Uno de los
misterios más grandes que contiene la Teología de la gracia es éste: ¿Cómo
puede conciliarse la libertad del hombre con la gracia? La gracia siempre es
eficaz, empuja al hombre, y, sin embargo, el hombre la recibe y la secunda
libremente. Esto quiere decir que se puede rechazar en teoría la propuesta que
Dios hace, pero de hecho el santo no la rechaza. ¿Por qué? Porque la libertad
del santo queda fuertemente impulsada por la fuerza de la gracia, sin que la
coaccione. María pudo decir no al ángel, en teoría, pero de hecho, por ser
Inmaculada, santa, tuvo que decir sí libremente.
El Evangelio
de hoy no nos habla solamente de la encarnación del Verbo, en cuyo
acontecimiento yo quiero considerar hoy la maternidad divina y maternidad
espiritual de todos los hombres.
Por la encarnación del Verbo, María quedó constituida en Madre de Dios y
Madre de todos los hombres, pues la maternidad divina es inseparable de la
maternidad espiritual.
Cuando María concibió en su seno virginal a la Cabeza, que es Cristo,
concibió místicamente, también a sus miembros, que somos todos los hombres del
mundo. Lástima que no tengamos tiempo para explicar en su principio esta
grandeza de la maternidad física de María, Madre de Dios, juntamente con el
nacimiento de la maternidad espiritual de todos los hombres. Podemos decir que
cuando nosotros celebramos el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, o la
maternidad divina en su origen, estamos celebrando también la encarnación de la
maternidad espiritual de María.
En María podemos concebir varias etapas.
María en la
mente eterna de Dios, concebida o imaginada, si así se puede hablar, en el
consenso misterioso de la Santísima Trinidad, como Madre de Dios, en el sentido
que entiende el dogma católico. Esa es la base fundamental de toda la Teología
mariana. En la maternidad divina se fundamentan todos los dogmas marianos,
privilegios y títulos teológicos de María.
María creada en el tiempo Inmaculada, para ser madre de Dios
encarnado y madre espiritual de todos los hombres. Este privilegio no tenía
otra razón de ser que destinar a María a ser Madre de Dios, Corredentora del
género humano y Madre espiritual de todos los hombres.
María en la concepción virginal de Jesús. Empezamos a ser hijos
de María cuando Jesucristo empezó a ser hijo de María, en el mismo instante en
que fue concebido. Podemos decir que fuimos concebidos hijos de María, cuando
Jesús fue concebido en el seno de María.
María en el momento del alumbramiento, en que dio a luz a su Hijo y
místicamente a todos los hombres. Cuando vayamos a besar al niño Jesús,
el día de Navidad, al conmemorar el nacimiento físico de Jesús, en la memoria y
en el recuerdo estamos como celebrando nuestro propio nacimiento místico,
aunque nuestro nacimiento histórico sucediera en otro tiempo.
La Navidad, hermanos, no es simplemente el recuerdo y la celebración
litúrgica del nacimiento de Jesús, sino el nacimiento de todos los hombres “a
la vida de la gracia”. Es el nacimiento de la maternidad de la Virgen, física y
espiritual.
Algunos teólogos, equivocadamente, por supuesto, dicen que la maternidad de
la Virgen empieza, cuando Jesucristo en la cruz dijo: “Madre he ahí a
tu hijo, hijo he ahí a tu madre”. Aquel momento no fue nada más que la
declaración oficial de la Maternidad espiritual de María, como madre de todos
los hombres, pues la maternidad divina de Jesús y espiritual de todos los
hombres tuvo un origen eterno trinitario, fue preparada por Dios
creando a María Inmaculada, tuvo lugar en su causa en la Encarnación y
en su efecto en el nacimiento de Jesús.
Es este hecho sublime un misterio, hermanos, que he expuesto en cuatro
pinceladas, creo al alcance de cualquiera.
Santa María del Adviento puede considerarse como una mujer israelita que
esperaba, como todo el pueblo de Dios, la venida del Mesías: adviento histórico
en el Antiguo Testamento; y también como un adviento personal, durante nueve
meses, en que esperaba, como madre, la venida de Jesús, el Mesías, Redentor de
todos los hombres. Durante todo ese tiempo se preparó para ese singular
acontecimiento con una presencia mística de altura inconcebible, con su Hijo, a
quien llevaba físicamente presente en su virginal seno; con la acción de
atención de madre, preparando su nacimiento, como hacen todas las madres, que
como sabemos por el Evangelio fue aventurado y plagado de sorpresas
y contrariedades; cumpliendo su deber de esposa de José con solicitud, cariño y
entrega; haciendo todo lo que tenía que hacer con amor en la esperanza del
adviento histórico y personal.
Lo que importa es no celebrar la Navidad, como un acontecimiento aislado;
no considerar a la Virgen como Madre de Dios en su adviento histórico y
personal en espera del Mesías, sino contemplar e imitar a María en su adviento,
llevando una vida santa, de manera que en nosotros siempre sea adviento y
navidad en esta vida y después navidad para siempre en el Cielo.
De manera parecida, hermanos, nosotros debemos prepararnos en el adviento
para la Navidad conmemorativa del nacimiento de Jesús y para la Navidad
litúrgica del 25 de Diciembre, viviendo el adviento histórico de nuestra vida,
preparándonos para la Navidad eterna, que será nacer para ver cara a
cara a Dios, y gozar eternamente de Él en el Belén del Cielo.

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