos. No hay santo que guste a todos. Tú no tienes que ser como el otro, ni el otro como tú. Cada uno debe ser virtuosamente él mismo. En una comunidad de santos canonizables todos tienen que sufrir unos con otros los defectos temperamentales, miserias y debilidades, propias de la naturaleza humana. El modo personal con que cada miembro de una Comunidad vive un mismo modelo de santidad carismática, en régimen interno disciplinario, es para una ocasión de admiración y ejemplo; para otros extrañeza, desedificación o escándalo; y para toda oportunidad para una virtuosa y santificadora mortificación más o menos molesta.
El bien que tú haces puede ser conceptuado por algunos como un mal, sin ninguna responsabilidad tuya; y el mal que haces puede convertirse para otros en vehículo del bien, sin mérito tuyo. Cada uno tiene un concepto diferente del bien y del mal, pues, aunque sea católico, la moralidad objetiva de la Iglesia queda en definitiva subjetivada en cada hombre. Te aconsejo que hagas la siguiente petición: Perdona, Señor, a quien se hizo mal con mi bien, sin yo saberlo ni quererlo, y premia a quien recibió bien por medio de mi mal.
No te hagas la víctima pensando que son otros los culpables del mal que te sucede, porque no es así. En las ofensas unas veces somos ofensores y otras ofendidos en porcentajes de culpabilidad o inocencia que habría que demostrar. Provienen muchas veces de desequilibrios psíquicos, celos, envidias, venganzas y otras causas fundadas en el egoísmo, que es el monopolio del amor propio. Procura tú no hacer daño a nadie a sabiendas y aprende a excusar con generoso corazón cristiano a quienes te ofenden o molestan, buscando una caritativa justificación en la intención y en la acción de los que te ofenden. Pero en los casos de quebrantamiento grave de la justicia, defiende tus derechos para evitar el mal que repercute en el bien común.
Perdona como tú quieres ser perdonado, pues el perdón es amor multiplicado por dos. No te pido que me disculpes, te ruego simplemente que me comprendas y perdones, porque estoy necesitando el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia. Te agradezco sinceramente el perdón que me has regalado, pero tengo contra ti la manera brusca de perdonarme, que me hace daño. Tu perdón me parece más que un acto de caridad un ejercicio de la justicia. Te agradezco que me hagas los cargos, moniciones, avisos y correcciones oportunas, pero si no lo puedes hacer en un clima pacífico y tono de amor comprensivo y cariñosamente exigente, perdóname en silencio.
No esperes a que se corrija de sus defectos el que convive contigo, corrígete tú de los tuyos y evitarás muchos disgustos. Como lo que se discute en familia o ambiente de amistad suele ser intrascendente, es preferible muchas veces el silencio a la defensa de tu verdad, pues dice un refrán castellano que “dos no riñen si uno se calla. Si realmente te consideras inocente de la ofensa que te inculpan, por amor a la paz es preferible pasar por culpable, siendo inocente, antes que defender derechos tontos por justicia, engendrando guerra. El enfado que proviene del egoísmo o de la cerrazón enturbia o corrompe el amor.
Cuando tu interlocutor con quien discutes es incapaz de dialogar, porque tiene la cabeza cuadriculada y no entra en razones, déjale con su “razón”, aunque no la tenga, pues tratar de defender la verdad con quien no es capaz de dialogar, es una tontería y una pérdida de tiempo.
A medida que vayas siendo mejor, te parecerá que muchos hombres no son tan malos como a ti te parece. El prójimo, aunque sea un gran pecador, en su ser ontológico es Cristo. El santo no critica a nadie y a todos excusa, porque está convencido de que él podría haber sido tan malo como el primero, si no hubiera contado, desde siempre, con el diluvio de gracias que Dios le regaló, desde el primer instante de su ser.









































sábado, 16 de febrero de 2019

Domingo Sexto. Tiempo Ordinario. Ciclo C


RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

"Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido" 1Co 15,12

La creencia en la resurrección de los muertos forma parte integral de los artículos de la fe, como afirmamos en el Credo de la iglesia Católica que rezamos en la Santa Misa: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”

Nadie que se considere católico de manera consecuente puede negar la verdad revelada de que Cristo nos resucitará en el último día (Jn 6,39-40).

            Cuando morimos, el alma se separa del cuerpo y es juzgada por Dios en juicio  particular con sentencia eterna, que será confirmada públicamente delante de todos los hombres en el día del juicio universal, al final de los tiempos. Y el cuerpo, muerto para la vida, volverá a la tierra, de la que fue hecho, para esperar el día de la resurrección de los muertos.

Cuando llegue el último día, el fin del mundo, todos los muertos “resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc de Letrán IV: DS 801), transformado en  cuerpo de gloria (Flp 3,21), “en  cuerpo espiritual” (1 Co 15,44; Cat 999).

     La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

            “El Señor mismo, a la señal dada por la voz de un arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del Cielo, y los muertos unidos a Cristo resucitarán (1 Ts 4,16; Cat  1001).

Nadie sabe el día en que este acontecimiento espectacular tendrá lugar, ni tampoco cómo, porque no ha sido revelado. Este hecho sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe” (Cat 1000).

Esta es la sustancia de la fe católica respecto del dogma de la resurrección de los muertos. Todas las demás explicaciones son teorías de teólogos que hacen sus propios discursos, más o menos fundados, sobre estas verdades innegables.

Santo Tomás de Aquino, y con él la mayoría de los teólogos, piensa que resucitará el mismo cuerpo que tenemos ahora con su propia materia, numéricamente la misma. “Para que resucite el mismo hombre numéricamente, no se requiere que todo cuanto estuvo materialmente en él durante la vida se tome de nuevo, sino solamente lo suficiente para completar su debida cantidad”.

            El Catecismo de San Pío V que recoge las doctrinas del Concilio de Trento, dice que los cuerpos gloriosos gozarán de cuatro dotes principales:
- impasibilidad” , “esto es una gracia y dote que hará que los cuerpos no puedan padecer ninguna molestia ni sentir dolor o incomodidad alguna; pues nada les podrá hacer daño, ni el rigor del frío, ni la fuerza del calor, ni el furor ni de las aguas”.
- “Sutileza” o dote por el que el cuerpo glorioso “se sujetará completamente al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio.
- “Agilidad” “en virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime; y tan fácilmente podrá moverse adonde quisiere el alma, que no será posible hallarse nada más veloz que su movimiento”.
                 - “Claridad”  por la que brillarán como el sol los cuerpos de los santos.

Será un resplandor supranatural con más luminosidad que la más brillante de las estrellas


El cuerpo glorioso podrá trasladarse a sitios remotísimos, atravesando distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. Sin embargo, este movimiento, aunque rapidísimo, no será instantáneo.


Al estar resucitado el cuerpo, los sentidos tendrán su propia gloria, de modo que cada uno podrá ejercer, si quiere, su propia función, en grado eminente con gozo accidental, pues la glorificación esencial consistirá en la visión, posesión y gozo de Dios totalmente y para siempre.

Santo Tomás de Aquino llegó a decir que las cicatrices de las llagas de Cristo y las de los mártires resplandecerán en el Cielo como focos que proyectarán luz sin deslumbrar con brillo especial.





sábado, 9 de febrero de 2019

Domingo V. Tiempo Ordinario. ciclo C

            Comentario evangélico:
            Y dejándolo todo lo siguieron
             
            Comentario  evangélico

Este evangelio que voy a comentar con imaginación sucedió en los primeros meses de la vida pública de Jesús en el lago de Genesaret. El lago está formado por las aguas del río Jordán que lo cruza, y sigue luego su curso para desembocar en el mar Muerto.  Sus aguas cristalinas corren   favoreciendo en tiempos marítimos la cría y estancia de numerosos peces.
Un día, a la salida del sol, estaba Jesús paseando por la orilla del Lago y observó dos cosas: que Pedro y su hermano Andrés estaban recogiendo las redes, después de haber estado bregando toda la noche, si haber pescado nada; y que sus íntimos amigos Juan y Santiago lavaban las redes y las remendaban en la playa. Había muchos familiares  esperando la llegada de las barcas de los pescadores con la esperanza de que trajeran buena pesca.
 Cuando el público advirtió la presencia de Jesús, cuya fama de predicador ya estaba extendida por todas partes, se agolpó a su alrededor tanta gente para escuchar la palabra de Dios, que por la estrechez de la playa obligó a Jesús a acercarse a Pedro para rogarle que retirara la barca un poco de tierra. Entonces Pedro, acompañado de su hermano Andrés, la dejó flotando en las aguas, amarrada con cuerdas a un picacho de la roca.  Luego Jesús, se arremangó la túnica y con aire señorial se sentó en la proa, haciendo de la nave un púlpito, y predicó  la Palabra de Dios.  
Terminada la predicación, Jesús   dijo a Pedro:
- Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
Pedro quedó extrañado del mandato, y pensó que Jesús sabía mucho de Sagrada Escritura, como buen Profeta, pero de pesca poco o casi nada. Y con la autoridad de quien dominaba el oficio, respondió a Jesús con respetuosa confianza:
- Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero por tu palabra echaré las redes.
            Pedro, obediente a la Palabra del Señor, arrojó las redes al agua; y al momento capturaron milagrosamente tal cantidad de peces que se rompían las redes. Jesús sabía con su ciencia divina que en el momento preciso de mandar a Pedro echar las redes, ocurriría el hecho sorprendente de que pasaría por allí un banco de peces, que se había formado por la corriente de las aguas, cosa muy frecuente en el Lago en aquella época. Como no podían cargar tanta pesca en la barca, Pedro y Andrés hicieron señas a  Santiago y Juan para que vinieran a echarles una mano. Con el esfuerzo de los cuatro, aplicado con maestría, llenaron de peces las dos barcas hasta los topes, de tal manera que por el excesivo peso casi se hundían. Al llegar a la playa, el impetuoso Simón Pedro, espontáneo y temperamental, como siempre, al ver el espectacular milagro, se arrojó a los pies de Jesús y dijo:
 Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Pedro y Andrés, y también Juan y Santiago, hijos de Zebedeo, quedaron pasmados, sobrecogidos, sin palabras, al comprobar el grandioso y espectacular milagro… Aprovechando esta ocasión, prueba inconfundible del poder divino, Jesús dijo a los cuatro:
- No temáis, desde ahora seréis pescadores de hombres.
De este milagro se pueden desprender varias aplicaciones para la vida espiritual, entre las que destacamos:
- La fe de Pedro en creer en el poder divino de Jesús para hacer milagros, que los cristianos tenemos que imitar para creer que Él todo lo puede, y si no hace el milagro es porque no es necesario para la vida eterna.
- La obediencia en echar las redes al mar sabiendo que Jesús lo puede todo, aunque algunas veces nos parezca que en algunas cosas no hay nada que hacer por la ciencia o experiencia que tengamos.
- La humildad de Pedro que quedó asombrado al encontrarse ante el poder milagroso de la santidad divina de Jesús,  viéndose a sí mismo delante de Él  un pecador.

Y dejándolo todo lo siguieron

Ellos al instante, dejando las redes y todas las cosas, siguieron a Jesús, convertidos en Apóstoles suyos. En la Iglesia todo cristiano es apóstol, en virtud del bautismo: apóstol común bautismal y apóstol de vocación consagrada. 
La palabra apóstol en griego significa enviado, mensajero,  embajador, y en sentido cristiano enviado para predicar el Evangelio a los hombres de muchas maneras. Así lo enseña la Iglesia en el Concilio Vaticano II: Por “el Bautismo y la Confirmación los fieles son consagrados a ser un sacerdocio santo” (LG 10).
 El simple cristiano es apóstol cuando ora como sabe y puede, de buena fe, con las debilidades propias de la naturaleza humana; recibe los sacramentos, de manera humana y consecuente; ofrece al Señor su cruz en todos sus ámbitos, completando lo que faltó a la Pasión de Cristo, como nos dice San Pablo; cumple la penitencia mandada por la Iglesia y acepta las cruces de la vida ordinaria, porque el sufrimiento cristiano por sí mismo aceptado y ofrecido, es penitencia redentora; trabaja y disfruta en unión con Cristo porque el trabajo y la diversión santa en estado de gracia santifican y apostolizan.

Apóstol de vocación consagrada

La consagración a Dios, vivida en comunidad  fraterna o de otra manera en el mundo en cualquier estado civil con votos o compromisos y aprobada por la Iglesia, es una gracia especial que el Espíritu Santo concede a ciertos cristianos para el bien de la Iglesia.   
La vida consagrada es activa o contemplativa.
La activa se dedica al apostolado de la caridad en todas sus expresiones, la enseñanza religiosa o civil con espíritu cristiano, o a la acción eclesial, litúrgica y social.   
 La contemplativa es un apostolado místico de oración, penitencia, trabajo de vida ordinaria en comunidad fraterna o de otro modo aprobado por la Iglesia.



sábado, 2 de febrero de 2019

Cuarto Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo C


            EL AMOR, VIRTUD  PRINCIPAL
            En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres.   La más grande es el amor (Cor 13,13)

En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra, Dios por medio de San Pablo nos dice que la virtud más grande que existe es el amor, tema sobre el que voy a hacer unas reflexiones espirituales en cuatro apartados:
            ¿Qué es el amor?
Silogismo sobre las virtudes:
El amor es superior a todos los dones 
Cualidades del amor

 ¿Qué es el amor?

“El término amor se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la que damos acepciones totalmente diferentes, dice el Papa Benedicto XVI en su encíclica Deus charitas est” (n 2)    
 El Diccionario de la Real Academia Española dice que el amor es un sentimiento que mueve a desear la realidad amada, otra persona, grupo humano o alguna cosa como un bien propio. Generalmente se entiende como una inclinación sensible a una persona por sus cualidades corporales o espirituales, a una vocación, oficio o cosa.  Sin fe se utiliza  frecuentemente en sentido de pasión sexual.
El Papa Benedicto XVI  nos enseña que  “el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro” (n 6). El verdadero amor no consiste sólo en amar a Dios, sino principalmente en sentirse amado por Dios que nos envió a su Hijo para redimirnos: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).  Se ama a la persona amada  como ella es: con sus cualidades, virtudes, limitaciones, defectos y pecados, propios de la fragilidad humana, pero con  obras, que son amores y no buenas razones, como dice un refrán castellano.  
  Al amor se opone al egoísmo en sus múltiples versiones, que es buscarse a sí mismo en el otro o en las cosas.   

Silogismo sobre las virtudes
El amor es la virtud más grande de todas las virtudes 

Para demostrar esta tesis San Pablo enumera los dones más estimados de este mundo: el dominio de lenguas, el don de predicación, el conocimiento de los secretos de todo el saber, la fe que mueve montañas, la generosidad de dar a los pobres todos los bienes  propios, y hasta dejarse quemar vivo. Y afirma que todos estos dones sin amor son como un metal que resuena o un címbalo que aturde (1 Cor 13,1).  Y al final de su razonamiento concluye: En una palabra, quedan la fe, la esperanza y el amor: estas tres. La más grande es el amor,  porque no pasa nunca (1 Cor 12, 31;13,1-13). Su pensamiento podría estructurarse en forma escolástica de la siguiente manera:

La  virtud que más dura es la más grande.
Es así que la virtud que más dura es el amor.
Luego el amor es la virtud más grande.

Todas las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza  y templanza y sus derivadas, incluso las virtudes teologales de la fe y esperanza, son temporales, pues existen en las personas de este mundo mientras viven. La fe, necesaria para la salvación eterna,  permanece en el hombre mientras vive, pues en el Cielo no hay fe sino visión, ni tampoco esperanza, sino posesión y gozo de Dios eternamente.  En cambio, el amor  es la virtud más grande en el tiempo, la forma esencial de todas las virtudes  y en la eternidad es el Cielo,  visión y gozo de Dios, que es Amor.

Cualidades del amor

El amor verdadero según San Pablo tiene ocho cualidades importantes.
Es  comprensivo  en la manera de ser, pensar y obrar del prójimo, comprende y excusa  sus defectos   por razones de amor o caridad, y no condena a nadie en el corazón; servicial porque el amor por su propia naturaleza es difusivo, inclina a darse y dar; no tiene envidia de los bienes del otro porque el bien es objetivo y no subjetivo; no presume ni se engríe de sus propios bienes porque el cristiano sabe que no son suyos, sino recibidos  de Dios en la naturaleza o en la gracia; no es mal educado ni egoísta porque el amor exige comportamiento privado y social; no se irrita pues el amor verdadero es equilibrado, paciente, en el que no caben broncas, alteraciones nerviosas, impaciencias, resentimientos;   no lleva cuentas del mal que recibe y se ocupa  en hacer el bien sin mirar a quien, aunque sea de raza distinta, nacionalidad diferente, de ideología religiosa y política contrarias a la propia; no se alegra de la injusticia, pues el que ama cristianamente sufre la injusticia que no se puede remediar y goza con la verdad. En alguna cárcel leí alguna vez esta sentencia: odia el delito y compadece al delincuente; goza con la verdad; disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites pues el amor cristiano ama y vive la verdad; disculpa siempre los defectos y  pecados con comprensión; cree en la bondad íntima del corazón del hombre que la confunde con la maldad; espera la corrección o el perdón; aguanta sin medida todo dolor y prueba, sin doblegarse ante las dificultades y tristes realidades de la vida. Porque el cristiano ama con el corazón de Dios.