sábado, 26 de abril de 2025

Segundo domingo de Pascua. Ciclo C

 


Los discípulos del Señor, que compartieron con Él su vida, escucharon directamente la predicación del Evangelio, y presenciaron milagros espectaculares, eran hombres como nosotros, con cualidades y defectos, virtudes y pecados; hombres débiles, ignorantes, con sus propias pasiones y temperamentos, y condicionados por la cultura de su tiempo y por las influencias propias del  ambiente social y  las circunstancias propias de la vida. Fueron poco a poco transformándose en santos con la gracia de Dios, no milagrosamente ni de repente, sino con la lentitud del tiempo y las limitaciones propias de la naturaleza humana. La gracia de Dios actúa siempre de modo sobrenatural, pero al estilo humano, de manera que siendo todo obra de Dios, el desarrollo de la gracia en los acontecimientos humanos, parecía simplemente natural. 

Los santos no nacen, se hacen. Tienen que pasar por muchas fases y desarrollar su personalidad en el contraste con muchas pruebas y dificultades de la vida, en las que unas veces vencen y triunfan, y otras sucumben. En la lucha se curten, aprenden la humildad del triunfo y del fracaso, valoran la necesidad de la oración y la necesidad de la gracia para todo. Antes de la Resurrección eran buenas personas, sobre todo, pero con defectos de ambición, soberbia, genio, autosuficiencia, apegados a las personas y cosas, prontos a la ira, coléricos, tardos de ingenio, torpes para entender los misterios de Dios y con los defectos comunes, comprensibles, que corresponden a la naturaleza caída. Y en el momento de la pasión cobardes y miedosos, pues en el huerto de los Olivos todos abandonaron al Maestro, no porque no lo querían, sino por miedo a ser apresados como Él y a perder  la vida. Eran humanos, como todos nosotros, pero tenían el propósito de seguir a Jesús, aunque las flaquezas y el miedo les hacían ser débiles, pecadores con arrepentimiento y buenos propósitos, que les hacían caminar en la virtud con paso lento y esperanzado.

En el Evangelio de hoy vemos a los discípulos reunidos en el Cenáculo con las puertas bien cerradas, echados todos los cerrojos, por miedo a los judíos. Seguramente que no tenían otro tema que el que les preocupaba intensamente en el momento: la Pasión y Muerte de Jesús. En esto, Jesús resucitado, con su cuerpo glorioso, que no encuentra obstáculos para traspasar los muros, se presentó en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros. Y para identificarse les enseñó las llagas de las manos y del costado como garantía de que era Él, y no un fantasma. Sus discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Y en medio de ese gozo indescriptible, les encomendó la misma misión en la Tierra que le había encomendado a Él el Padre. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les comunicó el Espíritu Santo:     

 

 

 

sábado, 19 de abril de 2025

Domingo de Resurrección. Pascua. Ciclo C

 


Según se desprende de la primera lectura de los hechos de los apóstoles el tema central de la liturgia de hoy es la Resurrección de Jesús, que es el fundamento de nuestra fe, el motivo de nuestra esperanza y la esencia misma de la vida cristiana. Porque si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra esperanza y nuestra fe, nos dice el Apóstol San Pablo. Pero precisamente, porque Cristo ha resucitado, nuestra fuerza es suprema y nuestra motivación sublime.

La Resurrección de Cristo es el tema principal que siempre ha predicado la Iglesia y tendrá que predicar hasta el fin de los siglos, porque es la primicia de nuestra resurrección futura en cuerpo glorioso, para gozar eternamente de la gloria de la Santísima Trinidad, por la que ahora luchamos desde la fe en la esperanza. Por tanto, vivamos ahora en el tiempo con Cristo resucitado los bienes de arriba, y no  los de la tierra que nos esclavizan y llevan al pecado.

El cristiano que  ha resucitado a la vida de la gracia, debe hacer que los bienes terrenales, sean bienes celestiales; debe caminar como peregrino por el desierto de la vida con los ojos puestos en Dios y con el corazón desapegado de todas las cosas; y utilizarlas para nos lleven a vivir en plenitud la resurrección de la vida de la gracia.

Es cierto que tenemos fe, como lo indica el hecho de que hoy hayamos venido todos a celebrar la Resurrección del Señor, pero tal vez nuestra fe esté salpicada de incertidumbres, de dudas por las duras pruebas de esta vida, como sucedió a María Magdalena, que había escuchado muchas veces de labios de Jesús que iba a ser entregado a los judíos y resucitar de entre los muertos, al tercer día. Y, sin embargo, cuando llegó al sepulcro y lo encuentra vacío, en lugar de cimentar su fe en la palabra del Señor, lo primero que se le ocurrió pensar es que habían robado el cuerpo de Jesús. Su amor a Jesús era indiscutible, pero su fe, humana, defectuosa, comprensible, puesto que todavía no había recibido la fortaleza del Espíritu Santo par creer sin titubeos.

Lo mismo sucedió a los Apóstoles Pedro y Pablo, discípulos preferidos de Jesús, que a pesar del amor que profesaban a su Maestro, necesitaban del Pentecostés del Espíritu Santo para que se fortaleciera su fe como una roca.

Así también nos pasa a nosotros, que tenemos fe, pero en el roce diario de nuestra vida y con el choque de los múltiples problemas que surgen en nuestro camino, dudamos y nuestra fe flaquea. Necesitamos el don de la fortaleza del Espíritu Santo para creer, para luchar, para superar todo tipo de pruebas y vencer todos los obstáculos. Debemos vivir en estado de fe la gracia de Dios, utilizando los bienes tierra como medio para vivir después eternamente los bienes del Cielo.

sábado, 12 de abril de 2025

Semana Santa. Ciclo C

 


Planificación de la Redención

Dios, en las tres Personas Divinas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, decretó desde la eternidad, en común consenso, que el Hijo realizara la Redención. Cuando llegara la plenitud de los tiempos, por obra del Espíritu Santo, no de hombre, el Hijo de Dios encarnaría en las entrañas purísimas de una mujer, única, María, Inmaculada para que fuera Madre de Dios y Corredentora del género humano. Y así sucedió en el tiempo. La Redención empezó el momento de la concepción. Después continuó con el nacimiento de Jesús nacido virginalmente de Santa María, asumiendo de ella la naturaleza humana, sin dejar de ser Dios. Por ser Persona Divina con todos los actos, humanamente divinizados, de su vida oculta, pública, de pasión muerte y resurrección realizó personalmente la Redención hasta el día de la Ascensión a los Cielos. Ahora Cristo, resucitado y glorioso, por medio de la Iglesia está terminando en sus miembros lo que faltó a la redención de Cristo hasta el fin de los tiempos. Cuando este mundo se acabe, la Iglesia terrestre se convertirá en Iglesia celeste de los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra, el fruto de la Redención: la visión y gozo de Dios en felicidad eterna de Amor.

En Semana Santa celebramos litúrgicamente los últimos acontecimientos de Jesús en la tierra sobre los que voy a hacer unas breves reflexiones de cada uno de ellos: Domingo de Ramos, Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo.

Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos Jesús entró en Jerusalén triunfalmente pisando el camino que los buenos judíos habían alfombrado con mantos y ramas cortadas de los árboles gritando: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Porque de buena fe estaban equivocados, convencidos de que Jesús era el Mesías, que iba a librar a su pueblo, Israel, de la esclavitud de Roma, y por eso lo vitoreaban con gritos y aplausos de alegría. Había también otros judíos indiferentes que contemplaban el acto por simple curiosidad; y no faltaron los judíos malos que vieron el espectáculo con intenciones diabólicas de matar a Jesús. Esos fueron aquellos que el Viernes Santo pidieron a Pilato la libertad para Barrabás, notable preso, salteador de caminos, y para Jesús de Nazaret la crucifixión, como nos dice el Evangelio: ¿A quién de los dos queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías? El populacho a gritos contestó: a Barrabás. ¿Y qué haré con Jesús, el rey de los judíos? Ellos gritaron: Crucifícalo.

En este mundo, los hombres buenos y malos convivimos mezclados de distinta manera. Con todos tenemos que tratarnos como mínimo con educación y respeto, como hermanos que somos e hijos de un mismo Padre, incluso con los enemigos.

Jueves Santo

El Jueves Santo es el gran día en que Jesús instituyó el sacerdocio y la Eucaristía, sacrificio que se ofrece al Padre por los pecados del mundo, sacramento en el que se convierte el pan y el vino en el cuerpo y la Sangre de Cristo, alimento del alma para la vida eterna, eje alrededor del cual gira toda la vida cristiana y apostólica de la Iglesia. La Eucaristía es la misma presencia de Jesús glorioso del Cielo, hecho sacramento. Y también celebramos el precepto del Amor mutuo de unos a otros en distinta calidad como, se dice en la liturgia de la Santa Misa.

Viernes santo

Con su pasión horripilante, Cristo nos enseñó que el dolor redime, santifica, y apostoliza en el Cuerpo Místico de Cristo. El dolor, efecto del pecado original, mal humano, es gracia necesaria para la salvación, como enseña la Sagrada Escritura.

El hombre en su peregrinación por la tierra hacia la meta de la vida eterna tiene que llevar la cruz a cuestas hasta la muerte, como Jesús en siete expresiones distintas: personal, familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial.

El cristiano ante la cruz que es desgracia humana, pero gracia divina para la Redención, no debe adoptar una postura de pasividad, dejando el dolor en manos de nadie. Es necesario y obligatorio que busque las soluciones que estén en su mano, y no esperar a que las cosas se arreglen por sí solas o venga la solución de Dios por un milagro. La rebeldía es actitud negativa, atea, pagana, racionalista, inútil, y con ella se aumenta el dolor sin solución de fe ni esperanza. La mejor solución humana y cristiana es aceptar el dolor con paciencia y resignación cristiana y poner todos los remedios posibles para combatirla o suprimirla, si es posible. La Palabra de Dios nos dice que “Dios no prueba por encima de nuestras fuerzas”.

Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer, de nuestra debilidad, impotencia, capacidad limitada, y comprendemos a los que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre, nos unimos a Cristo sufriente, Redentor y a los sufridores de todos los hombres para corredimir los pecados del mundo, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo y nos ahorrarnos penas del Purgatorio.

Sábado Santo

Jesucristo con su muerte en la cruz consumó su vida redentora en la tierra, como pórtico de la Resurrección. La muerte con Cristo no es terminar de vivir, sino cambiar la vida temporal por la vida eterna de felicidad y gozo. La resurrección de Cristo es modelo y garantía de la resurrección de todos los muertos al final de todos los tiempos, Porque Cristo nació, siendo Dios, el nacimiento humano tiene sentido, porque Cristo vivió la vida se hace divina, porque Cristo murió, la muerte tiene precio de gloria, porque Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos con Él, porque en la vida y en la muerte somos del Señor y para el Señor (Rm 14,8).

 

sábado, 5 de abril de 2025

Quinto domingo de Cuaresma. ciclo C

 


Vamos a comentar en la homilía de hoy el evangelio de la mujer adúltera que todos conocemos. Haremos de este pasaje como un comentario espiritual de texto en el que podemos distinguir cuatro elementos que espero  nos aprovechen para nuestro alimento espiritual de la Palabra de Dios: letrados y fariseos, ley de Moisés, adúltera, y Jesús. 

Los letrados en tiempo de Jesús eran expertos y versados en la Sagrada Escritura, Maestros de la Ley, que conocían a la perfección la teología bíblica y la Moral de los judíos basada en la Palabra de Dios y en las tradiciones de los judíos. En nuestros tiempos vendrían a ser como los doctores en teología dogmática y moral.

Los fariseos eran los judíos consagrados al servicio de Dios que cifraban la santidad en el cumplimiento minucioso y exacto de la ley y de las normas establecidas en la moral judía, los hombres perfectos. En nuestros días podrían  equipararse a los hombres piadosos, cristianos de comunión diaria, católicos comprometidos con la Iglesia. El concepto de fariseo se entiende hoy en sentido de falso, hipócrita, porque muchos de ellos cumplían la ley y no obraban en consecuencia con ella, predicaban, pero no hacían lo que decían.           

La ley de Moisés mandaba en el libro del Levítico y del Deuteronomio apedrear a los adúlteros: “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera” (Lev 20,10;Deut 22,22-24). 

La mujer adúltera 

El Evangelio nos dice que una mujer fue sorprendida en adulterio y  presentada ante Jesús, para que, como Maestro en Israel, opinara sobre este caso. Los letrados y fariseos querían poner a prueba la sabiduría y santidad de Jesús con esta pregunta: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?”. La pregunta era capciosa, un auténtico dilema que tenía respuesta comprometida.  Si mandaba cumplir la ley de Moisés, le acusarían de falso profeta  que predicaba la misericordia de Dios infinita, y, en cambio,   condenaba a una pobre pecadora sorprendida en adulterio. Si perdonaba a la adúltera, le hubieran culpado de Maestro falso, pues no cumplía la ley de Moisés, que era tanto como decir la ley de Dios. Cualquiera de las dos respuestas no  tenía escapatoria. Es curioso constatar que en el adulterio, que es cosa de dos, solamente fue sorprendida la mujer adúltera. ¿Qué pasó con el adúltero? ¿Se escapó? ¿Le dejaron escapar?  ¡Qué extraño!           

Estudiemos ahora el comportamiento de Jesús.           

Ante esta pregunta maliciosa y con malas intenciones que los letrados y fariseos hicieron a Jesús, se inclinó y empezó a escribir en el suelo, como dando a entender con esta actitud que se desentendía del tema.

Como insistían en el argumento una y otra vez, Jesús se incorporó y les dijo: 

El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Con esta actitud estaba suficientemente demostrado que los acusadores tenían pecados iguales o equivalentes al adulterio y merecían la misma pena.

“Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.”

Jesús se incorporó y le preguntó:

Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó:

Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

 

REFLEXIONES Y CONSECUENCIAS ESPIRITUALES PARA LLEVAR VIDA CRISTIANA 

La ley moral católica está basada en la Revelación: Sagrada Escritura y Tradición. Es estudiada  por los teólogos moralistas, especialistas en la Palabra de Dios, e interpretada oficialmente por el Magisterio auténtico y perenne de la Iglesia, constituido por el Papa  y los Obispos unidos entre sí, bajo la autoridad del Papa. Los Obispos en sus propias Diócesis son también maestros de la Verdad Revelada. Los predicadores, profesores, periodistas,  catequistas no son maestros oficiales de la fe de la Iglesia no son maestros oficiales de la fe de la Iglesia; y deben enseñar la doctrina de la Iglesia. Los enseñantes de las verdades de fe, aun queriendo enseñar  la moral católica, inevitablemente pueden añadir de su propia cosecha opiniones y juicios morales personales, según su propia capacidad, educación y virtud. En casos difíciles deben consultar a la autoridad competente. El discípulo o catecumeno entiende la moral que se le explica, según su capacidad personal y formación religiosa, adquirida en ambientes distintos y épocas históricas diferentes, de manera que las verdades quedan de alguna manera subjetivadas. Y en concreto el pecador comete su pecado personal, según la malicia que está en su corazón. Y ofende a Dios, según el juicio infinitamente justo y misericordioso de Dios Padre, único Juez de los actos morales, que evalúa la conciencia de cada pecador. El pecado, en definitiva, es el acto malicioso que el pecador comete, sabiendo que ofende a Dios, según la malicia que tenga en su corazón.

Los letrados y fariseos interpretaban la ley de Moisés con malicia y segundas intenciones con el fin de sorprender a Jesús en renuncio. Querían que Jesús opinara sobre la ley de Moisés para ponerle una trampa y poderle acusar después ante los tribunales del Sanedrín. Eran injustos porque querían el castigo de la ley para la pobre mujer adúltera, teniendo ellos los mismos o parecidos pecados que ella, como se demuestra con el hecho de que ninguno arrojó contra ellas la primera piedra.

La adúltera quedó sola en la presencia de Jesús, sin que nadie la condenara. ¿Ninguno te ha condenado?, preguntó Jesús. 

Ninguno, Señor, contestó la adultera.

Jesús dijo:

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Jesús admitió el pecado de la adúltera, no la excusó, la perdonó: 

Aprendamos de este Evangelio a no condenar a nadie en nuestro corazón. Podemos pensar y juzgar acciones del prójimo en sí mismas, pero no condenar las intenciones del corazón, dejando el juicio moral de los pecados en manos de Dios, que todo lo sabe, todo lo comprende y todo lo juzga con sabiduría de infinita misericordia.

No nos importen los juicios de los hombres, aunque sean expertos en la Moral Católica, pues nos juzgan según la ley fría, y muchas veces sin comprensión ni compasión,  con maniobras políticas, poniendo zancadillas; incluso condenan nuestros pecados que son como los de ellos o quizá peores.           

Solamente Jesús, Dios y hombre verdadero, te conoce, te ama, te juzga y te perdona. Eres pecador, hijo de Dios, que es tu Padre, y como nadie, más que tú mismo evalúa tus pecados y los perdona, si le pides humildemente perdón de ellos.

sábado, 29 de marzo de 2025

Cuarto domingo de Cuaresma. Ciclo C

 


El sacramento de la Penitencia es también llamado sacramento de la Reconciliación en el Catecismo de la Iglesia Católica de Juan Pablo II, “porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia” Cat 1424).

Después del bautismo, el hombre sigue pecando, porque quedó en él la concupiscencia, que no es pecado, pero que inclina a él y permanece en su misma naturaleza  “a fin de que sirva de prueba en el combate de la vida cristiana ayudado por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad  y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos.

Existe dos conversiones sacramentales: la conversión bautismal y la conversión penitencial.

La primera conversión es la conversión bautismal que convierte al hombre, nacido en pecado, en  hijo de Dios y heredero de la vida eterna. En el bautismo se realiza una transformación total del ser del hombre, de manera que toda su persona se convierte en santa: su cuerpo en templo vivo del Espíritu Santo y su alma en sagrario de la Santísima Trinidad; y recibe la semilla de la inmortalidad con capacidad de desarrollarse por las obras santas, para poder fructificar en la gloriosa resurrección eterna, ahora en el alma hasta el fin del mundo, y después en la resurrección total de toda la persona.           

El sacramento de la Penitencia es llamado segunda conversión porque convierte al hombre pecador, en estado de pecado mortal, en santo; y al pecador, en estado de pecados veniales, lo purifica y lo santifica, concediéndole fortaleza para la lucha y la vida de gracia. 

Sin la conversión del corazón, la penitencia interior, las penitencias exteriores permanecen estériles y engañosas, y el sacramento no se recibe, porque el dolor o el arrepentimiento de los pecados es esencial para recibir el perdón de Dios. (1427-1431). 

Sólo Dios perdona el pecado 

Jesús en el Evangelio dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados de conversión del la tierra (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino durante su vida perdonando pecados (Mc 2,5; Lc 7,48). En virtud de su autoridad divina, Jesús confirió este poder a sus Apóstoles (Jn 20,21-23), a sus sucesores y colaboradores, que son los sacerdotes, para que lo ejercieran en su nombre hasta el fin de los tiempos (Cat 1441.1444) 

Cristo instituyó el sacramento de la Reconciliación para los cristianos que después del bautismo hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. Por este sacramento admirable el cristiano recupera la gracia de la justificación.

A lo largo de los siglos la forma concreta de administrar este sacramento ha variado mucho. Durante los primeros siglos los cristianos que cometían ciertos pecados graves (idolatría, homicidio o adulterio) recibían el perdón de sus pecados después de hacer algunas penitencias públicas, muy severas, durante largos años, y en algunos casos solamente se recibía una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. Y desde entonces este sacramento se celebra de manera secreta entre el penitente y el sacerdote, con una estructura fundamental con pequeñas variaciones en su celebración (1446-1448). 

ACTOS DEL PENITENTE           

Los actos del penitente son tres: contrición, confesión y satisfacción.

Contrición es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar” (Cc de Trento: DS 1676; Cat 1451). La pena de haber ofendido a Dios es el acto más importante para hacer una buena confesión. Incluye el propósito de la enmienda,  es decir hacer lo posible por corregirse del pecado. Prever que se puede volver a pecar no es obstáculo para el arrepentimiento, si se tiene en cuenta la fragilidad humana y las circunstancias personales del pecador.

Cuando la contrición brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas,  se llama “contrición perfecta”, que borra los pecados veniales y obtiene también el perdón de los pecados mortales  si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (Cc de Trento: DS 1677;Cat 1452).  

La contrición llamada “imperfecta” nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Arrepentirse del pecado por temor al castigo de Dios, vergüenza del acto que se comete, miedo a las penas que puedan sobrevenir y consecuencias humanas y sociales que se pueden padecer es suficiente dolor de atrición para recibir fructuosamente el sacramento de la Reconciliación. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia (Cc. De Trento:DS 1678,1705;Cat 1453). 

La confesión de los pecados es una confesión de los pecados que el hombre, hijo de Dios, hace a su Padre Dios, infinitamente misericordioso; un Padre sin igual, que nadie puede imaginar, como nos describe San Lucas (15,1-3.11-32) en la llamada parábola del Hijo pródigo, en la que el Padre es un padre que no se da en este mundo, cuya misericordia traspasa los límites de la concepción humana; un padre que perdona a cada uno de sus hijos, que le ofenden de distinta manera, y ambos reciben el perdón de sus pecados totalmente, sin imposición de penitencia alguna, como si el Padre no hubiera  sido jamás ofendido por ninguna de los dos hijos.

La confesión, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. En el sacramento constituye una parte esencial. Los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente (Cat 1456), según su formación religiosa personal.

Según el mandamiento de la Iglesia “todo fiel llegado a la edad de uso de razón debe confesar, al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene conciencia (CIC c 989;Cat 1457).

Sin ser estrictamente necesaria la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (CIC 988;Cat 1458).

La satisfacción

La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción de llama "penitencia" que el confesor impone teniendo en cuenta la situación personal del penitente y la gravedad de los pecados cometidos (Cat 1459-1460)

MINISTRO DEL SACRAMENTO

Los Obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" reconciliando al pecador con Dios y con la Iglesia (Cat 1461-1462)

   


sábado, 22 de marzo de 2025

Tercer domingo de Cuaresma. Ciclo C

 

 


La liturgia de la Palabra que celebramos hoy, en la segunda lectura, propone para nuestra meditación el ejemplo del antiguo Pueblo de Dios, que capitaneado por Moisés  fue liberado de la tiranía de los faraones de Egipto. Como sabemos por la Biblia atravesó el mar rojo y el desierto con la constante protección milagrosa de Dios, camino de la Tierra prometida. Todos fueron bautizados en Moisés, todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron de la roca espiritual que les seguía. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, se apartaron de sus mandatos, en el monte Sinaí construyeron con las joyas de oro estatuas de becerros a quienes adoraron como a dioses, y fueron castigados a  quedar sus cuerpos muertos en el desierto.

El Apóstol San Pablo, que es el autor de este relato, nos dice que aquellos acontecimientos sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres y nos sirva de escarmiento. Y termina diciendo una frase que me a servir a mí para la homilía de hoy: El que se cree seguro, tenga cuidado no sea que caiga”. 

Tenemos un desconocimiento tan grande de nosotros que creemos que valemos más que los demás, que somos mejores, que no somos capaces de hacer el mal que vemos hacen otros. Y no es cierto, porque en el fondo de nuestro ser hay una gran capacidad para el mal  que no conocemos, y que puede salir a la superficie, si se presenten las circunstancias. “No digas de este agua no beberé”, dice un refrán, porque somos capaces de hacer el mal como el primero; Grandes castillos más fuertes que los nuestros sucumbieron. Conocemos ejemplos de cristianos y sacerdotes virtuosos, que vivieron en la más íntima unión con Dios, modelos de virtudes y de entrega a los hombres en el servicio de la Iglesia, que se sentían seguros de sí mismos y las circunstancias de la vida hicieron que cayeran y se apartaran de Dios y se separaran de la Iglesia, viviendo en pecado habitualmente. Si tú hoy estás escuchando la Palabra de Dios en el sacrificio de la Santa Misa y vas a comulgar, se debe a la gracia de Dios, que no mereces, porque tus pecados, mayores o iguales que los pecadores que perdieron la fe, te hubieran llevado al precipicio, si Dios no te hubiera sujetado fuertemente con sus manos para que no cayeras en el pecado o en la pérdida de fe, como tantos. 

Esto mismo podemos decir respecto de la potencia del bien que hay escondida en el interior de nuestra persona. Si secundamos la gracia que Dios regala a quien quiere, como quiere y en la medida que quiere, puedes llegar a ser santo, no milagrosamente, sino poco a poco, después de mucho tiempo, muchos esfuerzos y pequeñas caídas. 

De niños pensábamos que nosotros no haríamos aquel  mal que veíamos hacían los mayores  y lo criticábamos en el corazón y con la palabra, hasta con escándalo. Y decíamos: ¡Parece mentira, qué vergüenza! Yo no haría esto o aquello. Cuando éramos jóvenes inmaduros e inexpertos, inocentes e ingenuos, juzgábamos con dureza las malas acciones, debilidades y achaques  de los mayores. Y cuando pasó el tiempo, y hemos llegado a ser personas adultas, hemos cometido los mismos pecados,  y tal vez mayores, que cometieron aquellos a quienes criticábamos ingenuamente y con dureza. 

Es un hecho incontrovertible que cuando éramos niños y jóvenes no nos fiábamos de los consejos que nos dieron nuestros padres, maestros y educadores en todas las cosas. Acaso solamente en algunos casos. Y haciendo uso de nuestra libertad, muchas veces con buena intención, hacíamos lo que a nosotros nos parecía mejor, y caíamos en la trampa, comprobando después nuestras equivocaciones y pecados. Y ahora mismo, en el estado de vida y edad en que nos encontramos, que ya hemos llegado y superado la mayoría de edad, en el ejercicio de nuestra autoridad, pocas veces pedimos consejos o hacemos caso de lo que se nos dice, porque somos autoritarios, autosuficientes, nos las sabemos todas, y luego comprobamos nuestros errores y pecados. Nos falta la humildad de preguntar y aconsejarnos y, por eso, nos crece la crece la vanidad y la soberbia. ¡Qué equivocación! 

La experiencia de los años nos dan el conocimiento de nosotros mismos en las muchas cruces que conlleva la vida, en los desengaños que experimentamos, en los continuos errores y desaciertos en que caemos y en los muchos pecados que cometemos. Y con tantas miserias aprendemos la debilidad que escondemos dentro de nuestro interior, y la humilde y sabia lección de que no somos tan inteligentes, ni fuertes, ni santos como nos imaginábamos. 

Este ejemplo lo tenemos en San Pedro, el primer Papa de la Historia de la Iglesia. Tenía ciertamente sobresalientes cualidades, mayores muchas de ellas que el resto de los Apóstoles; amaba a Jesús con locura y se creía seguro de sí mismo, sin miedo a traicionar a su Maestro. Cuando en la última Cena el Señor profetizó el abandono de los doce, él autosuficiente y seguro de sus propias fuerzas y apoyado en el amor que tenía a Jesús, le dijo: “Aunque todos te abandonen, yo nunca te abandonaré”. Entonces el Señor le profetizó: “Antes de que el gallo cante dos veces, tú mismo me negarás tres veces”. Y en la madrugada del primer Viernes Santo, juró y perjuró con maldiciones ante una criada y otros testigos: “Yo no conozco a ese hombre”. 

Eso mismo tal vez te habrá  a ti. Te creías fuerte como una roca entonces, y ahora tu conciencia te dice si has sido una roca que permanece en pie, a pesar de las constantes sacudidas de las olas del mar de la vida que chocan contra ti, una caña del desierto que se mece al viento que más sopla o una veleta de la torre que se mueve en el sentido del viento que más sopla.

 

martes, 18 de marzo de 2025

San José

  

¿Quién era San José?

 Podéis todos decir: que pregunta más simple, más fácil. Todos sabemos que era el esposo de la Virgen María, el padre legal de Jesucristo. Es cierto, pero yo no pretendo con esta pregunta saber la personalidad  evangélica de San José, sino que quiero explicar su personalidad humana y espiritual.

San José fue en cuanto a su personalidad humana un hombre, como todos los demás: concebido en estado de pecado original; sometido, como cualquier hijo de Adán, a tentaciones, a luchas, a vaivenes de la convivencia social, a malos momentos, como tú y como yo, y como cada hijo de Dios.

Tenía sus defectos temperamentales, que no se pueden evitar y no son pecados, aunque sean molestias u ofensas para los hombres. Fue un hombre bueno, inteligente, virtuoso, perfecto, santo. Sólo se diferenciaba de nosotros en que él era santo y nosotros queremos ser santos y trabajamos por serlo; en que él es el Santo más grande que hay en el Cielo, después de María Santísima, por ser el Esposo de la Virgen, Madre de Dios, y Padre adoptivo del Hijo de Dios, Jesucristo, y nosotros somos hijos de Dios e hijos de María Santísima.

Se podría decir que por ser San José el padre adoptivo de Jesús, y por ser nosotros hermanos de Jesús, San José es, de alguna manera, padre legal de todos los hombres, a diferencia de María, que es realmente Madre espiritual de todos los hombres.     

Hay un pasaje en el Evangelio donde aparece la virtud de San José, como hombre santo, y es aquél en que se cuenta el hecho de que San José  observó en su mujer, su esposa, signos evidentes de maternidad, al regreso de la visita que hizo a su pariente  Santa Isabel, en Ain Karin, cerca de Jerusalén. Este suceso está narrado por San Lucas 1,39-45, pero por ser un pasaje sabido, no merece la pena reseñarlo.

San José, ante este hecho evidente de la concepción de su mujer, lo debió de pasar muy mal. Probablemente pasó noches sin dormir dándole vueltas a la cabeza. ¿Cómo se explica esto en María, mi esposa? Sabía que su mujer era santa, virtuosa y virgen; y que en la maternidad de María, él no tenía arte ni parte, como decimos vulgarmente en castellano. Y como consecuencia de romperse la cabeza pensando en este asunto, le sobrevino la zozobra, la inquietud, la desazón, el malestar, la lucha, la tentación y una serie de interrogantes sin respuestas.

A esta lucha verdaderamente crucial, que tuvo que padecer San José, la llama Martín Descalzo la noche oscura de José, porque por más que pensaba y buscaba razonamientos para buscar una solución, no encontraba ninguna. Se sentía aprisionado en un laberinto sin salida.

Después de pasarse días y noches con cavilaciones de tortura, a San José se le ocurrieron tres posibles soluciones de comportamientos para con su mujer.

Primera: dejarla privadamente. Pero esta opción no le pareció humana ni religiosa, porque él hubiera quedado ante el pueblo con la mala fama, injusta, de mal esposo, que abandona a su mujer dejándola embarazada, hecho que merecería ser llevado a los tribunales del Sanedrín. Y desechó esta solución.

Segunda: Hablar serena y piadosamente con su esposa; y en el caso de que hubiera sufrido una posible violación, comprenderla, amarla y aceptar el fruto de sus entrañas como algo natural dentro del matrimonio. Nadie se iba a enterar y él cumplía un deber de amor comprensivo y un acto de caridad extrema para con el hijo de su mujer.

Pero esta decisión suponía par los dos, principalmente para él, tema muy espinoso y desagradable. Y desechó esta opción.

La tercera opción podría ser cumplir la ley: acudir a los tribunales y pedir el derecho de repudio que consistía en dejarla legalmente abandonada. Pero este comportamiento, aunque legal, era frío, poco humano y caritativo, porque sería dejar a su mujer, a la que suponía santa, con un desprestigio inmoral público.  Y para José era cumplir la ley con poca caridad y comprensión, cosa que le remordía la conciencia.

Ante esta situación angustiosa, de verdadero martirio cabe una pregunta de difícil contestación: ¿Por qué María no le dijo a José que había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo? Sencillamente parece la mejor solución puesto que ambos eran santos, y ambos entenderían perfectamente los planes de Dios. Sin embargo, no lo hizo. ¿Por qué? ¡Misterio! ¿Por qué San José no pidió a su Esposa una explicación del hecho de su concepción?

Le dio vergüenza porque suponía culparla de algo malo que en Ella de ninguna manera ni siquiera imaginaba. Por supuesto que no podía adivinar la realidad el hecho de la concepción inmaculada de su mujer, por obra del Espíritu Santo.

Yo pienso que la mejor solución fue la que adoptó María, porque la tomó la Virgen que era Santísima, tal vez por inspiración divina: el silencio, ya que la concepción de María era  un misterio sobrenatural, que sólo se cree por la fe o por revelación de Dios, como sucedió. Si María se lo hubiera a San José ¿él la hubiera creído? Tal vez, pero si las cosas sucedieron de esa manera, hay que pensar que fue lo mejor.

En estas cábalas estaba José, terriblemente tentado y angustiado y sin saber qué hacer, cuando un ángel del Señor se le apareció y le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, a casa, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,16.18-21.24).

Cuando la revelación vino de parte de Dios, por medio de un ángel, José, hombre de fe, creyó en la concepción de Jesús en el seno virginal de María.

Esto mismo pasa ahora con nosotros, que creemos en Jesucristo en la Eucaristía, no porque nos lo han dicho nuestros padres, ni porque nos lo han enseñado en la escuela o en la catequesis, sino porque tenemos fe. Nadie cree si no tiene la potencia de creer.

Hay muchas cosas en la vida que no entendemos, muchos interrogantes que nos hacemos frecuentemente, y para los que no encontramos solución. Nos preguntamos muchas cosas inútilmente ¿Por qué, por qué, por qué...? No pierdas el tiempo en romperte la cabeza, buscando soluciones humanas a los misterios de fe. Cree porque te ha revelado la fe.

A imitación de San José, ante los misterios de la vida que no entiendes, ora, sé fiel cumplidor de la Ley y espera que Dios solucione las cosas que no tienen solución humana, sabiendo que “en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que ama” (Rm 8,28