lunes, 7 de diciembre de 2020
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
sábado, 5 de diciembre de 2020
Segundo domingo de Adviento. Ciclo B
sábado, 28 de noviembre de 2020
Primer Domingo de Adviento. Ciclo B
Hoy celebramos el primer domingo
de Adviento, el comienzo del año litúrgico. La palabra latina adviento
significa venida, llegada de alguien o de algo que supone una espera. En
sentido litúrgico podríamos definir el Adviento como la espera confiada y
alegre de la venida del Señor.
La vida es una espera constante de acontecimientos nuevos o iguales, con monotonía unas veces y novedad otras. Esperamos con alegría confiada cosas buenas. Por ejemplo, el enfermo espera salir de la enfermedad y recuperar la salud perdida. Si esperamos a alguien con alegría, estamos deseando que llegue el momento de su llegada. En cambio, cuando sabemos que nos va a venir un mal, tenemos pena porque va a venir lo que no queremos. El bien se espera con alegría y el mal se teme con pena.
La venida del Señor puede
interpretarse en tres sentidos diferentes: la venida del Señor litúrgica, que celebramos el día 25 de Diciembre,
nacimiento de Jesús. Durante cuatro semanas de adviento nos preparamos con
alegría penitente para celebrar el acontecimiento más grande de la Historia: el
cumpleaños de Jesús, el recuerdo desbordante y alegre de que el Hijo de Dios se
hizo hombre para salvar a todos los hombres. Esta espera, tiempo de esperanza y
conversión, tiene referencia con la segunda venida de Jesús al final de los
tiempos, pues así lo dijeron los ángeles a los Apóstoles cuando Jesús subió a
los Cielos: “Mientras miraban fijos al Cielo, viéndole irse, se les presentaron dos
hombres vestidos de blanco que le dijeron:
“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo habéis visto marcharse.” (Hech 1,11).
Por tanto, el adviento litúrgico no sólo tiene una dimensión cercana o próxima de preparación para la Navidad, el día 25 de Diciembre, sino también lejana y última: la venida del Señor en la Parusía. ¿Cuándo vendrá? No sabemos. Por supuesto, no como muchos piensan que dentro de treinta y tantos días, el principio del año 2000.
Cuando el Señor vuelva al final de los tiempos, vendrá a juzgar a vivos y a muertos, a clausurar con solemne majestad el Reino que fundó en la Tierra, que es la Iglesia. Para entender el verdadero sentido del Adviento estas dos dimensiones tienen que ser entendidas como dos elementos de una misma realidad, la del tiempo y la de la eternidad.
Mientras
celebramos el Adviento litúrgico en espera del Adviento escatológico, hay un
adviento intermedio de espera para cada uno de nosotros: la espera de la
llegada del Señor, a la hora de la muerte, para celebrar la Navidad eterna.
Remachando ideas repetimos: Hay tres esperas o tres advientos estrechamente
unidos entre sí: adviento litúrgico en
que nos preparamos para la Navidad; adviento
de la vida en el que nos preparamos para la muerte; y adviento histórico de la Parusía en el que la Iglesia se prepara para
la venida definitiva del Señor, al final de los tiempos: la Navidad eterna del
Reino de los Cielo.
¿Cuándo
vendrá el Señor a buscarnos al final de nuestra existencia? No lo sabemos, pero
pronto, pues la vida pasa a velocidad vertiginosa, como el chorro de humo que
deja el avión en el firmamento, cruzando el espacio, que inmediatamente
desaparece, como si nunca hubiera existido.
Efectivamente, el Señor vendrá a buscarnos, cuando menos lo pensemos. ¿Cómo tenemos que prepararnos para ese día? Nos dice el Evangelio que en actitud permanente de vigilancia, mientras llega el Señor para recogernos y celebrar en el Cielo nuestra Navidad personal, que es el nacimiento a la vida eterna. ¿Qué significa estar en vela? Vivir siempre en estado de gracia, vivir en una actitud permanente de servicio a los demás en trabajo apostólico, vivir con paciencia esperando los acontecimientos con fe y alegría espiritual, porque todo lo que sucede lo quiere Dios o lo permite para nuestro bien. Por consiguiente, tenemos que aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste.
No solamente no entienden el misterio del dolor los que no tienen fe, sino que tampoco lo entendemos los que la tenemos. La reacción ante este interrogante angustioso es de dos maneras: una teológica, desde la fe, y otra humana, desde la razón. La teológica esta argumentada de esta manera: Si Dios es mi fin, si Dios es mi móvil y si Dios es mi felicidad eterna, todo lo que me suceda en este mundo, por malo que sea, es poco. ¿Hay quien entienda lo que significa la eternidad en visión y gozo de Dios? San Agustín decía que la eternidad es el concepto más difícil de entender ¿Qué será siempre, siempre, siempre Dios visto y poseído, que es TODO el bien que ni siquiera se puede imaginar? Luego de esta manera se entiende la existencia del mal, que es un medio temporal para el fin último y supremo, que es la felicidad personal, total y eterna del hombre.
La otra manera de entender el misterio del mal en el mundo, desde la razón, es caer en el existencialismo, en el agnosticismo o en el escepticismo.
Pues bien, hermanos, el dolor existe, pero tenemos que aceptarlo con fe. ¿Cómo? En situación permanente de conversión, a la todos estamos obligados. No solamente tienen que convertirse los infieles, los que culpable o inculpablemente no tienen fe, sino también los que la tenemos: los cristianos que no pisan la Iglesia o la pisan en ocasiones sociales y viven de espaldas a Dios, y quizás más los que nos consideramos cristianos comprometidos. El artista que tiene el instinto o carisma del arte, como dicen ahora, tiene que perfeccionarse cada día más para alcanzar la máxima perfección. El cristiano que vive su fe con compromisos por vocación tiene que vivir en una actitud permanente de perfección evangélica.
¿De qué tenemos que convertirnos?
De nuestras miserias, de nuestras debilidades, de nuestras imperfecciones, de
nuestro pecados, de nuestros desvíos para que estemos siempre en vela,
celebrando el adviento de nuestra vida personal, mientras vivimos en la Tierra,
conmemorando cada año el adviento litúrgico de la Navidad con la perspectiva de
la espera de la celebración eterna de la Navidad, al final de los tiempos.
sábado, 21 de noviembre de 2020
Cristo Rey del Universo. Ciclo A
sábado, 14 de noviembre de 2020
Trigésimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A
Fin del mundo
Fin del mundo para cada persona
sábado, 7 de noviembre de 2020
Trigésimo segundo domingo. Tiempo ordinario. ciclo A
La creencia en la resurrección de los muertos forma parte integral de los artículos de la fe, como afirmamos en el credo de la iglesia Católica que rezamos en la Santa Misa: " Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro"
Nadie que se considere católico de manera consecuente puede negar la verdad revelada de que Cristo nos resucitará en el último día (Jn 6,39-40).
Cuando morimos, el alma se separa del cuerpo y es juzgada por Dios en juicio particular con sentencia eterna, que será confirmada públicamente delante de todos los hombres en el día del juicio universal, al final de los tiempos. Y el cuerpo, muerto para la vida, volverá a la tierra, de la que fue hecho, para esperar el día de la resurrección de los muertos.
Cuando llegue el último día, el fin del mundo, todos los muertos “resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc de Letrán IV: DS 801), transformado en cuerpo de gloria (Flp 3,21), “en cuerpo espiritual” (1 Co 15,44; Cat 999)
La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:
“El Señor mismo, a la señal dada por la voz de un arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del Cielo, y los muertos unidos a Cristo resucitarán (1 Ts 4,16; Cat 1001).
Nadie sabe el día en que este acontecimiento espectacular tendrá lugar, ni tampoco cómo, porque no ha sido revelado. Este hecho sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe” (Cat 1000).
Esta es la sustancia de la fe católica respecto del dogma de la resurrección de los muertos. Todas las demás explicaciones son teorías de teólogos que hacen sus propios discursos, más o menos fundados, sobre estas verdades innegables.
Santo Tomás de Aquino, y con él la mayoría de los teólogos, piensa que resucitará el mismo cuerpo que tenemos ahora con su propia materia, numéricamente la misma. “Para que resucite el mismo hombre numéricamente, no se requiere que todo cuanto estuvo materialmente en él durante la vida se tome de nuevo, sino solamente lo suficiente para completar su debida cantidad”.
El Catecismo de San Pío V que recoge las doctrinas del Concilio de Trento, dice que los cuerpos gloriosos gozarán de cuatro dotes principales:
- Impasibilidad” , “esto es una gracia y dote que
hará que los cuerpos no puedan padecer ninguna molestia ni sentir dolor o
incomodidad alguna; pues nada les podrá hacer daño, ni el rigor del frío, ni la
fuerza del calor, ni el furor ni de las aguas”.
- “Sutileza” o dote por el que el cuerpo glorioso “se sujetará completamente al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio.
- “Agilidad” “en virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la
carga que ahora le oprime; y tan fácilmente podrá moverse adonde quisiere el
alma, que no será posible hallarse nada más veloz que su movimiento”.
- “Claridad” por la que brillarán como el sol los cuerpos de los santos. Será un resplandor supranatural con más luminosidad que la más brillante de las estrellas.
Al estar resucitado el cuerpo, los sentidos tendrán su propia gloria, de modo que cada uno podrá ejercer, si quiere, su propia función, en grado eminente con gozo accidental, pues la glorificación esencial consistirá en la visión, posesión y gozo de Dios totalmente y para siempre.
Santo Tomás de Aquino llegó a decir que las cicatrices de las llagas de Cristo y las de los mártires resplandecerán en el Cielo como focos que proyectarán luz sin deslumbrar con brillo especial.
domingo, 1 de noviembre de 2020
2 de noviembre, Fieles Difuntos. Ciclo A
Ayer celebrábamos la solemnidad
de todos los santos: santos de la Iglesia Católica, santos de la Iglesia
Cristiana, santos de distintas religiones y santos, también, del misterio
infinito de la misericordia de Dios. Es decir, celebrábamos la fiesta de todos
aquellos, hombres y mujeres, de todos los tiempos, que consiguieron el Reino de
los Cielos, que ven, gozan y poseen a Dios eternamente. Porque, en realidad,
los santos en un sentido universal son aquéllos que están en el Reino de los
Cielos, repito, y, sobre todo, son aquéllos que merecieron el premio de Dios por
muchos caminos y de muchas maneras.
Hoy es una fiesta distinta, es la fiesta de todos los santos de la esperanza, que están en el Purgatorio en estado gozoso de purificación, sabiendo que van a conseguir el Reino de los Cielos. Son santos de distinta manera: los santos del Cielo, santos en plena posesión de Dios eternamente y santos del Purgatorio, santos de la esperanza.
¿Quiénes son los fieles difuntos?
Según se desprende de la
doctrina de la Iglesia, principalmente del decreto Lumen Gentium, existen
cuatro clases de fieles difuntos:
- Fieles difuntos o santos por
la vía oficial de la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo, a la que por la
gracia de Dios nosotros pertenecemos, la cual con su doctrina nos enseña el
camino del Cielo.
-
Fieles difuntos o santos por la vía cristiana de la fe que tienen aquellos
hombres y mujeres que profesan convencidos la verdad que conocen, como son por
ejemplo, los cristianos separados de la Iglesia Católica.
- Fieles difuntos o santos por la vía de la buena voluntad de los cristianos que pertenecen a distintas religiones, y viven sin dudar su fe religiosa, como verdadera en su corazón.
-Y Fieles difuntos o santos por la vía de la recta conciencia del bien obrar, como son los millones de hombres, que buscan a Dios con sincero corazón, y no lo encuentran o lo confunden inculpablemente
Por consiguiente, según se
desprende de la doctrina de la Iglesia, repito para recalcar ideas: son fieles
difuntos, no solamente los que pertenecieron a la Iglesia Católica y murieron
en gracia de Jesucristo, y están en el Purgatorio esperando el Reino de los
Cielos que tienen ya conseguido, sino todos los hombres y mujeres que se salvan
por su fe y por su infinita misericordia de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro
Señor, que murió en la cruz para salvar a todos los hombres. Estos hermanos
nuestros, que murieron en su propia fe, pertenecían al alma de la Iglesia,
Cuerpo Místico, en el deseo o en el corazón, pues estaban equivocados
objetivamente por diversas causas históricas o personales, tal vez.
¿Cuántas religiones hay en el mundo? ¡Y cuántos mueren en su verdadera
fe subjetiva! También estos son para la Iglesia Católica no fieles difuntos en
el sentido católico, ni fieles difuntos en el sentido cristiano, sino fieles
difuntos en la religión que conocieron y abrazaron.