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lunes, 5 de enero de 2026

 


El mensaje principal de la Epifanía, que significa manifestación, es el siguiente: La salvación es un deseo de Dios para todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios, que hemos proclamado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

En el tiempo de Jesús muchos judíos pensaban que la salvación era un privilegio, casi en exclusiva, para el pueblo judío, a pesar de que en la Sagrada Escritura estaba revelado que la salvación era universal. Esta idea, deformada por los diversos intérpretes del antiguo Testamento, fue revelada especialmente en el Nuevo Testamento en diversos textos, por ejemplo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tim 2,4)

En efecto, esta es una verdad de fe: Dios salva a los hombres por medio de Jesucristo en la Iglesia católica, y de infinitas maneras, propias del misterio de la misericordia de Dios Padre, que no conoce la teología católica.

Pero no es el tema de la salvación el objeto de esta homilía, porque quiero fijar mi atención en los regalos que los Magos hicieron al Niño Jesús en Belén: oro, incienso y mirra.

Los Santos Padres interpretan que el oro significa la dignidad que corresponde a Jesús, como Rey del Universo, porque el oro es el metal de los reyes; el incienso es símbolo de la divinidad del Niño Jesús; y la mirra significa su naturaleza humana.

Como estos dones pueden ser interpretados en muchos sentidos espirituales, a mí se me ocurre pensar que el oro puede significar la bondad de nuestro corazón, el incienso la ofrenda de nuestra oración y la mirra el sentido de nuestro dolor.

Un corazón de oro significa una vida limpia de pecado grave que impida la unión con Dios, el esfuerzo de vivir en lucha constante contra todo pecado, el ejercicio de la verdad sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas, el cumplimiento del deber en todas sus amplitudes y la práctica de obras buenas en caridad por amor a Dios y al prójimo. 

Pero es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque tengo un corazón de barro, manchado por muchos pecados de la vida pasada o presente; porque vivo envuelto en muchos vicios, porque soy un gran pecador. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro si está manchado de barro?

Quizás sea este tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia, con un corazón de oro, o por el camino de la penitencia, del arrepentimiento, de la conversión.

Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y gravemente, no por esto, se te han cerrado las puertas del Cielo, pues la gracia de la misericordia de Dios tiene fuerza sobrenatural para convertir de muchas maneras el barro de tu corazón en oro, sobre todo si acudes a la fábrica de la conversión, que es el Sacramento de la Reconciliación con Dios, que perdona los pecados y convierte el corazón de barro en corazón de oro por la gracia sacramental.

El incienso puede significar para nosotros la unión con Dios por medio de la oración que mueve montañas, concede la fortaleza para la lucha contra el pecado, la preparación para la confesión bien hecha, aunque sea pobre y se haga con defectos.

Cada uno debe hacer su oración como es, como sabe y como puede, y no como le gustaría o como la hacen otros. No tenemos que imitar el modo de orar de otros, sino su actitud de orar. Debemos estar contentos con que otros tengan más gracia que nosotros con tal que cada uno tenga la que Dios quiera, aunque sea la menor. Dios hará todo lo que te falte, pues comprende la bondad limitada de tu corazón puro y el modo pobre de orar de quien está apegado a la tierra, a los bienes de este mundo con miserias y pecados. Y Él hace todo lo que tú no sabes o no puedes hacer.

Quizás el obsequio más agradable que puedes hacer al Niño Dios sea la mirra de tu dolor, de tu sufrimiento, de tu cruz, porque estás enfermo o con debilidades físicas, psíquicas o tienes un problema familiar insoluble: un marido o una mujer que te hace la vida imposible o con quien te resulta difícil o muy difícil la convivencia, un hijo que te lleva por la calle de la amargura, un problema de padres o familia, un desequilibrio, falta de trabajo, cualquier dolor, pena o angustia.

En este caso ofrécele al Señor la mirra de tu cruz personal, familiar, social, querida por Dios o permitida, porque estoy seguro de que el Señor aceptará el regalo del sufrimiento que te purifica y santifica.

Estos son los regalos que hoy podemos hacer al Niño Dios, adorado por los Magos: el oro de la bondad de nuestro corazón o del barro de nuestra conversión, el incienso de nuestra oración y la mirra de nuestro dolor.

domingo, 5 de enero de 2025

Epifanía. Ciclo C

 

Epifanía es una palabra griega que significa en su sentido etimológico manifestación. En la liturgia es la manifestación de Dios, encarnado, para la salvación de todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios en la liturgia de la Palabra de este día: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

Muchos judíos, principalmente en los tiempos inmediatos al nacimiento de Jesús, apoyados en falsas interpretaciones de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, escritas en estilo enigmático y apocalíptico de difícil interpretación, pensaban que la salvación era una exclusiva para el Pueblo de Israel, sometido en ese tiempo principalmente a la invasión de Roma. La salvación para ellos consistía en la instauración de un reino de justicia y paz, humano, temporal y político con sentido religioso con abundancia de bienes materiales y espirituales. Sin embargo, es una verdad de fe que Dios, infinitamente misericordioso, quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,3) por medio de la Iglesia católica o de otras muchas maneras en su suplencia.

Los Magos

El día de la Epifanía es entendido popularmente en España como la Fiesta de los Reyes Magos en que los niños, y también mayores, reciben regalos, en recuerdo de los dones de oro, incienso y mirra que los Magos regalaron al Niño Jesús en Belén.

En una descripción poética, de pura fantasía oriental, el evangelista San Mateo nos describe el relato de unos magos que vinieron de Oriente, guiados por una estrella, que llegaron a Belén; y allí, de rodillas, ofrecieron al Niño Dios oro, incienso y mirra. Los Magos no eran reyes porque no fueron tratados como tales por Herodes, rey de Judea en Jerusalén en aquella época; ni magos, prestidigitadores que hacían magia. Eran científicos dedicados a la astronomía. Sucedió que acostumbrados a estudiar la ciencia de los astros, un día observaron en el firmamento una estrella singular, fenómeno diferente a las estrellas que ellos conocían por su ciencia. Impulsados por una revelación sobrenatural, guiados por esa estrella misteriosa, se pusieron en camino hacia Belén, con la certeza de que había nacido el Mesías, el Salvador.

No se sabe el lugar de donde vinieron. Una tradición fundada en el profeta (Isaías 60,1-6), sin credibilidad histórica, dice que procedían de Madián y de Efá, lugares que no conoce la ciencia geográfica; ni tampoco se sabe el número de magos, ni sus nombres, aunque la tradición popular nos dice que eran tres y sus nombres Melchor, Gaspar y Baltasar. Su fundamento ilusorio se basaba en que como fueron tres los regalos que ofrecieron al Niño Jesús, oro, incienso y mirra, tres eran los Magos, en contra del sentido común, pues tres personas pueden hacer un solo regalo y una sola tres. Tampoco se sabe el tiempo que los Magos tardaron en el viaje hasta llegar a Belén. Se piensa que el trayecto como mínimo duró seis meses y como máximo un año o año y medio.

Significados del oro, incienso y mirra

La peregrinación que los Magos hicieron desde Oriente a Occidente puede significar la travesía que nosotros hacemos desde el oriente de nuestro nacimiento hasta el occidente de nuestra muerte, y el camino el tiempo que vivimos en la Tierra hasta llegar al Cielo.

Como peregrinos debemos caminar en marcha hacia la meta de la eternidad, cargados siempre con los dones de oro, incienso, y mirra que debemos regalar constantemente a Jesús hasta que llegue la hora de verlo y adorarlo en el Cielo con gozo eterno.

El oro puede ser símbolo de un corazón limpio de pecado grave que impide la perfecta unión con Dios; y símbolo también del ejercicio de la verdad, sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas; del cumplimiento del deber en todas sus amplitudes; y de la práctica de obras buenas realizadas por amor a Dios y al prójimo.

Es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque mi vida pasada ha estado manchada de pecado, o acaso lo está ahora en el presente; o mi vida espiritual ha estado o está marcada por la tibieza, la indiferencia o la apatía cristiana o apostólica. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro dañado por el pecado y sin el brillo de una piedad, evangélicamente auténtica? Quizás ese sea tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia con un corazón de oro puro, desde siempre, o por el camino del oro de la penitencia, del arrepentimiento y de la conversión. Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y tal vez gravemente, puedes convertir el barro de tu vida en un corazón de oro por una conversión permanente de santas obras.

El oro puede estar significado también por el amor en su máxima expresión, que es la comprensión, que no significa ver bueno lo que es malo, ni justificar el mal, sino excusar al pecador, al estilo de Jesús en la cruz que perdonó a los que lo crucificaron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es decir: no condenar a nadie en el corazón, porque desconocemos la realidad del mal que hace el pecador en su corazón delante de Dios.

San Pablo nos enseña que el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). La comprensión consiste en aceptar a los hombres buenos y malos, como son, y no como a nosotros nos gustaría que fueran. No pensemos que nosotros, por ser cristianos, somos delante de Dios mejores que los que no lo son; ni los fervorosos que viven la fe de una manera extraordinaria, ejemplar son mejores que los que la viven de otra manera; ni que unos santos son más santos que otros por el modo de vivir la santidad en oración, penitencias y obras apostólica. Solamente Dios lo sabe.

El oro de la compresión podría resumirse en tres frases: no hacer mal a nadie, no desear mal a nadie y no pensar mal de nadie. Dicho esto de manera positiva: hacer todo el bien que debemos y podemos a todos, desear el bien a todos y pensar bien de todos.

El incienso puede ser símbolo del reconocimiento de la dignidad de Dios, a quien se le inciensa, como a los dioses falsos; y también de la oración teológica, eucarística y sacramental, alimento del alma. La oración privada es necesaria para estar en línea directa con Dios y se realiza de muchas formas. Hay que buscar un tiempo para estar de muchas maneras con Dios, nuestro Padre, que sabemos nos ama, como decía Santa Teresa de Jesús. Es conveniente, y muy fructuosa la oración comunitaria, porque nos asegura Jesús en el Evangelio que cuando dos o tres se reúnen en su nombre, en medio está Él. Cuando oramos, de modo personal, nos preparamos para la oración litúrgica por excelencia, que es la celebración del sacrificio de la Santa Misa. Ora como tú eres, con tu estilo personal, de la manera que sepas y puedas, sin imitar a nadie en el modo, sin ceñirte necesariamente a un método determinado, con la ayuda de un libro o sin él, comunicándote con Dios con el pensamiento, deseo o palabra, con recogimiento o distracciones, con pena o alegría, despierto o dormido, con turbaciones, tentaciones o en paz, aburrido o entusiasmado, con el sacrificio de la fe o con el gozo del Espíritu Santo. Ora, sabiendo que tu pobre y humilde oración de pura fe o de altura mística sube al Cielo como el incienso.

La mirra que los Magos ofrecieron al Niño Dios puede estar significada por nuestro dolor, nuestra cruz, debilidades físicas, psíquicas propias o de un familiar o amigo, y por los problemas que inevitablemente existen en la convivencia familiar y social.

Ofrécele al Señor la mirra de tu cruz sabiendo que es un bien que te purifica y santifica. Hay que presumir la buena voluntad de los que nos causan u ocasionan el mal, porque la cruz es gracia y hay que dar gracias a Dios por ella. Es humano y cristiano dar gracias a Dios por lo bienes recibidos, y es heroico, propio de santos, dar gracias a Dios por las cruces que sobrevienen, que son medios para la santificación, porque todo es gracia menos el pecado. Te hacen mal si tú lo consideras así, y mucho bien si haces que el mal se convierta en bien. Estos son los regalos que podemos hacer al Niño Dios: el oro de la bondad del corazón estando siempre en estado de una vida de gracia expresada en santas obras y en la comprensión, el incienso de nuestra oración en sus múltiples formas; y la mirra de nuestro dolor.

viernes, 5 de enero de 2024

Epifanía del Señor. Ciclo B

 


El mensaje principal de la Epifanía, que significa manifestación, es el siguiente: La salvación es un deseo de Dios para todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios, que hemos proclamado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

En el tiempo de Jesús muchos judíos pensaban que la salvación era un privilegio, casi en exclusiva, para el pueblo judío, a pesar de que en la Sagrada Escritura estaba revelado que la salvación era universal. Esta idea, deformada por los diversos intérpretes del antiguo Testamento, fue revelada especialmente en el Nuevo Testamento en diversos textos, por ejemplo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tim 2,4)

En efecto, esta es una verdad de fe: Dios salva a los hombres por medio de Jesucristo en la Iglesia católica, y de infinitas maneras, propias del misterio de la  misericordia de Dios Padre, que no conoce la teología católica.

Pero no es el tema de la salvación el objeto de esta homilía, porque quiero fijar mi atención en los regalos que los Magos hicieron al Niño Jesús en Belén: oro, incienso y mirra.

Los Santos Padres interpretan que el oro significa la dignidad que corresponde a Jesús, como Rey del Universo, porque el oro es el metal de los reyes; el incienso es símbolo de la divinidad del Niño Jesús; y la mirra significa su naturaleza humana.

Como estos dones pueden ser interpretados en muchos sentidos espirituales, a mí se me ocurre pensar que el oro puede significar la bondad de nuestro corazón, el incienso la ofrenda de nuestra oración y la mirra el sentido de nuestro dolor.

Un corazón de oro significa una vida limpia de pecado grave que impida la unión con Dios, el esfuerzo de vivir en lucha constante contra todo pecado, el ejercicio de la verdad sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas, el cumplimiento del deber en todas sus amplitudes y la práctica de obras buenas en caridad por amor a Dios y al prójimo. 

Pero es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque tengo un corazón de barro, manchado por muchos pecados de la vida pasada o presente; porque vivo envuelto en muchos vicios, porque soy un gran pecador. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro si está manchado de barro?

Quizás sea este tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia, con un corazón de oro, o por el camino de la penitencia, del arrepentimiento, de la conversión.

Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y gravemente, no por esto, se te han cerrado las puertas del Cielo, pues la gracia de la misericordia de Dios tiene fuerza sobrenatural para convertir de muchas maneras el barro de tu corazón en oro, sobre todo si  acudes a la Fábrica de la conversión, que es el Sacramento de la Reconciliación con Dios, que perdona los pecados y convierte el corazón de barro en corazón de oro por la gracia sacramental.

El incienso puede significar para nosotros la unión con Dios por medio de la oración que mueve montañas, concede la fortaleza para la lucha contra el pecado, la preparación para la confesión bien hecha, aunque sea pobre y se haga con defectos.

Cada uno debe hacer su oración como es, como sabe y como puede, y no como le gustaría o como la hacen otros. No tenemos que imitar el modo de orar de otros, sino su actitud de orar. Debemos estar contentos con que otros tengan más gracia que nosotros con tal que cada uno tenga la que Dios quiera, aunque sea la menor. Dios hará todo lo que te falte, pues comprende la bondad limitada de tu corazón puro y el modo pobre de orar de quien está apegado a la tierra, a los bienes de este mundo con miserias y pecados. Y Él hace todo lo que tú no sabes o no puedes hacer.

Quizás el obsequio más agradable que puedes hacer al Niño Dios sea la mirra de tu dolor, de tu sufrimiento, de tu cruz, porque estás enfermo o con debilidades físicas, psíquicas o tienes un problema familiar insoluble: un marido o una mujer que te hace la vida imposible o con quien te resulta difícil o muy difícil la convivencia, un hijo que te lleva por la calle de la amargura, un problema de padres o familia, un desequilibrio, falta de trabajo, cualquier dolor, pena o angustia.

En este caso ofrécele al Señor la mirra de tu cruz personal, familiar, social, querida por Dios o permitida, porque estoy seguro de que el Señor aceptará el regalo del sufrimiento que te purifica y santifica.

Estos son los regalos que hoy podemos hacer al Niño Dios, adorado por los Magos: el oro de la bondad de nuestro corazón o del barro de nuestra conversión, el incienso de nuestra oración y la mirra de nuestro dolor.

jueves, 5 de enero de 2023

Epifanía del Señor. Ciclo A

 



El mensaje principal de la Epifanía, que significa manifestación, es el siguiente: La salvación es un deseo de Dios para todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios, que hemos proclamado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

En el tiempo de Jesús muchos judíos pensaban que la salvación era un privilegio, casi en exclusiva, para el pueblo judío, a pesar de que en la Sagrada Escritura estaba revelado que la salvación era universal. Esta idea, deformada por los diversos intérpretes del antiguo Testamento, fue revelada especialmente en el Nuevo Testamento en diversos textos, por ejemplo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tim 2,4)

En efecto, esta es una verdad de fe: Dios salva a los hombres por medio de Jesucristo en la Iglesia católica, y de infinitas maneras, propias del misterio de la  misericordia de Dios Padre, que no conoce la teología católica.

Pero no es el tema de la salvación el objeto de esta homilía, porque quiero fijar mi atención en los regalos que los Magos hicieron al Niño Jesús en Belén: oro, incienso y mirra.

Los Santos Padres interpretan que el oro significa la dignidad que corresponde a Jesús, como Rey del Universo, porque el oro es el metal de los reyes; el incienso es símbolo de la divinidad del Niño Jesús; y la mirra significa su naturaleza humana.

Como estos dones pueden ser interpretados en muchos sentidos espirituales, a mí se me ocurre pensar que el oro puede significar la bondad de nuestro corazón, el incienso la ofrenda de nuestra oración y la mirra el sentido de nuestro dolor.

Un corazón de oro significa una vida limpia de pecado grave que impida la unión con Dios, el esfuerzo de vivir en lucha constante contra todo pecado, el ejercicio de la verdad sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas, el cumplimiento del deber en todas sus amplitudes y la práctica de obras buenas en caridad por amor a Dios y al prójimo. 

Pero es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque tengo un corazón de barro, manchado por muchos pecados de la vida pasada o presente; porque vivo envuelto en muchos vicios, porque soy un gran pecador. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro si está manchado de barro?

Quizás sea este tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia, con un corazón de oro, o por el camino de la penitencia, del arrepentimiento, de la conversión.

Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y gravemente, no por esto, se te han cerrado las puertas del Cielo, pues la gracia de la misericordia de Dios tiene fuerza sobrenatural para convertir de muchas maneras el barro de tu corazón en oro, sobre todo si  acudes a la Fábrica de la conversión, que es el Sacramento de la Reconciliación con Dios, que perdona los pecados y convierte el corazón de barro en corazón de oro por la gracia sacramental.

El incienso puede significar para nosotros la unión con Dios por medio de la oración que mueve montañas, concede la fortaleza para la lucha contra el pecado, la preparación para la confesión bien hecha, aunque sea pobre y se haga con defectos.

Cada uno debe hacer su oración como es, como sabe y como puede, y no como le gustaría o como la hacen otros. No tenemos que imitar el modo de orar de otros, sino su actitud de orar. Debemos estar contentos con que otros tengan más gracia que nosotros con tal que cada uno tenga la que Dios quiera, aunque sea la menor. Dios hará todo lo que te falte, pues comprende la bondad limitada de tu corazón puro y el modo pobre de orar de quien está apegado a la tierra, a los bienes de este mundo con miserias y pecados. Y Él hace todo lo que tú no sabes o no puedes hacer.

Quizás el obsequio más agradable que puedes hacer al Niño Dios sea la mirra de tu dolor, de tu sufrimiento, de tu cruz, porque estás enfermo o con debilidades físicas, psíquicas o tienes un problema familiar insoluble: un marido o una mujer que te hace la vida imposible o con quien te resulta difícil o muy difícil la convivencia, un hijo que te lleva por la calle de la amargura, un problema de padres o familia, un desequilibrio, falta de trabajo, cualquier dolor, pena o angustia.

En este caso ofrécele al Señor la mirra de tu cruz personal, familiar, social, querida por Dios o permitida, porque estoy seguro de que el Señor aceptará el regalo del sufrimiento que te purifica y santifica.

Estos son los regalos que hoy podemos hacer al Niño Dios, adorado por los Magos: el oro de la bondad de nuestro corazón o del barro de nuestra conversión, el incienso de nuestra oración y la mirra de nuestro dolor.

miércoles, 5 de enero de 2022

Epifanía del Señor. ciclo C

 

EPIFANÍA

Epifanía es una palabra griega que significa en su sentido etimológico manifestación. En la liturgia es la manifestación de Dios, encarnado, para la salvación de todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios en  la liturgia de la Palabra de este día: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

Muchos judíos, principalmente en los tiempos inmediatos al nacimiento de Jesús, apoyados en falsas interpretaciones de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, escritas en estilo enigmático y apocalíptico de difícil interpretación, pensaban que la salvación era una exclusiva para el Pueblo de Israel, sometido en ese tiempo principalmente a la invasión de Roma. La salvación  para ellos consistía en la instauración de un reino de justicia y paz, humano, temporal y político con sentido religioso con abundancia de bienes materiales y espirituales. Sin embargo, es una verdad de fe que Dios, infinitamente misericordioso, quiere que  todos los hombres se salven (1 Tim 2,3) por medio de la Iglesia católica o de otras muchas maneras en su suplencia.

Los Magos

El día de la Epifanía es entendido popularmente en España como la Fiesta de los Reyes Magos en que los niños, y también mayores, reciben regalos, en recuerdo de los dones de oro, incienso y mirra que los Magos regalaron al Niño Jesús en Belén.

En una descripción poética, de pura fantasía oriental, el evangelista San Mateo nos describe el relato de unos magos que vinieron de Oriente, guiados por una estrella, que llegaron a Belén; y allí, de rodillas, ofrecieron al Niño Dios oro, incienso y mirra.  Los Magos no eran reyes porque no fueron tratados como tales por Herodes, rey de Judea en Jerusalén en aquella época; ni magos, prestidigitadores que hacían magia. Eran  científicos dedicados a la astronomía. Sucedió que acostumbrados a estudiar la ciencia de los astros, un día observaron en el firmamento una estrella singular, fenómeno diferente a las estrellas que ellos conocían por su  ciencia. Impulsados por una revelación sobrenatural, guiados por esa estrella misteriosa, se pusieron en camino hacia Belén, con la certeza  de que había nacido el Mesías, el Salvador.  

No se sabe el lugar de donde vinieron. Una tradición fundada en el profeta Isaías (60,1-6), sin credibilidad histórica,  dice que procedían de Madián y de Efá, lugares que no conoce la ciencia geográfica; ni tampoco se sabe  el número de magos, ni sus nombres, aunque la tradición popular nos dice que eran tres y sus nombres Melchor, Gaspar y Baltasar. Su fundamento ilusorio se basaba en que como fueron tres los regalos que ofrecieron al Niño Jesús, oro, incienso y mirra, tres eran los Magos, en contra del sentido común, pues  tres personas pueden hacer un solo regalo y una sola tres. Tampoco se sabe el tiempo que los Magos tardaron en el viaje hasta llegar a Belén. Se piensa que el trayecto como mínimo duró seis meses y como máximo un año o año y medio.


Significados del oro, incienso y mirra

La peregrinación que los Magos hicieron desde Oriente a Occidente puede significar la travesía que nosotros hacemos desde el oriente de nuestro nacimiento hasta el occidente de nuestra muerte, y el camino el tiempo que vivimos en la Tierra hasta llegar al Cielo.

Como peregrinos debemos caminar en marcha hacia la meta de la eternidad, cargados siempre con los dones de oro, incienso,  y mirra que debemos  regalar constantemente  a Jesús hasta que llegue la hora de verlo y adorarlo en el Cielo con gozo eterno.   

El oro puede ser  símbolo de un corazón limpio de pecado grave que impide la perfecta unión con Dios; y  símbolo también del ejercicio de la verdad, sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas; del cumplimiento del deber en todas sus amplitudes; y de la práctica de obras buenas realizadas por amor a Dios y al prójimo.

Es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque mi vida pasada ha estado manchada de pecado, o acaso lo está ahora en el presente; o mi vida espiritual ha estado o está marcada por la tibieza, la indiferencia o la apatía cristiana o apostólica. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro dañado por el pecado y sin el brillo de una piedad, evangélicamente auténtica? Quizás ese sea tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia con un corazón de oro puro, desde siempre, o por el camino del oro de la penitencia, del arrepentimiento y de la conversión. Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y tal vez gravemente, puedes convertir el barro de tu vida en un corazón de oro por una conversión permanente de santas obras.

El oro puede estar significado también por el amor en su máxima expresión, que es la comprensión, que no significa ver bueno lo que es malo, ni justificar el mal,  sino excusar al pecador, al estilo de Jesús en la cruz que perdonó a los que lo crucificaron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es decir: no condenar a nadie en el corazón, porque desconocemos la realidad del mal que hace el pecador en su corazón delante de Dios.

San Pablo nos enseña que el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). La comprensión consiste en aceptar  a los hombres buenos y malos, como son, y  no como a nosotros nos gustaría que fueran. No pensemos que nosotros, por ser cristianos, somos delante de Dios mejores que los que no lo son; ni los fervorosos que viven la fe de una manera extraordinaria, ejemplar  son mejores que los que la viven de otra manera; ni que unos santos son más santos que otros por el modo de vivir la santidad en oración, penitencias y obras apostólica.  Solamente Dios lo sabe.

El oro de la compresión podría resumirse en tres frases: no hacer mal a nadie, no desear mal a nadie y no pensar mal de nadie. Dicho esto de manera positiva: hacer todo el bien que debemos y podemos a todos, desear el bien a todos y pensar bien de todos. 

 El incienso puede ser símbolo del reconocimiento de   la dignidad de Dios, a quien se le inciensa, como a los dioses falsos; y también de la oración teológica, eucarística y sacramental, alimento del alma. La oración privada es necesaria para estar en línea directa con Dios y se realiza de muchas formas. Hay que buscar un tiempo para estar de muchas maneras con Dios, nuestro Padre, que sabemos nos ama, como decía Santa Teresa de Jesús. Es conveniente, y muy fructuosa  la oración comunitaria, porque nos asegura Jesús en el Evangelio que cuando dos o tres se reúnen en su nombre, en medio está Él. Cuando oramos, de modo personal, nos preparamos para la oración litúrgica por excelencia, que es la celebración del sacrificio de la Santa Misa. Ora como tú eres, con tu estilo personal, de la manera que sepas y puedas, sin imitar a nadie en el modo, sin ceñirte necesariamente a un método determinado, con la ayuda de un libro o sin él, comunicándote con Dios con el pensamiento, deseo o palabra, con recogimiento o distracciones, con pena o alegría, despierto o dormido, con turbaciones, tentaciones o en paz, aburrido o entusiasmado, con el sacrificio de la fe o con el gozo del Espíritu Santo.  Ora, sabiendo que tu pobre y humilde oración de pura fe o de altura mística sube al Cielo como el incienso.

La mirra que los Magos ofrecieron al Niño Dios puede estar significada por nuestro dolor, nuestra cruz, debilidades físicas, psíquicas propias o de un familiar o amigo, y por los problemas que inevitablemente existen en la convivencia familiar y social.

Ofrécele al Señor la mirra de tu cruz sabiendo que es un bien que te purifica y santifica. Hay que presumir la buena voluntad de los que nos causan u ocasionan el mal, porque la cruz es gracia y hay que dar gracias a Dios por ella. Es humano y cristiano dar gracias a Dios por lo bienes recibidos, y es heroico, propio de santos, dar gracias a Dios por las cruces que sobrevienen, que son medios para la santificación, porque todo es gracia menos el pecado.  Te hacen mal si tú lo consideras así, y mucho bien si haces que el mal se convierta en bien. Estos son los regalos que podemos hacer al Niño Dios: el oro de la bondad del corazón estando siempre en estado de una vida de gracia expresada en santas obras y en la comprensión, el incienso de nuestra oración en sus múltiples formas; y la mirra de nuestro dolor. 

 

martes, 5 de enero de 2021

Epifanía del Señor. Solemnidad. Ciclo B

       


El mensaje principal de la Epifanía, que significa manifestación, es el siguiente: La salvación es un deseo de Dios para todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios, que hemos proclamado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”. 

En el tiempo de Jesús muchos judíos pensaban que la salvación era un privilegio, casi en exclusiva, para el pueblo judío, a pesar de que en la Sagrada Escritura estaba revelado que la salvación era universal. Esta idea, deformada por los diversos intérpretes del antiguo Testamento, fue revelada especialmente en el Nuevo Testamento en diversos textos, por ejemplo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tim 2,4) 

En efecto, esta es una verdad de fe: Dios salva a los hombres por medio de Jesucristo en la Iglesia católica, y de infinitas maneras, propias del misterio de la misericordia de Dios Padre, que no conoce la teología católica. 

Pero no es el tema de la salvación el objeto de esta homilía, porque quiero fijar mi atención en los regalos que los Magos hicieron al Niño Jesús en Belén: oro, incienso y mirra. 

Los Santos Padres interpretan que el oro significa la dignidad que corresponde a Jesús, como Rey del Universo, porque el oro es el metal de los reyes; el incienso es símbolo de la divinidad del Niño Jesús; y la mirra significa su naturaleza humana. 

Como estos dones pueden ser interpretados en muchos sentidos espirituales, a mí se me ocurre pensar que el oro puede significar la bondad de nuestro corazón, el incienso la ofrenda de nuestra oración y la mirra el sentido de nuestro dolor. 

Un corazón de oro significa una vida limpia de pecado grave que impida la unión con Dios, el esfuerzo de vivir en lucha constante contra todo pecado, el ejercicio de la verdad sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas, el cumplimiento del deber en todas sus amplitudes y la práctica de obras buenas en caridad por amor a Dios y al prójimo. 

Pero es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque tengo un corazón de barro, manchado por muchos pecados de la vida pasada o presente; porque vivo envuelto en muchos vicios, porque soy un gran pecador. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro si está manchado de barro? 

Quizás sea este tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia, con un corazón de oro, o por el camino de la penitencia, del arrepentimiento, de la conversión. 

Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y gravemente, no por esto, se te han cerrado las puertas del Cielo, pues la gracia de la misericordia de Dios tiene fuerza sobrenatural para convertir de muchas maneras el barro de tu corazón en oro, sobre todo si acudes a la Fábrica de la conversión, que es el Sacramento de la Reconciliación con Dios, que perdona los pecados y convierte el corazón de barro en corazón de oro por la gracia sacramental. 

El incienso puede significar para nosotros la unión con Dios por medio de la oración que mueve montañas, concede la fortaleza para la lucha contra el pecado, la preparación para la confesión bien hecha, aunque sea pobre y se haga con defectos. 

Cada uno debe hacer su oración como es, como sabe y como puede, y no como le gustaría o como la hacen otros. No tenemos que imitar el modo de orar de otros, sino su actitud de orar. Debemos estar contentos con que otros tengan más gracia que nosotros con tal que cada uno tenga la que Dios quiera, aunque sea la menor. Dios hará todo lo que te falte, pues comprende la bondad limitada de tu corazón puro y el modo pobre de orar de quien está apegado a la tierra, a los bienes de este mundo con miserias y pecados. Y Él hace todo lo que tú no sabes o no puedes hacer. 

Quizás el obsequio más agradable que puedes hacer al Niño Dios sea la mirra de tu dolor, de tu sufrimiento, de tu cruz, porque estás enfermo o con debilidades físicas, psíquicas o tienes un problema familiar insoluble: un marido o una mujer que te hace la vida imposible o con quien te resulta difícil o muy difícil la convivencia, un hijo que te lleva por la calle de la amargura, un problema de padres o familia, un desequilibrio, falta de trabajo, cualquier dolor, pena o angustia. 

En este caso ofrécele al Señor la mirra de tu cruz personal, familiar, social, querida por Dios o permitida, porque estoy seguro de que el Señor aceptará el regalo del sufrimiento que te purifica y santifica. 

Estos son los regalos que hoy podemos hacer al Niño Dios, adorado por los Magos: el oro de la bondad de nuestro corazón o del barro de nuestra conversión, el incienso de nuestra oración y la mirra de nuestro dolor.

domingo, 5 de enero de 2020

Epifanía. Ciclo A

Hagamos unas reflexiones espirituales, simbólicas, sobre cinco puntos del episodio de la Epifanía: los Magos, viaje, oro, incienso y mirra.


Los Magos
Los magos eran científicos en astronomía, hombres de fe, no reyes, como piensa la tradición de devoción popular. Algunos autores bíblicos suponen con cierto fundamento que eran judíos o descendientes de ellos, que conocían la Sagrada Escritura, y por inspiración divina hicieron un viaje de Oriente a Occidente, a Belén, guiados por una estrella para adorar al Niño Dios, el Mesías, el Redentor del mundo.
Los Magos son símbolos de los buenos cristianos que hacen el viaje desde el Oriente de su nacimiento hasta el Occidente de su muerte llevando siempre consigo oro. Incienso y mirra para ofrecérselos a Jesús, Redentor y Salvador del mundo.

Viaje
El viaje que los Magos hicieron puede ser símbolo de la travesía personal que cada hombre hace desde el oriente de su nacimiento hasta el occidente de su muerte en este valle de lágrimas, como rezamos en la salve, En ese trayecto hay que pasar muchos sufrimientos por los desniveles y vericuetos del camino, cuestas, bajadas y subidas, lugares tortuosos que ofrecen peligros, que hay que evadir con habilidad y astucia, dificultades que nos regala el Señor para aprovecharlas para nuestra santificación. Debemos pisar tierra firme con tiento, sabiendo dónde posamos los pies, como peregrinos en marcha hacia la meta, llevando consigo los dones del incienso, oro y mirra, la escucha meditada de la Palabra de Dios, la recepción frecuente y fervorosa de los sacramentos y la acción de las obras buenas que alimentan el alma, para que cuando llegue nuestra muerte, podamos adorar, ver y gozar en el Cielo eternamente  del Niño Jesús, hecho hombre, glorioso y resucitado.

Estrella
La estrella que los Magos vieron en Oriente y le llevaron a adorar al Niño Dios puede ser para nosotros símbolo de nuestra fe en Jesús, el Mesías, el Salvador, guiados por la estrella de la fe, que ilumina a los cristianos el camino que lleva al Belén del Cielo, enseñado por el magisterio auténtico de la Iglesia, como órgano de la Verdad: y no la estrella de los teólogos opinantes y ocurrentes por propia cuenta, o la de los escritores o periodistas que propagan las verdades que les interesan por propios fines o intereses.
La fe es oscura, pero cierta, segura y lúcida. Ilumina con claridad inconfundible todo nuestro tiempo de peregrinación para discernir las cosas verdaderas de las falsas, elegir y querer el bien y evitar el mal, rechazar el único mal que existe, que es el pecado, y aceptar todos los sucesos como gracias dentro de la providencia misteriosa de Dios Padre; y es también fuerza para atemperar las pasiones. En el belén eterno del Cielo la fe se convierte en visión y gozo eterno del Niño Jesús, hombre resucitado y glorioso.

Oro
El oro es uno de los metales más valiosos del mundo, considerado como símbolo de realeza, dignidad, autoridad, soberanía, riqueza, amor verdadero de un corazón bondadoso. Los Magos trajeron de su tierra los más ricos regalos para ofrecérselos al Niño Jesús, Rey de cielos y tierra en Belén. Para los cristianos es símbolo de un corazón limpio sin engaños, ni dobleces, ni intenciones perversas, torcidas y egoístas; también símbolo del oro de la gracia de Dios viva y eficiente en el ejercicio del amor a Dios y al prójimo. Es posible que algunos digan que no pueden regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque su vida pasada estuvo manchada por el óxido del pecado o en la presente está marcada por el pecado, la tibieza, la indiferencia o la apatía. ¿Cómo se va a regalar a Dios un corazón de oro falsificado, sin el brillo de quilates de gracia? Quizás ese sea tu caso. Hay tres caminos por los que se puede ir al Cielo: por el oro de la inocencia, de la conversión auténtica, o el de la penitencia.

Incienso
El incienso era en el Antiguo Testamento una sustancia aromática que se quemaba en el Tabernáculo de Moisés y en el Templo de Jerusalén sobre un incensario o en los braseros que estaban al pie del altar, como ofrenda valiosa para adorar a Dios. En la liturgia católica es un símbolo de oración, reconocimiento de la dignidad de Dios. El incienso quemado en el corazón, dorado por la gracia operativa hace que se expanda por todo el mundo en bien de todos los hombres y sube al Cielo como gloria y alabanza a Dios.

La mirra
La mirra es una sustancia muy valiosa y apreciada en Oriente. Se usaba en perfumería y medicina, aprovechando sus cualidades soporíferas, mezclada con bebidas diversas para calmar los dolores; y también para embalsamar los cadáveres. En sentido cristiano es signo de la cruz física y psíquica, personal, familiar y social.
En conclusión: Seamos como los magos de Oriente, que guiados por la estrella de la fe hagamos la travesía del oriente de la tierra hasta el occidente del Cielo con la vivencia habitual de las ofrendas del oro de la vida santa, el incienso de una oración de alabanza a Dios, y la mirra de nuestro dolor, hecho redención.


sábado, 5 de enero de 2019

Epifanía. Ciclo C Navidad

EPIFANÍA
La reforma litúrgica del concilio Vaticano II ha conservado el planteamiento tradicional de la Navidad, la Fiesta de la Sagrada Familia,  la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios,  la Solemnidad de la Epifanía y la Fiesta del Bautismo del Señor.
           
EPIFANÍA

Epifanía es una palabra griega que significa en su sentido etimológico manifestación. En la liturgia es la manifestación de Dios, encarnado, para la salvación de todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios en  la liturgia de la Palabra de este día: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.
Muchos judíos, principalmente en los tiempos inmediatos al nacimiento de Jesús, apoyados en falsas interpretaciones de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, escritas en estilo enigmático y apocalíptico de difícil interpretación, pensaban que la salvación era una exclusiva para el Pueblo de Israel, sometido en ese tiempo principalmente a la invasión de Roma. La salvación  para ellos consistía en la instauración de un reino de justicia y paz, humano, temporal y político con sentido religioso con abundancia de bienes materiales y espirituales. Sin embargo, es una verdad de fe que Dios, infinitamente misericordioso, quiere que  todos los hombres se salven (1 Tim 2,3) por medio de la Iglesia católica o de otras muchas maneras en su suplencia.

Los Magos

El día de la Epifanía es entendido popularmente en España como la Fiesta de los Reyes Magos en que los niños, y también mayores, reciben regalos, en recuerdo de los dones de oro, incienso y mirra que los Magos regalaron al Niño Jesús en Belén.
En una descripción poética, de pura fantasía oriental, el evangelista San Mateo nos describe el relato de unos magos que vinieron de Oriente, guiados por una estrella, que llegaron a Belén; y allí, de rodillas, ofrecieron al Niño Dios oro, incienso y mirra.  Los Magos no eran reyes porque no fueron tratados como tales por Herodes, rey de Judea en Jerusalén en aquella época; ni magos, prestidigitadores que hacían magia. Eran  científicos dedicados a la astronomía. Sucedió que acostumbrados a estudiar la ciencia de los astros, un día observaron en el firmamento una estrella singular, fenómeno diferente a las estrellas que ellos conocían por su  ciencia. Impulsados por una revelación sobrenatural, guiados por esa estrella misteriosa, se pusieron en camino hacia Belén, con la certeza  de que había nacido el Mesías, el Salvador.  
No se sabe el lugar de donde vinieron. Una tradición fundada en el profeta Isaías (60,1-6), sin credibilidad histórica,  dice que procedían de Madián y de Efá, lugares que no conoce la ciencia geográfica; ni tampoco se sabe  el número de magos, ni sus nombres, aunque la tradición popular nos dice que eran tres y sus nombres Melchor, Gaspar y Baltasar. Su fundamento ilusorio se basaba en que como fueron tres los regalos que ofrecieron al Niño Jesús, oro, incienso y mirra, tres eran los Magos, en contra del sentido común, pues  tres personas pueden hacer un solo regalo y una sola tres. Tampoco se sabe el tiempo que los Magos tardaron en el viaje hasta llegar a Belén. Se piensa que el trayecto como mínimo duró seis meses y como máximo un año o año y medio.

Significados del oro, incienso y mirra

La peregrinación que los Magos hicieron desde Oriente a Occidente puede significar la travesía que nosotros hacemos desde el oriente de nuestro nacimiento hasta el occidente de nuestra muerte, y el camino el tiempo que vivimos en la Tierra hasta llegar al Cielo.
Como peregrinos debemos caminar en marcha hacia la meta de la eternidad, cargados siempre con los dones de oro, incienso,  y mirra que debemos  regalar constantemente  a Jesús hasta que llegue la hora de verlo y adorarlo en el Cielo con gozo eterno.   

El oro puede ser  símbolo de un corazón limpio de pecado grave que impide la perfecta unión con Dios; y  símbolo también del ejercicio de la verdad, sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas; del cumplimiento del deber en todas sus amplitudes; y de la práctica de obras buenas realizadas por amor a Dios y al prójimo.
Es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque mi vida pasada ha estado manchada de pecado, o acaso lo está ahora en el presente; o mi vida espiritual ha estado o está marcada por la tibieza, la indiferencia o la apatía cristiana o apostólica. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro dañado por el pecado y sin el brillo de una piedad, evangélicamente auténtica? Quizás ese sea tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia con un corazón de oro puro, desde siempre, o por el camino del oro de la penitencia, del arrepentimiento y de la conversión. Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y tal vez gravemente, puedes convertir el barro de tu vida en un corazón de oro por una conversión permanente de santas obras.
El oro puede estar significado también por el amor en su máxima expresión, que es la comprensión, que no significa ver bueno lo que es malo, ni justificar el mal,  sino excusar al pecador, al estilo de Jesús en la cruz que perdonó a los que lo crucificaron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es decir: no condenar a nadie en el corazón, porque desconocemos la realidad del mal que hace el pecador en su corazón delante de Dios.
San Pablo nos enseña que el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). La comprensión consiste en aceptar  a los hombres buenos y malos, como son, y  no como a nosotros nos gustaría que fueran. No pensemos que nosotros, por ser cristianos, somos delante de Dios mejores que los que no lo son; ni los fervorosos que viven la fe de una manera extraordinaria, ejemplar  son mejores que los que la viven de otra manera; ni que unos santos son más santos que otros por el modo de vivir la santidad en oración, penitencias y obras apostólica.  Solamente Dios lo sabe.
El oro de la compresión podría resumirse en tres frases: no hacer mal a nadie, no desear mal a nadie y no pensar mal de nadie. Dicho esto de manera positiva: hacer todo el bien que debemos y podemos a todos, desear el bien a todos y pensar bien de todos. 

El incienso puede ser símbolo del reconocimiento de   la dignidad de Dios, a quien se le inciensa, como a los dioses falsos; y también de la oración teológica, eucarística y sacramental, alimento del alma. La oración privada es necesaria para estar en línea directa con Dios y se realiza de muchas formas. Hay que buscar un tiempo para estar de muchas maneras con Dios, nuestro Padre, que sabemos nos ama, como decía Santa Teresa de Jesús. Es conveniente, y muy fructuosa  la oración comunitaria, porque nos asegura Jesús en el Evangelio que cuando dos o tres se reúnen en su nombre, en medio está Él. Cuando oramos, de modo personal, nos preparamos para la oración litúrgica por excelencia, que es la celebración del sacrificio de la Santa Misa. Ora como tú eres, con tu estilo personal, de la manera que sepas y puedas, sin imitar a nadie en el modo, sin ceñirte necesariamente a un método determinado, con la ayuda de un libro o sin él, comunicándote con Dios con el pensamiento, deseo o palabra, con recogimiento o distracciones, con pena o alegría, despierto o dormido, con turbaciones, tentaciones o en paz, aburrido o entusiasmado, con el sacrificio de la fe o con el gozo del Espíritu Santo.  Ora, sabiendo que tu pobre y humilde oración de pura fe o de altura mística sube al Cielo como el incienso.

La mirra que los Magos ofrecieron al Niño Dios puede estar significada por nuestro dolor, nuestra cruz, debilidades físicas, psíquicas propias o de un familiar o amigo, y por los problemas que inevitablemente existen en la convivencia familiar y social.
Ofrécele al Señor la mirra de tu cruz sabiendo que es un bien que te purifica y santifica. Hay que presumir la buena voluntad de los que nos causan u ocasionan el mal, porque la cruz es gracia y hay que dar gracias a Dios por ella. Es humano y cristiano dar gracias a Dios por lo bienes recibidos, y es heroico, propio de santos, dar gracias a Dios por las cruces que sobrevienen, que son medios para la santificación, porque todo es gracia menos el pecado.  Te hacen mal si tú lo consideras así, y mucho bien si haces que el mal se convierta en bien. Estos son los regalos que podemos hacer al Niño Dios: el oro de la bondad del corazón estando siempre en estado de una vida de gracia expresada en santas obras y en la comprensión, el incienso de nuestra oración en sus múltiples formas; y la mirra de nuestro dolor.