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sábado, 20 de abril de 2024

Cuarto domingo de Pascua. Ciclo B

 

¿Quién es el buen pastor?

A esta pregunta muchos o todos habéis respondido mentalmente, tal vez: Jesucristo. Y es verdad, Jesucristo es el buen Pastor; es, no fue, no en pasado, sino en presente también, porque Cristo no es como un personaje más de la Historia que vivió entre los hombres, hizo grandes obras y dejó su memoria en recuerdos escritos, como puede ser el caso de San Juan de la Cruz, por decir un ejemplo.

Cristo es un personaje actualizado que está vivo siempre entre los hombres, en la Iglesia. En su tiempo predicó personalmente el Evangelio, realizó milagros o signos de su divinidad, fundó la Iglesia, instituyó los Sacramentos y después de sufrir una pasión inimaginable murió por todos los hombres en la cruz y resucitó, cumpliendo de esta manera su palabra de que el buen pastor da la vida por sus ovejas.

Realizada la misión de Redentor que le encomendó el Padre en la Tierra, ascendió a los Cielos y en unión con Él y la fuerza del Espíritu Santo, desde allí sigue siendo el Buen Pastor ministerialmente por medio de la Iglesia.

El Papa, Vicario de Cristo, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, gobiernan la Iglesia.

El Papa es el buen Pastor en toda la Iglesia universal; y los Obispos son pastores propios en las diócesis, puestos por el Espíritu Santo, que el Papa les ha encomendado. Y todos, coordinados entre sí, unidos al Papa y bajo su obediencia, gobiernan la Iglesia en nombre de Cristo.

Pero como el obispo no puede estar presente en todas las partes de la Diócesis, nombra un delegado suyo, conocido con el nombre de párroco, que ayudado por vicarios parroquiales o coadjutores en parroquias importantes, como es la nuestra, bajo su obediencia gobierna una parcela de la Diócesis, llamada Parroquia, que el Obispo le ha encomendado.

En tareas apostólicas diocesanas, extraparroquiales, el Obispo nombra delegados para que, en su nombre y bajo su obediencia, atiendan las distintas necesidades eclesiales que se presenten en cada momento y en cada diócesis.

Luego también ahora como entonces, en sentido propio, Cristo es el buen pastor de la Iglesia que él fundó.

sábado, 13 de abril de 2024

Tercer domingo de Pascua. Ciclo B

 


En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, tercer domingo de Pascua,  el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta el milagro que hizo Pedro en la puerta Hermosa del templo. Sucedió de esta manera.

Un día subían Pedro y Juan al templo de Jerusalén a la oración de media tarde, y vieron traer a un lisiado de nacimiento que lo colocaron a la puerta del templo, como todos los días, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo:

- Míranos.

El lisiado clavó sus ojos en los de ellos, esperando que le darían algo. Entonces Pedro le dijo:  

 - Plata y oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Mesías, el Nazareno, echa a andar. Y agarrándolo de la mano derecha, lo incorporó; y el lisiado se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios.

La gente al ver este milagro, comprobó que el lisiado era el mismo que pedía limosna en la puerta Hermosa del templo, y quedó desconcertada y estupefacta ante lo sucedido. Pedro al ver a tanta multitud, dijo:

- El milagro que habéis visto, no lo hecho yo por mi propio poder, sino por el poder de Jesús de Nazaret a quien vosotros matasteis y Dios lo resucitó. Sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo. Esto ocurrió para que se cumplieran las Escrituras. Por tanto: “arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados” (Hech 3,1-19).

Este último versículo me va a servir de tema para hablaros hoy brevemente del sacramento de la Penitencia, que también es conocido con el nombre de Sacramento de conversión, porque en él se realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el pecado (Cat 1423).

La primera conversión del cristiano tuvo lugar en el sacramento del bautismo, que convierte el hombre, nacido en pecado, en hijo de Dios renacido en gracia. El bautismo borra el pecado original y todos los pecados personales, pero no quita la concupiscencia que permanece en el bautizado, es decir, la inclinación al pecado contra el que hay que luchar, utilizando constantemente la penitencia interior o conversión del corazón, expresada con gestos y obras de penitencia (Cat 1430). La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, que comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia (Cat 1431).

Son muchas las expresiones de penitencia que se pueden hacer, pero las principales recomendadas por la Sagrada Escritura y los Santos Padre se pueden reducir a tres: ayuno, oración y limosna.

En la práctica el ayuno se debe ejercitar principalmente en la mortificación en las comidas, en la convivencia de la vida ordinaria en familia, en el trabajo y en la sociedad, aprovechando las pequeñas mortificaciones que surgen sobre la marcha.

La penitencia de la  oración consiste en no dejarla nunca, aunque no se tenga gana, nada se sienta, parezca que se pierda el tiempo, con el método que a cada uno mejor le vaya. Se recomienda la lectura o meditación de la Sagrada Escritura, la oración de la liturgia de las Horas, el rezo del padre nuestro, del avemaría, de la salve y de otras oraciones; y se aconseja el estilo de comunicarse con Dios que cada uno tenga, sabiendo por fe que Dios siempre nos escucha y nos concede lo que más necesitamos en orden a la vida eterna.

La penitencia de la limosna se ha de hacer dando a los pobres limosnas, encauzadas y dirigidas por la Iglesia o Centros benéficos, para pedir gracias al Señor, agradecer favores o en reparación de los pecados cometidos.

La segunda conversión se realiza en el sacramento de la Penitencia, porque convierte el pecador muerto a la vida de la gracia por el pecado grave o mortal en hijo de Dios por la gracia; o al pecador en estado de pecados veniales  en hijo de Dios restaurado de sus culpas. La Penitencia reconcilia al pecador  con Dios y con la Iglesia, si está en pecado grave, o lo perfecciona, si lo recibe en estado de gracia, es decir, sin pecados mortales.

Tres actos son necesarios para recibir el perdón de los pecados por parte del penitente: la contrición, confesión de los pecados y satisfacción.

La contrición puede ser perfecta, dolor de haber ofendido a Dios que brota del amor de Dios amado sobre todas; o imperfecta que nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador (Cat 1452-1453).

La confesión de los pecados mortales es esencial para recibir el perdón de Dios. Sin ser estrictamente necesaria la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (Cat 1458).

 

sábado, 29 de abril de 2023

Cuarto domingo de Pascua. Ciclo A

 ¿Quién es el buen pastor?          


A esta pregunta muchos o todos habéis respondido mentalmente, tal vez: Jesucristo. Y es verdad, Jesucristo es el buen Pastor; es, no fue, no en pasado, sino en presente, porque Cristo no es como un personaje más de la Historia que vivió entre los hombres, hizo grandes obras y dejó su memoria en recuerdos escritos, como puede ser el caso de San Juan de la Cruz, por decir un ejemplo.

Cristo es un personaje actualizado que está vivo siempre entre los hombres, en la Iglesia. En su tiempo predicó personalmente el Evangelio, realizó milagros o signos de su divinidad, fundó la Iglesia, instituyó los Sacramentos y después de sufrir una pasión inimaginable murió por todos los hombres en la cruz y resucitó, cumpliendo de esta manera su palabra de que el buen pastor da la vida por sus ovejas.

Realizada la misión de Redentor que le encomendó el Padre en la Tierra, ascendió a los Cielos y en unión con Él y la fuerza del Espíritu Santo, desde allí sigue siendo el Buen Pastor ministerialmente por medio de la Iglesia.

El Papa, Vicario de Cristo, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, gobiernan la Iglesia.

El Papa es el buen Pastor en toda la Iglesia universal; y los Obispos son pastores propios en las diócesis, puestos por el Espíritu Santo, que el Papa les ha encomendado. Y todos, coordinados entre sí, unidos al Papa y bajo su obediencia, gobiernan la Iglesia en nombre de Cristo.

Pero como el obispo no puede estar presente en todas las partes de la Diócesis, nombra un delegado suyo, conocido con el nombre de párroco, que ayudado por vicarios parroquiales o coadjutores en parroquias importantes, como es la nuestra, bajo su obediencia gobierna una parcela de la Diócesis, llamada Parroquia, que el Obispo le ha encomendado.

En tareas apostólicas diocesanas, extraparroquiales, el Obispo nombra delegados para que, en su nombre y bajo su obediencia, atiendan las distintas necesidades eclesiales que se presenten en cada momento y en cada diócesis.

Luego también ahora como entonces, en sentido propio, Cristo es el buen pastor de la Iglesia que él fundó.

Además del sentido propio de pastor, obispo y sacerdote, podríamos decir que pastor en la Iglesia, en un sentido amplio, es también el cristiano que tiene cierta autoridad delegada en las acciones pastorales que se le encomiendan, como, por ejemplo, el catequista, delegado de cáritas, delegado de liturgia, delegado de pastoral de juventud, de matrimonio etc...

Y todavía, en un sentido extensivo y universal, es pastor en la Iglesia cualquier cristiano que ejerce una misión apostólica  en la familia o sociedad, como por ejemplo, el padre de familia, el profesor, el empresario,  el obrero que ejerce cualquier trabajo apostólico en la sociedad; incluso es pastor en la Iglesia el político que ejerce una autoridad civil cristianamente a favor del bien común.

Por consiguiente, en un sentido o en otro, y de distinta manera, todos los cristianos somos ovejas y pastores en la Iglesia.

En consecuencia, todos los cristianos, el Papa, el Obispo, el Sacerdote  tenemos que dar la vida por Cristo, cada uno según la medida de gracia que ha recibido. ¿Cómo? Dándose, gastándose por Cristo, cumpliendo su misión  con obras santas: predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos, principalmente el de la Eucaristía y ejerciendo santamente su ministerio los sacerdotes; y los fieles recibiendo los sacramentos y santificándose en la vida ordinaria o en la vida extraordinaria con humildad y sencillez.

Procuremos, hermanos, ser fieles ovejas y fieles pastores en obediencia y entrega a Dios en el puesto de trabajo que cada uno tiene que desempeñar en la Iglesia, a imitación de Jesús que como buen Pastor dio la vida por sus ovejas.

sábado, 15 de abril de 2023

Segundo domingo de Pascua. Ciclo A

 


Sin fe no tiene sentido la vida humana, porque la fe da repuesta a los grandes interrogantes del hombre y le hace vivir los grandes misterios de la vida. No vamos a tratar en esta homilía de la fe en general, como virtud teologal, sino de la fe en la Eucaristía, el gran misterio de nuestra fe, como proclamamos todos después de la consagración del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es la actualización mística del sacrificio que Jesús ofreció al Padre por nuestros pecados en el monte Calvario.

Sin fe la Santa Misa no tiene sentido, es un espectáculo más o menos aburrido, pues siempre es el mismo acto, la misma temática o parecida, el mismo guión y desarrollo, las mismas palabras, y frecuentemente el mismo actor, que, como hombre, tiene iguales o parecidos defectos que los demás.  Sin embargo es, por otra parte, el espectáculo más concurrido de todos los que se representan en los teatros, se emiten por la pequeña pantalla o se proyectan en las salas cinematográficas- ¿Hay en las pantallas de T. V. E., en los cines o teatros algún espectáculo que se repita años y hasta siglos, siendo siempre el mismo actor, la misma obra o película, el mismo drama, con el mismo guión o parecido... ?

De la misma manera que cualquier espectáculo humano aburre y cansa con el tiempo, cuando se repite, así también la misa cansa y es aburrida para los no creyentes.  Los jóvenes que flaquean en la fe o no la tienen  se cansan y se aburren en las misas cuando no están celebradas con cierta animación teatral, músicas, ritmos y movimientos; y concluyen: no voy a misa porque la Misa a mí no me dice nada. La razón suprema de ir a misa no es el espectáculo en sí, sino la fe en Jesucristo, que perpetúa en el altar, por medio de su ministro, el sacerdote, el mismo sacrificio de la cruz; y en ella escuchamos la Palabra de Dios para conocer el camino del Cielo y alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Vosotros, hermanos, habéis venido esta mañana a participar en la Santa Misa, no porque la celebro yo, pues aunque la celebrara un sacerdote chino, ninguno de vosotros abandonaría los bancos y se marcharía de la Iglesia. Los cristianos no vamos a misa por el sacerdote o porque la misa se celebra con mejor o más perfecta liturgia, con guitarra y con cantos, con mayor solemnidad, o con mejor participación, pues, aunque se celebrara en silencio, asistiríamos a misa de la misma manera ¿Quién es capaz de valorar la vida de fe de una comunidad cristiana?

No son mejores las misas que se celebran con jóvenes, donde todo el mundo participa, canta, toca las palmas. Son más entretenidas o divertidas que las que se celebran en silencio, pero no mejores, pues hay gustos diferentes. Estáis concelebrando conmigo, en sentido bautismal, la Eucaristía, porque tenéis fe, y queréis además cumplir  con gozo el precepto dominical.

Durante muchos años, nosotros, los mayores, hemos asistido al sacrificio de la Santa Misa, sin entender una sola palabra, cuando se celebraba en latín, de espaldas al público, aunque generalmente no se predicaba la homilía, que en aquellos tiempos era una exclusiva de los párrocos. Y, sin embargo, nunca faltábamos a misa; y asistíamos a las conferencias cuaresmales y misiones, competencia de los dominicos, jesuitas, capuchinos y predicadores especialistas. Y se llenaban las Iglesias.

Hoy anunciamos en las Parroquias en Adviento y en Cuaresma conferencias, y casi nadie asiste. ¿Por qué? Porque se está perdiendo la fe. A misa generalmente asisten personas mayores con honrosas excepciones de jóvenes. Ya no existen familias enteras que vayan a misa, como antes, pues incluso en familias muy cristianas, hay hijos y hermanos que ni pisan la Iglesia. El Papa Pablo VI decía que el humo de Satanás se ha infiltrado por las rendijas dentro de la Iglesia.

¡Cuánta fe se necesita tener para creer en la misa que estamos celebrando!     Soy yo el primero que, como un hombre de fe, me estoy creyendo que con mis propias palabras y gestos estoy actualizando el misterio del Calvario. Yo me creo que dentro de unos minutos, por el poder que Jesucristo me ha regalado,  cuando diga: "tomad y comed, esto es mi Cuerpo, tomad y bebed esta en mi Sangre", el pan y el vino se van a convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. ¿Quién tiene que tener más fe el sacerdote que celebra o el fiel que escucha la Santa Misa? Tanta o más fe tiene el que se cree que está haciendo las veces de Jesucristo, que el que está escuchando y creyendo que el sacerdote, un hombre como los demás, es otro Cristo.

La fe es necesaria, no solamente para la vida cristiana, sino para la vida humana. Si solamente creyéramos  lo que vemos, se cae toda la ciencia que no sea exacta por su propia base. Porque la mayor parte de las cosas y acontecimientos los creemos por la fe humana.

Tendríamos que dudar o negar nuestra propia existencia, pues ninguno se ha visto nacer, lo sabe porque se lo han dicho. Siguiendo esta norma, llegaríamos a la conclusión de que los no científicos no tendríamos que creer muchas cosas, porque ni las entendemos ni las hemos visto; y, por supuesto, no tendríamos que creer en los personajes de la Historia ni en la mayor parte de los sucesos humanos.

De la misma manera, pero con fe divina, que es un don del Espíritu Santo, debemos creer en los misterios que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña.

La gente que no tiene fe dice: Yo no me confieso porque no voy a decir  mis pecados a un hombre como yo, con menos cualidades, o peor que yo y hasta más pecador. Y en este presupuesto, se entiende, pues los pecados sólo se dicen al hombre investido con el poder de Dios para que sean perdonados.

Pero el que tiene fe, no se fija en el sacerdote que está sentado en el confesionario, no le pide el documento de identidad para ver si es sacerdote, ni comprueba si es bueno o es santo, porque el que se confiesa cree que el sacerdote  representa a Cristo, y, por eso, el penitente le confiesa sus pecados, aunque le de vergüenza.

Mayor fe que el penitente tiene que tener el confesor, pues perdona  no las ofensas que a él le ha hecho el penitente, sino las ofensas que el pecador ha hecho a Dios. Alguien me decía una vez: Padre, yo no creo en los curas. Yo le contesté, en eso coincidimos, porque yo tampoco creo, yo creo en el sacerdocio ejercido por los curas, hombres de barro, como los demás, creo en los ministros de Dios, aunque sean pecadores ¡Cuánta fe, hermanos, necesitamos los sacerdotes y necesitan los fieles!

Vamos a pedirle al Señor que la fe sea siempre el móvil de nuestra vida cristiana y humana; y demos gracias al Señor, que nos ha regalado la fe, y a pedirle que nos la conserve hasta el último  momento de nuestra existencia.

 

sábado, 14 de mayo de 2022

Quinto domingo de Pascua. Ciclo C

    


    

    La pasión y muerte de Jesús, máximo dolor que se puede imaginar, porque es Dios quien sufre, es la prueba más clara de que el sufrimiento es necesario para ir al Cielo, porque el amor de Dios se hizo dolor humano para la redención de los hombres. El modo mejor de sufrir con Cristo es aceptar el dolor que nos viene de parte de Dios, que es amor con apariencia de desamor o castigo.

    Estoy seguro de que todos los que estamos en estos momentos escuchando la Palabra de Dios tenemos nuestra cruz, que no nos gusta, que nos hace sufrir lo indecible, que no nos podemos quitar de encima de nuestras espaldas. Y la mayor pena que podemos tener es saber que, algunas veces, el dolor es irreversible, tenemos que convivir con él para siempre y sin esperanzas de curación o solución ¿Qué hacer?

    Ante esta encrucijada sin salida, solamente tenemos importantes respuestas de fe.

    En primer lugar, la creencia de que la cruz es necesaria para seguir a Cristo y conseguir la vida eterna, como nos dijo Jesús en el Evangelio: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). No es la cruz una opción para seguir a Cristo, sino una necesidad para conseguir la vida eterna, pues todos la tenemos, tanto los que tenemos fe como los que no la tienen.

    Consecuentemente, los cristianos tenemos que seguir a Cristo con la cruz a cuestas, sabiendo que delante de nosotros va Él estimulándonos a llevarla y haciendo con cada uno de nosotros las veces de cirineo.

    Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer: nuestra debilidad, nuestra impotencia o nuestra capacidad limitada, y acudimos a quien todo lo puede para que nos ayude y fortalezca.

    Con ella comprendemos a los demás, que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre, rezamos juntos para conseguir la gracia de la fortaleza del Espíritu Santo para todos.

    Con la cruz se fortalece nuestra fe en la vida eterna, se aumenta nuestra esperanza y ponemos totalmente nuestro corazón en los bienes de Arriba, que son eternos e imperecederos, despegándonos de las criaturas, a las que estamos esclavizados.

    La cruz nos sirve para redimir las culpas y penas de nuestros pecados, que no han sido suficientemente reparados en la vida, y nos ahorra las penas temporales del Purgatorio; y los sufrimientos nos ayudan también a merecer la vida eterna, pues por muchos y graves que sean, son mayores los premios que, a cambio de ellos, recibiremos en el cielo eterno.

    Además de estos consuelos sobrenaturales, existe la esperanza humana de saber que el mal tiene su fin, pues no hay mal que cien años dure.

    El mensaje de la cruz es sustancial para la vida del cristiano, sin embargo no nos gusta, no lo entendemos, lo rechazamos instintivamente.

    Cuando nos visita la tribulación, cuando el Señor nos acaricia con la cruz, cuando el dador de todo bien pone sobre nosotros el pesado madero, cuando nos parece que Dios nos castiga, nos abandona, digamos con el santo Job: “Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea su santo nombre”

    Acongojados por el dolor y desconcertados por la cruz solemos formular una infinidad de porqués para los que no encontramos respuestas humanas: ¿Qué pecado habré cometido yo para que el Señor me trate de esta manera? ¿Por qué Dios me abandona tanto? ¿Qué he hecho yo para que los hombres se porten tan mal conmigo? ¿Por qué...? En lugar de concluir que estamos en línea con Jesucristo y aceptar la cruz que Dios nos manda o permite, nos rebelamos y nos convertimos en murmuradores de la cruz que el Señor nos manda para nuestro bien, con miras a la vida eterna.

    Cuando nos vemos solos, abandonados, sin el amparo de los nuestros; cuando sufrimos en nuestra carne la enfermedad larga, costosa e insoportable; cuando somos perseguidos por parte de familiares y amigos; cuando nos sentimos despreciados, desconcertados en el fondo del corazón, expresamos al exterior nuestro sentimiento y nos olvidamos de que hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. El camino del Cielo está sembrado de espinas, y no de rosas; hay que tener siempre presente que la distinción de un hijo de Dios elegido de Jesucristo es la cruz, la persecución.

    Si nos encontramos solos, si tenemos dolores físicos, psíquicos o morales, si estamos padeciendo depresiones, soledades y angustias, si estamos despreciados, o menos preciados por los demás, la conclusión de fe no es otra que la que venimos comentando: es muy clara: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”

    Para las almas espirituales, para los santos, el padecer es sufrir con esperanza del gozo de la vida eterna. Muchas veces, cuando leemos en la vida de los santos lo mucho que padecieron, decimos: ¡pobrecitos, cuánto sufrieron!

    Y no es así, porque Dios da fortaleza suficiente para sufrir con gozo espiritual, no con gozo humano, la cruz, que se aguanta con la fortaleza del Espíritu Santo. El santo experimenta el dolor físico, a veces humanamente inaguantable, con la seguridad de que se identifica con Cristo que nos salvó por el amor hecho dolor, y con la esperanza de conseguir el Cielo.

    El amor integrado en el dolor es el mandamiento grande del Señor: amor a Dios, objetivo prioritario y único, y desde Dios descendiendo, amor a mí mismo, a los hermanos y a todas las cosas. El mandamiento nuevo del Señor tiene unos aspectos y matices totalmente desconocidos en el Antiguo Testamento.

    Es nuevo por dos conceptos: nuevo por el modo y nuevo por su extensión. Por el modo, porque tenemos que amarnos los unos a los otros al modo divino como Jesús gratuitamente nos amó, sin esperar nada a cambio.

    La esencia íntima del amor es amar, aunque no se sienta uno amado, como es el amor de la madre. La madre ama a su hijo con todos sus “aunques” y con todos sus “sin embargos”, aunque no reciba nada. (aunque reciba desprecios del hijo). Este es el amor puro, el modo divino, con que Dios nos ha amado y nos ama.

    Este amor, que es al modo divino, se extiende a todos los hombres en palabras y obras, tiene una dimensión universal, si bien no hay que amar a todos de la misma manera, como es evidente.

    No debe amar la madre cristiana, de igual manera y con la misma intensidad a su hijo que al enemigo de su hijo. Pero un cristiano de verdad, no debe excluir de su corazón a ningún hombre de la tierra. Cómo tiene que ser el amor al enemigo, es tema de otra homilía.

    Tengo que amar a los hermanos, aunque sienta repugnancia, aunque no me gusten, aunque me repelan, con obras y palabras, con amor efectivo, al menos, es decir, con el comportamiento que requiera cada caso.

    En consecuencia, y resumiendo, hermanos, hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. Y el modo de conseguir esta meta es con el amor a Dios y en Dios a uno mismo, a los hermanos y hasta las mismas cosas.



sábado, 7 de mayo de 2022

Cuarto Domingo de Pascua. Ciclo C

 

“Iglesia, Sacramento universal de salvación”


Los fieles, como respuesta  a la Palabra de Dios de la primera lectura en el salmo responsorial de la santa misa de este domingo, proclaman esta afirmación: Somos su pueblo y ovejas de su Rebaño. Con estas palabras  afirman  la alegría de pertenecer a la Iglesia, figurada como Rebaño; y luego en el Evangelio se recalca la misma idea con la alegoría de Jesús, Pastor, y ovejas que son los hombres, que escuchan su voz y le siguen para la vida eterna. Estas ideas me ofrecen una oportunidad para hablar del misterio de la Iglesia.

La Iglesia, a la que por la gracia misericordiosa de Dios, Creador y Padre pertenecemos, es un misterio que sólo se puede conocer  por medio de metáforas o alegorías, que no definen su propia naturaleza, y ni siquiera se imagina. Las principales son: Cuerpo místico de Cristo, la Vid y los sarmientos y Sacramento universal de salvación, como enseña el Concilio Vaticano II, que significa que todas las personas que se salvan es por medio del bautismo de agua, bautismo de deseo, bautismo de sangre y bautismo de conciencia o sus suplencias que son infinitas y nadie puede saber ni imaginar, porque Dios es infinitamente sabio, lo sabe todo y todo lo puede.

¿Son pocos los que se salvan?

El número de los que se salvan ha sido, es y será siempre el gran interrogante para todos los hombres de todos los tiempos, porque nada hay revelado sobre este particular. 

En un lugar donde Jesús predicaba, tal vez en una sinagoga de Cafarnaún, el Maestro debió tratar el tema interesante de la salvación, y un oyente interrumpiendo su discurso preguntó a Jesús: Señor, ¿son pocos los que se salvan?

El Maestro no respondió directamente a la pregunta,  sino que se limitó a enseñar la necesidad de esforzarse para entrar en el Reino de Dios: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán” (Lc 13,24). Esta frase no significa que muchos no se salvarán, sino que cuesta mucho esfuerzo entrar por la puerta estrecha de la salvación por propia cuenta,  porque la salvación depende principalmente de la gracia de Dios y otros muchos factores. Sobre este problema angustioso, muchos judíos tenían ideas peregrinas, muy equivocadas, contrarias a la Biblia, hasta tal punto que pensaban que la salvación era una exclusiva para el pueblo de Israel,  porque Dios salva a los hombres como quiere con ellos o sin ellos y de muchas maneras no conocidas.   

Opiniones sobre la salvación

Entre los teólogos existen principalmente tres opiniones sobre la salvación universal de los hombres: rigorista, optimista y misericordiosa, cristiana y evangélica.

Opinión rigorista     

La opinión rigorista afirma que son muchos, muchísimos, los hombres que no se salvan, porque según se aprecia pocos, poquísimos, son los que trabajan por vivir en gracia y se preocupan por la salvación eterna. La mayor parte de la gente vive de espaldas a Dios, obcecada en el pecado, alucinada por el mundo, el dinero, el poder y la carne, y sin cumplir los mandamientos de la Ley de Dios ni  la doctrina de la Iglesia.    

Opinión optimista

La opinión optimista, muy común hoy, consiste en creer que todo el mundo se salva o pocos se condenan, pues la mayoría de los hombres no son pecadores, sino enfermos, débiles, tarados, incapaces de responsabilidad  moral para cometer un pecado mortal, acto humano, que merezca el infierno eterno.

Opinión misericordiosa

Sin duda alguna la opinión más aceptable es la misericordiosa.

Nadie sabe, ni siquiera la Iglesia, el número de los que se condenan. El Papa Juan Pablo II en su libro “Cruzando el umbral de la esperanza” nos dice textualmente que “cuando Jesús dice de Judas, el traidor, sería mejor para ese hombre no haber nacido, la afirmación no puede ser entendida en el sentido de una eterna condenación” (Pág. 187).

Para saber la doctrina de la Iglesia sobre este espinoso y agobiante problema establezco seis principios seguros de la doctrina de la Iglesia:

1º La Iglesia jamás ha hablado ni puede hablar del número de los que no se salvan porque no está revelado.

2º Según la doctrina de la Iglesia se salva el que muere en gracia y se condena el que muere en pecado mortal (Cat 1035). “Morir en pecado mortal  sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre  por propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (Cat 1034). ¿Pero  quién muere en gracia o en pecado mortal? Los juicios de los hombres no son como los juicios de Dios, nos dice la Sagrada Escritura.

3º La moral católica nos enseña  que para que un acto sea grave o pecado mortal se necesitan tres condiciones: materia grave, advertencia plena del acto que se va a realizar y pleno consentimiento por parte de la voluntad, o sea, aceptación plena de la obra mala a sabiendas de lo que es, y libertad plena al realizarla, sin coacción externa ni interna. Si falta alguna de estas tres condiciones, el pecado no es grave. (Cat 1859).

 En virtud de estos principios algunos pecados objetivamente graves por su materia pasan a ser leves por falta de plena advertencia y de pleno consentimiento libre. Y al revés, algunos otros, cuya materia es objetivamente leve, pasan a ser graves porque el pecador creyó equivocadamente que era grave y lo cometió a pesar de eso.

4º La gravedad del pecado no consiste simplemente  en la simple trasgresión voluntaria de la ley de Dios, evaluada por los hombres, sino del juicio de Dios Padre, infinitamente misericordioso, que evalúa el pecado del hombre, su hijo, sometido a muchas debilidades, taras hereditarias o adquiridas, desequilibrios temperamentales, condicionamientos de todo tipo, fuertes tentaciones, a veces insuperables, culturas diversas, educación familiar y social y otros muchos factores.

6º Y, por último, hay que considerar que la redención universal fue realizada por Dios, Jesucristo, que derramó su sangre divina por todos los hombres y la condenación de muchos sería un fracaso. La salvación es un misterio del amor infinitamente misericordioso de Dios, que el hombre no puede entender ni imaginar.

 

 

domingo, 24 de abril de 2022

Segundo domingo de Pascua. Ciclo C

  

    Los discípulos del Señor, que compartieron con Él su vida, escucharon directamente la predicación del Evangelio, y presenciaron milagros espectaculares, eran hombres como nosotros, con cualidades y defectos, virtudes y pecados; hombres débiles, ignorantes, con sus propias pasiones y temperamentos, y condicionados por la cultura de su tiempo y por las influencias propias del ambiente social y las circunstancias propias de la vida. Fueron poco a poco transformándose en santos con la gracia de Dios, no milagrosamente ni de repente, sino con la lentitud del tiempo y las limitaciones propias de la naturaleza humana. La gracia de Dios actúa siempre de modo sobrenatural, pero al estilo humano, de manera que siendo todo obra de Dios, el desarrollo de la gracia en los acontecimientos humanos, parecía simplemente natural.

    Los santos no nacen, se hacen. Tienen que pasar por muchas fases y desarrollar su personalidad en el contraste con muchas pruebas y dificultades de la vida, en las que unas veces vencen y triunfan, y otras sucumben. En la lucha se curten, aprenden la humildad del triunfo y del fracaso, valoran la necesidad de la oración y la necesidad de la gracia para todo. Antes de la Resurrección eran buenas personas, sobre todo, pero con defectos de ambición, soberbia, genio, autosuficiencia, apegados a las personas y cosas, prontos a la ira, coléricos, tardos de ingenio, torpes para entender los misterios de Dios y con los defectos comunes, comprensibles, que corresponden a la naturaleza caída. Y en el momento de la pasión cobardes y miedosos, pues en el huerto de los Olivos todos abandonaron al Maestro, no porque no lo querían, sino por miedo a ser apresados como Él y a perder la vida. Eran humanos, como todos nosotros, pero tenían el propósito de seguir a Jesús, aunque las flaquezas y el miedo les hacían ser débiles, pecadores con arrepentimiento y buenos propósitos, que les hacían caminar en la virtud con paso lento y esperanzado.

    En el Evangelio de hoy vemos a los discípulos reunidos en el Cenáculo con las puertas bien cerradas, echados todos los cerrojos, por miedo a los judíos. Seguramente que no tenían otro tema que el que les preocupaba intensamente en el momento: la Pasión y Muerte de Jesús. En esto, Jesús resucitado, con su cuerpo glorioso, que no encuentra obstáculos para traspasar los muros, se presentó en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros. Y para identificarse les enseñó las llagas de las manos y del costado como garantía de que era Él, y no un fantasma. Sus discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Y en medio de ese gozo indescriptible, les encomendó la misma misión en la Tierra que le había encomendado a Él el Padre. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les comunicó el Espíritu Santo.

sábado, 10 de abril de 2021

Segundo domingo de Pascua. Ciclo B

        

Son muchas las ideas que se pueden sacar de la liturgia de la Palabra para alimentar la fe de los fieles. Yo para pronunciar la homilía de hoy elijo tres: dos de la primera lectura: comunión de fe y comunión en el intercambio de bienes; y una del Evangelio: el Sacramento del perdón.

Comunión de fe y comunión en el intercambio de bienes

Primera lectura (Hch 4,32-35)
Los cristianos de la primera Comunidad de Jerusalén pensaban y sentían lo mismo; y lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, de manera que ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían y entregaban el dinero a disposición de los Apóstoles, nos dice la primera lectura de la liturgia de la Palabra de hoy.

Este texto nos enseña dos cosas importantes que todos tenemos que copiar para vivir en plenitud nuestra vocación cristiana: Comunión en la fe y comunión en el intercambio de bienes materiales.

COMUNIÓN EN LA FE

El catecismo de la Iglesia Católica resume la fe en cuatro partes principales: símbolo de la fe, sacramentos de la fe, vida de la fe en el cumplimiento de los mandamientos, oración en la vida de la Iglesia. Dicho de otra manera, como se hacía antes en los antiguos catecismos: verdades que tenemos que creer, mandamientos que tenemos que cumplir, sacramentos que tenemos que vivir y oraciones que tenemos que rezar.

- La profesión de fe bautismal: la fe en un solo Dios Padre todopoderoso, el Creador; en Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor y Salvador; y en el Espíritu Santo y en la Iglesia Católica.

- Los sacramentos de la fe: la salvación de Dios hecha presente en la liturgia de la Iglesia, principalmente en los siete sacramentos.

- La vida de fe: en el cumplimiento de los mandamientos;

- La oración en la vida de fe: la importancia de la oración en la vida de la Iglesia, principalmente la oración del padrenuestro.

La fe que hay que creer y vivir se encuentra enseñada y explicada en el Catecismo de la Iglesia Católica del Papa Juan Pablo II, y no en libros publicados sin censura eclesiástica, en doctrinas arbitrarias de teólogos, en revistas y periódicos profanos y eclesiásticos.

COMUNIÓN EN EL INTERCAMBIO DE BIENES MATERIALES

Los cristianos tenemos que compartir con todos nuestros hermanos creyentes nuestra fe y nuestros bienes. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades no es un consejo de la Santa Madre Iglesia, sino un precepto, que se puede cumplir dando generosamente dinero en las colectas que hace la Iglesia, echando unas pesetas en los cepillos, encendiendo unas velas en los lampadarios, haciendo una suscripción periódica para la financiación de la Iglesia, dando donativos voluntarios a la Iglesia, aportando una cantidad de dinero con motivo de recibir sacramentos u otros servicios.

En una consagración de mayor perfección evangélica de vida consagrada se vive el voto de pobreza teniendo todas las cosas en común, al estilo de las primeras comunidades de la Iglesia, como medio de santificación y testimonio de desprendimiento y despego de las cosas de este mundo.

Tercera lectura (Jn 20,19-31)

El Evangelio de hoy nos habla de la institución del sacramento de la Penitencia, que nos regaló el Padre por medio de Jesús. Dios nos ama porque somos hijos suyos y además nos ama perdonándonos nuestros pecados. El perdón, por consiguiente, es el amor de Dios multiplicado por dos.

Nos habla también de la incredulidad del apóstol Tomás en la resurrección de Jesús. Para creer, necesitaba ver en las manos crucificadas de Jesús la señal de los clavos y meter el dedo en sus llagas y la mano en su costado. Y Jesús, comprensivo y bondadoso, le reprende cariñosamente apareciéndose otra vez a sus discípulos, estando Tomás presente y le dijo: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Tomás avergonzado de su falta de fe dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Y terminó Jesús diciendo:

- ¿Por qué me has visto has creído? Dichoso los que crean sin haber visto.

El sacramento de la penitencia que nos perdona los pecados es un de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. Es necesario confesarse para recibir cualquier otro sacramento, por ejemplo el sacramento de la Unción de enfermos, si no se está en estado de gracia. Digamos unas palabras sobre este sacramento.

La Unción de enfermos, que vamos a celebrar comunitariamente el domingo 28 de Mayo, a las once de la mañana es uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo y ha sido administrado, desde tiempos antiguos, en la Tradición de la Iglesia.

No es el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida, sacramento de moribundos solamente, ni un sacramento que se administra cuando la medicina no tiene nada que hacer con los enfermos. Es el sacramento de la enfermedad, sacramento de vida para los que se encuentran seriamente afectados por la enfermedad. No es, de ningún modo, el anuncio de la muerte porque la medicina no tiene ya nada que hacer.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Quinto Domingo de Pascua. Ciclo C


“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”

El amor al prójimo es inseparable  del amor a Dios
Precepto del amor al prójimo
El amor al prójimo es signo del discípulo de Cristo
y distintivo de la vida divina
Clases de prójimo
El amor al enemigo, precepto universal        
Características principales del perdón

El amor al prójimo es inseparable  del amor a Dios porque el prójimo es  una parte esencial del amor a Dios, como lo dijo Jesús en el Evangelio: Amarás a Dios con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo. Como a ti mismo no quiere decir que hay que amar al otro tanto como uno se ama a sí mismo con amor cuantitativo, sino modal, al modo como uno ama a todos los miembros de tu cuerpo, sin excluir a ninguno, aunque  ame más a uno que a otro con preferencia, según la función que ejerce en el organismo.
El amor al prójimo nace de Dios (1Jn 5,7), se vive personalmente, se demuestra comunitariamente, se extiende a todas las cosas, y revierte finalmente en Dios. Es el tema fundamental de la vida cristiana y sobre el que versará el examen final de la vida en la tierra (Mt 25, 31ss).
Amar al prójimo sin amar a Dios es:             
           - Compasión por el que sufre.
           - Satisfacción que se siente por hacer el bien.
           - Amor humano  o enamoramiento.
           - Filantropía o amor natural al género humano.

Pero el amor que se hace a cualquier prójimo por el motivo que sea, se hace a Jesucristo, porque nos dice el Evangelio que “cuanto hicisteis a estos hermanos míos  más pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt 25, 40)..    

Precepto del amor al prójimo

El amor al prójimo está claramente mandado en la Sagrada Escritura porque antes es dado, como dice el Papa Benedicto XVI: “El amor puede ser mandado porque antes es dado” (Deus charitas est nº 14; 1 Jn 5,7).
Existen muchos textos en la Sagrada Escritura que prueban que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Citamos dos textos clásicos:
“Quien ama a Dios ame también a su hermano” (1 Jn 4,21), porque el amor a Dios y al hermano es un mismo amor con dos versiones diferentes, como una sola medalla con el anverso y reverso o una moneda con la cara y la cruz.
“Si alguno dice: amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente, pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve” (1 Jn 5,20), pues al  prójimo se le ve con los ojos de Dios y se le ama con su corazón.
Jesucristo enseñó en el  Nuevo Testamento que el amor al prójimo se extiende a todos los hombres, de manera que a nadie se puede excluir del amor cristiano.  

Clases de prójimo

            Según la doctrina de Santo Tomás de Aquino el amor al prójimo se extiende a todos los seres que poseen la comunicación con la bienaventuranza o la capacidad de conseguirla. En concreto son:

  • Los ángeles y bienaventurados del Cielo, que tienen la misma gracia que los hombres, pero glorificada.
  • Las almas del Purgatorio que poseen la gracia divina en estado de purgación.
  • Los hombres que viven en estado de gracia en la tierra.
  • Los pecadores, por muy pecadores que sean,  porque mientras viven en este mundo pueden recuperar la gracia divina y conseguir la bienaventuranza.
  • Los enemigos de Dios y de la Iglesia, pues, aunque hayan perdido la fe, tienen la capacidad de la salvación eterna  por la omnipotente misericordia de Dios.
            Solamente están excluidos los demonios y condenados en el infierno, porque están eternamente desconectados de la bienaventuranza.

El amor al enemigo, precepto universal     
   
Del amor cristiano no se puede excluir a nadie, ni siquiera al enemigo a quien hay que amar  como miembro del Cuerpo Místico de Cristo.
El amor al enemigo no es un consejo de perfección evangélica sino un precepto universal para todos los hombres. Está claramente preceptuado en la Sagrada Escritura, principalmente en el Evangelio.  El motivo principal de perdonar a quien nos ha ofendido es el ejemplo  del Señor que perdonó a quienes lo crucificaron y los excusó con aquellas palabras de su testamento antes de morir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”  (Lc 23, 34).
Son muchos los textos de la Sagrada Escritura sobre el amor al enemigo. Citemos algunos:
“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro padre celestial” (Mt 5,43-45).
            “Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6,14-15).      
“Si tu hermano peca, corrígelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces y si siete veces vuelve a ti para decirte: Me arrepiento, lo perdonarás” (Lc 17,3-4). 
Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5,23-24).
 Las palabras del Señor son claras y tajantes: No se puede hacer ofrendas al Señor con un corazón enemistado con el hermano.  Negando el perdón a nuestros hermanos, el corazón se cierra y se hace impermeable a la misericordia de Dios. Así nos lo enseña la Iglesia en el Catecismo de la Iglesia católica del Papa Juan Pablo II: “Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia” (Cat 2840).
El modo de perdonar al enemigo es condicional, como nos enseñó Jesucristo en el Evangelio en la oración del padrenuestro: “como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, pues Dios nos perdona de la manera que nosotros perdonamos.

            El amor al enemigo consiste esencialmente en no odiar y no vengarse  

El perdón al enemigo consiste en no odiar y no vengarse, por propia cuenta, del mal que se ha recibido.  No se opone a exigir la justicia, que es necesaria y, a veces, obligatoria, para que no cunda el delito en los malhechores, y se castigue el mal; ni obliga  a reanudar la amistad que antes se tenía con el amigo convertido en enemigo; ni al trato humano especial. Basta con tratar al enemigo con un comportamiento normal en casos extremos de necesidad, como se suele hacer con un extraño.   Excluye dos cosas: el odio y la venganza en el corazón que son incompatibles con el perdón. Odiar no es sentir la ofensa en lo más íntimo del corazón, por aquello de que sentir no es consentir; ni tampoco el simple recuerdo de la ofensa, pues es lo más normal del mundo recordar los males que se han recibido del enemigo, pero sin odio ni venganza. Se suele decir una frase que conviene explicar: yo perdono pero no olvido. Perdonar pero no olvidar en el sentido de que se guarda en la memoria la ofensa que se ha recibido para vengarse de ella no es perdonar, sino odiar o vengarse. Sin embargo, perdonar pero no olvidar  por razones simplemente temperamentales es compatible con el perdón, aunque repela la presencia de la persona del enemigo, se sienta rebelión en la sensibilidad o se revuelva el interior al recordar la ofensa. Perdonar y olvidar totalmente en el corazón y en la memoria, es problema de santos muy especiales o de personas naturalmente buenas, pero no es lo normal, ni precepto evangélico. Muchos santos aprendieron a perdonar a sus enemigos copiando al pie de la letra el ejemplo de Jesús.  Santa Teresa de Jesús sentía una alegría singular cuando se enteraba de que alguien la calumniaba o injuriaba, y si no fuera porque los hombres injuriándola ofendían a Dios,  deseaba que todo el mundo la ofendiera.
Santa Juana de Chantal perdonó al que mató a su marido de tal manera que llegó a ser madrina en el bautismo de uno de sus hijos, acción heroica que llenó de admiración San Francisco de Sales,  cofundador con ella de las Salesas.
El santo Cura de Ars al recibir una bofetada de uno de sus enemigos, le contestó con una sonrisa en los labios: “Amigo, la otra mejilla tendrá celos”

Características principales del perdón:

Pronto, ahora mismo, cuanto antes, como nos enseña la Palabra de Dios: “No se ponga el sol sobre vuestra iracundia (Ef 4,26).
Sin límite, no poniendo tope de tiempo al  perdón.
De corazón, perdón salido de lo más profundo del alma o sobrenaturalizando los naturales impulsos de la naturaleza.  En consecuencia, hay que perdonar al enemigo siempre, aunque se exija la justicia, se sienta la ofensa, y no se borre de la memoria, circunstancias conciliables con el perdón.









sábado, 11 de mayo de 2019

Cuarto Domingo de Pascua. Ciclo C

          “Iglesia, Sacramento universal de salvación”
             
Los fieles, como respuesta  a la Palabra de Dios de la primera lectura en el salmo responsorial de la santa misa de este domingo, proclaman esta afirmación: Somos su pueblo y ovejas de su Rebaño. Con estas palabras  afirman  la alegría de pertenecer a la Iglesia, figurada como Rebaño; y luego en el Evangelio se recalca la misma idea con la alegoría de Jesús, Pastor, y ovejas que son los hombres, que escuchan su voz y le siguen para la vida eterna. Estas ideas me ofrecen una oportunidad para hablar del misterio de la Iglesia.
La Iglesia, a la que por la gracia misericordiosa de Dios, Creador y Padre pertenecemos, es un misterio que sólo se puede conocer  por medio de metáforas o alegorías, que no definen su propia naturaleza, y ni siquiera se imagina. Las principales son: Cuerpo místico de Cristo, la Vid y los sarmientos y Sacramento universal de salvación, como enseña el Concilio Vaticano II, que significa que todas las personas que se salvan es por medio del bautismo de agua, bautismo de deseo, bautismo de sangre y bautismo de conciencia o sus suplencias que son infinitas y nadie puede saber ni imaginar, porque Dios es infinitamente sabio, lo sabe todo y todo lo puede.

¿Son pocos los que se salvan?

El número de los que se salvan ha sido, es y será siempre el gran interrogante para todos los hombres de todos los tiempos, porque nada hay revelado sobre este particular. 
En un lugar donde Jesús predicaba, tal vez en una sinagoga de Cafarnaún, el Maestro debió tratar el tema interesante de la salvación, y un oyente interrumpiendo su discurso preguntó a Jesús: Señor, ¿son pocos los que se salvan?
El Maestro no respondió directamente a la pregunta,  sino que se limitó a enseñar la necesidad de esforzarse para entrar en el Reino de Dios: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán” (Lc 13,24). Esta frase no significa que muchos no se salvarán, sino que cuesta mucho esfuerzo entrar por la puerta estrecha de la salvación por propia cuenta,  porque la salvación depende principalmente de la gracia de Dios y otros muchos factores. Sobre este problema angustioso, muchos judíos tenían ideas peregrinas, muy equivocadas, contrarias a la Biblia, hasta tal punto que pensaban que la salvación era una exclusiva para el pueblo de Israel,  porque Dios salva a los hombres como quiere con ellos o sin ellos y de muchas maneras no conocidas.   

Opiniones sobre la salvación

Entre los teólogos existen principalmente tres opiniones sobre la salvación universal de los hombres: rigorista, optimista y misericordiosa, cristiana y evangélica.

Opinión rigorista     

La opinión rigorista afirma que son muchos, muchísimos, los hombres que no se salvan, porque según se aprecia pocos, poquísimos, son los que trabajan por vivir en gracia y se preocupan por la salvación eterna. La mayor parte de la gente vive de espaldas a Dios, obcecada en el pecado, alucinada por el mundo, el dinero, el poder y la carne, y sin cumplir los mandamientos de la Ley de Dios ni  la doctrina de la Iglesia.    

Opinión optimista

La opinión optimista, muy común hoy, consiste en creer que todo el mundo se salva o pocos se condenan, pues la mayoría de los hombres no son pecadores, sino enfermos, débiles, tarados, incapaces de responsabilidad  moral para cometer un pecado mortal, acto humano, que merezca el infierno eterno.

Opinión misericordiosa

Sin duda alguna la opinión más aceptable es la misericordiosa.
            Nadie sabe, ni siquiera la Iglesia, el número de los que se condenan. El Papa Juan Pablo II en su libro “Cruzando el umbral de la esperanza” nos dice textualmente que “cuando Jesús dice de Judas, el traidor, sería mejor para ese hombre no haber nacido, la afirmación no puede ser entendida en el sentido de una eterna condenación” (Pág. 187).
Para saber la doctrina de la Iglesia sobre este espinoso y agobiante problema establezco seis principios seguros de la doctrina de la Iglesia:
1º La Iglesia jamás ha hablado ni puede hablar del número de los que no se salvan porque no está revelado.
            2º Según la doctrina de la Iglesia se salva el que muere en gracia y se condena el que muere en pecado mortal (Cat 1035). “Morir en pecado mortal  sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre  por propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (Cat 1034). ¿Pero  quién muere en gracia o en pecado mortal? Los juicios de los hombres no son como los juicios de Dios, nos dice la Sagrada Escritura.
3º La moral católica nos enseña  que para que un acto sea grave o pecado mortal se necesitan tres condiciones: materia grave, advertencia plena del acto que se va a realizar y pleno consentimiento por parte de la voluntad, o sea, aceptación plena de la obra mala a sabiendas de lo que es, y libertad plena al realizarla, sin coacción externa ni interna. Si falta alguna de estas tres condiciones, el pecado no es grave. (Cat 1859).
 En virtud de estos principios algunos pecados objetivamente graves por su materia pasan a ser leves por falta de plena advertencia y de pleno consentimiento libre. Y al revés, algunos otros, cuya materia es objetivamente leve, pasan a ser graves porque el pecador creyó equivocadamente que era grave y lo cometió a pesar de eso.
4º La gravedad del pecado no consiste simplemente  en la simple trasgresión voluntaria de la ley de Dios, evaluada por los hombres, sino del juicio de Dios Padre, infinitamente misericordioso, que evalúa el pecado del hombre, su hijo, sometido a muchas debilidades, taras hereditarias o adquiridas, desequilibrios temperamentales, condicionamientos de todo tipo, fuertes tentaciones, a veces insuperables, culturas diversas, educación familiar y social y otros muchos factores.
6º Y, por último, hay que considerar que la redención universal fue realizada por Dios, Jesucristo, que derramó su sangre divina por todos los hombres y la condenación de muchos sería un fracaso. La salvación es un misterio del amor infinitamente misericordioso de Dios, que el hombre no puede entender ni imaginar.