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domingo, 7 de diciembre de 2025

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

 


La iglesia, desde la tradición patrística, siempre ha interpretado que Jesucristo empezó a existir, en cuanto hombre, en el mismo momento en que dijo la Santísima Virgen: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palabra”. El anuncio de la maternidad divina tuvo lugar al mismo tiempo que el suceso de la encarnación, en ese instante, el Verbo, el Hijo de Dios, encarnó en las entrañas purísimas de María por obra del Espíritu Santo.

Uno de los misterios más grandes que contiene la Teología de la gracia es éste: ¿Cómo puede conciliarse la libertad del hombre con la gracia? La gracia siempre es eficaz, empuja al hombre, y, sin embargo, el hombre la recibe y la secunda libremente. Esto quiere decir que se puede rechazar en teoría la propuesta que Dios hace, pero de hecho el santo no la rechaza. ¿Por qué? Porque la libertad del santo queda fuertemente impulsada por la fuerza de la gracia, sin que la coaccione. María pudo decir no al ángel, en teoría, pero de hecho, por ser Inmaculada, santa, tuvo que decir sí libremente.

El Evangelio de hoy no nos habla solamente de la encarnación del Verbo, en cuyo acontecimiento yo quiero considerar hoy la maternidad divina y maternidad espiritual de todos los hombres.

Por la encarnación del Verbo, María quedó constituida en Madre de Dios y Madre de todos los hombres, pues la maternidad divina es inseparable de la maternidad espiritual.

Cuando María concibió en su seno virginal a la Cabeza, que es Cristo, concibió místicamente, también a sus miembros, que somos todos los hombres del mundo. Lástima que no tengamos tiempo para explicar en su principio esta grandeza de la maternidad física de María, Madre de Dios, juntamente con el nacimiento de la maternidad espiritual de todos los hombres. Podemos decir que cuando nosotros celebramos el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, o la maternidad divina en su origen, estamos celebrando también la encarnación de la maternidad espiritual de María.      

En María podemos concebir varias etapas.

María en la mente eterna de Dios, concebida o imaginada, si así se puede hablar, en el consenso misterioso de la Santísima Trinidad, como Madre de Dios, en el sentido que entiende el dogma católico. Esa es la base fundamental de toda la Teología mariana. En la maternidad divina se fundamentan todos los dogmas marianos, privilegios y títulos teológicos de María.

María creada en el tiempo Inmaculada, para ser madre de Dios encarnado y madre espiritual de todos los hombres. Este privilegio no tenía otra razón de ser que destinar a María a ser Madre de Dios, Corredentora del género humano y Madre espiritual de todos los hombres. 

María en la concepción virginal de Jesús. Empezamos a ser hijos de María cuando Jesucristo empezó a ser hijo de María, en el mismo instante en que fue concebido. Podemos decir que fuimos concebidos hijos de María, cuando Jesús fue concebido en el seno de María.

María en el momento del alumbramiento, en que dio a luz a su Hijo y místicamente a todos los hombres.  Cuando vayamos a besar al niño Jesús, el día de Navidad, al conmemorar el nacimiento físico de Jesús, en la memoria y en el recuerdo estamos como celebrando nuestro propio nacimiento místico, aunque nuestro nacimiento histórico sucediera en otro tiempo.

La Navidad, hermanos, no es simplemente el recuerdo y la celebración litúrgica del nacimiento de Jesús, sino el nacimiento de todos los hombres “a la vida de la gracia”. Es el nacimiento de la maternidad de la Virgen, física y espiritual.

Algunos teólogos, equivocadamente, por supuesto, dicen que la maternidad de la Virgen empieza, cuando Jesucristo en la cruz dijo: “Madre he ahí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre”. Aquel momento no fue nada más que la declaración oficial de la Maternidad espiritual de María, como madre de todos los hombres, pues la maternidad divina de Jesús y espiritual de todos los hombres tuvo un origen eterno trinitario, fue preparada por Dios creando a María Inmaculada, tuvo lugar en su causa en la Encarnación y en su efecto en el nacimiento de Jesús. 

Es este hecho sublime un misterio, hermanos, que he expuesto en cuatro pinceladas, creo al alcance de cualquiera.

Santa María del Adviento puede considerarse como una mujer israelita que esperaba, como todo el pueblo de Dios, la venida del Mesías: adviento histórico en el Antiguo Testamento; y también como un adviento personal, durante nueve meses, en que esperaba, como madre, la venida de Jesús, el Mesías, Redentor de todos los hombres. Durante todo ese tiempo se preparó para ese singular acontecimiento con una presencia mística de altura inconcebible, con su Hijo, a quien llevaba físicamente presente en su virginal seno; con la acción de atención de madre, preparando su nacimiento, como hacen todas las madres, que como sabemos por el Evangelio fue aventurado y plagado de  sorpresas y contrariedades; cumpliendo su deber de esposa de José con solicitud, cariño y entrega; haciendo todo lo que tenía que hacer con amor en la esperanza del adviento histórico y personal.

Lo que importa es no celebrar la Navidad, como un acontecimiento aislado; no considerar a la Virgen como Madre de Dios en su adviento histórico y personal en espera del Mesías, sino contemplar e imitar a María en su adviento, llevando una vida santa, de manera que en nosotros siempre sea adviento y navidad  en esta vida y después navidad para siempre en el Cielo.

De manera parecida, hermanos, nosotros debemos prepararnos en el adviento para la Navidad conmemorativa del nacimiento de Jesús y para la Navidad litúrgica del 25 de Diciembre, viviendo el adviento histórico de nuestra vida, preparándonos para  la Navidad eterna, que será nacer para ver cara a cara a Dios, y gozar eternamente de Él en el Belén del Cielo.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

 


Quiero disipar una confusión que existe en el pueblo de Dios en relación con la fiesta de la Inmaculada que hoy celebramos, pues se confunde con la maternidad de Dios y con la virginidad perpetua de María Santísima. Estos dos misterios tienen relación con el de la Inmaculada Concepción, pero se diferencian, pues no son los mismos.

Por mucho tiempo en España se celebró en este día la Fiesta de la madre, no por institución de la Iglesia, sino por razones arbitrarias de comercio, en fechas próximas a la Navidad, muy oportunas para ganar dinero.

Hoy no celebramos el hecho de que María concibió en su seno a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo, la maternidad divina; ni tampoco hoy se celebra la virginidad de María.

Antiguamente se celebró en España durante mucho tiempo en esta fiesta  el día de las Hijas de María, como símbolo de la pureza de María que debían imitar las jóvenes de aquellos tiempos. Y fue tan extendida esta devoción, principalmente en los pueblos de Castilla, que las niñas de familias cristianas se afiliaban a la institución de las Hijas de María, casi al mismo tiempo en que eran bautizadas.

En verdad que son tres misterios diferentes. Una cosa fue el hecho de que María concibió a su Hijo Jesús, por obra del Espíritu Santo,  por lo que es Madre de Dios; otra el modo como concibió María a su Hijo, que fue virginalmente, y no por obra de varón; y otra muy diferente el hecho de que María, fue concebida dentro del seno de su madre, Santa Ana, sin pecado original o inmaculada, que significa en su etimología no manchada de pecado.

La maternidad divina es el fundamento de la Inmaculada concepción.  Dios quiso que María estuviera limpia del pecado original y de todo pecado, porque de ella iba a ser concebido Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y por tanto iba a ser Madre de Dios y convenía que lo fuera virginalmente.  

Preguntaba yo ayer sábado a los niños que asistieron a la misa de niños: A ver ¿quién sabe decirme qué significa la fiesta de la Inmaculada Concepción? Y una niña chiquitina que estaba situada en la mitad de los bancos, se levantó y dijo: Llena de gracia. Efectivamente, Inmaculada quiere decir llena de gracia, de todas las virtudes y dones del Espíritu Santo en su total plenitud. Por tanto hoy es el día de la Santidad de María.

La Inmaculada puede concebirse bajo dos aspectos diferentes: En sentido negativo, no manchada de pecado, y en sentido positivo, llena de gracia en su plenitud, tanta cuanta es capaz de recibir una criatura para cumplir la misión para la que ha sido creada.

Simplemente porque Dios lo quiso, María fue concebida Inmaculada, es decir, sin pecado, porque como estaba destinada a ser Madre de Dios convenía no estuviera contaminada de pecado, cosa incompatible con Dios. Y como no tuvo pecado original, su cuerpo no se corrompió y subió en cuerpo y alma a los Cielos, sin morir o muriendo y resucitando, como Cristo, misterio que no fue definido en el dogma.

El misterio de la Inmaculada es el fundamento de los privilegios dogmáticos de María. Dios la creó Inmaculada para ser Madre de Dios; y porque Madre de Dios convino que fuera Madre por obra y gracia del Espíritu Santo, es decir, Madre Virgen. Y como Inmaculada, Madre de Dios Virgen, mereció el premio anticipado de su resurrección anticipada: Asunción en cuerpo y alma a los Cielos.

María, por ser Madre de Dios, es también Madre de la Iglesia o Madre de todos los hombres, incluso de aquellos que no la quieren reconocer por Madre. Es Madre de la divina gracia, como rezamos en la letanía del santo rosario.

Por consiguiente, al celebrar la fiesta de la Inmaculada, fiesta de la santidad de María, nosotros, sus hijos tenemos que tratar de imitarla en vivir en gracia en la que Ella fue constituida y en las virtudes.

Cada cual debe pedir a María la fuerza para vivir siempre en gracia, para no cometer jamás pecado mortal o para recuperar la gracia perdida en el sacramento de la Confesión y para imitar sus virtudes.

Este es el momento oportuno para pedir en concreto a la Inmaculada la virtud que más necesitamos. Para unos será la virtud de la pureza, porque tiene serias dificultades para mantenerse casto; para otros la paciencia, porque en las circunstancias en que vive o trabaja necesita el heroísmo para no estallar; para otros la virtud de la obediencia porque por su temperamento se rebela contra todo, o la virtud de la humildad, o la bondad, o...

Todos estamos llenos de miserias, de debilidades, de pecados. Acudamos a nuestra Madre para que llene el vacío de nuestra alma con su gracia y con sus virtudes, para que después de esta vida gocemos con Ella en el Cielo de la Resurrección, que es el fruto en total desarrollo del misterio de la Inmaculada Concepción.

 

 

jueves, 7 de diciembre de 2023

Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Ciclo B

 


María en cuanto persona es Inmaculada, que significa “la llena de gracia”,  rebosante de gracia. No estaba llena de gracia, como se dice que un vaso está lleno de agua, aunque le falte un dedo o unas gotas, sino que tenía tanta gracia cuanta necesitaba para cumplir su misión en el mundo como hija de Dios Padre, Madre de Jesucristo, Madre de Dios, Corredentora del género humano y Madre espiritual de todos los hombres. En concreto María Santísima estabarebosante de gracia” santificante en su plenitud; y, por consiguiente, según la doctrina de Santo Tomás de Aquino, predicada por la Iglesia, rebosante también de las virtudes y  dones del Espíritu Santo. 

Aunque María fue concebida Inmaculada, o en plenitud de gracia, santa,  se hizo Santísima porque la gracia excepcional que recibió de Dios no fue  total y definitiva, sino que durante su vida creció en  sabiduría del Espíritu Santo, de la misma manera que Jesús, que, aunque era Dios, como hombre creció en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres.  Por consiguiente,  María no tuvo el mismo grado de gracia cuando fue concebida que cuando subió en cuerpo y alma a los Cielos.           

¿Cómo creció la gracia  en María Santísima? 

De igual manera que  crece en nosotros, los cristianos: con la oración, las obras buenas, el sacramento de la Eucaristía que recibió muchas veces, el amor con que hizo todas las cosas y el dolor con que sufrió todos los acontecimientos adversos de la vida. 

María amó tanto a Dios que su amor no es comparable con ningún santo de la Tierra, porque era la Madre de Dios; y sufrió tanto como nadie en el mundo ha sufrido ni podrá sufrir jamás. Esta afirmación no es gratuita, pues puede argumentarse de la siguiente manera: Cuanto más perfecta es una persona, más ama y más sufre. Es así que María es la persona más perfecta que ha existido y existirá, luego amó a Dios y sufrió más que nadie, porque su capacidad de amor y de sufrimiento supera a todas las criaturas salidas de la mano de Dios. 

Pongamos un ejemplo para explicar esta verdad, a sabiendas de que los ejemplos no explican siempre las realidades difíciles, y menos cuando se trata de verdades de fe.

Así como un globo va creciendo en su capacidad a medida que va entrando el aire dentro, y sus paredes se van ensanchando poco a poco,  recibiendo cada vez más aire hasta llegar a su total plenitud, así María, concebida Inmaculada, fue creciendo en gracia con cada acto hasta llegar al final de su vida a su plenitud total. De esta manera María cumplió su misión en la Tierra hasta merecer el premio de la resurrección anticipada, con Asunción en cuerpo y alma a los Cielos.

Nuestra Madre, María, puede ser estudiada e imitada en su santidad bajo muchos aspectos, no sólo en cuanto a su vida evangélica, que fue sencilla y breve en biografía, sino en cuanto a los misterios que nos enseña la Teología Mariana. A mí se me ocurre presentarla hoy como modelo de paciencia, sabiendo que es modelo de todas las virtudes. 

María durante su vida en la Tierra fue modelo de paciencia personal, pues en su constitución de persona existía un equilibrio total y perfecto al no tener las pasiones que inducen al pecado, pues estaba exenta de la concupiscencia. Y las otras pasiones buenas, que conoce la psicología, se desenvolvían  con perfección  inimaginable por la gracia del Espíritu Santo que concurría con ella a la máxima perfección en todos sus actos; modelo de paciencia familiar en el trato con su esposo y su Hijo Jesús a quienes tuvo que aceptar con gozoso sufrimiento no  los pecados que no tuvieron, sino para comprender sus comportamientos misteriosos. En el caso de Jesús, recordemos solamente uno:  el dolor comprendido  que tuvo que padecer María en el encuentro con su Hijo en el templo, a los doce años, cuyo comportamiento, nos dice el Evangelio, que no entendieron sus padres. Y respecto del santo San José, pienso que algunos modos de vivir temperamentalmente la virtud, le ocasionarían  motivos de ofrecer a Dios pequeños y gustosos sacrificios, como le pasaría también a San José respecto de María y del Niño Jesús; modelo de paciencia laboral en el trabajo obligado, aceptando las impertinencias de la gente; y modelo  de paciencia social en las relaciones humanas, que tantos sufrimientos imprevistos conlleva, pero que los sufriría con amor y paciencia. 

Cuando nosotros nacemos, nacemos en pecado. El Sacramento del Bautismo nos perdona el pecado original con la infusión de la gracia santificante. Esa gracia bautismal, cuando llegamos al uso de razón, va creciendo en nosotros por las obras, a lo largo de nuestra vida; pero a veces mengua por la imperfección o tibieza con que realizamos las acciones buenas; o desaparece por el pecado grave que hace perder los méritos adquiridos, que se recuperan por el sacramento de la Penitencia. Sin embargo, la gracia bautismal que recibe una persona subnormal  permanece igual durante toda la vida hasta la muerte, pues al no tener responsabilidad moral, al morir va al Cielo con la plenitud de gracia bautismal que ha recibido en el sacramento. 

Este ejemplo de María, modelo de paciencia, es aplicable a todas las virtudes.  Cada uno reflexione en la presencia de Dios sobre la virtud que más necesite y se la pida a la Virgen, que es modelo de todas las virtudes. 

Imitemos a María Santísima en el crecimiento de las virtudes, pidiéndole la gracia de la fuerza necesaria para crecer en gracia y sabiduría del Espíritu Santo, a medida que vamos creciendo en edad, para que lleguemos a la plenitud total de gracia a la que cada uno ha sido llamado.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Inmaculada Concepción. Ciclo A

 


La Iglesia, desde la tradición patrística, siempre ha interpretado que Jesucristo empezó a existir, en cuanto hombre, en el mismo momento en que dijo la Santísima Virgen: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palabra”. El  anuncio de la maternidad divina tuvo lugar al mismo tiempo que el suceso de la encarnación, en ese instante, el Verbo, el Hijo de Dios, encarnó en las entrañas purísimas de María, por obra del Espíritu Santo. 

Uno de los misterios más grandes que contiene la Teología de la gracia es éste: ¿Cómo puede conciliarse la libertad del hombre con la gracia? La gracia siempre es eficaz, empuja al hombre, y, sin embargo, el hombre la recibe y la secunda libremente. Esto quiere decir que se puede rechazar en teoría la propuesta que Dios hace, pero de hecho el santo no la rechaza. ¿Por qué? Porque la libertad del santo queda fuertemente impulsada por la fuerza de la gracia, sin que la coaccione. María pudo decir no al ángel, en teoría, pero de hecho, por ser Inmaculada, santa, tuvo que decir sí libremente.

El Evangelio de hoy no nos habla solamente de la encarnación del Verbo, en cuyo acontecimiento yo quiero considerar hoy la maternidad divina y maternidad espiritual de todos los hombres.

Por la encarnación del Verbo, María quedó constituida en Madre de Dios y Madre de todos los hombres, pues la maternidad divina es inseparable de la maternidad espiritual.

Cuando María concibió en su seno virginal a la Cabeza, que es Cristo, concibió místicamente, también a sus miembros, que somos todos los hombres del mundo. Lástima que no tengamos tiempo para explicar en su principio esta grandeza de la maternidad física de María, Madre de Dios, juntamente con el nacimiento de la maternidad espiritual de todos los hombres. Podemos decir que cuando nosotros celebramos el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, o la maternidad divina en su origen, estamos celebrando también la encarnación de la maternidad espiritual de María.      

En María podemos concebir varias etapas.

María en la mente eterna de Dios, concebida o imaginada, si así se puede hablar, en el consenso misterioso de la Santísima Trinidad, como Madre de Dios, en el sentido que entiende el dogma católico. Esa es la base fundamental de toda la Teología mariana. En la maternidad divina se fundamentan todos los dogmas marianos, privilegios y títulos teológicos de María.

María creada en el tiempo Inmaculada, para ser madre de Dios encarnado y madre espiritual de todos los hombres. Este privilegio no tenía otra razón de ser que destinar a María a ser Madre de Dios, Corredentora del género humano y Madre espiritual de todos los hombres. 

María en la concepción virginal de Jesús. Empezamos a ser hijos de María cuando Jesucristo empezó a ser hijo de María, en el mismo instante en que fue concebido. Podemos decir que fuimos concebidos hijos de María, cuando Jesús fue concebido en el seno de María.

María en el momento del alumbramiento, en que dio a luz a su Hijo y místicamente a todos los hombres.  Cuando vayamos a besar al niño Jesús, el día de Navidad, al conmemorar el nacimiento físico de Jesús, en la memoria y en el recuerdo estamos como celebrando nuestro propio nacimiento místico, aunque nuestro nacimiento histórico sucediera en otro tiempo.

La Navidad, hermanos, no es simplemente el recuerdo y la celebración litúrgica del nacimiento de Jesús, sino el nacimiento de todos los hombres “a la vida de la gracia”. Es el nacimiento de la maternidad de la Virgen, física y espiritual.

Algunos teólogos, equivocadamente, por supuesto, dicen que la maternidad de la Virgen empieza, cuando Jesucristo en la cruz dijo: “Madre he ahí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre”. Aquel momento no fue nada más que la declaración oficial de la Maternidad espiritual de María, como madre de todos los hombres, pues la maternidad divina de Jesús y espiritual de todos los hombres tuvo un origen eterno trinitario, fue preparada por Dios creando a María Inmaculada, tuvo lugar en su causa en la Encarnación y en su efecto en el nacimiento de Jesús. 

Es este hecho sublime un misterio, hermanos, que he expuesto en cuatro pinceladas, creo al alcance de cualquiera.

Santa María del Adviento puede considerarse como una mujer israelita que esperaba, como todo el pueblo de Dios, la venida del Mesías: adviento histórico en el Antiguo Testamento; y también como un adviento personal, durante nueve meses, en que esperaba, como madre, la venida de Jesús, el Mesías, Redentor de todos los hombres. Durante todo ese tiempo se preparó para ese singular acontecimiento con una presencia mística de altura inconcebible, con su Hijo, a quien llevaba físicamente presente en su virginal seno; con la acción de atención de madre, preparando su nacimiento, como hacen todas las madres, que como sabemos por el Evangelio fue aventurado y plagado de  sorpresas y contrariedades; cumpliendo su deber de esposa de José con solicitud, cariño y entrega; haciendo todo lo que tenía que hacer con amor en la esperanza del adviento histórico y personal.

Lo que importa es no celebrar la Navidad, como un acontecimiento aislado; no considerar a la Virgen como Madre de Dios en su adviento histórico y personal en espera del Mesías, sino contemplar e imitar a María en su adviento, llevando una vida santa, de manera que en nosotros siempre sea adviento y navidad  en esta vida y después navidad para siempre en el Cielo.

De manera parecida, hermanos, nosotros debemos prepararnos en el adviento para la Navidad conmemorativa del nacimiento de Jesús y para la Navidad litúrgica del 25 de Diciembre, viviendo el adviento histórico de nuestra vida, preparándonos para  la Navidad eterna, que será nacer para ver cara a cara a Dios, y gozar eternamente de Él en el Belén del Cielo.

             

martes, 7 de diciembre de 2021

Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Ciclo C

 

Quiero disipar una confusión que existe en el pueblo de Dios en relación con la fiesta de la Inmaculada que hoy celebramos, pues se confunde con la maternidad de Dios y con la virginidad perpetua de María Santísima. Estos dos misterios tienen relación con el de la Inmaculada Concepción, pero se diferencian, pues no son los mismos.

Por mucho tiempo en España se celebró en este día la Fiesta de la madre, no por institución de la Iglesia, sino por razones arbitrarias de comercio, en fechas próximas a la Navidad, muy oportunas para ganar dinero.

Hoy no celebramos el hecho de que María concibió en su seno a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo, la maternidad divina; ni tampoco hoy se celebra la virginidad de María.

Antiguamente se celebró en España durante mucho tiempo en esta fiesta  el día de las Hijas de María, como símbolo de la pureza de María que debían imitar las jóvenes de aquellos tiempos. Y fue tan extendida esta devoción, principalmente en los pueblos de Castilla, que las niñas de familias cristianas se afiliaban a la institución de las Hijas de María, casi al mismo tiempo en que eran bautizadas.

En verdad que son tres misterios diferentes. Una cosa fue el hecho de que María concibió a su Hijo Jesús, por obra del Espíritu Santo,  por lo que es Madre de Dios; otra el modo como concibió María a su Hijo, que fue virginalmente, y no por obra de varón; y otra muy diferente el hecho de que María, fue concebida dentro del seno de su madre, Santa Ana, sin pecado original o inmaculada, que significa en su etimología no manchada de pecado.

La maternidad divina es el fundamento de la Inmaculada concepción.  Dios quiso que María estuviera limpia del pecado original y de todo pecado, porque de ella iba a ser concebido Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y por tanto iba a ser Madre de Dios y convenía que lo fuera virginalmente. 

Preguntaba yo a los niños que asistieron a la misa de niños: A ver ¿Quién sabe decirme qué significa la fiesta de la Inmaculada Concepción? Y una niña chiquitina que estaba situada en la mitad de los bancos, se levantó y dijo: Llena de gracia. Efectivamente, Inmaculada quiere decir llena de gracia, de todas las virtudes y dones del Espíritu Santo en su total plenitud. Por tanto hoy es el día de la Santidad de María.

La Inmaculada puede concebirse bajo dos aspectos diferentes: En sentido negativo, no manchada de pecado, y en sentido positivo, llena de gracia en su plenitud, tanta cuanta es capaz de recibir una criatura para cumplir la misión para la que ha sido creada. 

Simplemente porque Dios lo quiso, María fue concebida Inmaculada, es decir, sin pecado, porque como estaba destinada a ser Madre de Dios convenía no estuviera contaminada de pecado, cosa incompatible con Dios. Y como no tuvo pecado original, su cuerpo no se corrompió y subió en cuerpo y alma a los Cielos, sin morir o muriendo y resucitando, como Cristo, misterio que no fue definido en el dogma.

El misterio de la Inmaculada es el fundamento de los privilegios dogmáticos de María. Dios la creó Inmaculada para ser Madre de Dios; y porque Madre de Dios convino que fuera Madre por obra y gracia del Espíritu Santo, es decir, Madre Virgen. Y como Inmaculada, Madre de Dios Virgen, mereció el premio anticipado de su resurrección anticipada: Asunción en cuerpo y alma a los Cielos.

María, por ser Madre de Dios, es también Madre de la Iglesia o Madre de todos los hombres, incluso de aquellos que no la quieren reconocer por Madre. Es Madre de la divina gracia, como rezamos en la letanía del santo rosario.

Por consiguiente, al celebrar la fiesta de la Inmaculada, fiesta de la santidad de María, nosotros, sus hijos tenemos que tratar de imitarla en vivir en gracia en la que Ella fue constituida y en las virtudes.

Cada cual debe pedir a María la fuerza para vivir siempre en gracia, para no cometer jamás pecado mortal o para recuperar la gracia perdida en el sacramento de la Confesión y para imitar sus virtudes.

Este es el momento oportuno para pedir en concreto a la Inmaculada la virtud que más necesitamos. Para unos será la virtud de la pureza, porque tiene serias dificultades para mantenerse casto; para otros la paciencia, porque en las circunstancias en que vive o trabaja necesita el heroísmo para no estallar; para otros la virtud de la obediencia porque por su temperamento se rebela contra todo, o la virtud de la humildad, o la bondad, o...

Todos estamos llenos de miserias, de debilidades, de pecados. Acudamos a nuestra Madre para que llene el vacío de nuestra alma con su gracia y con sus virtudes, para que después de esta vida gocemos con Ella en el Cielo de la Resurrección, que es el fruto en total desarrollo del misterio de la Inmaculada Concepción.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

  

Como todos sabemos hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, uno de los cuatro dogmas que la Iglesia ha definido respecto de la persona de María: Inmaculada Concepción, Maternidad divina, Virginidad perpetua y Asunción a los Cielos. 

Fundándonos en estos cuatro dogmas marianos de la Iglesia Católica, los teólogos han buscado muchos títulos que aparecen resumidos en la letanía que rezamos después del santo rosario, y también de una manera especial en las misas recientemente publicadas por la Santa Sede en honor de la Santísima Virgen. 

Vamos a explicar brevemente el misterio que estamos celebrando, de manera sencilla. 

Si nos atenemos a la palabra tal como está enunciado el dogma, Inmaculada Concepción significa no manchada. ¿Pero cómo se entiende concepción no manchada? Porque realmente en la Santísima Virgen hay dos tipos de concepciones no manchadas, una como hija, en cuanto fue concebida, y otra en cuanto concibió como madre. 

Hoy no celebramos la concepción de María en cuanto que concibió a Jesús virginalmente, como madre: la virginidad de María en cuanto que concibió a su Hijo, Jesús, por obra del Espíritu Santo, cosa que realmente fue una excepción en la Historia de todas las mujeres que engendran o conciben, ya que todos los hijos venimos al mundo por una cooperación de hombre y mujer, padre y madre. 

Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, como hija, como persona, la cual desde el primer momento en que fue concebida dentro del útero de su madre, Santa Ana, fue liberada de pecado, hecho histórico que no se puede entender. No asumió, por decirlo de alguna manera, el pecado original que todo ser humano hereda en el mismo instante de ser concebido. 

En la historia de la evolución del dogma hubo muchos inconvenientes. No creáis que este dogma ha sido creído desde siempre, pues hasta el siglo XIV no se reconoció a María Santísima como Inmaculada, porque existían problemas de tipo dogmático, que vamos a reseñar. 

La mayor dificultad para la creencia de esta verdad era el dogma de la redención universal de todos los hombres del pecado original. La argumentación era fácil de entender: Si María era un ser humano, debió contraer el pecado original, como todas las personas humanas, y ser redimida también por Cristo. Por esa razón los antiguos teólogos veían seria dificultad en conciliar la redención de todos los hombres con la inmaculada concepción. 

Desde el siglo XIV hasta el año 1.854 fue evolucionando el dogma, precisamente por parte de los teólogos españoles que en aquellos tiempos había en nuestra querida España, de los mejores de la Iglesia Católica. Poco a poco se fueron haciendo estudios serios en la revelación de la Iglesia, y se llegó a la conclusión de que María Santísima, por un privilegio especial fue concebida sin pecado. Y, por fin, el 8 de Diciembre del año 1.854, el Papa, Pío IX, en la bula Inefabillis Deus definió el dogma de la Inmaculada Concepción con estas palabras: “María Santísima desde el primer instante de su ser fue concebida sin pecado original”, como verdad revelada. 

Se podía haber definido de manera positiva: María Santísima fue concebida desde el primer instante en plenitud de gracia, que es lo mismo. El Papa por razones fundadas en la Revelación definió el dogma de modo negativo: “María fue concebida sin pecado original”. Y afirma claramente que este dogma está revelado. 

Realmente no existe ningún argumento escriturístico del Antiguo ni del Nuevo Testamento que lo acredite científicamente, pero está en la Revelación de la Tradición de la Iglesia. Algunos teólogos marianos aducen dos textos, que realmente no prueban con ciencia bíblica este dogma, sino que sirven para una argumentación teológica consecuente: El primero es del Génesis y fue pronunciado por Dios, después del pecado que cometieron nuestros Padres, Adán y Eva, anunciando la promesa de la Redención: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le acecharás el talón” (Gén 3,15). Dicen algunos teólogos antiguos que la mujer que aparece en este texto enigmático, poético y profético se refiere a María, pero en realidad hay que interpretarlo teniendo en cuenta otros textos de la Sagrada Escritura y de la Tradición con argumentaciones teológicas, un poco discursivas. 

Otro texto de la Sagrada Escritura que aducen algunos antiguos teólogos y Padres de la Iglesia para probar la Inmaculada Concepción es éste: “llena de gracia” (Lc 1,28) palabras con las que saludó el ángel Gabriel a María para anunciarle su maternidad, por obra y gracia del Espíritu Santo. 

Este texto no es directo, sino indirecto, pues es necesario hacer un discurso para llegar a la conclusión de que María fue concebida Inmaculada. Si María estaba en plenitud de gracia, no podía tener ningún pecado, ni siquiera el original, dicen ellos. 

Este argumento no prueba claramente por sí mismo la inmaculada Concepción, pues María pudiera haber sido concebida en pecado original como todo hijo de Adán, y después recibir la plenitud de gracia para cumplir su misión de Madre del Redentor. Sin embargo, teniendo en cuenta que María fue creada y destinada a ser Madre de Dios, convino que María fuera creada Inmaculada, como se deduce de la Revelación con argumentos teológicos. 

El Papa prescinde de los argumentos escriturísticos y solamente define que está en la Revelación que María santísima fue concebida sin pecado. 

¿Por qué María fue concebida sin pecado? Porque estaba destinada a ser Madre de Dios. Voy a decirlo de otra manera: Dios no eligió a María Santísima porque era santa, porque estaba libre de pecado, sino que la hizo libre de pecado y santa porque estaba destinada a ser “hija, Madre de Dios”. Parece que es mejor que la Madre de Dios engendrara a su Hijo, siendo Inmaculada que pecadora, con pecado original heredado. 

La Virgen Santísima, en cuanto a su Inmaculada Concepción, es la primera piedra de toda la teología mariana, porque el fundamento principal es la Maternidad Divina. ¡Qué grande es María Santísima! Fue concebida sin pecado, o, si queréis, en plenitud de gracia, porque estaba destinada a ser Madre de Dios. Luego, como es la Madre de Dios y en plenitud de gracia, tiene todas las gracias, y consecuentemente todos los dones y virtudes del Espíritu Santo. 

Y a nosotros ¿qué nos dice esto que parece en argumento puramente teológico, creo que al alcance de cualquiera? Que tenemos una Madre llena de gracia, y nosotros estamos llenos de desgracia, pues la mayor desgracia que podemos tener es el pecado. Que María es la plenitud de virtudes, y nosotros tenemos pocas virtudes o las tenemos imperfectas, limitadas y defectuosas. Que María está en plenitud de los dones del Espíritu Santo, y nosotros poseemos los dones del Espíritu Santo con pobreza, limitaciones e imperfecciones. 

Santo Tomás de Aquino hace una especie de paralelismo, siempre paradójico y simbólico, entre el organismo natural y el organismo sobrenatural. El organismo natural está compuesto de cuerpo y alma, parte material y parte espiritual. El alma es la vida del hombre. Algo así concibe él, en la gracia santificante, es la vida del organismo sobrenatural. 

Para operar, el alma se vale de las potencias espirituales y corporales. Así también, la gracia necesita para operar sus potencias, que son las virtudes y dones del Espíritu Santo. Luego el principio de la vida natural es el alma y el principio de la vida sobrenatural es la gracia. 

Por consiguiente, y como aplicación práctica de la Inmaculada Concepción, lo más importante para un cristiano es estar en gracia, vivir en gracia, y si queréis, un poco en sentido de buen humor, “vivir con gracia la gracia de Dios”. 

La virgen Santísima, contemplada en su Inmaculada Concepción, en plenitud de gracia, es modelo en nuestra vida de gracia, libre de pecado, y modelo de virtudes, distintas para cada uno. Quizá para alguno o para muchos de nosotros es modelo de la virtud de la alegría, porque estamos tristes por razones diversas. En este caso la Inmaculada es para ti causa de alegría. Para otro será modelo de caridad, de paciencia, de castidad, porque hoy no se celebra sólo la “pureza de María”, sino la plenitud de gracia y la santidad de María en todas sus virtudes. 

Recordáis qué errores cometimos en España, no por culpa de la Iglesia, sino por el comercio, cuando celebrábamos hoy el día de la madre; o cuando celebrábamos el día de la pureza de María, la fiesta de las Hijas de María en todos los pueblos de España. Hoy no es el día de la madre, ni mucho menos; ni tampoco es el día de la pureza. Hoy es el día de la Santidad de María. Si queremos decir Inmaculada Concepción, en sentido positivo, hoy es el día de la Santísima Virgen María. Santísima en plenitud de gracia, virtudes y dones del Espíritu Santo. 

Que cada uno pida a la Santísima Virgen aquella gracia que necesite. Hermanos, que la Santísima Virgen nos conceda todas las virtudes que necesitamos, porque es causa de la alegría, es causa de la paz, es causa del amor, es causa de la humildad, es causa de la pureza, es causa de todas las virtudes. Y causa de la seguridad de que hoy estoy cumpliendo la voluntad de Dios, haciendo lo que tengo que hacer, en unión de la Santísima Virgen, Santísima en su Inmaculada Concepción.

sábado, 7 de diciembre de 2019

8 de Diciembre Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Inmaculada, fundamento de la Mariología

          La Inmaculada Concepción es el fundamento de la Mariología, como nos dice el prefacio en la liturgia de la misa de la solemnidad de la Inmaculada Concepción: “Porque preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de su Hijo… Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el cordero que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”.

María ideada por Dios, tenía que ser una mujer única, excepcional, Virgen, ornamentada de todas las virtudes y dones del Espíritu Santo, íntimamente unida a su Hijo Redentor, como Corredentora, modelo y primicia de todos los creyentes; y terminado el curso de su vida en la Tierra, resucitada, gloriosa en los Cielos,  y con Cristo Rey, Reina y Señora de todo lo creado. 

La palabra Inmaculada en su sentido teológico significa no manchada del pecado original ni personal. María, por gracia y  un  privilegio excepcional y único de Dios omnipotente, en atención a los méritos previstos de Jesucristo Redentor, fue preservada de culpa original en el primer instante de su concepción. En las palabras con que el arcángel San Gabriel saludó a María, “llena de gracia”, se entiende que tenía la plenitud de gracias que necesitaba para cumplir su misión en la Tierra: Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Corredentora del género humano. En este calificativo  estaban incluidas todas las virtudes y la total y plena posesión de los dones del Espíritu Santo en su máxima perfección creada. Inmaculada no significa sólo ni principalmente Pura, aunque también, sino más bien Santísima  en su dimensión total.


           Historia de la Inmaculada


            La Inmaculada Concepción de María ha sido siempre una constante creencia en la historia de la Iglesia. En los primeros siglos hasta el Concilio de Éfeso (año 431) se la veneraba especialmente con los calificativos de santa, inocente, purísima, intacta, incorruptible, inmaculada en sentido  de santidad única y especial. Esta fe popular en la Inmaculada se fue extendiendo poco a poco hasta el siglo VIII, época en que se empezó a celebrar una fiesta especial en su honor en algunas Iglesias de Oriente, después en Inglaterra, España, Francia y  Alemania.

            Las grandes controversias surgieron en los siglos XII-XIV en los que San Bernardo, San Anselmo, y los grandes teólogos escolásticos, como San Buenaventura, San Alberto Magno, incluso Santo Tomás de Aquino, pusieron en duda la Inmaculada de María, por la dificultad de conciliar el dogma de la redención universal de todos los hombres con la Inmaculada concepción de María, que como ser humano, descendiente de Adán, lógicamente debería contraer el pecado original y ser redimida por Cristo. Por fin, el Papa Pío IX, teniendo en cuenta la revelación de la Tradición de la Iglesia, el 8 de Diciembre de 1854 definió como dogma de fe la Inmaculada Concepción de la Virgen con estas palabras: “La beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original”.

          Los teólogos desde entonces  solucionan la aparente contradicción de la Inmaculada, sin pecado, con la redención de todos los hombres, diciendo que María fue redimida del pecado  por Cristo con una redención preventiva, impidiendo que contrajera el pecado original. Porque fue creada por Dios Inmaculada para ser Madre de Dios y de todos los hombres, Virgen y Corredentora del género humano.  





viernes, 7 de diciembre de 2018

INMACULADA CONCEPCIÓN
            8 de Diciembre

Plan de Dios sobre la Inmaculada

En sentido etimológico inmaculada quiere decir no manchada, y en el teológico no manchada del pecado original. Desde toda la eternidad Dios, Uno y Trino, previó que el hombre que iba a crear a su imagen y semejanza, en un estado sobrenatural y preternatural, cometería libremente el misterio del pecado original;  y determinó redimirlo por medio del Hijo, la segunda persona divina de la Santísima Trinidad, mediante el misterio pascual: vida , pasión, muerte y resurrección. Para que se realizara este proyecto determinó crear en el tiempo a una mujer única que se llamaría María, Inmaculada, para que fuera la Madre de  Dios en la persona de Jesucristo. Convenía que esa Madre en la que iba a ser concebido Dios, como hombre, fuera Inmaculada,  no  manchada de pecado original, y  Virgen en la concepción por obra del Espíritu Santo en el parto y después del parto, y Corredentora del género humano. Así lo expresa el prefacio de la misa de la solemnidad de la Concepción de Santa María Virgen con estas palabras: “Porque preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de su Hijo… Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el cordero que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”.

Inmaculada es lo mismo que Santísima, porque desde el primer instante de su ser fue concebida en plenitud de gracia con todas las virtudes y dones del Espíritu Santo,  tanta gracia cuanta era necesaria que tuviera María para ser hija de Dios, Padre,  Madre de Dios y Madre de todos lo hombres.
Aunque María fue concebida santa, se hizo Santísima, pues perfeccionó su santidad congénita durante toda su vida, de manera progresiva, hasta  subir a los Cielos, en cuerpo y alma, donde fue definitivamente glorificada en plenitud terminal, de manera parecida a su Hijo, Jesús, Dios, que concebido hombre,  por obra y gracia del Espíritu Santo, nació virginalmente santo, pero creció en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 2,52) 
La santidad de María no es comparable con la de ningún otro santo de la Tierra en todos los tiempos, porque por ser  la Madre de Dios  tiene la dignidad más grande de todos los seres creados.

Santificación del cristiano
El cristiano debe imitar la santidad de la Virgen María, su Madre. El hombre, al ser bautizado, recibe la gracia santificante con el complejo de virtudes y dones del Espíritu Santo  con el fin de conseguir la santidad. La santidad no es una exclusiva de unos cuantos hombres y mujeres privilegiados que nacieron con la vocación de  santos, sino una vocación  bautismal común para todo cristiano. “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana (LG 40). Así nos lo dice Jesús en el Evangelio: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).  La santidad consiste  esencialmente  en el cumplimiento de la Ley del Decálogo con todas sus deducciones, en el cumplimiento  de las obligaciones propias del estado civil  y en la aceptación de los acontecimientos de la vida que sobrevienen con distintas expresiones de dolor y gozo. Ignoramos el modo como cada persona  se santifica en concreto, porque la santidad es ciencia sobrenatural que pertenece al misterio de la gracia de Dios y a la colaboración de la libertad del hombre. Cada persona corresponde a la gracia, según ha sido creada y actúa teniendo en cuenta como es y las distintas circunstancias en que actúa en cada caso.  El ser influye en el obrar, de manera que como es obra.  
Historia de la Inmaculada
            La Inmaculada Concepción de María ha sido siempre una constante creencia en la historia de la Iglesia. En los primeros siglos hasta el Concilio de Éfeso (año 431) a María se la veneraba especialmente con los calificativos de santa, inocente, purísima, intacta, incorruptible, inmaculada en sentido  de santidad única y especial. Esta fe popular en la Inmaculada se fue extendiendo poco a poco hasta el siglo VIII, época en que se empezó a celebrar una fiesta especial en su honor en algunas Iglesias de Oriente, después en Inglaterra, España, Francia y  Alemania.
Las grandes controversias surgieron en los siglos XII-XIV en los que San Bernardo, San Anselmo, y los grandes teólogos escolásticos, como San Buenaventura, San Alberto Magno, incluso Santo Tomás de Aquino pusieron en duda la Inmaculada Concepción de María, por la dificultad de conciliar el dogma de la redención universal de todos los hombres con la Inmaculada concepción de la madre de Dios, que como ser humano, descendiente de Adán, lógicamente debería contraer el pecado original y ser redimida por Cristo. Por fin, el Papa Pío IX, teniendo en cuenta la revelación de la Tradición de la Iglesia, el 8 de Diciembre de 1854 definió como dogma de fe la Inmaculada Concepción de la Virgen con estas palabras: “La beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original”.
Los teólogos desde entonces solucionaron la aparente contradicción de la Inmaculada, sin pecado, con la redención de todos los hombres, diciendo que María fue redimida por Cristo con redención preventiva, impidiendo que contrajera el pecado original.
            Pidamos a la Inmaculada,  Madre de la divina gracia y Modelo de todas las virtudes, que  nos conceda a cada uno la virtud que no tiene o más necesita para ser santo, por ejemplo: la pureza que tanto cuesta a muchos; la humildad para aguantar las humillaciones que tanto duelen y dominar la soberbia que impide la santidad; la paciencia para quien por temperamento nervioso no puede aguantar las cruces de la vida o debe perfeccionarla; la caridad para quien tiene el corazón duro para el pecador o el prójimo molesto; la fe para quienes les cuesta creer y aceptar los acontecimientos adversos; la esperanza para los que tienen puesto el corazón en las cosas terrenas. Estoy seguro de que quienes piden a la Inmaculada estas virtudes u otras, las  obtendrán,  si trabajan por conseguirlas con todas sus fuerzas, si son personas normales y no casos patológicos.