sábado, 14 de mayo de 2022

Quinto domingo de Pascua. Ciclo C

    


    

    La pasión y muerte de Jesús, máximo dolor que se puede imaginar, porque es Dios quien sufre, es la prueba más clara de que el sufrimiento es necesario para ir al Cielo, porque el amor de Dios se hizo dolor humano para la redención de los hombres. El modo mejor de sufrir con Cristo es aceptar el dolor que nos viene de parte de Dios, que es amor con apariencia de desamor o castigo.

    Estoy seguro de que todos los que estamos en estos momentos escuchando la Palabra de Dios tenemos nuestra cruz, que no nos gusta, que nos hace sufrir lo indecible, que no nos podemos quitar de encima de nuestras espaldas. Y la mayor pena que podemos tener es saber que, algunas veces, el dolor es irreversible, tenemos que convivir con él para siempre y sin esperanzas de curación o solución ¿Qué hacer?

    Ante esta encrucijada sin salida, solamente tenemos importantes respuestas de fe.

    En primer lugar, la creencia de que la cruz es necesaria para seguir a Cristo y conseguir la vida eterna, como nos dijo Jesús en el Evangelio: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). No es la cruz una opción para seguir a Cristo, sino una necesidad para conseguir la vida eterna, pues todos la tenemos, tanto los que tenemos fe como los que no la tienen.

    Consecuentemente, los cristianos tenemos que seguir a Cristo con la cruz a cuestas, sabiendo que delante de nosotros va Él estimulándonos a llevarla y haciendo con cada uno de nosotros las veces de cirineo.

    Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer: nuestra debilidad, nuestra impotencia o nuestra capacidad limitada, y acudimos a quien todo lo puede para que nos ayude y fortalezca.

    Con ella comprendemos a los demás, que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre, rezamos juntos para conseguir la gracia de la fortaleza del Espíritu Santo para todos.

    Con la cruz se fortalece nuestra fe en la vida eterna, se aumenta nuestra esperanza y ponemos totalmente nuestro corazón en los bienes de Arriba, que son eternos e imperecederos, despegándonos de las criaturas, a las que estamos esclavizados.

    La cruz nos sirve para redimir las culpas y penas de nuestros pecados, que no han sido suficientemente reparados en la vida, y nos ahorra las penas temporales del Purgatorio; y los sufrimientos nos ayudan también a merecer la vida eterna, pues por muchos y graves que sean, son mayores los premios que, a cambio de ellos, recibiremos en el cielo eterno.

    Además de estos consuelos sobrenaturales, existe la esperanza humana de saber que el mal tiene su fin, pues no hay mal que cien años dure.

    El mensaje de la cruz es sustancial para la vida del cristiano, sin embargo no nos gusta, no lo entendemos, lo rechazamos instintivamente.

    Cuando nos visita la tribulación, cuando el Señor nos acaricia con la cruz, cuando el dador de todo bien pone sobre nosotros el pesado madero, cuando nos parece que Dios nos castiga, nos abandona, digamos con el santo Job: “Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea su santo nombre”

    Acongojados por el dolor y desconcertados por la cruz solemos formular una infinidad de porqués para los que no encontramos respuestas humanas: ¿Qué pecado habré cometido yo para que el Señor me trate de esta manera? ¿Por qué Dios me abandona tanto? ¿Qué he hecho yo para que los hombres se porten tan mal conmigo? ¿Por qué...? En lugar de concluir que estamos en línea con Jesucristo y aceptar la cruz que Dios nos manda o permite, nos rebelamos y nos convertimos en murmuradores de la cruz que el Señor nos manda para nuestro bien, con miras a la vida eterna.

    Cuando nos vemos solos, abandonados, sin el amparo de los nuestros; cuando sufrimos en nuestra carne la enfermedad larga, costosa e insoportable; cuando somos perseguidos por parte de familiares y amigos; cuando nos sentimos despreciados, desconcertados en el fondo del corazón, expresamos al exterior nuestro sentimiento y nos olvidamos de que hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. El camino del Cielo está sembrado de espinas, y no de rosas; hay que tener siempre presente que la distinción de un hijo de Dios elegido de Jesucristo es la cruz, la persecución.

    Si nos encontramos solos, si tenemos dolores físicos, psíquicos o morales, si estamos padeciendo depresiones, soledades y angustias, si estamos despreciados, o menos preciados por los demás, la conclusión de fe no es otra que la que venimos comentando: es muy clara: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”

    Para las almas espirituales, para los santos, el padecer es sufrir con esperanza del gozo de la vida eterna. Muchas veces, cuando leemos en la vida de los santos lo mucho que padecieron, decimos: ¡pobrecitos, cuánto sufrieron!

    Y no es así, porque Dios da fortaleza suficiente para sufrir con gozo espiritual, no con gozo humano, la cruz, que se aguanta con la fortaleza del Espíritu Santo. El santo experimenta el dolor físico, a veces humanamente inaguantable, con la seguridad de que se identifica con Cristo que nos salvó por el amor hecho dolor, y con la esperanza de conseguir el Cielo.

    El amor integrado en el dolor es el mandamiento grande del Señor: amor a Dios, objetivo prioritario y único, y desde Dios descendiendo, amor a mí mismo, a los hermanos y a todas las cosas. El mandamiento nuevo del Señor tiene unos aspectos y matices totalmente desconocidos en el Antiguo Testamento.

    Es nuevo por dos conceptos: nuevo por el modo y nuevo por su extensión. Por el modo, porque tenemos que amarnos los unos a los otros al modo divino como Jesús gratuitamente nos amó, sin esperar nada a cambio.

    La esencia íntima del amor es amar, aunque no se sienta uno amado, como es el amor de la madre. La madre ama a su hijo con todos sus “aunques” y con todos sus “sin embargos”, aunque no reciba nada. (aunque reciba desprecios del hijo). Este es el amor puro, el modo divino, con que Dios nos ha amado y nos ama.

    Este amor, que es al modo divino, se extiende a todos los hombres en palabras y obras, tiene una dimensión universal, si bien no hay que amar a todos de la misma manera, como es evidente.

    No debe amar la madre cristiana, de igual manera y con la misma intensidad a su hijo que al enemigo de su hijo. Pero un cristiano de verdad, no debe excluir de su corazón a ningún hombre de la tierra. Cómo tiene que ser el amor al enemigo, es tema de otra homilía.

    Tengo que amar a los hermanos, aunque sienta repugnancia, aunque no me gusten, aunque me repelan, con obras y palabras, con amor efectivo, al menos, es decir, con el comportamiento que requiera cada caso.

    En consecuencia, y resumiendo, hermanos, hay que padecer mucho para ganarse a pulso el Reino de Dios. Y el modo de conseguir esta meta es con el amor a Dios y en Dios a uno mismo, a los hermanos y hasta las mismas cosas.



sábado, 7 de mayo de 2022

Cuarto Domingo de Pascua. Ciclo C

 

“Iglesia, Sacramento universal de salvación”


Los fieles, como respuesta  a la Palabra de Dios de la primera lectura en el salmo responsorial de la santa misa de este domingo, proclaman esta afirmación: Somos su pueblo y ovejas de su Rebaño. Con estas palabras  afirman  la alegría de pertenecer a la Iglesia, figurada como Rebaño; y luego en el Evangelio se recalca la misma idea con la alegoría de Jesús, Pastor, y ovejas que son los hombres, que escuchan su voz y le siguen para la vida eterna. Estas ideas me ofrecen una oportunidad para hablar del misterio de la Iglesia.

La Iglesia, a la que por la gracia misericordiosa de Dios, Creador y Padre pertenecemos, es un misterio que sólo se puede conocer  por medio de metáforas o alegorías, que no definen su propia naturaleza, y ni siquiera se imagina. Las principales son: Cuerpo místico de Cristo, la Vid y los sarmientos y Sacramento universal de salvación, como enseña el Concilio Vaticano II, que significa que todas las personas que se salvan es por medio del bautismo de agua, bautismo de deseo, bautismo de sangre y bautismo de conciencia o sus suplencias que son infinitas y nadie puede saber ni imaginar, porque Dios es infinitamente sabio, lo sabe todo y todo lo puede.

¿Son pocos los que se salvan?

El número de los que se salvan ha sido, es y será siempre el gran interrogante para todos los hombres de todos los tiempos, porque nada hay revelado sobre este particular. 

En un lugar donde Jesús predicaba, tal vez en una sinagoga de Cafarnaún, el Maestro debió tratar el tema interesante de la salvación, y un oyente interrumpiendo su discurso preguntó a Jesús: Señor, ¿son pocos los que se salvan?

El Maestro no respondió directamente a la pregunta,  sino que se limitó a enseñar la necesidad de esforzarse para entrar en el Reino de Dios: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán” (Lc 13,24). Esta frase no significa que muchos no se salvarán, sino que cuesta mucho esfuerzo entrar por la puerta estrecha de la salvación por propia cuenta,  porque la salvación depende principalmente de la gracia de Dios y otros muchos factores. Sobre este problema angustioso, muchos judíos tenían ideas peregrinas, muy equivocadas, contrarias a la Biblia, hasta tal punto que pensaban que la salvación era una exclusiva para el pueblo de Israel,  porque Dios salva a los hombres como quiere con ellos o sin ellos y de muchas maneras no conocidas.   

Opiniones sobre la salvación

Entre los teólogos existen principalmente tres opiniones sobre la salvación universal de los hombres: rigorista, optimista y misericordiosa, cristiana y evangélica.

Opinión rigorista     

La opinión rigorista afirma que son muchos, muchísimos, los hombres que no se salvan, porque según se aprecia pocos, poquísimos, son los que trabajan por vivir en gracia y se preocupan por la salvación eterna. La mayor parte de la gente vive de espaldas a Dios, obcecada en el pecado, alucinada por el mundo, el dinero, el poder y la carne, y sin cumplir los mandamientos de la Ley de Dios ni  la doctrina de la Iglesia.    

Opinión optimista

La opinión optimista, muy común hoy, consiste en creer que todo el mundo se salva o pocos se condenan, pues la mayoría de los hombres no son pecadores, sino enfermos, débiles, tarados, incapaces de responsabilidad  moral para cometer un pecado mortal, acto humano, que merezca el infierno eterno.

Opinión misericordiosa

Sin duda alguna la opinión más aceptable es la misericordiosa.

Nadie sabe, ni siquiera la Iglesia, el número de los que se condenan. El Papa Juan Pablo II en su libro “Cruzando el umbral de la esperanza” nos dice textualmente que “cuando Jesús dice de Judas, el traidor, sería mejor para ese hombre no haber nacido, la afirmación no puede ser entendida en el sentido de una eterna condenación” (Pág. 187).

Para saber la doctrina de la Iglesia sobre este espinoso y agobiante problema establezco seis principios seguros de la doctrina de la Iglesia:

1º La Iglesia jamás ha hablado ni puede hablar del número de los que no se salvan porque no está revelado.

2º Según la doctrina de la Iglesia se salva el que muere en gracia y se condena el que muere en pecado mortal (Cat 1035). “Morir en pecado mortal  sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre  por propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (Cat 1034). ¿Pero  quién muere en gracia o en pecado mortal? Los juicios de los hombres no son como los juicios de Dios, nos dice la Sagrada Escritura.

3º La moral católica nos enseña  que para que un acto sea grave o pecado mortal se necesitan tres condiciones: materia grave, advertencia plena del acto que se va a realizar y pleno consentimiento por parte de la voluntad, o sea, aceptación plena de la obra mala a sabiendas de lo que es, y libertad plena al realizarla, sin coacción externa ni interna. Si falta alguna de estas tres condiciones, el pecado no es grave. (Cat 1859).

 En virtud de estos principios algunos pecados objetivamente graves por su materia pasan a ser leves por falta de plena advertencia y de pleno consentimiento libre. Y al revés, algunos otros, cuya materia es objetivamente leve, pasan a ser graves porque el pecador creyó equivocadamente que era grave y lo cometió a pesar de eso.

4º La gravedad del pecado no consiste simplemente  en la simple trasgresión voluntaria de la ley de Dios, evaluada por los hombres, sino del juicio de Dios Padre, infinitamente misericordioso, que evalúa el pecado del hombre, su hijo, sometido a muchas debilidades, taras hereditarias o adquiridas, desequilibrios temperamentales, condicionamientos de todo tipo, fuertes tentaciones, a veces insuperables, culturas diversas, educación familiar y social y otros muchos factores.

6º Y, por último, hay que considerar que la redención universal fue realizada por Dios, Jesucristo, que derramó su sangre divina por todos los hombres y la condenación de muchos sería un fracaso. La salvación es un misterio del amor infinitamente misericordioso de Dios, que el hombre no puede entender ni imaginar.

 

 

sábado, 30 de abril de 2022

Tercer domingo de Pascua. Ciclo C

    

    

    El apóstol San Juan en un estilo sugestivo de belleza literaria sin igual, nos cuenta que Tomás llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los Hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y otros discípulos más, motivados por San Pedro, marcharon al lago de Tiberíades a pescar; y pasaron toda la noche surcando todas las aguas, y llegaron a la madrugada sin capturar ni un solo pez.

    Cuando la luz del sol estaba ya iluminando el lago, apareció Jesús en la orilla, haciéndose un desconocido, y preguntó a sus discípulos si tenían algo para comer. Y ellos le dijeron que en toda la noche no habían pescado nada. Entonces les dijo: Echad las redes a la derecha de la barca y encontraréis peces. Obedecieron este extraño mandato, impulsados por un instinto de obediencia superior, pues ese lugar había sido ya explorado muchas veces durante toda la noche; y el resultado fue que se encontraron con la sorpresa de que en un momento capturaron abundancia de peces, que tuvieron la curiosidad de contar: ciento cincuenta y tres. Después de anclar Pedro la barca en las arenas, Jesús les dio a todos pan y peces, sin que nadie le preguntara quién era, sabiendo todos que era el Señor.

    Después de haber realizado Jesús la pesca milagrosa, signo poderoso del poder divino y preparación para transferir a Pedro el primado o la total y plena potestad en la Iglesia, comieron; y a continuación confirió la máxima autoridad de Pedro sobre Obispos, sacerdotes, diáconos y laicos, es decir sobre todos los hombres, valiéndose del precioso y sugerente diálogo que transcribo:

- Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Pedro le contestó:

- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Le dice Jesús:

- Apacienta mis corderos

Jesús vuelve a preguntarle por segunda vez:

- Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Pedro le respondió:

- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Le dijo Jesús:

- Apacienta mis ovejas

Jesús le hizo por tercera vez la misma pregunta:

- Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ¿me quieres? Y le dijo:

- Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.

Le dijo Jesús:

- Apacienta mis ovejas.

    No sabemos por qué Jesús reiteró a Pedro por tres veces la misma pregunta, que obtuvo de Pedro idéntica respuesta, a excepción de la tercera a la que añadió con tristeza: Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.

    Puede pensarse que Jesús en este diálogo estaba aludiendo mentalmente a la afirmación que hizo Pedro a Jesús en la última cena: “Aunque todos te abandonen, yo nunca te abandonaré”, frase que significaba que Pedro amaba más que los demás a Jesús.

    Pedro no se conocía, presumía, convencido y de buena voluntad, de fuerzas que no tenía. Necesitaba la prueba del pecado, llamemos traición, para llegar a su conocimiento total; y surgió la ocasión cuando la portera del palacio de Caifás y los soldados que se calentaban dentro del patio le abordaron con una pregunta comprometida: ¿No eres tú uno de sus discípulos? Pedro, por miedo a correr la misma suerte que Jesús, la muerte, le negó tres veces o en tres ocasiones distintas, incluso con imprecaciones y juramentos, nos dice San Mateo y San Marcos. Fue necesario, repito, la humillación del pecado de Pedro para que conociera su debilidad, su presunción, su vanidad, su inconsciencia, sin que esto significara no querer al Maestro.

    Esto mismo nos ha pasado o nos pasa a cada uno de nosotros. Cuando éramos niños o jóvenes y comprobábamos pecados en los hombres sin fe o en cristianos empecatados, nos escandalizábamos, y asegurábamos en nuestro interior que nosotros nunca cometeríamos semejantes barbaridades.

    La triste experiencia demostró con el tiempo que nosotros, cuando se presentaron las ocasiones y estuvimos en iguales o parecidas circunstancias, hemos sido tan pecadores o más que los demás; y ahora no nos atrevemos a presumir de nuestras virtudes, porque nuestros pecados nos delatan, y nos consideramos tan pecadores como cualquiera o con la capacidad de serlo, si Dios no nos tuviera sujetas “las manos” con las esposas de la gracia. Santa Teresa del Niño Jesús decía que ella no había sido una gran pecadora porque Jesús iba delante de su camino quitando las piedras para que ella no tropezara.

    No sabemos quién ama más a Dios y quién es más pecador en su divina presencia. Todo depende del misterio de la gracia y de la libre correspondencia del hombre a ella. Dios permite, a veces, que los santos pequen para que se hagan comprensivos con los pecadores, experimentando en su propia carne las pasiones y debilidades de ellos, para que aprendan la acción de la misericordia divina, y aprecien las virtudes que les regala.

    Dios hace que los que luchan por ser virtuosos o son santos tengan defectos temperamentales, que a veces no son pecados, y difícilmente pueden corregir del todo, para propia humillación y para que aprecien el valor de la infinita misericordiosa que Dios tiene para con todos los hombres. El hombre bueno o santo, porque se comprueba pecador o defectuoso, no juzga ni condena a nadie en el corazón; se considera en potencia tan pecador como cualquiera, y a los pecadores en potencia tan buenos o santos como él, si hubieran contado con sus mismas gracias.

    San Pedro amó siempre a Jesús en el corazón, pero falló porque se comparaba con sus compañeros y se creía mejor que ellos. Presumió, a la hora de la Eucaristía, de fuerzas que se imaginaba tenía; y después, a la hora de la pasión, sucumbió y negó al Maestro. Pero cuando Pedro fue totalmente humillado por el pecado, recibió el perdón de Cristo, y recibió con el resto de los apóstoles el Espíritu Santo, se convirtió en un gran santo, hombre humillado; y gracias a la humillación del pecado, no volvió jamás a fiarse de sí mismo, y empezó a comprender a los demás y a considerarse igual o peor que otros.

    Por eso, cuando Jesús le preguntó por tercera vez: Pedro, ¿me amas más que éstos?, se entristeció porque empezó a tener miedo de sí mismo por si podría volver a las andadas, al hombre viejo, al hombre pecador de antes. Y no se le ocurrió mejor respuesta que decir: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Tú, que eres Dios, me conoces más que yo mismo, sabes mi capacidad para el mal, mis malas inclinaciones, mi pasado y mi futuro, todo lo que he sido, soy y podré ser, pero tú sabes también, según mi parecer de ahora, que te amo como yo soy o te quiero amar, según mis santos deseos.

    Algo así podemos decir nosotros. Hemos pecado, y tal vez gravemente y muchas veces, por inconsciencia, apasionamiento, desequilibrio psíquico, por presunción de nosotros mismos, creyendo que éramos capaces de meternos debajo del agua y no mojarnos, y nos hemos puesto como una sopa; de jugar con el fuego y no quemarnos, y nos hemos abrasado.

    Nuestros pecados nos enseñaron a ser comprensivos con todos los pecadores, a no fiarnos de nosotros mismos, a comprender a los pecadores, a excusar a todos, a buscar razones de bien en el mal obrar de los hombres, a justificar lo que nos parece injustificable, a perdonar a quienes nos ofenden y buscar un bien en el mal que nos intentan hacer.

    Como San Pedro, podemos decir a Jesús: Tú lo sabes todo, cómo fui de niño, de joven, de mayor, conoces mis pecados, mis debilidades naturales, mi malicia, todo, absolutamente todo; y sabes también, porque no hay nada oculto a tus divinos ojos, que te quise querer con mi modo de ser pecaminoso, a pesar de todo, y que te quiero ahora y te quiero querer siempre.

    Te respondo a la pregunta que me haces como hiciste a San Pedro: ¿Me amas más que éstos? Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Tú lo sabes todo: mi osadía en compaginar mi vida de fe con la del mundo, mi debilidad natural, aumentada por mis pecados, que fueron muchos. Sabes mi presunción en la virtud, sabes que no puedo decir que fui tentado irresistiblemente, de manera que me sintiera fuertemente avocado al pecado porque tenía que desfogar la pasión.

    Pequé, tú sabes cuánto y cómo, pero sabes también que en el fondo o en la superficie, o de alguna manera, quise amarte, quiero amarte y quiero querer amarte siempre.

domingo, 24 de abril de 2022

Segundo domingo de Pascua. Ciclo C

  

    Los discípulos del Señor, que compartieron con Él su vida, escucharon directamente la predicación del Evangelio, y presenciaron milagros espectaculares, eran hombres como nosotros, con cualidades y defectos, virtudes y pecados; hombres débiles, ignorantes, con sus propias pasiones y temperamentos, y condicionados por la cultura de su tiempo y por las influencias propias del ambiente social y las circunstancias propias de la vida. Fueron poco a poco transformándose en santos con la gracia de Dios, no milagrosamente ni de repente, sino con la lentitud del tiempo y las limitaciones propias de la naturaleza humana. La gracia de Dios actúa siempre de modo sobrenatural, pero al estilo humano, de manera que siendo todo obra de Dios, el desarrollo de la gracia en los acontecimientos humanos, parecía simplemente natural.

    Los santos no nacen, se hacen. Tienen que pasar por muchas fases y desarrollar su personalidad en el contraste con muchas pruebas y dificultades de la vida, en las que unas veces vencen y triunfan, y otras sucumben. En la lucha se curten, aprenden la humildad del triunfo y del fracaso, valoran la necesidad de la oración y la necesidad de la gracia para todo. Antes de la Resurrección eran buenas personas, sobre todo, pero con defectos de ambición, soberbia, genio, autosuficiencia, apegados a las personas y cosas, prontos a la ira, coléricos, tardos de ingenio, torpes para entender los misterios de Dios y con los defectos comunes, comprensibles, que corresponden a la naturaleza caída. Y en el momento de la pasión cobardes y miedosos, pues en el huerto de los Olivos todos abandonaron al Maestro, no porque no lo querían, sino por miedo a ser apresados como Él y a perder la vida. Eran humanos, como todos nosotros, pero tenían el propósito de seguir a Jesús, aunque las flaquezas y el miedo les hacían ser débiles, pecadores con arrepentimiento y buenos propósitos, que les hacían caminar en la virtud con paso lento y esperanzado.

    En el Evangelio de hoy vemos a los discípulos reunidos en el Cenáculo con las puertas bien cerradas, echados todos los cerrojos, por miedo a los judíos. Seguramente que no tenían otro tema que el que les preocupaba intensamente en el momento: la Pasión y Muerte de Jesús. En esto, Jesús resucitado, con su cuerpo glorioso, que no encuentra obstáculos para traspasar los muros, se presentó en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros. Y para identificarse les enseñó las llagas de las manos y del costado como garantía de que era Él, y no un fantasma. Sus discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Y en medio de ese gozo indescriptible, les encomendó la misma misión en la Tierra que le había encomendado a Él el Padre. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les comunicó el Espíritu Santo.

Domingo de Resurrección Ciclo C

 


            

Según se desprende de la primera lectura de los hechos de los apóstoles el tema central de la liturgia de hoy es la Resurrección de Jesús, que es el fundamento de nuestra fe, el motivo de nuestra esperanza y la esencia misma de la vida cristiana. Porque si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra esperanza y nuestra fe, nos dice el Apóstol San Pablo. Pero precisamente, porque Cristo ha resucitado, nuestra fuerza es suprema y nuestra motivación sublime.

            La Resurrección de Cristo es el tema principal que siempre ha predicado la Iglesia y tendrá que predicar hasta el fin de los siglos, porque es la primicia de nuestra resurrección futura en cuerpo glorioso, para gozar eternamente de la gloria de la Santísima Trinidad, por la que ahora luchamos desde la fe en la esperanza. Por tanto, vivamos ahora en el tiempo con Cristo resucitado los bienes de arriba, y no  los de la tierra que nos esclavizan y llevan al pecado.

            El cristiano que  ha resucitado a la vida de la gracia, debe hacer que los bienes terrenales, sean bienes celestiales; debe caminar como peregrino por el desierto de la vida con los ojos puestos en Dios y con el corazón desapegado de todas las cosas; y utilizarlas para nos lleven a vivir en plenitud la resurrección de la vida de la gracia.

            Es cierto que tenemos fe, como lo indica el hecho de que hoy hayamos venido todos a celebrar la Resurrección del Señor, pero tal vez nuestra fe esté salpicada de incertidumbres, de dudas por las duras pruebas de esta vida, como sucedió a María Magdalena, que había escuchado muchas veces de labios de Jesús que iba a ser entregado a los judíos y resucitar de entre los muertos, al tercer día. Y, sin embargo, cuando llegó al sepulcro y lo encuentra vacío, en lugar de cimentar su fe en la palabra del Señor, lo primero que se le ocurrió pensar es que habían robado el cuerpo de Jesús. Su amor a Jesús era indiscutible, pero su fe, humana, defectuosa, comprensible, puesto que todavía no había recibido la fortaleza del Espíritu Santo par creer sin titubeos.

            Lo mismo sucedió a los Apóstoles Pedro y Pablo, discípulos preferidos de Jesús, que a pesar del amor que profesaban a su Maestro, necesitaban del Pentecostés del Espíritu Santo para que se fortaleciera su fe como una roca.

            Así también nos pasa a nosotros, que tenemos fe, pero en el roce diario de nuestra vida y con el choque de los múltiples problemas que surgen en nuestro camino, dudamos y nuestra fe flaquea. Necesitamos el don de la fortaleza del Espíritu Santo para creer, para luchar, para superar todo tipo de pruebas y vencer todos los obstáculos. Debemos vivir en estado de fe la gracia de Dios, utilizando los bienes tierra como medio para vivir después eternamente los bienes del Cielo.

sábado, 9 de abril de 2022

Domingo de Ramos. Ciclo C

SEMANA SANTA

PASIÓN, MUERTE Y RESURRECIÓN

Planificación de la Redención

Dios, en las tres Personas Divinas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, decretó desde la eternidad, en común consenso, que el Hijo realizara la Redención. Cuando llegara la plenitud de los tiempos, por obra del Espíritu Santo, no de hombre, el Hijo de Dios encarnaría en las entrañas purísimas de una mujer, única, María, Inmaculada para que fuera Madre de Dios y Corredentora del género humano. Y así sucedió en el tiempo. La Redención empezó el momento de la concepción. Después continuó con el nacimiento de Jesús nacido virginalmente de Santa María, asumiendo de ella la naturaleza humana, sin dejar de ser Dios. Por ser Persona Divina con todos los actos, humanamente divinizados, de su vida oculta, pública, de pasión muerte y resurrección realizó personalmente la Redención hasta el día de la Ascensión a los Cielos. Ahora Cristo, resucitado y glorioso, por medio de la Iglesia está terminando en sus miembros lo que faltó a la redención de Cristo hasta el fin de los tiempos. Cuando este mundo se acabe, la Iglesia terrestre se convertirá en Iglesia celeste de los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra, el fruto de la Redención: la visión y gozo de Dios en felicidad eterna de Amor.

En Semana Santa celebramos litúrgicamente los últimos acontecimientos de Jesús en la tierra sobre los que voy a hacer unas breves reflexiones de cada uno de ellos: Domingo de Ramos, Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo.

Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos Jesús entró en Jerusalén triunfalmente pisando el camino que los buenos judíos habían alfombrado con mantos y ramas cortadas de los árboles gritando: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Porque de buena fe estaban equivocados, convencidos de que Jesús era el Mesías, que iba a librar a su pueblo, Israel, de la esclavitud de Roma, y por eso lo vitoreaban con gritos y aplausos de alegría. Había también otros judíos indiferentes que contemplaban el acto por simple curiosidad; y no faltaron los judíos malos que vieron el espectáculo con intenciones diabólicas de matar a Jesús. Esos fueron aquellos que el Viernes Santo pidieron a Pilato la libertad para Barrabás, notable preso, salteador de caminos, y para Jesús de Nazaret la crucifixión, como nos dice el Evangelio: ¿A quién de los dos queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías? El populacho a gritos contestó: a Barrabás. ¿Y qué haré con Jesús, el rey de los judíos? Ellos gritaron: Crucifícalo.

En este mundo, los hombres buenos y malos convivimos mezclados de distinta manera. Con todos tenemos que tratarnos como mínimo con educación y respeto, como hermanos que somos e hijos de un mismo Padre, incluso con los enemigos.

Jueves Santo

El Jueves Santo es el gran día en que Jesús instituyó el sacerdocio y la Eucaristía, sacrificio que se ofrece al Padre por los pecados del mundo, sacramento en el que se convierte el pan y el vino en el cuerpo y la Sangre de Cristo, alimento del alma para la vida eterna, eje alrededor del cual gira toda la vida cristiana y apostólica de la Iglesia. La Eucaristía es la misma presencia de Jesús glorioso del Cielo, hecho sacramento. Y también celebramos el precepto del Amor mutuo de unos a otros en distinta calidad como, se dice en la liturgia de la Santa Misa.

Viernes santo

Con su pasión horripilante, Cristo nos enseñó que el dolor redime, santifica, y apostoliza en el Cuerpo Místico de Cristo. El dolor, efecto del pecado original, mal humano, es gracia necesaria para la salvación, como enseña la Sagrada Escritura.

El hombre en su peregrinación por la tierra hacia la meta de la vida eterna tiene que llevar la cruz a cuestas hasta la muerte, como Jesús en siete expresiones distintas: personal, familiar, cultural, laboral, social, política y circunstancial.

El cristiano ante la cruz que es desgracia humana, pero gracia divina para la Redención, no debe adoptar una postura de pasividad, dejando el dolor en manos de nadie. Es necesario y obligatorio que busque las soluciones que estén en su mano, y no esperar a que las cosas se arreglen por sí solas o venga la solución de Dios por un milagro. La rebeldía es actitud negativa, atea, pagana, racionalista, inútil, y con ella se aumenta el dolor sin solución de fe ni esperanza. La mejor solución humana y cristiana es aceptar el dolor con paciencia y resignación cristiana y poner todos los remedios posibles para combatirla o suprimirla, si es posible. La Palabra de Dios nos dice que “Dios no prueba por encima de nuestras fuerzas”.

Con el dolor aprendemos el conocimiento propio de nuestro ser y valer, de nuestra debilidad, impotencia, capacidad limitada, y comprendemos a los que sufren como nosotros o quizás más, y, como hermanos e hijos de un mismo Padre, nos unimos a Cristo sufriente, Redentor y a los sufridores de todos los hombres para corredimir los pecados del mundo, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo y nos ahorrarnos penas del Purgatorio.

Sábado Santo

Jesucristo con su muerte en la cruz consumó su vida redentora en la tierra, como pórtico de la Resurrección. La muerte con Cristo no es terminar de vivir, sino cambiar la vida temporal por la vida eterna de felicidad y gozo. La resurrección de Cristo es modelo y garantía de la resurrección de todos los muertos al final de todos los tiempos, Porque Cristo nació, siendo Dios, el nacimiento humano tiene sentido, porque Cristo vivió la vida se hace divina, porque Cristo murió, la muerte tiene precio de gloria, porque Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos con Él, porque en la vida y en la muerte somos del Señor y para el Señor (Rm 14,8).

sábado, 2 de abril de 2022

Quinto domingo de Cuaresma. Ciclo C

Vamos a comentar en la homilía de hoy el evangelio de la mujer adúltera que todos conocemos. Haremos de este pasaje como un comentario espiritual de texto en el que podemos distinguir cuatro elementos que espero  nos aprovechen para nuestro alimento espiritual de la Palabra de Dios: letrados y fariseos, ley de Moisés, adúltera, y Jesús.

 Los letrados en tiempo de Jesús eran expertos y versados en la Sagrada Escritura, Maestros de la Ley, que conocían a la perfección la teología bíblica y la Moral de los judíos basada en la Palabra de Dios y en las tradiciones de los judíos. En nuestros tiempos vendrían a ser como los doctores en teología dogmática y moral.

Los fariseos eran los judíos consagrados al servicio de Dios que cifraban la santidad en el cumplimiento minucioso y exacto de la ley y de las normas establecidas en la moral judía, los hombres perfectos. En nuestros días podrían  equipararse a los hombres piadosos, cristianos de comunión diaria, católicos comprometidos con la Iglesia. El concepto de fariseo se entiende hoy en sentido de falso, hipócrita, porque muchos de ellos cumplían la ley y no obraban en consecuencia con ella, predicaban, pero no hacían lo que decían.     

La ley de Moisés mandaba en el libro del Levítico y del Deuteronomio apedrear a los adúlteros: “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera” (Lev 20,10;Deut 22,22-24). 

La mujer adúltera 

El Evangelio nos dice que una mujer fue sorprendida en adulterio y  presentada ante Jesús, para que, como Maestro en Israel, opinara sobre este caso. Los letrados y fariseos querían poner a prueba la sabiduría y santidad de Jesús con esta pregunta: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?”. La pregunta era capciosa, un auténtico dilema que tenía respuesta comprometida.  Si mandaba cumplir la ley de Moisés, le acusarían de falso profeta  que predicaba la misericordia de Dios infinita, y, en cambio,   condenaba a una pobre pecadora sorprendida en adulterio. Si perdonaba a la adúltera, le hubieran culpado de Maestro falso, pues no cumplía la ley de Moisés, que era tanto como decir la ley de Dios. Cualquiera de las dos respuestas no  tenía escapatoria. Es curioso constatar que en el adulterio, que es cosa de dos, solamente fue sorprendida la mujer adúltera. ¿Qué pasó con el adúltero? ¿Se escapó? ¿Le dejaron escapar?  ¡Qué extraño!           

Estudiemos ahora el comportamiento de Jesús.           

Ante esta pregunta maliciosa y con malas intenciones que los letrados y fariseos hicieron a Jesús, se inclinó y empezó a escribir en el suelo, como dando a entender con esta actitud que se desentendía del tema.

Como insistían en el argumento una y otra vez, Jesús se incorporó y les dijo: 

El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Con esta actitud estaba suficientemente demostrado que los acusadores tenían pecados iguales o equivalentes al adulterio y merecían la misma pena.

“Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.”

Jesús se incorporó y le preguntó:

Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó:

Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más 

 REFLEXIONES Y CONSECUENCIAS ESPIRITUALES PARA LLEVAR VIDA CRISTIANA 

La ley moral católica está basada en la Revelación: Sagrada Escritura y Tradición. Es estudiada  por los teólogos moralistas, especialistas en la Palabra de Dios, e interpretada oficialmente por el Magisterio auténtico y perenne de la Iglesia, constituido por el Papa  y los Obispos unidos entre sí, bajo la autoridad del Papa. Los Obispos en sus propias Diócesis son también maestros de la Verdad Revelada. Los predicadores, profesores, periodistas,  catequistas no son maestros oficiales de la fe de la Iglesia no son maestros oficiales de la fe de la Iglesia; y deben enseñar la doctrina de la Iglesia. Los enseñantes de las verdades de fe, aun queriendo enseñar  la moral católica, inevitablemente pueden añadir de su propia cosecha opiniones y juicios morales personales, según su propia capacidad, educación y virtud. En casos difíciles deben consultar a la autoridad competente. El discípulo o catecúmeno entiende la moral que se le explica, según su capacidad personal y formación religiosa, adquirida en ambientes distintos y épocas históricas diferentes, de manera que las verdades quedan de alguna manera subjetivadas. Y en concreto el pecador comete su pecado personal, según la malicia que está en su corazón. Y ofende a Dios, según el juicio infinitamente justo y misericordioso de Dios Padre, único Juez de los actos morales, que evalúa la conciencia de cada pecador. El pecado, en definitiva, es el acto malicioso que el pecador comete, sabiendo que ofende a Dios, según la malicia que tenga en su corazón.

Los letrados y fariseos interpretaban la ley de Moisés con malicia y segundas intenciones con el fin de sorprender a Jesús en renuncio. Querían que Jesús opinara sobre la ley de Moisés para ponerle una trampa y poderle acusar después ante los tribunales del Sanedrín. Eran injustos porque querían el castigo de la ley para la pobre mujer adúltera, teniendo ellos los mismos o parecidos pecados que ella, como se demuestra con el hecho de que ninguno arrojó contra ellas la primera piedra.

La adúltera quedó sola en la presencia de Jesús, sin que nadie la condenara. ¿Ninguno te ha condenado?, preguntó Jesús. 

Ninguno, Señor, contestó la adultera.

Jesús dijo:

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Jesús admitió el pecado de la adúltera, no la excusó, la perdonó: 

Aprendamos de este Evangelio a no condenar a nadie en nuestro corazón. Podemos pensar y juzgar acciones del prójimo en sí mismas, pero no condenar las intenciones del corazón, dejando el juicio moral de los pecados en manos de Dios, que todo lo sabe, todo lo comprende y todo lo juzga con sabiduría de infinita misericordia.

No nos importen los juicios de los hombres, aunque sean expertos en la Moral Católica, pues nos juzgan según la ley fría, y muchas veces sin comprensión ni compasión,  con maniobras políticas, poniendo zancadillas; incluso condenan nuestros pecados que son como los de ellos o quizá peores.           

Solamente Jesús, Dios y hombre verdadero, te conoce, te ama, te juzga y te perdona. Eres pecador, hijo de Dios, que es tu Padre, y como nadie, más que tú mismo evalúa tus pecados y los perdona, si le pides humildemente perdón de ellos.