- Mientras
conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con
ellos”
- Nosotros esperábamos que Él
fuera el futuro liberador de Israel
-
¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!
MIENTRAS CONVERSABAN Y DISCUTÍAN, JESÚS EN PERSONA SE ACERCÓ Y SE PUSO A CAMINAR CON ELLOS
Dos discípulos de Jesús, el primer día de la
semana judía, domingo, se dirigían hacia su aldea, Emaús, distante unas dos
leguas de Jerusalén, conversando y discutiendo sobre todo lo que había sucedido
en esos días en Jerusalén. No solamente iban conversando o dialogando sino
también discutiendo, quitándose las palabras de la boca, sin respetar un orden
de turno, como sucede en estos casos en los que cada uno, con su propio
temperamento, repite mil veces las mismas palabras y circunstancias.
Discutir significa no sólo examinar con mucho
cuidado una cuestión, sino también debatir, contradecir y responder. Y en casos
de amor y de interés propio se discute tratando de imponer al otro la propia
opinión, generalmente en tono elevado, y pasional, de manera que uno se ofusca
defendiendo la propia idea sin escuchar la del otro. La soberbia y el amor
hacen discurrir a los interlocutores que discuten más por la fuerza de la
pasión que por la de la razón. Probablemente en su discusión, acalorada
unas veces en son de crítica y quejas, y otras teñida de amor, pena y
desilusión, iban criticando a Jesús o echando de menos con añoranzas su reinado
ilusorio.
En esto, en la mitad del camino, imagino yo,
Jesús se colocó detrás de ellos, oyendo los gritos de la conversación
acalorada, que se podían percibir sin mayor esfuerzo desde lejos. De repente,
se adelantó y se puso a caminar con ellos en la misma fila. Y les dijo:
—¿De qué
habláis?
Uno de ellos llamado Cleofás, le replicó:
— ¿Eres tú
el único forastero que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén en estos días?
Y Jesús, para comprobar el pensamiento de los
discípulos, hizo una restricción mental, y, sin afirmar ni negar lo que sabía,
contestó:
— ¿Qué?
Y ellos contaron lo sucedido desde la
institución de la Eucaristía hasta la pasión y muerte de Jesús en la cruz.
En nuestra vida ordinaria se presentan casos en los que no nos conviene o no queremos decir la verdad que no obliga. Entonces se puede utilizar el arte difícil de ocultar la verdad sin mentir, dando una respuesta adecuada y verdadera a quien nos pregunta sin derecho, para salir del paso de una situación crítica y comprometida. Esta fue la actitud piadosa y caritativa de Jesús que preguntó a sus discípulos lo que Él sabía para averiguar su estado de ánimo y afianzarlos en la fe.
“NOSOTROS ESPERÁBAMOS QUE ÉL FUERA EL FUTURO LIBERADOR DE ISRAEL”
Los discípulos, decepcionados de
la persona de Jesús, como profeta de Nazaret, y de su doctrina sobre el nuevo
reino de Dios, se marcharon a su aldea a dedicarse a su trabajo habitual, pues
sus esperanzas en que Jesús iba a ser el futuro liberador de Israel quedaron
defraudadas.
De este texto se deducen claramente tres cosas: el amor a Jesús necesitado de purificación, la fe incompleta en Él y el remedio para creer en Jesús: La Sagrada Escritura.
1ª AMOR A JESÚS
Que los discípulos de Emaús amaban al Señor y que ellos fueron preferidos en el amor por Él es incuestionable, pues merecieron la aparición de Jesús resucitado. Pero su amor necesitaba una purificación de la fe, pues estaba mezclada de esperanzas humanas. Tenían un concepto equivocado o no completo de la persona de Jesús, que para ellos vino al mundo a salvar a su pueblo de Israel de la esclavitud humana, sociológica, política y religiosa que padecía, y no sabían que era el Redentor de todos los pueblos y de todos los hombres; ni tampoco entendían el sentido trascendente del reino de Cristo, la Iglesia, sacramento universal de salvación, como nos enseña el Concilio Vaticano II.
2ª LA FE INCOMPLETA EN ÉL
Los discípulos de Emaús dudaban o
no creían firmemente en la resurrección de Jesús, anunciada en el Antiguo
Testamento, y profetizada por Él muchas veces y en distintas ocasiones durante
su vida pública, porque necesitaban la transformación de su fe imperfecta en fe
perfecta en virtud de la resurrección de Jesús.
Aclaremos esta afirmación. En
primer lugar, los discípulos no esperaron a que pasara el tercer día para
comprobar lo que iba a pasar, sabiendo que Jesús había anunciado su
resurrección al tercer día, pues el primer día de la semana judía, el domingo,
se marcharon a su tierra; y, en segundo lugar, porque conocieron el hecho de
que algunas mujeres habían ido al sepulcro y no vieron el cadáver de Jesús y
vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles que les habían
dicho que estaba vivo; y supieron también que Pedro y Juan fueron al sepulcro y
lo encontraron como habían dicho las mujeres. Para estos discípulos estos
hechos no fueron signo de la resurrección, como hubiera sido lo más lógico,
sino fruto de mentes exaltadas de mujeres visionarias. La lógica del pensamiento
hubiera sido éste: Cristo no está en el sepulcro, luego ha resucitado, como lo
había anunciado Él y estaba profetizado en el Antiguo Testamento.
A partir de la resurrección de
Cristo, sus discípulos fueron transformados radicalmente en la fe y se convirtieron
en apóstoles santos, aunque con sus propias debilidades temperamentales,
miserias y pecados.
Lo mismo nos pasa a nosotros, que amamos a Jesús, creemos en su resurrección, pero con tentaciones, acaso dudas, interrogantes, infidelidades y pecados.
"¡QUÉ NECIOS Y
TORPES SOIS PARA CREER LO QUE ANUNCIARON LOS PROFETAS!"
Jesús no reprende a sus discípulos su falta
de fe sino que les advierte su torpeza en creer la Sagrada Escritura. Es más,
se quedó con ellos a cenar, signo de amistad, y a la hora de partir el pan se
les dio a conocer, haciendo que se les abrieran sus ojos y lo reconocieran. Y
sin dormir, al instante, en esa misma noche, se pusieron en marcha hacia
Jerusalén y fueron en busca de los once Apóstoles para contarles lo que les
había pasado.
También nosotros, cristianos, discípulos del
Señor, merecemos el cariñoso y comprensivo aviso de Jesús, porque nuestra fe es
débil, imperfecta y necesitamos el cambio radical de nuestra vida haciendo que
el amor que profesamos a Cristo, humanizado, quede resucitado.

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