miércoles, 23 de diciembre de 2015
Hace ya un tiempo que por problemas de salud Don Vicente no puede escribir en el blog.
Hemos querido ir publicando en papel algunos de sus escritos. Aquí os dejo el enlace al primer librito, para que podáis comprarlo. El precio sólo incluye su coste.
De todas formas podéis seguir descargando los escritos de forma gratuita en pdf.
Jesús y la mujer en el Evangelio
sábado, 5 de abril de 2014
DOMINGO QUINTO DE CUARESMA
“Yo soy la
Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”
(Jn 11,25)
Según el
dogma de la Iglesia Católica Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, Persona
Divina y Naturaleza humana. Como hombre, hacía todo lo que puede hacer el hombre,
menos el pecado, el error, la mentira y el mal; y, como Dios, todo lo que Él solo puede hacer: Dios humanizado
o encarnado.
El Evangelio
de hoy nos cuenta la amistad especial, única, que tenía Jesús con una familia
de Betania, compuesta por tres hermanos de condición social alta y judíos,
profundamente religiosos: Lázaro, Marta y María.
Sucedió que
Lázaro cayó enfermo estando Jesús ausente. Marta y María se vieron obligadas a
enviar a unos mensajeros para hacerle llegar la noticia de que su amigo Lázaro
estaba enfermo. Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días
enterrado. Marta salió de casa, y después de muchas búsquedas, azarosa, consiguió encontrar a Jesús. Y cuando lo vio le dijo en
tono apenado: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto. Jesús
le contestó: Tu hermano resucitará María. Ella
le respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día
Jesús le contestó: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí,
aunque haya muerto, vivirá” (Jn
11,25)
El que tiene
fe, cree firmemente, y vive en consecuencia, aunque muera, vive siempre de
muchas maneras, porque Cristo es Camino,
Verdad y Vida.
Camino
único y exclusivo para llegar al Padre y gozar en plenitud de la eternidad de
la Santísima Trinidad. Otros caminos que no sean Cristo son sendas o veredas
que desvían del Camino verdadero.
Cristo es la Verdad eterna. Todo lo que no es Cristo es verdad
minúscula, terrena, caduca o mentira. Las verdades de este mundo son
participaciones analógicas de la verdad de Cristo.
Cristo es la Vida en esencia, vivencia,
presencia y potencia, verdad eterna, causa de todas las cosas. Es Resurrección, vuelta a la vida para
quien muere en el cuerpo con fe en la VIDA
ETERNA.
domingo, 30 de marzo de 2014
DOMINGO
CUARTO DE CUARESMA
Maestro: ¿“Quién pecó”?
Origen del mal
Maestro:
¿“Quién pecó”?
Los expertos
en el estudio de los Evangelios afirman que este milagro sucedió en el tercer
año de la vida pública de Jesús, y según se deduce del relato, el ciego se
encontraba en una edad joven. Estaba sentado pidiendo limosna a los
transeúntes, quizás en una de las puertas exteriores del templo de Jerusalén. Pienso
yo que clamoreaba con frases patéticas su dramático estado de un pobre joven y
ciego de nacimiento, con el fin de conmover los corazones de los que pasaban
para que le dieran cuantiosas y generosas limosnas. Jesús, al oír las
lamentaciones suplicantes, se paró, y se
le quedó mirando con tal ternura que sus discípulos, como respuesta a su gesto
de comprensión y lástima, le preguntaron:
Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para
que naciera ciego? Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en
él las obras de Dios, respondió Jesús.
Origen del mal
Sobre
la incógnita del mal en el mundo han pensado diversamente los filósofos
racionalistas cayendo en el ateísmo, escepticismo, pragmatismo, existencialismo
o agnosticismo.
Los
místicos de las diversas culturas religiosas de la Historia de las Religiones
han afirmado con muchas contradicciones y teorías peregrinas que los espíritus
o dioses malos, rivales y enemigos del Dios verdadero, son los culpables del
mal que existe en el mundo.
¿Por qué existen tantos males en el mundo
Por
tres razones principales:
1ª El mal en todas sus
dimensiones y consecuencias es efecto del misterio del pecado original
El pecado
original cometido por Adán, cabeza del género humano, es la causa de todos los
males que existen en el mundo.
2ª
Para que se manifiesten en el hombre las obras de Dios
La
voluntad de Dios es un misterio de bondad que el hombre no conoce, pues existen
cosas en el mundo que parecen malas, y en su fin último son buenas. Todo lo que
Dios quiere es un bien, aunque no se entienda y no lo parezca, porque Dios es
eternamente bondad infinita que no se puede conciliar con el mal, que es un
medio para un bien supremo, no conocido por el hombre.
3ª
Castigo de los pecados
La
Sagrada Escritura en muchos textos de diversos libros nos enseña que los males
suceden algunas veces por los pecados de los hombres o propios, y no pocas
veces para probar la virtud de los cristianos o la santidad de los santos. Los discípulos de Jesús querían saber
quién tenía la culpa de su ceguera, apoyados en algunos textos de la Sagrada
Escritura, que afirman que los castigos son en muchos casos, no en todos,
efectos de los pecados. El mismo
Jesús reafirma esta sentencia en algunas
ocasiones, por ejemplo cuando curó al paralítico de la piscina de Betesda a
quien le dijo: “No peques más para que no
te sucede algo peor” (Jn 5,14).
No sólo
entre los judíos contemporáneos de Jesús era esta teoría muy creída, sino
también en algunos pueblos paganos,
principalmente en muchas obras literarias de Grecia. Resulta extraño que los
discípulos preguntaran a Jesús si el ciego padecía su ceguera por sus pecados,
pues era ciego desde su nacimiento y antes de nacer no pudo pecar ni, por consiguiente
ser castigado por sus pecados. Tiene su explicación esta aparente contradicción
porque algunos rabinos enseñaban la doctrina extraña a la Biblia de que el hombre puede pecar aun en estado de
embrión o en previsión de los pecados que cometería en su vida, una vez nacido.
Para
que se manifiesten las obras de Dios.
Muchos niños
nacen con enfermedades congénitas, sin haber cometido pecados personales; y
personas mayores padecen múltiples enfermedades, aparentes males físicos por
fines espirituales y eternos desconocidos por la razón humana. Solamente Dios
sabe cuál es el bien supremo de todos
los males humanos, físicos y materiales.
Hay muchas
personas muy buenas que no son castigadas por sus pecados, y Dios les manda
enfermedades para probar su virtud, como gracias para su propio conocimiento,
santificación o salvación de los pecadores. Uno no es como él se cree o
imagina, ni como le dicen otros que es, sino como se reconoce con las
enfermedades que Dios manda o permite. De esta manera se sabe qué grado de
virtud se tiene y cuáles y cuántos defectos están escondidos en la supuesta
santidad. Solamente con la oración y la convivencia de la vida comunitaria se
consigue el propio conocimiento aunque uno nunca acaba de conocerse del todo.
La enfermedad es necesaria para conseguir un doctorado en la virtud.
Por
razones de santidad
Las
enfermedades enseñan al cristiano de fe el valor de la salud; la virtud de la
humildad que se necesita para conocer a Dios y a sí mismo; el conocimiento
de que uno solo no puede valerse por sí
mismo y necesita la ayuda de los demás; la comprensión de la caridad para
ayudar a todos los que sufren; y, sobre todo, el sentido de la redención, pues
Cristo realizó la Redención de todos los hombres principalmente por medio de su
pasión y muerte, que culminó en la Resurrección.
Es posible
que tú padezcas alguna enfermedad crónica o pasajera por cualquiera de estas
causas, pero no concluyas que siempre es por culpa de tus pecados. Dios sabe el
por qué de tu vida de dolor y cuál es la razón de tus males. Lo mejor de todo
es vivir escondido en Dios con Cristo
por las razones que sean,
aceptando gustosamente la enfermedad, aunque con pena cristiana,
pidiendo el perdón por tus propios
pecados y los del todo el mundo. Y luego reposar con paz en las manos de Dios,
Padre, como niño que duerme dulcemente en los brazos de su madre.
sábado, 22 de marzo de 2014
LA SAMARITANA
Jesús dijo a a la Samaritana:
“Dame de
beber” (Jn 4,7).
Impresiona ver a un Dios, que todo lo puede, pedir
agua a la Samaritana, como un simple hombre sediento, sometido a las necesidades humanas. Jesús
aprovechó la circunstancia de la sed para pedir agua natural a esta mujer
pecadora con la intención de regalarle el agua sobrenatural de la gracia de la
conversión.
La Samaritana desde hace tiempo estaba ya tocada de
la gracia, y sin saber cómo ni por qué, de modo natural y humano, se encontró
con Jesús para convertirse. Y le llegó
la ocasión en el mismo momento en que
Jesús le pidió agua para beber. En la conversión y en su proceso, como en todas
las cosas de la vida, no existen nada más que
causalidades de la providencia
amorosa de Dios Padre.
Cuando la Samaritana observó que Jesús le pidió
agua, sintió una inmensa alegría por tener una buena ocasión para tramar
conversación humana con un hombre extranjero, sensacionalmente atractivo: y con
coquetería de simpatía personal,
extrañada, le dijo:
¿Cómo tú,
siendo judío, me pides de beber a mí que soy
samaritana? (Jn 4,9).
Jesús le contestó:
Si conocieras
el don de Dios y quien es el que te dice: dame de beber, tú se lo habrías pedido
a Él, y Él te hubiera dado agua viva (Jn 4,10).
La Samaritana entendió que las palabras de Jesús
encerraban un sentido simbólico, y adivinó que le estaba hablando de un don
espiritual privilegiado; y con mirada sonriente que se entrecruzó con la expresiva
de Jesús, con deseo de que le explicara el significado del
misterio del agua viva, le dijo:
Señor, no tienes cubo y el pozo es hondo; ¿de
dónde vas tú a sacar el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que
nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?
Jesús entonces le
explicó:
El que bebe
de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré,
nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un
surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).
Con estas palabras trascendentes la Samaritana
empezó a sospechar que Jesús le ofrecía algo espiritual, pues su corazón empezó a
latir fuertemente con emoción
sobrenatural; y, conmovida por la gracia
y deseosa de saber el misterio,
le pidió el agua viva de la gracia:
“Señor, dame
esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla” (Jn 4,15).
Jesús dijo a la Samaritana que estaba ya deseando
conocer el misterio de la gracia:
“Anda, llama a tu marido y vuelve” (Jn 4,16).
La mujer le contestó:
“No tengo
marido”.
Jesús le dice:
“Tienes
razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido.
En esto has dicho la verdad” (Jn 4,18).
La mujer entonces cayó en la cuenta de que estaba en la presencia de
un profeta:
“Señor, veo que tú eres un profeta”. Sé que va
a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga Él nos lo dirá todo.
Jesús le dice:
“Soy yo el
que habla contigo”.
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaron de
que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: ¿qué le preguntas
o de qué le hablas? No se acostumbraba entonces que un hombre, y menos un
rabino, conversase en público y a solas con una mujer, según las costumbres de
los tiempos.
La Samaritana, que era ya una mujer convertida, dejó
su cántaro y echó a correr al pueblo a invitar a toda la gente a ir a ver a un
hombre, que dice ser el Mesías, que le había adivinado toda su vida.
El resultado de este coloquio fue que la Samaritana
no sólo se convirtió sino que se hizo misionera, pues muchos samaritanos, al
comprobar los hechos, creyeron que Jesús era el Mesías, el Salvador del mundo
por el testimonio que les había dado la mujer.
sábado, 15 de marzo de 2014
DOMINGO
II DE CUARESMA 16 DE MARZO
TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS
Comentario
Lugar
geográfico de la Transfiguración
Símbolos de
la transfiguración
COMENTARIO
Era el verano del tercer año de la vida pública de
Jesús, seis u ocho días después de prometer Jesús a Pedro el primado de la
Iglesia en Cesarea de Filipo. Jesús dejó en alguna aldea cercana a los otros
nueve discípulos al pie del del monte Tabor, y se llevó consigo a sus tres
íntimos amigos (Pedro, Santiago y Juan) a escalarlo para orar en la cima, y al
mismo tiempo descansar del ajetreo agobiante del intenso apostolado que había
realizado. ¿Qué monte de Galilea fue aquél?
Lugar
geográfico de la Transfiguración
Una tradición antiquísima, que data del siglo III,
nos dice que el monte privilegiado de la Transfiguración fue el monte Tabor.
Este monte, casi aislado de los montes vecinos, se levanta gracioso y simétrico
en la extremidad nordeste de la vasta llanura de Esdrelón. Visto desde el Sur,
parece la figura de un segmento de esfera. Sólo por una arista, poco elevada,
se une a las colinas de Galilea. No es un monte que cause admiración por su
altura, pues se eleva a 400 metros desde la llanura, a 600 sobre el nivel del
Mediterráneo y 780 por encima del nivel del lago de Tiberíades. Pero contrasta
por la desnudez de las alturas próximas que a su lado resultan raquíticas y
pobres.
La superficie está cubierta de tierra fértil,
siempre verde en cualquier estación del año. En primavera está revestida con
una espesa alfombra de verdor. Sus laderas están cubiertas de árboles y
arbustos de todas clases, muchos de ellos tienen follaje perenne, si bien son
de escasas dimensiones en su mayoría. En la cumbre hay una vasta meseta de
forma alargada, que tiene unos 1000 metros de longitud por unos 500 ó 600
metros de anchura media. Está en gran parte cubierta de ruinas, pertenecientes
a diversas épocas de la era cristiana. Entre estas se distinguen restos de tres
Iglesias edificadas en el siglo VI, en recuerdo de las tres tiendas que hubiera
querido levantar Pedro para Jesús, Moisés y Elías para quedarse eternamente con
ellos en aquella visión celeste. También se aprecian vestigios de varios
monasterios que existieron en la antigüedad y cimientos de una fortaleza
atrincherada de la que nos habla el
célebre historiador Flavio Josefo.
Para algunos autores modernos el lugar privilegiado
donde tuvo lugar la transfiguración no fue el Tabor, sino el Hermón, magnífica
montaña de Palestina, cuya altísima cumbre está cubierta de nieve hasta entrado
el verano. Se divisa desde la mayor parte de las alturas de Tierra Santa. Sus
picos más altos alcanzan 2.800 metros. La razón principal que dan para no
adjudicar al monte Tabor la gracia de la presencia de Cristo transfigurado, en
visión glorificada en la Tierra, es
porque en tiempos de Jesús en ese lugar existía una fortaleza militar, que
impedía la soledad y el silencio, que se requerían para poder gozar en él el
éxtasis elevado de la Transfiguración
del Señor. Este argumento no convence a los historiadores clásicos, porque sólo
se utilizaba en momentos de guerra que en tiempos de Jesús no existía. Además,
porque en esta sagrada montaña existían muchos parajes escondidos y solitarios,
de singular belleza, donde sólo se oía el recogido ambiente de la Naturaleza,
que invitaba a la más alta contemplación en soledad. La ascensión a la cima no
requiere mucho más de una hora a pie, a paso ligero. El camino,
fabricado por las muchas pisadas
de caminantes, estaba bordeado de zarzas y cardos secos que se multiplicaban
por el declive de las laderas. En esta vegetación silvestre muchos arbustos y
árboles de diversos tamaños invitaban a descansar pacíficamente bajo sus
sombras.
Cuando llegaron a la cúspide, buscaron un lugar
silencioso y resguardado, lleno de belleza natural, donde pudieran pasar la
noche a gusto. El sol estaba escondiendo su pálido rostro por el
horizonte de la llanura, dejando en el Cielo destellos de luz anaranjada, que
parecía el resplandor rojo de una fogata que se apaga. La montaña estaba
solitaria y en silencio. Ni un solo ruido perturbaba la paz de aquel
privilegiado paraje; ni siquiera se oía el zumbido del viento que solía
producir un silbido desafinado al rozar con las ramas de los árboles.
Al llegar al sitio elegido por Jesús, todos tomaron
un bocadillo con unos cuantos tragos de
vino de la bota común, para recuperar las fuerzas desgastadas en el camino. El
Maestro se despidió de ellos y se alejó unos pocos metros de distancia, y entró
en alta contemplación, como era habitual en Él por las noches.
Como los discípulos sabían que la cosa iba para toda
la noche, como en otras ocasiones, hicieron un camastro común en el santo
suelo, acolchonado por hojas de árboles, arropadas por sus mantos, y se echaron
a dormir tranquilamente; y, como estaban rendidos por la faena del día y
agotados por la caminata, quedaron al momento profundamente dormidos.
A media noche, cuando dormían, como angelotes, las
primicias del plácido sueño, un rayo de luz celeste se posó sobre los rostros
de cada uno de ellos. Entonces los tres, a la vez, se despertaron
sobresaltados; se sentaron en el suelo y fijaron sus ojos en Jesús y vieron que
estaba totalmente transfigurado. Para comprobar la realidad de la visión, por
si hubiera sido un sueño, se levantaron, se acercaron al Señor, y observaron
que estaba divinizado. Sus facciones estaban revestidas de una belleza sin
igual con un resplandor deslumbrante. Su rostro brillaba como el sol, y sus
vestidos resplandecían con una luz tan blanca, que ningún batanero de la Tierra
era capaz de conseguir igual blancura, nos dice San Marcos.
Estando embelesados en aquella celestial escena,
bien espabilados, observaron que dos personajes misteriosos estaban junto a Él,
a quienes por inspiración divina reconocieron inmediatamente: Moisés,
representante de la ley de Dios, y Elías representante de los profetas. Los dos
estaban revestidos también de fulgores de gloria; y observaron que estaban
hablando con Jesús sobre su pasión, muerte y resurrección.
El paraje donde vieron a Jesús transfigurado se
había convertido en una antesala del Cielo, plenamente iluminada. Los tres
evangelistas señalan que la luz procedía de la Persona divina de Jesús. La
emoción fue tan grande y el gozo tan indescriptible, que Pedro, tan impetuoso
como siempre, no se pudo aguantar y, enloquecido de fervor, dijo a Jesús: ¡Qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres
tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba diciendo esto cuando una nube luminosa, de calidad
celeste, los envolvió a todos haciendo que la noche se hiciera pleno día. Y se
oyó una voz, misteriosa, timbrada, de singular sonido que desde la nube decía: Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo.
En estado de elevada contemplación mística
quedaron los tres transportados hasta que Jesús en su propio ser humano dio un
golpecito suave sobre el hombro de cada uno y dijo:
“Levantaos, no
tengáis miedo”. No contéis
a nadie nada de lo que habían visto, visión de un cielo anticipado, hasta después
de resucitar de entre los muertos. Pero ellos no entendieron qué quería decir
aquello de resucitar de entre los muertos. Creían que se trataba de la
resurrección de los muertos al final de los tiempos, pues no se podían imaginar
que les hablaba de una resurrección anticipada de Jesús, al tercer día después
de su muerte. Los tres volvieron en sí al momento, alzaron sus ojos, y no
vieron a nadie más que a Jesús. Las cosas volvieron a su estado normal, dejando
en el corazón de cada uno de ellos una huella imborrable para siempre. ¿Cuánto duraría
el acto glorioso de la transfiguración de Jesús? Probablemente toda la noche
hasta la salida del sol, unas siete u ocho horas, que a ellos les parecieron
segundos (Lc
9,28-36 y Mt 17,1-9; Mc 9,28-36).
SÍMBOLOS
DE LA TRANSFIGURACIÓN
El relato evangélico de la Transfiguración del Señor
no fue una sugestión colectiva, causada por Jesús que tenía poderes
parapsicológicos, como dicen algunos racionalistas; ni tampoco una visión
apocalíptica de Pedro contada con pura fantasía literaria, como aseguran algunos
agnósticos, que se empeñan en negar todo aquello que supera el conocimiento de
la razón y de los sentidos. Fue una
visión sobrenatural captada por los ojos corporales, en la que los discípulos
preferidos vieron ráfagas de la Persona divina de Jesús, encerrada en su cuerpo
humano.
Esta manifestación de la gloria de Dios en
Jesucristo es considerada por todos los intérpretes del Evangelio como una
prueba de la divinidad de Jesús, una preparación para sufrir y morir en la
cruz, una revelación de lo que será al fin de los tiempos la vida gloriosa de
los cuerpos resucitados en el Cielo, y un consuelo para que sus discípulos
pudieran sufrir el martirio que les esperaba, con el recuerdo del gozo
experimentado en el Tabor.
En el hecho evangélico real de la transfiguración se
pueden considerar dos signos: el estado de los cuerpos gloriosos y el estado de
contemplación mística.
Haciendo una
interpretación espiritual de la Transfiguración de Jesús se podría decir que
existen tres clases de transfiguración sobrenatural: Transfiguración bautismal, transfiguración sacramental y
transfiguración moral.
Transfiguración bautismal
Cuando el
hombre, nacido en pecado, recibe el bautismo, toda su persona queda transfigurada y convertida en un ser
sobrenatural: su cuerpo se transfigura o convierte en templo vivo del
Espíritu Santo y su alma en sagrario de
la Santísima Trinidad, porque el sacramento realiza misteriosamente en ella una
transfiguración total.
Transfiguración sacramental
Cada
sacramento que un cristiano recibe con
las debidas disposiciones realiza en su alma una transfiguración sacramental por la
gracia. Si recibe el sacramento de la
Penitencia en estado de pecado mortal, su alma, desfigurada por el pecado,
queda transfigurada en estado de gracia; y si lo recibe en gracia de Dios, su
alma queda transfigurada en mayor gracia.
En la celebración de la Eucaristía se realiza una auténtica
transfiguración misteriosa, que se llama en teología transustanciación, porque
el pan y el vino se cambian, se convierten o transfiguran en el Cuerpo y la sangre de Jesús,
permaneciendo las especies de pan y vino.
Transfiguración moral
El cristiano durante toda su vida debe vivir
transfigurado en sus actos, convirtiendo su vida humana en vida divina, transfigurando con Cristo todos
los actos humanos y todas las
cosas.
sábado, 1 de marzo de 2014
DÍA 9 DE MARZO
1 DOMINGO DE CUARESMA
Cuaresma
Tentaciones de Jesús
Conversión
Conversiones varias:
Cuaresma
Desde los
primeros siglos del cristianismo se observó en la Iglesia la práctica de la
oración y penitencia, como una norma evangélica de vida cristiana. Con el
tiempo, en el seno de las comunidades cristianas fue naciendo progresivamente
el espíritu de cuaresma. Las primeras alusiones directas aparecieron en
Oriente, a principios del siglo IV, y en Occidente, a fines del mismo siglo. En
la evolución de la liturgia se fue configurando el año litúrgico, dando
primordial importancia al Adviento y a la Cuaresma, como tiempos fuertes de
oración y penitencia. En el Adviento los cristianos se preparaban
especialmente para celebrar la Navidad,
el 25 de Diciembre para conmemorar el nacimiento de Jesús. Se debe esta institución a
la Iglesia de Roma, que quiso suprimir el culto al dios del sol, “natalis solis invicti”, nacimiento del
sol victorioso, que se celebraba en el paganismo con un culto idolátrico,
orgías y actos profanos, excesivamente sensuales y sexuales de todo género. La
liturgia de Roma cambió esta celebración por el culto al nacimiento de Jesucristo, el Sol, que vino al
mundo a iluminar a todos los hombres para la salvación. En la Cuaresma, los
antiguos cristianos se dedicaban, de
manera intensiva, a la preparación de la Pascua, en la que se celebraba la
Resurrección del Señor, tema central de
la vida de la Iglesia.
La Cuaresma
ha tenido siempre un carácter especialmente bautismal en el que se funda el
carácter penitencial, porque es una Comunidad bautismal-penitencial-eclesial.
En ese tiempo santo, los cristianos de los primeros siglos solían bautizarse y
celebrar el sacramento de la Penitencia. Los grandes pecadores, apartados de la
Iglesia por sus pecados graves, eran reinsertados a ella por el sacramento del
perdón, principalmente en la Vigilia
Pascual.
La Iglesia
recuerda en la Cuaresma los cuarenta años que el pueblo de Israel caminó por el
desierto hacia la Tierra Prometida y los cuarenta días y cuarenta noches que
Jesús permaneció en el desierto en oración y ayuno, antes de comenzar su vida
pública y realizar el misterio de la Redención.
La cuarentena
penitencial nos une todos los años, durante cuarenta días y cuarenta noches al
Misterio de Jesús en el desierto (Cat 540). Es un tiempo apropiado para los
ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las privaciones
voluntarias, como el ayuno, la limosna, la comunicación cristiana de bienes,
obras caritativas y misioneras (Cat 1438) y las
peregrinaciones, como signo de penitencia. Se recomiendan reuniones de oración,
celebraciones de la Eucaristía, del sacramento de la Confesión y celebraciones
de la Palabra.
Ultima reforma de la Cuaresma
El Concilio
Vaticano II ha estructurado la Cuaresma como un tiempo especial de oración, de
intensa escucha de la Palabra de Dios y penitencia, con una orientación
pascual-bautismal (SC 109). Ha fijado su tiempo desde el miércoles de Ceniza hasta el jueves
Santo, misa in Coena Dómini. Es el tiempo de una experiencia oficial en el
misterio pascual de Cristo: “Padecemos
juntamente con Él, para ser también juntamente glorificados” (Rm 8,17).
Tentaciones de Jesús
La
tentación es una inclinación al pecado,
provocada por distintas causas: el diablo, naturaleza corrompida, enfermedad y
vicios. Su significado es prueba,
como cuando Dios probó a Abraham para probar su fe pidiéndole que sacrificara
a su hijo Isaac; y seducción al
pecado por el demonio, una persona o cosa.
La
tentación es intrínsecamente mala porque
procede del mal y al mal inclina. Moralmente
es buena y meritoria si se rechaza y mala si se consiente.
Conversión
Mientras el
cristiano recorre su camino por el desierto del mundo hacia la eternidad, debe
cursar la carrera de la conversión con
el fin de conseguir el Cielo. Comprende las siguientes asignaturas
complementarias: conocimiento de Cristo,
estudio de la palabra de Dios, lucha contra el pecado, vida de gracia, oración, Confesión y Eucaristía.
La conversión
es lo mismo que cristificación, pues toda la vida cristiana es una permanente y
progresiva santificación o perfección evangélica en diversas etapas y
modalidades. Es el tema fundamental de toda la Biblia, tanto en el Antiguo como
en el Nuevo Testamento, pues toda la Palabra de Dios en todos sus libros
inspirados invita al hombre, de manera reiterada, a la conversión, que es tarea de todo cristiano, y no de unos
cristianos privilegiados. Consiste en responder a la santidad que cada uno
tiene que cursar, según la vocación que del Espíritu Santo ha recibido en el
bautismo.
Conversiones varias:
1 Conversión de los infieles
La conversión
es propia de todos los hombres: conversión de los infieles a la fe de la
Iglesia, que celebra el día del Domingo, domingo mundial de la propagación de
la fe católica en que todos los cristianos de todo el mundo hacemos una campaña
de oraciones, sacrificios y ayudas económicas a favor de los países de todo el
mundo con el fin de conseguir que todos los hombres se hagan cristianos, se
bauticen, conozcan a Cristo, los dogmas de la Iglesia Católica y se salven con
más facilidad.
2 Conversión de pecador en justo
También tienen
que convertirse los grandes pecadores que llevan una vida disoluta, de espaldas
a Dios, lejos de la Iglesia o contra ella, entre los que se pueden contar, tal
vez, nuestros familiares, compañeros, amigos o vecinos. Tenemos que pedir por la conversión de los
pecadores, por supuesto, y también por todos los hombres, y por nosotros
también, que somos pecadores.
3
Conversión del bueno en santo
A los ojos de
Dios, no sabemos quiénes necesitan más la
conversión, si los que viven en países de misión, carentes de la fe verdadera,
los creyentes de otras religiones, católicos no practicantes, católicos
cumplidores de la Ley, o los santos, que habiendo llegado a ser santos, no
fueron tan santos como pudieron y debieron.
La conversión de todos los hombres, en sí misma, es
un misterio que efectúa la omnipotente sabiduría de la infinita misericordia de
Dios, de muchas maneras misteriosas, en la Iglesia Católica, y fuera de ella en
suplencias.
4 Conversión bautismal
Según la
doctrina de la Iglesia, la primera conversión cristiana tiene lugar en el
bautismo, porque este sacramento convierte al hombre, nacido en pecado, en hijo
de Dios, heredero de su reino, y lo
incorpora al Cuerpo místico de la Iglesia. El bautizado, por medio de una
regeneración espiritual, adquiere una segunda naturaleza, un complejo
sobrenatural de la gracia santificante, virtudes y dones del Espíritu Santo.
Con estas potencias el cristiano crece y se desarrolla por medio de la oración,
sacramentos y buenas obras hasta conseguir el fruto total del bautismo, que es
la visión y gozo de Dios eternamente en el Cielo.
5 Conversión sacramental
Cada vez que
el cristiano recibe un sacramento convierte su conversión bautismal en conversión sacramental de gracia si lo
recibe con las debidas disposiciones. En el sacramento de la Penitencia, por
ejemplo, el alma del cristiano que está en estado de pecado grave se convierte
en estado de gracia, o el alma que está
en estado de gracia se convierte en un progreso de perfección.
6
Conversión teológica
Toda
conversión supone la gracia inicial de Dios, pues nadie puede convertirse sin
la previa ayuda divina, que espera del hombre una respuesta responsable. La
conversión es una empresa sobrenatural limitada entre Dios y el hombre en la
que Dios regala su gracia y el hombre colabora a ella, de maneras diferentes.
Una vez recibida la gracia, para perseverar en ella se necesita también la ayuda
divina. Se realiza con el ejercicio de la oración, obras buenas y actos de
caridad. Cada vez que el cristiano hace un acto bueno, en estado de gracia, se
convierte en un hijo mejor. Solamente la
misericordia infinita de Dios sabe el secreto de la conversión y su proceso en
cada uno de los cristianos.
7 Conversión
cósmica
Todos los seres creados tienen una belleza teológica
en el conjunto del Universo, según la planificación divina, que el
entendimiento humano no alcanza a descubrir. La perfección de las criaturas se
aprecia de manera relativa y de modo imperfecto en la Tierra, pues la realidad
total del Universo creado y su finalidad suprema se observa solamente desde el
Cielo, desde la visión intuitiva.
Este mundo, deformado por el pecado, es conocido por
la ciencia en una pequeñísima parte, pues incluso los sabios saben menos de lo
que les queda por conocer, porque el Universo nunca será totalmente conocido.
La maravilla de la Creación cumple el fin establecido por Dios, y tendrá su
final, aunque no sabemos cuándo ni cómo, pero este mundo no será aniquilado o
convertido en un caos, sino transformado en otra realidad diferente,
infinitamente superior y mejor que la existente. Sus características no están reveladas, por lo que todo lo
que se diga o escriba sobre este hecho venidero es pura imaginación, y no
realidad teológica. La Sagrada Escritura llama a esta transformación “Cielos nuevos y Tierra nueva”, morada
en la que vivirán los resucitados con Cristo en condiciones de lugar y estado
que no conocemos. A esta transformación, que sucederá al fin de los tiempos, se
puede llamar conversión cósmica,
porque abarca todas las cosas creadas.
DOMINGO OCTAVO TIEMPO ORDINARIO
CICLO A, 2 DE MARZO 2014
No podéis servir a Dios y al dinero
No es lo mismo
servirse del dinero justamente, como medio para llevar una vida humana digna, conseguir
el progreso de la Humanidad en sentido social cristiano con destino para la
salvación eterna, que servir al dinero en calidad de “dios”, como parece dice la
expresión evangélica que pronunció Jesús.
La riqueza en sí misma es un
bien, si se utiliza como medio, y no como fin de hombre, porque todas las cosas
fueron creadas por Dios para el servicio del hombre; y es un mal, si se utiliza
exclusivamente como explotación del bien
universal en bien propio. Todos los
bienes creados deben llegar a todos los hombres en forma justa, bajo la
protección de la justicia y la compañía de la caridad” (GS 69), porque tienen, por voluntad de Dios, un
destino universal. El hecho de que millones de hombres pasen hambre y exista la
injusta explotación de la riqueza, es un desorden, una desigualdad económica de
bienes, que producen la esclavitud, odios y guerras y muchos pecados. Es un
grave pecado de injusticia social, causado principalmente por el egoísmo
incontrolado de los hombres y la mala política de los Gobiernos. En el mundo
existen medios más que suficientes, para que la riqueza llegue a cada hombre en
proporción justa con caridad evangélica, dijo el santo Papa Juan XXIII.
Ricos y pobres
Para el mundo
es rico quien tiene mucho dinero, abundantes riquezas, cargos de relevada
importancia que reportan excepcionales ganancias, muchos amigos, altas y
reconocidas influencias sociales, y vive a capricho de su libre albedrío. El
que persigue la riqueza como meta única de su existencia, acumulando con
egoísmo bienes en abundancia, es un pobre hombre, porque se hace esclavo de las
cosas, y no señor de ellas, y siempre está “necesitado” y hambriento de cosas. El amor
despiadado y sin control a la riqueza hace al hombre avaro, pues siempre se considera pobre, por
mucho dinero que tenga. Sin embargo, el hombre evangélicamente pobre, se
considera rico, aunque sólo tenga lo necesario para vivir.
Riqueza
y pobreza, medios de salvación eterna
La Historia de la Iglesia nos enseña que la
santidad está al alcance de los que viven el espíritu o el voto de la pobreza,
sean realmente pobres o ricos, como lo atestigua el catálogo de los muchos
santos, de distintas clases sociales, incluso reyes, a quienes hoy veneramos en
los altares. Muchos santos, inmensamente ricos, dieron todos sus bienes a los
pobres y siguieron de cerca al Maestro, que tan pobre vivió en este mundo que no
tenía donde reclinar su cabeza (Mt 8,20; Lc 9,58) Este estilo
de vivir la pobreza extrema y heroica lo vivieron muchos santos, por ejemplo
San Francisco de Asís, pero no son modelos comunes para todos los cristianos,
porque depende fundamentalmente de una gracia singular del Espíritu Santo,
que pocos reciben, y de la
correspondencia a ella. Otros muchos cristianos, religiosos y laicos, vivieron
la pobreza real de hecho y de espíritu con desprendimiento total de todo y de
todos.
Considerada la condición humana,
la experiencia enseña que la riqueza es un
obstáculo importante para vivir la pobreza del Evangelio, imitando a
Jesucristo, pues los bienes materiales
de este mundo cautivan y pueden esclavizar las legítimas aspiraciones del
corazón humano. La riqueza trastoca el
corazón, lo corrompe, fomenta alocadamente las pasiones que desembocan en
muchos vicios, y conlleva al hombre a su desgracia en la tierra con peligro de
la condenación eterna. En cambio, la pobreza es una gran ventaja para la
santidad, porque la ausencia de bienes, no necesarios o convenientes, es una
buena oportunidad para identificarse con Cristo, porque
bien utilizados en justicia y caridad, son un símbolo imperfecto de los bienes
eternos del Cielo. Hay que disfrutar de
los bienes materiales y humanos, sin apego, porque Dios, como Padre, se alegra
cuando nos ve jugar, como niños, con nuestras cosas.
La
pobreza evangélica es un estado del corazón y no una situación económica de la
vida. No consiste en carecer de cosas simplemente, sino en vivir dignamente, sin apego a las riquezas. Se puede ser
evangélicamente pobre, siendo rico, y ser evangélicamente “rico”, siendo pobre.
Es evangélicamente rico, el que vive
feliz con lo que tiene, sin estar
“necesitado” de nada. La inmensa
mayoría de los hombres son pobres porque no pueden ser ricos: pobreza padecida
y no elegida. Bastantes cristianos eligen
la pobreza por vocación, la aceptan con más o menos alegría para ser santos e
imitar a Jesucristo.
Jesucristo nos dijo en el Evangelio: "Dichosos los pobres de espíritu
porque de ellos es el Reino de Dios" (Mt 5, 3). Los pobres de espíritu bienaventurados, de
los que es el Reino de Dios, son aquellos, pobres o ricos realmente, que no
tienen el corazón apegado a las riquezas, pues se puede ser rico con cualquier
cosa que se tenga, y pobre teniendo muchas cosas en abundancia. Los pobres,
evangélicamente hablando, no son bienaventurados, simplemente por el hecho
sociológico de ser pobres; ni los ricos son desdichados por su condición social
de tener muchos bienes materiales.
La
pobreza, como virtud, es un valor condicionante para poseer el Reino de Dios.
Para obtenerla hay que liberarse de todo. Lo dice Jesús en el Evangelio: "Yo os aseguro que nadie deja casa,
hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mí o por el Evangelio,
que no reciba el ciento por uno ya en este mundo...y en el siglo venidero, la
vida eterna".
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