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sábado, 30 de mayo de 2026

Santísima Trinidad. Ciclo A

 


Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del ser humano, y de toda criatura creada inteligente, si existe, o creable, porque es evidente que el conocimiento de Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto, no cabe dentro del entendimiento creado. Es una verdad revelada que no se puede conocer ni antes ni después de la Revelación, pues es objeto de la fe. 

El misterio, como todos sabemos, consiste en creer que en Dios hay tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, verdad que no contradice el conocimiento de la razón sino que lo supera. La fe no afirma que un ser es igual a tres o que tres es igual a uno, repugnancia matemática, sino que en un Ser, trascendente, eterno, hay tres personas realmente distintas. 

Los conceptos humanos no son válidos para el conocimiento de Dios, que sólo puede ser conocido por el hombre a través de analogías, metáforas, comparaciones, que jamás explicarán la naturaleza de Dios y la realidad de Persona en Dios. En el Cielo veremos y comprenderemos el misterio de la Santísima Trinidad por medio de la visión intuitiva, que eleva la potencia natural del entendimiento humano para conocer y comprender las realidades divinas, que son verdades que, por sí mismas, superan la posibilidad del saber humano.

 Pero es evidente que Dios en su Ser y obrar jamás puede ser conocido como es totalmente en sí mismo en la única naturaleza divina de trinidad de Personas. Sólo Dios puede ser conocido por sí mismo, porque la eternidad del Ser no cabe dentro de la inteligencia del ser creado. 

De igual manera, las verdades de fe de la Iglesia Católica se saben, se creen y se viven, pero no se entienden. Pongamos un ejemplo, por aquello de que para muestra basta uno botón. En este momento, estamos celebrando la santa misa, que sabemos que es la repetición y actualización mística del sacrificio que Jesús ofreció al Padre en el calvario, como víctima y sacerdote en el altar de la cruz, para la redención de los pecados de todos los hombres. Sin embargo, la visión humana de la misa y su conocimiento no parece otra cosa que una ceremonia religiosa, una actuación sagrada o un sacramento ritual. 

La fe, hermanos, es un conocimiento infalible, porque se basa en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y es superior al conocimiento humano metafísico, porque pocas verdades de las ciencias humanas son ciertas, pues la mayoría son subjetivas, circunstanciales, variables, y dependen de muchos factores, de la cultura de los tiempos, lugares y personas, conforme al dicho popular de que "nada es verdad ni mentira, pues todo depende del cristal con que se mira". 

La Santísima Trinidad es el fundamento de toda la fe de la Iglesia, que en síntesis está contenida en el credo que rezamos en la santa misa, creemos y vivimos a lo largo de nuestra vida cristiana, y nos enseña el magisterio perenne e infalible de la Iglesia: el conocimiento de Dios en su misma esencia trinitaria; la creación del universo, del hombre y su finalidad; la historia del pecado original; el objeto de la Redención; la naturaleza de la Iglesia Católica, Sacramento universal de salvación; la existencia de los sacramentos y su funcionalidad; los mandamientos que tenemos que cumplir; la necesidad y eficacia de la oración, etc. 

Las acciones del misterio de la fe son trinitarias, comunes a cada una de las divinas Personas, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero se atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, aunque las tres divinas personas son creadoras, redentoras y santificadoras. 

Y, por último, la Santísima Trinidad es el principio de la vida cristiana y de toda vida apostólica. En efecto, cuando rezamos en privado o en público invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para que nos asista en nuestras peticiones y santos deseos; cuando nos levantamos y nos acostamos lo hacemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo con el fin de que nos acompañen en nuestra jornada y velen nuestro sueño; cuando bendecimos la mesa, invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para darle gracias por el alimento y pedirlo para quienes no lo tienen; cuando empezamos el trabajo, nos encomendamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo solicitando su asistencia en nuestras operaciones; y así en todos los actos de nuestra vida personal o comunitaria. 

De igual manera, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo realizamos nuestro apostolado de la predicación de la Palabra de Dios, de la catequesis, o de cualquier acción apostólica, caritativa, incluso el ejercicio de la vida ordinaria. Y también en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo celebramos todos los sacramentos. 

La acción sacramental es una acción trinitaria, pues se bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se confirma en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se perdonan los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se actualiza y representa el sacrificio de Jesús en la Eucaristía, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; los sacerdotes son consagrados por el Obispo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; el cristiano, gravemente enfermo, es ungido con la unción de los enfermos para hacer el viaje al Cielo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y, por fin, cuando los novios dan su consentimiento para vivir en comunidad matrimonial de sacramento, lo hacen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

Además, en esta fiesta de la Santísima Trinidad, podemos considerar la dulce y consoladora verdad de la inhabitación de la Santísima trinidad dentro del alma del justo, verdad revelada en muchos textos del Nuevo Testamento. Es doctrina evangélica y verdad enseñada por el magisterio de la Iglesia que cuando el hombre está en gracia de Dios, es decir, libre de pecado mortal, existe en el alma una participación analógica del ser de Dios, la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no de manera pasiva o estática, sino realizando sus acciones propias trinitarias, siendo objeto de adoración y de experiencias místicas muy variadas con la explosión de los dones del Espíritu Santo y sus frutos. 

El alma en ese estado de gracia, en cierto sentido, se convierte en el cielo de la fe, con la esperanza de ser algún día cielo de la visión y gozo de Dios. Es como si el cielo de los ángeles y de los santos se trasladara al cielo del alma, con la potencia de vivir algún día en el Cielo en la visión y gozo pleno de la Santísima Trinidad.

 

sábado, 14 de junio de 2025

Santísima Trinidad. Ciclo C

 


La Santísima Trinidad es un misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del hombre. Su conocimiento es analógico, pues el hombre utiliza conceptos humanos que no se pueden aplicar a Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto. La esencia de Dios es incomprensible. Para entenderla utilizamos conceptos humanos que no se corresponden con los divinos. Sin embargo, aunque el conocimiento de Dios para el hombre es imperfecto, es verdadero. Solamente en el cielo los bienaventurados ven el misterio de Dios, tal como es, por medio de una potencia sobrenatural que Dios infunde en el alma, llamada luz de la gloria. Pero no conocen la naturaleza de Dios  cuantitativamente, tanto cuanto Dios se conoce así mismo en las tres divinas personas y como conoce las cosas. El conocimiento de Dios solamente se consigue por la fe con conceptos humanos o atributos que son perfecciones que concebimos en Dios, sacados de las criaturas, quitando sus imperfecciones y elevando las perfecciones al infinito con la imaginación.  Así, decimos, Dios es absolutamente simple, infinitamente perfecto, sabio, poderoso, santo, bondadoso, absolutamente inmutable, eterno, omnipotente. Y después el resultado es que la realidad de Dios queda desconocida.

Creemos en un solo Dios, no varios, y en Él tres Personas Divinas, y cada una de ellas posee la esencia divina que es numéricamente la misma. Las Personas divinas son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las tres son realmente distintas, y no tres dioses. No se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo son lo mismo que el Espíritu Santo, es decir un solo Dios por naturaleza. Cada una de las tres personas tiene la misma sustancia o naturaleza divina (Cat 253).

Las personas divinas son realmente distintas entre sí.

Dios es único pero no solitario. Padre, Hijo, Espíritu Santo no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí. El que es el Hijo, no es el Padre, y el que es el Padre, no es el Hijo, ni el Espíritu Santo. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede (Cat 254).

Toda la economía divina es  obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola misma operación. Todas las operaciones divinas ad extra son comunes a las tres divinas personas, pero al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, pero las tres personas son creadores, redentores y santificadores, porque tienen la misma naturaleza divina.

El concepto que el hombre tiene sobre Dios, naturaleza divina y persona divina es múltiple, y no se puede comparar con el concepto de persona humana, naturaleza humana y naturaleza de las cosas.

El misterio de la Santísima Trinidad, que es imposible conocer humanamente, se sabe, se cree y se vive por la fe o contemplación mística con oración y acción de obras buenas y santas con la esperanza de que algún día podamos ver y comprender el misterio, tal como es, en el Cielo. 

 

sábado, 25 de mayo de 2024

Santísima Trinidad. Ciclo B

 


Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del ser humano, y de toda criatura creada inteligente, si existe, o creable, porque es evidente que el conocimiento de Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto, no cabe dentro del entendimiento creado. Es una verdad revelada que no se puede conocer ni antes ni después de la Revelación, pues es objeto de la fe.

El misterio, como todos sabemos, consiste en creer que en Dios hay tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, verdad que no contradice el conocimiento de la razón sino que lo supera. La fe no afirma que un ser es igual a tres o que tres es igual a uno, repugnancia matemática, sino que en un Ser, trascendente, eterno, hay tres personas realmente distintas.

Los conceptos humanos no son válidos para el conocimiento de Dios, que sólo puede ser conocido por el hombre a través de analogías, metáforas, comparaciones, que jamás explicarán la naturaleza de Dios y la realidad de Persona en Dios. En el Cielo veremos y comprenderemos el misterio de la Santísima Trinidad por medio de la visión intuitiva, que eleva la potencia natural del entendimiento humano para conocer y comprender las realidades divinas, que son verdades que, por sí mismas, superan la posibilidad del saber humano.

Pero es evidente que Dios en su Ser y obrar jamás puede ser conocido como es totalmente en sí mismo en la única naturaleza divina de trinidad de Personas. Sólo Dios puede ser conocido por sí mismo, porque la eternidad del Ser no cabe dentro de la inteligencia del ser creado.

De igual manera, las verdades de fe de la Iglesia Católica se saben, se creen y se viven, pero no se entienden. Pongamos un ejemplo, por aquello de que para muestra basta uno botón. En este momento, estamos celebrando la santa misa, que sabemos que es la repetición y actualización mística del sacrificio que Jesús ofreció al Padre en el calvario, como víctima y sacerdote en el altar de la cruz, para la redención de los pecados de todos los hombres. Sin embargo, la visión humana de la misa y su conocimiento no parece otra cosa que una ceremonia religiosa, una actuación sagrada o un sacramento ritual.

La fe, hermanos, es un conocimiento infalible, porque se basa en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y es superior al conocimiento humano metafísico, porque pocas verdades de las ciencias humanas son ciertas, pues la mayoría son subjetivas, circunstanciales, variables, y dependen de muchos factores, de la cultura de los tiempos, lugares y personas, conforme al dicho popular de que "nada es verdad ni mentira, pues todo depende del cristal con que se mira".

La Santísima Trinidad es el fundamento de toda la fe de la Iglesia, que en síntesis está contenida en el credo que rezamos en la santa misa, creemos y vivimos a lo largo de nuestra vida cristiana, y nos enseña el magisterio perenne e infalible de la Iglesia: el conocimiento de Dios en su misma esencia trinitaria; la creación del universo, del hombre y su finalidad; la historia del pecado original; el objeto de la Redención; la naturaleza de la Iglesia Católica, Sacramento universal de salvación; la existencia de los sacramentos y su funcionalidad; los mandamientos que tenemos que cumplir; la necesidad y eficacia de la oración, etc.

Las acciones del misterio de la fe son trinitarias, comunes a cada una de las divinas Personas, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero se atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, aunque las tres divinas personas son creadoras, redentoras y santificadoras.

Y, por último, la Santísima Trinidad es el principio de la vida cristiana y de toda vida apostólica. En efecto, cuando rezamos en privado o en público invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para que nos asista en nuestras peticiones y santos deseos; cuando nos levantamos y nos acostamos lo hacemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo con el fin de que nos acompañen en nuestra jornada y velen nuestro sueño; cuando bendecimos la mesa, invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para darle gracias por el alimento y pedirlo para quienes no lo tienen; cuando empezamos el trabajo, nos encomendamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo solicitando su asistencia en nuestras operaciones; y así en todos los actos de nuestra vida personal o comunitaria.

De igual manera, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo realizamos nuestro apostolado de la predicación de la Palabra de Dios, de la catequesis, o de cualquier acción apostólica, caritativa, incluso el ejercicio de la vida ordinaria. Y también en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo celebramos todos los sacramentos.

La acción sacramental es una acción trinitaria, pues se bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se confirma en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se perdonan los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se actualiza y representa el sacrificio de Jesús en la Eucaristía, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; los sacerdotes son consagrados por el Obispo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; el cristiano, gravemente enfermo, es ungido con la unción de los enfermos para hacer el viaje al Cielo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y, por fin, cuando los novios dan su consentimiento para vivir en comunidad matrimonial de sacramento, lo hacen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Además, en esta fiesta de la Santísima Trinidad, podemos considerar la dulce y consoladora verdad de la inhabitación de la Santísima trinidad dentro del alma del justo, verdad revelada en muchos textos del Nuevo Testamento. Es doctrina evangélica y verdad enseñada por el magisterio de la Iglesia que cuando el hombre está en gracia de Dios, es decir, libre de pecado mortal, existe en el alma una participación analógica del ser de Dios, la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no de manera pasiva o extática, sino realizando sus acciones propias trinitarias, siendo objeto de adoración y de experiencias místicas muy variadas con la explosión de los dones del Espíritu Santo y sus frutos.

El alma en ese estado de gracia, en cierto sentido, se convierte en el cielo de la fe, con la esperanza de ser algún día cielo de la visión y gozo de Dios. Es como si el cielo de los ángeles y de los santos se trasladara al cielo del alma, con la potencia de vivir algún día en el Cielo en la visión y gozo pleno de la Santísima Trinidad.

sábado, 3 de junio de 2023

Santísima Trinidad. Ciclo A

 

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del ser humano, y de toda criatura creada inteligente, si existe, o creable, porque es evidente que el conocimiento de Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto, no cabe dentro del entendimiento creado. Es una verdad revelada que no se puede conocer ni antes ni después de la Revelación, pues es objeto de la fe.

El misterio, como todos sabemos, consiste en creer que en Dios hay tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, verdad que no contradice el conocimiento de la razón sino que lo supera. La fe no afirma que un ser es igual a tres o que tres es igual a uno, repugnancia matemática, sino que en un Ser, trascendente, eterno, hay tres personas realmente distintas.

Los conceptos humanos no son válidos para el conocimiento de Dios, que sólo puede ser conocido por el hombre a través de analogías, metáforas, comparaciones, que jamás explicarán la naturaleza de Dios y la realidad de Persona en Dios. En el Cielo veremos y comprenderemos el misterio de la Santísima Trinidad por medio de la visión intuitiva, que eleva la potencia natural del entendimiento humano para conocer y comprender las realidades divinas, que son verdades que, por sí mismas, superan la posibilidad del saber humano.

Pero es evidente que Dios en su Ser y obrar jamás puede ser conocido como es totalmente en sí mismo en la única naturaleza divina de trinidad de Personas. Sólo Dios puede ser conocido por sí mismo, porque la eternidad del Ser no cabe dentro de la inteligencia del ser creado.

De igual manera, las verdades de fe de la Iglesia Católica se saben, se creen y se viven, pero no se entienden. Pongamos un ejemplo, por aquello de que para muestra basta uno botón. En este momento, estamos celebrando la santa misa, que sabemos que es la repetición y actualización mística del sacrificio que Jesús ofreció al Padre en el calvario, como víctima y sacerdote en el altar de la cruz, para la redención de los pecados de todos los hombres. Sin embargo, la visión humana de la misa y su conocimiento no parece otra cosa que una ceremonia religiosa, una actuación sagrada o un sacramento ritual.

La fe, hermanos, es un conocimiento infalible, porque se basa en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y es superior al conocimiento humano metafísico, porque pocas verdades de las ciencias humanas son ciertas, pues la mayoría son subjetivas, circunstanciales, variables, y dependen de muchos factores, de la cultura de los tiempos, lugares y personas, conforme al dicho popular de que "nada es verdad ni mentira, pues todo depende del cristal con que se mira".

La Santísima Trinidad es el fundamento de toda la fe de la Iglesia, que en síntesis está contenida en el credo que rezamos en la santa misa, creemos y vivimos a lo largo de nuestra vida cristiana, y nos enseña el magisterio perenne e infalible de la Iglesia: el conocimiento de Dios en su misma esencia trinitaria; la creación del universo, del hombre y su finalidad; la historia del pecado original; el objeto de la Redención; la naturaleza de la Iglesia Católica, Sacramento universal de salvación; la existencia de los sacramentos y su funcionalidad; los mandamientos que tenemos que cumplir; la necesidad y eficacia de la oración, etc.

Las acciones del misterio de la fe son trinitarias, comunes a cada una de las divinas Personas, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero se atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, aunque las tres divinas personas son creadoras, redentoras y santificadoras.

Y, por último, la Santísima Trinidad es el principio de la vida cristiana y de toda vida apostólica. En efecto, cuando rezamos en privado o en público invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para que nos asista en nuestras peticiones y santos deseos; cuando nos levantamos y nos acostamos lo hacemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo con el fin de que nos acompañen en nuestra jornada y velen nuestro sueño; cuando bendecimos la mesa, invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para darle gracias por el alimento y pedirlo para quienes no lo tienen; cuando empezamos el trabajo, nos encomendamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo solicitando su asistencia en nuestras operaciones; y así en todos los actos de nuestra vida personal o comunitaria.

De igual manera, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo realizamos nuestro apostolado de la predicación de la Palabra de Dios, de la catequesis, o de cualquier acción apostólica, caritativa, incluso el ejercicio de la vida ordinaria. Y también en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo celebramos todos los sacramentos.

La acción sacramental es una acción trinitaria, pues se bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se confirma en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se perdonan los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se actualiza y representa el sacrificio de Jesús en la Eucaristía, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; los sacerdotes son consagrados por el Obispo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; el cristiano, gravemente enfermo, es ungido con la unción de los enfermos para hacer el viaje al Cielo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y, por fin, cuando los novios dan su consentimiento para vivir en comunidad matrimonial de sacramento, lo hacen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Además, en esta fiesta de la Santísima Trinidad, podemos considerar la dulce y consoladora verdad de la inhabitación de la Santísima trinidad dentro del alma del justo, verdad revelada en muchos textos del Nuevo Testamento. Es doctrina evangélica y verdad enseñada por el magisterio de la Iglesia que cuando el hombre está en gracia de Dios, es decir, libre de pecado mortal, existe en el alma una participación analógica del ser de Dios, la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no de manera pasiva o estática, sino realizando sus acciones propias trinitarias, siendo objeto de adoración y de experiencias místicas muy variadas con la explosión de los dones del Espíritu Santo y sus frutos.

El alma en ese estado de gracia, en cierto sentido, se convierte en el cielo de la fe, con la esperanza de ser algún día cielo de la visión y gozo de Dios. Es como si el cielo de los ángeles y de los santos se trasladara al cielo del alma, con la potencia de vivir algún día en el Cielo en la visión y gozo pleno de la Santísima Trinidad.

sábado, 11 de junio de 2022

Santísima Trinidad. Ciclo C

 


       La Santísima Trinidad es un misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del hombre. Su conocimiento es analógico, pues el hombre utiliza conceptos humanos que no se pueden aplicar a Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto. La esencia de Dios es incomprensible. Para entenderla utilizamos conceptos humanos que no se corresponden con los divinos. Sin embargo, aunque el conocimiento de Dios para el hombre es imperfecto, es verdadero. Solamente en el cielo los bienaventurados ven el misterio de Dios, tal como es, por medio de una potencia sobrenatural que Dios infunde en el alma, llamada luz de la gloria. Pero no conocen la naturaleza de Dios  cuantitativamente, tanto cuanto Dios se conoce así mismo en las tres divinas personas y como conoce las cosas. El conocimiento de Dios solamente se consigue por la fe con conceptos humanos o atributos que son perfecciones que concebimos en Dios, sacados de las criaturas, quitando sus imperfecciones y elevando las perfecciones al infinito con la imaginación.  Así, decimos, Dios es absolutamente simple, infinitamente perfecto, sabio, poderoso, santo, bondadoso, absolutamente inmutable, eterno, omnipotente. Y después el resultado es que la realidad de Dios queda desconocida.

Creemos en un solo Dios, no varios, y en Él tres Personas Divinas, y cada una de ellas posee la esencia divina que es numéricamente la misma. Las Personas divinas son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las tres son realmente distintas, y no tres dioses. No se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo son lo mismo que el Espíritu Santo, es decir un solo Dios por naturaleza. Cada una de las tres personas tiene la misma sustancia o naturaleza divina (Cat 253).

Las personas divinas son realmente distintas entre sí.

Dios es único pero no solitario. Padre, Hijo, Espíritu Santo no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí. El que es el Hijo, no es el Padre, y el que es el Padre, no es el Hijo, ni el Espíritu Santo. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede (Cat 254).

 Toda la economía divina es  obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola misma operación. Todas las operaciones divinas ad extra son comunes a las tres divinas personas, pero al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, pero las tres personas son creadores, redentores y santificadores, porque tienen la misma naturaleza divina.

            El concepto que el hombre tiene sobre Dios, naturaleza divina y persona divina es múltiple, y no se puede comparar con el concepto de persona humana, naturaleza humana y naturaleza de las cosas.

            El misterio de la Santísima Trinidad, que es imposible conocer humanamente, se sabe, se cree y se vive por la fe o contemplación mística con oración y acción de obras buenas y santas con la esperanza de que algún día podamos ver y comprender el misterio, tal como es, en el Cielo. 

sábado, 29 de mayo de 2021

Santísima Trinidad. Ciclo B

Celebramos hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio absoluto que ninguna criatura puede entender, revelado en el Nuevo Testamento por Jesucristo.

No pretendo en esta homilía explicar en qué consiste esta verdad dogmática, porque las realidades de fe transcienden la capacidad intelectiva de los seres creados, ángeles y hombres, y, por consiguiente, no se entienden, sino que se creen y se viven, en espera de poderlas contemplar un día en el Cielo por medio de la visión intuitiva. Entonces veremos a Dios, Uno y Trino, tal cual es en sí mismo, porque la fe con la que ahora creemos, se convertirá eternamente en visión y gozo.

Tampoco es mi propósito explicar el misterio de la Santísima Trinidad con términos teológicos, porque este tema es más bien propio de catequesis o de estudios teológicos. Simplemente recuerdo lo que todos sabemos por el catecismo de primera comunión: Existe un solo Dios, y en Dios tres Personas realmente distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que tienen una sola naturaleza divina. Y nada más. ¿Cómo se explica este misterio? Nadie lo sabe. En el Cielo lo veremos y entenderemos con claridad divina en toda su profundidad.

Yo quiero hoy hablar de una verdad muy consoladora y provechosa para la vida cristiana y santificación personal: La inhabitación de la Santísima Trinidad dentro del alma del justo, por medio de la gracia santificante.

Es un hecho indiscutible que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo moran en el alma que está en gracia de Dios, es decir sin pecado mortal. Son muchos los textos del Nuevo Testamento que prueban esta sublime realidad, que vivida con fe y fomentada con amor nos puede llevar con rapidez a la cumbre de la santidad. No se trata de una metáfora mística para afirmar que Dios Uno y Trino, la transcendente Trinidad, está siempre, de una manera u otra, con el hombre, sino que habita o convive o inhabita en el alma por medio de la gracia.

A título de ejemplo voy a reseñar el texto más claro del Evangelio, que afirma esta verdad transcendente, que si no hubiera sido revelada, parecería poética o imaginaria:

-“Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (J, 14,23). En este texto Jesús habla en plural, vendremos y haremos morada en él; y no vendré y haré, como pide la lógica del texto: Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y yo vendré a él y moraré en él.

Este misterio, vivido con fe esperanzadora de amor operativo, no se puede explicar con palabras humanas, pero es una verdad clara y contundente, que hace vibrar la sensibilidad mística del alma del creyente. En efecto, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad, mora o convive dentro del alma que está unida a Dios por la gracia santificante. ¡Qué maravilla, qué gozo, ser partícipe de la vida trinitaria de Dios en el alma!

¿Cómo se explica esta transcendente realidad mística?

Sabemos por la doctrina de la Iglesia que ”la gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en intimidad de la vida trinitaria: por el bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, cabeza de su cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único, y recibe la vida del Espíritu” (Cat 1997).

Es evidente que la naturaleza única de Dios, Uno y Trino, solamente puede ser participada totalmente por las tres divinas Personas, y no por ninguna criatura. Pero sí puede ser participada sobrenaturalmente, de modo creado y analógico. De la misma manera que el sol no cabe dentro de una habitación de la Tierra, pero sí puede ser participado analógicamente por su luz y calor, así también la naturaleza divina es participada por la luz y el calor de su gracia.

La Santísima Trinidad se nos comunica principalmente para tres finalidades: para convivir con el hombre, potenciar sobrenaturalmente sus actos y regalarle experiencias místicas.

La Santísima Trinidad convive con el hombre

El cristiano que está en gracia de Dios convive en verdad con la Santísima Trinidad, no simplemente está con Ella, como quien “está” con una persona sin otra relación que la de presencia; ni vive, como un interno en un colegio o un huésped en un hotel o una casa; sino que el justo convive con la Santísima Trinidad en intercomunicación de vidas.

Dios se da al cristiano con su propia vida; y el cristiano, al recibir la vida Dios, le devuelve esa misma vida divina con sus buenas obras. Existe, realmente, una mutua convivencia de vidas, en la que, al intercomunicarse la vida, forman como una misma vida mezclada, conservando cada una la suya propia. Por eso, San Pablo llegó a decir: “Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

Es, en verdad, una intercomunicación de amor y gracia. Se podría decir que esta sublime realidad se parece al embrión, que siendo una persona distinta a la madre, recibe de ella su vida constantemente.

Dios Uno y Trino, es participado en el alma, tal como es en si mismo en el seno íntimo de la Santísima Trinidad. Allí, en el fondo íntimo del alma, el Padre engendra al Hijo y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; y desde el cielo del alma divinizada, la Trinidad realiza su obra de glorificación de los bienaventurados y la santificación de los hombres.

La Santísima Trinidad potencia sobrenaturalmente los actos del hombre

La vida es esencialmente movimiento, dinamismo, actividad. Siendo la gracia una forma divina, también es divina su actuación, dice Santo Tomás de Aquino. El hombre en estado de gracia, por efecto de la presencia trinitaria, actúa humanamente al modo divino, y sus actos resultan materialmente humanos, pero formalmente divinos. El motor divino es Dios, quien pone en marcha los hábitos de los dones, y el hombre justificado es utilizado por El Espíritu Santo, arrancando de él mociones y actos sobrenaturales, algo así como el violinista arranca de las cuerdas del violín melodías artísticas.

La Santísima Trinidad regala al hombre experiencias místicas

La Santísima Trinidad, en la mutua convivencia de vida divina con la vida humana, además de potenciar sobrenaturalmente los actos del hombre “endiosado”, se convierte en objeto fruitivo de experiencias místicas en grados muy diferentes, según la medida del don que se recibe y la correspondencia a los dones del Espíritu Santo.

Algunas almas llegaron a conocer la existencia de la Santísima Trinidad, y en cierto sentido su naturaleza y funciones, por experiencias místicas. Hay teólogos que opinan que la mística es el desarrollo normal de la gracia, como la beata Isabel de la Trinidad. Algunos teólogos opinan que si el cristiano no llega a experimentar gozos místicos es porque no corresponde a los dones del Espíritu Santo, y con el pecado o apegos a cosas o personas impide la evolución del gracia y su desarrollo, que fructifica en experiencias místicas.

Lo que sí es cierto es que el que vive siempre en gracia y trabaja por la perfección, consigue la santidad, es decir vive cada vez con más fe, con ráfagas de consuelos del Espíritu Santo y con espacios aislados o habituales de ciertas experiencias místicas de diferente índole.

Esta sublime realidad nos lleva a la conclusión de luchar por vivir siempre en gracia de Dios, a no echar por el pecado mortal fuera del corazón a los divinos huéspedes, Dueños y Señores de la vida del hombre; a no tener por el pecado venial a las tres divinas personas, que moran en nuestra alma, prisioneras con un trato descuidado, frío y superficial; sino a tratar a la Santísima Trinidad con convivencia de amor operativo, trabajando por conservar su divina presencia trinitaria con progresiva intensidad de gracia, aunque no se nos regale ninguna experiencia mística, pues solamente el hecho de morar en nosotros por su “presencia graciosa” es la mayor paga que se puede esperar.

sábado, 6 de junio de 2020

Santísima Trinidad. Ciclo A


          Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del ser humano, y de toda criatura creada inteligente, si existe, o creable, porque es evidente que el conocimiento de Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto, no cabe dentro del entendimiento creado. Es una verdad revelada que no se puede conocer ni antes ni después de la Revelación, pues es objeto de la fe.

            El misterio, como todos sabemos, consiste en creer que en Dios hay tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, verdad que no contradice el conocimiento de la razón sino que lo supera. La fe no afirma que un ser es igual a tres o que tres es igual a uno, repugnancia matemática, sino que en un Ser, trascendente, eterno,  hay tres personas realmente distintas. 

Los conceptos humanos no son válidos para el conocimiento de Dios,  que sólo puede ser conocido por el hombre a través de analogías, metáforas, comparaciones, que jamás explicarán la naturaleza de Dios y la realidad de Persona en Dios. En el Cielo veremos y comprenderemos el misterio de la Santísima Trinidad por medio de la visión intuitiva, que eleva la potencia natural del entendimiento humano para conocer y comprender las realidades divinas, que son verdades que, por sí mismas, superan la posibilidad del saber humano.

Pero  es evidente que Dios en su Ser y obrar jamás puede ser conocido como es totalmente en sí mismo en la única naturaleza divina de trinidad de Personas. Sólo Dios puede ser conocido por sí mismo, porque la eternidad del Ser no cabe dentro de la inteligencia del ser creado.

 De igual manera, las verdades de fe de la Iglesia Católica se saben, se creen y se viven, pero no se entienden. Pongamos un ejemplo, por aquello de que para muestra basta uno botón. En este momento, estamos celebrando la santa misa, que sabemos que es la repetición y actualización mística del sacrificio que Jesús ofreció al Padre en el calvario, como víctima y sacerdote en el altar de la cruz, para la redención de los pecados de todos los hombres. Sin embargo, la visión humana de la misa y su conocimiento no parece otra cosa que una ceremonia religiosa, una actuación sagrada o un sacramento ritual.

La fe, hermanos, es un conocimiento infalible, porque se basa en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y es superior al conocimiento humano metafísico, porque pocas verdades de las ciencias humanas son ciertas, pues la mayoría  son subjetivas, circunstanciales, variables, y dependen de muchos factores, de la cultura de los tiempos, lugares y personas, conforme al dicho popular de que "nada es verdad ni mentira, pues todo depende del cristal con que se mira".

            La Santísima Trinidad es el fundamento de toda la fe de la Iglesia, que  en síntesis está contenida en el credo que rezamos en la santa misa, creemos y vivimos a lo largo de nuestra vida cristiana, y nos enseña el magisterio perenne e infalible de la Iglesia: el conocimiento de Dios en su misma esencia trinitaria; la creación del universo, del hombre y su finalidad; la historia del pecado original; el objeto de la Redención; la naturaleza de la Iglesia Católica, Sacramento universal de salvación; la existencia de los sacramentos y su funcionalidad; los mandamientos que tenemos que cumplir; la necesidad y eficacia de la oración, etc.

Las acciones del misterio de la fe son trinitarias, comunes a cada una de las divinas Personas, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero se atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, aunque las tres divinas personas son creadoras, redentoras y santificadoras. 

            Y, por último, la Santísima Trinidad es el principio de la vida cristiana y de toda vida apostólica. En efecto, cuando rezamos en privado o en público invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para que nos asista en nuestras peticiones y santos deseos; cuando nos levantamos y nos acostamos lo hacemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo con el fin de que nos acompañen en nuestra jornada y velen nuestro sueño; cuando bendecimos la mesa, invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para darle gracias por el alimento y pedirlo para quienes no lo tienen; cuando empezamos el trabajo, nos encomendamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo solicitando su asistencia en nuestras operaciones; y así en todos los actos de nuestra vida personal o comunitaria.

            De igual manera, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo realizamos nuestro apostolado de la predicación de la Palabra de Dios, de la catequesis, o de cualquier acción apostólica, caritativa, incluso el ejercicio de la vida ordinaria. Y también en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo  celebramos todos los sacramentos.

La acción sacramental es una acción trinitaria, pues se bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se confirma en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se perdonan los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; se actualiza y representa el sacrificio de Jesús en la Eucaristía, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; los sacerdotes son consagrados por el Obispo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;  el cristiano, gravemente enfermo, es ungido con la unción de los enfermos para hacer el viaje  al Cielo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y, por fin, cuando los novios dan su consentimiento para vivir en comunidad matrimonial de sacramento, lo hacen  en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

            Además, en esta fiesta de la Santísima Trinidad, podemos considerar la dulce y consoladora verdad de la inhabitación de la Santísima trinidad dentro del alma del justo, verdad revelada en muchos textos del Nuevo Testamento. Es doctrina evangélica y verdad enseñada por el magisterio de la Iglesia que cuando el hombre está en gracia de Dios, es decir, libre de pecado mortal, existe en el alma una participación analógica del ser de Dios, la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no de manera pasiva o estática, sino realizando sus acciones propias trinitarias, siendo objeto de adoración y de experiencias místicas muy variadas con la explosión de los dones del Espíritu Santo y sus frutos.

El alma en ese estado de gracia, en cierto sentido,  se convierte en el cielo de la fe, con la esperanza de ser algún día cielo de la visión y gozo de Dios. Es como si el cielo de los ángeles y de los santos se trasladara al cielo del alma, con la potencia de vivir algún día en el Cielo en la visión y gozo pleno de la Santísima Trinidad.

sábado, 15 de junio de 2019

Domingo de la Santísima Trinidad. Ciclo C

      SANTÍSIMA TRINIDAD

            La Santísima Trinidad es un misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del hombre. Su conocimiento es analógico, pues el hombre utiliza conceptos humanos que no se pueden aplicar a Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto. La esencia de Dios es incomprensible. Para entenderla utilizamos conceptos humanos que no se corresponden con los divinos. Sin embargo, aunque el conocimiento de Dios para el hombre es imperfecto, es verdadero. Solamente en el cielo los bienaventurados ven el misterio de Dios, tal como es, por medio de una potencia sobrenatural que Dios infunde en el alma, llamada luz de la gloria. Pero no conocen la naturaleza de Dios  cuantitativamente, tanto cuanto Dios se conoce así mismo en las tres divinas personas y como conoce las cosas. El conocimiento de Dios solamente se consigue por la fe con conceptos humanos o atributos que son perfecciones que concebimos en Dios, sacados de las criaturas, quitando sus imperfecciones y elevando las perfecciones al infinito con la imaginación.  Así, decimos, Dios es absolutamente simple, infinitamente perfecto, sabio, poderoso, santo, bondadoso, absolutamente inmutable, eterno, omnipotente. Y después el resultado es que la realidad de Dios queda desconocida.

Creemos en un solo Dios, no varios, y en Él tres Personas Divinas, y cada una de ellas posee la esencia divina que es numéricamente la misma. Las Personas divinas son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las tres son realmente distintas, y no tres dioses. No se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo son lo mismo que el Espíritu Santo, es decir un solo Dios por naturaleza. Cada una de las tres personas tiene la misma sustancia o naturaleza divina (Cat 253).

Las personas divinas son realmente distintas entre sí.
Dios es único pero no solitario. Padre, Hijo, Espíritu Santo no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí. El que es el Hijo, no es el Padre, y el que es el Padre, no es el Hijo, ni el Espíritu Santo. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede (Cat 254).

 Toda la economía divina es  obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola misma operación. Todas las operaciones divinas ad extra son comunes a las tres divinas personas, pero al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, pero las tres personas son creadores, redentores y santificadores, porque tienen la misma naturaleza divina.

            El concepto que el hombre tiene sobre Dios, naturaleza divina y persona divina es múltiple, y no se puede comparar con el concepto de persona humana, naturaleza humana y naturaleza de las cosas.

            El misterio de la Santísima Trinidad, que es imposible conocer humanamente, se sabe, se cree y se vive por la fe o contemplación mística con oración y acción de obras buenas y santas con la esperanza de que algún día podamos ver y comprender el misterio, tal como es, en el Cielo.