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miércoles, 18 de marzo de 2026

Festividad de San José

 


El Evangelio de hoy nos dice, en la versión vernácula, de San José que era un varón justo. El calificativo justo no significa que administraba rectamente la justicia, pues la palabra justicia, en el Concilio de Trento tiene el mismo sentido que santidad. Por lo tanto, decir que un hombre es justo es lo mismo que decir que es santo.

La justicia es la virtud que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Y dar a Dios lo que le corresponde es darle todo lo que uno es y lo que uno tiene, pues todo procede de Él, y dar al hombre lo suyo: el pecado.

El santo es el hombre bueno, justo, que con su colaboración personal potencia la gracia que del Espíritu Santo ha recibido, a pesar de tener defectos personales, que muchas veces son moralmente inculpables.

San José es el santo más grande que hay en el Cielo, después de la Santísima Virgen María. Y, sin embargo, no fue hombre que hizo cosas extraordinarias, admirables, un gran predicador, un sacerdote carismático, un asceta penitente, un misionero incansable y fervoroso, un santo que prodigaba milagros, sino un hombre bueno, sencillo, común, esposo único, y padre adoptivo de Jesús, inigualable.

¿Quién fue San José? Fue simplemente un hombre bueno, de profunda y continuada oración, trabajador apostólico cumplidor de sus obligaciones religiosas y humanas, buen esposo y buen padre.

¿Qué hizo? Nada humanamente importante. Ser un profesional excelente con talante evangélico. Orar y trabajar silenciosamente con sentido apostólico, cumpliendo bien sus obligaciones.

Orar, primero, de manera ininterrumpida, estando siempre en unión con Dios de muchas maneras; dedicar espacios de tiempo, solamente a estar con Él, sintiéndose amado y pidiéndole la gracia de cumplir siempre la voluntad divina en todo.

San José, con su oración contemplativa en la acción y con su trabajo común de carpintero y obrero de oficios varios, es Patrono de los esposos cristianos, por ser esposo de María Inmaculada y Virgen, Madre de Dios; Patrono de los padres,  por ser padre legal de Jesús, Dios encarnado, Padre adoptivo con los mismo derechos y las mismas obligaciones que corresponden a los padres biológicos Patrono de la Iglesia Universal y de las vocaciones sacerdotales, dignidad que parece es más propia de uno de los Apóstoles de Jesús, San Pedro o San Juan, por ejemplo; y, por último, Patrono de todos los hombres,  pues si San José fue el Padre de Jesús, y Jesús es el hermano mayor de todos los hombres, San José es también el Padre de todos los hombres en cierto sentido místico.

Por consiguiente, los esposos, los padres, los hijos, los seminaristas y todos los hombres tenemos a San José por modelo y protector.

¿Qué virtudes tenemos que copiar de él?

En primer lugar, la vida de oración contemplativa en la acción, que él llevó en todo momento, según el carisma que a cada uno le regala el Espíritu Santo.

La oración activa no consiste solamente en rezar las tres avemarías al levantarse y al acostarse, como nos enseñaron nuestros padres; ni tampoco es el acto de oración que cada cristiano hace cada día: cinco minutos, un cuarto de hora, media hora, un a hora, dos horas... Es además estar en contacto permanentemente con Dios, de manera ininterrumpida; un estado habitual de presencia de Dios en los quehaceres del día...

Trabajar en lo que sea, pero con amor haciendo bien lo que tenemos que hacer,  sin pensar en la categoría del trabajo que realizamos, pues las obras humanas valen lo que vale el amor que se ponga en ellas al realizarlas. ¿Qué es más importante? En el mundo se valora más ser general que soldado raso, ser director de una empresa que aprendiz, propietario de un palacio que portero, ser ministro que ordenanza, ser obispo que sacerdote...

Los cargos y dignidades humanas no valen delante de Dios. El más importante a los ojos de Dios es el que guarda fielmente los mandamientos, cumple sus obligaciones perfectamente en estado de gracia y corresponde generosamente al carisma que el Espíritu Santo le ha regalado, aceptando la voluntad divina, de cualquier manera que se le manifieste.

El trabajo cristiano, por encumbrado y elevado que sea, debe ser siempre una actividad sencilla, desempeñada con humildad, que deponga todo orgullo o empaque personal. Todo trabajo, por humilde y bajo que parezca, es digno, santificador y apostólico. La vida personal, aunque esté revestida de la mayor dignidad, de debe ser sencilla, evangélica.

Tenemos que copiar de San José también el silencio, virtud que no consiste en ser callado, ni en ser silencioso, sino en hablar o callar oportunamente con caridad, es decir en administrar la palabra con prudente caridad.

San José nunca aparece en el Evangelio como protagonista, sino como un personaje extra, escondido y silencioso. En el episodio del Niño perdido y hallado en el Templo, que se proclama en el día de hoy, San José aparece asintiendo a las palabras que María dice a su Hijo, Jesús con derechos de Madre:

¿Por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos.

Por supuesto que San José hablaría de las cosas normales de la vida con palabras circunstanciales de caridad, que no eran noticia evangélica. Solamente en la Circuncisión pronunció una sola palabra: el nombre de Jesús.

¡Qué cosa más hermosa no ser protagonista nunca en la vida, ser un           número más entre los hombres, un cristiano entre los hijos de la Iglesia, sin distinciones, un apóstol en la vida común, haciendo que toda vida sea extraordinariamente ordinaria!.

Orando, trabajando y padeciendo en gracia con espíritu evangélico se hace tanto o más que haciendo espectaculares apostolados, pues hacer sin orar ni padecer es muchas veces deshacer.

Si queremos ser fieles imitadores de San José, debemos copiar de él estas tres virtudes que hemos reseñado y ahora resumimos: oración activa, trabajo apostólico y silencio operativo en estado de gracia.

Pues, bien, hermanos, todos tenemos a San José como un santo imitable, al alcance de cualquiera. La Iglesia no nos ha puesto por patrono, por ejemplo a San Francisco Javier, misionero de altura mística, incansable, al que se caía el brazo de cansancio por estar bautizando todo el día ¿Quién puede imitar a San Francisco Javier?; ni tampoco a Santa Teresa de Jesús, la santa mística que llegó a las mayores alturas de la contemplación con salero; ni a San Juan de la Cruz, gran místico que descubrió las profundidades del misterio del amor y lo escribió con garra literaria de inspiración poética.

La Iglesia, hermanos, es tan madre, que nos ha puesto como patrono a un santo excepcional, pero con apariencias de común, válido para todos: para los sabios y los sencillos, para los entendidos e ignorantes, para todos.

Dios te va a premiar la buena voluntad que tienes en tu corazón, aunque esa buena voluntad, traducida a obras pueda molestar, no digo ofender, porque una persona que es santa no ofende a nadie, ocasiona molestias, sin querer.

Aquí tenemos el modelo general a quien tenemos que imitar, porque podemos. El que sea esposo, tome a San José, como modelo de esposo; el que sea padre, como modelo de padre; el que sea hijo, como modelo de hijo; el trabajador humilde o encumbrado, como modelo de trabajador; y hasta el mismo sacerdote, como padre del Sumo y Eterno sacerdote.

Como celebramos hoy el día del Seminario, pidamos al Señor que suscite en las familias cristianas vocaciones sacerdotales, según los planes divinos, pues hacen falta muchas vocaciones.

La edad media de sacerdotes en este Arciprestazgo es casi de 70 años, más o menos. Hay que pedir al Señor que nos envíe sacerdotes, sacerdotes digo yo muchas veces con tres eses: sanos, sabios y santos; sacerdotes entregados al Señor, sacerdotes generosos, sacerdotes que se preocupen por los demás; sacerdotes que prediquen la Palabra de Dios con fe vivida y unción apostólica, que administren los sacramentos, como misterios de Dios, que nos acojan y reciban con cariño y comprensión, que nos enseñen el talante, el carisma de la vida ordinaria, que es por sí misma, medio de santificación y también apostolado místico en la Iglesia de Jesucristo.

martes, 18 de marzo de 2025

San José

  

¿Quién era San José?

 Podéis todos decir: que pregunta más simple, más fácil. Todos sabemos que era el esposo de la Virgen María, el padre legal de Jesucristo. Es cierto, pero yo no pretendo con esta pregunta saber la personalidad  evangélica de San José, sino que quiero explicar su personalidad humana y espiritual.

San José fue en cuanto a su personalidad humana un hombre, como todos los demás: concebido en estado de pecado original; sometido, como cualquier hijo de Adán, a tentaciones, a luchas, a vaivenes de la convivencia social, a malos momentos, como tú y como yo, y como cada hijo de Dios.

Tenía sus defectos temperamentales, que no se pueden evitar y no son pecados, aunque sean molestias u ofensas para los hombres. Fue un hombre bueno, inteligente, virtuoso, perfecto, santo. Sólo se diferenciaba de nosotros en que él era santo y nosotros queremos ser santos y trabajamos por serlo; en que él es el Santo más grande que hay en el Cielo, después de María Santísima, por ser el Esposo de la Virgen, Madre de Dios, y Padre adoptivo del Hijo de Dios, Jesucristo, y nosotros somos hijos de Dios e hijos de María Santísima.

Se podría decir que por ser San José el padre adoptivo de Jesús, y por ser nosotros hermanos de Jesús, San José es, de alguna manera, padre legal de todos los hombres, a diferencia de María, que es realmente Madre espiritual de todos los hombres.     

Hay un pasaje en el Evangelio donde aparece la virtud de San José, como hombre santo, y es aquél en que se cuenta el hecho de que San José  observó en su mujer, su esposa, signos evidentes de maternidad, al regreso de la visita que hizo a su pariente  Santa Isabel, en Ain Karin, cerca de Jerusalén. Este suceso está narrado por San Lucas 1,39-45, pero por ser un pasaje sabido, no merece la pena reseñarlo.

San José, ante este hecho evidente de la concepción de su mujer, lo debió de pasar muy mal. Probablemente pasó noches sin dormir dándole vueltas a la cabeza. ¿Cómo se explica esto en María, mi esposa? Sabía que su mujer era santa, virtuosa y virgen; y que en la maternidad de María, él no tenía arte ni parte, como decimos vulgarmente en castellano. Y como consecuencia de romperse la cabeza pensando en este asunto, le sobrevino la zozobra, la inquietud, la desazón, el malestar, la lucha, la tentación y una serie de interrogantes sin respuestas.

A esta lucha verdaderamente crucial, que tuvo que padecer San José, la llama Martín Descalzo la noche oscura de José, porque por más que pensaba y buscaba razonamientos para buscar una solución, no encontraba ninguna. Se sentía aprisionado en un laberinto sin salida.

Después de pasarse días y noches con cavilaciones de tortura, a San José se le ocurrieron tres posibles soluciones de comportamientos para con su mujer.

Primera: dejarla privadamente. Pero esta opción no le pareció humana ni religiosa, porque él hubiera quedado ante el pueblo con la mala fama, injusta, de mal esposo, que abandona a su mujer dejándola embarazada, hecho que merecería ser llevado a los tribunales del Sanedrín. Y desechó esta solución.

Segunda: Hablar serena y piadosamente con su esposa; y en el caso de que hubiera sufrido una posible violación, comprenderla, amarla y aceptar el fruto de sus entrañas como algo natural dentro del matrimonio. Nadie se iba a enterar y él cumplía un deber de amor comprensivo y un acto de caridad extrema para con el hijo de su mujer.

Pero esta decisión suponía par los dos, principalmente para él, tema muy espinoso y desagradable. Y desechó esta opción.

La tercera opción podría ser cumplir la ley: acudir a los tribunales y pedir el derecho de repudio que consistía en dejarla legalmente abandonada. Pero este comportamiento, aunque legal, era frío, poco humano y caritativo, porque sería dejar a su mujer, a la que suponía santa, con un desprestigio inmoral público.  Y para José era cumplir la ley con poca caridad y comprensión, cosa que le remordía la conciencia.

Ante esta situación angustiosa, de verdadero martirio cabe una pregunta de difícil contestación: ¿Por qué María no le dijo a José que había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo? Sencillamente parece la mejor solución puesto que ambos eran santos, y ambos entenderían perfectamente los planes de Dios. Sin embargo, no lo hizo. ¿Por qué? ¡Misterio! ¿Por qué San José no pidió a su Esposa una explicación del hecho de su concepción?

Le dio vergüenza porque suponía culparla de algo malo que en Ella de ninguna manera ni siquiera imaginaba. Por supuesto que no podía adivinar la realidad el hecho de la concepción inmaculada de su mujer, por obra del Espíritu Santo.

Yo pienso que la mejor solución fue la que adoptó María, porque la tomó la Virgen que era Santísima, tal vez por inspiración divina: el silencio, ya que la concepción de María era  un misterio sobrenatural, que sólo se cree por la fe o por revelación de Dios, como sucedió. Si María se lo hubiera a San José ¿él la hubiera creído? Tal vez, pero si las cosas sucedieron de esa manera, hay que pensar que fue lo mejor.

En estas cábalas estaba José, terriblemente tentado y angustiado y sin saber qué hacer, cuando un ángel del Señor se le apareció y le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, a casa, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,16.18-21.24).

Cuando la revelación vino de parte de Dios, por medio de un ángel, José, hombre de fe, creyó en la concepción de Jesús en el seno virginal de María.

Esto mismo pasa ahora con nosotros, que creemos en Jesucristo en la Eucaristía, no porque nos lo han dicho nuestros padres, ni porque nos lo han enseñado en la escuela o en la catequesis, sino porque tenemos fe. Nadie cree si no tiene la potencia de creer.

Hay muchas cosas en la vida que no entendemos, muchos interrogantes que nos hacemos frecuentemente, y para los que no encontramos solución. Nos preguntamos muchas cosas inútilmente ¿Por qué, por qué, por qué...? No pierdas el tiempo en romperte la cabeza, buscando soluciones humanas a los misterios de fe. Cree porque te ha revelado la fe.

A imitación de San José, ante los misterios de la vida que no entiendes, ora, sé fiel cumplidor de la Ley y espera que Dios solucione las cosas que no tienen solución humana, sabiendo que “en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que ama” (Rm 8,28

lunes, 18 de marzo de 2024

Solemnidad de San José. Ciclo B


 ¿Quién era San José?

 Podéis todos decir: que pregunta más simple, más fácil. Todos sabemos que era el esposo de la Virgen María, el padre legal de Jesucristo. Es cierto, pero yo no pretendo con esta pregunta saber la personalidad  evangélica de San José, sino que quiero explicar su personalidad humana y espiritual.

San José fue en cuanto a su personalidad humana un hombre, como todos los demás: concebido en estado de pecado original; sometido, como cualquier hijo de Adán, a tentaciones, a luchas, a vaivenes de la convivencia social, a malos momentos, como tú y como yo, y como cada hijo de Dios.

Tenía sus defectos temperamentales, que no se pueden evitar y no son pecados, aunque sean molestias u ofensas para los hombres. Fue un hombre bueno, inteligente, virtuoso, perfecto, santo. Sólo se diferenciaba de nosotros en que él era santo y nosotros queremos ser santos y trabajamos por serlo; en que él es el Santo más grande que hay en el Cielo, después de María Santísima, por ser el Esposo de la Virgen, Madre de Dios, y Padre adoptivo del Hijo de Dios, Jesucristo, y nosotros somos hijos de Dios e hijos de María Santísima.

Se podría decir que por ser San José el padre adoptivo de Jesús, y por ser nosotros hermanos de Jesús, San José es, de alguna manera, padre legal de todos los hombres, a diferencia de María, que es realmente Madre espiritual de todos los hombres.     

Hay un pasaje en el Evangelio donde aparece la virtud de San José, como hombre santo, y es aquél en que se cuenta el hecho de que San José  observó en su mujer, su esposa, signos evidentes de maternidad, al regreso de la visita que hizo a su pariente  Santa Isabel, en Ain Karin, cerca de Jerusalén. Este suceso está narrado por San Lucas 1,39-45, pero por ser un pasaje sabido, no merece la pena reseñarlo.

San José, ante este hecho evidente de la concepción de su mujer, lo debió de pasar muy mal. Probablemente pasó noches sin dormir dándole vueltas a la cabeza. ¿Cómo se explica esto en María, mi esposa? Sabía que su mujer era santa, virtuosa y virgen; y que en la maternidad de María, él no tenía arte ni parte, como decimos vulgarmente en castellano. Y como consecuencia de romperse la cabeza pensando en este asunto, le sobrevino la zozobra, la inquietud, la desazón, el malestar, la lucha, la tentación y una serie de interrogantes sin respuestas.

A esta lucha verdaderamente crucial, que tuvo que padecer San José, la llama Martín Descalzo la noche oscura de José, porque por más que pensaba y buscaba razonamientos para buscar una solución, no encontraba ninguna. Se sentía aprisionado en un laberinto sin salida.

Después de pasarse días y noches con cavilaciones de tortura, a San José se le ocurrieron tres posibles soluciones de comportamientos para con su mujer.

Primera: dejarla privadamente. Pero esta opción no le pareció humana ni religiosa, porque él hubiera quedado ante el pueblo con la mala fama, injusta, de mal esposo, que abandona a su mujer dejándola embarazada, hecho que merecería ser llevado a los tribunales del Sanedrín. Y desechó esta solución.

Segunda: Hablar serena y piadosamente con su esposa; y en el caso de que hubiera sufrido una posible violación, comprenderla, amarla y aceptar el fruto de sus entrañas como algo natural dentro del matrimonio. Nadie se iba a enterar y él cumplía un deber de amor comprensivo y un acto de caridad extrema para con el hijo de su mujer.

Pero esta decisión suponía par los dos, principalmente para él, tema muy espinoso y desagradable. Y desechó esta opción.

La tercera opción podría ser cumplir la ley: acudir a los tribunales y pedir el derecho de repudio que consistía en dejarla legalmente abandonada. Pero este comportamiento, aunque legal, era frío, poco humano y caritativo, porque sería dejar a su mujer, a la que suponía santa, con un desprestigio inmoral público.  Y para José era cumplir la ley con poca caridad y comprensión, cosa que le remordía la conciencia.

Ante esta situación angustiosa, de verdadero martirio cabe una pregunta de difícil contestación: ¿Por qué María no le dijo a José que había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo? Sencillamente parece la mejor solución puesto que ambos eran santos, y ambos entenderían perfectamente los planes de Dios. Sin embargo, no lo hizo. ¿Por qué? ¡Misterio! ¿Por qué San José no pidió a su Esposa una explicación del hecho de su concepción?

Le dio vergüenza porque suponía culparla de algo malo que en Ella de ninguna manera ni siquiera imaginaba. Por supuesto que no podía adivinar la realidad el hecho de la concepción inmaculada de su mujer, por obra del Espíritu Santo.

Yo pienso que la mejor solución fue la que adoptó María, porque la tomó la Virgen que era Santísima, tal vez por inspiración divina: el silencio, ya que la concepción de María era  un misterio sobrenatural, que sólo se cree por la fe o por revelación de Dios, como sucedió. Si María se lo hubiera a San José ¿él la hubiera creído? Tal vez, pero si las cosas sucedieron de esa manera, hay que pensar que fue lo mejor.

En estas cábalas estaba José, terriblemente tentado y angustiado y sin saber qué hacer, cuando un ángel del Señor se le apareció y le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, a casa, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,16.18-21.24).

Cuando la revelación vino de parte de Dios, por medio de un ángel, José, hombre de fe, creyó en la concepción de Jesús en el seno virginal de María.

Esto mismo pasa ahora con nosotros, que creemos en Jesucristo en la Eucaristía, no porque nos lo han dicho nuestros padres, ni porque nos lo han enseñado en la escuela o en la catequesis, sino porque tenemos fe. Nadie cree si no tiene la potencia de creer.

Hay muchas cosas en la vida que no entendemos, muchos interrogantes que nos hacemos frecuentemente, y para los que no encontramos solución. Nos preguntamos muchas cosas inútilmente ¿Por qué, por qué, por qué...? No pierdas el tiempo en romperte la cabeza, buscando soluciones humanas a los misterios de fe. Cree porque te ha revelado la fe.

A imitación de San José, ante los misterios de la vida que no entiendes, ora, sé fiel cumplidor de la Ley y espera que Dios solucione las cosas que no tienen solución humana, sabiendo que “en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que ama” (Rm 8,28).

domingo, 19 de marzo de 2023

Solemnidad de San José. Ciclo A

 

 


El Evangelio de hoy nos dice, en la versión vernácula, de San José que era un varón justo. El calificativo justo no significa que administraba rectamente la justicia, pues la palabra justicia, en el Concilio de Trento tiene el mismo sentido que santidad. Por lo tanto, decir que un hombre es justo es lo mismo que decir que es santo.

La justicia es la virtud que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Y dar a Dios lo que le corresponde es darle todo lo que uno es y lo que uno tiene, pues todo procede de Él, y dar al hombre lo suyo: el pecado.

El santo es el hombre bueno, justo, que con su colaboración personal potencia la gracia que del Espíritu Santo ha recibido, a pesar de tener defectos personales, que muchas veces son moralmente inculpables.

San José es el santo más grande que hay en el Cielo, después de la Santísima Virgen María. Y, sin embargo, no fue hombre que hizo cosas extraordinarias, admirables, un gran predicador, un sacerdote carismático, un asceta penitente, un misionero incansable y fervoroso, un santo que prodigaba milagros, sino un hombre bueno, sencillo, común, esposo único, y padre adoptivo de Jesús, inigualable.

¿Quién fue San José? Fue simplemente un hombre bueno, de profunda y continuada oración, trabajador apostólico cumplidor de sus obligaciones religiosas y humanas, buen esposo y buen padre.

¿Qué hizo? Nada humanamente importante. Ser un profesional excelente con talante evangélico. Orar y trabajar silenciosamente con sentido apostólico, cumpliendo bien sus obligaciones.

Orar, primero, de manera ininterrumpida, estando siempre en unión con Dios de muchas maneras; dedicar espacios de tiempo, solamente a estar con Él, sintiéndose amado y pidiéndole la gracia de cumplir siempre la voluntad divina en todo.

San José, con su oración contemplativa en la acción y con su trabajo común de carpintero y obrero de oficios varios, es Patrono de los esposos cristianos, por ser esposo de María Inmaculada y Virgen, Madre de Dios; Patrono de los padres,  por ser padre legal de Jesús, Dios encarnado, Padre adoptivo con los mismo derechos y las mismas obligaciones que corresponden a los padres biológicos Patrono de la Iglesia Universal y de las vocaciones sacerdotales, dignidad que parece es más propia de uno de los Apóstoles de Jesús, San Pedro o San Juan, por ejemplo; y, por último, Patrono de todos los hombres,  pues si San José fue el Padre de Jesús, y Jesús es el hermano mayor de todos los hombres, San José es también el Padre de todos los hombres en cierto sentido místico.

Por consiguiente, los esposos, los padres, los hijos, los seminaristas y todos los hombres tenemos a San José por modelo y protector.

¿Qué virtudes tenemos que copiar de él?

En primer lugar, la vida de oración contemplativa en la acción, que él llevó en todo momento, según el carisma que a cada uno le regala el Espíritu Santo.

La oración activa no consiste solamente en rezar las tres avemarías al levantarse y al acostarse, como nos enseñaron nuestros padres; ni tampoco es el acto de oración que cada cristiano hace cada día: cinco minutos, un cuarto de hora, media hora, un a hora, dos horas... Es además estar en contacto permanentemente con Dios, de manera ininterrumpida; un estado habitual de presencia de Dios en los quehaceres del día...

Trabajar en lo que sea, pero con amor haciendo bien lo que tenemos que hacer, sin pensar en la categoría del trabajo que realizamos, pues las obras humanas valen lo que vale el amor que se ponga en ellas al realizarlas. ¿Qué es más importante? En el mundo se valora más ser general que soldado raso, ser director de una empresa que aprendiz, propietario de un palacio que portero, ser ministro que ordenanza, ser obispo que sacerdote...

Los cargos y dignidades humanas no valen delante de Dios. El más importante a los ojos de Dios es el que guarda fielmente los mandamientos, cumple sus obligaciones perfectamente en estado de gracia y corresponde generosamente al carisma que el Espíritu Santo le ha regalado, aceptando la voluntad divina, de cualquier manera que se le manifieste.

El trabajo cristiano, por encumbrado y elevado que sea, debe ser siempre una actividad sencilla, desempañada con humildad, que deponga todo orgullo o empaque personal. Todo trabajo, por humilde y bajo que parezca, es digno, santificador y apostólico. La vida personal, aunque esté revestida de la mayor dignidad, de debe ser sencilla, evangélica.

Tenemos que copiar de San José también el silencio, virtud que no consiste en ser callado, ni en ser silencioso, sino en hablar o callar oportunamente con caridad, es decir en administrar la palabra con prudente caridad.

San José nunca aparece en el Evangelio como protagonista, sino como un personaje extra, escondido y silencioso. En el episodio del Niño perdido y hallado en el Templo, que se proclama en el día de hoy, San José aparece asintiendo a las palabras que María dice a su Hijo, Jesús con derechos de Madre:

¿Por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos.

Por supuesto que San José hablaría de las cosas normales de la vida con palabras circunstanciales de caridad, que no eran noticia evangélica. Solamente en la Circuncisión pronunció una sola palabra: el nombre de Jesús.

¡Qué cosa más hermosa no ser protagonista nunca en la vida, ser un número más entre los hombres, un cristiano entre los hijos de la Iglesia, sin distinciones, un apóstol en la vida común, haciendo que toda vida sea extraordinariamente ordinaria!

Orando, trabajando y padeciendo en gracia con espíritu evangélico se hace tanto o más que haciendo espectaculares apostolados, pues hacer sin orar ni padecer es muchas veces deshacer.

Si queremos ser fieles imitadores de San José, debemos copiar de él estas tres virtudes que hemos reseñado y ahora resumimos: oración activa, trabajo apostólico y silencio operativo en estado de gracia.

Pues, bien, hermanos, todos tenemos a San José como un santo imitable, al alcance de cualquiera. La Iglesia no nos ha puesto por patrono, por ejemplo a San Francisco Javier, misionero de altura mística, incansable, al que se caía el brazo de cansancio por estar bautizando todo el día ¿Quién puede imitar a San Francisco Javier?; ni tampoco a Santa Teresa de Jesús, la santa mística que llegó a las mayores alturas de la contemplación con salero; ni a San Juan de la Cruz, gran místico que descubrió las profundidades del misterio del amor y lo escribió con garra literaria de inspiración poética.

La Iglesia, hermanos, es tan madre, que nos ha puesto como patrono a un santo excepcional, pero con apariencias de común, válido para todos: para los sabios y los sencillos, para los entendidos e ignorantes, para todos.

Dios te va a premiar la buena voluntad que tienes en tu corazón, aunque esa buena voluntad, traducida a obras pueda molestar, no digo ofender, porque una persona que es santa no ofende a nadie, ocasiona molestias, sin querer.

Aquí tenemos el modelo general a quien tenemos que imitar, porque podemos. El que sea esposo, tome a San José, como modelo de esposo; el que sea padre, como modelo de padre; el que sea hijo, como modelo de hijo; el trabajador humilde o encumbrado, como modelo de trabajador; y hasta el mismo sacerdote, como padre del Sumo y Eterno sacerdote.

Como celebramos hoy el día del Seminario, pidamos al Señor que suscite en las familias cristianas vocaciones sacerdotales, según los planes divinos, pues hacen falta muchas vocaciones.

La edad media de sacerdotes en este Arciprestazgo es casi de 70 años, más o menos. Hay que pedir al Señor que nos envíe sacerdotes, sacerdotes digo yo muchas veces con tres eses: sanos, sabios y santos; sacerdotes entregados al Señor, sacerdotes generosos, sacerdotes que se preocupen por los demás; sacerdotes que prediquen la Palabra de Dios con fe vivida y unción apostólica, que administren los sacramentos, como misterios de Dios, que nos acojan y reciban con cariño y comprensión, que nos enseñen el talante, el carisma de la vida ordinaria, que es por sí misma, medio de santificación y también apostolado místico en la Iglesia de Jesucristo.

viernes, 18 de marzo de 2022

San José , esposo de la Virgen María

   

Después de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, no hay en el Cielo  santo mayor que San José, por ser el esposo de la Madre de Dios, y el Padre legal o adoptivo de Jesucristo, Dios. Podríamos decir que, haciendo un parangón teológico con María, Corredentora, San José es el Corredentor del género humano de manera teológica comparativa.

Jesucristo, Dios, es el Redentor del género humano, como causa principal y eficiente, y María,  Corredentora, como causa secundaría complementaria, formando un solo principio de Redención. Si María es Corredentora  del género humano en sentido propio,  San José es el Corredentor en sentido figurado, porque juntamente con María colaboró  plenamente en la Redención. Ejerció esta altísima misión cuidando a Jesús, Redentor con la oración y el trabajo santificador.  

        Por ser esposo de María  y Padre legal de Jesús es el Patrono de la Iglesia  y de los sacerdotes.  Tal vez este título de honor teológico , la Iglesia se lo podría haber concedido a San Pedro, por ser el primer papa  o acaso a San Juan, privilegiado amigo de Jesús y gran teólogo.

    Aparece siempre  en el Evangelio con un papel de extra,  personaje de referencias,  acompañando a María con virtuosos comportamientos de simple esposo, que hay que imaginar. San Mateo nos facilita   la única biografía de San José que existe con esta oración sustantiva: "José era un hombre justo" (Mt 1,19). Justo quiere decir en la terminología bíblica y teológica cumplidor de la ley, temeroso de Dios, perfecto, santo. Fue el Santo del Silencio en la tierra, pues no sabemos quienes fueron sus padres, cómo fue su niñez, su juventud, escasas cosas de su vida evangélica, nada de su muerte, ni el lugar donde murió ni fue enterrado. Su oración  de elevada contemplación mística fue superior a la de los místicos más renombrados de la Iglesia católica, en la que conjugaba la alta contemplación con la acción ordinaria, sin manifestaciones espectaculares. Era un estar  a gusto con Dios en la tierra, como viviendo en estado místico el gozo del Cielo; y su acción la realización  sublime y perfecta de las cosas sencillas y ordinarias de la vida.   

A imitación de San José, nosotros debemos orar y trabajar no solamente para perfeccionar nuestra personalidad, sino también para contribuir  al bien social del mundo y de la Iglesia con perspectiva de la vida eterna en el Cielo. Porque la oración, humanamente divinizada, cualquiera que sea, realizada  con las deficiencias propias de la naturaleza humana, y la acción orante y contemplativa santifican y apostolizan. 

Imitemos a San José, pues haciendo bien y con amor lo que tenemos que hacer, y cumpliendo la voluntad de Dios, según la vocación que cada uno ha recibido del Espíritu Santo, podemos  ser santos y apóstoles en la Iglesia.