sábado, 25 de enero de 2014

Domingo tercero del tiempo ordinario
Vocación

El evangelio de este domingo  nos habla de la vocación de Pedro, Andrés, hermanos y de la de otros dos hermanos Santiago y Juan. Los cuatro eran amigos y pescadores de profesión. Aprovecho esta ocasión para tratar el tema de la Vocación en los siguientes dividendos.
Vocación cristiana
Clases de vocación
Vocación  de santidad en todos los estados de la vida
Apostolado, obligación bautismal
Vocación consagrada

Vocación cristiana
¿Qué es la vocación?
            La vocación humana es una especie de instinto natural que nace de lo más profundo del ser humano y lo empuja, de manera permanente, hacia un bien: el arte, la ciencia, la profesión, el deporte, la religión…Como son muchos los bienes a los que una persona puede estar inclinada, son diferentes las vocaciones que existen. Cuando la persona se siente  inclinada permanentemente  con dotes eseciales   hacia el arte, se da  en él vocación artística; si a la  ciencia, vocación científica; si a determinado trabajo, vocación profesional;  si al deporte, vocación deportiva; si a la religión, vocación religiosa…
No es lo mismo vocación que gusto por las cosas, pues la vocación requiere cualidades para las cosas que gustan.  El gusto es una simple complacencia  por ciertas cosas, pero si no se tienen cualidades  para desarrollarlas, no es vocación; ni tampoco es igual que obligación de hacer ciertas cosas, pues en este caso hay que hacerlas, guste o no guste. La vocación cristiana es obligatoria a todos los bautizados, radica esencialmente en el bautismo y hay que potenciarla con el esfuerzo de la oración, recepción de los sacramentos, principalmente el de la Eucaristía y el de la Penitencia,  y el ejercicio de las obras buenas.  La santificación del cristiano es una vocación común, y no una casta privilegiadda de personas dotadas de cualidades excepcionales. Su desarrollo es un misterio que evoluciona de muchas maneras. No todos los cristianos están llamados al mismo grado de santidad, de la misma manera que no todos los hombres, siendo iguales en naturaleza, son los mismos en cualidades  y dones naturales.

Clases de santidad
Adecuando la santidad a la calificación que se hace en la docencia podríamos  decir que existen cinco clases de santidad: Santidad  suficiente, Santidad de aprobado por misericordia; Santidad notable, Santidad de sobresaliente y Santidad de matricula de honor.
Santidad suficiente
La santidad suficiente consiste esencialmente en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia, de las obligaciones propias del estado, del trabajo, en el ejercicio común de las virtudes, y en la aceptación de la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste. Es santo común  el cristiano que vive y muere en estado de gracia, sin pecado mortal, aunque tenga  pecados veniales y defectos. Si muere limpio de pecado grave, merece la calificación de suficiente y consigue el Reino de los Cielos, aunque tenga que purificarse  un tiempo en el Purgatorio.    
Aprobado por misericordia
Dios aprueba con un “cinquillo”, por los pelos, en virtud de su infinita misericordia, a muchísimos cristianos, no practicantes, que no cumplen estrictamente  la Ley de Dios ni de la Iglesia, pero ejercitan las virtudes cristianas, según ellos entienden y saben, pues la evaluación moral de los actos sólo Dios la juzga. El Espíritu Santo activa en ellos la santidad excepcional,  basada en la bondad humana, que por la omnipotencia divinamente infinita de su misericordia  hace las veces de gracia; y también aprueba, de manera singular,  a  millones de religiosos de otras religiones,  no católicas, que viven su fe con sincero corazón, y al número impensable  de hombres que hacen el bien, según ellos entienden en su recta conciencia

Santidad notable
La santidad notable consiste en  cumplir las obligaciones cristianas de la santidad suficiente, hacer por evitar el pecado venial en lo posible, y en ejercer notablemente las virtudes cristianas. Esta santidad se vive con defectos personales, que no siempre son pecados, sino muchas veces ofensas a los hombres. Dios permite los fallos humanos en los cristianos para que se compruebe  que la santidad es radicalmente gracia, y los defectos humanos son factores necesarios para el conocimiento de Dios, el propio y la comprensión de los hombres. 

Santidad sobresaliente
Los cristianos que viven en gracia, superan, en general, el pecado venial y ejercitan de modo heroico las virtudes cristianas, merecen la calificación de sobresaliente en la santidad. Los santos, que vivieron y murieron con calificación de sobresaliente tuvieron ciertos defectos temperamentales,  que no quitaron el brillo de su santidad, sino que con ellos hicieron que resplandeciera la  mayor gloria de Dios y la omnipotencia de su sabiduría divina. Los defectos fueron para ellos gracias de humillación, que no empañaron el brillo de su santidad, de la misma manera que  la luz del sol  pasa a los recintos del interior, aunque los cristales no estén totalmente limpios.



Sobresaliente con matricula de honor
Algunos santos, como, por ejemplo, los Apóstoles, San Pedro Poveda y otros,  sufrieron el martirio físico, cuyo acto purificó sus pequeños fallos humanos,  borrados con su sangre derramada por Cristo, y merecieron la calificación de matricula de honor, la máxima calificación en la santidad. También otros millones de santos, como San Ignacio de Loyola, San Francisco de Paula, San Vicente de Paúl y otros vivieron la santidad con idéntica calificación, sufriendo por Cristo en favor de los hombres el martirio moral de su vida en una entrega total y absoluta a la Iglesia; y otros, muchísimos, quizás nuestros padres, hermanos y amigos, consiguieron la santidad de modo heroico sencillo en el cumplimiento de la Ley y ejercicio de virtudes, y fueron  canonizables, pero no canonizados por la Iglesia: santos del silencio.

Vocación consagrada              
 Muchos cristianos obtienen, además de la vocación bautismal común de la santidad, la vocación de perfección evangélica, viviendo los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad u otros vínculos aprobados por la Iglesia.  El modo de vivir esta específica consagración está determinado por los Fundadores en las Constituciones de sus Obras, escritos que luego sus seguidores viven por reglas y normas  legítimamente establecidas.

Vocación de santidad en todos los estados de la vida
El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia nos dice:
 “Todos los fieles, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios, cada uno por su camino, a la santidad por la que el mismo Padre es perfecto” (LG 11).
 Así como la naturaleza humana es la misma esencialmente para todas las personas, pero, personificada, cada una de ellas es distinta en  el ser y en el obrar, así también la vocación cristiana es esencialmente la misma para todos los cristianos, bautismal, pero diferente en grupos y en cada una de sus componentes. De la misma manera que el agua es sustancialmente la misma, aunque adopte formas diferentes en cantidad y formas, según sea el continente donde se recibe o se comunique, según sea la voluntad de Dios y la correspondencia a la gracia.  Es como la voz humana que tiene el mismo sonido en el idioma que se hable, pero en cada hablante su propio timbre. La santidad de cada bautizado tiene su expresión en todos los estados de la vida: en el sacerdocio, en la vida consagrada, en la virginidad elegida o aceptada, en el matrimonio, viudez y en otros estados civiles admitidos por la legislación canónica de la Iglesia.

            Apostolado, obligación bautismal
            Dios Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a todos los hombres, mediante el misterio pascual. Terminado el período histórico de la Redención, realizada por Jesucristo personalmente en esta vida, ascendió a los Cielos para seguir desde allí realizando la Salvación ministerialmente, por medio de la Iglesia hasta el fin de los tiempos.
            Jesucristo resucitado, antes de subir a los Cielos, encomendó su propia misión, recibida del Padre, a los Apóstoles con estas palabras: "Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,18-20)
            La misión evangelizadora de la Iglesia, Sociedad misteriosa y compleja, es una empresa universal que compete a todos los cristianos: a los obispos, sacerdotes y diáconos, jerarquía de la Iglesia; a los religiosos y religiosas, personas consagradas, y también a los laicos, aunque de distinta manera, según los dones que cada uno ha recibido del Espíritu Santo. El carácter bautismal configura al cristiano en otro Cristo, y le   hace participar de la triple misión de la Iglesia: profética, regia y sacerdotal.
            La santidad apostólica es una obligación común de todo cristiano, en virtud del carácter bautismal, aunque de distintas maneras y con distintos matices. Todo bautizado, de cualquier color de piel, edad, salud, cultura, ideología, religión, condición social, estado civil y religioso y en cualquier lugar geográfico debe ser santo en algún grado, apóstol o misionero de Cristo, de una o de otra manera. "El apostolado de la Iglesia y de todos los miembros se ordena, en primer lugar, a manifestar al mundo con palabras y obras el mensaje de Cristo, y a comunicar su gracia por medio del misterio de la Palabra y de los Sacramentos, misión encomendada, de forma especial, al clero" (AA 6). "La fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital con Cristo" (AA 4).
            "La obra redentora de Cristo no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia, sino también el impregnar y perfeccionar a todo el orden temporal con el espíritu evangélico" (AA 5).
            "La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está atada a sistema político alguno, es a la vez signo de salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana"...En todo momento y en todas partes debe predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y situaciones (GS 76).
            El apóstol es un simple instrumento de salvación en las manos de la Persona de Jesucristo. Cuanto más perfecta sea la canalización de la gracia, más eficaz puede ser la salvación de los hombres. Así como el agua llega a un recipiente por medio de un canal de barro que de oro, pero no con la misma pureza, así también la gracia de Dios llega a los hombres igual en su naturaleza pura por medio de un pecador que de un santo, pero con diferente calidad de perfección. La gracia de Dios llega a los hombres con las connotaciones propias del apóstol que la transmite: con las virtudes del santo y las adherencias  del pecador. Las cualidades personales del apóstol, aunque son muy importantes, no son absolutamente necesarias para la transmisión de la gracia y la eficacia del apostolado, porque es Dios quien salva,  por medio de los hombres, o sin ellos, de manera misteriosamente misericordiosa.
            

sábado, 11 de enero de 2014

FIESTA DEL BAUTISMO DE JESÚS

12 DE ENERO DE 2014

Significado del bautismo
Después de pasar Jesús en Nazaret treinta años de vida oculta, totalmente entregado a la oración y al trabajo de la vida ordinaria en obediencia, realizando su primera y larga etapa de Mesías Redentor, se dirigió al Jordán para ser bautizado por Juan Bautista, con el fin de prepararse para la segunda parte de su vida pública redentora: pasión, muerte y resurrección.
La palabra bautismo, de origen griego, significa acción de lavado, purificación. El bautismo no era un acto sagrado, exclusivamente judío, pues en los pueblos paganos de la antigüedad, desde años inmemorables, era una ceremonia corriente que se celebraba, de diversas maneras, en muchas religiones politeístas. En algunos lugares el bautismo consistía en sacrificar víctimas humanas, ofrecidas a los dioses. Refiere Papini en su vida de Cristo que en Curio de Chipre, en Terracita, Marsella, en tiempos históricos indefinidos, se arrojaba todos los años un hombre al mar, para que, mediante el sacrificio expiatorio de su bautismo  el pueblo quedara purificado de sus pecados.
El bautismo judío en el Antiguo Testamento consistía en un rito de ablución corporal, símbolo de limpieza interior o purificación de impurezas legales. No era un sacramento sino un rito sagrado que recibían los judíos que, habiendo escuchado la palabra de Dios, se convertían, confesaban sus pecados de manera genérica y se consagraban al servicio del Señor. San Juan bautista aconsejaba el bautismo para prepararse para  la venida del Mesías.

Bautismo de Jesús
El bautismo judío que recibió Jesús no fue una alegoría contada poéticamente con cierto simbolismo místico por autores de los primeros siglos del cristianismo, como dicen algunos intérpretes modernos racionalistas, sino un hecho real de visión sobrenatural: la revelación del misterio de la Santísima Trinidad.
Según se deduce del Evangelio de San Lucas (Lc 3,21),  Jesús fue bautizado dentro de una celebración comunitaria.  Cuando a Jesús le tocó su vez, Juan se fijó instintivamente en sus ojos, y sintió la corazonada de encontrarse en la presencia del Mesías. Entonces Juan, resistiéndose a bautizarlo, le dijo:
“¿Tú acudes a mí? Si soy yo quien necesito que tú me bautices”.
            Jesús le contestó:
“Déjalo ya, que así es como nos toca a nosotros cumplir todo lo que Dios quiera” (Mt 3,14-15). Entonces Juan lo bautizó. Y en el mismo instante de su bautismo, el firmamento se  rompió en dos mitades, como si fuera el telón de un escenario, y un rayo de luz celeste, muy potente, enfocó toda la Persona divina de Jesús, quedando la Naturaleza en penumbra; y del espacio luminoso descendió una blanca paloma en ágil y rápido vuelo, que se posó por encima de la cabeza de Jesús, sin tocarla, y quedó en posición estática. La paloma ha sido tradicionalmente en la literatura profana y bíblica símbolo de amor, candor, pureza, sencillez, fidelidad y paz. Se hizo un impresionante y majestuoso silencio, y en medio de un ambiente sobrecogedor se dejó oír una voz, dulcemente sonora, que haciendo eco al chocar contra las montañas, decía:
“Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto” (Mc 1,11).
La interpretación común de los Santos Padres y la teología católica tradicional entienden que en esta escena se reveló el misterio de la Santísima Trinidad, no conocido en el Antiguo Testamento. La primera Persona del Padre estaba representada en la voz que hablaba; la segunda en el Hijo, Jesús en quien se estaba bautizando; y la tercera, el Espíritu Santo, en la paloma misteriosa de belleza sin igual. 
La Iglesia resume perfectamente el significado del bautismo de Jesús con estas palabras: “El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente... y es anticipo del bautismo de su muerte sangrienta” (Cat 536).
¿Por qué fue bautizado Jesús?
No se puede admitir católicamente la teoría de los ebionitas y adopcionistas del siglo II que afirmaban que “Jesús fue un pecador, como cualquier otro hombre, que se purificó y “divinizó” al ser adoptado por Dios en el bautismo”.  Esta suposición es contraria a la fe católica, pues Jesús no pecó ni pudo pecar, porque es la Persona divina del Hijo humanizada, incompatible con el pecado. 
 El bautismo de Jesús fue un rito judío simbólico de penitencia, de consagración a Dios y en Jesucristo  preparación para celebrar la segunda parte del misterio de la vida pública, pasión, muerte y resurrección, misterio pascual, y ejemplo para que los cristianos vivamos siempre la vida en conversión penitencial.




domingo, 5 de enero de 2014

EPIFANÍA
Magos, viaje, estrella, oro, incienso y mirra

Hagamos unas reflexiones espirituales, simbólicas, sobre cinco puntos del episodio de la Epifania: los Magos, viaje, oro, incienso y mirra.

Los Magos
Los magos eran científicos en astronomía, hombres de fe, no reyes, como piensa la tradición de devoción popular. Algunos autores bíblicos suponen con cierto fundamento que eran judíos o descendientes de ellos, que conocían la Sagrada Escritura, y  por inspiración divina hicieron un viaje de Oriente a Occidente,  a Belén, guiados por una estrella  para adorar al Niño Dios, el Mesías, el Redentor del mundo. 
Los Magos son símbolos de los buenos cristianos que hacen el viaje desde el Oriente de su nacimiento hasta el Occidente de su muerte llevando siempre consigo oro. Incienso y mirra para ofrecérselos a Jesús, Redentor y Salvador del mundo.
Viaje
El viaje que los Magos hicieron puede ser símbolo de la travesía personal que cada hombre hace  desde el oriente de su nacimiento hasta el occidente de su muerte  en este valle de lágrimas, como rezamos en la salve, En ese trayecto hay que pasar muchos sufrimientos por los desniveles y vericuetos del camino, cuestas, bajadas y subidas, lugares tortuosos que ofrecen peligros, que hay que evadir con habilidad y astucia, dificultades que nos regala el Señor para aprovecharlas para nuestra santificación. Debemos pisar tierra firme con tiento, sabiendo dónde posamos los pies, como peregrinos en marcha hacia la meta, llevando consigo los dones del incienso, oro y mirra, la escucha meditada de la Palabra de Dios, la recepción frecuente y fervorosa de los sacramentos y la acción de las obras buenas que alimentan el alma, para que cuando llegue nuestra muerte, podamos adorar, ver y gozar en el Cielo eternamente de la gloria del niño Jesús, hecho hombre, glorioso y resucitado.   
Estrella
La estrella que los Magos vieron en Oriente y le llevaron a adorar al Niño Dios puede ser para nosotros símbolo de nuestra fe en Jesús, el Mesías, el Salvador, guiados por la estrella de la fe, que ilumina a los cristianos el camino que lleva al Belén del Cielo, enseñado por el magisterio auténtico de la Iglesia, como órgano de la Verdad: y no la estrella de los teólogos opinantes y ocurrentes por propia cuenta, o la de los escritores o periodistas que propagan las verdades que les incesan  por propios fines o intereses.  
La fe es oscura, pero cierta, segura y lúcida que ilumina con claridad inconfundible todo nuestro tiempo de peregrinación para discernir las cosas verdaderas de las falsas, elegir y  querer el bien y evitar el mal,  rechazar el único mal que existe, que es el pecado, y aceptar todos los sucesos como gracias dentro de la providencia misteriosa de Dios Padre; y es  también fuerza  para atemperar las pasiones y mantener en forma el cuerpo en todas las pasiones.   En el belén  eterno del Cielo la fe se convierte en visión y gozo eterno del Niño Jesús, hombre resucitado y glorioso.
Oro
El oro es uno de los metales más valiosos del mundo, considerado como símbolo de realeza, dignidad, autoridad, soberanía, riqueza, amor verdadero de un corazón bondadoso. Los Magos trajeron de su tierra los más ricos regalos para ofrecérselos al Niño Jesús, Rey de cielos y tierra en Belén. Para los cristianos es símbolo de un corazón limpio sin engaños, ni dobleces, ni intenciones perversas, torcidas y egoístas; también símbolo del  oro de la gracia de Dios  viva y eficiente en el ejercicio del  amor a Dios y al prójimo. Es posible que algunos digan que no pueden regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque su vida pasada estuvo manchada por el óxido del pecado o en la presente está marcada por el pecado, la tibieza, la indiferencia o la apatía del bien. ¿Cómo se va  a regalar a Dios un corazón de oro falsificado, sin el brillo de quilates de gracia?  Quizás ese sea tu caso. Hay tres caminos por los que se puede ir al Cielo: por el oro de la inocencia, conversión auténtica, o el de la penitencia.
Incienso
El incienso era en el Antiguo Testamento una sustancia aromática que se quemaba en el Tabernáculo de Moisés y en el Templo de Jerusalén sobre un incensario o en los braseros que estaban al pie del altar, como ofrenda valiosa para adorar a Dios. En la liturgia católica es un símbolo de oración, reconocimiento de la dignidad de Dios. El incienso quemado en el corazón, dorado por la gracia operativa hace que se expanda por todo el mundo en bien de todos los hombres y sube al  Cielo como gloria y alabanza a Dios.
La mirra 
            La mirra es una sustancia muy valiosa y apreciada en Oriente. Se usaba  en perfumería y medicina, aprovechando sus cualidades soporíferas, mezclada con bebidas diversas para calmar los dolores; y también para embalsamar los cadáveres.  En sentido cristiano es signo de la cruz física y psíquica, personal, familiar y social.
En conclusión: Seamos como los magos de Oriente,  que guiados por la estrella de la fe hagamos la travesía del oriente de la tierra hasta el occidente del Cielo con la vivencia habitual de las ofrendas del oro de una vida santa,  el incienso de una oración de alabanza a Dios, y  la mirra de nuestro dolor, hecho redención.




martes, 31 de diciembre de 2013

Es evidente que María no es la Madre de Dios, en cuanto persona divima, absurdo metafísico, pues Dios es eterno, espíritu purísimo, que ni siquiera se puede imaginar. Es la Madre de Dios en cuanto Dios, hecho hombre: madre el Hijo de Dios, la segunda Persona divina de la Santísima Trinidad con su naturaleza divina, Jesucristo que fue concebido humanamente en las entrañas purísimas de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo; y el resultado fue que Jesús es Dios  y hombre verdadero. Así nos lo enseña la teología dogmática de la Iglesia Católica, que el Catecismo del Papa Juan Pablo  con las siguientes palabras: “Ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y el que se ha hecho  verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios” (Cat 495).
Que María es la Madre de Dios no es una metáfora de fantasía poética, sino una realidad sobrenatural, misterio sobrenatural realizado por quien todo lo puede. Es madre como cualquier madre de la tierra con la sola diferencia privilegiada de que María concibió por obra del Espíritu Santo, no por obra de varón como todas las madres, y dio a luz a su Hijo, Jesús, virginalmente, mientras que las otras madres dan a luz a sus hijos naturalmente. Así como la madre es la madre de la persona de su hijo con cuerpo y alma, aunque ella proporciona a su hijo únicamente la materia del cuerpo, al cual infunde Dios un alma creada de la nada, de manera parecida, pero dentro del misterio sobrenatural. María concibió a la persona divina del Hijo de Dios en cuanto al cuerpo, como todas las madres dan a sus hijos: el cuerpo; y, por  consiguiente, es real y verdaderamente Madre de Dios. María, como todas las madres, no es causa de la creación de su hijo, que es Dios, sino medio de transmisión del hijo. El Concilio de Calcedonia (año 451) nos dice: “Hay que confesar a un solo y mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, compuesto de alma racional y de cuerpo; consustancial con el Padre, según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad; en todo semejante a nosotros menos en el pecado (Hb 4,15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad y, por nosotros y nuestra salvación, nacido en estos últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad” (Cat 467).
En Jesús, Dios  y hombre, hay dos entendimientos: uno divino y otro humano. Con su inteligencia humana aprendió en su tiempo histórico muchas cosas mediante la experiencia. Algo así como el ingeniero ve en su entendimiento con claridad meridiana la obra que va realizar, y luego la comprueba en su realización. Como hombre, Hijo de Dios, tenía  un conocimiento humano de Dios, su Padre (Cat 470-474. 482); y  como Dios tenía también un entendimiento divino con el que sabía todas las cosas; y  tenía también dos voluntades: una divina y otra humana. La voluntad humana de Cristo cumplía, sin oposición ni resistencia, su voluntad divina, y estaba subordinada a ella (Cat 475. 482).  Ahora en el Cielo la persona divina de Jesús con su naturaleza divina y humana existe en estado glorioso inimaginable, no teológicamente conocido.

Es lógico y natural que hasta llegar al conocimiento de la revelación de la Persona divina y dos naturalezas, divina y huamana en Jesús surgieron muchas herejías y errores, humanamente comprensibles, que estudia la Historia de la Iglesia. Porque el conocimiento del Verbo encarnado, revelado, ha supuesto muchos esfuerzos y estudios, que el magisterio auténtico, perenne e infalible de la Iglesia, iluminado por el Espíritu Santo, ha ido enseñado en su tiempo. Nestorio afirmaba que el hijo de la Virgen María es distinto del Hijo de Dios, pues así como en Cristo hay dos naturalezas hay también dos personas: una divina y otra humana. Esta herejía fue condenada por el Concilio universal de Éfeso el año 431, en el que fue definido como dogma de fe que María es Madre de Dios con estas palabras: “Cristo en su propia carne es un ser único, es decir, una sola Persona divina y dos naturalezas, divina y humana, Dios y hombre al mismo tiempo. La santísima Virgen María es Madre de Dios porque dio a luz según la carne al Verbo de Dios encarnado”.
 María, al ser la Madre de Dios, tiene cierta y verdadera afinidad y parentesco con la Santísima Trinidad, de manera singular, por lo que es la criatura más digna de todas las demás, ángeles y santos del Cielo; y su dignidad es superior a  la dignidad sacerdotal. El poder de intercesión de María ante Dios supera a la de cualquier santo y ángel del Cielo y a la de todos juntos. Los hombres podemos contar con una Madre que ama a cada hombre tanto cuanto puede ser amado, como si fuera hijo único, con el mismo corazón inmaculado con que amó a Dios en la tierra y ama ahora en el Cielo con su corazón glorificado. 
 A la Virgen, madre de todos los hombres, podemos pedir con filial confianza todo lo que queramos, sabiendo que siempre nos concederá todo lo que necesitamos, tanto humano, como material o espiritual, siempre y cuanto se ajuste a la voluntad de Dios, y sea lo mejor en todos los sentidos para nuestra salvación eterna, porque María, por ser madre de Dios, es también Madre espiritual de todos los hombres en el sentido de que es Madre de la divina gracia, que transmite todas las gracias a todos los hombres, que Dios causa; algo así como el espacio comunica la luz a los hombres y a la Tierra la luz que el sol causa.



sábado, 28 de diciembre de 2013

SAGRADA FAMILIA
Jesús, María y José

La Sagrada Familia compuesta por la Virgen María, San José y el Niño Jesús, es la Trinidad de la Tierra. Llevó  durante su tiempo histórico de treinta años una vida oculta, sencilla y ordinaria, sin grandes acontecimientos. María en su papel de Madre de Dios y de todos los hombres, Corredentora del género humano no hizo otra cosa siempreque hacer bien y con  amor divino lo que tenía que hacer en una vida ordinaria; su castísimo esposo San José, que colaboró en la Redención, como esposo de la Virgen María y padre legal del Niño Jesús, con su oración y trabajo común de un simple obrero; y por fin Jesús, divino obrero, como Redentor principal redimió al mundo en tres etapas: vida oculta durante treinta años, casi toda su vida, dedicado a la oración, al trabajo común de la vida ordinaria en obediencia, dando a este género de vida categoría sobrenatural,  corredentora. El evangelio  nos ha facilitado pocos datos para conocer la infancia de Jesús. Desde la vuelta de la Sagrada Familia de Egipto a Nazaret, solamente conocemos el episodio del Niño Jesús, perdido y hallado en el templo a los doce años. El resto de su vida hasta los treinta años hay que imaginarla, pensando en un niño, un joven y un adulto de categoría de superdotado, como si fuera un niño un joven y un adulto normal, sin parecer que era Dios. La vida pública de Jesús duró tres años, dedicado a la predicación del evangelio y realización de milagros para testimoniar su misión redentora en el mundo; y la tercera etapa fue de pasión, muerte y resurrección que duró tres días.
            Pablo VI definió la vida de la Sagrada Familia en la siguiente frase proverbial que voy a reseñar: “Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio. Es una lección de silencio, de vida familiar, de trabajo” (Pablo VI, 05-01-1964).

- Nazaret lección de vida familiar
- y Nazaret lección de trabajo

            Entre los tres miembros de la Sagrada Familia existía una perfecta y santa armonía con pequeños sacrificios por la manera santa de ser de cada persona  la convivencia y dificultades de la vida, que eran aceptados y comprendidos con el amor caritativo, que todo lo comprende y diviniza, y sabiendo que lo que ocurre es obra de Dios para bien de su gloria y de los hombres, dentro del misterio de la salvación. 
            De la vida de San José y de la de la Virgen María no se sabe nada históricamente. Es objeto de la piadosa imaginación para la oración personal y comunitaria,  digna de ser imitada, sabiendo que su valor es infinito, santificador y redentor.


martes, 24 de diciembre de 2013

NAVIDAD

         La Navidad no es el nacimiento de un personaje  de la Historia sino el cumpleaños del Señor, el día en que nació Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre, concebido en las entrañas virginales de Santa María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Redentor de todos los hombres a quienes redimió con su vida, pasión, muerte y resurrección. ¿Por qué?
El hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza en un estado de santidad original que comprendía el don sobrenatural de la gracia, los dones preternaturales de la ausencia del dolor, la inmunidad de la concupiscencia o inclinación al pecado, y el don de la inmortalidad, con el fin de que, viviendo divinizado en la Tierra un tiempo, consiguiera la plena gloria con Dios en el Cielo. Para  que esto se realizara, Adán, cabeza de toda la Humanidad, debería cumplir un precepto muy importante y grave, que no se sabe cuál es, con la condición vinculante de que si no lo cumplía, moriría él y su descendencia. Pero abusando de su libertad, desobedeció el mandato de Dios y cometió el llamado pecado original que se transmite a todos los hombres por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada hombre. En consecuencia, por culpa del pecado, el hombre perdió los dones que había recibido y “la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte e inclinada al pecado, inclinación llamada concupiscencia. (Cat 415-418).
Dios no abandonó al hombre a su perdición, sino que en el mismo momento en que pecó, lo perdonó y le prometió enriquecer su naturaleza contagiada con la promesa de la Redención que realizaría el Mesías, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Este nuevo estado era superior al que el hombre tenía al principio. Así nos lo enseña el pregón de la Vigilia Pascual: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”.
Dios fue revelándose, de muchas maneras en el Antiguo Testamento hasta que llegó la plenitud de los tiempos en los que nos habló por medio de su Hijo en el Nuevo Testamento.  “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo”.
La Revelación se encuentra en la Tradición y en la Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento, y es interpretada oficialmente por el Magisterio de la Iglesia.
En el mismo instante en que empezó a ser Jesucristo, dentro del útero virginal de María, nació la Iglesia en su germen. Pasados nueve meses de la gestación de Dios, hecho hombre, tuvo lugar la Navidad o el nacimiento de Jesús en Belén y con él el Nacimiento de la Iglesia en su Cabeza, como Cuerpo místico. La Navidad de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende  vida,  pasión muerte y resurrección.
Con el nacimiento de Cristo, nosotros recordamos nuestro nacimiento a la vida cristiana en la Iglesia, que tuvo lugar en el sacramento del bautismo. Nacimiento que exige una vida oculta de oración y trabajo en la vida ordinaria, como la de Jesús, una vida pública de ejemplo cristiano y realización de obras buenas y una vida de pasión, soportando el dolor en todas sus versiones siguiendo a Jesús con la cruz a cuestas, con la esperanza de morir con Cristo y resucitar luego con Él para la vida eterna, plasmando en la propia vida el misterio pascual de Cristo.
En la segunda lectura del apóstol San Pablo a Tito nos dice que “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, debemos renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y llevar una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios Salvador nuestro: Jesucristo”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            
La Navidad debe ser un momento para renunciar al pecado y a sus males, y  llevar una vida sobria, sin excesos inútiles en comidas y bebidas; honrada, llena de gracias, virtudes y ejercicio de santas obras; religiosa de fe profunda y consecuente, con el fin de participar de la divinidad de Jesucristo; de gracia para llegar un día a la perfecta comunión con Cristo en la gloria, como pedimos al Señor en la oración después de la Comunión. Esta vida tiene que ser en cada uno de nosotros Navidad en la celebración litúrgica del 25 de Diciembre, vivencia en los sacramentos y ejercicio del misterio pascual en la vida ordinaria hasta que llegue el momento de celebrarla eternamente en el Cielo.                                                                                                                                                      
Además de la navidad litúrgica en la que celebramos   la Navidad  histórica, hecho trascendental del nacimiento de Jesús, Redentor, Dios hecho hombre, en sentido teológico podemos decir que siempre es NAVIDAD espiritual: cuando nace la gracia de Jesucristo en la oración, en el ejercicio de la caridad, de las obras buenas, en el dolor padecido y ofrecido como participación de la pasión de Cristo, en la recepción de los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía en la que el mismo Jesucristo, resucitado y glorioso, que está en el Cielo, nace sacramentalmente con una presencia real y sustancial de cuerpo, sangre, alma y divinidad.                                                                                                                                                                                                                                                   


sábado, 21 de diciembre de 2013

DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO
La tentación de San José
           
            La Virgen  María  tuvo que hacer un viaje a  Ain-Karin a casa del sacerdote Zacarías, esposo de Isabel, su pariente, con el fin de atender a su prima, anciana, en su embarazo milagroso, poco antes del nacimiento de su hijo Juan, el Bautista. Cuando María regresó de su viaje a Nazaret, San José observó pronto que su esposa, María, estaba rara, distinta a como era Ella. Su cuerpo estaba un poco deformado, su rostro pálido, demacrado, y sus ojos habían perdido el brillo y la viveza de siempre, quedando con una mirada perdida. Entristecido, la observaba y cada veía en Ella signos de maternidad evidente. ¿Qué habrá pasado? ¿Será por el cambio de aires de la montaña? ¿Por las inclemencias del largo viaje? ¿Por el cansancio agotador del trabajo en la atención a su prima Isabel y al servicio de la casa de Zacarías? Por más que la miraba y remiraba con discreción  y prudencia, cada vez se convencía más de un evidente embarazo. San José sufrió la mayor de las tentaciones que  puede tener  en esta vida un esposo puro y casto, al ver a su esposa  embarazada, siendo, pura como un ángel.  ¿Violación en el viaje de Nazaret a Ain Karin? ¡Qué horror! ¡Imposible! María se lo hubiera dicho para desahogarse con él, como sucede en estos casos, incluso con el fin de acudir, si fuera necesario, a la justicia para defender los propios derechos y castigar gravemente este pecado social y religioso.
            José lo pasó francamente mal, muy mal. Acudió con fuerza inusitada a la oración, o mejor dicho todo su tiempo se convirtió en una oración atormentada, angustiosa, nerviosa, sin poder conciliar su atención ni siquiera en sueños, porque no tenía motivos para desconfiar de  María. El entendimiento, alborotado, que tanto discurre en estas cosas, razonaba sobre el problema sin encontrar argumento para justificar la evidente maternidad de María. Así estuvo turbado, llorando, con el corazón hecho añicos de dolor, y el pensamiento atormentado, sin saber qué decisión tomar. 
            Por fin, como una solución extrema, pensó conceder legalmente a su esposa el libelo de repudio, como nos relata el Evangelio: antes de vivir juntos,  resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo, José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado (Mt 1,18- 19).  El libelo era una especie de ley de divorcio, tolerada por Moisés, que al principio no existió, que  escribió este precepto (del divorcio) por la dureza de los  corazones. Pero al principio no fue así" (Mc 10,5-6). En virtud de esta norma de excepción, se permitía al marido escribir una carta de repudio a su mujer, cuando ella había cometido un pecado escandaloso. En este caso la esposa tenía que abandonar la casa, y podía volverse a casar de nuevo. "Si un hombre se casa con una mujer y luego no le gusta por haber encontrado en ella algo indecente, le dará por escrito un certificado de divorcio y la echará de casa. Una vez fuera de casa, esta mujer puede casarse con otro" (Dt 24,1-2).
            Pero esta atormentada tentación le parecía injusta, pues era culpar a su esposa de un pecado que no había cometido, sin saber la razón del embarazo. ¿Por qué José guardó silencio absoluto ante la evidente maternidad de María en la que él no tenía parte alguna? ¿No hubiera sido mejor dialogar santamente con su esposa para poner sobre el tapete   todas las cosas? Hablar con María sobre este tema le era violento, y es comprensible.  ¿Qué pensar? ¿Qué hacer...?
            Tampoco se puede entender humanamente por qué María no comunicó a su esposo el misterio de la concepción virginal de Jesús en su seno, por obra del Espíritu Santo ¿Por qué permitió que José, su amadísimo esposo, fuera tremendamente tentado por esta causa. ¿Por qué con su silencio le ocasionó aquella agonía que le torturaba el pensamiento, mortificaba su imaginación y le hacía sangrar de pena su casto corazón? ¿Por qué consintió que tuviera numerosas cavilaciones, lógicas tentaciones justificadas y dolorosas angustias? ¿No hubiera sido mejor haber comunicado a José, que era un hombre bueno, justo, santo, la revelación del ángel y los planes de Dios?: María habría concebido  el misterio realizado por obra del Espíritu Santo.

            Los misterios de Dios, realidades sobrenaturales que superan la razón humana, no se pueden entender nada más que con la fe, potencia sobrenatural que da la capacidad de creer las verdades reveladas, que humanamente no se entienden. María guardó silencio absoluto sobre la concepción virginal de Jesús, porque sabía, por inspiración divina, que Dios revelaría a José el secreto de este misterio. Y así sucedió, como sabemos por el evangelio de San Lucas: “Mira, la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.  José, hombre de fe, creyó la palabra del ángel, y celebró con María la boda solemne.