sábado, 17 de julio de 2021

Décimo sexto domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

            En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, domingo décimo sexto del tiempo ordinario, el Apóstol San Pablo escribiendo a los Efesios nos dice que Cristo es nuestra paz. ¿Qué quiere decir esta frase? ¿En qué sentido Cristo es nuestra paz? Es solamente la paz de los cristianos, de los que tenemos fe, de los que vivimos los compromisos del bautismo consecuentemente. Para responder a estas preguntas conviene recordar, aunque no sea nada más que a grandes rasgos, las creencias del pueblo judío.

            Desde hacía siglos el pueblo de Israel creía que Dios había revelado a los patriarcas y profetas la venida de un Mesías que los iba a salvar de las distintas esclavitudes que padeció por culpa de los pueblos extraños, que lo tenían esclavizado constantemente con guerras y tremendas injusticias en su propio país y en otros países. Así aparece en la Biblia, historia de Israel. Pensemos, por ejemplo, en la esclavitud inhumana que padeció en Egipto, de la que fue liberado prodigiosamente por Moisés de la tiranía de los faraones: la salida de Egipto, el paso por el mar rojo, la travesía del desierto, la alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí con la entrega de las tablas de la Ley o decálogo y, por fin, la toma de posesión de Palestina, tierra fecunda en frutos, en la que abundaría leche y miel, expresión que significaba la riqueza en que viviría el pueblo de Israel  En el Antiguo Testamento se profetizaba un Mesías, profeta religioso, sociopolítico y rey que establecería un reino de paz y justicia.

En tiempos inmediatos a la venida de Jesús, los judíos crecieron en la firme creencia de que el Mesías vendría a redimir a su pueblo de la esclavitud humana, sociológica y política que padecía bajo la tiranía de Roma. Las agobiantes y opresoras circunstancias en que vivía el pueblo judío hacían concebir esta idea de redención puramente humana.

Sin embargo, la redención anunciada en el Antiguo Testamento globalmente era universal y total, radicada principalmente en la liberación del pecado y de todos los males de este mundo, por medio del Mesías, concebido y profetizado por Isaías “despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores, soportaba nuestros dolores, azotado, herido de Dios y humillado. Yahveh descargó sobre él  la culpa de los hombres. Se puso su sepultura entre los malvados, como indefenso se entregó a la muerte" (Isaías c. 53).

Estas profecías sobre el pueblo de Dios fueron interpretadas por los rabinos o maestros de la ley, que entonces había muchos y de distintas escuelas, en muchos sentidos y con apreciaciones religiosas y sociopolíticas en distintas épocas. San Pablo en la carta a los Efesios nos dice que “a él le fue revelado el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,6). Pero nunca el misterio de la salvación universal fue conocido con la precisión teológica de hoy, después de la evolución del dogma y del conocimiento de la fe de veinte siglos.

        Los judíos estaban convencidos de que Israel era el único pueblo de la Tierra amado y bendecido por Dios, al que había prometido la venida del Mesías, redentor o liberador de la esclavitud de su pueblo. Los demás pueblos eran gentiles, es decir, extraños a la promesa divina y enemigos de Israel. Por consiguiente había dos pueblos: el pueblo judío y pueblo gentil, separados por un muro: el odio. Jesús fue la paz que por su sangre y la cruz ha hecho de los dos  un solo pueblo, que es la Iglesia universal, a la que pertenecen todos los hombres, de una o de otra manera, y todos los pueblos de la Tierra.

         Esta enseñanza del Apóstol San Pablo nos tiene que hacer reflexionar que Cristo es la paz para todos los pueblos y todos los hombres, de una o de otra manera:

- para los cristianos practicantes que cumplimos los mandamientos y vivimos más o menos la fe de la Iglesia con nuestros compromisos personales, familiares y sociales, vividos de muchas formas diferentes;

- para los cristianos pecadores que viven atrapados por los vicios, esclavos del pecado en sus múltiples formas;

- para los cristianos alejados de la Iglesia que no son consecuentes con su fe y, sin negar a Dios, viven materializados y contemporizando con el mundo en ideas, modas y costumbres;

- para los creyentes pertenecientes a distintas iglesias, no cristianas, que inculpablemente por muchas razones históricas y culturales no conocen a Cristo;

- para los no creyentes, agnósticos y ateos para quienes Dios no existe o viven como si no existiera, de espaldas a la ley moral católica, zarandeados por las pasiones y obsesionados por el triple poder de la autoridad, del dinero y de la sexualidad;

- para los que no conocen a Dios o lo confunden con ídolos, que viven  a expensas de las injusticias humanas, familiares y sociales, víctimas del poder, y engañados por sus propias convicciones y a capricho de sus instintos bajos y pasiones.

            Para un cristiano, consecuente con su fe, Cristo debe ser la paz para todos los hombres, de cualquier país, color, religión, cultura e ideología, que pertenecen a un solo pueblo, de diversas maneras, que sólo pueden ser evaluadas por la sabiduría increada de Dios, Padre de todos los hombres, infinitamente misericordioso.

          Trabajemos con todas las fuerzas de nuestra alma en la oración y en la acción para que la Iglesia se extienda por todo el mundo, conforme al mandato de Jesús: “Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizadlos para cosagrárselos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enseñadles a guardar todo los que os he mandado; mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Pero tengamos la comprensión humana y cristiana para con todos los hombres, que son hijos de Dios, como nosotros, a quienes ama como a nosotros, y a quienes también ha redimido Jesucristo con su sangre divina, como a nosotros, que pertenecen a la Iglesia, único pueblo de Dios, como nosotros, aunque de manera distinta, sacramento universal de salvación, como nos enseña el Concilio Vaticano II.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 10 de julio de 2021

Décimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

El salmo responsorial con que hemos acogido y aclamado la Palabra de Dios nos va a servir para pronunciar la homilía de hoy:”Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

            El hombre, considerado en sí mismo, es un misterio: un ser perfecto e imperfecto, al mismo tiempo, creado por Dios e hijo de Dios.  Por una parte, es la obra más perfecta de la creación, microcosmos, pequeño mundo, porque es una síntesis de toda la creación. Tiene algo del reino mineral la materia;  del reino vegetal,  vida desarrollo y muerte; del reino animal, los sentidos; del reino angélico el espíritu; y de Dios una participación analógica y real de su misma naturaleza divina. Pero, por otra parte, el hombre está plagado de defectos en su manera de ser y obrar: en su entendimiento, que ha inventado lo que los sabios de otros tiempos ni siquiera se podían imaginar, y tiene capacidad para descubrir Dios sabe qué, existe la equivocación y la maldad de discurrir el modo satánico de hacer el mal; en su voluntad, con la que es capaz de amar y dar la vida por causas nobles, existe la malicia de hacer daño, el odio, la venganza; y en su cuerpo, maravilla que no puede ser entendida totalmente por los hombres ni reproducida, hay enfermedad, desajustes orgánicos,  dolor y muerte. El hombre, en definitiva, es el rey de la creación y el esclavo de sus pasiones y de las cosas. ¿Cómo se explica que el hombre, sea tan perfecto e imperfecto, siendo creado por Dios e hijo suyo? ¡Misterio! La fe católica nos dice que todo ocurre para bien de los hombres, que los males materiales y físicos de este mundo son males relativos, y no absolutos, y medios para un fin último, superior y eterno que es Dios, visto y gozado eternamente en el Cielo.

             Además de ser el hombre “un dios con minúscula” con defectos en su ser, en su obrar es pecador. Basta para comprobar esta realidad, echar una mirada a nuestro alrededor para observar cuánta maldad, cuánta injusticia, cuántos odios, venganzas, crímenes, robos, guerras y maldades de todo tipo hay en este mundo.   La moral católica está por los suelos. Hoy nada o casi nada es pecado, porque hay tanto libertinaje y tanta permisividad en la Sociedad que muchos actos prohibidos por la ley de Dios se pueden hacer, sin que sean pecados para el mundo. Está permitido el aborto,  el adulterio, la convivencia en pareja, la homosexualidad pecaminosa, la blasfemia,  el desnudismo, la inmoralidad, el desenfreno de la juventud, la falta de respeto de los niños a los mayores, la indisciplina y desobediencia... Sólo es pecado lo que es delito, aquello que atenta contra la justicia, lo que lesiona los derechos humanos. Los mandamientos de la ley de Dios, explicación de la ley moral natural, se reducen solamente al quinto y al séptimo: no matar y no robar.

            Y en cuanto a los cristianos, ya no existen prácticamente los mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Muchos no oyen misa los domingos y días de precepto, porque dicen que no es  obligación grave y no es pecado grave. Se puede oír misa cualquier día de la semana o cuando  apetece. La confesión es un sacramento no necesario para comulgar. La gente comulga y no se confiesa, porque como decía hace muchos años el Papa Pablo VI se ha perdido la conciencia de pecado. ¿Quiénes son los que ayudan a la Iglesia en sus necesidades? Muy pocos. Los cristianos no se responsabilizan de esta obligación. Se limitan a echar unas monedas en las colectas, como quien socorre a una Madre y no como quien la debe ayudar. ¿Quiénes guardan la ley del ayuno y de la abstinencia, como manda la Santa Madre Iglesia?

             ¡Cuántos pecados cometemos también los que nos llamamos cristianos practicantes, los que fundamentalmente cumplimos la ley de Dios y de la Iglesia!

Somos egoístas, buscamos nuestro interés personal o el de nuestras familias, sin contemplar el bien de los demás. No socorremos a los pobres, y declinamos esta obligación a la administración y a la política. Mentimos y engañamos a nuestros familiares y amigos por cualquier motivo, en provecho nuestro. Somos soberbios, iracundos, rencorosos,  sexuales.

 Ante esta triste perspectiva de realidad social descristianizada ¿qué pensar, qué decir?

El hombre es pecador porque el pecado original dejó en su naturaleza la concupiscencia que le inclina al pecado; y él, llevado de su libertad, es capaz de hacer el mal que quiere. Pero ¿qué mal quiere? ¿Quién quiere pecar? ¿Quién ofende a Dios?

            Me resulta difícil responder a estas tres preguntas:

             ¿Qué mal quiere?

             El hombre busca siempre el bien personal por instinto, pues nadie puede querer el mal para sí mismo, y en la búsqueda de su propio bien, el mal que hace muchas veces, aunque moralmente sea un mal objetivo en la estimación social, en la apreciación de la ética y en la moral de la fe, puede ser para su conciencia un bien psicológico, subjetivo, humano. En definitiva, como “nadie tira piedras a su tejado”, el hombre cuando hace el mal a otros, aunque sea por el motivo que sea, por odio o envidia, por ejemplo,  pretende muchas veces un bien psicológico. ¿Quiere el mal para otros? Ciertamente hay hombres malos en el mundo, pero sólo Dios, que juzga con verdad y justicia el corazón del hombre, sabe quiénes son malos, cuánto y cómo.

             ¿Quién quiere pecar?

             El pecado es la transgresión de la ley de Dios libre y voluntariamente o una desobediencia voluntaria a la ley de Dios, de manera consciente y libre. Hay muchos hombres que cometen actos contrarios a la ley de Dios, sin plantearse el problema de que sean pecados. ¿Pecan? Solamente Dios lo sabe. Otros, que también los hay, pecan a sabiendas con intención de ofender a Dios por odio ¿Qué pecado cometen?  En teoría y bajo un criterio moral humano, parece que pecan sí. Pero a los ojos de Dios, no sabemos, porque puede suceder que el hombre obre así por alguna anomalía psíquica importante, que le impida realizar actos humanos, de manera consciente y libre. Y entonces ¿qué pecado puede cometer el desequilibrado? Solamente la omnipotente sabiduría de Dios, que es Padre, infinitamente misericordioso, puede juzgar y castigar la malicia del hijo. Me pregunto: ¿Quién es el hombre, en sus cabales, que quiere pecar? No lo sé. Hay tantas taras en el ser humano, tantas circunstancias atenuantes o excusantes en su obrar, que me atrevo a decir que hay pocos hombres que pecan responsablemente.

             ¿Quién ofende a Dios?

             ¿EL pobre hombre, hecho de barro, herido por el pecado, que actúa con una naturaleza viciada y desajustada, atizado por la concupiscencia,  y presionado por  circunstancias diversas que le oprimen y le descontrolan, ofende a Dios realmente? Supongo que sí, pero no sé cuánto ni cómo. ¿Se siente Dios ofendido con todos los actos de los hombres, llamados pecados? Supongo que sí, pero no sé cuándo, pues es muy difícil, imposible, evaluar la malicia de cada hombre, pecador, y condenarlo, sin conocer con profundidad su ser y sus circunstancias en el obrar. ¿Quién ofende a Dios? Es un misterio, una exclusiva de la misericordia de Dios, que es infinita, que juzga el corazón de cada hombre, y no sus actos, como Padre de cada hijo y con corazón de madre.

            Pidamos al Señor que nos muestre su misericordia, que es mayor que la malicia de todos los hombres juntos,  sabiendo que es nuestro Padre que nos ha creado para el Cielo y redimido con la sangre divina de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Trabajemos por erradicar de nuestro corazón el pecado, luchando con todas nuestras fuerzas por ser cada día mejores; y pidamos al Padre de las misericordias la petición que todos hemos hecho antes en el salmo responsorial, como respuesta a la primera lectura de la liturgia de la Palabra de Dios: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

 

 

 

 

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sábado, 3 de julio de 2021

Decimo cuarto domingo. Tiempo ordinario. Cico B

En el salmo responsorial de este domingo el pueblo ha aclamado a la Palabra de Dios diciendo: Misericordia, Señor, misericordia, súplica  que  me va a servir de tema para  la homilía.

Misericordia

La misericordia  proviene etimológicamente de dos palabras latinas: miserum cor, corazón misericordioso.  Esta palabra  tiene dos acepciones distintas: virtud  y atributo divino. Como virtud es una inclinación a comprender las miserias humanas, compadecerse de ellas y tratar de corregirlas en lo posible; y como atributo divino es una parte de la Bondad infinita de Dios que perdona los pecados arrepentidos de los hombres y se compadece de sus miserias. Voy  a tratar brevemente  el atributo divino de la misericordia divina sobre todos los males que hay en el mundo y pecados que cometen los hombres.

Males en el mundo

Es una realidad histórica y evidente que en el mundo han existido siempre, existen y existirán  pecados y males de todo tipo hasta el fin del mundo, como consecuencia del misterio del pecado original, según enseña la Iglesia Católica. Enumero los principales males sociales:

El ateismo

Observamos que muchos hombres  no creen teóricamente en  Dios o viven en un ateísmo práctico, como si no existiera, sin preocuparse ni ocuparse del problema trascendental de la salvación eterna; y luchan por vivir lo mejor posible tranquilamente como si nada hubiera después de la muerte.

Incumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios

Es un hecho que no necesita argumentación que solamente los cristianos comprometidos cumplen o tratan de cumplir los mandamientos con fallos humanos comprensibles, y que  los cristianos bautizados en su mayoría, no practicantes, cumplen los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia arbitrariamente o con ocasiones sociales. Los no creyentes cumplen los mandamientos humanos de honrar padre y madre, no matar, no robar, según estén legalizados, porque los demás mandamientos son obligaciones para los creyentes.

La política

Desgraciadamente hoy los gobiernos de todo el mundo politizan la ley moral y religiosa,  y la legislan según  se acuerde en el Parlamento democrático  por mayoría absoluta o  a capricho de los gobernantes monárquicos o dictadores de turno. Valgan algunos ejemplos: el aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual, divorcio exprés, pareja heterosexual y homosexual,  la  libertad absoluta en la moral personal, familiar y social que no quebrante el derecho civil establecido.

Varios males

Existen en el mundo por muchas causas  variados males, como por ejemplo:

- atentados, robos, secuestros, persecuciones, violaciones, injusticias, prostitución, odios,  venganzas, celos, rencillas, rencores, suicidios, crímenes, guerras personales, familiares, sociales, populares, nacionales, internacionales y mundiales por egoísmo, dinero, poder, ambición,  nacionalismos o pasiones;

- persecución a la Iglesia católica abierta o solapadamente; y otros que no es necesario enumerar porque son conocidos por todos.

Soluciones

¿Qué podemos hacer ante tantos males?

En primer lugar,  pensar que no todos los males que hacen los hombres son pecados en la presencia de Dios, sino males personales, familiares y sociales o pecados materiales, no formales. Porque existen en general muchas causas excusantes para que estos males no sean pecados en la presencia de Dios: incapacidad intelectual, psicológica, psíquica, ignorancia, equivocación que impiden que sean ofensas  a Dios, aunque sean pecados en la ciencia humana de la Moral Católica, en la estimación social, y punibles en la legislación penal; y en particular  pensar que los pecados de las personas cabales son personalmente únicos por la diversa capacidad intelectual de cada persona en conocer la Verdad, su cultura humana, moral y condicionantes: pasión tentación, ofuscación, desequilibrio mental y psicológico y otras muchas patologías. Los juicios de Dios no son como los de los hombres, nos dice la Sagrada Escritura. Sucede  frecuentemente que los hombres se ofenden entre sí, llevando cada uno su razón subjetiva, y a Dios lo le ofende ninguno, porque delante de Él todos pueden llevar razón. A mí me parece que no es tan fácil, como muchos piensan, cometer un pecado mortal que merezca el infierno eterno, que existe, pero sólo Dios sabe quién lo merece.

Los políticos cristianos, creyentes y de buenas costumbres deben hacer lo que puedan: mucho, bastante, poco o algo, pero jamás podrán erradicar todos los males del mundo, que  en su totalidad no tienen solución.

Los cristianos comunes de a pie, no podemos hacer otra cosa que orar y hacer lo que buenamente podamos,  cumpliendo la Ley de la Iglesia en toda su plenitud, y buscando la gloria de Dios, que es un quehacer místico en bien de todo el mundo. 

Los hombres religiosos, no cristianos, deben procurar la paz mundial, viviendo su fe con miras a Dios y al bien común.

Y los hombres  de buena voluntad, prácticamente irreligiosos,  tienen que empeñarse en hacer el bien en su recta conciencia en la construcción de una Sociedad  universalmente fraterna de amor, paz y justicia.

Los cristianos de profunda fe, después de haber agotado todos los esfuerzos humanos, debemos hacer el bien en oración constante pidiendo  a Dios con sincero corazón  misericordia, Señor, misericordia. Y dejar luego todas las cosas en manos de Dios, Padre.

 


sábado, 26 de junio de 2021

Décimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

   

    El Evangelio que acabamos de proclamar en el nombre del Señor, hoy domingo décimo tercero del tiempo ordinario, ciclo b, nos habla de la fe de dos grandes personajes, que han pasado a la Historia de la Iglesia como modelos de fe para el cristiano: la fe de Jairo y la fe de una mujer conocida con el nombre de Hemorroísa.

    La homilía de hoy va a consistir en hacer un comentario espiritual sobre el texto del Evangelio.

    No se sabe cuándo ocurrieron estos dos milagros, que nos cuentan los evangelistas Mateo (Mt 9,20-26); Marcos (Mc 5,25-43; y Lucas (Lc 8,43-56) con pequeñas diferencias en la narración. Es probable que Jesús se encontrara ya en el segundo año de su vida pública, teniendo por residencia Cafarnaúm, sede central desde donde realizó su apostolado en Galilea. En distintos lugares y en diferentes ocasiones Jesús predicó las principales parábolas del Evangelio. Después hizo una breve expedición a Gerasa donde curó a dos posesos , y luego, acompañado de sus discípulos, se dirigió en barca a la ribera de Cafarnaúm. Apenas desembarcaron, observaron que en la orilla había una gran muchedumbre. Estaba todavía Jesús junto al mar, cuando un personaje, presidente de una de las sinagogas de la ciudad, con expresión de suma tristeza en el rostro, se acercó a Jesús, se postró a sus pies, le adoró y le hizo la siguiente apremiante súplica:

- Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.

    Y Jesús, compadecido de este padre que tenía el corazón partido de pena, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud se encaminó hacia la casa de Jairo con el fin de curar a su hija, que tenía 12 años. Y sucedió que en el camino, irrumpió una mujer conocida por los comentaristas del Evangelio por el nombre de la hemorroísa. Estaba enferma de hemorragias durante doce años, y había gastado todo su capital en médicos, y cada día se encontraba peor. A empujones y tratando de no molestar, esta buena mujer de fe intentaba acercarse a Jesús, a quien sólo conocía de oídas, pensando para sí que si lograba tocar el manto de Jesús, se curaría. Y lo consiguió, pues silenciosamente por detrás tocó su manto, sin que nadie lo advirtiera. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.

    Jesús, notando que había salido fuerza de Él, se volvió a la turba entre la que se encontraba la hemorroísa, y preguntó:

-¿Quién es el que ha tocado el manto?

    Pedro, los discípulos y los que con Él estaban, alborotados le contestaron:

- ¡Qué cosas tienes, Señor! ¡Qué preguntas! Estás viendo que todos te tocamos porque no puedes rebullirte, y preguntas: ¿Quién me ha tocado?

    Entonces Jesús echó una mirada sobre la turba buscando a la persona que le había tocado, mientras decía:

- Alguien me ha tocado, porque de mí ha salido una fuerza curativa.

    Jesús debió posar su mirada, de manera significativa, sobre la hemorroísa de tal manera que quedó descubierta. Entonces la pobre mujer temiendo y temblando se postró a los pies de Jesús y le confesó todo. Y Jesús con semblante bondadoso y mirada agradecida, le dijo:

- Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.

    Todavía estaba hablando cuando llegaron de la casa de Jairo, jefe de la sinagoga, unos criados para decirle un poco en privado:

- Jairo, tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?

    Jesús alcanzó a oír esta misiva y dijo a Jairo:

- No temas, basta que tengas fe.

    Y luego, acompañado solamente por Pedro, Santiago y Juan llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Y dijo:

- La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de Él. Entró donde estaba la niña con sus padres y acompañantes y cogiéndola de la mano, le dijo:

- Niña levántate.

    Y la niña se levantó y echó a andar. Y todos se quedaron viendo visiones.

    ¿Cómo era la fe de estos dos personajes?

    Tanto la fe de la hemorroísa como la de Jairo era una fe en Jesús, popular, religiosa, un tanto supersticiosa, considerado como profeta taumaturgo de Galilea, y no como verdadero Dios. Para que la hemorroísa pudiera ser curada, tenía que tocar el manto de Jesús; y para que la hija de Jairo fuera sanada, tenía que ir Jesús a su casa e imponer las manos. Más perfecta fue la fe del Centurión que creía en el poder de la palabra de Jesús, sin necesidad de tocar al enfermo:

- “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, más di una sola palabra y mi criado quedará sano”. Sabía que no era necesario el tacto de Jesús, aunque Él solía hacer siempre un gesto, imponer las manos, tocar, como hizo con un leproso que le pedía:

- “Señor, si quieres, puedes curarme”. Bastaba para que fuera curado que Jesús quisiera. Y Jesús quiso, pero extendió su mano y le tocó para curarlo.

    La fe de los personajes del Evangelio no era teológica, como la que tenemos nosotros, heredada y estructurada en definiciones dogmáticas, debido a una formación catequética o teológica. Pero era fe del corazón bueno y creyente.

    También en nuestros días los cristianos acuden a Jesús a pedirle gracias o milagros, y para conseguir estos favores tienen que ir y tocar, como por ejemplo a Jesús de Medinacelli. Aunque esta fe sea primaria y no teológica, hay que respetarla y jamás ridiculizarla, pero sí educarla, pues sólo Dios premia la fe del corazón sencillo y no la fe de la cabeza. Para que Jesús nos escuche, no hace falta tocarle, sino tocarle con fe. Cuando comulgamos, tocamos el Cuerpo de Jesús, que es más que tocar el manto, como hizo la hemorroísa, y no nos curamos.





sábado, 19 de junio de 2021

Décimo segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

         San Juan Bautista

SEMBLANZA

Juan Bautista era hijo de Zacarías, sacerdote, e Isabel, santos esposos que vivían en la presencia del Señor en Ain Karin, ciudad a siete kilómetros y medio de Jerusalén. Ambos eran de edad avanzada e Isabel además estéril. Existían en ellos impedimentos naturales para ser padres, juntos y por separado pedían a Dios con ilusión y esperanza el milagro de que su matrimonio fuera agraciado con la bendición de un hijo. Sucedió que un año le tocó a Zacarías  presidir  la ceremonia religiosa en el templo de Jerusalén, y por razón de su cargo tuvo la suerte de poder entrar en el Sancta Santorum a ofrecer el incienso, cosa que ocurría alguna vez que otra en la vida, por los muchos sacerdotes que había al servicio del altar en el templo de Jerusalén.  En el mismo instante en que Zacarías se disponía a incensar, cerró los ojos y en oración silenciosa y con devoción profunda  pidió a Dios la gracia milagrosa de tener un hijo, creyendo que aquel era el momento más apropiado para que su oración  fuera escuchada. Al abrirlos para empezar la incensación, se le apareció un ángel del Señor de pie a la derecha del altar, en medio de una aureola de rayos que lo envolvía. Al verlo, Zacarías se sobresaltó  y quedó emocionadamente desconcertado. El ángel le dijo:

“Tranquilízate, Zacarías, que tu ruego ha sido escuchado: Isabel, tu mujer, te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Será para ti una grandísima alegría y serán muchos los que se alegren de su nacimiento… Se llenará de Espíritu Santo. Él irá por delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,13 – 17).  

            Zacarías dudó de las palabras del ángel y le dijo:

“¿Cómo estaré seguro de  eso? Porque yo ya soy viejo y mi mujer  de edad avanzada” (Lc 1,18).

Como castigo por su falta de fe, el ángel, que era Gabriel, le anunció que quedaría mudo desde ese momento hasta  el nacimiento de su hijo.

Al terminar los días del servicio religioso en el templo, Zacarías volvió a su casa, y poco tiempo después Isabel, su mujer, quedó embarazada. Terminado el período de gestación dio a luz un hijo. A los ocho días, cuando fueron a circuncidar al niño,  para resolver la problemática que surgió sobre el nombre que se le había de poner, Zacarías escribió en una tablilla el nombre de Juan, que era el que el ángel le había dicho que se le pusiera. Y en ese momento  se le soltó la lengua, y  en un arrebato místico pronunció la poesía profética del “Benedictus”, una de las composiciones más bellas de la Sagrada Escritura (Lc 1,67-79).  

Niñez y juventud de Juan

Basándome   en el precioso libro “Vida y Misterio de Jesús de Nazaret” de Martín Descalzo. Juan se educaría en el ambiente religioso de su propia familia. Durante ese tiempo, Juan y Jesús se verían con alguna frecuencia, sobre todo cuando cada año los santos esposos José y María acudirían con el Niño Jesús al templo de Jerusalén a celebrar la Pascua; y aprovechando esta circunstancia, se acercarían a ver a Isabel, parienta de la Virgen.  

A los doce años, edad en que sus ancianos padres podrían haber fallecido, Juan  impulsado por el Espíritu Santo pudo internarse en algún monasterio de monjes, junto a la orilla occidental del mar Muerto, a 13 kilómetros de Jericó.  En su juventud pasaría al desierto de Judea a completar su formación monástica con una vida eremítica de oración y penitencia, como nos da a entender el Evangelio: “Vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel” (Lc 1,80).

Austero profeta del desierto

Juan vestido de piel de camello, con una correa a la cintura y alimentado con miel silvestre (Mt 3, 4), como austero profeta del Altísimo (Lc 1,76), en un lugar desconocido del Jordán predicó la conversión como preparación para la inmediata llegada del Mesías: “¡Convertíos que ya llega el reinado de Dios!” (Mt 3,2); y consiguió con su predicación muchas conversiones y discípulos, algunos de ellos se hicieron discípulos de Jesús, como Pedro, Andrés, Santiago y Juan.

Muerte de San Juan

Herodes, Rey, vivía maritalmente con Herodías, mujer de su hermano Filipo. Juan le reprendió este hecho y por esta causa, Herodías, su concubina,  consiguió del Rey lo metiera en la cárcel porque le odiaba a muerte. Sucedió que  Herodes en un cumpleaños suyo dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y principales de Galilea, y en esa fiesta la hija de Herodías  bailó con gracia, arte y ademanes provocativos con el aplauso y gusto de todos, principalmente del rey. Entonces Herodes mandó llamar a la muchacha y le dijo: Te juro que te daré todo lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino. Ella  preguntó a su madre qué le pedía al rey, le contestó: Pídele la cabeza de Juan Bautista. El rey se llenó de tristeza porque en el fondo de su corazón lo apreciaba, pero por no incumplir su juramento, llamó a uno de su guardia y le ordenó que trajera inmediatamente  la cabeza de Juan. Poco tiempo después el soldado decapitó a Juan en la cárcel, trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y ella se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura (Mc 6,17-29).

MENSAJE

El mensaje de San Juan Bautista era la conversión para la venida del Mesías, que se tenía que conseguir mediante la oración y la penitencia. Propongo en breves enunciados estos  tres temas con algunas reflexiones espirituales.

Conversión  

La conversión es un fin común para todos los hombres:

- los infieles  están llamados a la conversión a la fe mediante la fuerza omnipotente de la gracia del Espíritu Santo y la colaboración de todos los cristianos de la Iglesia en vanguardia en misiones o retaguardia en el mundo con la oración, penitencia y ayudas económicas;

- los pecadores muertos en el alma por el pecado a la vida de la gracia;

- los cristianos  en gracia a la conversión de la santidad bautismal progresiva;

- los consagrados a la santidad de la vida evangélica para conseguir  la mayor perfección posible en el cumplimiento de los estatutos, reglas,  normas disciplinares, vida comunitaria establecida y el trabajo dentro de la Comunidad o fuera de ella. Son los que más tienen que convertirse por la profesión de votos o compromisos  a Dios al servicio de la Iglesia. 

 
Oración

 La oración no es un “concesionario” de gracias que se pueden conseguir observando rigurosamente ciertas normas de ciencia experimental; ni un soborno espiritual por el que se pretende conseguir de Dios favores a cambio de oraciones, sacrificios y limosnas, de modo condicional, final o causal: “te doy, si me das, te doy para que me des, y te doy porque me has dado”.           

           La oración es hablar con Dios para pedirle las gracias necesarias sobrenaturales para ir al cielo, que no se pueden conseguir con las fuerzas naturales. Santo Tomás de Aquino definió la oración con estas palabras: “La oración es la elevación de la mente a Dios para alabarle y pedirle cosas convenientes a la vida eterna”. Y Santa Teresa de Jesús, maestra en oración práctica, dijo: “es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

         El Catecismo de la Iglesia Católica de Juan Pablo II dice que “la oración es la elevación del alma a Dios o la petición al Señor de bienes conformes a su voluntad. La oración cristiana es relación personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones” (Compendio nº 534; 2558-2565. 2590).

        La  oración es un acto personal de hablar o comunicarse con Dios. La tradición cristiana ha expresado tres modos principales de hacer la oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa, según enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (Cat compendio 568).

Fin de la oración

        El fin principal de la oración es triple:

- alabar a Dios, Creador de todas las cosas y Dador de todo bien por el que todo  sucede envuelto en la presencia de la Providencia amorosa de Dios Padre, pues todo es gracia, aunque parezca desgracia. El Creador de todas las cosas,   merece toda alabanza por los siglos sin fin;

- pedirle  todo tipo de gracias, debidamente ordenadas a la salvación eterna y el perdón por los pecados.

Penitencia

 La penitencia es un precepto evangélico que Jesucristo ejerció para efectuar la Redención, y enseñó a los hombres como un medio indispensable para la vida cristiana santificadora y apostólica.  La razón teológica es porque el hombre quedó deformado por el pecado original; y en  consecuencia devino la concupiscencia o inclinación al mal, el pecado y todos los males del mundo.

          San Pablo enseñó que la Penitencia es el complemento que faltó a la Pasión de Cristo en los miembros de su  Cuerpo Místico: “Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24); y  “domino mi cuerpo, no sea que después de predicar a los demás, yo quede descalificado” (1 Co 9,27).

 
Obligación de la penitencia

        La penitencia es una obligación que impone la Iglesia.  Recuerdo la ley penitencial de la Iglesia.

“En la Iglesia universal son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma (c 1250).

        El ayuno y la abstinencia se guardarán solamente el miércoles de Ceniza y el viernes Santo. Todos los viernes del año son días penitenciales. La abstinencia de carne que obliga solamente todos los viernes de Cuaresma, se puede cambiar en los demás viernes del año por un acto de piedad, caridad o limosna. Para mayor seguridad en cumplir el precepto penitencial de todos los viernes del año es aconsejable guardar la abstinencia de carne todos los viernes del año, porque si se quiere cumplir de la manera que permite la Iglesia española, no se cumple o se cumple mal. La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno a todos los mayores de edad, dieciocho años  hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve (c 1252).

Principales penitencias

        Las principales penitencias son:

- Recibir el sacramento de la Penitencia;

- el cumplimiento del deber;

- la aceptación total de sí mismo con la limitación de las cualidades personales;

- la humillación de los propios pecados;

-  la renuncia constante a la propia voluntad;

- el sacrificio costoso de la convivencia en comunidad, familiar, laboral, social, amistad y consagrada;

- y la aceptación de todos los acontecimientos como gracias de Dios. Todo lo que sucede, por voluntad de Dios, o querido por los hombres, entra dentro de la Providencia divina en el misterio de la Salvación, que sólo se entiende, si se acepta por fe.    

 

sábado, 12 de junio de 2021

Décimo primer domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

  

        La esperanza es una actitud firme o perfección habitual del entendimiento y de la voluntad que regula nuestros actos, ordena nuestras pasiones, guía nuestra conducta según la razón y la fe, proporciona facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena (Cat 1804)

 La virtud natural de la esperanza es distinta de  la virtud sobrenatural, que es infundida por Dios en el bautismo juntamente con la gracia santificante. La esperanza es una virtud teologal, infundida por Dios en la voluntad por la que confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para conseguirla, si somos fieles a Dios. Con ella aspiramos a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios del Espíritu Santo (Cat 1817)

Por culpa del pecado, el hombre está sometido a la esclavitud del pecado con todo tipo de debilidades, dolores, enfermedades y condicionamientos mientras vive; y necesita la virtud de la esperanza para superar las dificultades de la vida, vencer las tentaciones y sufrir con Cristo, que asumió todas las debilidades del hombre, menos el pecado.

Los acontecimientos de esta vida, tanto buenos como malos, hay que aceptarlos de manera subordinada a la vida eterna, porque todos son bienes espirituales, aunque muchos tengan apariencia de males. La tierra es un lugar de destierro, un valle de lágrimas, como rezamos en la salve, un espacio de miserias que nos acompañan hasta la sepultura. Merece la pena sufrir con la esperanza de gozar eternamente de la visión y gozo de Dios en el Cielo, porque “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18); y si sabemos soportarlos  santamente,  nos preparan el pesado caudal de gloria eterna (2 Co, 4,17).

Los cristianos padecemos con esperanza todos los sufrimientos de esta vida con los ojos puestos en el Cielo.

 Hay que vivir con esperanza. Es lícito y, a veces obligatorio, procurar, a todo precio, la salud que se ha perdido, en cumplimiento del quinto mandamiento de la ley de Dios en su sentido positivo, que manda conservar la salud, aplicar los adelantos modernos de la ciencia y de la técnica, y  recuperar la integridad física, si esa es la voluntad de Dios. Es un pecado atentar contra el don de la vida, regalo de Dios, rehusando los medios necesarios para conservarla y recuperarla. Se puede luchar con esperanza por conseguir bienes materiales, merecer cargos y honores humanos con sacrificios y esfuerzos, cultivar las vocaciones artísticas, recreativas y deportivas con fines personales, familiares o sociales, y, mejor aún, en estado de gracia, que hace meritorias sobrenaturalmente todas las acciones del hombre. Las obras humanas, grandes o pequeñas, realizadas con la gracia y el esfuerzo humano gracia merecen Cielo. La gracia de Dios hace grandes las cosas pequeñas, y el desamor pequeñas las cosas grandes.

El Señor llega a nosotros, como quiere y de la manera que más nos conviene, tanto en los buenos y agradables sucesos como en los dolorosos que la naturaleza humana rechaza. Hay que aceptar la voluntad de Dios, que es el bien supremo del hombre en la tierra, porque como todo depende de la fe, todo  es gracia (Rm 4,13).

La virtud de la esperanza nos hace vivir ya en la tierra los bienes del Cielo. Por naturaleza nos gusta más esperar la venida del Jesús milagroso de la vida pública, que llega a nosotros en acontecimientos sorprendentes y milagrosos que la llegada del Cristo en su Pasión y muerte en la cruz, que se hace presente en nosotros con el signo del dolor, que parece castigo más que amor.

            Esperamos muchas cosas que queremos y no llegan, y nos lamentamos; y nos alegramos cuando suceden las cosas que nos gustan, ignorando la razón última de los sucesos, que están manejados por la providencia divina. Todo lo que no depende de la libertad del hombre acontece no por el azar o por casualidad, sino por la causalidad de la voluntad divina, que rige el destino de todas las cosas para el bien de los que aman

sábado, 5 de junio de 2021

Corpus Christi. Ciclo B


El sacramento de la Eucaristía es conocido con diversos nombres que expresan cada uno de ellos algún aspecto de este sacrosanto misterio. Hoy, primer día del triduo en honor del Corpus Christi, vamos a explicar el título de Acción de gracias, porque la Eucaristía es, sin duda, la acción de gracias litúrgica por excelencia.

Dice un refrán castellano que “el que no es agradecido, no es bien nacido”. Todos los hombres unas veces somos bienhechores de los demás y otras beneficiarios, porque nadie es suficiente para sí mismo. Solamente, Dios Trinitario, en el Espíritu Santo es dador de todo bien y no necesita nada, porque es eterno, infinitamente perfecto.

Jesucristo en el Evangelio nos dice: “Dad gratis porque todo lo habéis recibido gratis”. Es cierto que la justicia es una virtud que exige dar otro lo que realmente merece, pagar a cada uno lo que le corresponde por sus obras. Pero además de la justicia, y por encima de ella, está la caridad, que es la virtud formal de todas las virtudes, sin la cual no existe virtud alguna; y la caridad, que es amor de Dios, exige dar sin recibir nada a cambio. El que sólo obra en virtud de la justicia, no se puede considerar verdaderamente cristiano, pues si de Dios todo lo hemos recibido, debemos dar cosas gratis a los demás para obrar al estilo divino y compartir entre todos lo que es de Dios en última instancia.

La creación del ser humano es un privilegio entre todas las criaturas existentes, pues podríamos haber sido cualquier otra criatura, una piedra, una planta, un animal, y no un hombre o una mujer; y nada hubiera pasado y nada hubiera faltado a la perfecta Creación. Sin embargo, Dios fue infinitamente bueno para con todos nosotros. Nos predestinó, desde la eternidad, a ser hijos suyos en la Iglesia Católica, nos proporcionó unos padres que nos dieron la vida causada por Dios; unos padres que nos regalaron, según ellos entendieron, todo lo mejor que supieron y pudieron, aunque por excepción, tal vez, se diera el caso de que nos hubieran ocasionado males, debido a su desequilibrio personal o por muchas causas justificables; males que en su corazón fueron bienes subjetivos, pues nadie quiere el mal para sí mismo; y los padres responsables, de ninguna manera quieren hacerse mal a ellos mismos en los hijos.

Podríamos haber sido hijos de padres indiferentes a la fe, u opuestos a ella; o haber nacido en un país primitivo, de una cultura pagana, materialista, humanista, o acaso atea. Sin embargo, tanto nos amó Dios que volcó sobre cada uno de nosotros un amor singular, repleto de dones naturales y gracias sobrenaturales.

Siguiendo esta línea de gratitud a Dios por los beneficios recibidos, cada uno haga ahora, o en otro momento de más tiempo y soledad, el recuento de gracias que de Dios ha recibido; y no tendrá otra opción que rendir gracias a Dios, entonando un Tedeum por los muchos regalos que de Él ha recibido.

Además de esta gracia natural, que es la suprema entre todas las cosas creadas, podemos considerar, aunque sólo sea de paso, el hecho de ser cristiano, hijo de Dios por la gracia del bautismo en la Iglesia católica, haber conocido a Dios, desde siempre, haber sido arropado de muchas circunstancias y factores, que contribuyeron a mi vocación cristiana, en mi caso vocación sacerdotal, o en el tuyo vocación de vida consagrada o sacramental del matrimonio, o de vida cristiana en cualquier estado de la vida.

Todo es gracia, nos dice el apóstol San Pablo en la carta a los Romanos. Todavía se acrecienta más la gratitud a Dios, si cada uno en particular reconsidera los dones espirituales que ha recibido y los guarda en el secreto íntimo de su corazón. Y más aún, si recuerda los pecados que ha cometido en la vida pasada, o sigue cometiendo tal vez en la vida presente, que son expresión de ingratitud para con Dios, de quien ha recibido todo bien. Por si esto fuera poco, el Señor es tan infinitamente misericordioso que, a cambio de la ingratitud del pecado, te perdona y te regala el don inestimable de su amor.

Siempre podemos dar gracias a Dios por los beneficios recibidos en la oración personal o comunitaria, en cualquier momento sobre la marcha de la vida ordinaria, con una simple acción de gracias, a modo de jaculatoria, en momento transitorio, que debería ser permanente. Cualquier ocasión es buena para agradecer a Dios el diluvio de gracias recibidas de Él, sin mérito alguno de nuestra parte y sólo por su bondad infinita. Pero el momento más oportuno, oficial y litúrgico es en la celebración de la Santa misa o de la Eucaristía.

La Eucaristía es en sí misma acción de gracias al Padre por el Hijo que se inmola de nuevo por nosotros y nos sigue redimiendo, perpetuando el mismo sacrificio que ofreció al Padre en el altar de la cruz, ministerialmente por medio del sacerdote. Por consiguiente, nuestra misa no debe ser solamente un acto de culto eucarístico, una obligación legal para librarnos del pecado mortal, un cumplimiento de la ley de Dios y de la Iglesia, sino el acto teológico y litúrgico de acción de gracias.

Damos gracias a Dios en el acto penitencial en el que pedimos perdón por nuestros pecados con gratitud eterna; damos gracias a Dios cuando rezamos o cantamos el himno del gloria o de alabanza; cuando escuchamos la Palabra, que nos prepara para la liturgia eucarística; en la presentación del pan y del vino, en el que nos ofrecemos como somos y cuanto tenemos, para que cuando el pan deje de ser sustancia de pan y se convierta en el cuerpo de Cristo y el vino deje des sustancia de vino y se convierta en la sangre de Cristo, nuestra vida y todas nuestras cosas se conviertan en eucaristía; cuando recitemos la plegaria eucarística, con el cuerpo y la sangre de Cristo, presentes en el altar, pidamos por la Iglesia y los difuntos dando gracias a Dios por toda la creación, redención y santificación.

Y, por fin, con el rezo del padre nuestro en el que pedimos a Dios el perdón de nuestros pecados, con el propósito de perdonar a los que nos han ofendido, al estilo de Dios; y con el rito de la paz que entre los hermanos nos damos, y con la comunión al recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, que es acción suprema de gracias, que no tiene parangón.