sábado, 13 de mayo de 2023
Sexto domingo de Pascua. Ciclo A
sábado, 6 de mayo de 2023
Quinto domingo de Pascua. Ciclo a
- Señor no sabemos a dónde vas; ¿cómo vamos a saber el camino?
Jesús le dijo:
-Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Después siguió con su discurso en el que les habló de la fe, les prometió la venida del Espíritu Santo, les explico el misterio de la Iglesia con la alegoría de la Vid y los sarmientos, instituyó el mandamiento nuevo el amor, les anunció la persecución por parte del mundo y les habló de otros temas.
Los Apóstoles grabaron en su
memoria estas palabras lapidarias, sin entender el sentido místico que
teológicamente encerraban. Necesitaban el trato personal con Cristo resucitado,
el tiempo, las contrariedades de la vida, la persecución y la pasión y muerte,
para descubrir el significado trascendente de Cristo, como Camino, Verdad y Vida.
Cristo es el Camino, no un camino más, sino el camino, con artículo determinado, único, exclusivo, sin el cual no hay manera de llegar al Padre.
El que busca a Dios con sincero corazón,
guiado por la luz de la recta conciencia en el bien obrar; y el que de buena fe
vive en la verdad de su religión, que a él le parece la verdadera, se encuentra
con Cristo místico, aunque no conozca al Cristo histórico, ni al Cristo
teológico de la Iglesia Católica.
Todo el que obra el mal se
aparta del Camino que conduce al Padre; y todo el que hace el bien en su
conciencia o buena fe, aunque no sea expresamente por Cristo, se sitúa dentro
del Camino, que es Cristo. El Espíritu Santo actúa en el hombre de conciencia
recta y de buena fe, haciendo que camine de la mano del Cristo desconocido, o
conocido de otra manera, y llegue al Padre por la vía misteriosa de la gracia
de la misericordia divina.
Con más facilidad llega al Padre
el católico que conoce a Cristo y le sigue conducido por la Iglesia; y, mejor
aún todavía, si comprometido con su fe vive identificado con Cristo, activado
con fuerza del Espíritu Santo.
La fe es condición indispensable
para entrar en camino, y seguir por él, aunque sea con miserias, pasos
inseguros, tropiezos y caídas. La gracia del Espíritu Santo, que nos acompaña
siempre, fortalece nuestra debilidad y repara nuestras averías espirituales.
El camino se hace autopista para
el fervoroso católico que camina con Cristo, correspondiendo a la gracia del
Espíritu Santo con amor y dolor, aceptándose a sí mismo y aceptando las
diversas circunstancias de la vida en el ejercicio de buenas y santas obras.
Cuando se camina con fe, de
bracero con Cristo, nuestro caminar es firme y seguro, y nuestro encuentro con
el Padre es constante, porque el Espíritu Santo hace que hagamos juntos un
camino trinitario. Si además de caminar en peregrinación trinitaria, hacemos el
viaje al Padre escondidos en Dios con Cristo, en familiaridad de oración fervorosa,
reforzados por la fuerza sacramentaria y avalada por la operatividad de santas
obras, llegamos al Padre por el atajo de Jesucristo, el Camino.
Existe además un camino singular para el católico que emprende hacia el Padre un vuelo espacial: la consagración de la vida a Cristo con la vivencia o profesión de los consejos evangélicos. Entonces, “cristificado”, respira a tope la atmósfera divina de la Santísima Trinidad, en el espacio sobrenatural de la gracia divina con el Padre y el Espíritu Santo, y llega al Padre con seguridad y rapidez.
Cristo es la Verdad, el Ser eternamente existente, el que Es en suma perfección siempre, que satisface en plenitud las aspiraciones de la sabiduría del entendimiento humano, el Amor que sacia el hambre del corazón humano, insatisfecho en la Tierra por el alimento de cosas y personas que perecen y pasan. Cristo es el mismo de siempre: el de ayer, el de hoy, y el de mañana, el Dios eterno, Creador y Señor de todas las cosas, el Padre de todos los hombres, y, a la vez, justo juez, Dios mismo, el Dios profundo, misterio insondable de la Santísima Trinidad.
Cristo es la Vida, el principio eterno del vivir (Jn 1,4), que nos comunica por la gracia la participación analógica de la Vida de Dios Uno y Trino, del Amor eterno, la realidad trascendente que supera todo conocimiento, fuerza para sufrir, luchar contra el mal, creer y esperar contra toda esperanza, potencia sobrenatural para merecer cielo, semilla de la visión y gozo de Dios eternamente. De Cristo procede la diversidad múltiple de la vivencia de la gracia en todos los seres, ángeles, bienaventurados y hombres, de manera tan compleja y distinta.
Este misterio es explicado por Cristo en el Evangelio en la alegoría de la Vid y los sarmientos (Jn 15,1-5). Cristo es la Vid y nosotros los sarmientos. Si vivimos unidos a Él, la savia de la gracia hace que produzcamos frutos (Jn 1,5).
La Vid es el Cuerpo místico de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo (Col 1,18). De Él procede la vida que se extiende a todos hombres de forma que sólo conoce la sabiduría eterna de Dios.
Cristo es el Camino de la Verdad, pues todas las demás personas o cosas son pequeñas verdades o pequeñas o grandes mentiras que llevan a un mundo falsificado. Todo lo que no es de Cristo o Cristo es senda que con mucho trabajo o difícilmente conduce al Padre, camino tortuoso por el que uno caminando pierde la ruta, desviación de la meta. Cristo es la Verdad del camino de la Vida, y todo lo que no es Él es vida simulada, falsa, enfermedad o muerte. Cristo es la Vida del verdadero camino, pues gracias a Él tiene sentido el misterio de la vida que tantos misterios ofrece a los que no tienen fe.
sábado, 29 de abril de 2023
Cuarto domingo de Pascua. Ciclo A
¿Quién es el buen pastor?
Cristo es un personaje actualizado que está vivo siempre entre los hombres, en la Iglesia. En su tiempo predicó personalmente el Evangelio, realizó milagros o signos de su divinidad, fundó la Iglesia, instituyó los Sacramentos y después de sufrir una pasión inimaginable murió por todos los hombres en la cruz y resucitó, cumpliendo de esta manera su palabra de que el buen pastor da la vida por sus ovejas.
Realizada la misión de Redentor que le encomendó el Padre en la Tierra, ascendió a los Cielos y en unión con Él y la fuerza del Espíritu Santo, desde allí sigue siendo el Buen Pastor ministerialmente por medio de la Iglesia.
El Papa, Vicario de Cristo, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, gobiernan la Iglesia.
El Papa es el buen Pastor en toda la Iglesia universal; y los Obispos son pastores propios en las diócesis, puestos por el Espíritu Santo, que el Papa les ha encomendado. Y todos, coordinados entre sí, unidos al Papa y bajo su obediencia, gobiernan la Iglesia en nombre de Cristo.
Pero como el obispo no puede estar presente en todas las partes de la Diócesis, nombra un delegado suyo, conocido con el nombre de párroco, que ayudado por vicarios parroquiales o coadjutores en parroquias importantes, como es la nuestra, bajo su obediencia gobierna una parcela de la Diócesis, llamada Parroquia, que el Obispo le ha encomendado.
En tareas apostólicas diocesanas, extraparroquiales, el Obispo nombra delegados para que, en su nombre y bajo su obediencia, atiendan las distintas necesidades eclesiales que se presenten en cada momento y en cada diócesis.
Luego también ahora como entonces, en sentido propio, Cristo es el buen pastor de la Iglesia que él fundó.
Además del sentido propio de pastor, obispo y sacerdote, podríamos decir que pastor en la Iglesia, en un sentido amplio, es también el cristiano que tiene cierta autoridad delegada en las acciones pastorales que se le encomiendan, como, por ejemplo, el catequista, delegado de cáritas, delegado de liturgia, delegado de pastoral de juventud, de matrimonio etc...
Y todavía, en un sentido extensivo y universal, es pastor en la Iglesia cualquier cristiano que ejerce una misión apostólica en la familia o sociedad, como por ejemplo, el padre de familia, el profesor, el empresario, el obrero que ejerce cualquier trabajo apostólico en la sociedad; incluso es pastor en la Iglesia el político que ejerce una autoridad civil cristianamente a favor del bien común.
Por consiguiente, en un sentido o en otro, y de distinta manera, todos los cristianos somos ovejas y pastores en la Iglesia.
En consecuencia, todos los cristianos, el Papa, el Obispo, el Sacerdote tenemos que dar la vida por Cristo, cada uno según la medida de gracia que ha recibido. ¿Cómo? Dándose, gastándose por Cristo, cumpliendo su misión con obras santas: predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos, principalmente el de la Eucaristía y ejerciendo santamente su ministerio los sacerdotes; y los fieles recibiendo los sacramentos y santificándose en la vida ordinaria o en la vida extraordinaria con humildad y sencillez.
Procuremos, hermanos, ser fieles ovejas y fieles pastores en obediencia y entrega a Dios en el puesto de trabajo que cada uno tiene que desempeñar en la Iglesia, a imitación de Jesús que como buen Pastor dio la vida por sus ovejas.
sábado, 22 de abril de 2023
Tercer domingo de Pascua. Ciclo A
La aparición de Jesús a los discípulos de Emaús es uno de los pasajes más encantadores del Evangelio, no sólo por su contenido sino también por su bello relato literario. Vamos a hacer un comentario espiritual al texto del Evangelio, fijando preferentemente nuestra atención en tres frases:
sábado, 15 de abril de 2023
Segundo domingo de Pascua. Ciclo A
Sin fe la Santa Misa no tiene sentido, es un espectáculo más o menos aburrido, pues siempre es el mismo acto, la misma temática o parecida, el mismo guión y desarrollo, las mismas palabras, y frecuentemente el mismo actor, que, como hombre, tiene iguales o parecidos defectos que los demás. Sin embargo es, por otra parte, el espectáculo más concurrido de todos los que se representan en los teatros, se emiten por la pequeña pantalla o se proyectan en las salas cinematográficas- ¿Hay en las pantallas de T. V. E., en los cines o teatros algún espectáculo que se repita años y hasta siglos, siendo siempre el mismo actor, la misma obra o película, el mismo drama, con el mismo guión o parecido... ?
De la misma manera que cualquier espectáculo humano aburre y cansa con el tiempo, cuando se repite, así también la misa cansa y es aburrida para los no creyentes. Los jóvenes que flaquean en la fe o no la tienen se cansan y se aburren en las misas cuando no están celebradas con cierta animación teatral, músicas, ritmos y movimientos; y concluyen: no voy a misa porque la Misa a mí no me dice nada. La razón suprema de ir a misa no es el espectáculo en sí, sino la fe en Jesucristo, que perpetúa en el altar, por medio de su ministro, el sacerdote, el mismo sacrificio de la cruz; y en ella escuchamos la Palabra de Dios para conocer el camino del Cielo y alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Vosotros, hermanos, habéis venido esta mañana a participar en la Santa Misa, no porque la celebro yo, pues aunque la celebrara un sacerdote chino, ninguno de vosotros abandonaría los bancos y se marcharía de la Iglesia. Los cristianos no vamos a misa por el sacerdote o porque la misa se celebra con mejor o más perfecta liturgia, con guitarra y con cantos, con mayor solemnidad, o con mejor participación, pues, aunque se celebrara en silencio, asistiríamos a misa de la misma manera ¿Quién es capaz de valorar la vida de fe de una comunidad cristiana?
No son mejores las misas que se celebran con jóvenes, donde todo el mundo participa, canta, toca las palmas. Son más entretenidas o divertidas que las que se celebran en silencio, pero no mejores, pues hay gustos diferentes. Estáis concelebrando conmigo, en sentido bautismal, la Eucaristía, porque tenéis fe, y queréis además cumplir con gozo el precepto dominical.
Durante muchos años, nosotros, los mayores, hemos asistido al sacrificio de la Santa Misa, sin entender una sola palabra, cuando se celebraba en latín, de espaldas al público, aunque generalmente no se predicaba la homilía, que en aquellos tiempos era una exclusiva de los párrocos. Y, sin embargo, nunca faltábamos a misa; y asistíamos a las conferencias cuaresmales y misiones, competencia de los dominicos, jesuitas, capuchinos y predicadores especialistas. Y se llenaban las Iglesias.
Hoy anunciamos en las Parroquias en Adviento y en Cuaresma conferencias, y casi nadie asiste. ¿Por qué? Porque se está perdiendo la fe. A misa generalmente asisten personas mayores con honrosas excepciones de jóvenes. Ya no existen familias enteras que vayan a misa, como antes, pues incluso en familias muy cristianas, hay hijos y hermanos que ni pisan la Iglesia. El Papa Pablo VI decía que el humo de Satanás se ha infiltrado por las rendijas dentro de la Iglesia.
¡Cuánta fe se necesita tener para creer en la misa que estamos celebrando! Soy yo el primero que, como un hombre de fe, me estoy creyendo que con mis propias palabras y gestos estoy actualizando el misterio del Calvario. Yo me creo que dentro de unos minutos, por el poder que Jesucristo me ha regalado, cuando diga: "tomad y comed, esto es mi Cuerpo, tomad y bebed esta en mi Sangre", el pan y el vino se van a convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. ¿Quién tiene que tener más fe el sacerdote que celebra o el fiel que escucha la Santa Misa? Tanta o más fe tiene el que se cree que está haciendo las veces de Jesucristo, que el que está escuchando y creyendo que el sacerdote, un hombre como los demás, es otro Cristo.
La fe es necesaria, no solamente para la vida cristiana, sino para la vida humana. Si solamente creyéramos lo que vemos, se cae toda la ciencia que no sea exacta por su propia base. Porque la mayor parte de las cosas y acontecimientos los creemos por la fe humana.
Tendríamos que dudar o negar nuestra propia existencia, pues ninguno se ha visto nacer, lo sabe porque se lo han dicho. Siguiendo esta norma, llegaríamos a la conclusión de que los no científicos no tendríamos que creer muchas cosas, porque ni las entendemos ni las hemos visto; y, por supuesto, no tendríamos que creer en los personajes de la Historia ni en la mayor parte de los sucesos humanos.
De la misma manera, pero con fe divina, que es un don del Espíritu Santo, debemos creer en los misterios que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña.
La gente que no tiene fe dice: Yo no me confieso porque no voy a decir mis pecados a un hombre como yo, con menos cualidades, o peor que yo y hasta más pecador. Y en este presupuesto, se entiende, pues los pecados sólo se dicen al hombre investido con el poder de Dios para que sean perdonados.
Pero el que tiene fe, no se fija en el sacerdote que está sentado en el confesionario, no le pide el documento de identidad para ver si es sacerdote, ni comprueba si es bueno o es santo, porque el que se confiesa cree que el sacerdote representa a Cristo, y, por eso, el penitente le confiesa sus pecados, aunque le de vergüenza.
Mayor fe que el penitente tiene que tener el confesor, pues perdona no las ofensas que a él le ha hecho el penitente, sino las ofensas que el pecador ha hecho a Dios. Alguien me decía una vez: Padre, yo no creo en los curas. Yo le contesté, en eso coincidimos, porque yo tampoco creo, yo creo en el sacerdocio ejercido por los curas, hombres de barro, como los demás, creo en los ministros de Dios, aunque sean pecadores ¡Cuánta fe, hermanos, necesitamos los sacerdotes y necesitan los fieles!
Vamos a pedirle al Señor que la fe sea siempre el móvil de nuestra vida cristiana y humana; y demos gracias al Señor, que nos ha regalado la fe, y a pedirle que nos la conserve hasta el último momento de nuestra existencia.
sábado, 8 de abril de 2023
Domingo de Resurrección. Ciclo A
- el fundamento de nuestra fe (1 Co 15,12-18;Rm 10,9) y de nuestra esperanza (1 Co 15,19), porque si “Cristo no ha resucitado la fe no tiene contenido” ni sentido, y “si sólo esperamos en Cristo para esta vida, somos los más desgraciados de los hombres”;
- y la causa de la rehabilitación del hombre (Rm 4,25). Es decir la restauración del hombre viejo en hombre nuevo. Expliquemos brevemente este misterio.
La fe nos enseña que el primer hombre fue creado por Dios, en el cuerpo y en el alma, perfecto, en estado de gracia santificante, don sobrenatural que supera la capacidad de la naturaleza creada, y con unas dotes en el alma y en el cuerpo que exceden las propiedades humanas.
En cuanto al alma, su entendimiento gozaba del privilegio de conocer la verdad sin posibilidad de equivocarse. Esto no quiere decir que fue sabio desde el principio de su existencia, de manera que conocía la verdad más que conoce hoy el más sabio de este mundo, sino que tenía una asombrosa facilidad para adquirir la máxima sabiduría en podo tiempo. Con su voluntad amaba de todo corazón a Dios y con el mismo amor puro y ordenado amaba a su esposa Eva y a todas las criaturas.
En cuanto al cuerpo estaba libre de la concupiscencia desordenada, es decir tenía las pasiones controladas tanto en la sexualidad como en las otras apetencias carnales, y además, por si fuera poco, no padecía el sufrimiento ni tenía que morir. Estos privilegios personales son conocidos en la doctrina del concilio de Trento como dones de integridad, impasibilidad e inmortalidad.
Pero sucedió lo que nadie podía imaginar: el misterio del pecado que desbarató todos los planes de Dios y el hombre perdió el estado sobrenatural de gracia en el que fue creado y todo su ser personal, alma y cuerpo, quedó dañado en su propia naturaleza humana para él y para todos los hombres. El entendimiento, que tiene por propia función conocer la verdad pura, empezó desde entonces a conocerla de manera limitada, defectuosa, con muchos esfuerzos, a lo largo de mucho tiempo, y mezclada con equivocaciones; la voluntad, que antes amaba sin egoísmos ni resentimientos, quedó vulnerada para amar y odiar; y el cuerpo, impasible e inmortal por creación, conoció el apetito desordenado del mal, empezó a sufrir y fue condenado a la pena de muerte.
Pero esta tragedia se solucionó con la redención de Jesús, que es conocida en la liturgia y teología como el misterio pascual. Lo explicamos de manera sencilla.
El Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre en las entrañas purísimas de Santa María, Virgen, vivió, padeció y murió crucificado, y al tercer día resucitó de entre los muertos.
Con su resurrección devolvió al hombre la gracia, perdida por el pecado, y la capacidad de redimirse por medio del dolor, de la muerte y de la propia resurrección. El ama después de la muerte resucitará y con su entendimiento conocerá a Dios, Verdad infinita, tal cual es en su misterio Uno y Trino, y en Él conocerá a la Virgen María, a todos los santos y ángeles del Cielo, todos los misterios de la vida y todas las cosas; y con su voluntad amará a Dios y a todas las criaturas plenamente y gozará de Él por toda la eternidad, felicidad celestial que ni siquiera se puede imaginar. Al final de los tiempos, los cuerpos de todos los muertos resucitarán y se unirán a sus propias almas resucitadas, y el hombre viejo resucitado totalmente quedará restaurado o rehabilitado en el hombre nuevo glorioso perfecto, impasible e inmortal para siempre. Entonces será más perfecto aún que el hombre que creó Dios al principio en estado de gracia y con los dones de preternaturales de integridad, impasibilidad e inmortalidad con que fue adornado.
Mientras tanto llega ese día final y glorioso acontecimiento, el hombre viejo debe vivir en estado de gracia, en lucha constante contra el pecado, asumiendo los males físicos, psicológicos y psíquicos del cuerpo, como redención de los pecados propios y de todos los hombres, al estilo de Jesús, que nos redimió haciéndose pecado, si ser pecador, como nos dice San Pablo.
- haciendo el bien: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el pecado”
- predicando el Evangelio: “Nos encargó predicar al pueblo
- “Dando solemne testimonio de la resurrección de Cristo” con
nuestras palabras y obras.
Y viviendo la espiritualidad que nos enseña San Pablo en la segunda lectura:
“Resucitar con Cristo aspirando a los bienes de allá arriba y no a los de la tierra” Nuestro empeño cristiano se debe cifrar en trabajar los bienes del Cielo por medio de la oración constante, el trabajo santificado y apostólico y la aceptación de todos los acontecimientos buenos y malos.
“Morir con Cristo de manera que nuestra vida esté con Cristo escondida en Dios”
jueves, 6 de abril de 2023
Viernes Santo. Ciclo A
El dolor en la cultura popular, pagana, filosófica y religiosa de la Historia ha tenido muchas y diversas interpretaciones peregrinas, extravagantes, imaginarias e irrisorias, como lo explica la Historia de las Religiones. La explicación auténtica la reveló Dios y está contenida en el Magisterio auténtico y perenne de la Iglesia: el dolor es consecuencia del pecado original. Sabemos por la fe que Dios creó al hombre y a la mujer en un estado de santidad y justicia, especial participación de la vida divina, en el que el hombre no iba a sufrir ni morir, y con una perfecta armonía consigo mismo. Pero el hombre misteriosamente desobedeció a Dios y perdió el estado en que fue creado y cometió el pecado original, y como consecuencia sobrevino el dolor y la muerte (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica nº 71,72,75,76).
Jesús, Dios hecho hombre, asumió la naturaleza humana en todo menos en el pecado; y por eso la vida, el gozo, el dolor y la muerte adquirieron la categoría divina de Redención.
El dolor o la cruz, gracia de salvación
El hombre en su peregrinación por la tierra hacia la vida eterna lleva la cruz a cuestas, de una o de otra manera, en siete expresiones distintas: personal, familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial.
Todas estas cruces, inevitables muchas veces, pueden
aprovecharse para la santificación personal y bien espiritual de todos los
miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
Posturas ante la cruz
Entre otras muchas actitudes que se pueden adoptar, se
me ocurren tres principales: No hacer nada, rebelarse o aceptar la
cruz.
No hacer nada por no saber o no poder es una solución humana, explicable y no responsable, pero cristianamente se puede hacer mucho: rezar, sufrir y ofrecer. No hacer nada por no querer es actitud negativa y pecaminosa.
Rebelarse no
es una postura cristiana, pues con esa actitud no se consigue siempre lo que se
pretende, es inútil y se aumenta la cruz a cambio de nada.
Aceptar la cruz que
viene de parte de Dios o permitida por ÉL, es una postura fundamentalmente
cristiana; y cuando sea muy pesada ofrecerla en reparación de
los pecados propios o ajenos o por otras intenciones espirituales, como medio
de santificación personal y eclesial, pues el dolor redime y santifica. Con la
cruz aceptada, sufrida y ofrecida nos identificamos con Cristo y completamos lo
que faltó a su pasión en sus miembros.





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