sábado, 9 de noviembre de 2024
Trigésimo segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
sábado, 2 de noviembre de 2024
Trigésimo primer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
Nos dice el Evangelio de la liturgia de este domingo que un letrado se acercó a Jesús, y para aclarar dudas del tema muy discutido en aquella época sobre el principal mandamiento, le preguntó:
¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Respondió Jesús:
El primero es: “Escucha, Israel: “El Señor,
nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos”.
Jesús respondió al doctor de la ley con las
palabras del Antiguo Testamento que hemos escuchado antes en la primera lectura
del libro del Deutoronomio, completando el primer mandamiento con el del amor
al prójimo “como a ti mismo”. En el sermón de la última cena, Jesús perfeccionó
este mandamiento añadiendo su propio estilo de amar: “como yo os he amado”.
Cuatro puntos me parece importante tratar
sobre este pasaje: Cuál es el primero y principal de los mandamientos, por qué
tenemos que amar a Dios, cómo y en qué consiste el amor a Dios.
¿Cuál es el primero y principal mandamiento?
El primero y principal de todos los
mandamientos es, como todos sabemos por el catecismo elemental, amar a Dios sobre todas las cosas. No
hay otro mayor, es el único. Todos los otros nueve son explicaciones del gran
precepto, conclusiones que se derivan de él. El segundo y tercer mandamiento del Decálogo explican el amor con
el que el hombre tiene que amar a Dios, y los otros siete el amor con el que el
hombre tiene que amar a su hermano, el prójimo.
Es evidente que el que ama a Dios ama también las obras de Dios: al hombre creado a su imagen y semejanza, y a todas las demás cosas de este mundo, visibles e invisibles.
¿Por qué tenemos que amar a Dios?
Los motivos para amar a Dios son muchos:
- en primer lugar, la infinita y eterna
bondad de su Ser en sí mismo, que es, por esencia ontológica, bondad eterna,
Bien total y absoluto, Perfección infinita, digno de ser amado, el mayor bien
que el hombre puede querer y necesitar, que llena totalmente las aspiraciones
de su propio ser en el tiempo y en la eternidad;
- el amor eterno con que ama a cada hombre,
como si fuera hijo único, aunque sea rebelde, pecador, porque es obra de sus
manos y redimido por la sangre divina;
- en general los beneficios naturales de la
creación de este mundo en que vivimos, la conservación y providencia divina de
todas las cosas; y en particular los dones que ha regalado Dios a cada hombre
en concreto en su persona, familia, ambiente social, bienes materiales;
- los regalos sobrenaturales que ha reglado a todos los hombres, como la encarnación del Hijo de Dios, la redención, el estado sobrenatural de la vida divina, virtudes y dones, la Iglesia, los sacramentos, la gloria eterna; y en particular a cada hombre la fe, la gracia, la vocación cristiana y tantas gracias que cada uno puede recordar en este momento.
¿Cómo tenemos que
amar a Dios?
Según nos dice Jesús en el Evangelio con
palabras del Antiguo Testamento en el libro del Deuteronomio hay que amar a Dios con todo el corazón, con toda
el alma, con toda la mente, con todo el ser. En concreto, con toda la parte
afectiva, espiritual, intelectual y fuerzas de nuestro ser.
El amor con que tenemos que amar a Dios sobre
todas las cosas no tiene que ser afectivo, emocional, sino espiritual, de
preferencia, es decir preferir a Dios más que a nadie y a nada, porque el
concepto de Dios, Ser trascendente, sobrenatural, no entra por sí mismo en las
categorías del entendimiento del hombre por discursos y argumentos, ni en su
corazón con efectos sensibles, sino por la fe y la gracia del Espíritu Santo.
El sentimiento religioso no es siempre
expresión del amor a Dios, pues es frecuentemente también signo del
desequilibrio de la sensibilidad humana. No ama más a Dios el que más siente
sino el que mejor cumple. No se puede separar el amor a Dios del amor al
prójimo, porque amor a Dios sin amor al prójimo es amor psicopático, enfermizo,
gusto personal; y, por el contrario, amor al prójimo sin amor a Dios es amor
humano bueno, antropológico, sociológico, político, pero no cristiano. “Si
alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve,
no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento:
quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 20-21).
Los maestros, doctores de la ley, sabían por
las Sagradas Escrituras que había que amar también al prójimo, que para los
judíos no era todo hombre, sino el israelita o extranjero que vivía en Israel.
El amor a Dios y el amor al prójimo, incluso al enemigo, estaban preceptuados,
repito, en la Biblia, pero no en el sentido evangélico que explicó Jesús: amar
a todo hombre, bueno o malo, de cualquier nación, raza, religión, ideología,
aunque de distinta manera.
¿En qué consiste
el amor a Dios?
Consiste en el cumplimiento de los
mandamientos, como consta en numerosos
textos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que no viene al caso
reseñar; y además en aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se
nos manifieste en los acontecimientos y circunstancias, que ocurren cada día,
en cada época y en todos los ambientes de la vida social.
jueves, 31 de octubre de 2024
Solemnidad de Todos los Santos
Los santos no nacen, se hacen, pero se hacen
como nacen, según han sido creados por Dios en su propia constitución de
personas concretas, de manera que cada santo, poseyendo las virtudes comunes de
todos, es único, con su propia santidad personalizada. La santidad tiene su
raíz y fundamento en la gracia del bautismo, es una exigencia del sacramento
que comunica a todo bautizado la potencia de santificación sustancial, que
resulta diferente en cada santo, según el grado de gracia que ha recibido del
Espíritu Santo y la correspondencia a la gracia en obras santas.
Algunos cristianos nacen con tanta facilidad
para el bien que, por naturaleza y gracia, llegan a ser santos, sin mayor
esfuerzo, y con cierta naturalidad sobrenatural, mientras que otros nacen con
ciertas taras psíquicas y rebeldías instintivas que les dificultan seriamente
el progreso de la santidad, pero no se lo impiden, pues pueden llegar a sr santos
como otros.
Dios juzga la santidad de los cristianos no
sólo por los actos realizados, sino principalmente por el amor que ponen en
cada acto, teniendo en cuenta la realidad de las personas que se santifica.
No existe una serie de actos para conseguir
mayor santidad, por los que se
clasifican los santos, de manera que unos son más santos que otros, dependiendo
del sacrificio y de las obras costosas que realizan: los santos, muy
penitentes, como San Francisco de Paula, los muy elevados y versados en las
altas esferas de la mística, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de
Jesús, los muy apóstoles como San
Francisco Javier al que se caían los brazos por el cansancio te tanto bautizar,
o como el Papa Juan Pablo II, que ha recorrido el mundo entero con sacrificios
heroicos de celo apostólico.
A los hombres nos gustan lo santos de
relumbrón, santos espectaculares, santos excepcionales, milagrosos, heroicos,
con nota de sobresaliente o matrícula de honor, y no los santos de a pie, que
caen y se levantan, que aprobaron la carrera de la santidad por los pelos. Son
las actitudes de los santos o virtudes del amor, con actos comunes o heroicos,
las que juzga Dios, con la nota que cada santo merezca.
Dios ama a todos los hombres por igual, en el
sentido de que ama a cada uno tanto cuanto puede ser amado totalmente, según ha
sido creado, aunque pueda parecer que ama más a unos que a otros, porque los
hombres juzgamos la santidad por actos externos y obras importantes para el
mundo, en cambio Dios evalúa a los santos por el amor del corazón con obras, de
cualquier índole que sean.
El Espíritu Santo reparte sus dones naturales
y sobrenaturales a quienes quiere, en la medida e intensidad que quiere y
cuando quiere. Así como hay diversidad de seres creados y cada uno es un ser
único, hombres iguales y no existe uno igual, así pasa con la diversidad de
santos, que cada santo es él mismo. En esto se demuestra la infinita sabiduría
de Dios que nunca se repite en sus obras.
Hoy, fiesta de los santos canonizados, por extensión,
podemos decir que celebramos también la fiesta de los santos canonizables,
santos del silencio, santos sencillos, santos de a pie, que llegaron a la meta
de la santidad paso a paso y no en carreras
de competición de santidad. Seamos tan santos como debemos y no como nos
gustaría ser, porque querer ser tan santos como otros es vanidad. Que todos
sean más santos que nosotros con tal que nosotros seamos tan santos como
debemos.
sábado, 26 de octubre de 2024
Trigésimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
Según nos cuenta el Evangelio de hoy
(Mc 10.46-52), al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente,
había un ciego llamado Bartimeo, hijo de Timeo, pidiendo limosna a los que
pasaban. Como los que seguían a Jesús armaban un alboroto espectacular,
Bartimeo preguntó quién pasaba. Al saber que era Jesús Nazareno, el Mesías, a
quien él ya conocía de oídas, empezó a gritar:
—“Hijo de David,
ten misericordia de mí”
Muchos
de los que acompañaban a Jesús regañaban a Bartimeo para que se callara, pues
tal personaje merecía un respeto especial que no podía ser perturbado por los
desagradables gritos de un pobre mendigo ciego. Pero Bartimeo, en lugar de
guardar silencio, como parece lo más natural del mundo en estos casos, empezó a
gritar con mayor fuerza, porque nació en su corazón una fe grande en el poder
milagroso de Jesús:
—“Hijo de David,
ten misericordia de mí”
Mientras
tanto, Jesús seguía su camino dando la impresión de no oir los gritos de
súplica de aquel pobre ciego, con molestia de casi todos, extrañeza de muchos y
posiblemente escándalo de algunos, al ver que el llamado Mesías, a quien la
gente llamaba misericordioso, se desentendía del caso. De repente se detuvo y
dijo:
—Llamadlo”
Tan
pronto como Bartimeo supo que el Maestro le llamaba, dice el Evangelio de San
Marcos con expresividad de garra literaria:
“Soltó el manto, dio un salto y se acercó a
Jesús”
Cuando
Jesús lo tuvo delante, se compadeció de él y le dijo:
—¿Qué quieres que
haga por ti?
Él
le respondió:
—“¡Señor, que
vea!”
Jesús
le dijo:
—“Anda, tu fe te
ha curado”.
Y al
momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Hagamos
unas reflexiones acerca de este bonito milagro, que nos hagan vivir
consecuentemente nuestra fe en el poder milagroso de Jesús.
Bartimeo
acudió a Jesús a pedirle un milagro de dos maneras: una, desde lejos, al borde
del camino, y a gritos: “Hijo de David,
ten misericordia de mí”; y otra con humildad en su presencia: "¡Señor,
que vea!"
Todos los que estamos escuchando la palabra de Dios en la celebración de la Eucaristía estamos ciegos, de una u otra manera, y necesitamos acudir a Jesús para pedirle que tenga misericordia de nosotros y cure nuestra ceguera.
En
la ceguera de Bartimeo podemos ver el símbolo de tres clases de ceguera: ceguera material, ceguera espiritual y
ceguera moral.
Ceguera material
Probablemente
haya entre nosotros algunos que padezcan una ceguera corporal de algún dolor o
enfermedad física o psíquica, propia o de sus hijos, familiares y amigos; o tal
vez sufran algún grave problema material o laboral de tipo económico que
necesite misericordia del Señor. En este supuesto, este es el momento de gritar
a Jesús que está presente en la celebración de la Palabra y de la Eucaristía:
“Hijo de David, ten misericordia de mí o de
nosotros”.
Pero
esta súplica se debe hacer con humilde confianza de fe, sabiendo que Jesús te
va a conceder lo que necesitas, que tal vez no es lo que tú deseas y pides.
Dios escucha nuestras oraciones siempre y cuando estén de acuerdo con su divina
voluntad y sean un bien para nosotros, pues las cosas materiales son, de suyo,
indiferentes para la salvación.
Pueden
ser buenas o malas, según sean medios para la salvación o para la condenación,
como dice San Ignacio de Loyola en el principio y fundamento de los Ejercicios
espirituales: El hombre ha sido creado para dar gloria a Dios y mediante esto
salvar el alma. Por lo tanto debe hacerse indiferente a las cosas de este mundo
y usar de ellas con la medida de oro del tanto cuanto le ayuden a la salvación;
y desprenderse de ellas si le estorban para la salvación, porque lo mismo da
enfermedad que salud, vida larga que vida corta, riqueza que pobreza, pues
estas cosas no son medios necesarios para la salvación; y son buenas, si nos
ayudan a salvarnos; y malas, si nos perjudican y nos ayudan a condenarnos.
Ceguera espiritual
Acaso
tu ceguera es espiritual: la falta de fe, porque no tienes fe o tu fe es
imperfecta, insegura, débil, y se tambalea. Es posible que tengas fe, pero ves
las cosas de este mundo con los ojos del corazón, no con los ojos de Dios.
Entonces pide al Señor con humildad y confianza:
"¡Señor, que vea!" Sabiendo que todo concurre para
el bien de los que ama el Señor, como nos enseña el apóstol en la carta a los
Romanos; que vea, Señor, porque estoy demasiado apegado a la tierra y mis ojos
tienen las cataratas de la razón, que me impiden ver las realidades de la vida
con la visión clara de la fe.
Ceguera moral
Tal
vez tu ceguera sea la ceguera moral del pecado, y no puedes ver porque la
pasión del poder, del dinero, de la sexualidad, de la ira, de la soberbia, del
egoísmo, de la avaricia, o del placer te ciega de tal manera que ves las cosas
de la vida con los ojos del mundo y de la carne, y no con os ojos de Dios. Y
por eso, estás ciego y viendo no ves. En este caso, grita en la presencia de
Jesús:
Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí, y Señor, que vea.
sábado, 19 de octubre de 2024
Vigésimo noveno domingo. Tiempo ordinario. ciclo B
Los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, pidieron a Jesús una gracia presuntuosa: sentarse en la gloria en los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda, sin saber lo que pedían, pero dispuestos a todo.
No sabemos lo que pedimos, pues lo mejor no es lo que uno quiere,
desea, pide o le gusta, sino lo que Dios quiere en orden a la vida eterna. La
felicidad no consiste en ser alguien importante en este mundo, tener
riquezas, poder, poseer honores, sino en cumplir la voluntad de Dios
de cualquier manera que se manifieste. Es lícito, bueno, cristiano y obligatorio
trabajar por ser lo que uno pueda ser en bien propio, de la familia, de la
Iglesia y de la Sociedad, como medio de santificación con
sacrificios y renuncias. Pero Dios no
siempre nos concede lo que queremos sino lo que necesitamos porque “nosotros
no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26)Nuestra vida
está planificada con la sabiduría y bondad de Dios por su
providencia divina, que maneja todos los acontecimientos con arreglo a un fin
establecido eternamente en orden a la Creación y Redención y bien de todos los
hombres. Los hijos de Zebedeo no entendieron el sentido completo de
lo que pedían a Jesús, por eso les preguntó: ¿Sois capaces de beber el
cáliz que yo he de beber? Jesús les hace ver que lo que pedían era el
martirio y no un puesto en el Reino de los Cielos. Los discípulos respondieron
resueltamente con verdad pero con ignorancia de lo que pedían: “Lo
somos”. Respuesta acertada porque el amor que profesaban a
Jesús era auténtico y con disposición a seguir al Maestro pase lo
que pase y pese a quien pese.
La vocación cristiana, y sobre todo la
consagrada, consiste en seguir a Cristo con los ojos cerrados, y agarrado de su
mano correr la aventura de lo desconocido. Cuando una persona decide seguir a
Jesucristo, acepta todo lo que le pueda pasar, sin arrepentirse después de lo
que vaya a pasar. Pero si una persona cristiana o consagrada, cuando
viene la contrariedad o el dolor dice: si yo hubiera sabido lo que tenía que
pasar no hubiera dado el paso de seguir a Jesucristo, se trata de una
equivocación, ilusión o tentación pasajera vencible, pues hay que
vivir contento y alegre con la vocación que se ha recibido del
Espíritu Santo en todo lo que suceda, pues sufrir con Cristo es
identificarse con Él en su vida, pasión y muerte.
“Los
otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan”.
Es humana y comprensiva esta reacción de enfado
envidioso de sus compañeros con ellos, porque sus ambiciones chocaban con las
suyas, porque eran las mismas o parecidas. Jesús respondió diciendo que el
puesto en el Cielo era misión del Padre y no suya. La Gloria
que merecemos en el Cielo es esencialmente la misma para todos los
bienaventurados: la visión y gozo de Dios, Uno y Trino total, pero la visión y
gozo personal es distinta, según los méritos de cada uno ha merecido, según la
justicia misericordiosa de Dios Padre.
sábado, 12 de octubre de 2024
Vigésimo octavo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
—¿Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le contestó:
— Ya sabes, cumple los
mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso
testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre...
El joven, orgulloso de ser fiel y ejemplar cumplidor de la ley divina,
le respondió:
— Todos estos mandamientos los cumplo desde joven.
Efectivamente,
el piadoso joven cumplía la Ley de Dios según él sabía y conforme había
aprendido en las escuelas bíblicas y en las Sinagogas. Y sintió una gran
alegría porque cumplía los requisitos
esenciales para heredar la vida eterna.
Jesús al escuchar esta respuesta, clavó sus ojos en él, y con especial ternura le invitó a algo más que a conseguir la vida eterna: a ser su discípulo. Y le dijo:
— Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.
El joven al escuchar estas
palabras tan exigentes, se entristeció, frunció el ceño, bajó la cabeza, y se
marchó expresando pena en su rostro y en
su lento modo de andar, porque tenía
muchos bienes. No se imaginaba que para seguir a Jesús muy de cerca y ser su
discípulo de verdad había que dejarlo todo.
Jesús al ver marchar al joven
rico, cabizbajo y pensativo, miró a sus discípulos para observar qué reacción
había causado en ellos sus palabras, y dijo:
—¡Qué difícil les va ser a los ricos entrar en el
Reino de Dios!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:
—Hijos, ¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen
su confianza en el dinero! Más fácil le
es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino
de Dios.
Ellos se
espantaron y comentaban:
— Entonces ¿quién puede salvarse?
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
—Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.
Pedro se puso a decirle:
—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús dijo:
—Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o
padre, o hijos o tierra por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este
tiempo, cien veces más, casas, y hermanos y hermanas, y madre e hijos, y
tierras, con persecuciones, y en la edad futura vida eterna.
La santidad esencial para heredar la vida eterna consiste en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y en la aceptación de las cosas que suceden por voluntad de Dios o permisión divina. No un mero y legal cumplimiento obligatorio de la ley sino con fe, que supone sacrificios y renuncias, que se superan fácilmente con la gracia de Dios, dependiendo de la constitución de la persona. No es más meritorio a los ojos de Dios el gusto que el rechazo que se siente en el cumplimiento, porque lo que más vale es el amor con que se cumplen los mandamientos.
Santidad específica
Para conseguir la vida eterna especialmente, es necesaria una vocación específica, don que Dios regala a quien quiere, porque quiere, cuando quiere y en la medida que quiere. Consiste en ser discípulo de Cristo con una vocación bautismal consagrada: vivir el cristianismo con más perfección evangélica.
SER DISCÍPULO ESPECIAL DE CRISTO
El cristiano no elige ser discípulo de
Cristo por propia cuenta, sino es Cristo
quien elige al cristiano. La vocación consagrada es una iniciativa de Dios que
llama a seguirle a quien quiere, valiéndose de muchos medios humanos, manejados
por la providencia divina. Cristo es la causa y los hombres y las cosas son los
medios. Una vocación venida directa e inmediatamente de Dios, sin medios, es
monomanía, enfermedad psíquica, iluminismo humano, porque Dios actúa en los
hombres por medio de los hombres.
La llamada de Dios a ser su discípulo
exige respuesta libre, que se escucha con cierta naturalidad en el fondo del
corazón, sin palabras, y empuja un poco a ciegas a lo desconocido que se
quiere, sin saberlo. Los empujes de
la vocación, excesivamente sensibles,
suelen ser exaltaciones de la sensibilidad, que se esfuman con el tiempo y las
contrariedades, como la estela que dibujan en el firmamento los aviones a
propulsión a chorro, que dura el rato de una visión, o el estampido de los
fuegos artificiales que meten ruido, iluminan aparatosamente, fascinan, y
pronto se apagan.
La verdadera vocación exige dejarlo todo por Cristo: familia, riquezas,
amistades, y bienes de este mundo que esclavizan. Es decir utilizar las cosas
de este mundo sin apegos, con rectitud evangélica. No es renunciar a la familia
para siempre sino utilizarla tanto cuanto lleve a Dios, como manda la Iglesia;
ni es despreciar los bienes de este mundo, sino administrarlos en relación a
Cristo. Si se abraza un Instituto, cumplir con toda fidelidad los estatutos,
aprobados por la Iglesia, las reglas y normas disciplinarias, vivir la oración
de estar con Dios, aunque en ese tiempo no se esté con los hombres actualmente,
pues también se está con ellos místicamente, desempeñar el trabajo que
encomienda la Obediencia, y vivir la vida fraterna, costosa, que es la forja de virtudes, taller
donde se esculpe la imagen de Cristo en la santidad. Nos quejamos con razón de
los defectos de los hombres que conviven con nosotros, menos edificantes que
molestan y nos hacen daño, pero no damos gracias a Dios, porque gracias a sus
defectos, podemos nosotros conseguir las virtudes que no tenemos, y ver los
pecados que me sobran.
sábado, 5 de octubre de 2024
Vigésimo séptimo domingo. Tiempo ordinario. ciclo B
- No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que
le ayude, creo la mujer de una costilla
del hombre, rellenándola de carne, y se la presentó al hombre. Y Adán,
asombrado ante tal maravilla semejante a él, no comparable con ninguna otra
criatura, dijo:
- ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Y con estas palabras Dios instituyó el matrimonio, que Jesús elevó a la categoría de sacramento.
Repetimos que
tanto la narración de la creación del hombre como la de la mujer es poética
y no puede ser interpretada al pie de la
letra. El contenido sustancial de las verdades de fe reveladas en esta
descripción se puede se puede resumir en dos principios:
- Dios ha creado al hombre y a la mujer: el cuerpo de la tierra y el alma directamente. El modo de la creación pertenece a la ciencia y no a la teología.
- Dios instituyó el matrimonio y Jesucristo lo elevó a la dignidad de sacramento.
Voy, queridos hermanos, a tratar en esta homilía de la naturaleza matrimonio cristiano, dejando otros aspectos para las ocasiones oportunas que se me vayan presentando. Para que las ideas queden claras al respecto, me parece un método positivo empezar por explicar la naturaleza negativa del matrimonio, es decir, lo que no es el matrimonio.
El matrimonio
cristiano no es:
- un compromiso privado de un hombre y una mujer en el que acuerdan
vivir juntos en condiciones determinadas
por ellos, sin ningún vínculo oficial: unión de pareja;
- ni una unión de un hombre con una mujer, privada o legal, por
motivaciones puramente religiosas para compartir una misma vida desde la fe: matrimonio
religioso;
- ni un negocio que un hombre y una mujer montan para ganar dinero
viviendo juntos con libertad y con ciertos compromisos acordados;
- ni una colocación que busca una pareja para buscar compañía,
ayudarse mutuamente y matar la soledad;
- ni un contrato humano, legal, que un hombre hace con una mujer para vivir unidos y formar una familia: matrimonio civil.
El matrimonio
no puede concebirse como un simple compromiso privado de convivencia, ni como
un matrimonio religioso, ni como un
negocio, ni como una colocación, ni como un contrato civil. Cuando el
matrimonio se construye sobre estos cimientos falsos de pasión o egoísmo va a
la deriva, se profana, se hunde y es nulo por su propia naturaleza.
El matrimonio
cristiano “es una íntima comunidad de
vida y de amor de los contrayentes, instaurada por la alianza o por el
irrevocable consentimiento personal de los cónyuges..., vínculo sagrado con
miras tanto al bien de los esposos y de la prole como de la sociedad” (GS 48).
Dicho lo mismo con palabras del Derecho canónico “es una alianza matrimonial, por la que el
varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado
por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y
educación de la prole, elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de
sacramento entre bautizados” (CIC c. 1055,1).
Es por tanto,
un contrato sacramental por el que el hombre y la mujer consagran a Dios el
consorcio de toda la vida para el bien de los contrayentes y la generación y
educación de los hijos. Es sacramento de fe y de gracia para el bien de los
contrayentes y la transmisión de la vida y signo de la unión indisoluble de
Cristo con la Iglesia.
El concepto
del sacramento del matrimonio incluye dos fines esenciales: el bien de los
cónyuges y la procreación de los hijos. Ambos fines son objetivos y esenciales,
no sólo la generación y educación de la prole, sino también el elemento personal
del bien de los cónyuges. Y esto de tal manera que si en el momento inicial de
la celebración del matrimonio se excluyera cualquiera de ellos, el matrimonio
sería nulo.
Dios, que es Amor, creó al ser humano, hombre y mujer, para que en el matrimonio el amor mutuo se convirtiera entre ellos en imagen del amor absoluto de Dios y fuera fecundo: “Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1,28).
Se podría
decir, en términos comparativos, que el amor en el matrimonio es como el
fundamento al edificio: el principio de unidad y firmeza. Cuanto más altura se
quiera para el edificio más consistente tiene que ser el fundamento. Si se
quiere construir un rascacielos es necesario una profunda cimentación de subsuelo.
Así también, si se quiere construir un hogar de casilla baja, basta con un
cimiento común de amor y convivencia, pero si se quiere construir un matrimonio
de rascacielos, un hogar bueno y cristiano, es necesario echar una cimentación
firme de amor mutuo, comprensivo y sacrificado.
El amor en el
matrimonio no debe confundirse con la pasión sexual que puede ser
complementación del amor, pero no desahogo egoísta de la pasión, pues la
sexualidad que se realiza desde el amor lo conserva y lo aumenta, pero ejercida
desde el egoísmo apasiona, esclaviza y
lo destruye.
El amor en el
matrimonio implica dos conceptos importantes: conocimiento de la persona con la
que se tiene que convivir y comprensión de su manera de ser, que exige
aceptación y sacrificio. Cada persona, siendo igual a otra en naturaleza y
dignidad, es en concreto distinta a todas, única, pues tiene su identidad
física, psicológica y espiritual. Cada
hombre, siendo igual al resto de los hombres en sus factores comunes de varón,
tiene su personalidad propia y específica; y lo mismo sucede con cada mujer.
Por consiguiente, el contrayente no es igual en todo a la contrayente, no tiene
por qué ser como ella, ni pensar de la misma manera en cosas indiferentes y
extrañas al amor y fines del matrimonio, ni tener los mismos ideales, ni
gustos; ni la contrayente tampoco. Por eso, los novios antes de contraer
matrimonio deben conocerse en el período del noviazgo, pero el conocimiento más
perfecto de la pareja se consigue en la convivencia.
El
conocimiento de los esposos tiene que ser comprensivo. Comprender significa entender al otro o a la otra y
aceptar su manera de ser, sus ideales, gustos,
cualidades propias y sus defectos. Cada persona es como ha sido creada,
pero condicionada de alguna manera por el sexo en algunas cosas. El esposo tiene que saber que se ha casado
con una mujer que tiene los factores comunes de su propio sexo, y además su
propia personalidad. Y de la misma manera la mujer no debe ignorar que se ha
casado con un hombre que tiene los factores propios de varón y su personalidad
única. Teniendo en cuenta estos principios de psicología experimental, el
esposo y la esposa se deben amar aceptándose mutuamente con comprensión y
sacrificio, con amor de entrega en lo
esencial y respeto y libertad en lo accidental. Por amor deben darse gusto en pequeñas cosas, detalles significativos,
que demuestran el amor y lo fortalecen, sin que lleguen al extremo de cultivar
caprichos sin fundamento.
La
comprensión en el matrimonio tiene que abarcar también el amor de corazón o de
reflexión en actos de comportamientos sociales y cristianos a los padres,
hermanos, familiares.
Para
terminar, remarcando ideas, y tratando de resumir todo lo que hasta ahora hemos
dicho en pocas palabras, concluimos:
El matrimonio
cristiano no es un acuerdo mutuo de convivencia de una pareja por fines de
compañía, lucro, ideología, sexualidad; ni tampoco un contrato civil de fundar
una familia. Es un sacramento de
amor y gracia, una alianza que un hombre hace con una mujer por la que se unen para la procreación y educación de
los hijos y ayudarse mutuamente para el bien común de los esposos, cuyo
fundamento es el amor mutuo comprensivo y sacrificado.






