sábado, 12 de noviembre de 2022

Domingo trigésimo tercero. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


La persecución a los cristianos es una profecía que Jesús hizo a sus discípulos en varias ocasiones, principalmente en el sermón de la montaña, como consta en el Nuevo Testamento. Elegimos algunos textos como recordatorio:

“Felices aquellos que son perseguidos por cumplir lo que Dios quiere. El reino de los Cielos les pertenece. Felices cuando os insulten y persigan y levanten contra vosotros todo tipo de calumnias por seguirme. Gozaos y alegraos, porque os espera una gran recompensa en el Cielo" (Tm 5,10-12).

“Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os persigan, haced el bien a quienes os odian y rogad por los que os desprecian e insultan” (Mt 5,44).

“Os apresarán y perseguirán, os arrojarán de las sinagogas y os meterán en prisión, seréis llevados ante los reyes y gobernadores a causa de mi nombre” (Lc 21,12).

“La verdad es que  todos cuantos deseen vivir una vida divina en Cristo Jesús serán perseguidos” (2 Tim 3,12).

El Evangelio de la liturgia de la Palabra del domingo de hoy, nos profetiza la destrucción del templo de Jerusalén, que ya se cumplió, y el fin del mundo que está por cumplirse, pero que sucederá no sabemos cuándo. Se avisan señales claras de falsos profetas, guerras y revoluciones, grandes terremotos, y en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el Cielo. Pero antes de todo esto existirán persecuciones a los cristianos, odios, traiciones y crímenes incluso dentro de los mismos familiares. ¿Cuándo tendrán lugar estos tristes acontecimientos? No lo sabemos. La verdad es que no lo sabemos. También los discípulos de Jesús tuvieron esta curiosidad al preguntarle cuándo sucederían estas catástrofes. Pero Él contestó con  señales generales, que de una manera u otra vienen sucediendo con más o menos intensidad en todos los siglos, desde que Jesús profetizó el fin del mundo.

¿Estamos llegando al fin de los tiempos? Desde luego que señales parecidas a las que aparecen en el Evangelio están sucediendo en los últimos tiempos; y alguna de última hora de señales diabólicas, que nadie podía pensar ni imaginar. Me refiero al atentado suicida del día 11 de Septiembre que sucedió en los Estados Unidos con la destrucción de las torres gemelas de Nueva York,  el ataque al Pentágono en Washington y otros fatídicos intentos, afortunadamente fracasados. ¿Son acontecimientos que presagian el fin del mundo? ¡Nadie lo sabe!  No sabemos cuáles son los designios de Dios sobre  la suerte futura del fin del mundo en que vivimos, pero estamos ciertos de que vendrán, no sabemos cuándo, los nuevos cielos y la Nueva Tierra que nos profetiza la palabra de Dios en la Biblia.

La liturgia de hoy nos presenta la perspectiva del fin del mundo, al final casi del año litúrgico, que terminará el próximo domingo, para dar paso a otro nuevo que empezará con el comienzo del primer domingo de Adviento. Lo importante no es saber que este mundo va a terminar o está terminando, sino tomar conciencia de que nosotros, por muchos años que vivamos, estamos acabando nuestra vida en la Tierra. Para que vivamos alertas y preparados para el fin de nuestro mundo. El Evangelio de hoy termina con una frase tremendamente aleccionadora para vivir la esperanza de nuestra salvación: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras alamas”. Digamos unas palabras sobre la virtud de la perseverancia.

Para nuestro aprovechamiento espiritual, quiero exponer tres clases de perseverancia, que todos necesitamos para conseguir la vida eterna: perseverancia en la gracia, perseverancia en la fe y perseverancia final.

Lo más importante en esta vida es vivir en plena amistad con Dios, perseverar en la gracia, es decir estar libre de pecado mortal, en disposición permanente de rendir cuentas al Señor en el momento que nos las pida. La gracia es el don sobrenatural que nos hace vivir en Dios y con Dios el misterio insondable de la vivencia íntima trinitaria; es la dicha de compartir el hombre la misma vida divina con la Trinidad, en relación filial con el Padre; es vivir endiosado, siendo hombre, por la participación analógica de la misma vida divina. Esta es la perseverancia en la gracia.

Si por desgracia perdemos la amistad con Dios por el pecado mortal, que Dios nos conserve la perseverancia en la fe para confesar nuestro pecado en el Sacramento de la Penitencia,  y recuperar la gracia perdida; y esto tantas cuantas veces tengamos la desgracia de ofender a Dios gravemente.

Y, por fin, la perseverancia final, que es la gracia suprema de la salvación. Si por desgracia perdemos la gracia por el pecado mortal, que no perdamos la fe para recuperarla, cuando nos llegue el último día. Que el Señor nos encuentre en su amistad cuando nos llame para pasar de la vida temporal a la vida eterna, que es la visión de Dios y gozo eterno, el desarrollo de fe y de la gracia, por los siglos que no tienen fin.

Para conseguir estas tres perseverancias, encomendemos este problema a la Virgen María, Madre de la divina gracia, pidiéndole nos conceda las tres perseverancias,  aplicando las tres avemarías, que solemos rezar por las noches al acostarnos y por las mañanas al levantarnos. La primera para que Santa María Virgen nos ayude a vivir siempre en gracia, la segunda para que nos conceda la gracia de no perder la fe y de vivirla consecuentemente con todas sus exigencias y deducciones, y la tercera para que cuando termine nuestra existencia, Ella nos conceda la perseverancia final, para vivir la comunión eterna de visión y gozo con la Santísima Trinidad en el Cielo.

 

 

sábado, 5 de noviembre de 2022

Trigésimo segundo domingo. Tiempo ordinario. ciclo C

 


Siempre es bueno dar gracias a Dios por haber recibido la fe desde siempre, pues apenas nacimos, la recibimos en el bautismo, gracias a nuestros padres; y conforme íbamos creciendo, fuimos madurando en la fe, gracias al ambiente de nuestra familia, de la educación del colegio, de los amigos, de la Parroquia o de cualquier otro medio que Dios puso a nuestro lado. Y a pesar de las muchas y diferentes circunstancias adversas que se cruzaron en nuestra vida, perseveramos en la fe hasta hoy. Si siempre es momento de dar gracias a Dios por la fe que nos ha regalado, hoy se nos ofrece una oportunidad única para agradecer al Señor perseverar en la fe en la que fuimos educados, porque en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra, el apóstol San Pablo nos dice que la fe no es de todos. 

Esta verdad no necesita demostración sino comprobación, como podemos observar en la Sociedad en que vivimos y en los ambientes en los que desarrollamos nuestra vida familiar y laboral, y lo que es peor en los medios de comunicación social. A juzgar por lo que se ve y se oye, cada vez observamos que se estila más la increencia religiosa y la falta de fe, pues los hombres, apegados a la tierra, no estiman los valores transcendentes, y presumen sólo de los bienes caducos, como si no hubiera otros sobre los que uno se debe sustentar. Es una pena observar cómo la juventud está cada día más lejos de Dios en apariencia, y cómo rechaza a la Iglesia católica, como institución. Si queremos hacer un recuento mental de las personas que viven en nuestro bloque y en nuestra calle, tenemos que concluir con pena que son contados los cristianos practicantes que acuden a la Iglesia, y pocos los que se plantean que la fe es necesaria para esta vida y para la otra.

Después de dar gracias a Dios por la fe recibida y conservada, cabe una pregunta lógica: ¿Por qué la fe no es de todos? ¿Por qué unos la tenemos desde siempre y otros no la tienen ni tendrán nunca? ¡Misterio insondable del amor de Dios que reparte sus dones gratuitamente a quienes quiere, cuando quiere y como quiere! El amor de Dios, que es libre, está repartido entre los hombres desigualmente, pero con justicia divina, conforme a una planificación universal de la salvación de todos los hombres, misteriosa y “graciosa”, que desconocemos.

Este hecho misterioso de la distribución desigual de la fe entre los hombres, al aire de Dios, no significa que la gracia divina no llegue a cada uno con la fuerza suficiente para que pueda salvarse. Sería un absurdo metafísico pensar que Dios creara al hombre para la condenación. El modo en que Dios toca el corazón de cada hombre con su gracia es otro misterio que no se puede descifrar, pues es tan omnipotente su sabiduría que hace llegar su amor, hecho gracia, de múltiples maneras que no conoce la ciencia humana ni teológica. La conciencia subjetiva del hombre en el recto obrar es la norma suprema de la moralidad que Dios evalúa y juzga, pues se dan circunstancias razonables para que el hombre viva religiones diversas inculpablemente por diversas causas. El hombre que vive con seguridad la fe que profesa, sin dudar, recibe la gracia de Dios por vías del misterio de la buena voluntad, por no saber que la única fe verdadera es la que se profesa en la Iglesia Católica. Lo mismo pasa con el hombre educado en religiones falsas o en el que no tiene religión alguna, pues en estos casos muy comunes resplandece la omnipotente sabiduría de Dios, que sabe justipreciar con infinita misericordia divina la buena fe del corazón humana en su recto proceder.

 La fe se recibe con gratitud, se fomenta con ilusión y se conserva como oro en paño, porque se puede perder, como la salud. Todos conocemos ejemplos de amigos nuestros, antes entusiastas defensores y vivientes fervorosos de la fe, que la perdieron, y hoy andan por eso mundos de Dios a la deriva de los temporales de la moral circunstancial. Los medios para conservar y aumentar el tesoro divino de creer en Jesucristo, son de todos conocidos: la oración, fuerza de Dios que vitaliza las debilidades del hombre; la Eucaristía, alimento de la vida de la gracia; la Penitencia que recupera la gracia perdida o la fortalece, y, sobre todo, buscar un ambiente propicio para el crecimiento de la fe, huyendo del mundo perverso que sofoca el espíritu infiltrándose insensiblemente en el alma, como el polvo se mete dentro de casa, sin poderlo remediar. Para esto, el ideal es estudiar la doctrina de la Iglesia, contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica del actual Papa Juan Pablo II.

 San  Pablo nos transmite a nosotros católicos el deseo de que Jesucristo nos conceda el consuelo interno y la fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas en este mundo en el que existen tantos males y hay tantos hombres perversos sin fe.  Debemos hacer crecer la fe traduciéndola en palabras y obras buenas, haciendo todo el bien que sepamos y podamos jerárquicamente; primero el bien obligado y luego el libre o voluntario. No seamos de aquellos apóstoles que hacen el bien a los extraños, porque les gusta, y luego dejan incumplidas sus obligaciones de familia y de trabajo, porque les cuesta. Lo digo con un refrán popular: “Antes es Dios que los santos”.

San Pablo, que por un milagro de la gracia fue convertido de enemigo acérrimo de Jesús en apóstol de los gentiles, recibió en su tiempo de ministerio muchas pruebas difíciles, peligros de falsos amigos, peligros en tierra y en mar, hambre, persecución, sed, calumnias, azotes, cárcel y otros muchas penas y castigos que ni siquiera se pueden imaginar. Y sin embargo, tenía tanto consuelo interior, de calidad mística, que todo lo consideraba gracia; y cuanto más sufría, más gozaba y sentía una paz que no se puede imaginar, porque estaba plenamente enamorado de Cristo.

Estoy seguro de que todos los que estamos aquí celebrando la Eucaristía, si se nos pidiera, podríamos hacer una lista de males que padecemos: enfermedades, traiciones, dolores, soledades, angustias, problemas psicológicos, que nos hacen sufrir y pensar que Dios nos ha abandonado, que está lejos de nosotros; y con tantos males a cuestas no sentimos ningún consuelo humano ni espiritual, habiendo perdido toda esperanza humana y divina. A pesar de todo eso, demos gracias a Dios por la fe, pidámosle conservarla hasta el de la vida y esperemos de Cristo su misericordia. Recemos con un fervor especial el credo de la Iglesia Católica.      

martes, 1 de noviembre de 2022

Conmemoración de los Fieles difuntos

 


Es natural, también, hermanos, que nos sintamos entristecidos, desde a fe, como hombres, hijos de Dios, porque echamos de menos a nuestros padres, hermanos, familiares y amigos, que quisiéramos estuvieran con salud a nuestro lado; y experimentemos pena, incluso con lágrimas, aunque nuestros seres queridos estén ya en el Cielo, viendo a Dios en eterno gozo. Pero como hombres de fe, debemos estar contentos, porque ya han alcanzado la salvación definitiva en la Patria celestial. La liturgia de la Palabra nos invita a ese gozoso acontecimiento.

 La primera lectura, que hemos escuchado, nos dice que somos peregrinos, desterrados en la Tierra, que caminamos hacia el Cielo, Morada de Dios con los ángeles y santos. En efecto, el que vive en estado de gracia permanente es un peregrino que camina con esperanza hacia la celeste Jerusalén. Los cristianos, como hombres de fe, mientras peregrinamos y llega el día del eterno encuentro con Dios, nos reunimos en la Casa de Dios para celebrar la fe en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía, alimentándonos del manjar del Cuerpo y la Sangre del Señor. Para los que no tienen fe, la vida humana en la Tierra es la única meta de su existencia, sin embargo, para los que tenemos fe, todo empieza a partir de la muerte, que es el principio de la verdadera Vida, con mayúscula, que nunca termina.     El día de los difuntos es para nosotros una santa oportunidad para pedir por nuestros seres queridos y  para reflexionar sobre el valor de la vida humana, que tiene una referencia trascendente de eternidad, pues la vida es como una mala noche pasada en una posada, en expresión de Santa Teresa de Jesús.

Si tenemos fe, debemos tener también la confianza de que nuestros seres queridos, por la infinita misericordia divina, están ya viendo a Dios en el Cielo, cara a cara, o en estado de santa purificación en el Purgatorio, llenos de esperanza por haber conseguido la salvación eterna. Así lo deseamos y pedimos a Dios con todas las fuerzas de nuestra alma. Ellos fueron para nosotros, generalmente, la ocasión para que nosotros recibiéramos el bautismo o progresáramos  en la perfección cristiana de la fe. Y como amor con amor se paga, debemos corresponder con la ayuda de nuestros sufragios, oraciones, misas, limosnas y obras buenas.

Unidos todos en la Eucaristía, nuestros difuntos en el Purgatorio, y nosotros en el templo, en nuestras casas, o en cualquier parte en que nos encontremos, vamos a dar gloria a Dios, celebrando la fe en la vida eterna, pidiendo por nuestros difuntos y por todos nosotros, como miembros de la Iglesia en una familia cristiana que es nuestra Parroquia.

lunes, 31 de octubre de 2022

1 de noviembre, festividad de Todos los Santos


Hoy celebramos, en primer lugar, el día de todos los santos canonizados por la Iglesia, nuestros intercesores ante Dios en el Cielo y  modelos nuestros de santidad en la Tierra, a quienes veneramos en sus imágenes, altares y retablos de nuestras Iglesias. También conmemoramos el día de los santos canonizables, que no llegaron a ser venerados por los fieles, por razones históricas y humanas comprensibles, pero que por sus méritos  estarán, tal vez,  tan cerca de Dios o más  que los santos reconocidos oficialmente por los hombres; y también, por extensión, podemos decir que hoy es  la fiesta de los santos del silencio, que son nuestros familiares y amigos que murieron en el Señor y esperamos estén ya gozando de Dios eternamente, por su infinita misericordia. Podríamos decir, por tanto, que hoy celebramos el día de los hombres que están en el Cielo.

¿Quiénes fueron los santos?

Los santos fueron hombres como nosotros, de carne y hueso, sometidos a las debilidades humanas, pecadores cristianos, que se santificaron viviendo el Evangelio en el ejercicio heroico de  las virtudes; y hasta podríamos decir que también los hombres de buena voluntad, no cristianos, que vivieron en este mundo la fe que conocieron con recta conciencia en el bien obrar y murieron con pureza de corazón, estado de gracia misteriosa, en la presencia de Dios, aunque en la Tierra, por muchas circunstancias, no conocieron la Iglesia ni  a Jesucristo.

¿Por qué fueron santos?          

La Iglesia, institución divina, como toda institución humana, tiene un fundador, que es Jesucristo, unos Estatutos o Constituciones que son las ocho bienaventuranzas proclamadas en el Sermón de la Montaña y unas reglas, que son las enseñanzas y normas de conducta del Evangelio, que determinan el modo de vivir las Constituciones.

Los santos fueron santos porque vivieron con perfección las Constituciones de las Bienaventuranzas y las Reglas del Evangelio con fe operativa expresada en el amor a Dios con el cumplimiento de los mandamientos y en el amor al prójimo demostrado con obras de caridad; y por la misericordia de Dios y sus méritos murieron en estado de gracia.

Aunque el momento no es el propio para explicar las bienaventuranzas, porque es un tema que nos ocuparía mucho tiempo, vamos a proponer, sin embargo, las bienaventuranzas con una breve explicación de cada una de ellas, porque son, como hemos dicho, los fundamentos de la santidad sobre los que hay que construir el edificio de la santidad.

Son dichosos los pobres de espíritu aquellos cristianos, pobres o ricos, que viven con lo necesario, según su clase social, sin apego a las riquezas, siendo señores de las cosas y no esclavos de ellas, y utilizando los bienes de la Tierra para servicio propio, de la familia y de la Sociedad. Los pobres reales no son bienaventurados por su pobreza material, si son ricos en el corazón,  pues son pobres a la fuerza, porque no pueden ser ricos; ni tampoco los ricos reales son condenados por el Evangelio porque tienen dinero y posesiones, pues pueden ser pobres de espíritu, si viven la pobreza evangélica con corazón desprendido de las riquezas y con recta y caritativa administración de sus bienes en favor de los pobres y de la Sociedad. Son dichosos y herederos del Reino de los Cielos los que son pobres en el espíritu.

Son dichosos los sufridos que saben sufrir con paciencia las cruces y contrariedades de esta vida, ofreciendo a Dios el dolor, como necesario para la propia salvación y complemento de lo que faltó a la pasión de Cristo en sus miembros. Los que dan sentido redentor al sufrimiento, heredarán la tierra, es decir, poseerán la tierra del Cielo, felicidad plena y eterna del hombre.

 Son dichosos los que lloran sus pecados propios y los pecados de todos los hombres. Es decir son bienaventurados los que saben llorar santamente, los que  viven la teología de las lágrimas, porque ellos serán consolados con la alegría de la promesa y posesión de la vida eterna.

Son dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, no justicia humana sino teológica, que es la gracia, la santidad. Los que trabajan en la Tierra por saciar el hambre de Dios vivirán felices y serán saciados en el Cielo con la satisfacción de la visión de Dios y gozo eterno de su Ser.

Son dichosos los misericordiosos que comprenden las miserias de los hombres, sus pecados y se compadecen de ellos y ejercen la misericordia remediando los males que están a su alcance, porque alcanzarán la misericordia de Dios.

Son dichosos los limpios de corazón que ven todas las cosas con los ojos de Dios, actúan en la vida sin trampas ni segundas intenciones, ni marrullas, ni mentiras, con el corazón limpio de  pecados, porque ellos verán a Dios en esta vida por la fe y en la otra con su visión y posesión eternamente.

Son dichosos los que trabajan por la paz haciendo por implantar en el mundo el bienestar social, la justicia en todos los órdenes, la defensa de los derechos humanos y se esfuerzan por todos los medios por conseguir el bien común de todos los hombres, porque ellos se llamarán los hijos de Dios.

Son dichosos los perseguidos por causa de la justicia que padecen  por vivir el Evangelio, por seguir a Jesucristo, porque la persecución de los que buscan a Dios es distintivo y predilección de los cristianos, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 

En resumen, son santos aquellos hombres que cumpliendo la voluntad divina en la fiel y rigurosa observancia de la Ley de Dios y de la Iglesia, aceptan y ofrecen todos los acontecimientos de la vida, gozosos y dolorosos, y viven las constituciones del Evangelio, que son las bienaventuranzas

sábado, 29 de octubre de 2022

Trigésimo primer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 

            


En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, el libro de la Sabiduría nos habla del amor de Dios a todas las cosas:  “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado”. Pero de una manera especial resalta el amor a los hombres, pecadores, llegando a decir que Dios cierra los ojos a sus pecados  para que se arrepientan, corrige poco a poco a los que caen, y recuerda su pecado a los que pecan, para que se arrepientan y crean en el Señor.

Sabiendo esto, nace en nuestro corazón la alegría de tener a Dios como Padre, que muchas veces hace la vista gorda a nuestros pecados, porque los evalúa con paternidad misericordiosa, teniendo en cuenta nuestra debilidad; y, brota, a la vez, el deseo de nuestra constante conversión, sabiendo que Dios siempre perdona nuestros pecados, por muchos y graves que sean.                                  

El Evangelio de hoy propone para nuestra consideración la conversión de Zaqueo, que es como una demostración de la enseñanza que se expone en la primera lectura. Expliquemos este hecho.

Sucedió que cuando iba Jesús hacia Jerusalén en su último viaje apostólico,  entró en Jericó y se le agolpó tanta gente que apenas podía ser visto. La fama del profeta milagroso de Nazaret había cundido por toda Palestina, de tal manera que era noticia, incluso entre los hombres ricos y personajes importantes de aldeas, pueblos y ciudades. Había en Jericó un jefe de publicanos, llamado Zaqueo, que se había enriquecido injustamente a costa de la gente humilde del pueblo, y vivía con el corazón puesto en las riquezas. Pero, sin saber por qué, desde hacía tiempo venía madurando el deseo de tener ocasión de ver a Jesús, no por simple curiosidad, sino por un sentimiento indescriptible que había nacido con fuerza en su corazón,  sin haber escuchado jamás la noticia del Evangelio. Un día se enteró de que por el centro de la ciudad pasaba Jesús, y, sin pensarlo dos veces, echó a correr a su encuentro; y cuando estuvo cerca del lugar por donde Él estaba, había tanta gente que no tenía posibilidad de poder verlo, porque además se daba en él la circunstancia de que era bajo de estatura. Entonces echó a correr un poco más adelante, y ni corto ni perezoso, venciendo todo respeto humano, se subió a  un árbol, especie de higuera, para ver a Jesús, porque sabía “que tenía que pasar por allí”. Jesús al llegar  a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:

Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajo a toda prisa y lo recibió muy contento. Es posible que Jesús, acompañado de sus discípulos, se hospedara en casa de Zaqueo, por lo menos para pasar el día; y es probable que aprovechara esta oportunidad para predicar la parábola de las minas y otros temas con el fin de hacer brotar las raíces de la gracia que ya habían agarrado profundamente en su corazón. Al ver los fariseos que Jesús había sido alojado en casa de un pecador público, se escandalizaron murmurando: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.

Zaqueo se convirtió, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Y es de pensar que se hizo fiel discípulo suyo y le siguió incondicionalmente.

Esta escena me da pie para hablar de la conversión, fijándome en una frase muy significativa que pensó Zaqueo, cuando fue al encuentro de Jesús para verlo, “porque tenía que pasar por allí”; frase que me ha servido de título para esta homilía.

La conversión es obra radical del Espíritu Santo, y no del esfuerzo humano. Nadie se convierte, si antes no es convertido por Dios, porque a la conversión precede la gracia divina y la acompaña en todo su proceso hasta que llegue a su pleno desarrollo. “Sin mí no podéis hacer nada”, dijo Jesús en la alegoría de la Vid, que Escribió San Juan en el Evangelio (Jn 15,5).

Zaqueo no se convirtió por el impacto que produjo en él la visita de Jesús a su casa, que fue la ocasión de su conversión, sino por el milagro de la gracia que desde hacía tiempo estaba misteriosamente madurando en su corazón. El hospedaje fue la oportunidad sobrenatural de la que Jesús se valió para que este pecador público empezara el proceso de la conversión, que es la santificación permanente, simplemente y nada más que porque Dios quiso ¡Misterio de la gracia!

Nosotros, que inicialmente estamos convertidos ya, tenemos que aprovechar los múltiples caminos por donde sabemos que Jesús tiene que pasar: Jesús pasa cuando se celebra la Eucaristía, que es el mismo que pasó por donde Zaqueo estaba, con la sola diferencia de que entonces pasó físicamente y ahora pasa sacramentalmente; pasa cuando hacemos oración, encuentro con Jesús donde Él despacha su gracia; pasa cuando dos o más nos reunimos en nombre del Señor para hablar de las cosas de Dios; pasa cuando se lee y escucha atentamente la Palabra de Dios, arma de doble filo que penetra en el corazón podando todas sus malezas; pasa cuando en la Casa de Dios se cantan himnos y salmos de alabanza, de arrepentimiento, de acción de gracias, y de otros sentimientos religiosos; pasa cuando se realiza la caridad con el pobre, en quien Cristo está representado, como miembro de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pasa en fin, por donde el cristiano hace el bien, sufre, ama, ofrece el trabajo y todas las circunstancias de la vida.

Conociendo los distintos caminos por donde el Señor pasa, corre a su encuentro, como Zaqueo, sabiendo que “por allí tiene que pasar” porque te ama como si a nadie más tuviera que amar y quiere tu conversión permanente, que es la santificación en esta vida y la glorificación después en el Cielo.

Examina unos instantes los distintos lugares y personas por donde Jesús pasó por tu vida o sigue pasando “porque tenía que pasar por allí” ¿La familia? ¿la escuela? ¿la Parroquia? ¿aquél amigo? ¿aquél sacerdote? ¿aquél libro? ¿aquéllos ejercicios?... Y, en correspondencia de gratitud, como Zaqueo, conviértete o continúa por el camino de la creciente conversión por el que desde toda la vida o desde hace tiempo sigues caminado.

           

sábado, 22 de octubre de 2022

Trigésimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 

La liturgia de la Palabra de hoy nos propone para alimento de nuestra vida espiritual la conocida parábola del Fariseo y el Publicano, que todos conocemos, sabemos de memoria y muchas veces hemos meditado. Pero cuando la volvemos a meditar, encontramos en ella aspectos nuevos que nos enseñan ángulos diferentes o visiones parciales de la misma realidad. Sucede en esto lo mismo que en las obras de arte de un autor, que admiramos más su genio, cuando contemplamos los  pequeños detalles de su obra,  que en sí mismos ya son obras artísticas, que cuando estudiamos la obra en su conjunto.

Esta parábola fue compuesta por Jesús para aquellos piadosos judíos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Tiene una perfecta aplicación para nosotros,  cristianos practicantes y piadosos, porque podemos caer, como el fariseo, en la tentación de considerarnos mejores que los demás y condenar en  nuestro corazón a los que no pisan la Iglesia. 

En el tiempo de Jesús los fariseos eran hombres devotos que pertenecían al fariseísmo, partido religioso que se basaba en el riguroso y exigente cumplimiento de la ley de Moisés y en la estricta observancia de costumbres piadosas, que desfiguraron y sacaron de quicio  fanáticos doctores de la ley.

Vamos a fijar nuestra atención en dos aspectos negativos que se deducen de la oración del fariseo delante de Dios.

El fariseo era un hombre piadoso que se consideraba justo,  porque se juzgaba mirándose en el falso espejo del cumplimiento parcial de ciertas observancias religiosas, que no eran ni siquiera preceptos de la Ley de Dios: ayunar dos veces por semana y pagar los diezmos al templo. Pero no cumplía la normativa total en todos sus aspectos; y condenaba a los demás hombres  como ladrones, injustos y adúlteros, los tres pecados más graves de la Sociedad religiosa de entonces: y, sobre todo, condenaba a un pecador público, (publicano), que estaba orando con él en el templo, pidiendo a Dios el perdón de sus pecados: ¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador.

Como enseñanza de esta parábola, Jesús concluye diciendo: “Os digo que el publicano bajó a su casa justificado y aquél no”.

La Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento enseña claramente que la perfección consiste en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y en la aceptación de la voluntad divina en todos los acontecimientos que suceden; y no en la observancia de actos religiosos, que son buenos, aconsejables, pero no absolutamente necesarios para la perfección.

La aceptación de la voluntad de Dios no puede ser considerada como una segunda parte integral de la perfección, sino una derivación de la Ley del Decálogo, o  el cumplimiento de la misma ley en su máxima y perfecta expresión. Es decir, no son dos cosas necesarias para la santidad: cumplir los mandamientos y aceptar la voluntad de Dios, sino una sola cosa: cumplir la ley de Dios de la que se deduce la aceptación de lo que Dios quiere o permite. Dicho de otra manera: La santidad o perfección consiste en cumplir la voluntad de Dios, que se basa en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios con la aceptación de todo lo que sucede. Los actos piadosos que cumplía el fariseo eran normas religiosas establecidas en el pueblo de Israel, preceptos humanos,  pero no preceptos divinos establecidos por la Ley de Dios.

San Pablo nos enseña que el cumplimiento material de la ley no justifica por sí misma, sino la gracia de Dios por medio de la ley y, a veces, sin ella. Cuando la gracia convierte a un pecador, le lleva al cumplimiento de la Ley.  El que cumple la ley de Dios está en gracia y el que la quebranta en materia grave, comete pecado mortal y se sitúa en desgracia de Dios. Los actos religiosos y ejercicios de piedad no están preceptuados por Dios. El ayuno es un precepto de la Iglesia para los mayores de 18 años el miércoles de Ceniza y el viernes Santo; y pagar el diezmo a la Iglesia está preceptuado simbólicamente en el quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia: Ayudar a la Iglesia en sus necesidades” Pero como preceptos humanos, pueden ser suprimidos o cambiados por otros.

Lo mismo que el fariseo, actualmente hay cristianos que piensan que son buenos por cumplir ciertas costumbres religiosas: tener devoción a los santos, echar limosnas en los cepillos, rezar el santo rosario, hacer lectura espiritual, ...; y por cumplir la ley del ayuno y la abstinencia y colaborar con limosnas voluntarias al sostenimiento de la Iglesia. Todo eso que haces es bueno, pero no lo mejor, que es el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia.

Otro defecto del fariseo era juzgar a los demás hombres, cosa que todos tenemos que evitar. “No juzguéis y no seréis juzgados, nos dice Jesús en el Evangelio, porque de la misma manera que juzguéis, seréis juzgados”. Nos equivocamos porque Dios juzga el corazón con una sabiduría infinita de misericordia, y los hombres juzgamos los actos morales con un criterio puramente humano, según una formación cultural histórica. Nadie sabe quién es mejor o peor a los ojos de Dios. No condenemos a nadie con el corazón, porque los juicios de Dios no son como los juicios de los hombres,  que son mezquinos y falibles, nos dice el libro de la Sabiduría. Dios es tan sabio que juzga a los hombres con su sabiduría, humanamente incomprensible, y los salva de muchas maneras con el poder de su infinita misericordia.

Fijando nuestra atención en la actitud religiosa del fariseo, resumimos: Seamos coherentes en nuestra actitud cristiana: Cumplir, primero, la voluntad divina en la observancia de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia; luego practicar ejercicios piadosos recomendados por la Iglesia, sabiendo que la ley no justifica, sino la gracia de Dios; y nunca considerarnos mejores que los demás, condenando a los demás hombres, por pecadores que sean, pues sólo Dios sabe la bondad y malicia que hay en cada corazón.

 


sábado, 15 de octubre de 2022

Vigésimo noveno domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


El Evangelio de hoy nos propone la parábola de los criados vigilantes, que es una invitación para que durante toda nuestra vida vivamos preparados para la muerte o venida del Señor.

Jesús nos enseña en esta parábola que nuestra vida es una hacienda que tenemos que administrar para dar cuenta de ella a Dios, Dueño y Señor de todas las cosas, estando preparados para su venida, que es la hora de la muerte, como criados que esperan la llegada de su amo que se marchó de boda y volverá a la hora menos pensada.

En aquella época los grandes señores, cuando se marchaban de boda, que duraba días y hasta semanas, no decían a sus criados el momento en que volverían. De esta manera les obligaban a estar vigilantes guardando y cultivando su hacienda, ceñidas las cinturas, es decir en actitud de servicio, y con las velas encendidas, porque podrían llegar en cualquier momento: de día, por la tarde, de noche o de madrugada. 

Si el señor encontraba a criados fieles, en espera vigilante, los recompensaba sentándolos a su mesa, signo de  amistad y de pertenencia a la familia. En cambio, si encontraba a criados infieles que, pensando que el amo tardaría en llegar, se daban a la buena vida, a comer, a beber y a maltratar a los mozos y a las mozas, el señor a su llegada los echaba de casa y les daba el castigo merecido. Jesús concluye esta parábola con la consiguiente moraleja: “Lo mismo vosotros estad preparados, porque a la hora en que menos penséis, viene el Hijo del Hombre”.

Es un hecho evidente que la mayor parte de la gente, según parece, vive de espaldas a Dios, dedicada, en cuerpo y alma, a la consecución de las riquezas, a comer y a beber sin tino, a la diversión peligrosa o pecaminosa, a las juergas descontroladas, al disfrute y gozo de los placeres, al ejercicio personal y caprichoso del poder.

Pocos son los que de verdad se plantean el problema de la salvación eterna, la necesidad de luchar contra el pecado y vivir en gracia de Dios. Es cierto que también muchos viven humanamente bien, pero sin pensar ni cultivar los valores sobrenaturales de transcendencia, humanizando lo divino, justificando todas las cosas que son malas o peligrosas, como si fueran buenas, porque se estilan, es la moda, todo el mundo lo hace,...; incluso hay cristianos buenos que dan a su vida un sentido puramente humano, ético, sociológico, pero sin referencia a la doctrina de la Iglesia ni a la moral católica.

Parecen más bien filósofos “cristianizados” que teólogos que estudian la fe revelada y hablan de las verdades eternas, o de las terrenas relativas a la eternidad. Esta no es la mente de la Iglesia ni el espíritu de la liturgia de la Santa Misa, en  la que siempre se respira la vivencia de la gracia, la lucha contra el pecado, el deseo de los bienes celestiales, por encima de los terrenos.

Si nos fijamos detenidamente en la oración de la colecta de cualquier misa, en la oración de las ofrendas y postcomunión aparece siempre la constante de la referencia a la vida espiritual con referencia a la vida eterna.

Veamos, por ejemplo, las ideas de las oraciones de la misa de hoy. En la oración colecta hemos pedido al Padre "que aumente en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la vida eterna". En la oración de las ofrendas vamos pedir al Señor "que los dones que has dado a la Iglesia podamos ofrecértelos y transformarlos en sacramento de salvación". Y al final de la Santa misa, antes de la bendición del sacerdote, le vamos a pedir en la postcomunión que "la comunión en tus sacramentos nos salve".

Hagamos unas reflexiones en torno a la Palabra del Evangelio que hemos escuchado y predicado.

La vida que Dios nos ha concedido es una preparación para la eternidad, un medio para conseguir el Cielo que tiene prometido a los que son fieles en el servicio a Dios. Por lo tanto, debemos emplearla en vivir en gracia de Dios cumpliendo los mandamientos, luchando y dando muerte al pecado. Es decir, nuestra misión en la Tierra no es otra que cumplir siempre la voluntad de Dios.

Una religiosa me decía en cierta ocasión que ella pedía al Señor siempre y sólo tres gracias, que ella significaba en la siguiente sigla SAF: sabiduría para conocer la voluntad de Dios, alegría para aceptarla y fortaleza para cumplirla.

Los medios que aconseja la Iglesia para conseguir la meta última y suprema de la buena administración de nuestra propia hacienda son:

  • la oración de comunicarse con Dios, de la manera que sea;
  • la recepción  frecuente del sacramento del perdón, recibido con fe en la infinita misericordia de Dios Padre, pensando en Cristo que es quien perdona y no en el sacerdote que administra el sacramento;
  • la comunión recibida en unión con Cristo, es decir en estado de gracia y con deseo de santificarse o “cristificar” todas las cosas, y no como un acto simple de devoción  o costumbre religiosa, que todo el mundo puede recibir sin escrúpulo, como parece que se hace;
  • la escucha atenta y fructuosa de la santa misa, y no como el cumplimiento de un precepto grave que obliga bajo pecado mortal;
  • el dolor personal, en el cuerpo y en el alma, padecido y ofrecido a Dios como reparación de los propios pecados y con sentido de redención;
  • y el sufrimiento de la convivencia familiar, laboral y social con todas las cruces que conlleva por parte de todos los miembros que la componen.

Estemos, hermanos, preparados para la muerte, que no es el final de la vida, sino el principio de la verdadera vida que nunca termina, con las velas encendidas de la fe y en estado de gracia, ceñidas las cinturas o en actitud permanente de servicio en el cumplimiento de la voluntad de Dios, esperando que cuando Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, venga a llamarnos nos encuentre preparados y consigamos de la infinita misericordia de Dios Padre que seamos dignos de sentarnos a la mesa de la gloria celestial, como buenos hijos que fueron fieles administradores de la hacienda que nos ha regalado.