Seguramente
que a más de uno de los me escuchan, se le habrá ocurrido la idea de decir que
el precursor del Mesías, el mejor nacido de mujer, excepto Jesús, predicaba la
conversión para los hombres de su tiempo; pero que no tiene sentido para
nosotros, que somos cristianos practicantes. Y esto es un error, porque todos
tenemos que convertirnos.
Se tienen que
convertir los infieles para que pasen de la infidelidad de la idolatría a la
fe, al culto del verdadero Dios, cuya misión realizan los misioneros y las
misioneras. Los cristianos colaboramos a esta empresa misionera de toda la
Iglesia, celebrando una vez al año el Domund, día de la propagación de la fe,
con la oración, sacrificios y limosnas.
Puede parecer
también que la conversión es empresa que tenemos que realizar los cristianos
para aquellos que no tienen fe, o que tienen una fe distinta a la nuestra. Pero
no es así. Tampoco pensemos que la
conversión es propia de los grandes pecadores, que, creyendo en Dios, se
apartaron de la Iglesia, o viven en ella en pecado, satisfaciendo las pasiones
con todos los halagos del mundo y de la carne, instigados por el demonio,
aunque cumplan ciertos sacramentos de compromiso social. No son éstos solamente
los que tiene que convertirse.
Con
injusticia de desagradecidos pedimos al Señor por la conversión de los
infieles, por la de los no católicos, o por la conversión de los pecadores, sin
caer en la cuenta de que también nosotros, los míos, los de mi casa, los de mi
familia, mis amigos, todos tenemos que convertirnos para ser mejores cada día.
Permitidme que os diga que la conversión es más necesaria para los que estamos
ya oficialmente convertidos al Señor, pero todavía no hemos conseguido la
perfección, que para los que nos parece que están lejos de Dios. De la misma
manera que la perfección en el arte es más propia de artistas que de profanos
en el arte, así también la conversión es más propia de los cristianos
cualificados, religiosos y religiosas, que la de los infieles y grandes pecadores
que tienen el corazón empedernido.
No sabemos
quiénes necesitan más la conversión, si los pobrecitos de África, de América
Latina, del Japón o nosotros los españoles que rezamos, practicamos los
sacramentos, y somos creyentes y practicantes de la Iglesia Católica. Tenemos
que pedir por la conversión de los infieles, ¿cómo no? y por la conversión de
los pecadores, por supuesto; pero más aún, tenemos que pedir y trabajar por
nuestra propia conversión, que está en nuestra mano y no por la conversión de
los infieles y pecadores que depende de Dios y de su libertad.
Convertirnos,
hermanos, es llevar una vida cristiana, una vida mejor, convertirnos es dar una
respuesta a la llamada exigente del Señor que pide ser santos, como Él lo es,
conseguir la perfección cristiana a la que cada uno ha sido llamado, según la
vocación que ha recibido del Espíritu Santo. Tú, que estás ahí en el banco
escuchando la Palabra de Dios, y yo sacerdote que la estoy predicando, tenemos
también que convertirnos.
La conversión
del justo, del virtuoso y hasta del santo es más difícil que la conversión de
los pecadores, porque es más difícil llegar a la perfección del arte que
empezar la carrera de arte.
El peón
albañil se contenta con llevar ladrillos y materiales en la carretilla, amasar,
ayudar al albañil en la construcción, y con esto cumple su obligación, porque
ha colaborado a realizar la obra, bajo la dirección del maestro, con arreglo al
plano del arquitecto. La perfección en la construcción no consiste en la
cimentación y edificación, sino en realizar artísticamente hasta los más
insignificantes detalles. Así pasa en la vida espiritual.
No podemos
decir que yo ya soy perfecto, porque soy fiel cumplidor de la ley de Dios, voy
a misa todos los domingos o acaso diariamente, rezo a la Santísima Virgen y
hasta hago un rato de oración, tengo además compromisos cristianos y
apostólicos, pues si no llevamos a la perfección los mínimos detalles, estamos
muy lejos de la auténtica conversión que Dios nos pide.
Cambiar de
vida no significa otra cosa que moderar en lo posible el modo de ser en el
virtuoso obrar; y no cambiar la manera de ser substantiva. Esto es imposible y
contrario a la voluntad de Dios, porque tú tienes que ser siempre tú,
corrigiendo tus defectos y pecados, haciendo porque tu obrar sea lo mas
perfecto posible en tu virtuoso modo de ser. No quiere el Señor que, si tú eres
vehemente, te conviertas en pacífico, si eres de carácter sanguíneo, de repente
te vuelvas en carácter temperamental. Lo que el Señor quiere es que perfecciones
tu carácter en el virtuoso obrar.
El que no
fructifica en la conversión no se ha convertido. El que habla de la conversión
y luego no la realiza en la familia, en la amistad, en el trabajo, en la
relación social, no está convertido.
Una auténtica
conversión consiste, hermanos, en estar siempre sobre nosotros mismos. De la
misma manera que el que corre por una pista en una competición de carrera de
coches, tiene que estar pendiente del terreno por donde circula, controlar su
situación personal de inteligencia y atención, dominar en todo momento el
vehículo, así también nosotros en nuestro modo de vivir debemos estar
pendientes de vivir siempre en estado de gracia, luchar contra nuestras
pasiones, dominando el pecado grave y superando, en lo posible, el leve, cumplir la ley de Dios, la de la
Iglesia, la ley propia del estado, la
del trabajo, atento siempre en controlar los imprevistos que puedan surgir en
nuestra marcha perfecta hacia Dios.
La
conversión, nos lo dice la palabra de Dios, tiene que dar frutos. Yo no te digo
que nunca más te enfades, que no tengas genio, que no te alteres en los
momentos difíciles de tu vida, sino que luches por ser cada día un poco mejor.
Si no pones
de tu parte todo el esfuerzo que supone la conversión, entendida en sentido de
santificación, y exige la gracia de Dios, tu conversión será prácticamente
ilusa e ineficaz.
Me da la
sensación de que nuestra vida espiritual está estructurada en unos cánones que
nosotros nos hemos prefabricado: rezar tres Avemarías o algo por la mañana al
levantarnos o al acostarnos, sin ton ni són y sin ningún sentido de unión con
Dios; comulgar porque es mi obligación o costumbre, pero sin contacto eficaz
con Jesucristo; hacer un rato de oración de modo artificial, y de presencia en
Dios, de cualquier manera. Pero, sigo siendo el mismo, no tengo empeño por
mejorar mi vida, no hago nada o casi nada por trabajar en la perfección, ¿qué
clase de conversión es ésta?
Convertirse
es empezar nuestra propia santificación personal por los cimientos y no por el
tejado, como hemos explicado antes, pedir por la conversión de todos los
hombres, con profundo respeto y caridad, y trabajar por la gloria de Dios en la
santa Madre Iglesia, con todas nuestras fuerzas, dejando el fruto en manos de
Dios, que con su gracia santifica a los hombres que quiere, de muchas maneras,
y la mayor parte de las veces por la vía del misterio de su infinita
misericordia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario