sábado, 27 de febrero de 2021
Segundo domingo. Cuaresma. Ciclo B
sábado, 20 de febrero de 2021
Primer domingo. Cuaresma. Ciclo B
sábado, 13 de febrero de 2021
Sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
sábado, 6 de febrero de 2021
Quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza con un destino supremo, último, final, la glorificación de Dios y la participación eterna de Él en el Reino de los Cielos. Y para que él pudiera cumplir ese fin transcendente creó este mundo en el que vivimos, y en concreto, la Tierra; y se la entregó a Adán para que la cultivara, y siendo fiel a Dios, consiguiera luego la vida eterna, de la manera que la teología no conoce.
Pero Adán cometió el llamado pecado original y con él perdió el estado de santidad y justicia en que fue creado, quedando sometido al desorden total en todo su ser, tanto en el cuerpo como en el alma: el error, el odio, la concupiscencia, el dolor y la muerte, quedando estropeados los planes de Dios.
Entre los males que sobrevinieron al hombre, se hizo presente la injusticia social, de manera que en el mundo hay bastantes hombres que poseen mucho, son muy ricos y muchísimos que son muy pobres, contra la voluntad de Dios que quiere que toda la riqueza sea distribuida equitativamente entre los hombres en proporción justa, como medio para que el hombre pueda conseguir la felicidad eterna.
Dios condena el hambre, consecuencia injusta del pecado del hombre y de la administración política del poder. Es un hecho, tristemente comprobado, que hay en el mundo una tremenda desigualdad de posesión de bienes, que clama al Cielo, de tal manera que millones de niños, hombres y mujeres se mueren de hambre, habiendo suficientes medios de producción en la Tierra para que todo el mundo tenga lo suficiente o necesario para vivir dignamente, como decía el Papa bueno, Juan XXIII ¿Por culpa de quién o de quiénes? De todos los hombres en general, salvando las honrosas excepciones.
Es verdad que el problema de garantizar el bien común integral corresponde, en primer lugar, a las autoridades civiles, pero no es menos cierto que también a la Iglesia que trabaja por el bien común del hombre, hijo de Dios; y corresponde también a cada hombre que debe cumplir la justicia social. Por consiguiente, nadie debe excluirse del gravísimo problema de hambre que existe en el mundo.
Por providencia de Dios, nosotros hemos nacido en España y podemos decir que juntamente con nuestro nacimiento nació en nosotros la fe y la gracia de Jesucristo. En la guerra civil del 36 al 39, y en la postguerra, desde el año 1939 hasta el 1944, se pasó hambre en muchas regiones de nuestra Patria, como recordamos las personas muy mayores. Yo recuerdo, hermanos, que siendo pequeño, cuando era un niño piadoso, todavía sin vocación de sacerdote, pedía al Señor en la Comunión la gracia de poder comer pan a hartar, pues en mi familia éramos ocho hermanos, que con mi padre y mi madre nos sentábamos diez a la mesa, contando solamente con el sueldo de mi padre, que era un simple y honrado dependiente de comercio; y cuando ya era aspirante al sacerdocio, antes de ir al Seminario, cuando los niños vocacionables íbamos de excursión con el coadjutor de la Parroquia, que se llamaba D. Andrés Pinar Simarro, me pasaba dos o tres días ahorrando pan para el día de campo. Pues, bien, muchos de nosotros hemos pasado necesidad, pero hemos tenido siempre un plato de comida, por lo menos dos veces al día.
La Iglesia tiene la misión suprema de salvar al hombre, con el fin específico sobrenatural de la salvación eterna, que incluye también los medios materiales y humanos para conseguirlo; y tiene además el deber evangélico de atender a los más pobres, por mandato de Jesucristo.
Nos podemos plantear algunas preguntas: ¿Qué puedo hacer yo en campaña contra el hambre en el mundo, si no tengo en mis manos el poder? ¿Cómo voy yo a dar algo si necesito todo o casi todo para vivir? Tal vez sea este tu caso, pero creo que todos podemos dar, unos mucho, otros bastante y otros algo, teniendo en cuenta que Dios premia nuestra generosidad no por la cantidad de lo que damos, sino por la calidad del amor con que lo damos.
Recordemos la anécdota de la mujer pobre del Evangelio que echó en el cepillo del templo todo lo que tenía, y Jesús advirtió a los apóstoles que dio más que los que echaban denarios en cantidad. Si por ejemplo te privas de un postre, o del café de media mañana, o de la merienda de la media tarde; o comes un poco menos en las comidas, y el dinero que supone esa privación lo entregas para la campaña contra el hambre, contribuyes a un bien social y cristiano, que no quedará sin recompensa en el Reino de los Cielos, y acaso también en la Tierra.
El bautismo nos obliga a vivir en Dios y con Dios y a ser hermanos, a compartir con los pobres nuestros bienes, que son también de ellos, en cierta medida. A nosotros nos sobran muchas cosas, mucha ropa que tenemos guardada en el armario para uso de nadie; nos sobra mucho dinero que no necesitamos para vivir ni para la previsión razonable del futuro, y lo tenemos ahorrado en el Banco para enriquecernos, y no es nuestro ni solamente para nosotros, pues es también de los pobres, en cierto sentido.
Hay en el mundo mucha falta de comida para millones de hombres, mujeres y niños que se mueren de hambre inculpablemente; hay muchos niños que no saben leer ni escribir y no tienen colegios ni maestros que les ayuden a conseguir una cultura media en su País; hay muchos enfermos que necesitan y no disponen de hospitales, ni de medicinas ni de médicos que los curen; y muchos niños, hijos de nadie, abandonados, que no tienen una familia ni una sociedad digna y justa, y están abocados al dolor y a la muerte, por no tener orfanatos o casas de acogidas que los atiendan, al menos humanamente.
Y además de todo esto, que es mucho, no tienen Iglesias ni misioneros que les enseñen a conocer y amar a Dios, a conocer a la Virgen María, madre de todos los hombres, a rezar y a saber que existe un Dios, Padre, y que nos espera una vida eterna, llena de gozo en la visión y posesión de Dios eternamente, como premio a los males que se han sufrido con paciencia en esta vida, por culpa de la injusticia de los hombres.
Seamos generosos en la campaña contra el hambre que organiza Manos Unidas, dando para los pobres que pasan hambre no de los bienes que nos sobran, sino también de los que necesitamos, si es que queremos ser cristianos y compartir el amor de Dios entre los hombres. A todos vosotros, que habéis escuchado la Palabra de Dios, os pido con el corazón en la mano, y en nombre de la Iglesia un sacrificio de generosidad extrema en la aportación de dinero o bienes para la Campaña contra el hambre en el mundo.
sábado, 30 de enero de 2021
Cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B
El día 2 de febrero se celebra en la Iglesia Católica la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Esta celebración nos ofrece una ocasión para alabar al Señor y agradecerle el don de este estado de vida y pedirle suscite vocaciones para la vida consagrada. Quiero dedicar el tiempo de la homilía para hablar de este tema y así cumplir el deseo de la Iglesia, manifestado por el Papa.
El 2 de Febrero, la Iglesia hace memoria del día en que Jesús es presentado por María, su madre, en el templo de Jerusalén para ofrecer su vida al Padre para la salvación de todos los hombres del mundo. Siguiendo este ejemplo, muchos cristianos, vocacionados por el Espíritu Santo, consagran su existencia al Señor en favor del misterio de la salvación.
En líneas generales podemos decir que la primera consagración oficial del cristiano a Dios tuvo lugar en su bautismo en el que el hombre, nacido del pecado, se convirtió en hijo de Dios por la gracia santificante, y quedó consagrado al servicio de la Iglesia. Esta consagración se llama consagración bautismal que debe ser perfeccionada con la frecuencia de los sacramentos, especialmente de la Confesión y de la Eucaristía, con la oración y el ejercicio de virtudes cristianas en obras buenas, signos necesarios de expresión de una fe bautismal viva.
Pero hoy no vamos a hablar de la vida consagrada bautismal, sino de la vida consagrada específica de aquellos hombres y mujeres, que llamados por Dios a seguir a Jesucristo, se comprometen a vivir los consejos evangélicos u otros vínculos de perfección evangélica.
Son diversas las vocaciones consagradas que existen en la Iglesia:
- Vocación sacerdotal de aquellos cristianos que, llamados por Dios para el servicio de la Iglesia, se preparan durante un tiempo en el Seminario o Casas Religiosas para el sacerdocio y, una vez ordenados sacerdotes, ejercen el ministerio sacerdotal en distintos puestos de una Diócesis, Parroquias o Centros apostólicos. Los sacerdotes no profesan votos de pobreza, obediencia y castidad, sino la promesa de castidad en estado del celibato y obediencia, por decisión de la Iglesia, no por mandato de Jesucristo.
- Vocación religiosa, llamada hoy de vida consagrada es aquella que algunos cristianos, hombres, sacerdotes o laicos, y mujeres abrazan libremente para consagrarse a Dios en servicio de la Iglesia con el compromiso de vivir los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad, en calidad de votos, u otros vínculos religiosos, como es el caso de los Jesuitas, que profesan el voto de obediencia al Papa o el de las Hijas de la Caridad que profesan el voto del servicio a los pobres.
Esta vocación de vida consagrada se vive, de distintas formas, en Institutos de vida contemplativa o activa, en sociedades de Vida Apostólica y en Centros apostólicos, aprobados por la Iglesia; y también de manera privada con el asesoramiento de un sacerdote, confesor o director espiritual.
La vida contemplativa es excelente sacrificio de alabanza a Dios y fecundidad misteriosa en el apostolado de la Iglesia, porque no es pasividad sino actividad suprema de salvación, de santificación y torrente de gracias celestiales. Por mucho que urja la necesidad del apostolado activo, ocupa siempre una parte preeminente en el Cuerpo místico de Cristo (PC 7). Los miembros consagrados a Dios, con este estilo de vida, viven desde el silencio en comunidad fraterna claustral con la oración constante, la penitencia, y el trabajo común, que tiene carácter apostólico no por lo que se hace, sino por el modo en que se hace y por quien se hace, que es Cristo.
La contemplación entendida en el sentido de la Iglesia es por su propia naturaleza apostólica. Si la contemplación no se expresa en la caridad fraterna y en el trabajo comunitario no es auténtica, es enfermiza, desviación teológica o estado patológico.
Los contemplativos que fomentan psicológicamente la contemplación, olvidando la vida fraterna y el trabajo de la vida ordinaria, como expresión de la oración, terminan en desequilibrios psicológicos o psicopáticos, o en la pérdida de la vocación religiosa, de la gracia o de la misma fe; y también aquellos que ejercen el apostolado exterior con abandono de la oración y de vida monacal, se destruyen a sí mismos y suelen hacer mucho mal a la Iglesia en el mundo.
De la misma manera, la acción apostólica sin contemplación es obra humana buena, social, política, pero no apostólica por sí misma, pues para que lo sea, supone el impulso de la oración por la que viene la gracia de Dios a la acción. Pío XII llamaba a la acción apostólica sin contemplación la herejía de la acción.
Cuando los llamados apóstoles se entregan con entusiasmo e ilusión a realizar obras importantes, admirables y sacrificadas, gastando todas sus fuerzas, pero abandonan la oración, pueden resultar acciones apostólicas excepcionalmente por la misericordia de Dios, pero generalmente destruyen la obra divina.
Sucede que los apóstoles que se dedicaron de por vida al apostolado exterior, abandonando la oración, si trabajaron con buen espíritu, según la doctrina de la Iglesia, reciben de Dios castigos graves por sus pecados, y aprenden la verdadera acción de Dios y la triste realidad de sus debilidades personales; y con el tiempo vuelven a Dios y a Él se entregan, sin retorno a la vida de pecado, afincados en la vida de piedad, como premio a la pureza de intención con que trabajaron. Pero si enseñaron las propias teorías de su desviación, en contra de lo que enseña la Iglesia, acaban perdiendo la vocación religiosa, la vida de la gracia y hasta la fe.
Pidamos al Señor de la mies envíe operarios que trabajen para la Iglesia, vocaciones auténticas contemplativas y activas, que trabajen por la salvación de los hombres, cristificando todas las cosas con espíritu apostólico de obediencia y amor a la Iglesia, reconociendo sus debilidades, confesando sus pecados y poniendo en manos de Dios el fruto de su trabajo.
En conclusión, y en pocas palabras:
La vida consagrada es radicalmente contemplativa, tanto si está dedicada preferentemente a la oración, vida común fraterna y trabajo ordinario, desde el silencio, como si está dedicada al apostolado exterior. Orar sin hacer y hacer sin orar, si Dios no lo remedia, es deshacerse a sí mismo con peligro de hacer mal a la Iglesia.
sábado, 23 de enero de 2021
Tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B