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miércoles, 31 de diciembre de 2025

Solemnidad Santa María Madre de Dios

 



Hoy celebramos el día de la Madre de Dios, precisamente en el estreno del un año nuevo. ¡Qué coincidencia más feliz!

Hoy en los días siguientes, todos vamos a felicitarnos el año nuevo con una frase usual ¡feliz año nuevo! para desearnos lo mejor.

 Hagamos una reflexión sobre estas palabras.

Realmente cada año es nuevo, y también cada mes, cada día, cada hora y cada tiempo, porque ningún momento es igual, todo es distinto y nuevo, aunque se hagan las mismas cosas.

¿En qué consiste la felicidad que nos deseamos?

La felicidad puede concebirse bajo tres perspectivas diferentes: felicidad humana, felicidad espiritual, y felicidad cristiana.

Para un hombre de mundo, sin fe, feliz año nuevo significa tener salud, poseer bienes materiales, desempeñar un cargo de relieve social o político o un puesto de trabajo, bien remunerado, gozar de autoridad, disfrutar mucho de las cosas, comer muchas, buenas y variadas comidas exquisitas y degustar bebidas agradables al paladar y beneficiosas para la salud, divertirse de muchas maneras... Eso es un año feliz para el que no ve las cosas nada más que con los ojos del mundo y las considera en relación al bienestar de los apetitos carnales. Pero la verdadera felicidad no consiste en la salud, porque se puede ser feliz espiritualmente en la enfermedad; ni tampoco en las riquezas, porque se puede ser desgraciado con ellas y feliz con la pobreza. Muchos tienen posesiones inmensas y son desgraciados, y otros tienen lo necesario para vivir y son inmensamente felices, porque la felicidad no consiste en tener muchas cosas sino en no necesitar nada más que lo necesario para vivir.

Para muchos, que son espirituales, no cristianos, la felicidad consiste en satisfacer las aspiraciones del hombre: buscar y encontrar la verdad, cultivar la ciencia, bucear en la sabiduría y gozar con ella, fomentar el amor, la justicia, la amistad... Pero no todos son felices, porque muchos satisfaciendo las aspiraciones buenas del hombre, son desgraciados; y otros con las cosas más elementales de la vida el amor, la justicia, la amistad, la paz y otros valores, son felices.

Para nosotros que somos hombres de fe y cristianos, el año feliz no significa totalmente ni lo uno ni lo otro. No descartamos la realidad de que para la felicidad humana contribuyen mucho los bienes materiales y espirituales, pero sabemos que la felicidad esencial no consiste solamente en ellos, pues con los esenciales, se puede ser feliz.

Cuando nosotros nos felicitamos el año nuevo desde la fe, nos deseamos un año nuevo lleno de la gracia de Dios y también lleno de gracias materiales y espirituales, en perfecta subordinación a la voluntad divina, que consiste fundamentalmente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los acontecimientos de la vida, de cualquier manera que se manifiesten. Sólo así se puede ser totalmente feliz, con las pequeñas y normales contrariedades de la vida. La verdadera felicidad evangélica consiste en vivir en gracia de Dios, conformarse con lo que se ha recibido, con lo que uno tiene, es decir, conformarse con uno mismo y no ambicionar nada de este mundo, que nos lleve al pecado.

Si yo busco el dinero, no como fin, sino como medio para cumplir mis necesidades y ser feliz, hago muy bien y estoy dentro de la felicidad humana y cristiana. Y si busco la riqueza como medio para mi felicidad y la de otros y con fines sociales consigo un bien personal y común. Se puede ser feliz o desgraciado en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en la niñez,  juventud y vejez, en la vida larga o corta, pues las cosas de este mundo pueden ser medios para la felicidad, si se administran bien, y medios para las desgracias, si se utilizan mal, para el pecado.

Desde la fe, hermanos, un año nuevo es aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, agradable a la naturaleza o desagradable: con salud y fortuna y con enfermedad e infortunios.

Os deseo y me deseo un año distinto nuevo en amor, gracia y santidad, conforme con lo que Dios tenga preparado para cada uno de nosotros, aceptando con fe las enfermedades, los momentos buenos y malos que vayan a venir, sabiendo que Dios es Padre y quiere el bien para todos sus hijos. De esta manera cada año nuevo será siempre feliz en la tierra, y después, cuando este mundo termine, vendrá la eternidad feliz, que nunca acaba, en unión con Dios, visto y poseído en totalidad y gozo de todos los ángeles y los santos, resplandor de la gloria de Dios eterna.

martes, 31 de diciembre de 2024

Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Ciclo C

 

Al estrenar un año nuevo, celebramos tres acontecimientos diferentes en un mismo acto litúrgico: el primero, la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, que es el tema central de la liturgia; el segundo, el estreno de un nuevo año civil, un año más que Dios nos concede para nuestra santificación; y el tercero, la conmemoración de la jornada mundial de la paz.

La Palabra de Dios proclamada en la primera lectura del libro de los Números nos dice: “Esta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: el Señor te bendiga y te proteja, y te conceda su favor, la paz”.

Utilizando este texto, se me ocurre felicitaros el año nuevo con las mismas palabras, que resumimos en tres ideas: “Que el Señor te bendiga, te proteja y te conceda la paz”.

No hay cosa más hermosa, hermanos, al estrenar un año que pedir a Dios, nuestro Padre, que nos bendiga; que desciendan sobre cada uno de nosotros las bendiciones del Cielo, que más necesitamos para vivir la fe en su plenitud con todas sus consecuencias; que aceptemos todos los acontecimientos que van a suceder en el año que acaba de empezar, como gracias, pues para quien tiene fe y ama a Dios todo le sirve para bien; que el Señor diluvie sobre todos nosotros toda clase de bendiciones sobrenaturales, espirituales y materiales.

Os deseo de todo corazón que la bendición de Dios en todas sus acepciones sea para nosotros un escudo para retener las asechanzas del enemigo, un castillo donde vivamos refugiados de los peligros del mundo, una protección que nos resguarde de todos los males, una fortaleza para luchar contra el pecado, para vivir en unión con Dios en medio de las adversidades, con la esperanza de la vida eterna.

Bendecidos con la protección de Dios, como un seguro a todo riesgo, si somos cristianos responsables con nuestra fe, vendrá a nosotros, como consecuencia lógica y aplastante, la paz de Dios que consiste en el cumplimiento de la voluntad divina, aceptando las distintas circunstancias de la vida, tanto personales, como comunitarias, tanto físicas como espirituales y morales. Os deseo de todo corazón que en el próximo año el Señor nos conceda la paz que trajeron los ángeles a Belén, en el nacimiento de Jesús; esa paz que no conoce el mundo y que se falsifica con la abundancia de bienes y ausencia de guerra; esa paz que es amor y es gracia, que es posible, aunque difícil, para los que caminamos por la tierra como peregrinos hacia la meta del Cielo, impulsados por la fe y motivados por la esperanza.

También os deseo la paz para vuestras familias, que viven en perfecto funcionamiento humano con desajustes, averiadas con difícil arreglo o rotas de manera irreparable. Por que la paz del corazón se puede vivir en las distintas situaciones en que se encuentren las familias.

Al celebrar litúrgicamente la maternidad divina de María, quiero también resaltar el gran dogma, base o fundamento de toda la teología mariana, porque por ser María la Madre de Dios, lo es todo dogmática o teológicamente: Inmaculada, porque no podía ser Madre de Dios una mujer manchada por el pecado; Virgen porque el modo de ser concebido y nacido el Hijo de Dios es más conforme a la dignidad divina; y Asunta a los Cielos, porque María, Inmaculada debía en los planes divinos gozar, como primicia de todos los hombres, la resurrección anticipada, como Cristo, por ser con Él Corredentora del género humano.

En efecto, la maternidad divina de María es el fundamento de toda su grandeza. María es Madre de Jesucristo, que es Dios, y no Madre de Dios en sí mismo, como es evidente. La fe católica nos enseña que la Segunda Persona Divina de la Santísima Trinidad encarnó en las entrañas virginales de Santa María, y como efecto de esa encarnación, el Hijo de Dios se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana en todo menos en el pecado, y nació Jesús, Persona divina con la naturaleza divina que siempre tuvo en conjunto con las otras dos Personas del Padre y del Espíritu Santo y con la naturaleza tomada de la carne de María.

Al celebrar la maternidad divina de María, también celebramos la maternidad espiritual de María, como Madre de todos los hombres. María, asociadas a su Hijo, Redentor, como un solo principio de salvación, es, por voluntad de Dios, Corredentora del género humano. Luego todos los hombres fuimos redimidos por Cristo con la colaboración de María, Corredentora. Todos somos hijos de Dios y porque hijos de Dios también somos hijos de María. Todos los hombres tenemos un solo Padre, Dios, somos hermanos con Jesucristo, Hermano Mayor y tenemos una sola Madre, que es María.

Al empezar este año, nosotros tenemos que tener a María Santísima cada vez más cerca en nuestra oración y acción, porque siendo mayores nos volvemos cada vez más niños, y estamos más necesitados de la Madre. Cuanto más mayores somos más empequeñecidos estamos y más necesitados de la Madre del Cielo, pues en la niñez de nuestra vejez necesitamos más a nuestra Madre, María. Los jóvenes con sus ilusiones quieren vivir independizados de las madres, porque equivocadamente o con acierto deben vivir su vida y no valoran el sentido de la necesidad de una madre. Nosotros no podemos ya contar con las fuerzas de los jóvenes ni con la ilusión y protección de los niños, pues no tenemos la fortaleza de la juventud ni el encanto de la niñez, y por eso necesitamos a una Madre. Somos unos niños mayores, que hemos perdido el encanto de la niñez y de la juventud con la realidad suprema de la edad mayor, que es la edad perfecta de la vida para ver las cosas en su perfecta realidad.

A medida que vamos cumpliendo años, constatamos mejor la verdad y la mentira de la vida, comprendemos mejor la miseria, malicia y debilidad de los hombres y el sentido transcendente de las cosas, necesitamos con humildad a Dios y a nuestra Madre María, Madre de Dios y de todos los hombres.

En este día, estreno del año nuevo, resumiendo, os felicito con la bendición de Dios, deseando para todos y cada uno y vuestras familias la protección divina y la paz, bajo el amparo de nuestra Madre, María, a quien veneramos hoy con el título dogmático de Madre de Dios, pidiéndole que nos enseñe a guardar todas las cosas en el corazón y a ejercer el apostolado sublime del apostolado de la vida sencilla y humilde.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Santa María Madre de Dios. Ciclo B

 


Hoy celebramos el día de la Madre de Dios, precisamente en el estreno del un año nuevo. ¡Qué coincidencia más feliz!

Hoy y en los días siguientes, todos vamos a felicitarnos el año nuevo con una frase usual ¡Feliz año nuevo! para desearnos lo mejor. Hagamos una reflexión sobre estas palabras.

Realmente cada año es nuevo, y también cada mes, cada día, cada hora y cada tiempo, porque ningún momento es igual, todo es distinto y nuevo, aunque se hagan las mismas cosas.

¿En qué consiste la felicidad que nos deseamos?

La felicidad puede concebirse bajo tres perspectivas diferentes: felicidad humana, felicidad espiritual, y felicidad cristiana.

Para un hombre de mundo, sin fe, feliz año nuevo significa tener salud, poseer bienes materiales, desempeñar un cargo de relieve social o político o un puesto de trabajo, bien remunerado, gozar de autoridad, disfrutar mucho de las cosas, comer muchas, buenas y variadas comidas exquisitas y degustar bebidas agradables al paladar y beneficiosas para la salud, divertirse de muchas maneras... Eso es un año feliz para el que no ve las cosas nada más que con los ojos del mundo y las considera en relación al bienestar de los apetitos carnales. Pero la verdadera felicidad no consiste en la salud, porque se puede ser feliz espiritualmente en la enfermedad; ni tampoco en las riquezas, porque se puede ser desgraciado con ellas y feliz con la pobreza. Muchos tienen posesiones inmensas y son desgraciados, y otros tienen lo necesario para vivir y son inmensamente felices, porque la felicidad no consiste en tener muchas cosas sino en no necesitar nada más que lo necesario para vivir.

Para muchos, que son espirituales, no cristianos, la felicidad consiste en satisfacer las aspiraciones del hombre: buscar y encontrar la verdad, cultivar la ciencia, bucear en la sabiduría y gozar con ella, fomentar el amor, la justicia, la amistad... Pero no todos son felices, porque muchos satisfaciendo las aspiraciones buenas del hombre, son desgraciados; y otros con las cosas más elementales de la vida el amor, la justicia, la amistad, la paz y otros valores, son felices.

Para nosotros que somos hombres de fe y cristianos, el año feliz no significa totalmente ni lo uno ni lo otro. No descartamos la realidad de que para la felicidad humana contribuyen mucho los bienes materiales y espirituales, pero sabemos que la felicidad esencial no consiste solamente en ellos, pues con los esenciales, se puede ser feliz.

Cuando nosotros nos felicitamos el año nuevo desde la fe, nos deseamos un año nuevo lleno de la gracia de Dios y también lleno de gracias materiales y espirituales, en perfecta subordinación a la voluntad divina, que consiste fundamentalmente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los acontecimientos de la vida, de cualquier manera que se manifiesten. Sólo así se puede ser totalmente feliz, con las pequeñas y normales contrariedades de la vida. La verdadera felicidad evangélica consiste en vivir en gracia de Dios, conformarse con lo que se ha recibido, con lo que uno tiene, es decir, conformarse con uno mismo y no ambicionar nada de este mundo, que nos lleve al pecado.

Si yo busco el dinero, no como fin, sino como medio para cumplir mis necesidades y ser feliz, hago muy bien y estoy dentro de la felicidad humana y cristiana. Y si busco la riqueza como medio para mi felicidad y la de otros y con fines sociales consigo un bien personal y común. Se puede ser feliz o desgraciado en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en la niñez,  juventud y vejez, en la vida larga o corta, pues las cosas de este mundo pueden ser medios para la felicidad, si se administran bien, y medios para las desgracias, si se utilizan mal, para el pecado.

Desde la fe, hermanos, un año nuevo es aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, agradable a la naturaleza o desagradable: con salud y fortuna y con enfermedad e infortunios.

Os deseo y me deseo un año distinto nuevo en amor, gracia y santidad, conforme con lo que Dios tenga preparado para cada uno de nosotros, aceptando con fe las enfermedades, los momentos buenos y malos que vayan a venir, sabiendo que Dios es Padre y quiere el bien para todos sus hijos. De esta manera cada año nuevo será siempre feliz en la tierra, y después, cuando este mundo termine, vendrá la eternidad feliz, que nunca acaba, en unión con Dios, visto y poseído en totalidad y gozo de todos los ángeles y los santos, resplandor de la gloria de Dios eterna.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Santa María Madre de Dios. Ciclo A

 


Hoy celebramos el día de la Madre de Dios, precisamente en el estreno de un año nuevo ¡Qué coincidencia más feliz!

Hoy en los días siguientes, todos vamos a felicitarnos el año nuevo con una frase usual ¡feliz año nuevo! para desearnos lo mejor. Hagamos una reflexión sobre estas palabras.

Realmente cada año es nuevo, y también cada mes, cada día, cada hora y cada tiempo, porque ningún momento es igual, todo es distinto y nuevo, aunque se hagan las mismas cosas.

¿En qué consiste la felicidad que nos deseamos?

La felicidad puede concebirse bajo tres perspectivas diferentes: felicidad humana, felicidad espiritual, y felicidad cristiana.

Para un hombre de mundo, sin fe, feliz año nuevo significa tener salud, poseer bienes materiales, desempeñar un cargo de relieve social o político o un puesto de trabajo, bien remunerado, gozar de autoridad, disfrutar mucho de las cosas, comer muchas, buenas y variadas comidas exquisitas y degustar bebidas agradables al paladar y beneficiosas para la salud, divertirse de muchas maneras... Eso es un año feliz para el que no ve las cosas nada más que con los ojos del mundo y las considera en relación al bienestar de los apetitos carnales. Pero la verdadera felicidad no consiste en la salud, porque se puede ser feliz espiritualmente en la enfermedad; ni tampoco en las riquezas, porque se puede ser desgraciado con ellas y feliz con la pobreza. Muchos tienen posesiones inmensas y son desgraciados, y otros tienen lo necesario para vivir y son inmensamente felices, porque la felicidad no consiste en tener muchas cosas sino en no necesitar nada más que lo necesario para vivir.

Para muchos, que son espirituales, no cristianos, la felicidad consiste en satisfacer las aspiraciones del hombre: buscar y encontrar la verdad, cultivar la ciencia, bucear en la sabiduría y gozar con ella, fomentar el amor, la justicia, la amistad... Pero no todos son felices, porque muchos satisfaciendo las aspiraciones buenas del hombre, son desgraciados; y otros con las cosas más elementales de la vida el amor, la justicia, la amistad, la paz y otros valores, son felices.

Para nosotros que somos hombres de fe y cristianos, el año feliz no significa totalmente ni lo uno ni lo otro. No descartamos la realidad de que para la felicidad humana contribuyen mucho los bienes materiales y espirituales, pero sabemos que la felicidad esencial no consiste solamente en ellos, pues con los esenciales, se puede ser feliz.

Cuando nosotros nos felicitamos el año nuevo desde la fe, nos deseamos un año nuevo lleno de la gracia de Dios y también lleno de gracias materiales y espirituales, en perfecta subordinación a la voluntad divina, que consiste fundamentalmente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los acontecimientos de la vida, de cualquier manera que se manifiesten. Sólo así se puede ser totalmente feliz, con las pequeñas y normales contrariedades de la vida. La verdadera felicidad evangélica consiste en vivir en gracia de Dios, conformarse con lo que se ha recibido, con lo que uno tiene, es decir, conformarse con uno mismo y no ambicionar nada de este mundo, que nos lleve al pecado.

Si yo busco el dinero, no como fin, sino como medio para cumplir mis necesidades y ser feliz, hago muy bien y estoy dentro de la felicidad humana y cristiana. Y si busco la riqueza como medio para mi felicidad y la de otros y con fines sociales consigo un bien personal y común. Se puede ser feliz o desgraciado en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en la niñez,  juventud y vejez, en la vida larga o corta, pues las cosas de este mundo pueden ser medios para la felicidad, si se administran bien, y medios para las desgracias, si se utilizan mal, para el pecado.

Desde la fe, hermanos, un año nuevo es aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, agradable a la naturaleza o desagradable: con salud y fortuna y con enfermedad e infortunios.

Os deseo y me deseo un año distinto nuevo en amor, gracia y santidad, conforme con lo que Dios tenga preparado para cada uno de nosotros, aceptando con fe las enfermedades, los momentos buenos y malos que vayan a venir, sabiendo que Dios es Padre y quiere el bien para todos sus hijos. De esta manera cada año nuevo será siempre feliz en la tierra, y después, cuando este mundo termine, vendrá la eternidad feliz, que nunca acaba, en unión con Dios, visto y poseído en totalidad y gozo de todos los ángeles y los santos, resplandor de la gloria de Dios eterna.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Santa María Madre de Dios. Solemnidad

 

    Al estrenar un año nuevo, celebramos tres acontecimientos diferentes en un mismo acto litúrgico: el primero, la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, que es el tema central de la liturgia; el segundo, el estreno de un nuevo año civil, un año más que Dios nos concede para nuestra santificación; y el tercero, la conmemoración de la jornada mundial de la paz.

    La Palabra de Dios proclamada en la primera lectura del libro de los Números nos dice: “Esta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: el Señor te bendiga y te proteja, y te conceda su favor, la paz”.

    Utilizando este texto, se me ocurre felicitaros el año nuevo con las mismas palabras, que resumimos en tres ideas: “Que el Señor te bendiga, te proteja y te conceda la paz”.

    No hay cosa más hermosa, hermanos, al estrenar un año que pedir a Dios, nuestro Padre, que nos bendiga; que desciendan sobre cada uno de nosotros las bendiciones del Cielo, que más necesitamos para vivir la fe en su plenitud con todas sus consecuencias; que aceptemos todos los acontecimientos que van a suceder en el año que acaba de empezar, como gracias, pues para quien tiene fe y ama a Dios todo le sirve para bien; que el Señor diluvie sobre todos nosotros toda clase de bendiciones sobrenaturales, espirituales y materiales.

    Os deseo de todo corazón que la bendición de Dios en todas sus acepciones sea para nosotros un escudo para retener las asechanzas del enemigo, un castillo donde vivamos refugiados de los peligros del mundo, una protección que nos resguarde de todos los males, una fortaleza para luchar contra el pecado, para vivir en unión con Dios en medio de las  adversidades,  con la esperanza de la vida eterna.

    Bendecidos con la protección de Dios, como un seguro a todo riesgo, si somos cristianos responsables con nuestra fe, vendrá a nosotros, como consecuencia lógica y aplastante, la paz de Dios que consiste en el cumplimiento de la voluntad divina, aceptando las distintas circunstancias de la vida, tanto personales, como comunitarias, tanto físicas como espirituales y morales. Os deseo de todo corazón que en el próximo año el Señor nos conceda la paz que trajeron los ángeles a Belén, en el nacimiento de Jesús; esa paz que no conoce el mundo y que se falsifica con la abundancia de bienes y ausencia de guerra; esa paz que es amor y es gracia, que es posible, aunque difícil, para los que caminamos por la tierra como peregrinos hacia la meta del Cielo, impulsados por la fe y motivados por la esperanza.

    También os deseo la paz para vuestras familias, que viven en perfecto funcionamiento humano con desajustes, averiadas con difícil arreglo o rotas de manera irreparable. Por que la paz del corazón se puede vivir en las distintas situaciones en que se encuentren las familias.

    Al celebrar litúrgicamente la maternidad divina de María, quiero también resaltar el gran dogma, base o fundamento de toda la teología mariana, porque por ser María la Madre de Dios, lo es todo dogmática o teológicamente: Inmaculada, porque no podía ser Madre de Dios una mujer manchada por el pecado; Virgen porque el modo de ser concebido y nacido el Hijo de Dios es más conforme a la dignidad divina; y Asunta a los Cielos, porque María, Inmaculada debía en los planes divinos gozar, como primicia de todos los hombres, la resurrección anticipada, como Cristo, por ser con Él Corredentora del género humano.

    En efecto, la maternidad divina de María es el fundamento de toda su grandeza. María es Madre de Jesucristo, que es Dios, y no Madre de Dios en sí mismo, como es evidente. La fe católica nos enseña que la Segunda Persona Divina de la Santísima Trinidad encarnó en las entrañas virginales de Santa María, y como efecto de esa encarnación, el Hijo de Dios se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana en todo menos en el pecado, y nació Jesús, Persona divina con la naturaleza divina que siempre tuvo en conjunto con las otras dos Personas del Padre y del Espíritu Santo y con la naturaleza tomada de la carne de María.

    Al celebrar la maternidad divina de María, también celebramos la maternidad espiritual de María, como Madre de todos los hombres. María, asociadas a su Hijo, Redentor, como un solo principio de salvación, es, por voluntad de Dios, Corredentora del género humano. Luego todos los hombres fuimos redimidos por Cristo con la colaboración de María, Corredentora. Todos somos hijos de Dios y porque hijos de Dios también somos hijos de María. Todos los hombres tenemos un solo Padre, Dios, somos hermanos con Jesucristo, Hermano Mayor y tenemos una sola Madre, que es María.

    Al empezar este año, nosotros tenemos que tener a María Santísima cada vez más cerca en nuestra oración y acción, porque siendo mayores nos volvemos cada vez más niños, y estamos más necesitados de la Madre. Cuanto más mayores somos más empequeñecidos estamos y más necesitados de la Madre del Cielo, pues en la niñez de nuestra vejez necesitamos más a nuestra Madre, María. Los jóvenes con sus ilusiones quieren vivir independizados de las madres, porque equivocadamente o con acierto deben vivir su vida y no valoran el sentido de la necesidad de una madre. Nosotros no podemos ya contar con las fuerzas de los jóvenes ni con la ilusión y protección de los niños, pues no tenemos la fortaleza de la juventud ni el encanto de la niñez, y por eso necesitamos a una Madre. Somos unos niños mayores, que hemos perdido el encanto de la niñez y de la juventud con la realidad suprema de la edad mayor, que es la edad perfecta de la vida para ver las cosas en su perfecta realidad.

    A medida que vamos cumpliendo años, constatamos mejor la verdad y la mentira de la vida, comprendemos mejor la miseria, malicia y debilidad de los hombres y el sentido transcendente de las cosas, necesitamos con humildad a Dios y a nuestra Madre María, Madre de Dios y de todos los hombres.

    En este día, estreno del año nuevo, resumiendo, os felicito con la bendición de Dios, deseando para todos y cada uno y vuestras familias la protección divina y la paz, bajo el amparo de nuestra Madre, María, a quien veneramos hoy con el título dogmático de Madre de Dios, pidiéndole que nos enseñe a guardar todas las cosas en el corazón y  a ejercer el apostolado sublime del apostolado de la vida sencilla y humilde.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Santa María Madre de Dios, Solemnidad

El día 25 de Diciembre  celebrábamos litúrgicamente la Navidad, en nacimiento del Hijo de Dios, hecho Hombre. El domingo siguiente, día 27, este año coincidió con la Fiesta de la Sagrada Familia, porque el Hijo de Dios, nacido de Santa María Virgen, vivió en familia, bajo la dirección y protección de San José, esposo de la Virgen María. Y hoy 1 de Enero del año 2021, celebramos la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. 

Parece con cierta lógica histórica y litúrgica que dentro del tiempo de Navidad se celebrara la fiesta de San José, y no el día 19 de Marzo, que cae en plena cuaresma en cuyo ciclo no tiene sitio. De esta manera, se celebraría con más sentido litúrgico, tal vez, la Navidad: el nacimiento de Jesús, la solemnidad de la Madre de Dios, la fiesta de San José y la Sagrada familia. 

Dejando aparcada esta teoría, más o menos discutible, hoy celebramos el día de la Madre de Dios, que es lo que nos interesa, y precisamente en el estreno de un año nuevo ¡Qué coincidencia más feliz! 

Hoy en los días siguientes, todos vamos a felicitarnos el año nuevo con una frase usual ¡feliz año nuevo! para desearnos lo mejor. Hagamos un reflexión sobre estas palabras. 

Realmente cada año es nuevo, y también cada mes, cada día, cada hora y cada tiempo, porque ningún momento es igual, todo es distinto y nuevo, aunque se hagan las mismas cosas. 

¿En qué consiste la felicidad que nos deseamos? 
La felicidad puede concebirse bajo tres perspectivas diferentes: felicidad humana, felicidad espiritual, y felicidad cristiana. 

Para un hombre de mundo, sin fe, feliz año nuevo significa tener salud, poseer bienes materiales, desempeñar un cargo de relieve social o político o un puesto de trabajo, bien remunerado, gozar de autoridad, disfrutar mucho de las cosas, comer muchas, buenas y variadas comidas exquisitas y degustar bebidas agradables al paladar y beneficiosas para la salud, divertirse de muchas maneras... Eso es un año feliz para el que no ve las cosas nada más que con los ojos del mundo y las considera en relación al bienestar de los apetitos carnales. Pero la verdadera felicidad no consiste en la salud, porque se puede ser feliz espiritualmente en la enfermedad; ni tampoco en las riquezas, porque se puede ser desgraciado con ellas y feliz con la pobreza. Muchos tienen posesiones inmensas y son desgraciados, y otros tienen lo necesario para vivir y son inmensamente felices, porque la felicidad no consiste en tener muchas cosas sino en no necesitar nada más que lo necesario para vivir. 

Para muchos, que son espirituales, no cristianos, la felicidad consiste en satisfacer las aspiraciones del hombre: buscar y encontrar la verdad, cultivar la ciencia, bucear en la sabiduría y gozar con ella, fomentar el amor, la justicia, la amistad... Pero no todos son felices, porque muchos satisfaciendo las aspiraciones buenas del hombre, son desgraciados; y otros con las cosas más elementales de las vida el amor, la justicia, la amistad, la paz y otros valores, son felices. 

Para nosotros que somos hombres de fe y cristianos, el año feliz no significa totalmente ni lo uno ni lo otro. No descartamos la realidad de que para la felicidad humana contribuyen mucho los bienes materiales y espirituales, pero sabemos que la felicidad esencial no consiste solamente en ellos, pues con los esenciales, se puede ser feliz. 

Cuando nosotros nos felicitamos el año nuevo desde la fe, nos deseamos un año nuevo lleno de la gracia de Dios y también lleno de gracias materiales y espirituales, en perfecta subordinación a la voluntad divina, que consiste fundamentalmente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los acontecimientos de la vida, de cualquier manera que se manifiesten. Sólo así se puede ser totalmente feliz ,con las pequeñas y normales contrariedades de la vida. La verdadera felicidad evangélica consiste en vivir en gracia de Dios, conformarse con lo que se ha recibido, con lo que uno tiene, es decir, conformarse con uno mismo y no ambicionar nada de este mundo, que nos lleve al pecado. 

Si yo busco el dinero, no como fin, sino como medio para cumplir mis necesidades y ser feliz, hago muy bien y estoy dentro de la felicidad humana y cristiana. Y si busco la riqueza como medio para mi felicidad y la de otros y con fines sociales consigo un bien personal y común. Se puede ser feliz o desgraciado en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en la niñez, juventud y vejez, en la vida larga o corta, pues las cosas de este mundo pueden ser medios para la felicidad, si se administran bien, y medios para las desgracias, si se utilizan mal, para el pecado. 

Desde la fe, hermanos, un año nuevo es aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, agradable a la naturaleza o desagradable: con salud y fortuna y con enfermedad e infortunios. 

Os deseo y me deseo un año distinto nuevo en amor, gracia y santidad, conforme con lo que Dios tenga preparado para cada uno de nosotros, aceptando con fe las enfermedades, los momentos buenos y malos que vayan a venir, sabiendo que Dios es Padre y quiere el bien para todos sus hijos. De esta manera cada año nuevo será siempre feliz en la tierra, y después, cuando este mundo termine, vendrá la eternidad feliz, que nunca acaba, en unión con Dios, visto y poseído en totalidad y gozo de todos los ángeles y los santos, resplandor de la gloria de Dios eterna. 

martes, 31 de diciembre de 2019

Festividad de Santa María Madre de Dios. Ciclo A


Es evidente que María no es la Madre de Dios, en cuanto persona divina, absurdo metafísico, pues Dios es eterno, espíritu purísimo, que ni siquiera se puede imaginar. Es la Madre de Dios en cuanto Dios, hecho hombre: madre del Hijo de Dios, la segunda Persona divina de la Santísima Trinidad con su naturaleza divina, Jesucristo que fue concebido humanamente en las entrañas purísimas de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo; y el resultado fue que Jesús es Dios y hombre verdadero. Así nos lo enseña la teología dogmática de la Iglesia Católica, que el Catecismo del Papa Juan Pablo con las siguientes palabras: “Ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y el que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios” (Cat 495).

Que María es la Madre de Dios no es una metáfora de fantasía poética, sino una realidad sobrenatural, misterio sobrenatural realizado por quien todo lo puede. Es madre como cualquier madre de la tierra con la sola diferencia privilegiada de que María concibió por obra del Espíritu Santo, no por obra de varón como todas las madres, y dio a luz a su Hijo, Jesús, virginalmente, mientras que las otras madres dan a luz a sus hijos naturalmente. Así como la madre es la madre de la persona de su hijo con cuerpo y alma, aunque ella proporciona a su hijo únicamente la materia del cuerpo, al cual infunde Dios un alma creada de la nada, de manera parecida, pero dentro del misterio sobrenatural. María concibió a la persona divina del Hijo de Dios en cuanto al cuerpo, como todas las madres dan a sus hijos: el cuerpo; y, por consiguiente, es real y verdaderamente Madre de Dios. María, como todas las madres, no es causa de la creación de su hijo, que es Dios, sino medio de transmisión del hijo. El Concilio de Calcedonia (año 451) nos dice:“Hay que confesar a un solo y mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, compuesto de alma racional y de cuerpo; consustancial con el Padre, según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad; en todo semejante a nosotros menos en el pecado (Hb 4,15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad y, por nosotros y nuestra salvación, nacido en estos últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad” (Cat 467).

En Jesús, Dios y hombre, hay dos entendimientos: uno divino y otro humano. Con su inteligencia humana aprendió en su tiempo histórico muchas cosas mediante la experiencia. Algo así como el ingeniero ve en su entendimiento con claridad meridiana la obra que va realizar, y luego la comprueba en su realización. Como hombre, Hijo de Dios, tenía un conocimiento humano de Dios, su Padre (Cat 470-474. 482); y como Dios tenía también un entendimiento divino con el que sabía todas las cosas; y tenía también dos voluntades: una divina y otra humana. La voluntad humana de Cristo cumplía, sin oposición ni resistencia, su voluntad divina, y estaba subordinada a ella (Cat 475. 482). Ahora en el Cielo la persona divina de Jesús con su naturaleza divina y humana existe en estado glorioso inimaginable, no teológicamente conocido.

Es lógico y natural que hasta llegar al conocimiento de la revelación de la Persona divina y dos naturalezas, divina y humana en Jesús surgieron muchas herejías y errores, humanamente comprensibles, que estudia la Historia de la Iglesia. Porque el conocimiento del Verbo encarnado, revelado, ha supuesto muchos esfuerzos y estudios, que el magisterio auténtico, perenne e infalible de la Iglesia, iluminado por el Espíritu Santo, ha ido enseñado en su tiempo. Nestorio afirmaba que el hijo de la Virgen María es distinto del Hijo de Dios, pues así como en Cristo hay dos naturalezas hay también dos personas: una divina y otra humana. Esta herejía fue condenada por el Concilio universal de Éfeso el año 431, en el que fue definido como dogma de fe que María es Madre de Dios con estas palabras: “Cristo en su propia carne es un ser único, es decir, una sola Persona divina y dos naturalezas, divina y humana, Dios y hombre al mismo tiempo. La santísima Virgen María es Madre de Dios porque dio a luz según la carne al Verbo de Dios encarnado”.

María, al ser la Madre de Dios, tiene cierta y verdadera afinidad y parentesco con la Santísima Trinidad, de manera singular, por lo que es la criatura más digna de todas las demás, ángeles y santos del Cielo; y su dignidad es superior a la dignidad sacerdotal. El poder de intercesión de María ante Dios supera a la de cualquier santo y ángel del Cielo y a la de todos juntos. Los hombres podemos contar con una Madre que ama a cada hombre tanto cuanto puede ser amado, como si fuera hijo único, con el mismo corazón inmaculado con que amó a Dios en la tierra y ama ahora en el Cielo con su corazón glorificado.

A la Virgen, madre de todos los hombres, podemos pedir con filial confianza todo lo que queramos, sabiendo que siempre nos concederá todo lo que necesitamos, tanto humano, como material o espiritual, siempre y cuanto se ajuste a la voluntad de Dios, y sea lo mejor en todos los sentidos para nuestra salvación eterna, porque María, por ser madre de Dios, es también Madre espiritual de todos los hombres en el sentido de que es Madre de la divina gracia, que transmite todas las gracias a todos los hombres, que Dios causa; algo así como el espacio comunica la luz a los hombres y a la Tierra la luz que el sol causa.