Nadie que se considere católico
de manera consecuente puede negar la verdad revelada de que Cristo nos
resucitará en el último día (Jn 6,39-40).
Cuando morimos, el alma se separa
del cuerpo y es juzgada por Dios en juicio particular con sentencia
eterna, que será confirmada públicamente delante de todos los hombres en el día
del juicio universal, al final de los tiempos. Y el cuerpo, muerto para la
vida, volverá a la tierra, de la que fue hecho, para esperar el día de la
resurrección de los muertos.
Cuando llegue el último día, el
fin del mundo, todos los muertos “resucitarán con su propio cuerpo, que tienen
ahora” (Conc de Letrán IV: DS 801), transformado en cuerpo de gloria
(Flp 3,21), “en cuerpo espiritual” (1 Co 15,44; Cat 999).
La resurrección de los muertos
está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:
“El Señor mismo, a la señal dada por la voz de un
arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del Cielo, y los muertos
unidos a Cristo resucitarán (1 Ts 4,16; Cat 1001).
Nadie sabe el día en que este acontecimiento
espectacular tendrá lugar, ni tampoco cómo, porque no ha sido revelado. Este
hecho sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible
más que en la fe” (Cat 1000).
Esta es la sustancia de la fe católica respecto del
dogma de la resurrección de los muertos. Todas las demás explicaciones son
teorías de teólogos que hacen sus propios discursos, más o menos fundados,
sobre estas verdades innegables.
Santo Tomás de Aquino, y con él la mayoría de los
teólogos, piensa que resucitará el mismo cuerpo que tenemos ahora con su propia
materia, numéricamente la misma. “Para que resucite el mismo hombre
numéricamente, no se requiere que todo cuanto estuvo materialmente en él
durante la vida se tome de nuevo, sino solamente lo suficiente para completar
su debida cantidad”.
El Catecismo de San Pío V, que recoge las doctrinas del
Concilio de Trento, dice que los cuerpos gloriosos gozarán de cuatro dotes
principales:
- Impasibilidad” , “esto es una
gracia y dote que hará que los cuerpos no puedan padecer ninguna molestia ni
sentir dolor o incomodidad alguna; pues nada les podrá hacer daño, ni el rigor
del frío, ni la fuerza del calor, ni el furor ni de las aguas”.
- “Sutileza” o
dote por el que el cuerpo glorioso “se sujetará completamente al imperio del
alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio.
- “Agilidad” “en
virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime; y
tan fácilmente podrá moverse adonde quisiere el alma, que no será posible
hallarse nada más veloz que su movimiento”. El cuerpo glorioso podrá trasladarse a sitios
remotísimos, atravesando distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. Sin embargo, este movimiento, aunque rapidísimo, no será instantáneo.
- “Claridad” por la que brillarán como el sol los cuerpos de los santos. Será un resplandor supranatural con más luminosidad que la más brillante de las estrellas.
Al estar resucitado el cuerpo, los sentidos tendrán su propia gloria, de
modo que cada uno podrá ejercer, si quiere, su propia función, en grado
eminente con gozo accidental, pues la glorificación esencial consistirá en la
visión, posesión y gozo de Dios totalmente y para siempre.
Santo Tomás de Aquino llegó a decir que las cicatrices de las llagas de
Cristo y las de los mártires resplandecerán en el Cielo como focos que
proyectarán luz sin deslumbrar con brillo especial.