sábado, 27 de septiembre de 2025

Vigésimo sexto domingo. Tiempo ordinario. ciclo C



Muchas veces, hermanos, creemos que si tuviéramos al lado un buen sacerdote, un director espiritual,  un digno confesor, si dispusiéramos de un ambiente propicio, y estuviéramos liberados de unas circunstancias pecaminosas, tendríamos fe. Y pensamos que si no somos mejores y estamos enredados en el mundo y en el pecado es por culpa de las circunstancias. Y esto en gran parte es un error.

La fe no viene con el esfuerzo personal del estudio metódico y profundo de la filosofía, razonando sobre las cinco clásicas vías de Santo Tomás de Aquino que prueban la existencia de Dios; ni de la investigación de la Historia, maestra de la vida, ni de la reflexión de otras disciplinas: ni nace del ambiente cristiano familiar y social. Todas estas circunstancias pueden ser medios para transmitir la fe y conservarla, pero no la causan por sí mismas. La fe es un don divino que el Espíritu Santo regala a quien quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, de muchas maneras y en diversas intensidades.

La experiencia, madre de la ciencia, nos lo enseña. Se dan casos de eminentes filósofos y sabios que con el angustioso esfuerzo de la razón han buscado a Dios y no lo encontraron, quedando sumidos en el existencialismo, agnosticismo o ateísmo práctico. Conocemos familias muy cristianas, comprometidas con la Iglesia, que dieron a sus hijos ejemplos de fe viva y moralidad católica consecuente, y que gastaron parte de su capital en procurar para ellos los mejores colegios religiosos de su tiempo. Y cuando estos niños llegaron a la edad de la pubertad, por distintas razones personales y ambientales abandonaron la fe de los padres y se entregaron al desenfreno de las pasiones en este mundo en que vivimos plagado de vicios contagiosos y malas costumbres justificadas.

Por otra parte, hay familias buenas, de costumbres cristianas, pero no religiosas practicantes, que tienen hijos sacerdotes y monjas de clausura muy en contra de su voluntad y con disgusto demostrado. Pero debido a un ambiente piadoso de circunstancias ocasionales encontraron a Cristo, sin buscarlo, y hoy militan en las primeras filas de los consagrados a Dios con heroísmo. Conocemos casos.                                   

La fe, hermanos, repito, viene de Dios misteriosamente. El último versículo del Evangelio, que acabamos de proclamar en el nombre del Señor, es un argumento que justifica lo que hasta ahora acabo de decir: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas no harán caso, ni aunque resucite un muerto”.

No penséis, hermanos, que si se hiciese un milagro la gente iba a creer o se iba a convertir. Pudiera ser, pero no es este hecho un argumento contundente para que venga la fe o la conversión de los pecadores. De la misma manera el que tiene fe y  vive su conversión cristiana, no la pierde por los males que le vengan en el mundo.          

Muchos de nosotros hemos padecido pruebas muy duras. Acaso, las estamos padeciendo y no por eso se debilita la fe, sino que más bien se fortalece más. Hemos oído decir: yo antes era bueno, fui monaguillo, miembro de Acción Católica, pero conocí un cristiano de muchas Iglesia, un sacerdote del que aprendí malos ejemplos y por su culpa perdí la fe. Es una desgracia que esto te haya sucedido a ti que acaso me escuchas, y haya influido en la pérdida de tu fe. Pero te digo con el corazón en la mano y con la fuerza de la experiencia de muchos años de trato sacerdotal con fieles que el que tiene mucha fe, bien arraigada en el corazón, por nada del mundo la pierde. Es más, si está bien combatida por luchas, adversidades y pecados, por muchos y graves que sean los escándalos que se reciban, la fe se robustece, si Dios el Padre de las misericordias, nos saca ilesos de los duros combates que tenemos que mantener.

Dice el apóstol San Pablo escribiendo a Timoteo: “Combate el buen combate de la fe”. Llevamos la gracia de Dios en vasijas de barro, dice el apóstol San Pablo, y tenemos que conservarla con el alimento de la vida espiritual y en buenos ambientes, como quien quiere tener siempre florido un jardín o una flor rica y delicada en una maceta. Hay que cuidarla, como se debe cuidar la salud, la memoria y el dinero, porque se puede perder. Conozco casos de personas muy cristianas y muy buenas, que siendo ejemplares en su profesión y ejemplares, incluso, en su vocación, después, no solamente perdieron la vocación, sino también la fe. Ahora mismo me estoy acordando de una persona por la que voy a pedir especialmente en la Misa, que en su niñez era un ángel, fervorosa en su juventud, y por circunstancias que Dios sólo sabe y el demonio también, anda por esos mundos de Dios dando tumbos en la fe y con el corazón roto por el pecado. Espero de Dios su misericordiosa recomposición.

Por tanto, hermanos, lo primero que tenemos que hacer es agradecer al Señor, tener fe. Tengo fe, gracias a Dios, con todos los “aunques” y con todos los “sin embargos”: aunque pecador, débil, sexual, insolente, mentiroso, soberbio... pero, sin embargo hombre de fe, a pesar de todo, en gracia de Dios y dentro de la Iglesia y con paz de arrepentimiento de mi vida pasada con el deseo de una vida en presente santificada. Sin Embargo, tengo fe, aunque dejo mucho que desear, pues la fe, siendo una virtud “objetiva”, está siempre subjetivada en el corazón. Me parece que debo explicar mejor la última frase: La fe es objetiva, pero está subjetivada en el corazón del hombre.

La verdad es objetiva, está revelada por Dios y se ha de hacer subjetiva en cada persona. No es la que cada uno piensa, ni el consenso común de los filósofos que discurren sobre la ética, ni la norma de la costumbre de los pueblos, ni el acuerdo parlamentario de un gobierno, ni la ley de un monarca. Es la que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña. La fe es una adhesión personal a Cristo y un seguimiento de Él, que es la Verdad divina, infinita y eterna. Pero estando en la verdad, cada uno la vive de manera subjetiva, según es la persona que la vive.

Decimos muchísimas veces: Esta persona es tan rara, tan extraña, tan beata, que no sé cómo es la fe que vive. Pues la vive conforme ella es: con equilibrios o desequilibrios, con apasionamientos y apatías, con virtudes y defectos... Esto pasa también en el orden de las cosas humanas. Puede haber un buen médico y un buen profesional que actúe prodigiosamente con los nervios rotos. Santo Tomás decía, lo voy a decir en latín y luego lo voy a traducir en un castellano popularizado. Quidquid recípitur al modum recipientis recípitur. Lo que se recibe en un recipiente, adopta la forma del continente donde se recibe. Valga un ejemplo: el agua que se vierte en un cántaro, en un botijo, en un florero, en una tubería de diversos diámetros y distintas formas, adopta el modelo del recipiente donde se contiene.

La fe se vive según uno es, conforme ha sido hecho por Dios o se ha deshecho uno a sí mismo por el Pecado ¿Quién no tiene algún desajuste psicológico, alguna marca en su personalidad motivada por hechos y circunstancias de la niñez o juventud? ¿Quién no ha sufrido una mala educación familiar y social, y religiosa, moral y cívica, debida a los tiempos o ambientes de los tiempos? ¿Quién no tiene alguna rareza congénita o adquirida? ¿Quién no tiene alguna manía? Todos somos débiles por naturaleza o por el hábito de los pecados cometidos en la vida pasada o presente, cuya responsabilidad moral sólo Dios sabe? Pero las fe, gran misterio del amor misericordioso de Dios, coexiste con las miserias y debilidades del hombre, y se expresa y se vive con ellas.

Pues, bien, hermanos, demos gracias al Señor, que nos ha concedido este fe, esta fe que la tenemos que vivir personalmente como somos y no de otra manera, que tenemos que defender  y combatir con nuestras propias fuerzas, potenciadas por la gracia de Dios.

La fe, hermanos, nos hace conquistar la vida eterna a la que hemos sido llamados. No recapacitamos lo suficiente sobre la sublime realidad de que somos eternos. Hacemos muchos proyectos, luchamos por la conquista de muchas cosas, por el poder y el dinero, y no nos damos cuenta que vamos a morir, que tenemos que trabajar para la conquista de la vida eterna, combatiendo el buen combate de la fe,  el gran regalo de Dios que nos hacer vivir, arrepentidos de nuestros pecados, con la esperanza de conquistar el Reino de los Cielos por la misericordia infinita de Dios. 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Vigésimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


En el Evangelio de hoy la Palabra de Dios nos propone la parábola del administrador infiel, que expuso Jesucristo a sus discípulos:  “Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión porque quedas despedido”.

Como respuesta el administrador adoptó una actitud astuta. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y a cada uno le fue haciendo una rebaja de la deuda que tenía contraída. Al que debía cien barriles de aceite, le rebajó cincuenta; al que debía cien fanegas de trigo, le rebajó veinte, y así hizo con todos. Cuando el amo se enteró de su modo de proceder, le felicitó no por el robo que había hecho, sino por la astucia con que había procedido. Con estas palabras Jesús nos dio a entender que debemos ser  sagaces para negociar el Reino de los Cielos, “porque los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

Jesús, sacando la moraleja de esta parábola, nos habló de la fidelidad en la administración, advirtiendo que el que no es fiel en lo poco, no puede ser fiel en lo mucho, terminando con una frase lapidaria, que todo el mundo conoce: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Expliquemos este texto que hemos elegido como tema para la homilía de hoy.           

Hay en el mundo dos dioses a quienes no se puede servir a la vez porque se contraponen: el dios dinero y el Dios, Señor de todas las cosas creadas. El dinero, considerado como dios, es como un cáncer que corrompe al hombre y produce en él la metástasis de otros vicios. El que vive por el dinero y para el dinero trabaja, como fin único y supremo, pierde la sensibilidad del bien, se aparta de Dios, se desliza vertiginosamente por la cuesta de los vicios, se estrella contra la gracia de Dios y cae en el pecado empedernido. No debemos  servir al dinero, como esclavos de él, sino servirnos del dinero, como señores.  

El dinero es en sí mismo bueno, necesario para vivir, pero no como fin del hombre, sino como medio para conseguir la felicidad temporal y eterna. El dinero que genera riqueza,  es un bien creado por Dios para el bien de todos los hombres, con el fin de que cada uno tenga proporcionalmente en justicia lo necesario para vivir dignamente; y es también un  bien para la sociedad, porque tiene una función social: ayudar a otros a vivir bien, creando puestos de trabajo, mejorar el bienestar de la sociedad en  la que vivimos, colaborar a erradicar el hambre en el mundo y a que los hombres de la Tierra gocen de los bienes creados por Dios para todos. Tenemos que trabajar para ganar el dinero necesario para vivir cada día mejor, disfrutando de las muchas cosas buenas que hay en el mundo, pues Dios se alegra cuando, como niños, gozamos de los juguetes de las cosas, que nos alegran y hacen felices, como un padre disfruta cuando sus hijos pequeños juegan  con los juguetes que les echaron los reyes magos con alborozo y alegría. Hay que vivir bien, cada uno según su condición social, lugar y tiempo en que vive. La riqueza justa no solamente tiene una finalidad personal y familiar, querida por Dios, sino que además debe de ser destinada para los que tienen menos o no tienen nada y para el bien común de la sociedad y de la Iglesia. Un buen cristiano no puede desentenderse de los justos problemas del Estado, y debe aportar de sus bienes un porcentaje para Hacienda; ni conformarse con ayudar a la Iglesia con limosnas en las colectas o cepillos, o con aportaciones económicas por los servicios religiosos recibidos, a modo de paga voluntaria, sino que debe en conciencia “ayudar a la Iglesia en sus necesidades”, en cumplimiento del quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia. Ayudar a la Iglesia económicamente o con prestaciones personales para que pueda cumplir su misión evangelizadora no es una devoción, un gusto, sino una obligación de conciencia cristiana.

La pobreza, entendida  como virtud, es un precepto del Señor. Consiste en vivir lo mejor posible con el dinero que se gana justamente, según la ley de Dios, teniendo un sentido comunitario de los bienes de la Tierra que sobran, que son de los pobres, o que, sin perjuicio de la economía personal o familiar, otros necesitan vitalmente. Concebida como virtud evangélica, es un consejo del Señor para aquellos que con vocación de consagración quieran seguir a Jesucristo, pobre, con un corazón desprendido y como medio de mayor perfección. La miseria, es decir, la pobreza  de carecer de lo necesario para vivir dignamente, es un pecado social grave, cometido por la injusta administración política y es consecuencia del abuso de la riqueza por parte de los hombres.  Dios alaba y bendice la pobreza preceptuada, aconseja a los vocacionados la pobreza evangélica, y recrimina y condena la miseria.           

sábado, 13 de septiembre de 2025

Vigésimo cuarto domingo, Exaltación de la santa cruz. Tiempo ordinario. Ciclo C



Porque Jesús, Persona divina, asumió la naturaleza humana en todo menos en el pecado,  la vida, el gozo, el dolor y la muerte adquirieron la categoría divina de redención. Dios se humanizó para que el hombre se divinizara. La cruz, sinónimo de dolor, insignia y señal del cristiano, por el misterio pascual se convirtió para el hombre en medio de redención, santificación y apostolado místico en la Iglesia.  

El hombre sufre la cruz con desesperación, rebeldía, resignación, conformidad o alegría, porque no le gusta. En cambio, la Iglesia celebra la exaltación de la cruz, el 14 de Septiembre, fiesta que humanamente se opone a los sentimientos del corazón y rechaza la razón, pues el dolor es un mal humano, que Cristo convirtió en un bien teológico“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,6-8).

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16).

La salvación del género humano está en el árbol de la cruz, como reza la  Iglesia en el prefacio de la misa de la exaltación de la cruz: “Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro”.

 La cruz en el actual estado en que vive el hombre es gracia necesaria para la salvación, pues Dios no es Señor del dolor ni de la muerte, sino Señor de vivos, nos dice la Sagrada Escritura. No quiere el mal para el hombre, sino el mejor bien, pues en Dios Ser eterno, infinitamente bueno, repugna metafísicamente el mal y no se concilia con la realidad de Dios Padre de todos los hombres.

Dios creó al hombre en estado sobrenatural de gracia, bienestar y gozo, como corresponde a la infinita sabiduría y bondad divina, pero el misterio del pecado  produjo el dolor, que los que no tienen fe explican como consecuencia de la materialidad del hombre o efecto de diversas filosofías o teologías extrañas. En cambio, la fe nos dice que la cruz tiene un valor sobrenatural de salvación si se padece con fe y se ofrece con esperanza.

Porque Jesús, Dios hecho hombre, sufrió y fue crucificado, la cruz adquirió el sentido teológico de reparación y redención.

4 Clases de cruz

El hombre  en su peregrinación por la tierra conlleva  la cruz a cuestas, de una o de otra manera, en siete expresiones distintas: personal, familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial. Nace en una familia natural en la que existe la cruz; se educa y desarrolla en un ambiente cultural, laboral, social, y de signo político alternativo en el que  existe la cruz con distintos y variados matices y padece por distintas circunstancias.

Cruz personal

Cada persona es diferente y única, pues no hay ninguna exactamente igual. Tiene por naturaleza sus propias cualidades con las que goza y defectos físicos, psicológicos, espirituales y morales con los que sufre. Las taras con las que nace, de diversa índole en su naturaleza y pronunciación, suponen una cruz personal física. En la corporeidad de la persona hay ciertos desajustes patológicos y psicológicos que alteran, más o menos, la personalidad, y causan sufrimientos   a la propia persona y ocasionan cruces a los demás. El control de los nervios desquiciados  desigualmente, la doma de las pasiones naturales que empujan con más o menos brío hacia el mal suponen cruz para uno mismo. Otros defectos físicos, sin mayor importancia, como la falta de belleza o la deformación de un miembro no gustan, fácilmente se ocultan o disimulan, pero no suponen cruz especial,  y se aceptan y se  vive con ellos con naturalidad.

Las cualidad espiritual del entendimiento que dificulta el conocimiento de las cosas, sobre todo cuando es mínimo en su potencia cognoscitiva, es cruz personal por tener que trabajar mucho para no aprender nada o  poco con mucho esfuerzo; y una cruz moral es tener una voluntad inconstante, voluble, apática, apasionada, con la que hay que vencer muchos obstáculos, sin poder conseguir lo que se quiere. ¡Cuántas batallas perdidas en la lucha con uno mismo en aguantar los defectos físicos, patológicos psicológicos y espirituales, a pesar de las enconadas batallas sostenidas con ánimo de vencer!

La repetición del pecado que no se acaba de superar del todo, poniendo alma, vida y corazón en vencerlo,  humilla, hace sufrir y es una cruz moral que se tiene que padecer; y al final permanece incluso en los santos, como humillación personal, necesidad del conocimiento de  la gracia, el saboreo de la misericordia divina, comprensión de los hombres y medio de santificación.

Cruz familiar

La persona se educa en una familia natural o adoptiva; convive en una familia forzosa o elegida o en la que tiene que compartir la vida con otras personas diferentes en carácter, ideología, cultura, aficiones y gustos, que ofrecen cruces mutuas, pequeñas o grandes. La familia es escuela en la que se sufre inevitablemente, se intercomunican las cruces, y una forja de virtudes.  Es cierto que unos miembros en la familia son ocasión de cruces para algunos, varios, muchos o todos, pero es seguro que cada miembro, aunque sea santo, incluso en familias consagradas que viven el mismo  carisma, es ocasión de cruz para algunos, por el modo de vivirlo personalmente. En el amor humano más perfecto, incluso en el matrimonio santo, no se da el caso de que todo lo que  a uno le guste, guste totalmente al otro, y esto supone pequeña o gran cruz, que se acepta cariñosamente porque el amor todo lo comprende y excusa.

Cruz cultural

Los que tienen los mismos ideales de cultura y profesan las mismas vocaciones científicas se unen para el progreso, pero existen entre ellos la cruz de las humillaciones, rivalidades, envidias, enemistades, recelos, persecuciones, odios o venganzas. 

Cruz laboral

El trabajo es una necesidad vital, y espiritualmente un medio de santificación apostólica. Se realiza unas veces con gusto por vocación profesional o  consagrada, y otras con disgusto o sacrificio, cuando se trabaja por necesidad y a la fuerza. Pero conlleva generalmente cruz por la monotonía de la obra que se hace, el tiempo que se invierte, el cansancio que proporciona y, sobre todo, por los compañeros con quienes se tiene que trabajar, y por la competitividad que  engendra. El trabajo personal, realizado con gusto, supone  recompensa, y cristianamente  es un medio de perfección personal, bien social, medio de santificación y de místico apostolado.

Cruz social

El hombre por naturaleza es social, necesita de los demás y de la Sociedad para poder sobrevivir, pues él solo no puede valerse para todo. Si tuviera que vivir con lo que él solo puede hacer, sería un pobre, no tendría casi nada y disfrutaría de pocas cosas. El trato con los hombres reporta una cruz pequeña o grande,  que se tiene que soportar en la vecindad, en la amistad, en la relación social obligada y circunstancial.

Cruz política

En todos los regímenes de gobierno hay que padecer leyes injustas, anticristianas o desproporcionadas, promulgadas por la autoridad variable y permisiva del turno político gobernante que toca; y también en los gobiernos justos por las leyes buenas que dictan y no gustan.

El cristiano de ninguna manera tiene que cumplir las leyes divinas legalizadas que rompen el orden divino. Debe  hacer lo que pueda con paz y justicia por desecharlas, y no cruzarse de brazos dejando que pase el tiempo y todo se solucione por su propio curso  o declinando esta obligación solamente a los políticos, pues en parte también corresponde a los ciudadanos. Hay que trabajar con esfuerzo incansable por erradicar el mal en el mundo con el optimismo de la fe que todo lo puede, y con la esperanza puesta en Dios que gobierna todas las cosas con sabiduría infinita en bien de todos los hombres.

Cruz circunstancial

También es cruz tener que soportar las inclemencias del tiempo, la espera de los medios de trasporte, el traslado en viajes solo o con acompañantes, fenómenos con los que se sufre. De todas formas el frío y el calor, los viajes y sus circunstancias no desaparecen por quejarse. Las distintas circunstancias que acaecen de manera imprevista son también cruces  que hacen sufrir. Es bueno  aguantar todo con espíritu de sacrificio  para el bien del cuerpo y del alma.

Posturas ante la cruz

Ante la cruz, en cualquier expresión que se manifieste, no hay que reaccionar con pasividad, dejando las cosas a su aire o en manos de nadie. Es necesario y obligatorio buscar las soluciones que están en nuestra mano, y no esperar a que las cosas se arreglen solas y venga de Dios el milagro, pues dice un refrán que “a Dios rogando y con el mazo dando”. Hay que poner con interés todos los remedios posibles, y cuando nada se puede hacer, entonces agarrarse a la oración que misteriosamente soluciona lo que es imposible. Y si nada se consigue humanamente, rezar la petición del padrenuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Entre otras muchas actitudes que se pueden adoptar, se me ocurren tres principales: No hacer nada, rebelarse o aceptar la cruz.

No hacer nada por no saber o no poder es una solución temperamental humana, explicable y no responsable. Pues espiritualmente se puede hacer mucho: rezar, sufrir y ofrecer, que, a veces, es más que lo que se puede hacer humanamente.

No hacer nada por no querer es actitud negativa de responsabilidad, pues poder y no querer luchar para solucionar los problemas del mal es pecado.

Rebelarse no es una postura cristiana que jamás hay que adoptar, sino más bien hay que oponerse para defender la justicia o el bien común, pues no se debe consentir la injusticia y el quebrantamiento de los derechos del hombre. Rebelarse ante la cruz, que no tiene solución,  es inútil y aumenta la cruz a cambio de nada.

No es lo mismo rebelarse que oponerse al mal con huelga justa, que en las circunstancias marcadas por el Concilio Vaticano II es cristianamente lícita: “En caso de conflictos económico-sociales hay  que  esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el diálogo conciliatorio” (G S 68)

Aceptar la cruz

La fe nos enseña que la cruz tiene valor de redención, pues sin cruz no hay salvación, como decimos en la aclamación después de la consagración, al anunciar el misterio de nuestra fe: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”. 

La cruz, después de haber puesto todos los medios para evitarla, hay que aceptarla y pedir a Dios fuerzas  para llevarla con paciencia, fe y esperanza.  A veces sufrimos tanto que  parece que no vamos a poder con el cargamento de la cruz, que nos vamos a sentir aplastados bajo su peso insoportable, porque el sufrimiento  se hace eterno y tenemos pánico a  sucumbir en la fe. No dudes de la Palabra de Dios que nos dice: “Dios no prueba por encima de nuestras fuerzas”.

Cuando no podamos remediar la cruz, que de todas maneras la tenemos que sufrir, la mejor solución es ofrecerla en reparación de los pecados propios o ajenos o por otras intenciones espirituales, como medio de santificación personal y eclesial, pues el dolor redime y santifica. Con la cruz aceptada, sufrida y ofrecida nos identificamos con Cristo y completamos lo que faltó a su pasión en sus miembros. Por eso Jesús en el Evangelio nos dejó dicho: “El que quiera venirse conmigo, tome su cruz y sígame”.

 Es evidente, y por eso no necesita demostración, que el hombre siempre ha sufrido, sufre y sufrirá hasta que llegue la consumación de los siglos.   La Palabra de Dios nos dice que “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”.

La pasión y muerte de Jesús, máximo dolor que se puede imaginar, porque es Dios quien sufre, es la prueba más clara de que el sufrimiento es necesario para ir al Cielo.

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). No es la cruz una opción para seguir a Cristo, sino una necesidad para conseguir la vida eterna. Los cristianos tenemos que seguir a Cristo con la cruz a cuestas, sabiendo que delante de nosotros va Él estimulándonos a llevarla y haciendo con cada uno de nosotros las veces de cirineo.

Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer: nuestra debilidad, nuestra impotencia o nuestra capacidad limitada, y acudimos a quien todo lo puede para que nos ayude y fortalezca; con la cruz propia comprendemos a los demás, que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre; con la cruz rezamos juntos para conseguir la gracia de la fortaleza del Espíritu Santo para todos; se fortalece nuestra fe para la vida eterna, se aumenta nuestra esperanza y ponemos totalmente nuestro corazón en los bienes de Arriba, que son eternos e imperecederos, despegándonos de las criaturas, a las que estamos esclavizados. La cruz nos sirve para redimir las culpas y penas de nuestros pecados, que no han sido suficientemente reparados en la vida, y nos ahorra en esta vida las penas temporales del Purgatorio.

Aunque sintamos el dolor no razonemos como los que no tienen fe: ¿Qué pecado habré cometido yo para que el Señor me trate de esta manera? ¿Por qué Dios me abandona tanto? ¿Qué he hecho yo para que los hombres se porten tan mal conmigo? ¿Por qué...?

Todo lo contrario:

Cuando nos veamos solos, abandonados, sin el amparo de los nuestros; cuando sufrimos en nuestra carne  la enfermedad larga, costosa e insoportable; cuando somos perseguidos por parte de familiares y amigos; cuando nos sentimos despreciados, desconcertados en el fondo del corazón, expresamos al exterior nuestro sentimiento y nos olvidamos de que hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. El camino del Cielo está sembrado de espinas, y no de rosas; hay que tener siempre presente que la distinción de un hijo de Dios elegido de Jesucristo es la cruz, la persecución. 

Cuando nos encontremos solos, tengamos dolores físicos, psíquicos, padezcamos depresiones, soledades y angustias,  estemos despreciados, o menos preciados la solución está en vivir lo que sabemos: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”

Para las almas espirituales, para los santos, el padecer es sufrir con esperanza del gozo de la vida eterna. Muchas veces, cuando leemos en la vida de los santos lo mucho que padecieron, decimos: ¡pobrecitos, cuánto sufrieron! Y no es así, porque Dios da la fortaleza suficiente para sufrir con gozo espiritual, no con gozo humano, la cruz, que se aguanta con la fortaleza del Espíritu Santo. El santo experimenta el dolor físico, a veces humanamente inaguantable, con la seguridad de que se identifica con Cristo que nos salvó por el amor hecho dolor, y con la esperanza de conseguir el Cielo.

La esencia del amor está combinado con el dolor, porque Dios, hecho Jesucristo, nos amó tanto que por amor quiso sufrir y morir por nosotros en la cruz.

Además de estos consuelos sobrenaturales, existe la esperanza humana de saber que el mal tiene su fin, pues no hay mal que cien años dure. Cuando nos visite la tribulación, cuando el Señor nos acaricie con la cruz, cuando  el dador de todo bien ponga sobre nosotros el pesado madero, que nos parece que no vamos a poder sobrellevar, digamos con el santo Job: “Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea su santo nombre”.

 

 


sábado, 6 de septiembre de 2025

Vigésimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C


El texto del libro de la Sabiduría de la primera lectura de la liturgia de la Palabra, que estamos celebrando, nos dice que el hombre no conoce el designio de Dios ni comprende lo que Dios quiere, porque los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles. Esta verdad es evidente,  porque Dios, el Ser eterno, infinitamente perfecto, sabio, todopoderoso, con atributos divinos que los hombres imaginamos en Él, sacados de las criaturas, no cabe dentro del entendimiento del hombre, como no cabe la inmensidad de las aguas de los mares y océanos de la Tierra en un dedal. Si Dios, el Ente necesario, no puede ser entendido por el hombre, tampoco su entender, ni su querer. Su entendimiento divino, infinito, no puede ser comprendido por la inteligencia humana, finita, que conoce la verdad con limitaciones, errores, esfuerzos, dificultades; ni su voluntad divina, puede ser entendida por el  hombre, que conoce la voluntad humana que quiere y no quiere, ama con egoísmos, e incluso odia. Por eso, nos dice el libro de la Sabiduría que los pensamientos de los mortales son mezquinos y sus razonamientos falibles. 

Sabemos por la fe, y hasta por la lógica de la razón humana, que Dios es absolutamente perfecto, de tal manera que no se puede concebir en él defecto alguno, porque repugna metafísicamente la convivencia de la bondad divina con el mal. Creemos que todo lo que Dios hace o permite concurre para el bien de los que ama el Señor, como nos dice la Sagrada Escritura, y en concreto San Pablo (Rm 8, 28).  Sin embargo, la raquítica inteligencia del hombre no comprende el por qué de tantos males físicos que hay en el mundo, que no dependen de la libertad humana, como son ciertos fenómenos de la Naturaleza: volcanes, inundaciones, terremotos,...; ni tampoco por qué existen tantos nacimientos de discapacitados físicos y psíquicos, desgracias corporales en el hombre que Él quiere, pero que reportan muchos males para la Sociedad y para las familias; ni por qué existe el pecado, ni por qué Dios conserva la salud de los que hacen muchos males, y no los impide, aunque sea por el respeto a la libertad del individuo. La fe nos dice, y lo creemos, que los males físicos y materiales no son males absolutos, sino relativos, y medios para la salvación eterna, que es el bien supremo y último del hombre. Sabemos que todos los males del mundo tienen un fin universal en bien de todos los hombres, que entenderemos en el Cielo, cuando veamos en la esencia divina, única y trinitaria, el por qué de todas las cosas. Así lo esperamos con el consuelo de la fe, aunque la razón humana se resiste a conciliar el amor de Dios con las desgracias humanas que quiere o permite. 

Pero todavía existe otro misterio que para nuestra limitada capacidad de entender es una incógnita insoluble: ¿Cómo entenderá y juzgará Dios el corazón del hombre en sus acciones, que nos parecen malas o son estimadas por los hombres como tales? El conocimiento de la intimidad del corazón del hombre es una exclusiva de la sabiduría omnipotente de Dios, misericordiosa, que ni siquiera la Iglesia juzga, según el adagio teológico: “De las cosas internas ni la Iglesia juzga”. 

La triste experiencia de la Historia nos dice los horrendos crímenes que han existido siempre, los gravísimos pecados que han cometido los hombres en todos los tiempos; y hoy mismo, comprobamos el desmadre moral que hay en la Sociedad, la barbarie de nuestro tiempo, las injusticias que claman al Cielo y el caos de degradación social de la moral natural, religiosa y católica que existe en todo el mundo. Para mí, Dios es más sabio y poderoso, cuando comprende y evalúa la conciencia humana de cada hombre, en su justo precio divino, que humanamente no se puede juzgar con rigurosa justicia, porque entra en juego la misteriosa libertad del hombre y su responsabilidad moral, que cuando creó el mundo de la nada. Si la malicia del hombre, que existe y existirá hasta el fin de los tiempos, se juzgara con criterios humanos, la conclusión sería que la mayor parte de los hombres se condenan, si nos atenemos a la moral católica que aprendimos, vivimos y enseñamos. Pero estoy seguro de que Dios, infinitamente sabio y misericordioso, juzgará a los hombres de distinta manera que los juzgamos nosotros, porque los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles.   

Con una sencilla observación vemos que hay muchos hombres que no creen, pero que en algunos actos virtuosos nos “dan sopas con hondas”; y que  muchos cristianos actúan de manera que no concebimos y viven con la mayor tranquilidad del mundo y con una paz envidiable. Muchos cristianos que conocen la doctrina de la Iglesia, la escuchan, y no la cumplen. ¿Por falta de fe? ¿Por incapacidad subjetiva? ¿Por...? ¡Cualquiera sabe las profundas motivaciones del obrar del hombre, tan defectuoso, débil y pecador! 

Y si nos atenemos al hombre del mundo, no hace falta hacer esfuerzo alguno para comprobar que la gente vive materializada, apegada a los placeres  mundanos, de espaldas a la ley de Dios y de la Iglesia, con una moral caprichosa subjetiva, circunstancial. ¿Cómo conciliará Dios su justicia con su misericordia, a la hora de juzgar los pecados que están en el corazón de cada hombre? 

Es un consuelo pensar y saber que sólo Dios, y nadie más que Dios, puede juzgar al hombre, su hijo, creado por Él para la salvación eterna, “porque los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles”.

 

sábado, 30 de agosto de 2025

Vigésimo segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C



La virtud de la humildad es el fundamento de la vida cristiana y de la perfección evangélica, de tal manera que no se puede ser santo sin ser humilde.

El evangelio de este domingo nos ofrece una buena oportunidad para hablar sobre esta virtud tan poco practicada en el mundo y tan necesaria para vivir consecuentemente la santidad.

La humildad no es, por cierto, la principal de todas las virtudes, que como todos sabemos es la caridad; ni tampoco superior a las llamadas virtudes teologales de fe y esperanza, que juntamente con la caridad tienen por objeto directo a Dios. Pero sin ella, las virtudes teologales tienen podo sentido  o carecen de eficacia plena. 

En la primera lectura del libro del Eclesiástico de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando, Dios nos enseña: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”, porque la humildad es más valorada en el mundo que la generosidad. “Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios”. Y es evidente, pues cuando nos hacemos niños, siendo grandes en dignidad y valores, más cerca de Dios nos encontramos, pues Jesús nos dice en el Evangelio que “el que no se hace como niño, no entrará en el Reino de los Cielos” Y es verdad, pues el humilde atrae y el orgulloso o soberbio repele.  

¿Qué es la humildad?

Santa Teresa de Jesús decía que la humildad es “andar en verdad”, que en definitiva es lo mismo que nos dice hoy el libro del Eclesiástico: Proceder con humildad en nuestros asuntos y hacerse pequeño en las grandezas.

¿Qué es andar en verdad?

Primero reconocer la verdad de lo que Dios es y de lo que somos nosotros. Dios es, nosotros no somos, tenemos, porque todo lo hemos recibido. Dios es Amor, perfección infinita, absoluta, eterna, increada. En cambio, nosotros, los hombres, tenemos los dones que son participaciones de la bondad infinita de la sabiduría de Dios, participaciones creadas, limitadas, humanizadas, es decir defectuosas. Todo lo que somos lo hemos recibido de Dios en la Naturaleza  o en la Gracia, incluso la capacidad de hacer el bien y merecer sobrenaturalmente. Lo nuestro en exclusiva es el pecado, y lo bueno que hacemos con nuestra libertad es de Dios radicalmente y nuestro personalmente con la ayuda de  Dios.

Al reconocer esta verdad fundamental con sabiduría del Espíritu Santo, surge consecuentemente en nosotros la humildad en nuestro modo de proceder, pues no tenemos de qué presumir, pues como todo depende de la fe, todo es gracia, dice San Pablo. Es  estupidez mental y mentira solemne presumir de lo que uno no es. Valorarse más de lo que uno es, es falsa presunción y ofuscada vanidad, y apreciar la realidad de nuestro ser y de nuestro obrar es sublime y profunda humildad. El humilde es el sabio que al reconocerse lo que es y como es, se humilla delante de Dios y de los hombres; y al verse en la presencia divina defectuoso, pecador o virtuoso, se humilla y no se compara con nadie, valora y agradece en su justo precio los dones que ha recibido, y comprende con humillación sus defectos y pecados; y de la misma manera valora y agradece las cualidades y virtudes que tienen los demás hombres y comprende sus defectos y pecados.

El humilde, en fin, ve con admiración y gratitud el bien que hay en sí mismo y en todos los hombres, como reflejo parcial de la infinita bondad de Dios en todos los hombres, buenos o malos; acepta con humillación sus defectos propios y de los demás, como debilidades humanas, y se arrepiente de todos sus pecados y comprende los de los demás hombres. El humilde no tiene complejos porque otros tengan más cualidades o virtudes que él, ni envidia la suerte de los que son más perfectos, porque todo lo ve con los ojos de Dios, y como regalos de Dios. Es más, se alegra de que todos sean más que él, tengan mayores y mejores dones, porque sabe que la envidia es estúpida y detestable, pues es  pecado  sufrir tontamente por los bienes que Dios ha derramado en otros iguales o mejores que los que a nosotros nos ha regalado.

El soberbio, como no conoce a Dios ni se conoce, no se humilla delante de los hombres,  se rinde culto idolátrico a sí mismo, se valora por encima de los otros, y frecuentemente  desprecia a muchos. No hay para él otro dios que él mismo, y a él se atribuye lo que es y lo que tiene. Esta actitud es injusta, pues engreírse de los dones recibidos es injusta vanidad y soberbia presuntuosa, pues cada uno debe conformarse con lo que es y con lo que tiene. 

El Evangelio nos insiste en esta misma idea. Jesús fue invitado en cierta ocasión por un fariseo principal a un banquete, en el que todos le estaban espiando. Y observando  que todos escogían los primeros y mejores puestos de la mesa, les dijo: ”Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante los convidados. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Humillarse no quiere decir pasar por todo, tolerarlo todo, dejarse aplastar, porque debes ejercer también, juntamente con la virtud de la humildad, la virtud de la justicia, no sólo para defender justamente tus derechos sino para evitar que el otro haga el mal. Jesús nos enseñó con estas palabras a ser humildes, a ser sencillos, a ser por fuera como uno es por dentro, a no tener dobleces en el corazón, a ocupar los últimos puestos, a no sentarnos en los sitiales que no nos corresponden, pues es mejor sentir la alegría de ser ascendido de categoría que pasar la vergüenza y el bochorno de ser echado del puesto que a uno no le corresponde.


sábado, 23 de agosto de 2025

Vigésimo primer domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo C


Probablemente el Evangelio de hoy fue predicado por Jesús, según los estudiosos expertos del Evangelio, en el tercer año de su vida pública. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado de sus discípulos, predicando el Evangelio por las ciudades y aldeas que recorría. Sucedió que en un lugar desconocido un oyente que escuchaba la Palabra de Jesús, a tono con su predicación o fuera de tema, le abordó con esta pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?

La salvación era para los judíos un problema crucial que les preocupaba hondamente y sobre el que tenían ideas muy equivocadas, hasta el punto de que creían que era casi un privilegio en exclusiva para su pueblo, porque en él se revelaron y realizaron las maravillas de la salvación. Los gentiles o paganos, en cambio, que eran los pueblos no judíos, obtenían la salvación, a título de excepción, en virtud de la misericordia infinita de Dios. Esta opinión está en contra de la Sagrada Escritura y, en particular, en contra de la doctrina enseñada por Jesucristo en el Evangelio y en la Revelación de la Iglesia. A título de muestra citamos los dos textos más conocidos de San Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,3-4). “También los gentiles son coherederos de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio” ( Ef 3,5-6).

El número de los que se salvan ha sido, es y será siempre el gran interrogante para todos los teólogos, predicadores, escritores, cristianos y pensadores  de todos los tiempos, porque nada hay revelado sobre este particular. Es, por tanto, un misterio del amor eterno, infinito y misericordioso de Dios Padre, que nos redimió por medio de su Hijo, Jesucristo, Dios y hombre verdadero, con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo. Nadie sabe, ni siquiera la Iglesia, el número de los que se condenan.

La pregunta del oyente anónimo: Señor, ¿serán pocos los que se salven? no me parece una simple curiosidad que tenía para conocer la opinión del profeta Jesús sobre el número de los que se salvan, para poderla constatar con la muchas variadas, contrarias y contradictorias doctrinas que cundían entonces entre los doctores y profetas del pueblo de Israel. Mas bien creo que era la manifestación de una preocupación personal que representaba el sentir popular y científico de todo el pueblo, que creía que eran muy pocos los que alcanzaban la salvación.

Jesús no contestó directamente a esta comprometida pregunta, sino que se limitó a enseñar el camino de la salvación: el esfuerzo por entrar por la puerta estrecha durante el tiempo de la vida, y no a la hora de la muerte cuando se cierra la puerta de la salvación: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar, y no podrán. La puerta estrecha no significa que pocos pueden entrar por ella, sino que cuesta sacrificio, pero que todo el mundo puede pasar; y el que muchos intentarán pasar y no podrán para mí significa que la vida es el tiempo para conseguir la salvación, y no la muerte con la que se cierra la posibilidad de salvarse. 

El texto en sí, de difícil interpretación, no debe ser interpretado en sentido literal, al pie de la letra, según el significado gramatical de las palabras, sino en sentido didáctico de Dios Padre, que invita con fuerza a sus hijos, los hombres, a la salvación, que supone una misericordiosa interpretación de comprensión. Pongamos un ejemplo. Si un padre dice a su hijo en tono de severidad: Como no me obedezcas, atente a las consecuencias, porque entonces no querré nada contigo. Con estas duras palabras está exigiendo más el precepto que debe cumplir que el castigo que le puede venir por la desobediencia, puesto que el padre se portará siempre con su hijo con amor comprensivo y misericordioso más que con rigurosa y estricta justicia. 

Sabemos que son muchos los que se salvan, como nos consta por el libro de las canonizaciones de los santos y mártires de la Santa Iglesia, pero no sabemos cuántos se condenan. El Papa Juan Pablo II en su libro Cruzando el umbral de la esperanza nos dice textualmente que “cuando Jesús dice de Judas, el traidor, sería mejor para ese hombre no haber nacido, la afirmación no puede ser entendida en el sentido de una eterna condenación” (pág. 187).

Entre los teólogos antiguos y modernos hay dos opiniones distintas respecto de la salvación universal de los hombres: rigorista y optimista.

La opinión rigorista afirma que son muchos, muchísimos los que no se salvan o condenan, porque según se aprecia pocos, poquísimos, son los que trabajan por vivir en gracia y se preocupan por la salvación eterna. La mayor parte de la gente vive de espaldas a Dios, obcecada en el pecado, alucinada por el mundo, el dinero, el poder y la carne, y sin seguir la doctrina de la Iglesia. En los tiempos de nuestra formación, de los mayores me refiero, se nos decía que al infierno caían las almas, como las hojas de los árboles caen al suelo en otoño; o como los copos de nieve caen a la tierra en una intensa y prolongada nevada de invierno. Todavía recordamos aquellos santos misioneros, como el P. Rodríguez, que, con buena voluntad, como fruto de la época, atemorizaban a las almas buenas con las espeluznantes meditaciones sobre el infierno. Parecía entonces que eran pocos los que se salvaban.

La opinión optimista, de hoy principalmente, consiste en creer que todo el mundo se salva, pues, por varias razones de peso, los hombres por sus debilidades constitucionales, educación distinta en culturas y épocas diferentes, problemáticas familiares y sociales de fuerte influencia en la persona, a la hora de realizar actos morales, no son capaces de ofender a Dios tan gravemente como para merecer el infierno eterno.

¿Qué hay sobre esto?

Creo que lo mejor que podemos hacer para tranquilizar nuestra posible inquietud sobre este espinoso y agobiante tema es establecer unos principios seguros que nos puedan dar luz a nuestros interrogantes.

1º La Iglesia jamás ha hablado ni puede hablar del número de los que se salvan, porque no está revelado, y nadie lo sabe.

2º Según la doctrina de la Iglesia se salva el que muere en gracia y se condena el que muere en pecado mortal (Cat 1035). ¿Pero quién sabe el que está o muere en gracia de Dios o en pecado mortal?

3º La moral católica, que es la ciencia que estudia la moralidad teórica de los actos morales, nos enseña qué se necesita para que un acto moral sea pecado mortal o grave:

- materia grave o, al menos, estimada subjetivamente;

- advertencia plena por parte del entendimiento, o sea, darse cuenta plenamente de que la acción que se va a ejecutar es gravemente pecaminosa;

- y pleno consentimiento por parte de la voluntad, o sea, aceptación plena de la obra mala a sabiendas de lo que es. Si falta alguna de estas tres condiciones, el pecado no es grave.

“Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (Reconciliatio et poenitentia 17). Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del acto, de oposición a la Ley de Dios. Implica también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección personal (Cat 1859).

En virtud de estos principios algunos pecados objetivamente graves por su materia pasan a ser leves por falta de plena advertencia o de pleno consentimiento. Y al revés, algunos otros, cuya materia es objetivamente leve, pasan a ser graves porque el pecador creyó equivocadamente que era grave y lo cometió a pesar de ello.

4º La gravedad del pecado  no consiste en la simple transgresión voluntaria de la ley de Dios, evaluada por los hombres, sino que depende del juicio de Dios Padre, infinitamente misericordioso, que evalúa el pecado de su hijo, el hombre, sometido a muchas debilidades, taras hereditarias o adquiridas, desequilibrios temperamentales, condicionamientos de todo tipo, tentaciones, culturas, educación familiar y social y otros muchos factores.

En nuestro propio ambiente nos cuesta trabajo encontrar un hombre perfecto. La perfección en el otro es como a cada uno le gusta o la vive. Dicen que Diógenes un día, iluminado a pleno sol, iba con una linterna en la mano enfocando en una plaza abarrotada de hombres, proyectando luz sobre cada uno de ellos. Alguien  le preguntó:

-¿Qué buscas?

Él respondió:

- Un hombre. 

Es cierto que hay en el mundo hombres muy malos, como lo atestigua la triste experiencia de nuestros días. Pero sólo Dios sabe quienes cometen el pecado grave que merezca el infierno.

5º Dios Padre juzga al hombre, que es su hijo, con su infinita misericordia.

Si las condiciones personales se tienen en cuenta en todo juicio humano para dictar sentencia, con más razón Dios Padre, infinitamente misericordioso, tendrá en cuenta todos los factores personales del pecador, hijo de Dios ¿Cómo el hijo de Dios ofenderá a su Padre? ¿Qué castigo merecerá a los ojos divinos del Padre el hijo que le ofende con actos humanos, que, por muy graves que sean, son limitados y temporales? ¿El infierno? ¡Misterio!

6º Y, por último, la redención universal, realizada por Jesucristo que derramó su sangre divina por todos sus hijos, los hombres.

sábado, 16 de agosto de 2025

Vigésimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 

Es frecuente en el Evangelio encontrar pasajes y textos de difícil interpretación, que resultan extraños para la comprensión humana, y hasta llamativos o “escandalosos”, si se interpretan humanamente y se explican al pie de la letra, no en el sentido auténtico en que Jesucristo los predicó. El contenido de la predicación y de la escritura no debe interpretarse según el valor material de las palabras de un texto, sino teniendo en cuenta el género literario en que está dicho o escrito,  y, sobre todo, según la intención que pone en las palabras su autor. Las palabras significan lo que quiere decir el autor con ellas. En nuestro idioma hay frases que se dicen, y todo el mundo entiende, aunque las palabras utilizadas tengan en sí un sentido gramatical distinto al que se les da. Si yo digo, por ejemplo, que a Felipe le “han dado tres calabazas” en el Instituto o en el colegio, todos sabemos que ha obtenido en sus estudios tres suspensos, porque esta frase hecha tiene hoy en España este sentido popular. 

Jesús en su predicación utilizó frases hechas que usaba el pueblo, y también parábolas y metáforas con significado personal, que utilizaba para explicar temas transcendentes, sublimes y sobrenaturales, que necesitaban explicación. “A vosotros, decía Jesús a sus apóstoles, os hablo a las claras y a los demás en parábolas”. Luego el Evangelio necesita la interpretación de lo que Jesús quiso decir y no de lo que dijo con palabras humanas. Por ejemplo, en las bodas de Caná de Galilea, María dijo a su Hijo: “No tienen vino” Y Jesús le contestó: “A ti y a mí, nada nos va en este asunto”. Parece que se desentendía de este problema. Y, sin embargo, no fue así, porque en el tono y en la mirada, Jesús le dio a entender a su Madre que le haría caso, pues María mandó a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Y se realizó el primer milagro de la vida pública de Jesús. 

El Evangelio de San Lucas, que acabamos de proclamar en el nombre del Señor, contiene frases que pueden resultar muy duras, si no se explican, porque no se pueden entender al pie de la letra:

“He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo ¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz? No, sino división. En adelante una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”

¿Cómo se puede entender que Jesús, el Hijo de Dios Padre, que con Él es Amor eterno en unión indisoluble del Espíritu Santo, ha venido al mundo a traer la división y la guerra, y no la paz, que es fruto del amor? ¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz? No, sino división. Jesucristo no fue un revolucionario social, ni un político que vino a romper los vínculos de amor, unión y paz naturales de la familia, sino el Amor encarnado, el autor de la paz, el fiel programador de la familia cristiana, el defensor a ultranza del cuarto mandamiento de la ley de Dios: Honrar padre y madre. Cuando Jesús nació en Belén, los ángeles, portavoces de la Paz de Dios en el Cielo, decían: “Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”. Todo el Evangelio rezuma amor, misericordia, paz, unión, concordia. No hay palabra ni frase que no hable de amor, comprensión, misericordia, perdón. Estas ideas se destacan con sublime literatura, sin igual, en la parábola del hijo pródigo, en la que el amor, que es perdón y paz, se describe en términos que no conoce el amor humano (Lc 15,11-32) En concreto ¿qué significan estas palabras del Evangelio? 

Jesús en el sermón de la montaña proclama como bienaventuranza la persecución de los elegidos con estas palabras: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegráos y regocijáos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,11-12).

En el libro de los Hechos se nos dice que los apóstoles fueron juzgados por el Sanedrín, y después de haber sido azotados, marcharon contentos por haber merecido la gracia de ser ultrajados por Cristo (Hech 5,41). El sufrir por Cristo es considerado por San Pablo como gracia (Flp 1,29)...

La Historia de la Iglesia atestigua con relevantes ejemplos cómo siempre, desde que Jesús fundó la Iglesia, los cristianos han sido y serán perseguidos, como también antes en el Antiguo Testamento fueron perseguidos  los antiguos profetas que transmitían la Palabra de Dios (Mt 5,12). ¡Cuántos mártires derramaron su sangre por Cristo, sin haber cometido otro delito que confesar la fe de Jesucristo! La última guerra española del año 1936, de la que todavía muchos de nosotros somos testigos presenciales, confirma este hecho. Muchos españoles sacerdotes, religiosos y cristianos fueron inocentemente ajusticiados simplemente por odio a Jesús y a la Iglesia Católica.  ¡Cuántos santos veneramos en los altares que fueron calumniados y perseguidos solamente por seguir a Jesucristo! ¿Por qué? En cumplimiento de la profecía de Jesucristo. Esta es la guerra de la que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy. La ley de Dios contradice la ley del Mundo, el cumplimiento de la moral católica choca contra la inmoralidad de las leyes humanas y costumbres contrarias al derecho natural y divino, el seguimiento consecuente del Evangelio divide a la familia: a los hijos de los padres, a los hermanos entre sí y a los familiares más íntimos, porque el Evangelio en su doctrina y en su vivencia separa, divide. Conocemos muchos casos: padres que se enemistaron con sacerdotes o religiosos porque colaboraron a que sus hijos o hijas secundaran su vocación de vida consagrada, que se enemistaron con  la Iglesia, simplemente porque sus hijos optaron por seguir el Evangelio en el mundo o fuera de él. Esta es la guerra de Dios de la que nos habla el Evangelio de hoy. Serás más criticado y calumniado por venir a la Iglesia que por ir a espectáculos indecentes, por comulgar que por alternar en las diversiones pecaminosas del mundo, por ser cristiano que por ser mundano. Buena señal. El que no es perseguido no es elegido, dice un autor de nuestros días.