sábado, 27 de febrero de 2021

Segundo domingo. Cuaresma. Ciclo B

 



“La Cuaresma es el tiempo litúrgico fuerte en el que los cristianos nos preparamos a celebrar el misterio pascual, mediante la conversión interior, el recuerdo o la celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la reconciliación” (SC 109-110).

El deseo de la Iglesia es que en Cuaresma nos convirtamos en el corazón con un cambio de vida de pecado a la gracia, de la gracia a la perfección evangélica, con expresión exterior de obras; que celebremos las exigencias del bautismo, que son vivencias de santidad de vida.

Por consiguiente, lo mejor que podemos hacer, en consecuencia, es luchar contra el pecado, viviendo siempre y a toda costa en gracia de Dios, como exigencia bautismal, y que ejerzamos el sacramento del Perdón, con vivencias prácticas de la vida cristiana.

Después de haber dedicado Jesús, casi toda su vida, unos treinta años, a la vida oculta en oración, soledad y trabajo en obediencia, empujado por el Espíritu, se marchó al desierto a dedicarse durante cuarenta días y cuarenta noches a la oración y al ayuno, como preparación para la vida pública.

Hoy, primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de las tentaciones que Jesús padeció en el desierto. Tentación es la vida del hombre sobre la tierra. Jesús, hecho hombre en todo menos en el pecado, fue también tentado para darnos ejemplo de vencer la tentación. Con la gracia de Dios podemos vencer todas las tentaciones, por fuertes y graves que sean, si colaboramos a ella con todas nuestras fuerzas, utilizando todos los medios que tenemos a nuestro alcance, tanto en el orden sobrenatural como natural.

Vamos a enumerar los principales

SOBRENATURALES

- La oración

La oración, bien hecha, habitual y circunstancial, es fuerza omnipotente para el hombre, sobre todo cuando la tentación nos acosa. Ponernos en peligro de pecar y orar es como quien se pone bajo la lluvia y no quiere mojarse; o como quien se arrima al fuego y no quiere quemarse.

Los que son tentados teniendo ya el hábito de pecar, no suelen liberarse del pecado, si se ponen en las circunstancias que normalmente les llevan a pecar: es jugar a estar en gracia contemporizando con las ocasiones de pecado. Difícil tarea para los que quieren vivir en gracia metidos en ambiente de pecado. La lucha resulta derrota en materia de la castidad, cuando hay amor, pasión o vicio.

- Vida interior

Cuando el cristiano vive siempre en la presencia de Dios de manera habitual, en conversación permanente con Él de muchas maneras, resulta difícil pecar. No podemos contentarnos con la oración actual de cada día durante un tiempo, es necesario para ser cristianos comprometidos o santos llevar a Dios siempre en el corazón y en la mente, sabiendo que convive con nosotros en nuestro interior y actúa en todas nuestras cosas con su Amor providente. Con el cuerpo, en virtud de la gravedad, se pisa tierra y con el alma, por la fuerza del Espíritu Santo, se toca Cielo.

- Sacramento de la Reconciliación

El Sacramento de la Confesión es un medio sobrenatural para recuperar la gracia perdida por el pecado, recuperar la fuerza desgastada en la lucha y en la caída, y reparar las grietas del alma. Cuando el penitente recibe el sacramento en estado de gracia, fortalece su alma para la lucha contra el pecado, el ejercicio de las virtudes y para los imprevistos que puedan surgir en la vida cristiana ordinaria.

La Confesión no puede ser solamente un medio para recuperar o aumentar la gracia, sino también un encuentro personal con Cristo ante su ministro, el sacerdote, para celebrar la misericordia del Señor.

MEDIOS NATURALES

- El trabajo

Se ha dicho y con razón que el ocio es madre de todos los vicios y una ocasión muy propicia para pecar: hombre parado, malos pensamientos. Si el demonio te encuentra trabajando, por su psicología satánica, no se molesta en tentarte, porque tú no tienes tiempo y él no quiere perderlo. El trabajo que absorbe no deja espacio nada más que para la tentación fugaz o pecado de pensamiento, y no para el pecado consecuente que requiere concentración y tiempo.

El trabajo ejercita el discurso del entendimiento, fortalece la voluntad, controla las pasiones desordenadas y perfecciona la persona en todas sus facultades; y es también una obligación, una necesidad social, una virtud, un medio de santificación y un apostolado místico.

- Entretenimiento o hobby

El ocupar el tiempo en lo que a uno le gusta, le apetece, le entretiene o divierte en cosas buenas o indiferentes es un remedio para evitar las tentaciones y el pecado. La afición, el gusto por las cosas buenas satisface las apetencias naturales del hombre, le llena de felicidad y evita ocasiones de la tentación y el pecado.

- La mortificación

El Evangelio manda y aconseja la penitencia: Haced frutos de penitencia como medio para reparar los pecados, fortalecer con disciplina la parte espiritual y corporal del hombre, controlar las pasiones, y santificar al hombre.

La mejor penitencia que podemos ofrecer a Dios es:

- aceptar los dolores físicos o psíquicos de la persona que tenemos que padecer, por voluntad de Dios o permisión divina por diversas circunstancias de la vida;

- desempeñar el sacrificio del trabajo que tenemos que cumplir por obligación;

- aguantar la difícil convivencia, costosa y obligada entre los miembros de la familia en la que tenemos que vivir;

- soportar la relación laboral con los compañeros de trabajo;

- padecer todo tipo de sufrimiento que ofrece el trato social con distintas personas de diversa educación y cultura;

- …

Además de estas penitencias obligadas, tenemos oportunidad de hacer otras de libre disposición, en circunstancias ordinarias, especialmente en tiempo de Adviento y Cuaresma, como, por ejemplo, suprimir gastos superfluos, no beber alcohol, fumar menos o no fumar, evitar dulces y golosinas, ver menos la televisión, no acudir a espectáculos, comer lo que menos gusta, dedicar más tiempo a la familia, visitar enfermos y ancianos, ser amable con todos, de manera especial con las personas que menos gustan, escuchar a los demás y hablar menos, evitar comentarios negativos, trabajar con intensidad, no discutir, ser puntual, evitar los juegos de azar.

sábado, 20 de febrero de 2021

Primer domingo. Cuaresma. Ciclo B

 

           

Para pronunciar la homilía de hoy, primer domingo de Cuaresma, ciclo B, voy a centrar mi atención en la oración colecta que en nombre de la Comunidad cristiana he dirigido al Padre por imperativo de la liturgia de la Iglesia en la Santa Misa. En ella he pedido para todos nosotros dos gracias importantes para la vida cristiana y consagrada: avanzar en la inteligencia o inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud.

Es evidente que nosotros no podemos decir que conocemos a Cristo de vista, porque hemos tratado con Él alguna de vez de paso, con motivo de un funeral, una boda, un acto religioso, en el que se oye hablar de Cristo de pasada, como sucede en el conocimiento humano, cuando uno se encuentra con una persona por primera vez circunstancialmente, y sólo se la conocemos de vista, porque su imagen quedó gravada en nuestra retina. Ese conocimiento es de vista que equivale a no conocerla nada. Nosotros, católicos practicantes, conocemos a Cristo por nuestra cultura elemental de catequesis o estudios teológicos más o menos profundos. Por lo tanto la primera gracia consiste en pedir al Padre el avance en el conocimiento de Cristo, que ya tenemos.

Hay varios modos de conocer a Cristo, por ejemplo, por la escucha atenta y piadosa de la Palabra de Dios, la lectura reposada de la Biblia, la lectura de libros piadosos, la cultura en la profundización de la fe por medio de cursillos, ejercicios espirituales, charlas, conferencias, y, sobre todo, el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II.

Pero con esto no es suficiente, ya que no se trata de un conocimiento humano, aunque sea teológico, pues dice San Ignacio de Loyola que “no el mucho saber satisface el alma, sino el gustar de Dios intensamente”. No es problema de conocimiento humano, sino divino, de trato íntimo con Dios que es conocimiento místico en el que sin conocimientos especiales catequéticos o teológicos o con los elementales, se puede llega a conocer a Cristo y su misterio, que es la Iglesia, con el simple trato de la oración, entendida en un sentido teológico. Hay muchos católicos de sencillez elemental, sin estudios teológicos, que conocen experimentalmente por la oración a Cristo, mejor que muchos teólogos que imparten estudios teológicos en Universidades católica de la Iglesia, que conocen a Cristo científicamente, pero no le conocen espiritualmente. La oración, bien hecha, es el mejor medio de conocer a Cristo y a la Iglesia porque el trato íntimo con Dios en la soledad del corazón conlleva al conocimiento de Cristo que enseña la Iglesia.

Orar no es sólo elevar el corazón a Dios y pedirle mercedes, definición teológica clásica, es “tratar de amistad con Dios, que sabemos nos ama” expresión de Santa Teresa de Jesús. Es comunicarse con Dios con el simple estar con Él, pensar en Él, sentir con Él, aunque no se le sienta, estar y obrar con Él y en Él, hablar con Él o escucharle con el lenguaje místico, que no necesita palabras o con palabras que no son expresión de ideas sino vivencias que no tienen explicación humana; mediante la oración, no interrumpida, ni siquiera por el sueño, que es un modo inconsciente de orar, dejando que Dios actúe en el alma mediante el sueño, irrealidad humana que facilita la unión mística con Dios con el que está y vive despierto “divinizado”.

Con un conocimiento teórico de Cristo y de su Iglesia, se consigue llegar a vivir en plenitud a Cristo y a su Iglesia, que son inseparables. La vivencia de Cristo en su plenitud es diversa. No consiste en una unión sensible de fe o de mística, de manera que quien vive a Cristo, vive elevado a la atmósfera del Cielo trasplantado a la tierra con elevaciones de espíritu y persona a estados que no conoce la ciencia teológica y no sabe explicar la ciencia mística. Consiste en vivir en pura fe con consolación del Espíritu Santo en la dureza de la tentación o insensibilidad de la sequedad de espíritu la presencia de Dios operativa en el alma, en todos los hombres y en todas las cosas.

En ver a Dios en todos los acontecimientos e identificarse con Él en todo, en divinizar lo humano y humanizar lo divino, en vivir “endiosado” en la tierra como si ya se viviera en el Cielo, sin gozar de Dios en plenitud, pero con ráfagas de divinidad.
El avance en la inteligencia de Cristo, en fin, consiste en conocerle cada vez más en su misterio con conocimiento divino con la profundidad de querer siempre la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste.

sábado, 13 de febrero de 2021

Sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B



En la homilía de hoy, sexto domingo del tiempo ordinario, ciclo B, que estamos celebrando, voy a fijar mi atención en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra, original del Espíritu Santo y escrita por el Apóstol San Pablo a los Corintios. El texto comprende cuatro ideas fundamentales para la vida cristiana y consagrada:

- Hacer todo para la gloria de Dios:
- “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”;
- “no dar motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos ni a la Iglesia”;
- “Contentar en todo a todos, no buscando el propio bien sino el de todos”

Con estas cuatro ideas, debidamente coordinadas, vamos a formular una frase muy práctica y eficaz para la vida cristiana y consagrada: Hacedlo todo para la gloria de Dios, sin hacer daño a nadie ni a la Iglesia, sabiendo que el bien que se hace no sólo es para el bien personal de quien lo hace, sino también para el bien común del Cuerpo místico de la Iglesia.

1 Hacedlo todo para la gloria de Dios.

El fin último y supremo de toda la Creación, especialmente del hombre, es la gloria de Dios, porque Él es el Creador de todas las cosas y tiene sobre ellas el dominio total y absoluto. El hombre ha sido creado por Dios para darle gloria, es decir, alabarle y bendecirle.

La gloria de Dios no hay que entenderla como un beneficio que el hombre hace a Dios para engrandecerle, cosa metafísicamente imposible, porque por ser Dios, perfección absoluta, infinita y eterna, no puede estar necesitado de ninguna criatura.

Pongamos dos ejemplos: Si por una imaginación, científicamente imposible, se pudiera colocar en el espacio una coraza fantástica, de manera que la luz y el calor no entraran a la Tierra, no habría vida en la Tierra, y la Tierra se convertiría en un caos; en cambio, el sol seguiría igualmente perfecto en su propio ser con sus propiedades de luz y calor. ¿Cuál es la gloria del sol? Evidentemente la gloria de la Tierra, que es la que recibe el beneficio de la vida, gracias al sol.

Otro ejemplo: Si tapiáramos los rosetones y ventanas del templo por los que la luz y el calor del sol entran dentro del recinto sagrado de nuestra Parroquia, el templo se quedaría totalmente a oscuras, y el sol quedaría igualmente radiante con su luz y calor. ¿Cuál es la gloria del sol? Evidentemente la alegría, el calor y la visibilidad del templo que se beneficia del sol.

Con estos dos ejemplos se puede entender la gloria de Dios. El hombre es creado por Dios para que participe de su gloria eternamente. Por tanto, es el hombre el que participa de la gloria, y no Dios, que es eternamente feliz. Es lógico que el hombre, por ser creado por Dios, tenga como fin último dar gloria a Dios, alabarle y bendecirle, como corresponde a la criatura: servir a quien le ha creado. Y mediante esto, conseguir la salvación eterna, que es participar de la gloria de Dios por años sin término.

Si un hombre construye una obra con materiales propios, es para su fin, por tanto, la puede destinar para lo que quiera: para que sea una vivienda, un despacho, un dormitorio, un comedor, un garaje… porque el que la ha hecho tiene la propiedad sobre ella, y le pertenece. Nosotros, los hombres, hemos sido creados por Dios, y no podemos tener otro fin que aquél para el que Dios nos ha creado, que es Él mismo, su gloria, que es nuestro bien, la participación eterna de su felicidad.

2 Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.

San Pablo en esta lectura nos pone dos ejemplos vulgares y comunes: comer y beber o cualquier cosa para la gloria de Dios: “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”. Con esta frase se nos enseña una cosa esencial: que todo lo que no es malo, es decir, es bueno por su propia naturaleza, o es indiferente y se hace bueno por la intención por la que se hace la cosa, tiene valor eterno a los ojos de Dios.

Es bueno que después de rezar las tres avemarías al levantarnos, hagamos el ofrecimiento de obras del día, ofreciendo a Dios todo lo que vamos a hacer durante la jornada, muy provechoso también poner una intención espiritual y apostólica al principio de cada obra que realicemos.

Son muchas las cosas que podemos ofrecer a Dios en beneficio nuestro, pero entre ellas hay una jerarquía de valores:

- en primer lugar, las obras obligatorias: espirituales, cristianas, humanas y sociales, como son: el cumplimiento de los mandamientos, de los preceptos de la Santa Madre Iglesia, las obligaciones propias del estado civil, las laborales, las leyes o normas de la convivencia;

- y también todas aquellas obras libres que podemos hacer porque queremos o nos gustan: comer y beber con moderación, viajar, pasear, ver paisajes, ir a espectáculos buenos, divertirse, ir de excursión, dormir, descansar, porque todo lo que es bueno vale para nuestro bien y para la gloria de Dios, y si se hace en estado de gracia, tiene mérito sobrenatural, valor de Cielo.

3 No dar motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos ni a la Iglesia.

El cristiano no debe pecar nunca porque el pecado es un contrasentido, atenta al amor que a Dios debemos, no sólo es el quebrantamiento de la Ley. Si la tentación provoca en nosotros la debilidad y pecamos, evitemos el escándalo de los no creyentes, que equivale en nuestros tiempos a los judíos y a los griegos del tiempo de los Apóstoles, ni tampoco escandalicemos a los cristianos, porque el escándalo es un pecado condenado por Jesucristo en el Evangelio, que hace daño a toda la Iglesia.

Cada uno es libre para hacer lo que quiera y para pecar, pero la caridad cristiana exige que te escondas de los hombres para pecar, sabiendo que Dios lo ve todo y nada queda oculto a su divina presencia.

4 Contentar en todo a todos, no buscando el propio bien sino el de todos.

Se puede decir con todo rigor teológico que el hombre, y más en concreto el cristiano, nunca hace una obra únicamente personal, tanto buena como mala, sino siempre hace místicamente una obra comunitaria en favor de todos. El bien que uno hace, se hace en primer lugar para sí mismo pero con repercusión social. Es, por tanto, una obra principalmente personal y secundariamente comunitaria o eclesial. De la misma manera pasa con el mal que uno hace, que no sólo es un mal personal, sino también eclesial.

El cristiano en todo lo que hace debe tener una perspectiva comunitaria, porque todos los hombres del mundo, de diversa manera, forman parte del Cuerpo místico de la Iglesia; y todo lo que se hace es en bien o en mal de la Iglesia, como nos enseña magistralmente San Pablo. Cuando uno come no es en bien del paladar que degusta el alimento, ni en bien sólo del estómago que lo recibe y parece que se aprovecha de él, sino que repercute en bien de la vida de todo el cuerpo y cada uno de sus miembros, órganos, sentidos y de cada una de las partes más insignificantes.

Esta doctrina nos hace hacer el bien y evitar el mal, no sólo por el bien propio sino por el bien de todos, puesto que, repito, es un bien o un mal que repercute en toda la Iglesia.

Resumiendo podemos decir que todo lo que hagamos debemos hacerlo para la gloria de Dios, que es nuestro propio bien, evitando siempre el mal o el escándalo tanto de los no creyentes como cristianos, porque el mal perjudica a todos los hombres, y, por consiguiente, debemos hacer el bien buscando no sólo el bien personal sino también el bien de todos los hombres de la Tierra, como dijimos al principio de la homilía.

sábado, 6 de febrero de 2021

Quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza con un destino supremo, último, final, la glorificación de Dios y la participación eterna de Él en el Reino de los Cielos. Y para que él pudiera cumplir ese fin transcendente creó este mundo en el que vivimos, y en concreto, la Tierra; y se la entregó a Adán para que la cultivara, y siendo fiel a Dios, consiguiera luego la vida eterna, de la manera que la teología no conoce.

Pero Adán cometió el llamado pecado original y con él perdió el estado de santidad y justicia en que fue creado, quedando sometido  al desorden total en todo su ser, tanto en el cuerpo como en el alma: el error, el odio, la concupiscencia, el dolor y la muerte, quedando estropeados los planes de Dios. 

Entre los males que sobrevinieron al hombre, se hizo presente la injusticia social, de manera que en el mundo hay bastantes hombres que poseen mucho, son muy ricos y muchísimos que son muy pobres, contra la voluntad de Dios que quiere que toda la riqueza sea distribuida equitativamente entre los hombres en proporción justa, como medio para que el hombre pueda conseguir la felicidad eterna. 

Dios condena el hambre,  consecuencia injusta del pecado del hombre y de la administración política del poder. Es un hecho, tristemente comprobado, que hay en el mundo una tremenda desigualdad de posesión de bienes, que clama al Cielo,  de tal manera que millones de niños, hombres y mujeres se mueren de hambre, habiendo suficientes medios de producción en la Tierra para que todo el mundo tenga lo suficiente o necesario para vivir dignamente, como decía el Papa bueno, Juan XXIII ¿Por culpa de quién o  de quiénes? De todos los hombres en general, salvando las honrosas excepciones.  

Es verdad que el problema de garantizar el bien común integral corresponde, en primer lugar, a las  autoridades civiles, pero no es menos cierto que también a la Iglesia que trabaja por el bien común del hombre, hijo de Dios; y corresponde también a cada hombre que debe cumplir la justicia social. Por consiguiente, nadie debe excluirse del gravísimo problema de hambre que existe en el mundo.

Por providencia de Dios, nosotros hemos nacido en España y podemos decir que juntamente con nuestro nacimiento nació en nosotros la fe y la gracia de Jesucristo. En la guerra civil del 36 al 39, y en la postguerra, desde el año 1939 hasta el 1944, se pasó hambre en muchas regiones de nuestra Patria, como recordamos las personas muy mayores. Yo recuerdo, hermanos, que siendo pequeño, cuando era un niño piadoso, todavía sin vocación de sacerdote, pedía al Señor en la Comunión la gracia de poder comer pan a hartar, pues en mi familia éramos ocho hermanos, que con mi padre y mi madre nos sentábamos diez a la mesa, contando solamente con el sueldo de mi padre, que era un simple y honrado dependiente de comercio; y cuando ya era aspirante al sacerdocio, antes de ir al Seminario, cuando los niños vocacionables íbamos de excursión con el coadjutor de la Parroquia, que se llamaba D. Andrés Pinar Simarro, me pasaba dos o tres días ahorrando pan para el día de campo. Pues, bien, muchos de nosotros hemos pasado necesidad, pero hemos tenido siempre un plato de comida, por lo menos dos veces al día.

La Iglesia tiene la misión suprema de salvar al hombre, con el fin específico sobrenatural de la salvación eterna,  que incluye también los medios materiales y humanos  para conseguirlo; y tiene además el deber evangélico de atender a los más pobres, por mandato de Jesucristo. 

Nos podemos plantear algunas preguntas: ¿Qué puedo hacer yo en campaña contra el hambre en el mundo, si no tengo en mis manos el poder? ¿Cómo voy yo a dar algo si necesito todo o casi todo para vivir? Tal vez sea este tu caso, pero creo que todos  podemos dar, unos mucho, otros bastante y otros algo, teniendo en cuenta que Dios premia nuestra generosidad no por la cantidad de lo que damos, sino por la calidad del amor con que lo damos.  

Recordemos la anécdota de la mujer pobre del Evangelio que echó en el cepillo del templo todo lo que tenía, y Jesús advirtió a los apóstoles que dio más que los que echaban denarios en cantidad.  Si por ejemplo te privas de un postre, o del café de media mañana, o de la merienda de la media tarde; o comes un poco menos en las comidas, y el dinero que supone esa privación lo entregas para  la campaña contra el hambre, contribuyes a un bien social y cristiano, que no quedará sin recompensa en el Reino de los Cielos, y acaso también en la Tierra.  

El bautismo nos obliga a vivir en Dios y con Dios y a ser  hermanos, a compartir con los pobres nuestros bienes, que son también de ellos, en cierta medida. A nosotros nos sobran muchas cosas, mucha ropa que tenemos guardada en el armario para uso de nadie; nos sobra mucho dinero que no necesitamos para vivir ni para la previsión razonable del futuro, y lo tenemos ahorrado en el Banco para enriquecernos, y no es nuestro ni solamente para nosotros, pues es también de los pobres, en cierto sentido. 

Hay en el mundo mucha falta de comida para millones de hombres, mujeres y niños que se mueren de hambre inculpablemente; hay muchos niños que no saben leer ni escribir y no tienen colegios ni maestros que les ayuden a conseguir una cultura media en su País; hay muchos enfermos que necesitan y no disponen de hospitales, ni de medicinas ni de médicos que los curen; y muchos niños, hijos de nadie, abandonados, que no tienen una familia ni una sociedad digna y justa, y están abocados al dolor y a la muerte, por no tener orfanatos o casas de acogidas que los atiendan, al menos humanamente.  

Y además de todo esto, que es mucho, no tienen Iglesias ni misioneros que les enseñen a conocer y amar a Dios, a conocer a la  Virgen María, madre de todos los hombres, a rezar y a saber que existe un Dios, Padre, y que nos espera una vida eterna, llena de gozo en la visión y posesión de Dios eternamente, como premio a los males que se han sufrido con paciencia en esta vida, por culpa de la injusticia de los hombres.

Seamos generosos en la campaña contra el hambre que organiza Manos Unidas, dando para los pobres que pasan hambre no de los bienes que nos sobran, sino también de los que necesitamos, si es que queremos ser cristianos y compartir el amor de Dios entre los hombres. A todos vosotros, que habéis escuchado la Palabra de Dios, os pido con el corazón en la mano, y en nombre de la Iglesia un sacrificio de generosidad extrema en la aportación de dinero o bienes para la Campaña contra el hambre en el mundo.


sábado, 30 de enero de 2021

Cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

El día 2 de febrero se celebra en la Iglesia Católica la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Esta celebración nos ofrece una ocasión para  alabar al Señor y agradecerle el don de este estado de vida y pedirle suscite vocaciones para la vida consagrada. Quiero dedicar el tiempo de la homilía para hablar de este tema y así cumplir el deseo de la Iglesia, manifestado por el Papa.

El 2 de Febrero, la Iglesia hace memoria del día en que Jesús es presentado por María, su madre, en el templo de Jerusalén para ofrecer su vida al Padre para la salvación de todos los hombres del mundo. Siguiendo este ejemplo, muchos cristianos, vocacionados por el Espíritu Santo, consagran su existencia al Señor en  favor del misterio de la salvación. 

En líneas generales podemos decir que la primera consagración oficial del cristiano a Dios  tuvo lugar en su bautismo en el que el hombre, nacido del pecado, se convirtió en hijo de Dios por la gracia santificante, y quedó consagrado al servicio de  la Iglesia. Esta consagración se llama consagración bautismal que debe ser perfeccionada con la frecuencia de los sacramentos, especialmente de la Confesión y de la Eucaristía, con la oración y el ejercicio de virtudes cristianas en obras buenas, signos necesarios de expresión de una fe bautismal viva.

Pero hoy no vamos a hablar de la vida consagrada bautismal, sino de la vida consagrada específica de aquellos hombres y mujeres, que llamados por Dios a seguir a Jesucristo, se comprometen a vivir los consejos evangélicos u otros vínculos de perfección evangélica.

Son diversas las vocaciones consagradas  que existen en la Iglesia:

- Vocación sacerdotal de aquellos cristianos que, llamados por Dios para el servicio  de la Iglesia, se preparan durante un tiempo en el Seminario o Casas Religiosas para el sacerdocio y, una vez ordenados sacerdotes, ejercen el ministerio sacerdotal en distintos puestos de una Diócesis, Parroquias o Centros apostólicos. Los sacerdotes no profesan votos de pobreza, obediencia y castidad, sino la promesa de castidad en estado del celibato y obediencia, por decisión de la Iglesia, no por mandato de Jesucristo.

- Vocación religiosa, llamada hoy de vida consagrada es aquella que algunos cristianos, hombres, sacerdotes o laicos, y mujeres abrazan libremente para consagrarse a Dios en servicio de la Iglesia con el compromiso de vivir los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad, en calidad de votos, u otros vínculos religiosos, como es el caso de los Jesuitas, que profesan el voto de obediencia al Papa o el de las Hijas de la Caridad que profesan el voto del servicio a los pobres.

Esta vocación de vida consagrada se vive, de distintas formas, en Institutos de vida contemplativa o activa, en sociedades de Vida Apostólica y en Centros apostólicos, aprobados por la Iglesia; y también de manera privada con el asesoramiento de un sacerdote, confesor o director espiritual.

La vida contemplativa es excelente sacrificio de alabanza a Dios y  fecundidad misteriosa en el apostolado de la Iglesia, porque no es pasividad sino actividad suprema de salvación, de santificación y torrente de gracias celestiales. Por mucho que urja la necesidad del apostolado activo, ocupa siempre una parte preeminente en el Cuerpo místico de Cristo (PC 7). Los miembros consagrados a Dios, con este estilo de vida, viven desde el silencio en comunidad fraterna claustral con la oración constante, la penitencia, y el trabajo común, que tiene carácter apostólico no por lo que se hace, sino por el modo en que se hace y por quien se hace, que es Cristo.

La contemplación entendida en el sentido de la Iglesia es por su propia naturaleza apostólica. Si la contemplación no se expresa en la caridad fraterna y en el trabajo comunitario  no es auténtica, es enfermiza, desviación teológica o estado patológico.

Los contemplativos que fomentan psicológicamente la contemplación, olvidando la vida fraterna y el trabajo de la vida ordinaria, como expresión de la oración, terminan en desequilibrios psicológicos o psicopáticos, o en la pérdida de la vocación religiosa, de la gracia o de la misma fe; y también aquellos que ejercen el apostolado exterior con abandono de la oración y de vida monacal, se destruyen a sí mismos y suelen hacer mucho mal a la Iglesia en el mundo.

 De la misma manera, la acción apostólica sin contemplación es obra humana buena, social, política, pero no apostólica por sí misma, pues para que lo sea, supone el impulso de la oración por la que viene la gracia de Dios a la acción. Pío XII llamaba a la acción apostólica sin contemplación la herejía de la acción.

Cuando los llamados apóstoles se entregan con entusiasmo e ilusión a realizar obras importantes, admirables y sacrificadas, gastando todas sus fuerzas, pero abandonan la oración, pueden resultar acciones apostólicas excepcionalmente por la misericordia de Dios, pero generalmente destruyen la obra divina.

Sucede que  los apóstoles que se dedicaron de por vida al apostolado exterior, abandonando la oración, si trabajaron con buen espíritu, según la doctrina de la Iglesia, reciben de Dios castigos graves por sus pecados, y aprenden la verdadera acción de Dios y la triste realidad de sus debilidades personales; y con el tiempo vuelven a Dios y a Él se entregan, sin retorno a la vida de pecado, afincados en la vida de piedad, como premio a la pureza de intención con que trabajaron. Pero si enseñaron las propias teorías de su desviación, en contra de lo que enseña la Iglesia, acaban perdiendo la vocación religiosa, la vida de la gracia y hasta la fe.

Pidamos al Señor de la mies envíe operarios que trabajen para la Iglesia, vocaciones auténticas contemplativas y activas, que trabajen por la salvación de los hombres, cristificando todas las cosas con espíritu apostólico de obediencia y amor a la Iglesia, reconociendo sus debilidades, confesando sus pecados y poniendo en manos de Dios el fruto de su trabajo.

En conclusión, y en pocas palabras:

La vida consagrada es radicalmente contemplativa, tanto si está dedicada preferentemente a la oración,  vida común fraterna y trabajo ordinario, desde el silencio, como si está dedicada al apostolado exterior. Orar sin hacer y hacer sin orar, si Dios no lo remedia, es deshacerse a sí mismo con peligro de hacer mal a la Iglesia.

sábado, 23 de enero de 2021

Tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

El tema fundamental de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando es la conversión; conversión que en la primera lectura y en el Evangelio tiene dos connotaciones diferentes: en la primera lectura: conversión como remedio de los pecados y evitación de castigos; y en el Evangelio como necesidad de la conversión total para seguir a Jesucristo. 

En la primera lectura se nos cuenta la vocación del profeta Jonás, que fue enviado por Dios a Nínive a predicar la conversión, pues los hombres y mujeres de esta gran capital vivían de espaldas a la Ley, cometiendo horribles pecados y crímenes por los que había determinado el Señor el castigo de ser arrasada la ciudad entera, si no se convertían. Los ninivitas creyeron en Dios, y grandes y pequeños se convirtieron, haciendo públicas penitencias. “Cuando Dios vio sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor, Dios nuestro”. 

Este hecho bíblico nos enseña que los pecados de los hombres merecen también el castigo de Dios, y que la conversión expresada con actos de penitencia evita castigos de la justicia divina. 

Sucede muchas veces que recibimos muchos males como castigos de nuestros pecados, y no siempre como pruebas de la voluntad misteriosa de Dios que manda o permite males físicos para darnos la ocasión de convertirnos y santificarnos. 

Hoy se ha perdido la conciencia de pecado por falta de fe, pues la gente, arropada por el ambiente social actual, se atiene en su comportamiento moral a la ley civil, que se aprueba en el Parlamento y en el Senado, opuesta, en ocasiones, a la ley de Dios y de la Iglesia, olvidando que no todo lo legal civilmente es bueno según la moral católica; incluso muchos cristianos se abandonan a la vida de pecado, sin considerar su gravedad, ignorando que con los pecados ofenden a Dios, y por su impenitencia pueden recibir merecidos castigos. 

También cuando oímos la palabra conversión pensamos inconscientemente en el día del Domund, domingo mundial de la Propagación de la fe, en el que todos los católicos del mundo redoblamos nuestros esfuerzos para pedir al Señor la conversión de los llamados infieles, nos sacrificamos por esta necesaria y urgente empresa, y aportamos nuestra ayuda económica para ayudar a los misioneros a que puedan realizar la misión salvadora y universal de millones hombres de aquellos Países, a quienes todavía no ha llegado la noticia de Jesús, Salvador; y entendemos que la conversión es propia de los infieles, que es el cambio de la vida pagana a la fe cristiana. 

Otras veces, solemos aplicar la palabra conversión a nuestros familiares o amigos, que en un tiempo estuvieron con nosotros viviendo la fe de la Iglesia, y ahora por circunstancias diversas están empecatados, metidos de lleno en el mundo, al vaivén de las pasiones humanas, suscitadas y amparadas por el desenfreno moral de la vida social y política; y entonces nos vemos obligados a pedir su conversión o el cambio de la vida de pecado a la vida de gracia. Y no caemos en la cuenta de que también nosotros, cristianos, sacerdotes, religiosos, religiosas, que trabajamos por conseguir la perfección evangélica, tenemos que convertirnos. 

La conversión cristiana supone la gracia de Dios inicial, pues nadie puede convertirse sin la ayuda divina, es decir, si antes no ha recibido la gracia radical de la conversión; y nadie puede perseverar en ella sin la gracia de Dios, a la que el hombre debe responder responsablemente en el proceso permanente de la conversión, que es una obra sobrenatural de Dios con el hombre. 

En el salmo responsorial, que todos hemos aclamado como respuesta a la Palabra de Dios, se nos enseñan los medios para la conversión: 

- Aprender los caminos del Señor, que son los mandamientos de la Ley de Dios, mapa de la salvación; y aprender también los medios para cumplirlos, que son muchos, principalmente la atenta escucha de la Palabra de Dios, la constante oración, fuerza que supera toda dificultad y es omnipotencia para la debilidad humana, y los sacramentos, principalmente de la Confesión y de la Eucaristía, de los que dimana la gracia para vivir consecuentemente y con plena eficacia una conversión auténtica y total. 

- Recordar la ternura y misericordia del Señor, que es nuestra esperanza y salvación, pues son muchos y acaso graves nuestros pecados que sólo Dios comprende y perdona, si verdaderamente estamos arrepentidos. 

En la segunda lectura, que es parte de la apología de San Pablo sobre el estado de vida, con preferencia de la virginidad, para mejor servir al Señor, se nos enseña la aceptación del propio estado de vida con todos los contratiempos que comporta, porque el momento es apremiante y la apariencia de este mundo se termina. Por consiguiente, queda como solución vivir como quien está de paso, pensando en la vida eterna y haciendo de la presente un momento pasajero: “los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran, los que lloran, como si no lloraran, los que están alegres, como si no lo estuvieran, los que compran como si no poseyeran, los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él”. 

En el Evangelio se nos habla de la vocación de los cuatro primeros discípulos del Señor, Pedro y Andrés y Santiago y Juan, a quienes llamó Jesús para seguirle como discípulos suyos, poniéndoles la condición indispensable de dejar todas las cosas: “Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él”. 

Seguir a Jesucristo conlleva y exige un compromiso de desprendimiento total de todo apego a las criaturas, por santas y buenas que sean, pues donde tiene que estar solamente Dios, no cabe el hombre y sobran sus cosas que no son de Él y para Él. Es justo y evangélico utilizar ordenadamente los bienes de la tierra, necesarios para la vida, y el justo disfrute de ellos. 

El seguimiento a Cristo no significa renunciar a la familia y a todos los bienes de la tierra, sino subordinar jerárquicamente todas las cosas, de manera que todo lo humano sea medio para vivir la conversión que nos lleva al cumplimiento del último fin del hombre que es Dios. 









 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 16 de enero de 2021

Segundo domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

El hombre es esencialmente religioso, porque ha sido creado por Dios con una finalidad última, que es Él mismo. En el fondo de la intimidad de su ser se esconde la bondad de Dios llamándole al bien, aunque por culpa del pecado original lo confunda subjetivamente con el mal. 

Psicológicamente el hombre no puede querer el mal para sí mismo y su inclinación natural es buscar la felicidad, que no se encuentra en la sabiduría humana, ni en el mundo, ni en las pasiones, ni en el pecado, como nos dice con profundidad de experiencia San Agustín, hombre experto en la ciencia humana y en la vida del mundo: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón no descansa hasta que descanse en ti”. 

Luego concluimos afirmando que la vocación del hombre es religiosa: Dios conocido y amado en esta vida, como medio de felicidad en la tierra, y después visto y gozado eternamente en el Cielo, suma y completa felicidad que colma totalmente las aspiraciones más grandes del ser humano. 

¿QUÉ ES LA VOCACIÓN? 

Partiendo de la base de que toda vida cristiana es vocación bautismal para la vida eterna, existe además la vocación específica de consagración a Dios, difícil de definir. Podríamos decir que es una fuerza interior, misteriosa, como un instinto sobrenatural, que empuja al hombre vocacionado en lo más profundo de su corazón hacia Dios. 

No es fundamentalmente un sentimiento religioso habitual, pues la sensiblería puede ser un defecto psíquico; ni un marcado gusto por las cosas espirituales, pues lo mismo puede ser un hobby que una llamada interior del Espíritu Santo. 

Es como una especie de inclinación hacia Dios y sus cosas, suave como la brisa, que en su principio vive dentro del hombre, sin que él se entere, ambienta todo su ser y actúa en su vida, sin saber por qué ni para qué, hasta que poco a poco se va haciendo consciente y libre. 

Es una llamada de Dios que exige la libre respuesta por parte del hombre: una acción conjunta de la gracia de Dios y la libertad del humana, en la que Dios tiene la iniciativa y concede la fuerza para que el hombre escuche su voz y tenga libremente capacidad para escucharla y seguirla. 

Siendo en su esencia una invitación divina, resulta en la práctica como una orden. Cristo elige al cristiano que quiere, cuando quiere y como quiere para seguirle, y no al mejor dotado en inteligencia, voluntad, poder y cualidades. Los vocacionados son, al fin y al cabo, personas humanas, pecadoras, con pequeñas debilidades y rarezas comprensibles, pues la vocación, como la fe, es conciliable con los defectos humanos. 

Si la vocación se fomenta con el cultivo de la gracia y el abono de las buenas obras en un ambiente propicio, se afianza cada vez más; pero si se descuida la vida espiritual y se vive a expensas de las corrientes del mundo, se debilita y hasta puede perderse. Pasa en esto, como con la salud, el talento y el dinero, que se pueden conservar o perder, si no se cuidan. 

La verdadera vocación supone desgarros del corazón, fácilmente aguantables, constantes y costosas renuncias, no martirizadoras, y dolorosas persecuciones, sufridas con paciente equilibrio y consolaciones del Espíritu Santo. 

Cuando Dios se empeña en que un cristiano realice en la Tierra la función para la que, desde la eternidad, ha sido elegido, no hay obstáculo que impida su desarrollo y fructificación. 

La vocación religiosa es radicalmente cristiana, nace en el bautismo y crece y se desarrolla con la oración, los sacramentos, y buenas obras. 

CLASES DE VOCACIÓN 

La vocación de vida consagrada se puede reducir, en términos generales, a tres clases fundamentales: vida contemplativa, vida activa y vida de ministerio sacerdotal. 

La vida contemplativa se vive en comunidad fraterna, con dedicación preferente a la oración o contemplación, complementada esencialmente con la acción del trabajo de la vida ordinaria, en la que se viven los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad, según el propio carisma determinado en los estatutos aprobados por la Iglesia. Es por sí misma medio de santificación personal y comunitaria y místicamente apostólica. 

La vida activa es diversa, según el propio carisma, aprobado por la Iglesia. Se vive en comunidad fraterna o fuera de ella, con la vivencia de los consejos evangélicos u otros vínculos, que se especifican en las Constituciones propias de la Obra o Instituto. Los miembros pueden ser femeninos y masculinos; y los masculinos sacerdotes o laicos. 

La vida consagrada en comunidad fraterna no puede concebirse como una convivencia humana de amistad, de ideologías, de compañía o de otros intereses, sino como una vida común entre hermanos que se aman espiritualmente en Cristo y por Cristo con constantes renuncias a la propia libertad, a la familia, y a todas las cosas del mundo. 

El único vínculo que une a los hermanos en Comunidad es Cristo y solamente Cristo, y la única meta es la santidad evangélica. La entrega al servicio de los hermanos debe ser real, auténtica, igual o superior a la que existe en las comunidades humanas de sangre o de amistad natural, aunque no se sienta de igual manera, porque todo lo que se hace por el hermano, se hace por Cristo, por profesión de votos. 

La vocación del ministerio sacerdotal es un estado de perfección evangélica, en virtud del sacramento del Orden Sacerdotal, en el que ciertos cristianos vocacionados son consagrados sacerdotes, ministros de Cristo, para ejercer en la Iglesia la misma misión que Él recibió del Padre: unos como simples sacerdotes y otros como Obispos. 

El sacerdote es otro Cristo, que realiza la salvación de Jesús ministerialmente, y está llamado por su propia vocación sacerdotal a ser santo. Se vive personalmente en solitario, en familia o en comunidad, con el espíritu de los consejos evangélicos, aunque sin votos, pero sí con la promesa de obediencia al Obispo. 

MEDIOS PARA RECIBIR LA VOCACIÓN 

Como Dios es infinitamente sabio y poderoso, no se ajusta a unas normas concretas y fijas para regalar la gracia de la vocación a quienes quiere, cuando quiere y de la manera que quiere; y, por eso, utiliza los mejores medios que a Él le parecen. Sin embargo, la observación de los maestros de la vida espiritual ha detectado los siguientes: 

- El ambiente familiar es generalmente el mejor semillero de vocaciones cristianas, con muchas excepciones, como lo demuestra la experiencia. 

- La amistad, pues un buen amigo es un tesoro, dice la Sagrada Escritura; y puede ser en muchos casos vehículo para que por medio de él la vocación de Dios llegue a quien no ha tenido ambiente cristiano en la familia, sino pecaminoso, incluso pagano. En este caso se comprueba el poder sabio e infinito de Dios que con su amor llama a quien quiere para consagrarse a Él por caminos insospechados. 

- La cultura que se recibe en colegios, Institutos y Universidades de inspiración cristiana o de la Iglesia proporciona oportunidades para que Dios regale la vocación a quienes él ha elegido para su servicio. 

- La Parroquia o grupos de asociaciones cristianas, en los que Dios hace que la misericordia de Dios llegue, hecha vocación, a muchos por estos cauces propicios para encontrar a Cristo y seguirle. 

- Medios de comunicación social, como, por ejemplo, la televisión, el teatro, el cine, la prensa, los libros, pues de la misma manera que proporcionan el camino para el pecado y de la perdición religiosa y moral, pueden suscitar buenos pensamientos y conversiones y hasta gracias para que Dios transmita la vocación religiosa, con el poder de la gracia divina. 

- Circunstancias y ocasiones diversas que Dios aprovecha para suscitar vocaciones, como, por ejemplo, enfermedades, gracias materiales, favores, pruebas, desengaños, desilusiones, disgustos, contrariedades y otras. 

- Gracias actuales que provienen directamente de Dios y actúan misteriosamente en el interior del hombre, sin mediaciones de personas ni cosas. 

ESENCIA DE PERFECCIÓN ESPECIAL PARA SEGUIR A CRISTO 

“Y, dejándolo todo, le siguieron” (Lc 5,11). 

Para ser perfecto discípulo de Cristo es imprescindible dejarlo todo, absolutamente todo, tanto en sentido material como espiritual; es decir vaciar el corazón del apego desordenado a personas y cosas, poniendo el corazón solamente en Dios, valiéndose de las cosas y personas, sin ser esclavos de nada ni de nadie, pues nos dijo Jesús: "nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien despreciará a uno y se apegará a otro. No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24). 

Para seguir a Cristo totalmente y sin reservas, hay que dejarlo todo, absolutamente todo, sin quedarse con nadie ni con nada. Me explico. Quedarse sin nadie no quiere decir ser un misántropo, huraño, insociable, sino significa no tener el corazón apegado a nada, sino pegado a Cristo con amor espiritual y equilibrado a las personas y cosas: amar a Cristo y en Él amar todo lo demás. 

"Quedarse sin nadie" no es renunciar a las cosas buenas que hay en este mundo, pues es un contrasentido humano que Dios haya creado los bienes de este mundo para los hombres, y luego les exija privarse de ellos. 

No hay que olvidar que las cosas han sido creadas por Dios no como fin del hombre, sino como medios para que con ellas ame, sirva a Dios en la Tierra y consiga la salvación eterna. No es nada fácil esta tarea, pues estando el hombre inclinado instintivamente a los bienes humanos, se siente atraído por ellos, como las cosas son atraídas por la ley natural de la gravedad de la Tierra. 

Los bienes de esta vida, bien utilizados en justicia y caridad, son un símbolo o un anticipo de los bienes del Cielo, y, en cierto sentido, son el cielo de la tierra. Sin embargo, su utilización tiene que estar debidamente jerarquizada, de manera que lo eterno esté por encima de lo temporal, lo espiritual por encima de lo material y lo humano por encima de lo terreno. 

Es un signo carismático de perfección evangélica privarse de algunos bienes materiales, no necesarios de modo absoluto, por buscar por la vía de mortificación otros sobrenaturales y eternos. 

Seguir a Jesucristo, en definitiva, es poner el corazón en Dios, y no en los hombres, obedecer la ley divina, la ley de la Iglesia, Maestra de la vida, cumplir las obligaciones propias del estado, aceptar los acontecimientos de la vida, queridos o permitidos por Dios, observar en obediencia las constituciones del propio Instituto, luchar contra el pecado superando las pasiones desordenadas y trabajar por la santificación personal y la del mundo. 

Este programa de perfección evangélica ofrece muchas dificultades, grandes luchas, continuas contrariedades, sufrimientos diversos, a veces sangrientos, sobre todo cuando se presenta el dolor y aparece la cruz de la incomprensión, soledad, traición, abandono y desprecio. Entonces, también seguimos a Jesús, aunque sea a regañadientes, a la fuerza, y gustosamente, aunque con lágrimas. Pero todo se supera con alegría y esperanza.