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sábado, 6 de junio de 2026

Solemnidad del Corpus Christi. Ciclo A

 


 El catecismo de la Iglesia católica del Papa Juan Pablo II enumera los distintos nombres con que es conocido el Sacramento por excelencia, el más perfecto de los siete, el sacramento del Amor (Cat 1328-1332). 

Vamos a explicar brevemente estos nombres con el fin de meditar la riqueza insondable de la Eucaristía, que es el centro de vida cristiana, la fuente de donde dimana la gracia y la cima a la que se encaminan todas las acciones sacramentales, cristianas y apostólicas de la Iglesia. 

Eucaristía es el nombre más común que utilizamos los cristianos para designar este sacrosanto misterio. Su significado etimológico es acción de gracias, porque en este sacramento la Iglesia da gracias a Dios por todos los beneficios recibidos en la Creación, la Redención y la Santificación; gracias al Padre por todas las cosas creadas, visibles e invisibles, que hay en el espacio sideral, cuya naturaleza hoy no es totalmente conocida por el hombre, y probablemente no lo será jamás, por mucho que avance la ciencia humana; gracias por todos los seres creados en la Tierra, tanto en el reino mineral, vegetal y animal, cuya naturaleza no hay inteligencia que los comprenda ni imaginación que los conciba. 

La Eucaristía es el acto sublime y trascendente en el que los hombres personalmente agradecemos a Dios los dones recibidos del Espíritu Santo. Cuando el cristiano participa en el sacrificio eucarístico da gracias con la Iglesia por los beneficios recibidos tanto en el orden natural como sobrenatural: cualidades físicas, espirituales, morales, como la salud, el talento, la fortaleza, la familia, el colegio, las amistades, los bienes materiales, el trabajo etc; y dones sobrenaturales de la fe, la gracia, virtudes, dones del Espíritu Santo etc. La Eucaristía es, en definitiva, un canto de alabanza y de acción de gracias a Dios, Uno y Trino, porque la Creación entera fue el escenario donde Dios en Persona, Jesucristo, realizó la salvación, y donde ahora la sigue realizando ministerialmente por medio de la Iglesia hasta que en la Parusía se convierta en los nuevos cielos y la nueva Tierra. 

La Eucaristía es también un himno litúrgico y sacramental de acción de gracias que la Iglesia canta a la Santísima Trinidad por la redención efectuada por el Hijo, Jesucristo, históricamente en la plenitud de los tiempos, y que se repite y actualiza ministerialmente en la Santa misa. En definitiva, la Iglesia y todos los hombres, unidos a toda la Creación terrestre y celeste, dan gracias a Dios en la santa misa por todas las cosas creadas y por los inmensos dones sobrenaturales de la Redención. 

El Concilio Vaticano II nos dice que “La Eucaristía, como acción de gracias por la Creación y Redención es también sacramento por excelencia que santifica, como ningún otro sacramento, porque es la “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11); y porque “todos los demás sacramentos, como también los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5) No existe acto, ni modo mejor para santificar que la Eucaristía, porque contiene no solamente la gracia que santifica, como en los demás sacramentos, sino al autor de la santificación, el mismo Cristo que santifica con su gracia. No es lo mismo que el sol ilumine la Tierra y la caliente desde el espacio, donde se encuentra, por medio de una participación apropiada de luz y calor, que si pudiera efectuar estos efectos directa y físicamente desde la misma Tierra, cosa realmente imposible. En cambio, la mística realidad de la Eucaristía contiene no sólo la gracia, participación de la misma naturaleza de Dios, sino también a Dios mismo encarnado, la Persona divina de Jesucristo santificadora, y con él a las otras dos divinas Personas: el Padre y el Espíritu santo. Luego la Eucaristía es acción litúrgica sacramental de la Santísima Trinidad. 

Otro nombre con que es conocida la Eucaristía es Banquete del Señor porque nos recuerda, en primer lugar, la cena pascual que celebró el Señor con sus discípulos la víspera de su pasión, en cuyo banquete instituyó la Eucaristía; y porque simboliza también la vida eterna, a la que el Apocalipsis llama con el nombre de banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9). 

La Eucaristía no es simplemente un recuerdo de la Santa Cena y un símbolo de la vida eterna, sino que es también verdadero banquete del Cuerpo y la Sangre de Jesús, en el que todos los que comulgamos participamos comiendo el Cuerpo de Cristo y bebiendo su sangre. El sacrificio de la santa misa es también alimento de vida eterna para los que comulgan, y místicamente para todos los hombres del mundo a quienes llega la gracia eucarística de maneras misteriosas que no conoce la teología católica. Es un hecho indiscutible en la doctrina de la Iglesia que todos los hombres, en virtud de la Comunión de los santos, participan unos de los bienes de otros, como miembros del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. 

Fracción del pan es otro nombre más con el que designamos la Eucaristía. 

Los judíos tenían la costumbre de que el cabeza de familia en las comidas partía el pan y lo repartía entre todos los comensales. Este gesto lo solía hacer Jesús en las comidas que hacía con los discípulos, como Maestro, y lo hizo también en la última Cena. Nos dice el Evangelio que Jesús mientras comía con sus discípulos la última cena “cogió un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: Tomad y comed todos de él porque esto es mi Cuerpo” (Lc 12,22) 

Con el rito de partir el pan se quiere significar que todos los que comen de este pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (1 Co 10,16-17). Por esta razón, fracción del pan es un nombre muy apropiado para significar este sacramento. 

Como la Eucaristía se celebra en comunidad reunida de fieles, que es expresión visible de la Iglesia, recibe también el nombre de Asamblea eucarística. 

Cuando los cristianos nos reunimos en torno al altar para celebrar el sacrificio de Jesús, celebramos el acontecimiento histórico de la muerte y resurrección de Jesús, que se perpetúa místicamente en el altar. La Eucaristía es celebración de la Iglesia en asamblea visible o invisible, aunque sea con la presencia única del sacerdote. La santa misa es el sacrificio de Cristo al que asiste toda la Iglesia, aunque esté representada por unos cuantos fieles en una pequeña asamblea; incluso participa y asiste a ella la asamblea celeste de santos y ángeles, que no pueden separarse de Cristo glorioso, cabeza de los ángeles y santos y objeto de visión y gozo. Por consiguiente, cuando los cristianos unidos en la fe celebramos la Eucaristía, aunque sea en privado, la acción personal se hace asamblea comunitaria de algún modo. 

Memorial de la pasión y de la resurrección el Señor 

La Eucaristía también puede ser llamada memorial o recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, porque al recordar y actualizar el sacrificio de la cruz en la santa misa es como si Cristo volviera a repetir su pasión en el viacrucis, la flagelación, coronación de espinas, crucifixión. Muerte y resurrección. Además la Iglesia ofrece al Padre en la santa misa los sufrimientos de todos y cada uno de ellos, y el cristiano su propia cruz personal, familiar, laboral y social; y cuando muere termina su pasión y resucita con Cristo. La Eucaristía es el acto sublime y sobrenatural de redención de todos los pecados del mundo y el momento oracional más importante para pedir a Dios la gracia para sufrir con sentido redentor, unidos a la pasión y muerte del Señor. 

Quizás en nombre más propio de la Eucaristía sea Santo sacrificio de la Misa, porque en ella se actualiza el único sacrificio que Jesús ofreció al Padre de su propia vida en el Calvario, para redimir a todos los hombres de sus pecados. 

En los antiguos sacrificios extrabíblicos de religiones paganas, incluso de los que se hacían en el Antiguo Testamento había tres elementos esenciales: sacerdote, víctima y altar. El sacerdote, en nombre del pueblo, sacrificaba un animal, generalmente un cordero, y se lo ofrecía a Dios en un altar de piedra, como expiación de los pecados, y con su sangre rociaba a los que asistían al santo sacrificio. Y con esta ceremonia quedaban purificados de sus males. 

Al estilo de los sacrificios de la antigua ley, Cristo en la Eucaristía es el sacerdote y la víctima que se ofrece al Padre en el altar, para redimir a todos los hombres. De él Sumo y Eterno Sacerdote participamos todos los sacerdotes ministeriales y bautismales. Cristo es, a la vez, también la víctima, que con el sacrificio de su propia persona divina redimió todos los pecados del mundo. 

Al repetir y perpetuar el sacerdote el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia y los cristianos ofrecemos al Padre el sacrificio o los dolores de todos los hombres, consagrándolos en eucaristía y en comunión con todos los hombres del mundo. 

Santa y divina liturgia es otro nombre con que es llamada la Eucaristía, que es, en verdad, la liturgia más importante que celebra la Iglesia, porque no es una liturgia más, ni sólo una liturgia sacramental, como por ejemplo el bautismo, sino la liturgia por excelencia, la liturgia central y perfecta, compendio de todas ellas,  tanto sacramentales como eclesiales. Celebrando la liturgia de la Santa misa es como si celebráramos cualquiera otra liturgia sacramental o eclesial, porque es la acción ministerial de Cristo que alaba al Padre, se ofrece por todos los hombres y se da en alimento de comida y bebida, como manjar de vida eterna. 

Comunión es otro nombre muy apropiado para designar la Eucaristía, porque por este sacramento admirable nos unimos a la Santísima Trinidad, todos los santos y ángeles del Cielo, a las almas del Purgatorio, todos los hombres de la Tierra y a toda la creación visible e invisible. 

Cuando celebramos la Eucaristía, en Jesucristo, el Hijo de Dios, nos unimos al Padre y al Espíritu Santo, personas divinas que son inseparables en la Santísima Trinidad, en virtud de la circuminsesión, de manera que al recibir a Jesucristo, nos cristificamos y recibimos también a la Santísima Trinidad. Y como el cuerpo del Señor es también cuerpo de María, su Madre, podríamos decir que en la Eucaristía comulgamos o recibimos, de algún modo, el cuerpo de la Virgen. 

En definitiva, la Eucaristía es la comunión con Dios, Uno y Trino; comunión con la Santísima Virgen María, los santos y ángeles del Cielo; comunión con las almas del Purgatorio; comunión con todos los hombres; comunión con toda la creación celeste y terrestre, que se celebra en el sacrificio que Jesucristo ofreció al Padre en la cruz, que se actualiza y repite místicamente en la Santa Misa. 

Santa Misa porque la Eucaristía termina con el envío que hace el celebrante a los cristianos, para que vayan al mundo a ser testigos de Cristo resucitado, haciendo que su vida sea siempre misa en palabras y obras.




sábado, 21 de junio de 2025

Solemnidad del Corpus Christi

 


Hoy celebramos la solemnidad del Santísimo cuerpo y sangre de Jesús, conocida popularmente con el nombre de Corpus Christi.

En la Persona divina de Jesús se pueden concebir siete  acepciones del cuerpo de Cristo: cuerpo humano, cuerpo transfigurado, cuerpo muerto, cuerpo resucitado y glorioso, Cuerpo eucarístico y Cuerpo místico.

CUERPO HUMANO

El cuerpo humano de Jesucristo es su naturaleza humana, unido  a la segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo, virginalmente engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo: verdadero Dios y verdadero hombre. Es igual que  otro cuerpo humano en todo menos en el pecado, 

CUERPO TRANSFIGURADO

El cuerpo transfigurado  es el mismo cuerpo humano de Jesús que en el monte Tabor, en presencia de Moisés y Elías,  fue visto por San Pedro, San Juan y Santiago con un resplandor deslumbrador de gloria, que humanamente no se puede conseguir. Fue  un símbolo humano, imperfecto, de la eterna glorificación de Jesús en el Cielo y de todos los cuerpos glorificados.

CUERPO MUERTO

Es el cuerpo muerto de Jesús, separado del alma, unido y unidos a la divinidad.

CUERPO RESUCITADO Y GLORIOSO

Es el mismo cuerpo de Jesús muerto, que resucitó, y ahora está glorioso en el Cielo, modelo de los cuerpos gloriosos al fin de los tiempos.

CUERPO EUCARÍSTICO  

Es el mismo Cuerpo de Jesucristo que está en el Cielo y  se hace presente en la Eucaristía, bajo las especies  de pan y vino.

La Eucaristía fue instituida por Jesús el Jueves Santo en el Cenáculo, estando reunido con los apóstoles con estas palabras: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Después tomó en sus manos el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza  nueva y eterna, que será derramada por vosotros y todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

“Cristo está en la Eucaristía de modo verdadero, real y sustancial con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas de pan y de vino por medio de la transubstanciación que significa la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia de vino en la sustancia de su Sangre” (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio 273. 282.2839).

Corpus Christi

La celebración de la Eucaristía se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, al siglo II con varias reformas importantes en el decurso de los siglos.

La solemnidad del Corpus Christi se celebra desde los años 1192-1258. Su principal finalidad  es:

- celebrar la Eucaristía y actualizar místicamente el mismo sacrificio que Jesús ofreció por nosotros en la cruz;

 - proclamar y aumentar la fe en la Eucaristía;

ser  objeto de adoración, culto y alimento de las almas.

La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. En ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él. La Eucaristía  contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: el mismo Cristo, nuestra Pascua. Expresa y produce la unidad del pueblo de Dios y produce la comunión en la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. Mediante la celebración eucarística nos unimos a la liturgia del Cielo y anticipamos la vida eterna (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 274)

Cuerpo místico

Es la unión de todos los hombres, principalmente los bautizados, con Cristo, su cabeza, en la Iglesia de muchas maneras, formando un Cuerpo Místico en el que hay comunicación de vida divina e intercomunicación de bienes

 

sábado, 1 de junio de 2024

Corpus Christi. Ciclo B

 


El sacramento de la Eucaristía es conocido con diversos nombres que expresan cada uno de ellos algún aspecto de este sacrosanto misterio. Uno de ellos es el de Acción de gracias.  Vamos a explicar este título, porque la Eucaristía es, sin duda, la acción de gracias litúrgica por excelencia.

Dice un refrán castellano que “el que no es agradecido, no es bien nacido”. Todos los hombres unas veces somos bienhechores de los demás y otras beneficiarios, porque nadie es suficiente para sí mismo. Solamente Dios Trinitario es dador de todo bien y no necesita nada, porque es eterno, infinitamente perfecto.

Jesucristo en el Evangelio nos dice: “Dad gratis porque  todo lo habéis recibido gratis”. Es cierto que la justicia es una virtud que exige dar a  otro lo que realmente merece, pagar a cada uno lo que le corresponde por sus obras. Pero además de la justicia, y por encima de ella, está la caridad, que es la virtud formal de todas las virtudes, sin la cual no existe virtud alguna; y la caridad, que es amor de Dios, exige dar sin recibir nada a cambio. El que sólo obra en virtud de la justicia, no se puede considerar verdaderamente cristiano, pues si de Dios todo lo hemos recibido,  debemos dar cosas gratis a los demás para obrar al estilo divino y compartir entre todos lo que es de Dios en última instancia.

La creación del ser humano es un privilegio entre todas las criaturas existentes, pues podríamos haber sido cualquier otra criatura, una piedra, una planta, un animal, y no un hombre o una mujer; y nada hubiera pasado y nada hubiera faltado a la perfecta Creación. Sin embargo, Dios fue infinitamente bueno para con todos nosotros. Nos predestinó, desde la eternidad, a ser hijos suyos en la Iglesia Católica, nos proporcionó unos padres que nos dieron la vida causada por Dios; unos padres que nos regalaron, según ellos entendieron, todo lo mejor que supieron y pudieron, aunque por excepción, tal vez, se diera el caso de que nos hubieran ocasionado males, debido a su desequilibrio personal o por muchas causas justificables; males que en su corazón fueron bienes subjetivos, pues nadie quiere el mal para sí mismo; y los padres responsables, de ninguna manera quieren hacerse mal a ellos mismos en los hijos.

Podríamos haber sido hijos de padres indiferentes a la fe, u opuestos a ella; o haber nacido en un país primitivo, de una cultura pagana, materialista, humanista, o acaso atea. Sin embargo, tanto nos amó Dios que volcó sobre cada uno de nosotros un amor singular, repleto de dones naturales y gracias sobrenaturales. 

Siguiendo esta línea de gratitud a Dios por los beneficios recibidos, cada uno haga ahora, o en otro momento de más tiempo y soledad, el recuento de gracias que de Dios ha recibido; y no tendrá otra opción que rendir gracias a Dios, entonando un Tedeum por los muchos regalos que de Él ha recibido. 

Además de esta gracia natural, que es la suprema entre todas las cosas creadas, podemos considerar, aunque sólo sea de paso, el hecho de ser cristiano, hijo de Dios por la gracia del bautismo en la Iglesia católica, haber conocido a Dios, desde siempre, haber sido arropado de muchas circunstancias y factores, que contribuyeron a mi vocación cristiana, en mi caso  vocación sacerdotal, o en el tuyo vocación de vida consagrada o sacramental del matrimonio, o de vida cristiana en cualquier estado de la vida.

Todo es gracia, nos dice el apóstol San Pablo en la carta a los Romanos. Todavía se acrecienta más la gratitud a Dios, si cada uno en particular reconsidera los dones espirituales que ha recibido y los guarda en el secreto íntimo de su corazón. Y más aún, si recuerda los pecados que ha cometido en la vida pasada, o sigue cometiendo tal vez en la vida presente, que son expresión de ingratitud para con Dios, de quien ha recibido todo bien. Por si esto fuera poco, el Señor es tan infinitamente misericordioso que, a cambio de la ingratitud del pecado, te perdona y te regala el don inestimable de su amor.

Siempre podemos dar gracias a Dios por los beneficios recibidos en la oración personal o comunitaria, en cualquier momento sobre la marcha de la vida ordinaria, con una simple acción de gracias, a modo de jaculatoria, en momento transitorio, que debería ser permanente. Cualquier ocasión es buena para agradecer a Dios el diluvio de gracias recibidas de Él, sin mérito alguno de nuestra parte y sólo por su bondad infinita. Pero el momento más oportuno, oficial y litúrgico es en la celebración de la Santa misa o de la Eucaristía. 

La Eucaristía es en sí misma acción de gracias al Padre por el Hijo que se inmola de nuevo por nosotros y nos sigue redimiendo, perpetuando el mismo sacrificio que ofreció al Padre en el altar de la cruz, ministerialmente por medio del sacerdote. Por consiguiente, nuestra misa no debe ser solamente un acto de culto eucarístico, una obligación legal para librarnos del pecado mortal, un cumplimiento de la ley de Dios y de la Iglesia, sino el acto teológico y litúrgico de acción de gracias.

Damos gracias a Dios en el acto penitencial en el que pedimos perdón por nuestros pecados con gratitud eterna; damos gracias a Dios cuando rezamos o cantamos el himno del gloria o de alabanza; cuando escuchamos la Palabra, que nos prepara para la liturgia eucarística; en la presentación del pan y del vino, en el que nos ofrecemos como somos y cuanto tenemos, para que cuando el pan deje de ser sustancia de pan y se convierta en el cuerpo de Cristo y el vino deje des sustancia de vino y se convierta en la sangre de Cristo, nuestra vida y todas nuestras cosas se conviertan en eucaristía; cuando recitemos la plegaria eucarística, con el cuerpo y la sangre de Cristo, presentes en el altar, pidamos por la Iglesia y los difuntos dando gracias a Dios por toda la creación, redención y santificación.

Y, por fin, con el rezo del padre nuestro en el que pedimos a Dios el perdón de nuestros pecados, con el propósito de perdonar a los que nos han ofendido, al estilo de Dios; y con el rito de la paz que entre los hermanos nos damos, y con la comunión al recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, que es acción suprema de gracias, que no tiene parangón.

sábado, 10 de junio de 2023

Corpus Christi. Ciclo A

 

 


El catecismo de la Iglesia católica del Papa Juan Pablo II enumera los distintos nombres con que es conocido el Sacramento por excelencia, el más perfecto de los siete, el sacramento del Amor (Cat 1328-1332).

Vamos a explicar brevemente estos nombres con el fin de meditar la riqueza insondable de la Eucaristía, que es el centro de vida cristiana, la fuente de donde dimana la gracia y la cima a la que se encaminan todas las acciones sacramentales, cristianas y apostólicas de la Iglesia.

Eucaristía es el nombre más común que utilizamos los cristianos para designar este sacrosanto misterio. Su significado etimológico es acción de gracias, porque en este sacramento la Iglesia da gracias a Dios por todos los beneficios recibidos en la Creación, la Redención y la Santificación; gracias al Padre por todas las cosas creadas, visibles e invisibles, que hay en el espacio sideral, cuya naturaleza hoy no es totalmente conocida por el hombre, y probablemente no lo será jamás, por mucho que avance la ciencia humana; gracias por todos los seres creados en la Tierra, tanto en el reino mineral, vegetal y animal, cuya naturaleza no hay inteligencia que los comprenda ni imaginación que los conciba.

La Eucaristía es el acto sublime y trascendente en el que los hombres personalmente agradecemos a Dios los dones recibidos del Espíritu Santo. Cuando el cristiano participa en el sacrificio eucarístico da gracias con la Iglesia por los beneficios recibidos tanto en el orden natural como sobrenatural: cualidades físicas, espirituales, morales, como la salud, el talento, la fortaleza, la familia, el colegio, las amistades, los bienes materiales, el trabajo etc; y dones sobrenaturales de la fe, la gracia, virtudes, dones del Espíritu Santo etc. La Eucaristía es, en definitiva, un canto de alabanza y de acción de gracias a Dios, Uno y Trino, porque la Creación entera fue el escenario donde Dios en Persona, Jesucristo, realizó la salvación, y donde ahora la sigue realizando ministerialmente por medio de la Iglesia hasta que en la Parusía se convierta en los nuevos cielos y la nueva Tierra.

La Eucaristía es también un himno litúrgico y sacramental de acción de gracias que la Iglesia canta a la Santísima Trinidad por la redención efectuada por el Hijo, Jesucristo, históricamente en la plenitud de los tiempos, y que se repite y actualiza ministerialmente en la Santa misa. En definitiva, la Iglesia y todos los hombres, unidos a toda la Creación terrestre y celeste, dan gracias a Dios en la santa misa por todas las cosas creadas y por los inmensos dones sobrenaturales de la Redención.

El Concilio Vaticano II nos dice que “La Eucaristía, como acción de gracias por la Creación y Redención es también sacramento por excelencia que santifica, como ningún otro sacramento, porque es la “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11); y porque “todos los demás sacramentos, como también los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5) No existe acto, ni modo mejor para santificar que la Eucaristía, porque contiene no solamente la gracia que santifica, como en los demás sacramentos, sino al autor de la santificación, el mismo Cristo que santifica con su gracia. No es lo mismo que el sol ilumine la Tierra y la caliente desde el espacio, donde se encuentra, por medio de una participación apropiada de luz y calor, que si pudiera efectuar estos efectos directa y físicamente desde la misma Tierra, cosa realmente imposible. En cambio, la mística realidad de la Eucaristía contiene no sólo la gracia, participación de la misma naturaleza de Dios, sino también a Dios mismo encarnado, la Persona divina de Jesucristo santificadora, y con él a las otras dos divinas Personas: el Padre y el Espíritu santo. Luego la Eucaristía es acción litúrgica sacramental de la Santísima Trinidad.

Otro nombre con que es conocida la Eucaristía es Banquete del Señor porque nos recuerda, en primer lugar, la cena pascual que celebró el Señor con sus discípulos la víspera de su pasión, en cuyo banquete instituyó la Eucaristía; y porque simboliza también la vida eterna, a la que el Apocalipsis llama con el nombre de banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9).

La Eucaristía no es simplemente un recuerdo de la Santa Cena y un símbolo de la vida eterna, sino que es también verdadero banquete del Cuerpo y la Sangre de Jesús, en el que todos los que comulgamos participamos comiendo el Cuerpo de Cristo y bebiendo su sangre. El sacrificio de la santa misa es también alimento de vida eterna para los que comulgan, y místicamente para todos los hombres del mundo a quienes llega la gracia eucarística de maneras misteriosas que no conoce la teología católica. Es un hecho indiscutible en la doctrina de la Iglesia que todos los hombres, en virtud de la Comunión de los santos, participan unos de los bienes de otros, como miembros del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.

Fracción del pan es otro nombre más con el que designamos la Eucaristía.
Los judíos tenían la costumbre de que el cabeza de familia en las comidas partía el pan y lo repartía entre todos los comensales. Este gesto lo solía hacer Jesús en las comidas que hacía con los discípulos, como Maestro, y lo hizo también en la última Cena. Nos dice el Evangelio que Jesús mientras comía con sus discípulos la última cena “cogió un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: Tomad y comed todos de él porque esto es mi Cuerpo” (Lc 12,22)

Con el rito de partir el pan se quiere significar que todos los que comen de este pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (1 Co 10,16-17). Por esta razón, fracción del pan es un nombre muy apropiado para significar este sacramento.

Como la Eucaristía se celebra en comunidad reunida de fieles, que es expresión visible de la Iglesia, recibe también el nombre de Asamblea eucarística.

Cuando los cristianos nos reunimos en torno al altar para celebrar el sacrificio de Jesús, celebramos el acontecimiento histórico de la muerte y resurrección de Jesús, que se perpetúa místicamente en el altar. La Eucaristía es celebración de la Iglesia en asamblea visible o invisible, aunque sea con la presencia única del sacerdote. La santa misa es el sacrificio de Cristo al que asiste toda la Iglesia, aunque esté representada por unos cuantos fieles en una pequeña asamblea; incluso participa y asiste a ella la asamblea celeste de santos y ángeles, que no pueden separarse de Cristo glorioso, cabeza de los ángeles y santos y objeto de visión y gozo. Por consiguiente, cuando los cristianos unidos en la fe celebramos la Eucaristía, aunque sea en privado, la acción personal se hace asamblea comunitaria de algún modo.

Memorial de la pasión y de la resurrección el Señor

La Eucaristía también puede ser llamada memorial o recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, porque al recordar y actualizar el sacrificio de la cruz en la santa misa es como si Cristo volviera a repetir su pasión en el viacrucis, la flagelación, coronación de espinas, crucifixión. Muerte y resurrección. Además la Iglesia ofrece al Padre en la santa misa los sufrimientos de todos y cada uno de ellos, y el cristiano su propia cruz personal, familiar, laboral y social; y cuando muere termina su pasión y resucita con Cristo. La Eucaristía es el acto sublime y sobrenatural de redención de todos los pecados del mundo y el momento oracional más importante para pedir a Dios la gracia para sufrir con sentido redentor, unidos a la pasión y muerte del Señor.

Quizás en nombre más propio de la Eucaristía sea Santo sacrificio de la Misa, porque en ella se actualiza el único sacrificio que Jesús ofreció al Padre de su propia vida en el Calvario, para redimir a todos los hombres de sus pecados.

En los antiguos sacrificios extrabíblicos de religiones paganas, incluso de los que se hacían en el Antiguo Testamento había tres elementos esenciales: sacerdote, víctima y altar. El sacerdote, en nombre del pueblo, sacrificaba un animal, generalmente un cordero, y se lo ofrecía a Dios en un altar de piedra, como expiación de los pecados, y con su sangre rociaba a los que asistían al santo sacrificio. Y con esta ceremonia quedaban purificados de sus males.

Al estilo de los sacrificios de la antigua ley, Cristo en la Eucaristía es el sacerdote y la víctima que se ofrece al Padre en el altar, para redimir a todos los hombres. De él Sumo y Eterno Sacerdote participamos todos los sacerdotes ministeriales y bautismales. Cristo es, a la vez, también la víctima, que con el sacrificio de su propia persona divina redimió todos los pecados del mundo.

Al repetir y perpetuar el sacerdote el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia y los cristianos ofrecemos al Padre el sacrificio o los dolores de todos los hombres, consagrándolos en eucaristía y en comunión con todos los hombres del mundo.

Santa y divina liturgia es otro nombre con que es llamada la Eucaristía, que es, en verdad, la liturgia más importante que celebra la Iglesia, porque no es una liturgia más, ni sólo una liturgia sacramental, como por ejemplo el bautismo, sino la liturgia por excelencia, la liturgia central y perfecta, compendio de todas ellas, tanto sacramentales como eclesiales. Celebrando la liturgia de la Santa misa es como si celebráramos cualquiera otra liturgia sacramental o eclesial, porque es la acción ministerial de Cristo que alaba al Padre, se ofrece por todos los hombres y se da en alimento de comida y bebida, como manjar de vida eterna.

Comunión es otro nombre muy apropiado para designar la Eucaristía, porque por este sacramento admirable nos unimos a la Santísima Trinidad, todos los santos y ángeles del Cielo, a las almas del Purgatorio, todos los hombres de la Tierra y a toda la creación visible e invisible.

Cuando celebramos la Eucaristía, en Jesucristo, el Hijo de Dios, nos unimos al Padre y al Espíritu Santo, personas divinas que son inseparables en la Santísima Trinidad, en virtud de la circuminsesión, de manera que al recibir a Jesucristo, nos cristificamos y recibimos también a la Santísima Trinidad. Y como el cuerpo del Señor es también cuerpo de María, su Madre, podríamos decir que en la Eucaristía comulgamos o recibimos, de algún modo, el cuerpo de la Virgen.

En definitiva, la Eucaristía es la comunión con Dios, Uno y Trino; comunión con la Santísima Virgen María, los santos y ángeles del Cielo; comunión con las almas del Purgatorio; comunión con todos los hombres; comunión con toda la creación celeste y terrestre, que se celebra en el sacrificio que Jesucristo ofreció al Padre en la cruz, que se actualiza y repite místicamente en la Santa Misa.

Santa Misa porque la Eucaristía termina con el envío que hace el celebrante a los cristianos, para que vayan al mundo a ser testigos de Cristo resucitado, haciendo que su vida sea siempre misa en palabras y obras.

sábado, 18 de junio de 2022

Corpus Christi. Ciclo C

Hoy celebramos la solemnidad del Santísimo cuerpo y sangre de Jesús,

conocida popularmente con el nombre de Corpus Christi.

En la Persona divina de Jesús se pueden concebir siete  acepciones del cuerpo de Cristo: cuerpo humano, cuerpo transfigurado, cuerpo muerto, cuerpo resucitado y glorioso, Cuerpo eucarístico y Cuerpo místico.

CUERPO HUMANO

El cuerpo humano de Jesucristo es su naturaleza humana, unido  a la segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo, virginalmente engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo: verdadero Dios y verdadero hombre. Es igual que  otro cuerpo humano en todo menos en el pecado, 

CUERPO TRANSFIGURADO

El cuerpo transfigurado  es el mismo cuerpo humano de Jesús que en el monte Tabor, en presencia de Moisés y Elías,  fue visto por San Pedro, San Juan y Santiago con un resplandor deslumbrador de gloria, que humanamente no se puede conseguir. Fue  un símbolo humano, imperfecto, de la eterna glorificación de Jesús en el Cielo y de todos los cuerpos glorificados.

         CUERPO MUERTO

Es el cuerpo muerto de Jesús, separado del alma, unido y unidos a la divinidad.

CUERPO RESUCITADO Y GLORIOSO

Es el mismo cuerpo de Jesús muerto, que resucitó, y ahora está glorioso en el Cielo, modelo de los cuerpos gloriosos al fin de los tiempos.

CUERPO EUCARÍSTICO  

Es el mismo Cuerpo de Jesucristo que está en el Cielo y  se hace presente en la Eucaristía, bajo las especies  de pan y vino.

La Eucaristía fue instituida por Jesús el Jueves Santo en el Cenáculo, estando reunido con los apóstoles con estas palabras: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Después tomó en sus manos el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza  nueva y eterna, que será derramada por vosotros y todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

“Cristo está en la Eucaristía de modo verdadero, real y sustancial con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas de pan y de vino por medio de la transubstanciación que significa la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia de vino en la sustancia de su Sangre” (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio 273. 282.2839).

 Corpus Christi

La celebración de la Eucaristía se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, al siglo II con varias reformas importantes en el decurso de los siglos.

La solemnidad del Corpus Christi se celebra desde los años 1192-1258. Su principal finalidad  es:

- celebrar la Eucaristía y actualizar místicamente el mismo sacrificio que Jesús ofreció por nosotros en la cruz;

 - proclamar y aumentar la fe en la Eucaristía;

ser  objeto de adoración, culto y alimento de las almas.

La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. En ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él. La Eucaristía  contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: el mismo Cristo, nuestra Pascua. Expresa y produce la unidad del pueblo de Dios y produce la comunión en la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. Mediante la celebración eucarística nos unimos a la liturgia del Cielo y anticipamos la vida eterna (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 274)

Cuerpo místico

        Es la unión de todos los hombres, principalmente los bautizados, con Cristo, su cabeza, en la Iglesia de muchas maneras, formando un Cuerpo Místico en el que hay comunicación de vida divina e intercomunicación de bienes.

 

 

 

sábado, 5 de junio de 2021

Corpus Christi. Ciclo B


El sacramento de la Eucaristía es conocido con diversos nombres que expresan cada uno de ellos algún aspecto de este sacrosanto misterio. Hoy, primer día del triduo en honor del Corpus Christi, vamos a explicar el título de Acción de gracias, porque la Eucaristía es, sin duda, la acción de gracias litúrgica por excelencia.

Dice un refrán castellano que “el que no es agradecido, no es bien nacido”. Todos los hombres unas veces somos bienhechores de los demás y otras beneficiarios, porque nadie es suficiente para sí mismo. Solamente, Dios Trinitario, en el Espíritu Santo es dador de todo bien y no necesita nada, porque es eterno, infinitamente perfecto.

Jesucristo en el Evangelio nos dice: “Dad gratis porque todo lo habéis recibido gratis”. Es cierto que la justicia es una virtud que exige dar otro lo que realmente merece, pagar a cada uno lo que le corresponde por sus obras. Pero además de la justicia, y por encima de ella, está la caridad, que es la virtud formal de todas las virtudes, sin la cual no existe virtud alguna; y la caridad, que es amor de Dios, exige dar sin recibir nada a cambio. El que sólo obra en virtud de la justicia, no se puede considerar verdaderamente cristiano, pues si de Dios todo lo hemos recibido, debemos dar cosas gratis a los demás para obrar al estilo divino y compartir entre todos lo que es de Dios en última instancia.

La creación del ser humano es un privilegio entre todas las criaturas existentes, pues podríamos haber sido cualquier otra criatura, una piedra, una planta, un animal, y no un hombre o una mujer; y nada hubiera pasado y nada hubiera faltado a la perfecta Creación. Sin embargo, Dios fue infinitamente bueno para con todos nosotros. Nos predestinó, desde la eternidad, a ser hijos suyos en la Iglesia Católica, nos proporcionó unos padres que nos dieron la vida causada por Dios; unos padres que nos regalaron, según ellos entendieron, todo lo mejor que supieron y pudieron, aunque por excepción, tal vez, se diera el caso de que nos hubieran ocasionado males, debido a su desequilibrio personal o por muchas causas justificables; males que en su corazón fueron bienes subjetivos, pues nadie quiere el mal para sí mismo; y los padres responsables, de ninguna manera quieren hacerse mal a ellos mismos en los hijos.

Podríamos haber sido hijos de padres indiferentes a la fe, u opuestos a ella; o haber nacido en un país primitivo, de una cultura pagana, materialista, humanista, o acaso atea. Sin embargo, tanto nos amó Dios que volcó sobre cada uno de nosotros un amor singular, repleto de dones naturales y gracias sobrenaturales.

Siguiendo esta línea de gratitud a Dios por los beneficios recibidos, cada uno haga ahora, o en otro momento de más tiempo y soledad, el recuento de gracias que de Dios ha recibido; y no tendrá otra opción que rendir gracias a Dios, entonando un Tedeum por los muchos regalos que de Él ha recibido.

Además de esta gracia natural, que es la suprema entre todas las cosas creadas, podemos considerar, aunque sólo sea de paso, el hecho de ser cristiano, hijo de Dios por la gracia del bautismo en la Iglesia católica, haber conocido a Dios, desde siempre, haber sido arropado de muchas circunstancias y factores, que contribuyeron a mi vocación cristiana, en mi caso vocación sacerdotal, o en el tuyo vocación de vida consagrada o sacramental del matrimonio, o de vida cristiana en cualquier estado de la vida.

Todo es gracia, nos dice el apóstol San Pablo en la carta a los Romanos. Todavía se acrecienta más la gratitud a Dios, si cada uno en particular reconsidera los dones espirituales que ha recibido y los guarda en el secreto íntimo de su corazón. Y más aún, si recuerda los pecados que ha cometido en la vida pasada, o sigue cometiendo tal vez en la vida presente, que son expresión de ingratitud para con Dios, de quien ha recibido todo bien. Por si esto fuera poco, el Señor es tan infinitamente misericordioso que, a cambio de la ingratitud del pecado, te perdona y te regala el don inestimable de su amor.

Siempre podemos dar gracias a Dios por los beneficios recibidos en la oración personal o comunitaria, en cualquier momento sobre la marcha de la vida ordinaria, con una simple acción de gracias, a modo de jaculatoria, en momento transitorio, que debería ser permanente. Cualquier ocasión es buena para agradecer a Dios el diluvio de gracias recibidas de Él, sin mérito alguno de nuestra parte y sólo por su bondad infinita. Pero el momento más oportuno, oficial y litúrgico es en la celebración de la Santa misa o de la Eucaristía.

La Eucaristía es en sí misma acción de gracias al Padre por el Hijo que se inmola de nuevo por nosotros y nos sigue redimiendo, perpetuando el mismo sacrificio que ofreció al Padre en el altar de la cruz, ministerialmente por medio del sacerdote. Por consiguiente, nuestra misa no debe ser solamente un acto de culto eucarístico, una obligación legal para librarnos del pecado mortal, un cumplimiento de la ley de Dios y de la Iglesia, sino el acto teológico y litúrgico de acción de gracias.

Damos gracias a Dios en el acto penitencial en el que pedimos perdón por nuestros pecados con gratitud eterna; damos gracias a Dios cuando rezamos o cantamos el himno del gloria o de alabanza; cuando escuchamos la Palabra, que nos prepara para la liturgia eucarística; en la presentación del pan y del vino, en el que nos ofrecemos como somos y cuanto tenemos, para que cuando el pan deje de ser sustancia de pan y se convierta en el cuerpo de Cristo y el vino deje des sustancia de vino y se convierta en la sangre de Cristo, nuestra vida y todas nuestras cosas se conviertan en eucaristía; cuando recitemos la plegaria eucarística, con el cuerpo y la sangre de Cristo, presentes en el altar, pidamos por la Iglesia y los difuntos dando gracias a Dios por toda la creación, redención y santificación.

Y, por fin, con el rezo del padre nuestro en el que pedimos a Dios el perdón de nuestros pecados, con el propósito de perdonar a los que nos han ofendido, al estilo de Dios; y con el rito de la paz que entre los hermanos nos damos, y con la comunión al recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, que es acción suprema de gracias, que no tiene parangón.



















sábado, 13 de junio de 2020

Corpus Christi. Ciclo A

           El catecismo de la Iglesia católica del Papa Juan Pablo II enumera los distintos nombres con que es conocido el Sacramento por excelencia, el más perfecto de los siete, el sacramento del Amor (Cat 1328-1332).

Vamos a explicar brevemente estos nombres con el fin de meditar la riqueza insondable de la Eucaristía, que es el centro de vida cristiana, la fuente de donde dimana la gracia y la cima a la que se encaminan todas las acciones sacramentales, cristianas y apostólicas de la Iglesia.

          Eucaristía es el nombre más común que utilizamos los cristianos para designar este sacrosanto misterio. Su significado etimológico es acción de gracias, porque en este sacramento la Iglesia da gracias a Dios por todos los beneficios recibidos en la Creación, la Redención y la Santificación; gracias al Padre por todas las cosas creadas, visibles e invisibles, que hay en el espacio sideral, cuya naturaleza hoy no es totalmente conocida por el hombre, y probablemente no lo será jamás, por mucho que avance la ciencia humana; gracias por todos los seres creados en la Tierra, tanto en el reino mineral, vegetal y animal, cuya naturaleza no hay inteligencia que los comprenda ni imaginación que los conciba.

La Eucaristía es el acto sublime y trascendente en el que los hombres personalmente agradecemos a Dios los dones recibidos del Espíritu Santo. Cuando el cristiano participa en el sacrificio eucarístico da gracias con la Iglesia por los beneficios recibidos tanto en el orden natural como sobrenatural: cualidades físicas, espirituales, morales, como la salud, el talento, la fortaleza, la familia, el colegio, las amistades, los bienes materiales, el trabajo etc; y dones sobrenaturales de la fe, la gracia, virtudes, dones del Espíritu Santo etc. La Eucaristía es, en definitiva, un canto de alabanza y de acción de gracias a Dios, Uno y Trino, porque la Creación entera fue el escenario donde Dios en Persona, Jesucristo, realizó la salvación, y donde ahora la sigue realizando ministerialmente por medio de la Iglesia hasta que en la Parusía se convierta en los nuevos cielos y la nueva Tierra.

La Eucaristía es también un himno litúrgico y sacramental de acción de gracias que la Iglesia canta a la Santísima Trinidad por la redención efectuada por el Hijo, Jesucristo, históricamente en la plenitud de los tiempos, y que se repite y actualiza ministerialmente en la Santa misa. En definitiva, la Iglesia y todos los hombres, unidos a toda la Creación terrestre y celeste, dan gracias a Dios en la santa misa por todas las cosas creadas y por los inmensos dones sobrenaturales de la Redención.

El Concilio Vaticano II nos dice que “La Eucaristía, como acción de gracias por la Creación y Redención es también sacramento por excelencia que santifica, como ningún otro sacramento, porque es la “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11); y porque “todos los demás sacramentos, como también los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5) No existe acto, ni modo mejor para santificar que la Eucaristía, porque contiene no solamente la gracia que santifica, como en los demás sacramentos, sino al autor de la santificación, el mismo Cristo que santifica con su gracia. No es lo mismo que el sol ilumine la Tierra y la caliente desde el espacio, donde se encuentra, por medio de una participación apropiada de luz y calor, que si pudiera efectuar estos efectos directa y físicamente desde la misma Tierra, cosa realmente imposible. En cambio, la mística realidad de la Eucaristía contiene no sólo la gracia, participación de la misma naturaleza de Dios, sino también a Dios mismo encarnado, la Persona divina de Jesucristo santificadora, y con él a las otras dos divinas Personas: el Padre y el Espíritu santo. Luego la Eucaristía es acción litúrgica sacramental de la Santísima Trinidad.

Otro nombre con que es conocida la Eucaristía es Banquete del Señor porque nos recuerda, en primer lugar, la cena pascual que celebró el Señor con sus discípulos la víspera de su pasión, en cuyo banquete instituyó la Eucaristía; y porque simboliza también la vida eterna, a la que el Apocalipsis llama con el nombre de banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9).

La Eucaristía no es simplemente un recuerdo de la Santa Cena y un símbolo de la vida eterna, sino que es también verdadero banquete del Cuerpo y la Sangre de Jesús, en el que todos los que comulgamos participamos comiendo el Cuerpo de Cristo y bebiendo su sangre. El sacrificio de la santa misa es también alimento de vida eterna para los que comulgan, y místicamente para todos los hombres del mundo a quienes llega la gracia eucarística de maneras misteriosas que no conoce la teología católica. Es un hecho indiscutible en la doctrina de la Iglesia que todos los hombres, en virtud de la Comunión de los santos, participan unos de los bienes de otros, como miembros del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.

Fracción del pan es otro nombre más con el que designamos la Eucaristía.

Los judíos tenían la costumbre de que el cabeza de familia en las comidas partía el pan y lo repartía entre todos los comensales. Este gesto lo solía hacer Jesús en las comidas que hacía con los discípulos, como Maestro, y lo hizo también en la última Cena. Nos dice el Evangelio que Jesús mientras comía con sus discípulos la última cena “cogió un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: Tomad y comed todos de él porque esto es mi Cuerpo” (Lc 12,22)

Con el rito de partir el pan se quiere significar que todos los que comen de este pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (1 Co 10,16-17). Por esta razón, fracción del pan es un nombre muy apropiado para significar este sacramento.

Como la Eucaristía se celebra en comunidad reunida de fieles, que es expresión visible de la Iglesia, recibe también el nombre de Asamblea eucarística.

Cuando los cristianos nos reunimos en torno al altar para celebrar el sacrificio de Jesús, celebramos el acontecimiento histórico de la muerte y resurrección de Jesús, que se perpetúa místicamente en el altar. La Eucaristía es celebración de la Iglesia en asamblea visible o invisible, aunque sea con la presencia única del sacerdote. La santa misa es el sacrificio de Cristo al que asiste toda la Iglesia, aunque esté representada por unos cuantos fieles en una pequeña asamblea; incluso participa y asiste a ella la asamblea celeste de santos y ángeles, que no pueden separarse de Cristo glorioso, cabeza de los ángeles y santos y objeto de visión y gozo. Por consiguiente, cuando los cristianos unidos en la fe celebramos la Eucaristía, aunque sea en privado, la acción personal se hace asamblea comunitaria de algún modo.

Memorial de la pasión y de la resurrección el Señor

          La Eucaristía también puede ser llamada memorial o recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, porque al recordar y actualizar el sacrificio de la cruz en la santa misa es como si Cristo volviera a repetir su pasión en el viacrucis, la flagelación, coronación de espinas, crucifixión. Muerte y resurrección. Además la Iglesia ofrece al Padre en la santa misa los sufrimientos de todos y cada uno de ellos, y el cristiano su propia cruz personal, familiar, laboral y social; y cuando muere termina su pasión y resucita con Cristo. La Eucaristía es el acto sublime y sobrenatural de redención de todos los pecados del mundo y el momento oracional más importante para pedir a Dios la gracia para sufrir con sentido redentor, unidos a la pasión y muerte del Señor.

Quizás en nombre más propio de la Eucaristía sea Santo sacrificio de la Misa, porque en ella se actualiza el único sacrificio que Jesús ofreció al Padre de su propia vida en el Calvario, para redimir a todos los hombres de sus pecados.

         En los antiguos sacrificios extrabíblicos de religiones paganas, incluso de los que se hacían en el Antiguo Testamento había tres elementos esenciales: sacerdote, víctima y altar. El sacerdote, en nombre del pueblo, sacrificaba un animal, generalmente un cordero, y se lo ofrecía a Dios en un altar de piedra, como expiación de los pecados, y con su sangre rociaba a los que asistían al santo sacrificio. Y con esta ceremonia quedaban purificados de sus males.

Al estilo de los sacrificios de la antigua ley, Cristo en la Eucaristía es el sacerdote y la víctima que se ofrece al Padre en el altar, para redimir a todos los hombres. De él Sumo y Eterno Sacerdote participamos todos los sacerdotes ministeriales y bautismales. Cristo es, a la vez, también la víctima, que con el sacrificio de su propia persona divina redimió todos los pecados del mundo.
Al repetir y perpetuar el sacerdote el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia y los cristianos ofrecemos al Padre el sacrificio o los dolores de todos los hombres, consagrándolos en eucaristía y en comunión con todos los hombres del mundo.

            Santa y divina liturgia es otro nombre con que es llamada la Eucaristía, que es, en verdad, la liturgia más importante que celebra la Iglesia, porque no es una liturgia más, ni sólo una liturgia sacramental, como por ejemplo el bautismo, sino la liturgia por excelencia, la liturgia central y perfecta, compendio de todas ellas,  tanto sacramentales como eclesiales. Celebrando la liturgia de la Santa misa es como si celebráramos cualquiera otra liturgia sacramental o eclesial, porque es la acción ministerial de Cristo que alaba al Padre, se ofrece por todos los hombres y se da en alimento de comida y bebida, como manjar de vida eterna.

         Comunión es otro nombre muy apropiado para designar la Eucaristía, porque por este sacramento admirable nos unimos a la Santísima Trinidad, todos los santos y ángeles del Cielo, a las almas del Purgatorio, todos los hombres de la Tierra y a toda la creación visible e invisible.

          Cuando celebramos la Eucaristía, en Jesucristo, el Hijo de Dios, nos unimos al Padre y al Espíritu Santo, personas divinas que son inseparables en la Santísima Trinidad, en virtud de la circuminsesión, de manera que al recibir a Jesucristo, nos cristificamos y recibimos también a la Santísima Trinidad. Y como el cuerpo del Señor es también cuerpo de María, su Madre, podríamos decir que en la Eucaristía comulgamos o recibimos, de algún modo, el cuerpo de la Virgen.

          En definitiva, la Eucaristía es la comunión con Dios, Uno y Trino; comunión con la Santísima Virgen María, los santos y ángeles del Cielo; comunión con las almas del Purgatorio; comunión con todos los hombres; comunión con toda la creación celeste y terrestre, que se celebra en el sacrificio que Jesucristo ofreció al Padre en la cruz, que se actualiza y repite místicamente en la Santa Misa.

          Santa Misa porque la Eucaristía termina con el envío que hace el celebrante a los cristianos, para que vayan al mundo a ser testigos de Cristo resucitado, haciendo que su vida sea siempre misa en palabras y obras.


sábado, 22 de junio de 2019

Corpus Christi. Ciclo C

Hoy celebramos la solemnidad del Santísimo cuerpo y sangre de Jesús, conocida popularmente con el nombre de Corpus Christi.
 En la Persona divina de Jesús se pueden concebir siete  acepciones del cuerpo de Cristo: cuerpo humano, cuerpo transfigurado, cuerpo muerto, cuerpo resucitado y glorioso, Cuerpo eucarístico y Cuerpo místico.

CUERPO HUMANO
El cuerpo humano de Jesucristo es su naturaleza humana, unido  a la segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo, virginalmente engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo: verdadero Dios y verdadero hombre. Es igual que  otro cuerpo humano en todo menos en el pecado, 

CUERPO TRANSFIGURADO
El cuerpo transfigurado  es el mismo cuerpo humano de Jesús que en el monte Tabor, en presencia de Moisés y Elías,  fue visto por San Pedro, San Juan y Santiago con un resplandor deslumbrador de gloria, que humanamente no se puede conseguir. Fue  un símbolo humano, imperfecto, de la eterna glorificación de Jesús en el Cielo y de todos los cuerpos glorificados.

CUERPO MUERTO
Es el cuerpo muerto de Jesús, separado del alma, unido y unidos a la divinidad.

CUERPO RESUCITADO Y GLORIOSO
Es el mismo cuerpo de Jesús muerto, que resucitó, y ahora está glorioso en el Cielo, modelo de los cuerpos gloriosos al fin de los tiempos.

CUERPO EUCARÍSTICO  
Es el mismo Cuerpo de Jesucristo que está en el Cielo y  se hace presente en la Eucaristía, bajo las especies  de pan y vino.
La Eucaristía fue instituida por Jesús el Jueves Santo en el Cenáculo, estando reunido con los apóstoles con estas palabras: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Después tomó en sus manos el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza  nueva y eterna, que será derramada por vosotros y todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.
“Cristo está en la Eucaristía de modo verdadero, real y sustancial con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas de pan y de vino por medio de la transubstanciación que significa la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia de vino en la sustancia de su Sangre” (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio 273. 282.2839).

Corpus Christi
La celebración de la Eucaristía se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, al siglo II con varias reformas importantes en el decurso de los siglos.
La solemnidad del Corpus Christi se celebra desde los años 1192-1258. Su principal finalidad  es:
- celebrar la Eucaristía y actualizar místicamente el mismo sacrificio que Jesús ofreció por nosotros en la cruz;
 - proclamar y aumentar la fe en la Eucaristía;
ser  objeto de adoración, culto y alimento de las almas.

            La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. En ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él. La Eucaristía  contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: el mismo Cristo, nuestra Pascua. Expresa y produce la unidad del pueblo de Dios y produce la comunión en la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. Mediante la celebración eucarística nos unimos a la liturgia del Cielo y anticipamos la vida eterna (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 274)

            Cuerpo místico
            Es la unión de todos los hombres, principalmente los bautizados, con Cristo, su cabeza, en la Iglesia de muchas maneras, formando un Cuerpo Místico en el que hay comunicación de vida divina e intercomunicación de bienes.