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sábado, 2 de agosto de 2025

Décimo octavo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 




En la primera lectura del libro del Eclesiastés la Palabra de Dios nos dice que el trabajo del hombre sobre la Tierra, en sí mismo y sin ninguna trascendencia, es vaciedad. Trabajar con destreza,  habilidad y acierto con sentido puramente humano no tiene otra finalidad que cosechar haciendas con dolores, penas y fatigas y dejarlas a los herederos que no las han trabajado. ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabajó bajo el sol? Vaciedad sin sentido.

El hombre no sacia el hambre de felicidad que tiene en la esencia misma  de su propio ser con cosas,  criaturas,  amores humanos, sino con los bienes de allá arriba y no con los bienes de acá abajo. Sólo Dios  y las cosas de Dios son los bienes supremos que calman de manera relativa los deseos del corazón humano en la Tierra. Cuando estemos en el Cielo no necesitaremos nada y seremos eternamente felices.

La experiencia nos dice que el rico que amasa millones y posee fortunas inmensas, no es feliz, porque pone como meta última de su vida los bienes perecederos de la Tierra. El que busca la felicidad llenándose de criaturas, se siente decepcionado porque cuanto más tiene más quiere. Nunca tiene bastante, se vuelve avaricioso y egoísta, su corazón se endurece y  materializa con corrupciones y vicios. Es más, incluso el hombre que busca  bienes espirituales humanos, exclusivamente, como el arte, la literatura, la música, no se siente nunca totalmente saciado ni recompensado con ellos, porque le falta el alimento de los bienes sobrenaturales en Dios, que sacian el hambre de ser feliz que el hombre tiene, mientras es peregrino en la Tierra. San Agustín, que buscó los placeres humanos hasta en el pecado, y se alimentó con ellos, poseyendo mucho dinero y hasta la sabiduría máxima de su tiempo, como pocos, llegó a decir: “Señor, nos has hecho para ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti”.

Encontramos esta misma idea explicada con más detalle en la segunda lectura de la liturgia de hoy, en la que se nos dice: “Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes del Cielo y no a los de la Tierra. La razón por la que se nos invita a vivir una vida con Cristo, escondida en Dios, es porque por el bautismo hemos muerto con Cristo y hemos resucitado con Él. Por consiguiente, “debemos dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros: la fornicación, la impureza,  la pasión, la codicia, y la avaricia, que es una idolatría”. Es decir, en una palabra, debemos dar muerte al pecado para vivir la gracia de Dios.

Todos somos pecadores, unos más y otros menos, unos de una manera y otros de otra. Pero no todos nos reconocemos pecadores delante de Dios y de los hombres. Morir al pecado es despojarnos de la vieja condición humana, con sus obras,  y revestirnos de Cristo, es decir llegar a conocerlo en plenitud, pensar como Cristo, querer lo que Cristo quiere y hacer lo que Cristo quiere, que es lo mismo que cumplir su santa voluntad siempre y en todo.  Es tan escaso el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, que todos los pecados o comportamientos humanos los virtualizamos o justificamos con argumentaciones basadas en el egoísmo. En consecuencia coherente con la Palabra de Dios, hagamos una reflexión y veamos en qué tenemos puesto nuestro corazón: ¿En la riqueza? ¿Nos empeñamos solamente en ser ricos, en tener muchas cosas, mucho dinero? ¿Buscamos los placeres pecaminosos o desordenados, poniendo nuestro corazón en lo que gusta,  en dar gusto al cuerpo en todo lo que apetece, sin mirar la ley de Dios? ¿Nos afanamos por planificar diversiones exorbitadas, pasarlo bien, comer de lo bueno lo mejor, beber sin tino? ¿Ponemos nuestro corazón en amores pecaminosos o descentrados, incluso amores fatuos, insustanciales, libertinos? Hacemos porque nuestros propios gustos naturales se conviertan en caprichos exigentes y esclavizantes? ¿Mantenemos a toda costa nuestro propio criterio, de manera exclusiva, menospreciando o despreciando el de los demás? ¿En el ejercicio de la autoridad somos intolerantes, exigentes, mandando lo que nos gusta como si fuera siempre lo mejor, sin consultar a nadie ni constatar el parecer de otros? ¿Conceptuamos a los demás por debajo de nuestra propia estima? ¿Presumimos por soberbia de los dones que hemos recibido, presumiendo de nuestras cualidades, como adquiridas por nuestro propio esfuerzo? ¿Estamos apegados a las cosas o a personas, aunque sean espirituales, con desorden del amor a las criaturas? ¿Hacemos muchas cosas buenas por el egoísmo de nuestro propio interés?.... Si examinamos a conciencia nuestros actos, a la luz de Dios, con toda seguridad encontraremos en nuestra vida malas inclinaciones, propias de la naturaleza o adquiridas por nuestros vicios o pecados.

En el Evangelio, la Palabra de Dios nos propone una parábola muy significativa en la que un hombre rico tuvo una gran cosecha y empezó a echar cálculos para ver donde podía almacenarla. Pensó que tenía que derruir los graneros que tenía porque se le quedaban chicos; y debería construir otros más grandes donde pudiera almacenar todo el grano y toda su cosecha. Y se decía a sí mismo: Tienes muchos bienes acumulados y para muchos años: me tumbaré, comeré, beberé, y me daré buena vida. Pero sucedió que la misma noche en que él soñaba con un futuro de riquezas y una buena y larga vida para disfrutarlos, Dios le llamó a cuentas. Y concluye la parábola: ¿Para qué le sirvió haber trabajado tanto para ser rico y vivir a lo grande, si no tuvo tiempo para gozar de sus bienes? Y el Evangelio concluye con la siguiente moraleja: Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

Lo importante en la vida no es tener muchas fincas, grandes posesiones, millones de euros sin cuento en el banco, porque todo eso no hace al hombre feliz. Lo que enriquece al hombre es lo que perdura, lo que sirve para la eternidad, lo que merece premio de Cielo: hacer el bien, vivir en gracia de Dios, realizar buenas obras, estar desprendido de las riquezas, ganarse a pulso con el trabajo, sacrificio y dolor la vida eterna. Por consiguiente, revisemos nuestra vida, trabajemos con sensatez y equilibrio para cubrir las necesidades propias y las de la familia; y si Dios nos concede riquezas, administrémoslas con una funcionalidad social, justa, equitativa, y llevando, a la vez, una vida profundamente cristiana.

sábado, 5 de julio de 2025

Décimo cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C



“La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos”

 En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de Dios en este domingo, el apóstol San Pablo escribiendo a los Gálatas les dice que la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos. ¿Cómo se puede conseguir la paz en un mundo lleno de males y pecados? Con la justicia y misericordia de Dios. Hagamos algunas reflexiones sobre estos temas.

1 Virtud de la paz

2 Males en el mundo

3 Pecados de los hombres

4 Justicia y misericordia de Dios


1 Virtud de la paz

En un sentido profundamente teológico, San Agustín dice que la paz es la tranquilidad en el orden. Cuando las cosas están como son y en el orden que tienen que estar, se produce un ambiente de paz. Cuando en el hombre las cosas están debidamente ordenadas: subordinado el cuerpo al alma, la razón a la fe, la voluntad humana a la voluntad de Dios existe la paz en el alma, pase lo que pase, pese a quien pese, y cueste lo que cueste, aunque haya males en el mundo. La paz es la santidad, el orden y subordinación de todas las cosas a Dios.

2 Males del mundo

En la Historia humana observamos que en el mundo del pasado ha habido siempre muchos males físicos en la naturaleza: inundaciones, volcanes, terremotos, incendios, desgracias humanas, enfermedades, dolores horribles; males espirituales, psicológicos, psíquicos, males morales crímenes espeluznantes, inconcebibles, inhumanos, inevitables que claman a gritos al Cielo; los hay ahora también en el mundo del presente y los habrá siempre en el del futuro hasta el fin del mundo. Y lo que es humanamente inconcebible es que muchos vienen de la libre voluntad de Dios, que es bueno, Creador y Padre de todos los hombres. ¿Cómo se concilia la bondad de Dios con los males que hay en el mundo?

 La causa fundamental teológica del mal nos dice la fe que es el misterio del pecado original, que causó todos lo males del mundo con el fin del bien de la Redención, el misterio pascual: la Encarnación del Hijo de Dios, hecho hombre, para que el hombre se haga “dios”, pues no hay mal que por bien no venga. Los males que Dios quiere no son males intrínsecamente malos en sí mismos, sino medios humanos, aparentemente malos, para bienes supremos y eternos que sólo Dios conoce.

3 Pecados de los hombres

Los pecados son los únicos y mayores males morales que existen en el mundo, pero no todos son ofensas a Dios, pues hay muchas causas eximentes de responsabilidad moral: ignorancias, pasiones, temores, miedos, violencias, anomalías psíquicas y otras muchas causas. Para que el hombre peque y ofenda a Dios tiene que ser consciente y libre del mal que hace, cosa que sólo Dios sabe en su infinita sabiduría misericordiosa. Hay muchos males en el hombre que no son pecados, sino actos de hombre, no actos humanos; y muchos, por graves que parezcan, y al observarlos rompan el discurso de la razón y dejen el corazón hecho trizas, no ofenden a Dios ni merecen el infierno. Sólo la eterna sabiduría de Dios, hermanada con su infinita misericordia sabe quién peca y merece el infierno con sus pecados. Esto no quiere decir que no hay pecados graves y leves, porque es la justicia misericordiosa de Dios quien los juzga.

4 Justicia y misericordia de Dios

Dios es el Ser eterno, el que es infinitamente perfecto amando siempre. Es Uno en esencia y Trino en personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, una realidad sobrenatural que el hombre concibe en perfecciones humanas o atributos, cuyo significado no se pueden aplicar de la misma manera a Dios que a los hombres. Son muchos los atributos con los que conocemos a Dios con limitaciones, y de modo imperfecto y analógico. Su existencia es el principal atributo, pues el que es siempre forzosamente tiene que ser lo mejor. En relación de los hombres destacamos dos atributos: justicia y misericordia.

La justicia es la virtud por la que Dios juzga las obras de cada hombre sin equivocación posible, porque es infinitamente sabio, sabe lo que hace y metafísicamente no se puede equivocar. La misericordia es otra virtud tan perfecta como la justicia. Cuando se dice que la justicia de Dios es infinitamente misericordiosa no quiere decir que es más justo que misericordioso, ni más misericordioso que justo, sino tan justo como misericordioso, pues Dos tiene todas las perfecciones por igual en grado infinito, y entre ellas no existen distinción real sino de razón. Tenemos que amar tanto la justicia de Dios como su misericordia, porque Dios es una sola cosa: Amor, que es gracia, paz, justicia y misericordia.

Confía en Dios, aunque hayas pecado, vive convertido y no le temas, porque su justicia es paz, misericordiosa de Padre

sábado, 18 de enero de 2025

Segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


No tienen vino, símbolo de la oración de  exposición

 Boda en Caná de Galilea

Jesús, después de haber pasado cuarenta días y cuarenta noches en rigurosa y austera  oración y penitencia en el desierto,    pasó por el Jordán y recabó  a seis novicios de discípulos para formar la Iglesia: Andrés, Juan, discípulos de Juan, el Bautista, a quienes se sumaron después Pedro, Santiago, Natanael y Felipe. Y empezó su vida pública oficiosamente predicando el Evangelio por las plazas públicas y casas. Luego se dirigió a  Caná de Galilea, que dista 7 Km. de Nazaret y 23 de Tiberíades, para asistir  a una boda  a la que estaba invitado.  A la entrada de esa aldea, hoy convertida en una ciudad de estilo europeo, sigue manando la fuente de la que los sirvientes sacaron el agua que Jesús convirtió en vino.

En el mismo lugar, donde se celebró el banquete, existe hoy una Iglesia griega de franciscanos, donde se exhibe un viejo cántaro, que es viva imagen de las tinajas de agua que había entonces  destinadas para la purificación de los judíos. A la entrada hay una inscripción en latín que dice: “Santificados sean los lugares pisados por sus pies”.

El evangelista San Juan, autor de este relato, fue testigo de este milagro, como se deduce de tantos detalles y pormenores que nos cuenta. El matrimonio en Israel era símbolo de las relaciones personales del hombre con Dios. Tenía un carácter totalmente religioso en todo: en el atavío de los contrayentes, en los preparativos de la boda, en la celebración litúrgica del acto, en el banquete y hasta en el baile y diversión. Era considerado como una obra de amor al prójimo, el gran acontecimiento festivo de la Sociedad, la gran noticia gozosa de un pueblo; y, sobre todo, un acto sagrado del que Dios se valía para propagar la raza, de la que vendría el esperado Mesías, liberador del pueblo de Israel.

Matrimonio

El matrimonio en Galilea comprendía cuatro actos: ceremonia religiosa, ofrenda de obsequios, banquete y baile. Se escogía generalmente para la celebración el miércoles por la noche, y solía prolongarse por espacio de siete días, si los novios eran de clase social desahogada. En el corralón que cercaba la vivienda propia, generalmente la del novio, o  en pleno campo, se celebraba  la ceremonia religiosa. Los invitados debían estar presentes en el acto religioso, a ser posible. La liturgia empezaba con unas    bendiciones solemnes. El  salón o el campo era el lugar del banquete. Todos se sentaban en el suelo o sobre esteras en pequeños grupos formando corros, bien separados los hombres de  las mujeres, que se situaban de la misma manera con los niños en otros lugares discretos. Durante los siete días de la boda los comensales iban y venían, comían y se divertían, sin abandonar sus trabajos, las obligaciones domésticas y sociales. Antes del banquete, todos los invitados acudían al lugar donde estaban situados los novios para hacerles sus propias ofrendas  en medio de entusiastas vivas y calurosos aplausos. Los obsequios solían ser en especie: animales, corderos, aceite, legumbres, verduras, y, sobre todo, vino, que no podía faltar en una buena celebración de boda. Después tenía lugar  el banquete que consistía en carnero hervido en leche, legumbres frescas y frutos secos. El vino no era una bebida de placer, ni una ayuda para facilitar la regulada digestión, pues se consideraba como propio alimento. No se registraban excesos de vino ni borracheras, pues los judíos guardaban las normas de urbanidad, procurando comportarse bien en la convivencia social y en las diversiones públicas.

Los invitados que llegaban rezagados, como parece que sucedió en el caso de Jesús y sus discípulos, entregaban sus propios regalos después de la bendición nupcial, que se repetía  tantas cuantas veces llegaba un grupo nuevo, relativamente numeroso. El maestresala, director del convite, hoy maître en nuestro tiempo, procuraba que el banquete fuera selecto y abundante en exquisitos manjares y en el servicio esmerado y diligente. Solía desempeñar este oficio un familiar o amigo de alguno de los novios, que cumplía sus funciones con estudiada solemnidad y esmerada delicadeza, siguiendo rigurosamente el ritual y las costumbres. Se encargaba de hacer las mezclas de vino con agua, pues no estaba bien visto beber vino puro. A las órdenes de él estaban los sirvientes que solían ser familiares o amigos de los novios. Las mujeres se dedicaban a cocinar, preparar los manjares en los platos, echar el vino en las jarras y fregar los cacharros en la cocina. María estaba en medio de ellas, como una criada más. El baile era una diversión  en el que todos bailaban al compás de música pegadiza popular y pastoril con la que todos se divertían a placer honestamente.

La boda a la que asistió Jesús con sus discípulos y su madre me parece de clase media, y con numerosos invitados, a juzgar por los 600 litros de agua, (seis tinajas de 100 litros cada una) convertidos en vino por Jesús.  

Cuando el banquete estaba más que mediado, María observó que faltaba vino y oyó cuchicheos  de protesta en algunos grupos; y se le ocurrió la extraña y feliz idea de  acudir a su Hijo para exponer el problema: No tienen vino, con la insinuación del milagro de la conversión del agua en vino. Jesús respondió a su madre con la evasiva de que no había llegado su hora, pero sí la hora de María, prevista desde la eternidad, que era la hora de Dios. María  observó en la mirada expresiva de Jesús que iba a acceder a su petición, y por eso acudió a los sirvientes a decirles: Haced lo que él os diga. Y ellos llenaron de agua hasta el borde las seis tinajas  destinadas para las abluciones de los judíos.

Me llama poderosamente la atención la omnipotente intercesión de  María ante su Hijo, Dios, a quien le expone  un problema humano, trivial: la falta de vino en una boda, para que hiciera un  milagro, no necesario, como sería  curar una enfermedad terminal de una persona que se está muriendo, que tiene  explicación lógica, humana y milagrosa.

No tienen vino: Oración de exposición y desahogo

Aprovechando esta maternal ocurrencia divina de María que acude a su Hijo para pedir un milagro, se me ocurre exponer el modo más perfecto de la oración de exposición y desahogo, que consiste en no pedir nada en concreto, sino que se cumpla siempre y en todas las cosas  la voluntad divina.

Algunas veces sabemos que nuestros problemas no tienen humanamente más solución que el milagro, que generalmente  no sucede. En esos casos debemos exponer al Señor nuestra irremediable necesidad con la oración del desahogo,  como Jesús en el huerto de Getsemaní, que sabía que tenía padecer y morir en la cruz para salvarnos, y oró al Padre diciendo: “Padre, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26,42).  Fue un modelo perfecto de confianza plena en la voluntad divina. Este modelo llegó a su colmo de perfección, cuando Jesús, en estado agónico de crucifixión, recurre al Padre para desahogarse: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Mt 27,46), que terminó encomendando su vida al Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Orar es necesario para pedir a Dios lo que el hombre no puede conseguir por sus propias fuerzas naturales, el Cielo. Existen muchas clases de oración: oración de petición, meditación, contemplación, a la que hay que dedicar un tiempo, cada día, para  estar con Dios para pedirle, de muchas maneras,  las gracias necesarias para la salvación eterna; y luego complementar la oración de estar con la oración de hacer y la de la vida ordinaria, comunicándose siempre con Dios, cada uno como sabe y puede personalmente.