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viernes, 31 de octubre de 2025

Solemnidad de todos los santos. Ciclo C

 


Hoy celebramos, en primer lugar, el día de todos los santos canonizados por la Iglesia, nuestros intercesores ante Dios en el Cielo y  modelos nuestros de santidad en la Tierra, a quienes veneramos en sus imágenes, altares y retablos de nuestras Iglesias. También conmemoramos el día de los santos canonizables, que no llegaron a ser venerados por los fieles, por razones históricas y humanas comprensibles, pero que por sus méritos  estarán, tal vez,  tan cerca de Dios o más  que los santos reconocidos oficialmente por los hombres; y también, por extensión, podemos decir que hoy es  la fiesta de los santos del silencio, que son nuestros familiares y amigos que murieron en el Señor y esperamos estén ya gozando de Dios eternamente, por su infinita misericordia. Podríamos decir, por tanto, que hoy celebramos el día de los hombres que están en el Cielo. 

¿Quiénes fueron los santos? 

Los santos fueron hombres como nosotros, de carne y hueso, sometidos a las debilidades humanas, pecadores cristianos, que se santificaron viviendo el Evangelio en el ejercicio heroico de  las virtudes; y hasta podríamos decir que también los hombres de buena voluntad, no cristianos, que vivieron en este mundo la fe que conocieron con recta conciencia en el bien obrar y murieron con pureza de corazón, estado de gracia misteriosa, en la presencia de Dios, aunque en la Tierra, por muchas circunstancias, no conocieron la Iglesia ni  a Jesucristo.  

¿Por qué fueron santos?       

La Iglesia, institución divina, como toda institución humana, tiene un fundador, que es Jesucristo, unos Estatutos o Constituciones que son las ocho bienaventuranzas proclamadas en el Sermón de la Montaña y unas reglas, que son las enseñanzas y normas de conducta del Evangelio, que determinan el modo de vivir las Constituciones.

Los santos fueron santos porque vivieron con perfección las Constituciones de las Bienaventuranzas y las Reglas del Evangelio con fe operativa expresada en el amor a Dios con el cumplimiento de los mandamientos y en el amor al prójimo demostrado con obras de caridad; y por la misericordia de Dios y sus méritos murieron en estado de gracia.

Aunque el momento no es el propio para explicar las bienaventuranzas, porque es un tema que nos ocuparía mucho tiempo, vamos a proponer, sin embargo, las bienaventuranzas con una breve explicación de cada una de ellas, porque son, como hemos dicho, los fundamentos de la santidad sobre los que hay que construir el edificio de la santidad. 

Son dichosos los pobres de espíritu aquellos cristianos, pobres o ricos, que viven con lo necesario, según su clase social, sin apego a las riquezas, siendo señores de las cosas y no esclavos de ellas, y utilizando los bienes de la Tierra para servicio propio, de la familia y de la Sociedad. Los pobres reales no son bienaventurados por su pobreza material, si son ricos en el corazón,  pues son pobres a la fuerza, porque no pueden ser ricos; ni tampoco los ricos reales son condenados por el Evangelio porque tienen dinero y posesiones, pues pueden ser pobres de espíritu, si viven la pobreza evangélica con corazón desprendido de las riquezas y con recta y caritativa administración de sus bienes en favor de los pobres y de la Sociedad. Son dichosos y herederos del Reino de los Cielos los que son pobres en el espíritu. 

Son dichosos los sufridos que saben sufrir con paciencia las cruces y contrariedades de esta vida, ofreciendo a Dios el dolor, como necesario para la propia salvación y complemento de lo que faltó a la pasión de Cristo en sus miembros. Los que dan sentido redentor al sufrimiento, heredarán la tierra, es decir, poseerán la tierra del Cielo, felicidad plena y eterna del hombre. 

Son dichosos los que lloran sus pecados propios y los pecados de todos los hombres. Es decir son bienaventurados los que saben llorar santamente, los que  viven la teología de las lágrimas, porque ellos serán consolados con la alegría de la promesa y posesión de la vida eterna. 

Son dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, no justicia humana sino teológica, que es la gracia, la santidad. Los que trabajan en la Tierra por saciar el hambre de Dios vivirán felices y serán saciados en el Cielo con la satisfacción de la visión de Dios y gozo eterno de su Ser. 

Son dichosos los misericordiosos que comprenden las miserias de los hombres, sus pecados y se compadecen de ellos y ejercen la misericordia remediando los males que están a su alcance, porque alcanzarán la misericordia de Dios. 

Son dichosos los limpios de corazón que ven todas las cosas con los ojos de Dios, actúan en la vida sin trampas ni segundas intenciones, ni marrullas, ni mentiras, con el corazón limpio de  pecados, porque ellos verán a Dios en esta vida por la fe y en la otra con su visión y posesión eternamente. 

Son dichosos los que trabajan por la paz haciendo por implantar en el mundo el bienestar social, la justicia en todos los órdenes, la defensa de los derechos humanos y se esfuerzan por todos los medios por conseguir el bien común de todos los hombres, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. 

Son dichosos los perseguidos por causa de la justicia que padecen  por vivir el Evangelio, por seguir a Jesucristo, porque la persecución de los que buscan a Dios es distintivo y predilección de los cristianos, porque de ellos es el Reino de los Cielos.  

En resumen, son santos aquellos hombres que cumpliendo la voluntad  divina en la fiel y rigurosa observancia de la Ley de Dios y de la Iglesia, aceptan y ofrecen todos los acontecimientos de la vida, gozosos y dolorosos, y  viven las constituciones del Evangelio, que son las bienaventuranzas.

 

jueves, 31 de octubre de 2024

Solemnidad de Todos los Santos

 


Todos podemos ser santos

 Estamos celebrando la fiesta litúrgica de todos los santos que están en el Cielo,  a quienes veneramos en los altares por definición de la Iglesia. La Palabra de Dios nos ofrece una oportunidad para hablar de la santidad en los santos, con el fin de animarnos todos a ser santos, que es el fin del cristiano. Es la enseñanza de Jesucristo en el Evangelio: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”.

 ¿Quién es santo?

 Santo es, en primer lugar, un hombre que pisa tierra, con cualidades y defectos, equilibrado, no necesariamente inteligente, pero bueno,  que vive  la gracia bautismal, colabora con ella,  cumple los mandamientos y acepta la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste en los distintos acontecimientos de la vida.

 Solemos tener un fallo radical que consiste en querer imitar a los santos de nuestra devoción copiando sus actos; y nos equivocamos, pues tenemos que imitar a los santos en sus virtudes o actitudes, ya que hay muchos santos que son admirables pero no imitables. Nadie puede imitar María Santísima nada más que en sus virtudes y no en el amor que vivió en los actos que realizó. De la misma manera que sucede en las ciencias, que puede uno elegir la carrera de las matemáticas, amando las matemáticas, pero no todos pueden llegar a ser matemáticos como los de la NASA. Así también podemos imitar los actos virtuosos de los santos en su actitudes y no en los actos, porque no es siempre posible.

 La causa eficiente de la santidad es la Santísima Trinidad: Dios Padre por medio de Jesucristo y con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo. El sujeto de la santificación es el hombre y los medios son los sacramentos, la oración, el ejercicio de las virtudes cristianas en toda la vida cristianizada, que es el taller donde se transforma el hombre pecador en santo.

Los santos no nacen, se hacen, pero se hacen como nacen, según han sido creados por Dios en su propia constitución de personas concretas, de manera que cada santo, poseyendo las virtudes comunes de todos, es único, con su propia santidad personalizada. La santidad tiene su raíz y fundamento en la gracia del bautismo, es una exigencia del sacramento que comunica a todo bautizado la potencia de santificación sustancial, que resulta diferente en cada santo, según el grado de gracia que ha recibido del Espíritu Santo y la correspondencia a la gracia en obras santas.

Algunos cristianos nacen con tanta facilidad para el bien que, por naturaleza y gracia, llegan a ser santos, sin mayor esfuerzo, y con cierta naturalidad sobrenatural, mientras que otros nacen con ciertas taras psíquicas y rebeldías instintivas que les dificultan seriamente el progreso de la santidad, pero no se lo impiden, pues pueden llegar a sr santos como otros.

Dios juzga la santidad de los cristianos no sólo por los actos realizados, sino principalmente por el amor que ponen en cada acto, teniendo en cuenta la realidad de las personas que se santifica.

No existe una serie de actos para conseguir mayor santidad, por los que  se clasifican los santos, de manera que unos son más santos que otros, dependiendo del sacrificio y de las obras costosas que realizan: los santos, muy penitentes, como San Francisco de Paula, los muy elevados y versados en las altas esferas de la mística, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús,  los muy apóstoles como San Francisco Javier al que se caían los brazos por el cansancio te tanto bautizar, o como el Papa Juan Pablo II, que ha recorrido el mundo entero con sacrificios heroicos de celo apostólico.

A los hombres nos gustan lo santos de relumbrón, santos espectaculares, santos excepcionales, milagrosos, heroicos, con nota de sobresaliente o matrícula de honor, y no los santos de a pie, que caen y se levantan, que aprobaron la carrera de la santidad por los pelos. Son las actitudes de los santos o virtudes del amor, con actos comunes o heroicos, las que juzga Dios, con la nota  que  cada santo merezca.

Dios ama a todos los hombres por igual, en el sentido de que ama a cada uno tanto cuanto puede ser amado totalmente, según ha sido creado, aunque pueda parecer que ama más a unos que a otros, porque los hombres juzgamos la santidad por actos externos y obras importantes para el mundo, en cambio Dios evalúa a los santos por el amor del corazón con obras, de cualquier índole que sean.

El Espíritu Santo reparte sus dones naturales y sobrenaturales a quienes quiere, en la medida e intensidad que quiere y cuando quiere. Así como hay diversidad de seres creados y cada uno es un ser único, hombres iguales y no existe uno igual, así pasa con la diversidad de santos, que cada santo es él mismo. En esto se demuestra la infinita sabiduría de Dios que nunca se repite en sus obras.

Hoy, fiesta de los santos canonizados, por extensión, podemos decir que celebramos también la fiesta de los santos canonizables, santos del silencio, santos sencillos, santos de a pie, que llegaron a la meta de la santidad paso a paso y no en carreras  de competición de santidad. Seamos tan santos como debemos y no como nos gustaría ser, porque querer ser tan santos como otros es vanidad. Que todos sean más santos que nosotros con tal que nosotros seamos tan santos como debemos.

martes, 31 de octubre de 2023

Solemnidad de Todos los Santos. Ciclo A

 

Todos podemos ser santos

Estamos celebrando la fiesta litúrgica de todos los santos que están en el Cielo,  a quienes veneramos en los altares por definición de la Iglesia. La Palabra de Dios nos ofrece una oportunidad para hablar de la santidad en los santos, con el fin de animarnos todos a ser santos, que es el fin del cristiano. Es la enseñanza de Jesucristo en el Evangelio: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”.

 ¿Quién es santo?

Santo es, en primer lugar, un hombre que pisa tierra, con cualidades y defectos, equilibrado, no necesariamente inteligente, pero bueno,  que vive  la gracia bautismal, colabora con ella,  cumple los mandamientos y acepta la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste en los distintos acontecimientos de la vida.

Solemos tener un fallo radical que consiste en querer imitar a los santos de nuestra devoción copiando sus actos; y nos equivocamos, pues tenemos que imitar a los santos en sus virtudes o actitudes, ya que hay muchos santos que son admirables pero no imitables. Nadie puede imitar María Santísima nada más que en sus virtudes y no en el amor que vivió en los actos que realizó. De la misma manera que sucede en las ciencias, que puede uno elegir la carrera de las matemáticas, amando las matemáticas, pero no todos pueden llegar a ser matemáticos como los de la NASA. Así también podemos imitar los actos virtuosos de los santos en sus actitudes y no en los actos, porque no es siempre posible.

La causa eficiente de la santidad es la Santísima Trinidad: Dios Padre por medio de Jesucristo y con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo. El sujeto de la santificación es el hombre y los medios son los sacramentos, la oración, el ejercicio de las virtudes cristianas en toda la vida cristianizada, que es el taller donde se transforma el hombre pecador en santo.

Los santos no nacen, se hacen, pero se hacen como nacen, según han sido creados por Dios en su propia constitución de personas concretas, de manera que cada santo, poseyendo las virtudes comunes de todos, es único, con su propia santidad personalizada. La santidad tiene su raíz y fundamento en la gracia del bautismo, es una exigencia del sacramento que comunica a todo bautizado la potencia de santificación sustancial, que resulta diferente en cada santo, según el grado de gracia que ha recibido del Espíritu Santo y la correspondencia a la gracia en obras santas.

Algunos cristianos nacen con tanta facilidad para el bien que, por naturaleza y gracia, llegan a ser santos, sin mayor esfuerzo, y con cierta naturalidad sobrenatural, mientras que otros nacen con ciertas taras psíquicas y rebeldías instintivas que les dificultan seriamente el progreso de la santidad, pero no se lo impiden, pues pueden llegar a ser santos como otros.

Dios juzga la santidad de los cristianos no sólo por los actos realizados, sino principalmente por el amor que ponen en cada acto, teniendo en cuenta la realidad de las personas que se santifica.

No existe una serie de actos para conseguir mayor santidad, por los que  se clasifican los santos, de manera que unos son más santos que otros, dependiendo del sacrificio y de las obras costosas que realizan: los santos, muy penitentes, como San Francisco de Paula, los muy elevados y versados en las altas esferas de la mística, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús,  los muy apóstoles como San Francisco Javier al que se caían los brazos por el cansancio te tanto bautizar, o como el Papa Juan Pablo II, que ha recorrido el mundo entero con sacrificios heroicos de celo apostólico.

A los hombres nos gustan lo santos de relumbrón, santos espectaculares, santos excepcionales, milagrosos, heroicos, con nota de sobresaliente o matrícula de honor, y no los santos de a pie, que caen y se levantan, que aprobaron la carrera de la santidad por los pelos. Son las actitudes de los santos o virtudes del amor, con actos comunes o heroicos, las que juzga Dios, con la nota  que  cada santo merezca.

Dios ama a todos los hombres por igual, en el sentido de que ama a cada uno tanto cuanto puede ser amado totalmente, según ha sido creado, aunque pueda parecer que ama más a unos que a otros, porque los hombres juzgamos la santidad por actos externos y obras importantes para el mundo, en cambio Dios evalúa a los santos por el amor del corazón con obras, de cualquier índole que sean.

El Espíritu Santo reparte sus dones naturales y sobrenaturales a quienes quiere, en la medida e intensidad que quiere y cuando quiere. Así como hay diversidad de seres creados y cada uno es un ser único, hombres iguales y no existe uno igual, así pasa con la diversidad de santos, que cada santo es él mismo. En esto se demuestra la infinita sabiduría de Dios que nunca se repite en sus obras.

Hoy, fiesta de los santos canonizados, por extensión, podemos decir que celebramos también la fiesta de los santos canonizables, santos del silencio, santos sencillos, santos de a pie, que llegaron a la meta de la santidad paso a paso y no en carreras  de competición de santidad. Seamos tan santos como debemos y no como nos gustaría ser, porque querer ser tan santos como otros es vanidad. Que todos sean más santos que nosotros con tal que nosotros seamos tan santos como debemos.

 

lunes, 31 de octubre de 2022

1 de noviembre, festividad de Todos los Santos


Hoy celebramos, en primer lugar, el día de todos los santos canonizados por la Iglesia, nuestros intercesores ante Dios en el Cielo y  modelos nuestros de santidad en la Tierra, a quienes veneramos en sus imágenes, altares y retablos de nuestras Iglesias. También conmemoramos el día de los santos canonizables, que no llegaron a ser venerados por los fieles, por razones históricas y humanas comprensibles, pero que por sus méritos  estarán, tal vez,  tan cerca de Dios o más  que los santos reconocidos oficialmente por los hombres; y también, por extensión, podemos decir que hoy es  la fiesta de los santos del silencio, que son nuestros familiares y amigos que murieron en el Señor y esperamos estén ya gozando de Dios eternamente, por su infinita misericordia. Podríamos decir, por tanto, que hoy celebramos el día de los hombres que están en el Cielo.

¿Quiénes fueron los santos?

Los santos fueron hombres como nosotros, de carne y hueso, sometidos a las debilidades humanas, pecadores cristianos, que se santificaron viviendo el Evangelio en el ejercicio heroico de  las virtudes; y hasta podríamos decir que también los hombres de buena voluntad, no cristianos, que vivieron en este mundo la fe que conocieron con recta conciencia en el bien obrar y murieron con pureza de corazón, estado de gracia misteriosa, en la presencia de Dios, aunque en la Tierra, por muchas circunstancias, no conocieron la Iglesia ni  a Jesucristo.

¿Por qué fueron santos?          

La Iglesia, institución divina, como toda institución humana, tiene un fundador, que es Jesucristo, unos Estatutos o Constituciones que son las ocho bienaventuranzas proclamadas en el Sermón de la Montaña y unas reglas, que son las enseñanzas y normas de conducta del Evangelio, que determinan el modo de vivir las Constituciones.

Los santos fueron santos porque vivieron con perfección las Constituciones de las Bienaventuranzas y las Reglas del Evangelio con fe operativa expresada en el amor a Dios con el cumplimiento de los mandamientos y en el amor al prójimo demostrado con obras de caridad; y por la misericordia de Dios y sus méritos murieron en estado de gracia.

Aunque el momento no es el propio para explicar las bienaventuranzas, porque es un tema que nos ocuparía mucho tiempo, vamos a proponer, sin embargo, las bienaventuranzas con una breve explicación de cada una de ellas, porque son, como hemos dicho, los fundamentos de la santidad sobre los que hay que construir el edificio de la santidad.

Son dichosos los pobres de espíritu aquellos cristianos, pobres o ricos, que viven con lo necesario, según su clase social, sin apego a las riquezas, siendo señores de las cosas y no esclavos de ellas, y utilizando los bienes de la Tierra para servicio propio, de la familia y de la Sociedad. Los pobres reales no son bienaventurados por su pobreza material, si son ricos en el corazón,  pues son pobres a la fuerza, porque no pueden ser ricos; ni tampoco los ricos reales son condenados por el Evangelio porque tienen dinero y posesiones, pues pueden ser pobres de espíritu, si viven la pobreza evangélica con corazón desprendido de las riquezas y con recta y caritativa administración de sus bienes en favor de los pobres y de la Sociedad. Son dichosos y herederos del Reino de los Cielos los que son pobres en el espíritu.

Son dichosos los sufridos que saben sufrir con paciencia las cruces y contrariedades de esta vida, ofreciendo a Dios el dolor, como necesario para la propia salvación y complemento de lo que faltó a la pasión de Cristo en sus miembros. Los que dan sentido redentor al sufrimiento, heredarán la tierra, es decir, poseerán la tierra del Cielo, felicidad plena y eterna del hombre.

 Son dichosos los que lloran sus pecados propios y los pecados de todos los hombres. Es decir son bienaventurados los que saben llorar santamente, los que  viven la teología de las lágrimas, porque ellos serán consolados con la alegría de la promesa y posesión de la vida eterna.

Son dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, no justicia humana sino teológica, que es la gracia, la santidad. Los que trabajan en la Tierra por saciar el hambre de Dios vivirán felices y serán saciados en el Cielo con la satisfacción de la visión de Dios y gozo eterno de su Ser.

Son dichosos los misericordiosos que comprenden las miserias de los hombres, sus pecados y se compadecen de ellos y ejercen la misericordia remediando los males que están a su alcance, porque alcanzarán la misericordia de Dios.

Son dichosos los limpios de corazón que ven todas las cosas con los ojos de Dios, actúan en la vida sin trampas ni segundas intenciones, ni marrullas, ni mentiras, con el corazón limpio de  pecados, porque ellos verán a Dios en esta vida por la fe y en la otra con su visión y posesión eternamente.

Son dichosos los que trabajan por la paz haciendo por implantar en el mundo el bienestar social, la justicia en todos los órdenes, la defensa de los derechos humanos y se esfuerzan por todos los medios por conseguir el bien común de todos los hombres, porque ellos se llamarán los hijos de Dios.

Son dichosos los perseguidos por causa de la justicia que padecen  por vivir el Evangelio, por seguir a Jesucristo, porque la persecución de los que buscan a Dios es distintivo y predilección de los cristianos, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 

En resumen, son santos aquellos hombres que cumpliendo la voluntad divina en la fiel y rigurosa observancia de la Ley de Dios y de la Iglesia, aceptan y ofrecen todos los acontecimientos de la vida, gozosos y dolorosos, y viven las constituciones del Evangelio, que son las bienaventuranzas

sábado, 31 de octubre de 2020

1 de Noviembre, festividad de Todos los Santos. Ciclo A

 

Todos podemos ser santos

 Estamos celebrando la fiesta litúrgica de todos los santos que están en el Cielo,  a quienes veneramos en los altares por definición de la Iglesia. La Palabra de Dios nos ofrece una oportunidad para hablar de la santidad en los santos, con el fin de animarnos todos a ser santos, que es el fin del cristiano. Es la enseñanza de Jesucristo en el Evangelio: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”.

 ¿Quién es santo?

 Santo es, en primer lugar, un hombre que pisa tierra, con cualidades y defectos, equilibrado, no necesariamente inteligente, pero bueno,  que vive  la gracia bautismal, colabora con ella,  cumple los mandamientos y acepta la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste en los distintos acontecimientos de la vida.

 Solemos tener un fallo radical que consiste en querer imitar a los santos de nuestra devoción copiando sus actos; y nos equivocamos, pues tenemos que imitar a los santos en sus virtudes o actitudes, ya que hay muchos santos que son admirables pero no imitables. Nadie puede imitar María Santísima nada más que en sus virtudes y no en el amor que vivió en los actos que realizó. De la misma manera que sucede en las ciencias, que puede uno elegir la carrera de las matemáticas, amando las matemáticas, pero no todos pueden llegar a ser matemáticos como los de la NASA. Así también podemos imitar los actos virtuosos de los santos en su actitudes y no en los actos, porque no es siempre posible.

 La causa eficiente de la santidad es la Santísima Trinidad: Dios Padre por medio de Jesucristo y con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo. El sujeto de la santificación es el hombre y los medios son los sacramentos, la oración, el ejercicio de las virtudes cristianas en toda la vida cristianizada, que es el taller donde se transforma el hombre pecador en santo.

Los santos no nacen, se hacen, pero se hacen como nacen, según han sido creados por Dios en su propia constitución de personas concretas, de manera que cada santo, poseyendo las virtudes comunes de todos, es único, con su propia santidad personalizada. La santidad tiene su raíz y fundamento en la gracia del bautismo, es una exigencia del sacramento que comunica a todo bautizado la potencia de santificación sustancial, que resulta diferente en cada santo, según el grado de gracia que ha recibido del Espíritu Santo y la correspondencia a la gracia en obras santas.

Algunos cristianos nacen con tanta facilidad para el bien que, por naturaleza y gracia, llegan a ser santos, sin mayor esfuerzo, y con cierta naturalidad sobrenatural, mientras que otros nacen con ciertas taras psíquicas y rebeldías instintivas que les dificultan seriamente el progreso de la santidad, pero no se lo impiden, pues pueden llegar a ser santos como otros.

Dios juzga la santidad de los cristianos no sólo por los actos realizados, sino principalmente por el amor que ponen en cada acto, teniendo en cuenta la realidad de las personas que se santifica.

No existe una serie de actos para conseguir mayor santidad, por los que  se clasifican los santos, de manera que unos son más santos que otros, dependiendo del sacrificio y de las obras costosas que realizan: los santos, muy penitentes, como San Francisco de Paula, los muy elevados y versados en las altas esferas de la mística, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús,  los muy apóstoles como San Francisco Javier al que se caían los brazos por el cansancio te tanto bautizar, o como el Papa Juan Pablo II, que ha recorrido el mundo entero con sacrificios heroicos de celo apostólico.

A los hombres nos gustan lo santos de relumbrón, santos espectaculares, santos excepcionales, milagrosos, heroicos, con nota de sobresaliente o matrícula de honor, y no los santos de a pie, que caen y se levantan, que aprobaron la carrera de la santidad por los pelos. Son las actitudes de los santos o virtudes del amor, con actos comunes o heroicos, las que juzga Dios, con la nota  que  cada santo merezca.

Dios ama a todos los hombres por igual, en el sentido de que ama a cada uno tanto cuanto puede ser amado totalmente, según ha sido creado, aunque pueda parecer que ama más a unos que a otros, porque los hombres juzgamos la santidad por actos externos y obras importantes para el mundo, en cambio Dios evalúa a los santos por el amor del corazón con obras, de cualquier índole que sean.

El Espíritu Santo reparte sus dones naturales y sobrenaturales a quienes quiere, en la medida e intensidad que quiere y cuando quiere. Así como hay diversidad de seres creados y cada uno es un ser único, hombres iguales y no existe uno igual, así pasa con la diversidad de santos, que cada santo es él mismo. En esto se demuestra la infinita sabiduría de Dios que nunca se repite en sus obras.

Hoy, fiesta de los santos canonizados, por extensión, podemos decir que celebramos también la fiesta de los santos canonizables, santos del silencio, santos sencillos, santos de a pie, que llegaron a la meta de la santidad paso a paso y no en carreras  de competición de santidad. Seamos tan santos como debemos y no como nos gustaría ser, porque querer ser tan santos como otros es vanidad. Que todos sean más santos que nosotros con tal que nosotros seamos tan santos como debemos.

jueves, 31 de octubre de 2019

Todos los Santos. 1 de Noviembre

    La Iglesia Católica  celebra hoy la fiesta de todos los santos, principalmente la de los que están canonizados por la Iglesia, y por extensión también la de los beatos y mártires del Cielo que por circunstancias humanas, providenciales, no han obtenido ni obtendrán el título eclesial  de santos.
            En esta fiesta tan importante, tema tan difícil como apasionante, podríamos decir que la santidad se extiende también a los cristianos, mujeres y hombres buenos con sincero corazón en la presencia de Dios. Voy a tratar este documento en cinco capítulos:

1 Santidad
2 Sagrada Escritura
Clases de santidad
4 Suficiente en virtud de la misericordia infinita de Dios
5 Vocación de santidad en todos los estados de la vida

            1 Santidad

La santidad para el cristiano no es una opción libre que se elige; ni un privilegio para una casta de personas dotadas de cualidades excepcionales, sino una obligación bautismal, si bien distinta en cada uno, según sea la vocación a la que ha sido llamado por el Espíritu Santo y la correspondencia personal. La santificación del cristiano es una vocación común que nace del bautismo. No todos los cristianos están llamados al mismo grado de santidad, de la misma manera que no todos los hombres, siendo iguales en naturaleza, tienen las mismas cualidades  y dones naturales. Los santos tuvieron y tienen ciertos defectos temperamentales,  que no quitaron ni quitan el brillo de su santidad, sino que con ellos hicieron que resplandecieran la  mayor gloria de Dios y la omnipotencia de su sabiduría divina. Fueron para ellos gracias de humillación, que no empañaron el brillo de su santidad. De la misma manera que  la luz del sol  pasa a los recintos del interior, aunque los cristales no estén totalmente limpios, así la luz de la gracia penetra en el alma, aunque tenga defectos, pecados veniales  miserias y debilidades. Se puede decir genéricamente que el santo es el cristiano, hombre normal, inteligente y libre,  que vive y muere en estado de gracia, sin pecado mortal.
El hombre creado por Dios es un ser esencialmente religioso, inclinado por instinto a su propio bien, que en su última finalidad es Dios, su Creador.  Sucede que por diversas razones y circunstancias muchos hombres confunden muchas veces el mal con el bien, por culpa del pecado original, que estropeó la  naturaleza humana, creada en justicia y santidad, dejando en ella la concupiscencia, causa de todo pecado y desorden. En este caso, el mal objetivo, buscado y hecho por el hombre con buena intención, resulta en su conciencia un bien subjetivo, que solamente puede ser evaluado por Dios, infinitamente sabio y poderoso, cuya misericordia ni siquiera se puede imaginar.
La santidad consiste esencialmente en la unión personal con Dios en la vida consagrada o en el mundo. La gracia bautismal a la santidad es esencialmente la misma en todos los cristianos, pero se hace personal en cada uno, en virtud de los dones que ha recibido del Espíritu Santo y las obras que realiza, dependiendo de muchos factores. Es como la luz eléctrica, que en su naturaleza es esencialmente la misma, pero distinta en su potencia de vatios en cada bombilla.

2 Sagrada Escritura

Son muchos los textos que existen en la Sagrada Escritura sobre la santidad. Citamos algunos de los más clásicos:
 Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"  (I Tim 2,4).
"La voluntad de Dios es vuestra santificación" (1 Tes 4,3).
"Sed perfectos, como también es perfecto vuestro Padre Celestial"  (Mt 5, 48).
"Sed santos en toda vuestra vida, como es santo el que os ha llamado" (1 P 1,15).
"El que es santo siga santificándose" (Ap 22,11).
"Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Él nos ha elegido, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables a sus ojos"  (Ef 1,3-4).

Clases de santidad

Haciendo un parangón con la evaluación que se estila en la docencia, podríamos decir que existen santos de calificación suficiente, notable, sobresaliente y matricula de honor.

Santidad suficiente

Obtienen la calificación de santidad suficiente  aquellos cristianos que viven y mueren en estado de gracia, sin pecado mortal, cumplen los mandamientos y practican las virtudes de modo común  con virtudes y defectos. Quizás son o fueron nuestros padres, hermanos y amigos.
           De la misma manera que se consigue la sabiduría con errores, la salud y el crecimiento físico con flaquezas corporales, la perfección espiritual se desarrolla con debilidades y pecados. El cristiano puede ser santo, aunque tenga defectos temperamentales, faltas e imperfecciones morales. La enfermedad encierra una fortaleza misteriosa que no puede soportar el hombre sano. En la debilidad del que trabaja por ser santo se realiza la fortaleza de la omnipotencia de la gracia: "Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad...porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Co 12,9-10).
              Si dejas la conversión para luego, corres el peligro de no empezar nunca, pues mañana es tarde si puede ser ahora. 
          Las equivocaciones de la vida son muchas veces aciertos de la Providencia de Dios. No te tortures la conciencia sobre los pecados del pasado, ya confesados perdonados, pues puedes repararlos con un presente de fervorosa vida cristiana. Si has  perdido el tiempo no habiendo aprovechado las ocasiones de la santificación, arrójate con los ojos cerrados a los brazos de Dios Padre,  y no caerás en el vacío. 
¿Quiénes son los cristianos y hombres que no aprueban el examen final de la vida?  (Mt 25,31-46) ¡Misterio!

Santidad notable

 Consiguen la calificación notable en la santidad aquellos cristianos que, además de vivir la santidad suficiente, cumplen notablemente los mandamientos y practican las virtudes con defectos temperamentales, difícilmente corregibles, que sirven como  humillaciones para el conocimiento propio  y comprensión de los demás. Estos defectos ofenden más a los hombres que a Dios.

Santidad sobresaliente.

           Muchos santos, en número inimaginable, que pisan tierra o gozan la eternidad del cielo, alcanzaron la calificación de sobresaliente, porque viven o vivieron la santidad en grado sumo.

            Santidad matricula de honor

            Hay en el cielo y en la tierra bastantes santos de categoría de santidad sobresaliente, que en virtud de la gracia excepcional de Dios y el ejercicio de sus obras eminentes obtienen la calificación de matricula de honor, que suelen ser los grandes fundadores, de fama universal, destinados por Dios para el bien de la Iglesia y de todos los hombres del mundo.

4 Suficiente en virtud de la misericordia infinita de Dios

           Existe en el mundo una inmensa mayoría de hombres y mujeres que se salvan o santifican en virtud del misterio de la misericordia infinita de Dios, por medios que desconoce la teología católica y la ciencia religiosa humana. Dios aprueba con un “cinquillo”, por los pelos, en virtud de su infinita misericordia, a muchísimos cristianos, no practicantes, que no cumplen estrictamente  la Ley de Dios ni de la Iglesia, ni ejercitan las virtudes cristianas, según la teología de la gracia, pero  hacen el bien, según ellos entienden y saben, cuya evaluación moral sólo Dios juzga. El Espíritu Santo activa en ellos la santidad excepcional, basada en la bondad humana, que hace las veces de gracia; y también aprueban, de manera singular, millones de hombres, mujeres y religiosos de otras religiones, no católicas, que viven su fe con sincero corazón, cumpliendo y viviendo la fe que ellos conocen o conocieron; y un número impensable  de hombres que hacen el bien o hicieron, según ellos entienden en su recta conciencia.


5 Vocación de santidad en todos los estados de la vida

El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia nos dice:
"El Espíritu Santo reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que nos dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras del apóstol San Pablo: "A cada uno se le otorga la manifestación del espíritu para común utilidad" (LG 12).
            La carrera que el cristiano tiene que cursar en su vida para obtener en la otra vida la calificación mínima, al menos la de suficiente, es la de la santidad. La felicidad eterna del Cielo es esencialmente la misma para todos los que obtuvieron calificación diferente, porque todos ven y gozan de Dios totalmente en su plenitud, sin que exista entre ellos emulación ni envidia, porque cada uno está revestido con la gracia gloriosa que necesita. Valga un ejemplo. Si en una familia de distintos tamaños de cuerpo, cada uno está vestido a medida con la misma tela, todos estarán igualmente contentos, sin que haya entre ellos emulaciones ni envidias, porque cada uno tiene la misma tela en la cantidad que necesita para ser feliz.