sábado, 24 de agosto de 2024

Vigésimo primer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B


Las propiedades esenciales del vínculo del matrimonio son Unidad e Indisolubilidad.

La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio fueron preparadas por los profetas en el  Antiguo Testamento aunque no siempre fueron observadas por los patriarcas y reyes. Hasta la plenitud de los tiempos con la venida de Jesucristo, el antiguo Pueblo de Dios se conducía por los instintos desordenados de la carne, según la razón, que lentamente iba siendo iluminada por la revelación de la Palabra divina durante siglos respecto del destino del matrimonio, según los planes de Dios. Y como es lógico y comprensible los hombres cometían atropellos morales de todo género y desórdenes carnales en los matrimonios y parejas durante siglos, incluso después de la promulgación del Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. Por fin cuando Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, vino al mundo para ser la Revelación de la Santísima Trinidad, en su vida pública completó la revelación anunciada en el antiguo Testamento y predicó la unidad e indisolubilidad en la unión matrimonial del hombre y la mujer, y estableció que “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6), cuando realmente el matrimonio es válido. Y declaró la unidad del matrimonio de un hombre con una mujer y su indisolubilidad.

San Pablo mandaba en nombre de Cristo que los maridos deben amar a sus mujeres, como Cristo amó a su Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” (Ef 5, 25-26), porque el matrimonio expresa el amor y la unión entre Cristo y la Iglesia. Por consiguiente, los esposos se deben ayudar mutuamente a santificarse en la vida conyugal, en la procreación y educación de los hijos,  fines principales del sacramento, y en la mutua fidelidad tanto en lo próspero como en lo adverso porque el sacramento del matrimonio es una Iglesia doméstica. 

El fundamento del matrimonio es el amor verdadero auténtico, reciproco del uno al otro, porque el amor de uno sin correspondencia del otro es más dolor que gozo. En el matrimonio tiene que existir  una mutua correspondencia de amor en los esposos. Tiene que ser personal, amor a la persona, tal como es en sí misma con sus cualidades y defectos, y no como gustaría que fuera el otro. Supone aceptación y comprensión. El esposo tiene que aceptar y comprender que se casa con su esposa, una mujer, igual que el hombre, como persona, pero distinta en los caracteres femeninos, común a todas las mujeres, pero única en su especie con su propia personalidad física, psicológica y espiritual. Y de la misma manera la mujer  tiene que comprender que su esposo es un hombre, como todos los demás, pero único en particular.

Aunque es muy aconsejable que para la felicidad matrimonial, ambos tengan iguales o parecidos ideales, no es absolutamente necesario, pues el verdadero amor humano no tiene barreras, sobrepasa todos los ideales. Por eso es compatible  en el matrimonio que uno sea católico y otro no, tenga ideales distintos, políticos, religiosos y culturales, y que uno sea de una nación y el otro de otra, pues el amor comprende las distintas maneras de ser, pensar y obrar y todos los defectos accidentales. 

Podríamos comparar el amor en el matrimonio con el fundamento del edificio. Lo que es el fundamento al edificio es el amor al matrimonio: principio de unidad y consistencia. No es lo mismo construir un edificio de una sola planta  que requiere cimientos básicos que otro  de muchos pisos, que requiere profundidad de fundamento para garantizar la consistencia y unidad del edificio.

El matrimonio no es un estado de la felicidad, sino un medio para conseguirla, como tampoco el sacerdocio ni la vida consagrada son estados de felicidad en sí mismos, sino medios para conseguirla con vocación y sacrificios.

Se puede ser feliz en la soltería, en el matrimonio, en la viudez, en la vida consagrada, en el sacerdocio, si el estado se elige y se acepta en el fundamento del amor; y también desgraciado si se vive sin amor.

Teniendo en cuenta estos principios de psicología experimental, el esposo y la esposa se deben amar aceptándose mutuamente con comprensión y amándose con total entrega, sacrificio y perdón. Los esposos deben comprenderse mutuamente, aceptarse como son, perdonarse en los fallos y demostrar el amor en las alegrías y en las penas, pues los gozos y sufrimientos  fortalecen el amor mutuo. Ninguno de ellos es el superior del otro ni de los hijos, sino los dos son servidores de la familia en el amor

sábado, 17 de agosto de 2024

Vigésimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 


¡Qué bueno es el Señor!

En el salmo responsorial de la Liturgia de la Palabra de este domingo el pueblo ha proclamado una frase metafísica mente cierta y doctrinalmente dogmática: ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor! Esta verdad indiscutible para la fe, la razón humana no la entiende, porque siendo Dios Bondad eterna e infinita quiere y permite muchos males que existen en el mundo. Aprovecho esta homilía  para explicar la bondad de Dios  en todos los acontecimientos.

Dios es Amor, Bondad infinita, y no puede obrar de otra manera que  haciendo el bien. Todas las cosas que existen y provienen de Dios directamente son buenas, porque han sido creadas por Él con sabiduría infinitamente poderosa y bondadosa. 

Reflexionemos. El Universo con infinitos seres diversos en perfección, conocidos y por conocer, son signos de la Bondad de Dios. La Tierra, con tantos seres creados en relación íntima unos con otros  formando un conjunto de maravillas incomprensibles e inimaginables en su ser y funcionamiento, es un regalo de Dios al hombre  para que viviera en ella y la cultivara en estado de justicia original; y al fin de un tiempo, si superara una prueba que se desconoce,  y no  superó, fuera trasformado en cuerpo  glorioso para el  Cielo. La Tierra después del pecado original fue el escenario de la Redención, donde Jesucristo, Dios, se hizo hombre, vivió, enseñó el camino del Cielo murió y resucitó. Al fin del mundo,  la Tierra será transformada en los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra para ser eternidad y gozo de la Santísima Trinidad, en unión de toda la Corte celestial.  ¡Qué misterio de Amor! 

Dentro de esta inconmensurable variedad de bienes, signo inequívoco de la sabiduría, poder y bondad  de Dios para el hombre,  también existen males en el mundo. ¿Por qué? Hagamos algunas reflexiones.

¿Por qué existe el mal en el mundo?

¿Cómo se concilia el mal humano que Dios quiere o permite con la bondad infinita y eterna de Dios? 

El bien y el mal son conceptos absolutos que hay que evaluar desde la fe,  y no desde la óptica miope del entendimiento humano. El bien absoluto  es aquel que nos conduce a Dios, y el mal absoluto el que nos separa de Él. Por lo que el mal humano que Dios quiere no es un mal absoluto para el hombre sino un mal relativo  de medio para un bien supremo y último, que es la vida eterna con Dios en el Cielo;  y el bien humano que gusta y apetece, si nos aparta de Dios, es un mal que nos conduce a la condenación eterna. En la planificación eterna de la Creación existe una armonía de perfección conjunta en todas las cosas, que están coordinadas y subordinadas jerárquicamente al fin último para el que fueron creadas, que es la gloria de Dios, y al fin próximo que es la salvación de todos los hombres. Y el mal que el hombre quiere es fruto de su libertad, mal usada. 

Existen interrogantes sobre el mal, que no tienen respuesta humana. 

¿Por qué hay tantos enfermos incurables, físicos y psíquicos con dolores inaguantables, sin esperanza, consuelo y sin remedio humano? ¿Por qué Dios quiere positivamente tantas catástrofes naturales: inundaciones, terremotos, huracanes, erupciones volcánicas...? Si vienen directamente de Dios, que es Bueno, sin ninguna intervención humana ¿por qué los quiere? Porque no son males absolutos sino males de medio para fines de bienes supremos y últimos, que sólo Dios conoce. Valga un ejemplo con cierta analogía comparativa. Un padre que ama con locura a su hijo  quiere una difícil, complicada y dolorosa operación para él, porque es un mal relativo de medio para un bien supremo que es la salud.   

¿Por qué sufren y mueren tantos niños inocentes por culpa de las injusticias humanas? ¿Por qué existen tantos odios, injusticias, venganzas, asesinatos, secuestros, guerras?  Si Dios es bueno ¿por qué permite el mal en el mundo? Y si es todopoderoso ¿por qué no remedia tantos males humanos que existen, pudiendo?  ¿Cómo se concilia la bondad infinita de Dios con los males que Dios  permite en el mundo? La respuesta desde la fe es porque Dios creó al hombre libre  con capacidad de hacer el mal, que Dios no lo quiere y lo permite para un bien supremo y universal y último que no se conoce. Estos males humanos queridos por los hombres son relativos para bienes eternos que veremos en el Cielo, y, sobre todo,  al fin del mundo, donde todo se verá con claridad evidente divina.

¿Por qué existe la muerte?

¿Existe la vida eterna? ¿Qué hay  después de la muerte?  Sobre estos angustiosos y grandes interrogantes del hombre, que son evidentes, han pensado los más sabios de todos los tiempos, sin que hayan encontrado respuesta humana que satisfaga. Han discurrido los filósofos racionalistas buscando sus causas y han caído en el ateísmo, escepticismo,  pragmatismo, existencialismo o agnosticismo; los “místicos” de las más diversas culturas religiosas han sostenido  muchas teorías  con  contradicciones y afirmaciones vagas, gratuitas y peregrinas;  el hedonismo se echa en manos de la buena vida, buscando el bien en el placer y huyendo del mal humano, sin cuestionarse problemas que no tienen solución, porque el mundo está mal hecho.

En definitiva, el problema del mal a la luz de la razón ha sido, es y será siempre una incógnita por despejar.    

La fe católica explica la existencia de la muerte de la siguiente manera:

El hombre creado perfecto en santidad y justicia pecó, y por el pecado original vinieron todos los males al mundo. Aquella misteriosa culpa, que tantas desgracias trajo al mundo, motivó la encarnación del Hijo de Dios, su vida, muerte y resurrección, que es un bien infinitamente superior al que Dios regaló al hombre en su creación de santidad y justicia. Así lo dice la liturgia de la vigilia del Sábado Santo en el pregón pascual: "Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!

El Concilio Vaticano II recoge los grandes interrogantes del hombre con estas palabras:

"¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la Sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? Qué hay después de esta vida temporal?" (GS 10).

"El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su Santo Creador...La Iglesia, aleccionada por la revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz, situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida, cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en el estado de salvación perdida por el pecado" (GS 13.18).                

"Cree la Iglesia que Cristo muerto y resucitado por todos da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación, y que no ha sido dado bajo el Cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre" (GS 10). 

El mal que ahora triunfa sobre el bien será aniquilado en el último día, cuando Jesús vuelva al fin del mundo a poner definitivamente todas las cosas en su sitio y a juzgar a los hombres sobre el amor a Dios y al prójimo (Mt 25,31 ss).

En conclusión. Por encima de todos los males que existen en el mundo, los creyentes de fe firme debemos bendecir  a Dios en todo momento, porque todo lo que sucede en este mundo, bueno y malo, en su última finalidad en un bien supremo último y universal. Por consiguiente, bien hemos proclamado   como respuesta a la liturgia de la Palabra: Gustad y ved que bueno es el Señor.    

 

miércoles, 14 de agosto de 2024

Asunción de la Virgen María. Ciclo B

 


La Asunción de María a los cielos es una consecuencia lógica de la Inmaculada Concepción de María, concebida sin pecado, Madre de Dios, Virgen, y Corredentora del género humano. Si Cristo, Dios sin pecado, y Redentor, vivió, padeció, murió y resucitó, María, Madre de Dios, Virgen y Corredentora murió y resucitó. Es un dogma definido por el Papa Pío XII el 1 de Noviembre de 1950 con estas palabras: “La augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación, Inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin como supremo coronamiento de sus privilegios fue preservada de la corrupción del sepulcro, y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo”.

El Catecismo de la Iglesia católica de Juan Pablo II resume el dogma de la  Asunción con las siguientes palabras: “La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (Cat 966). 

¿Murió la Virgen? 

Históricamente no se puede demostrar la muerte de la Virgen María. El Papa en la definición dogmática intencionadamente rehusó pronunciarse en la fórmula dogmática sobre este tema. 

¿María Santísima fue Asunta a los Cielos después de morir o fue trasladada a los Cielos en cuerpo y alma, sin pasar por el trance de la muerte, por medio de una transformación misteriosa de un cuerpo mortal a un cuerpo glorioso? La Tradición cristiana de la Iglesia y la Liturgia afirman desde el siglo III que la Virgen María murió.  Algunos teólogos imaginan  que la causa de la muerte de María pudo ser la enfermedad, cosa que les parece a ellos que no está en contra del dogma. Pero parece más probable que por ser Inmaculada y Corredentora pudo morir con dolor o sin dolor; con dolor de igual manera que Jesús que no murió por enfermedad, sino a consecuencia del dolor extremado que le causó la muerte por asfixia. Si hubiera muerto sin dolor, la muerte de María puede concebirse como una muerte  repentina mediante el paso místico de la muerte a la Vida resucitada en cuerpo y alma. En este caso su cuerpo  murió por la separación del alma, y pocos segundos después  se unió  a su cuerpo incorrupto, resucitó y fue Asunta a los Cielos. Hay una diferencia esencial entre la Ascensión de Jesucristo y la Asunción de María. Jesús subió a los Cielos por su propia virtud porque era Dios, mientras que María tuvo que ser Asunta a los Cielos por un poder divino, que pudo ser  la  agilidad que tienen  los cuerpos gloriosos, por la que pueden moverse adonde quieran, trasladarse a sitios remotísimos y atravesar distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. 

En resumen: Si Cristo para la Redención  vivió como Dios, la Virgen María vivió como Madre de Dios. Si como Redentor murió con dolor, María como Corredentora murió con dolor o sin dolor. Si  resucitó y ascendió a los Cielos en cuerpo glorioso, María resucitó y fue Asunta a los Cielos por el poder divino de la resurrección.

Tampoco se conoce el lugar donde fue enterrado el cuerpo virginal de María, aunque Jerusalén y Éfeso se disputan el honor de ser escenario de este singular y privilegiado acontecimiento. 

sábado, 10 de agosto de 2024

Décimo noveno domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 


Es un dogma de la fe católica, definido en el Concilio de Trento, que Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía bajo las especies de pan y vino (SC 7) “En el Santísimo sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre juntamente con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente” Cristo entero (Trento DS 1651). Es una presencia tan singular que no se puede comparar con ninguna de las presencias que conoce la filosofía ni la teología, porque es una presencia que rebasa todo conocimiento del saber humano y teológico. Es, por tanto, una presencia real, verdadera, sustancial, no imaginaria, metafórica, sino sobrenatural y mística.

Cristo no está presente en la Eucaristía con una presencia humana  de entendimiento,  como cuando una persona se hace presente a otra con el pensamiento; ni con el amor como cuando uno  tiene metido en su corazón a la persona que ama; ni tampoco al estilo de la presencia virtual de imagen y sonido de la pantalla de televisión.

La presencia eucarística supera la presencia evangélica de Cristo  en los que se reúnen en su nombre; transciende la presencia teológica de Cristo en los que oran en privado o en comunidad, o realizan la caridad o misericordia con el prójimo; incluso está por encima de la presencia sacramental de Cristo en cada sacramento en el que está presente con su gracia,  pues en la Eucaristía Cristo está Él mismo como autor de la gracia. No es lo mismo la presencia del sol por medio de la participación de su luz y calor en la Tierra que la presencia del sol y sus propiedades dentro de la Tierra, si esto fuera posible. Todas estas maneras de estar Cristo son presencias de gracia, pero la presencia de Cristo es presencia de Persona resucitada y gloriosa con su cuerpo, alma y divinidad, sin que podamos ni siquiera imaginar el cómo, de la misma manera que tampoco entendemos cómo es la presencia del cuerpo glorioso de Jesús, de la Virgen María y de los santos que resucitaron con Cristo el día de su resurrección en el Cielo.

Cristo no está en el sagrario con los brazos cruzados, pasivo, extático, sino vivo, operante, dinámico,  realizando la salvación de los hombres por medio de la Iglesia y como objeto de adoración y culto, para que los fieles lo adoren; y además está para ser alimento de las almas dentro de la santa Misa o fuera de ella.

En consecuencia, si Cristo está presente en la Eucaristía, el mismo que nació en Belén, predicó el Evangelio en Palestina, murió en la cruz y resucitó por nosotros  en Jerusalén, acudamos a Él para adorarle, darle culto, acompañarle, alimentar nuestra fe y la gracia y pedirle la salvación y la paz para el mundo.

 

sábado, 3 de agosto de 2024

Décimo octavo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 


Después de la primera multiplicación de los panes y los peces, la gente buscaba “los milagros de Jesús” más que al “Jesús de los milagros”; y le seguía para  proclamarle rey, pensando que Jesús era el Mesías, el profeta que había de venir al mundo (Jn 6,14). Entonces Él, huyendo de la quema, como se dice vulgarmente, se retiró al monte a orar, obligando a sus discípulos a embarcar rumbo a Betsaida, cerca de Cafarnaúm.  Entonces tuvo lugar el acontecimiento de la  tempestad marítima” (Mt 14,22-33).

Luego todos los discípulos con Jesús hicieron la travesía del lago y desembarcaron en la parte occidental en tierra de Genesaret. Al reconocerle los habitantes de aquel lugar, propagaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron muchos enfermos. Y estando en su presencia le suplicaban que les dejara tocar tan sólo la orla de su manto; y aquellos que lograron tocarle quedaron sanos (Mt 14,34-36).

Al día siguiente,  al enterarse la gente de que andaba por allí Jesús, en sus barcas se dirigió al sitio donde Él había realizado el milagro, porque era el lugar donde todo el mundo sabía que solía reunirse frecuentemente con sus discípulos (Jn 6,22-24). Y comprobando que allí no estaba, todos se dirigieron a la sinagoga, donde se encontraba predicando. Alguno del pueblo, rompiendo el respeto humano del qué dirán, se acercó a Él y le dijo:

- “Maestro, ¿cuándo has venido?"

Jesús les contestó:

- “No me buscáis porque hayáis percibido señales, sino porque habéis comido pan hasta saciaros” (Jn 6, 26). 

La razón de aquella multitud  en la búsqueda de Jesús no era la fe en el Mesías, sino el interés humano del pan con el que habían sido saciados milagrosamente el día anterior. Después, aprovechando esta ocasión del alimento del pan, pronunció el discurso sobre la promesa eucarística: “No trabajéis por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando una vida sin término” (Jn 6,27).

Los oyentes, pensando que les anunciaba un manjar extraordinario, pidieron a Jesús ese alimento que les prometía:

- “Señor, danos siempre pan de ése” (Jn 6,34).

Jesús les respondió:

- “Yo soy el pan de la vida. El que se acerca a mí no pasará hambre y el que tiene fe en mí no tendrá nunca sed” (Jn 6,35). 

La fe en Jesús, enviado por el Padre, les dijo, era necesaria para comprender el misterio que les anunciaba, que tenía relación con la vida eterna y la resurrección en el último día (Jn 6,35-40).

Los judíos quedaron perplejos ante estas palabras tan extrañas, que sólo entendieron en sentido figurado. Y, desconcertados, “protestaban contra él porque había dicho que él era el pan del cielo, y comentaban:

- "Pero ¿no es éste Jesús, el hijo de José? Si nosotros conocemos a su padre y a su madre, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?" (Jn 6,41-42). 

Jesús, como respuesta a esta pública murmuración, volvió a insistir en la misma idea, repitiendo una y otra vez que Él era el pan bajado del Cielo, su propia carne, vida del mundo.

Los oyentes interpretaron estas palabras en sentido místico, porque no podían comprender cómo tenían que comer carne humana, como si fueran antropófagos salvajes. Y, totalmente desconcertados, murmuraban entre sí diciendo:

- “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6,52)

Entonces Jesús les dijo:

- “Pues sí, os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre de este Hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él” (Jn 6,53-56).         

Las palabras no pudieron ser más claras y tajantes: Jesús era el pan de vida eterna, bajado del Cielo, distinto y mejor que el maná con que el Padre alimentó a su Pueblo en el desierto. El pan en concreto será su cuerpo, verdadera comida,  y su sangre, verdadera bebida.

Ante semejantes reiteraciones de la misma idea "muchos discípulos dijeron al oírlo:

- "Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?" (Jn 6,60). 

Y, como efecto del discurso de la promesa eucarística, "desde entonces muchos discípulos se volvieron atrás y no volvieron más con él" (Jn 6,66).

Entonces, observando Jesús que muchos de sus oyentes salieron indignados de la Sinagoga, con el corazón partido de dolor y los ojos arrasados en lágrimas, preguntó a los doce: 

- "¿También vosotros queréis marcharos?

Simón Pedro le contestó:

- Señor, y ¿a quién vamos a acudir? En tus palabras hay vida eterna, y nosotros ya creemos y sabemos que tú eres el Consagrado por Dios" (Jn 6,68). 

Según el dogma de la Iglesia católica, definido por el Concilio de Trento, Jesús está presente en la Eucaristía, real, no metafóricamente, verdaderamente, no en figura, y sustancialmente como una realidad transcendente. Por medio de la consagración del pan y del vino que el sacerdote hace en la santa misa, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo, sangre, alma y divinidad, bajo las especies de pan y vino. Y el Cuerpo de Jesucristo es verdadera comida y la sangre verdadera bebida. ¿Cómo? Nadie lo entiende ni lo puede explicar, pero es una realidad suprema, verdadera, auténtica que trasciende el comer y beber humano, y solamente podremos ver en el Cielo.

 

sábado, 27 de julio de 2024

Décimo séptimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 




La segunda lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando hoy , original del Espíritu Santo y escrita por el Apóstol San Pablo a los Efesios es una programación espiritual que exige la vocación cristiana a la que por el bautismo hemos sido llamados. Así nos los dice textualmente la Palabra de Dios: “Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados: Sed siempre humildes, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la Paz”.

Para vivir la fe cristiana, por consiguiente, se necesitan prácticamente cuatro virtudes morales, que son claves de la convivencia humana y cristiana: la humildad, la comprensión, la paciencia caritativa y la unidad con el vínculo de la paz. Y la razón suprema de estas virtudes esenciales es porque  todos formamos un solo cuerpo vivificados por un mismo Espíritu, tenemos una misma meta en la esperanza, un solo Señor, una fe, un bautismo y un Dios Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

Como es evidente, no es posible desarrollar tantas virtudes con tanto fundamento teológico en una breve homilía, porque hay tema para unos ejercicios espirituales o ciclo de conferencias evangélicas. Por eso, dejando sin tratar la comprensión, la paciencia y la unidad como vínculo de la paz, voy a fijar mi atención en la virtud de la humildad, como tema de esta homilía: la humildad. 

¿Qué es la humildad?

La humildad es la base de la santidad, el fundamento sobre el que se edifican las demás virtudes, la piedra angular de la vida cristiana, el cimiento de la santidad. De la misma manera que no se puede edificar en firme, si no hay cimentación, así tampoco se puede edificar la santidad, si no hay humildad. Lo que es el fundamento a la edificación es la humildad a la santidad. Si queremos un edificio de rascacielos es necesario una profunda y consistente cimentación de subsuelo. Si queremos un santo de planta baja, con poca cimentación basta. Así pasa con la santidad. Si queremos un santo de un solo piso, con la humildad común es suficiente, pero si queremos un santo de altura, de rascacielos, es necesario una humildad de profundidad consistente. El Evangelio nos dice que el que edifica sobre roca, el edificio se perpetúa; en cambio, el que edifica sobre arena, el edificio se desmorona, porque las aguas socavan el edificio y se hunde. De la misma manera, el que intenta edificar una santidad sin humildad es como quien quiere edificar la santidad sobre la arena movediza de actos piadosos; en cambio el que edifica sobre la roca de la humildad, se santifica. San Agustín decía: El que quiera ser santo que sea humilde, el que quiera ser más santo sea más humilde y el que quiera ser muy santo que sea muy humilde.

De entre las distintas definiciones que los teólogos y santos nos han facilitado sobre la humildad, a mí la que más me gusta y me parece la más práctica y acertada con profundo sentido de sencillez teológica es la que nos ha dejado la doctora mística de Avila, Santa Teresa de Jesús: “La humildad es andar en la verdad”.

Andar en la verdad implica primero reconocer la realidad de lo que uno es y luego consecuentemente proceder conforme  a esa realidad. ¿Qué es el hombre? En cuanto a su propio origen, un ser que ha recibido de Dios todo lo que es: creación de la materia o barro en cuanto al cuerpo y creación de la nada en cuanto al alma; un hombre creado por Dios a su imagen y semejanza y, en cristiano, un hijo de Dios elevado al orden sobrenatural de la gracia, que participa de la misma naturaleza divina; y en cuanto a su realidad histórica pecado y obra meritoria personal de naturaleza o gracia. El hombre, ser moralmente responsable, por ser libre, merece premio o castigo por la obras que hace. Y, por tanto, en cuanto a su proceder es por su propia parte propia pecado y obra buena por la gracia de Dios. Todo lo bueno que es lo ha recibido en la naturaleza o en la gracia. Consecuentemente su ser es de Dios y su buen obrar de la gracia divina, de modo sobrenatural o de modo natural. El hombre con sus fuerzas naturales puede realizar obras, humanamente buenas, pero con el concurso de la gracia de la naturaleza; y obras sobrenaturales, que merecen cielo, con la fuerza de la gracia divina  y su esfuerzo humano.

Por consiguiente, si el hombre todo lo bueno que es, lo ha recibido, o es personal,  con la gracia de Dios, natural o sobrenatural, de nada puede presumir sino de su debilidad y de su pecado. Al reconocer su propia realidad, si es un ser inteligente debe andar en verdad, conforme a lo que es. Por eso decía San Pablo: Yo solamente presumo de mis debilidades. El hombre, cuando en la oración se ve delante de Dios, se siente avergonzado de su proceder y no se atreve a compararse con nadie, porque reconoce la infinita y eterna realidad del Ser de Dios en relación con su ser creado y limitado; y al comprobar la suma y eterna perfección de Dios, contrastada con su miseria y pecado,  se humilla, y no se atreve a compararse con los hombres. No hay cosa que más contradiga  la verdad que creerse uno lo que no es, y compararse con los demás. Así nos lo enseña Jesús en la pedagógica parábola del publicano y el fariseo.

El fariseo, hombre piadoso en sus costumbres y soberbio en su corazón, fue condenado porque  en la oración se veía mejor que los demás hombres, que eran injustos, ladrones y adúlteros; y, por supuesto, se creí delante de Dios mejor que el pecador que escondido entre la gente y en el último lugar del templo, con los ojos bajos se golpeaba el pecho diciendo: Señor, ten piedad de mí, que soy un pobre pecador. Éste, el publicano, salió del templo justificado y el fariseo, en cambio, condenado, porque el que se humilla será ensalzado y el que se justifica condenado.

Por último, secundando el precepto de San Pablo: Sed humildes, estudiemos en la oración la realidad de nuestro ser, la debilidad o la malicia de nuestro obrar, agradezcamos a Dios los dones que de Él hemos recibido, pidamos perdón al Padre de las misericordias por nuestros pecados y miserias, seamos comprensivos con todos los hombres, y jamás nos comparemos con nadie, pues somos estructuralmente la nada con el pecado, y por la gracia de Dios somos virtuosamente lo que somos.

 

sábado, 20 de julio de 2024

Décimo sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 


En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, domingo décimo sexto del tiempo ordinario, el Apóstol San Pablo escribiendo a los Efesios nos dice que Cristo es nuestra paz. ¿Qué quiere decir esta frase? ¿En qué sentido Cristo es nuestra paz? Es solamente la paz de los cristianos, de los que tenemos fe, de los que vivimos los compromisos del bautismo consecuentemente. Para responder a estas preguntas conviene recordar, aunque no sea nada más que a grandes rasgos, las creencias del pueblo judío.

Desde hacía siglos el pueblo de Israel creía que Dios había revelado a los patriarcas y profetas la venida de un Mesías que los iba a salvar de las distintas esclavitudes que padeció por culpa de los pueblos extraños, que lo tenían esclavizado constantemente con guerras y tremendas injusticias en su propio país y en otros países. Así aparece en la Biblia, historia de Israel. Pensemos, por ejemplo, en la esclavitud inhumana que padeció en Egipto, de la que fue liberado prodigiosamente por Moisés de la tiranía de los faraones: la salida de Egipto, el paso por el mar rojo, la travesía del desierto, la alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí con la entrega de las tablas de la Ley o decálogo y, por fin, la toma de posesión de Palestina, tierra fecunda en frutos, en la que abundaría leche y miel, expresión que significaba la riqueza en que viviría el pueblo de Israel  En el Antiguo Testamento se profetizaba un Mesías, profeta religioso, sociopolítico y rey que establecería un reino de paz y justicia.

En tiempos inmediatos a la venida de Jesús, los judíos crecieron en la firme creencia de que el Mesías vendría a redimir a su pueblo de la esclavitud humana, sociológica y política que padecía bajo la tiranía de Roma. Las agobiantes y opresoras circunstancias en que vivía el pueblo judío hacían concebir esta idea de redención puramente humana.

Sin embargo, la redención anunciada en el Antiguo Testamento globalmente era universal y total, radicada principalmente en la liberación del pecado y de todos los males de este mundo, por medio del Mesías, concebido y profetizado por Isaías “despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores, soportaba nuestros dolores, azotado, herido de Dios y humillado. Yahveh descargó sobre él  la culpa de los hombres. Se puso su sepultura entre los malvados, como indefenso se entregó a la muerte" (Isaías c. 53).

Estas profecías sobre el pueblo de Dios fueron interpretadas por los rabinos o maestros de la ley, que entonces había muchos y de distintas escuelas, en muchos sentidos y con apreciaciones religiosas y sociopolíticas en distintas épocas. San Pablo en la carta a los Efesios nos dice que “a él le fue revelado el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,6). Pero nunca el misterio de la salvación universal fue conocido con la precisión teológica de hoy, después de la evolución del dogma y del conocimiento de la fe de veinte siglos.

Los judíos estaban convencidos de que Israel era el único pueblo de la Tierra amado y bendecido por Dios, al que había prometido la venida del Mesías, redentor o liberador de la esclavitud de su pueblo. Los demás pueblos eran gentiles, es decir, extraños a la promesa divina y enemigos de Israel. Por consiguiente había dos pueblos: el pueblo judío y pueblo gentil, separados por un muro: el odio. Jesús fue la paz que por su sangre y la cruz ha hecho de los dos  un solo pueblo, que es la Iglesia universal, a la que pertenecen todos los hombres, de una o de otra manera, y todos los pueblos de la Tierra. 

Esta enseñanza del Apóstol San Pablo nos tiene que hacer reflexionar que Cristo es la paz para todos los pueblos y todos los hombres, de una o de otra manera:

· para los cristianos practicantes que cumplimos los mandamientos y vivimos más o menos la fe de la Iglesia con nuestros compromisos personales, familiares y sociales, vividos de muchas formas diferentes;

· para los cristianos pecadores que viven atrapados por los vicios, esclavos del pecado en sus múltiples formas;

· para los cristianos alejados de la Iglesia que no son consecuentes con su fe y, sin negar a Dios, viven materializados y contemporizando con el mundo en ideas, modas y costumbres;

· para los creyentes pertenecientes a distintas iglesias, no cristianas, que inculpablemente por muchas razones históricas y culturales no conocen a Cristo;

· para los no creyentes, agnósticos y ateos para quienes Dios no existe o viven como si no existiera, de espaldas a la ley moral católica, zarandeados por las pasiones y obsesionados por el triple poder de la autoridad, del dinero y de la sexualidad;

· para los que no conocen a Dios o lo confunden con ídolos, que viven  a expensas de las injusticias humanas, familiares y sociales, víctimas del poder, y engañados por sus propias convicciones y a capricho de sus instintos bajos y pasiones. 

Para un cristiano, consecuente con su fe, Cristo debe ser la paz para todos los hombres, de cualquier país, color, religión, cultura e ideología, que pertenecen a un solo pueblo, de diversas maneras, que sólo pueden ser evaluadas por la sabiduría increada de Dios, Padre de todos los hombres, infinitamente misericordioso.

Trabajemos con todas las fuerzas de nuestra alma en la oración y en la acción para que la Iglesia se extienda por todo el mundo, conforme al mandato de Jesús: “Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizadlos para consagrárselos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enseñadles a guardar todo los que os he mandado; mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Pero tengamos la comprensión humana y cristiana para con todos los hombres, que son hijos de Dios, como nosotros, a quienes ama como a nosotros, y a quienes también ha redimido Jesucristo con su sangre divina, como a nosotros, que pertenecen a la Iglesia, único pueblo de Dios, como nosotros, aunque de manera distinta, sacramento universal de salvación, como nos enseña el Concilio Vaticano II.