“¿Crees tú en el Hijo del Hombre?
Él contestó:
¿Y quién es,
Señor, para que crea en Él?
Jesús le dijo:
- Lo estás viendo:
El que te está hablando, ése es.
Él le dijo:
- Creo, Señor” (Jn 9,35-38).
El relato del milagro del ciego de nacimiento es, sin duda, uno de los más bellos de los cuatro Evangelios, no sólo en cuanto a su contenido, sino también en cuanto al estilo literario de su exposición.
Dejando sin explicar todo el texto, cosa que
nos llevaría demasiado tiempo para una homilía, nos vamos a fijar en el diálogo
que Jesús mantuvo con el ciego de nacimiento, y en concreto en las palabras que
él pronunció:
“Creo, Señor”
Por consiguiente, el tema de la homilía de hoy va a ser la fe.
¿Qué es la fe?
La fe es un don de Dios que el Espíritu Santo concede a quien quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, de muchas formas conocidas y desconocidas por los hombres. Es una virtud sobrenatural necesaria para conseguir la salvación eterna: un regalo del Espíritu Santo que llega a millones de hombres por los cauces normales que enseña la doctrina de la Iglesia, y, muchas veces, por modos misteriosos que transcienden la capacidad intelectiva de la ciencia humana y teológica.
Los teólogos nos dicen que es una creencia experimental que se vive en el corazón y se demuestra en las obras, más que una ciencia humana explicada por los sabios del conocimiento de Dios. No existen palabras humanas para definir con acierto los misterios divinos.
La fe nace de Dios sin que, a veces, se la pidan los hombres, como sucedió en el ciego de nacimiento del Evangelio, que se encontró con Jesús, y sin pedirle la fe, se la concedió, aprovechando el milagro de devolverle la visión, que tampoco pidió.
Cuando los judíos y vecinos observaron que el ciego que antes pedía limosna por las calles veía, confundidos, sin saber si era el mismo u otro, le preguntaron:
¿Quién te ha
abierto los ojos?
El ciego contestó:
- Ese hombre que se llama Jesús. Y les explicó el modo extraño en que fue curado: con barro hecho con saliva y untó en los ojos, terapia humanamente contraproducente, que sirve para cegar más a quien ya está ciego, que para devolver la vista.
Los fariseos quedaron desconcertados y
divididos, pensando que el que había abierto los ojos al ciego no podía venir
de Dios, porque quebrantó el sábado, entonces el día del Señor. Tenía que ser
un pecador.
Volvieron a preguntar al ciego:
- ¿Tú qué dices de
ese hombre?
Y él contestó:
- Que es un
profeta.
Luego, preguntaron a sus padres quién había
devuelto la vista a su hijo ciego. Pero como las cosas se ponían encrespadas y
violentas, temiendo ser expulsados de la Sinagoga, dijeron que se lo
preguntaran a su hijo, que ya tenía edad para responder.
Los fariseos, por más razones y explicaciones
que les daba el ciego sobre el milagro, no le creyeron; y llenándolo de
improperios, lo expulsaron de la Sinagoga, porque para ellos era un gran
pecador.
Cuando se enteró Jesús de que lo habían expulsado de la Sinagoga, fue a su encuentro y le dijo:
- “¿Crees tú en el
Hijo del Hombre?”
Entonces Jesús se le manifestó como el Mesías, el Hijo de Dios. Y el ciego, postrándose de rodillas ante Él, le dijo:
- Creo, Señor.
La fe católica suele tener un proceso sobrenatural que se desarrolla en el hombre de modo connatural por medios muy diferentes, a través de diversas circunstancias humanas: la familia, la amistad, el colegio, la Parroquia... Viene del Padre, por medio de Jesucristo y con la fuerza del Espíritu Santo. Es Dios Padre en la Persona divina de su Hijo Jesús quien causa la fe en el hombre, una exclusiva del Espíritu Santo; y no es, de ninguna manera, efecto lógico y consecuente de obras humanas: comunicación de la fe por medio de la Palabra de Dios, escuchada atenta y fervorosamente; ni la consecuencia del ambiente de una familia muy honrada y religiosa; ni tampoco de la educación recibida en el colegio o en la Parroquia, ni ...
Ciertamente que estas circunstancias ocasionan oportunidades para que Dios cause la fe, pero no la causan. Dios se vale de acontecimientos humanos para realizar su obra generalmente, pero, a veces, Dios causa la fe en quienes quiere, incluso en personas antidispuestas a recibirla, como sucedió en la conversión de San Pablo, que recibió no sólo la fe, sino también la gracia de la vocación apostólica, y precisamente en el momento en que perseguía a Cristo en sus discípulos con mayor encono. Peor disposición no cabe.
De la misma manera que los padres son medio
de transmisión de la vida del hijo que Dios causa, así también los hombres y
las circunstancias comunican la fe que causa Dios.
Por consiguiente, la fe, que es un don de
Dios sobrenatural, no puede ser causada por ninguna causa humana, sino por Dios
exclusivamente, valiéndose de múltiples medios.
No cabe la menor duda de que todos los que
estamos aquí celebrando la Eucaristía tenemos fe, de una o de otra manera, con
mayor o menor intensidad y pureza teológica, en mayor o menor grado, pero fe
que hemos recibido de Dios, y no por la fuerza de un impacto psicológico o
sentimental de algún acontecimiento deslumbrante. Dios es tan sabio que hace,
en cierto sentido connatural lo que es sobrenatural. Cuando se da el caso de un
convertido que siente la fe con fuerza y la expresa exageradamente con actos
desequilibrados, que se salen de los moldes ordinarios del sentimiento humano,
se trata, generalmente, de una enfermedad psicológica, y no de una vocación
profundamente cristiana, ¡Cuidado! Nadie se convierte de repente. Nadie pasa de
una vida de pecado a una vida de gracia de golpe, sino poco a poco. El Espíritu
Santo trabaja misteriosamente en el fondo del alma, atrayéndola a la fe de
muchas formas, hasta que llega la última gracia, que algunos teólogos llaman
“tumbativa”, que puede ser un acontecimiento insignificante o importante, como
pasó en la fe que recibió el ciego de nacimiento. Primero recibió el milagro de
la visión y luego el milagro de la fe. Pero no todos los que presencian
milagros, creen. El milagro sin la
gracia especial de Jesús tampoco produce la fe.
¡Qué grande es la fe y qué misterioso el modo
en que se recibe! ¡Qué grande y misteriosa es la gracia de Dios en aquellos que
no tienen fe! La sabiduría infinita de Dios omnipotente hace que la fe pueda
ser sustituida misteriosamente por la buena voluntad de los que creen, sin ser
católicos, porque profesan, convencidos, su
fe, o por la recta conciencia en el bien obrar de quienes no conocen al
Dios verdadero, ni saben que Jesús, verdadero Dios, ha muerto en la cruz por
todos los hombres.
Pues bien, hermanos, esa fe que hemos
recibido todos, acaso desde siempre, repetimos para concluir, es obra directa y
exclusiva, del Espíritu Santo, venida a nosotros por distintos cauces humanos.
Vamos agradecer a Dios este don incomparable,
recitando todos juntos en alta voz y con fervor especial el credo de la Santa
misa, repitiendo en el corazón las palabras del ciego de nacimiento: “Creo, Señor”.

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