viernes, 31 de octubre de 2025

Solemnidad de todos los santos. Ciclo C

 


Hoy celebramos, en primer lugar, el día de todos los santos canonizados por la Iglesia, nuestros intercesores ante Dios en el Cielo y  modelos nuestros de santidad en la Tierra, a quienes veneramos en sus imágenes, altares y retablos de nuestras Iglesias. También conmemoramos el día de los santos canonizables, que no llegaron a ser venerados por los fieles, por razones históricas y humanas comprensibles, pero que por sus méritos  estarán, tal vez,  tan cerca de Dios o más  que los santos reconocidos oficialmente por los hombres; y también, por extensión, podemos decir que hoy es  la fiesta de los santos del silencio, que son nuestros familiares y amigos que murieron en el Señor y esperamos estén ya gozando de Dios eternamente, por su infinita misericordia. Podríamos decir, por tanto, que hoy celebramos el día de los hombres que están en el Cielo. 

¿Quiénes fueron los santos? 

Los santos fueron hombres como nosotros, de carne y hueso, sometidos a las debilidades humanas, pecadores cristianos, que se santificaron viviendo el Evangelio en el ejercicio heroico de  las virtudes; y hasta podríamos decir que también los hombres de buena voluntad, no cristianos, que vivieron en este mundo la fe que conocieron con recta conciencia en el bien obrar y murieron con pureza de corazón, estado de gracia misteriosa, en la presencia de Dios, aunque en la Tierra, por muchas circunstancias, no conocieron la Iglesia ni  a Jesucristo.  

¿Por qué fueron santos?       

La Iglesia, institución divina, como toda institución humana, tiene un fundador, que es Jesucristo, unos Estatutos o Constituciones que son las ocho bienaventuranzas proclamadas en el Sermón de la Montaña y unas reglas, que son las enseñanzas y normas de conducta del Evangelio, que determinan el modo de vivir las Constituciones.

Los santos fueron santos porque vivieron con perfección las Constituciones de las Bienaventuranzas y las Reglas del Evangelio con fe operativa expresada en el amor a Dios con el cumplimiento de los mandamientos y en el amor al prójimo demostrado con obras de caridad; y por la misericordia de Dios y sus méritos murieron en estado de gracia.

Aunque el momento no es el propio para explicar las bienaventuranzas, porque es un tema que nos ocuparía mucho tiempo, vamos a proponer, sin embargo, las bienaventuranzas con una breve explicación de cada una de ellas, porque son, como hemos dicho, los fundamentos de la santidad sobre los que hay que construir el edificio de la santidad. 

Son dichosos los pobres de espíritu aquellos cristianos, pobres o ricos, que viven con lo necesario, según su clase social, sin apego a las riquezas, siendo señores de las cosas y no esclavos de ellas, y utilizando los bienes de la Tierra para servicio propio, de la familia y de la Sociedad. Los pobres reales no son bienaventurados por su pobreza material, si son ricos en el corazón,  pues son pobres a la fuerza, porque no pueden ser ricos; ni tampoco los ricos reales son condenados por el Evangelio porque tienen dinero y posesiones, pues pueden ser pobres de espíritu, si viven la pobreza evangélica con corazón desprendido de las riquezas y con recta y caritativa administración de sus bienes en favor de los pobres y de la Sociedad. Son dichosos y herederos del Reino de los Cielos los que son pobres en el espíritu. 

Son dichosos los sufridos que saben sufrir con paciencia las cruces y contrariedades de esta vida, ofreciendo a Dios el dolor, como necesario para la propia salvación y complemento de lo que faltó a la pasión de Cristo en sus miembros. Los que dan sentido redentor al sufrimiento, heredarán la tierra, es decir, poseerán la tierra del Cielo, felicidad plena y eterna del hombre. 

Son dichosos los que lloran sus pecados propios y los pecados de todos los hombres. Es decir son bienaventurados los que saben llorar santamente, los que  viven la teología de las lágrimas, porque ellos serán consolados con la alegría de la promesa y posesión de la vida eterna. 

Son dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, no justicia humana sino teológica, que es la gracia, la santidad. Los que trabajan en la Tierra por saciar el hambre de Dios vivirán felices y serán saciados en el Cielo con la satisfacción de la visión de Dios y gozo eterno de su Ser. 

Son dichosos los misericordiosos que comprenden las miserias de los hombres, sus pecados y se compadecen de ellos y ejercen la misericordia remediando los males que están a su alcance, porque alcanzarán la misericordia de Dios. 

Son dichosos los limpios de corazón que ven todas las cosas con los ojos de Dios, actúan en la vida sin trampas ni segundas intenciones, ni marrullas, ni mentiras, con el corazón limpio de  pecados, porque ellos verán a Dios en esta vida por la fe y en la otra con su visión y posesión eternamente. 

Son dichosos los que trabajan por la paz haciendo por implantar en el mundo el bienestar social, la justicia en todos los órdenes, la defensa de los derechos humanos y se esfuerzan por todos los medios por conseguir el bien común de todos los hombres, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. 

Son dichosos los perseguidos por causa de la justicia que padecen  por vivir el Evangelio, por seguir a Jesucristo, porque la persecución de los que buscan a Dios es distintivo y predilección de los cristianos, porque de ellos es el Reino de los Cielos.  

En resumen, son santos aquellos hombres que cumpliendo la voluntad  divina en la fiel y rigurosa observancia de la Ley de Dios y de la Iglesia, aceptan y ofrecen todos los acontecimientos de la vida, gozosos y dolorosos, y  viven las constituciones del Evangelio, que son las bienaventuranzas.

 

sábado, 25 de octubre de 2025

Trigésimo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


La liturgia de la Palabra de hoy nos propone para alimento de nuestra vida espiritual la parábola del Fariseo y el Publicano, que todos conocemos, sabemos de memoria y muchas veces hemos meditado. Pero cuando la volvemos a meditar, encontramos en ella aspectos nuevos que nos enseñan ángulos diferentes o visiones parciales de la misma realidad. Sucede en esto lo mismo que en las obras de arte de un autor, que admiramos más su genio, cuando contemplamos los  pequeños detalles de su obra,  que en sí mismos ya son obras artísticas, que cuando estudiamos la obra en su conjunto.

Esta parábola fue compuesta por Jesús para aquellos piadosos judíos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Tiene una perfecta aplicación para nosotros,  cristianos practicantes y piadosos, porque podemos caer, como el fariseo, en la tentación de considerarnos mejores que los demás y condenar en  nuestro corazón a los que no pisan la Iglesia. 

 En el tiempo de Jesús los fariseos eran hombres devotos que pertenecían al fariseísmo, partido religioso que se basaba en el riguroso y exigente cumplimiento de la ley de Moisés y en la estricta observancia de costumbres piadosas, que desfiguraron y sacaron de quicio  fanáticos doctores de la ley.Vamos a fijar nuestra atención en dos aspectos negativos que se deducen de la oración del fariseo delante de Dios. 

El fariseo era un hombre piadoso que se consideraba justo,  porque se juzgaba mirándose en el falso espejo del cumplimiento parcial de ciertas observancias religiosas, que no eran ni siquiera preceptos de la Ley de Dios: ayunar dos veces por semana y pagar los diezmos al templo. Pero no cumplía la normativa total en todos sus aspectos; y condenaba a los demás hombres  como ladrones, injustos y adúlteros, los tres pecados más graves de la Sociedad religiosa de entonces: y, sobre todo, condenaba a un pecador público, (publicano), que estaba orando con él en el templo, pidiendo a Dios el perdón de sus pecados: ¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador.

Como enseñanza de esta parábola, Jesús concluye diciendo: “Os digo que el publicano bajó a su casa justificado y aquél no”. 

La Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento enseña claramente que la perfección consiste en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y en la aceptación de la voluntad divina en todos los acontecimientos que suceden; y no en la observancia de actos religiosos, que son buenos, aconsejables, pero no absolutamente necesarios para la perfección.

La aceptación de la voluntad de Dios no puede ser considerada como una segunda parte integral de la perfección, sino una derivación de la Ley del Decálogo, o  el cumplimiento de la misma ley en su máxima y perfecta expresión. Es decir, no son dos cosas necesarias para la santidad: cumplir los mandamientos y aceptar la voluntad de Dios, sino una sola cosa: cumplir la ley de Dios de la que se deduce la aceptación de lo que Dios quiere o permite. Dicho de otra manera: La santidad o perfección consiste en cumplir la voluntad de Dios, que se basa en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios con la aceptación de todo lo que sucede. Los actos piadosos que cumplía el fariseo eran normas religiosas establecidas en el pueblo de Israel, preceptos humanos,  pero no preceptos divinos establecidos por la Ley de Dios.

San Pablo nos enseña que el cumplimiento material de la ley no justifica por sí misma, sino la gracia de Dios por medio de la ley y, a veces, sin ella. Cuando la gracia convierte a un pecador, le lleva al cumplimiento de la Ley.  El que cumple la ley de Dios está en gracia y el que la quebranta en materia grave, comete pecado mortal y se sitúa en desgracia de Dios. Los actos religiosos y ejercicios de piedad no están preceptuados por Dios. El ayuno es un precepto de la Iglesia para los mayores de 18 años el miércoles de Ceniza y el viernes Santo; y pagar el diezmo a la Iglesia está preceptuado simbólicamente en el quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia: Ayudar a la Iglesia en sus necesidades” Pero como preceptos humanos, pueden ser suprimidos o cambiados por otros. 

Lo mismo que el fariseo, actualmente hay cristianos que piensan que son buenos por cumplir ciertas costumbres religiosas: tener devoción a los santos, echar limosnas en los cepillos, rezar el santo rosario, hacer lectura espiritual, ...; y por cumplir la ley del ayuno y la abstinencia y colaborar con limosnas voluntarias al sostenimiento de la Iglesia. Todo eso que haces es bueno, pero no lo mejor, que es el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia. 

Otro defecto del fariseo era juzgar a los demás hombres, cosa que todos tenemos que evitar. “No juzguéis y no seréis juzgados, nos dice Jesús en el Evangelio, porque de la misma manera que juzguéis, seréis juzgados”. Nos equivocamos porque Dios juzga el corazón con una sabiduría infinita de misericordia, y los hombres juzgamos los actos morales con un criterio puramente humano, según una formación cultural histórica. Nadie sabe quién es mejor o peor a los ojos de Dios. No condenemos a nadie con el corazón, porque los juicios de Dios no son como los juicios de los hombres,  que son mezquinos y falibles, nos dice el libro de la Sabiduría. Dios es tan sabio que juzga a los hombres con su sabiduría, humanamente incomprensible, y los salva de muchas maneras con el poder de su infinita misericordia. 

Fijando nuestra atención en la actitud religiosa del fariseo, resumimos: Seamos coherentes en nuestra actitud cristiana: Cumplir, primero, la voluntad divina en la observancia de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia; luego practicar ejercicios piadosos recomendados por la Iglesia, sabiendo que la ley no justifica, sino la gracia de Dios; y nunca considerarnos mejores que los demás, condenando a los demás hombres, por pecadores que sean, pues sólo Dios sabe la bondad y malicia que hay en cada corazón humano. 

sábado, 18 de octubre de 2025

Vigésimo noveno domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, la Iglesia nos propone un trozo de la segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo, de la que elijo un epígrafe o sentencia para hacer un breve comentario: La Sagrada Escritura  conduce a la salvación.

El Hijo Unigénito del Padre, Palabra de Dios para el hombre, le  reveló los misterios de la Santísima Trinidad, la naturaleza de la Redención y los medios necesarios para conseguir la salvación eterna  por medio de los profetas y evangelistas. Todo su contenido se encuentra en la Revelación oficial  de la Sagrada Escritura y Tradición de la Iglesia. Dios revela también a ciertos santos o a personas privadas algunos misterios o verdades, pero no son revelación pública y oficial de la Iglesia, que terminó con la muerte del apóstol San Juan, si no privada, no es fiable.

Los profesores de las Universidades, Seminarios, Institutos, y Colegios de la Iglesia son intérpretes de la Revelación enseñada oficialmente por el Magisterio con explicaciones, sugerencias, pensamientos propios o de otros autores. Toda escritura, inspirada por Dios, es enseñanza de la verdad sobrenatural que no conoce la sabiduría humana; reprensión de los desórdenes morales; corrección de los pecados, vicios y faltas; educación en el ejercicio de la virtud  y perfección evangélica en el camino de la santidad. El hombre equipado perfectamente con estas virtudes puede realizar toda obra buena.

La lectura de la Palabra de Dios, aunque no se entienda, produce efectos espirituales sorprendentes, porque tiene fuerza mística en sí misma. Santa Teresa de Jesús se emocionaba algunas veces, cuando rezaba el breviario en latín, que no entendía, como si el contacto con la letra inspirada tocara las fibras del alma y le hiciera vibrar como las cuerdas de un violín, tocadas magistralmente  por un artista consumado.

Por la fuerza que tiene en sí misma la Palabra de Dios, San Pablo a su discípulo Timoteo le mandaba: proclamar la Palabra de Dios, no como la recitación de una poesía o una pieza magistral de oratoria, sino con la fuerza espiritual que contiene en sí misma; insistir en la predicación de la Palabra de Dios a tiempo o destiempo con cabeza y prudencia; reprender caritativamente y buenos modales a los que se apartan de la Verdad; reprochar con humildad y caridad con la Palabra a los cristianos que se apartan de Dios por debilidad, ingenuidad o confusión y son moralmente recuperables; y exhortar con toda comprensión y pedagogía  a los que pueden ser aconsejados en el progreso de la perfección evangélica, y no lo hacen por desidia o falta de esfuerzo.

La Sagrada Escritura es libro sagrado inspirado por Dios que juntamente con la Tradición de la Iglesia contienen las verdades eternas que el hombre necesita para ser feliz en la tierra con sacrificios y cruces  y desembocan en el Cielo donde todo es verdad, paz y alegría en el conocimiento pleno de  Dios y visión y gozo  por los siglos que no tienen fin.

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Nuestra Señora del Pilar

 


Con gran alegría y entusiasmo de fervor especial estamos celebrando la festividad de la Virgen del Pilar, Patrona de España. 

Podemos decir que hoy es la fiesta de todos los españoles, porque como el Papa dijo en una su visita a nuestra Patria, el año 1982, España es tierra de María.

Según una antiquísima tradición española, que se remonta al comienzo del cristianismo, María, viviendo todavía en carne mortal, vino a Zaragoza, y se apareció a Santiago Apóstol, y  los ángeles transportaron la imagen que hoy se venera en la basílica del Pilar de Zaragoza,  Por eso, es la Virgen del Pilar Patrona de España.      

En la oración colecta de la misa de hoy, que en nombre de la Comunidad Cristiana he elevado al Padre, he pedido para cada uno de nosotros tres gracias importantes: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. Es decir, pedimos a nuestra Madre nos conceda las tres virtudes teologales que son necesarias para vivir una vida cristiana. Las tres existen unidas entre sí, de manera inseparable y complementaria, aunque una puede estar más crecida que las otras dos en el alma. Si alguien tiene fe y no esperanza, realmente no tiene la virtud de la fe teológica, sino fiducia, que es fe o sugestión de que algo va a suceder. Y si tiene esperanza sin fe,  confía humanamente en alguien o en algo, pero no espera por los méritos de Jesucristo la salvación eterna, que es el objeto de esta virtud. Y si ama sin tener fe, ama humanamente, es la virtud antropológica del amor al hombre por el hombre, y no por Dios, sin ninguna relación con Él y sin esperar nada de Él. Los ateos también tienen fe humana, esperanza humana y amor humano. En cambio los católicos, porque tenemos fe y creemos en Él, todo lo esperamos de Él y amamos a los hombres, incluso a nosotros mismos y amamos todas las cosas en Él y por Él.

La primera gracia es fundamental porque sin fe nadie puede merecer ni salvarse. Gracias a Dios todos tenemos fe, pero necesitamos la fortaleza para afrontar todos los obstáculos de la vida.

Dejamos este tema sin desarrollar, y fijemos nuestra atención en la frase VIRGEN DEL PILAR.

La expresión Virgen del Pilar comprende dos conceptos importantes que merece la pena comentar: virgen y pilar, que son como dos apellidos que definen el bello nombre sustantivo de María, que significa mar de gracias, de gracia santificante y gracias sobreañadidas actuales, las más perfectas que se puedan concebir, en orden a cumplir su misión en la tierra de Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Madre de la Iglesia.

Virgen significa mujer que no ha roto su integridad física por ningún motivo y en sentido místico mujer que, además, quiere guardar virginidad en el corazón, es decir virgen en el cuerpo y en el alma.

Según una tradición antiquísima, María debió hacer desde su niñez voto de virginidad, por inspiración del Espíritu Santo, como parece deducirse del anuncio del ángel a Nuestra Señora, en el que, de parte de Dios, le propuso ser Madre del Mesías, y Ella expuso la seria dificultad que tenía de permanecer virgen: “¿Cómo puede ser eso, si no conozco varón? Dios dispuso que María, Madre de todos los hombres, fuera las dos cosas, a la vez, Virgen y Madre virgen. Por tanto, María es modelo de las vírgenes y modelo de las Madres, y modelo de los que se consagran a Dios en pureza o virginidad. En efecto, María es modelo de la mujer que quiere ser madre y no llega serlo por las circunstancias sociales de la vida; modelo también de la mujer que puede ser madre y renuncia a serlo por consagrar su vida al servicio de Dios en la Iglesia y modelo de los que se consagran a Dios en pureza o virginidad.

Pilar significa en sentido arquitectónico especie de pilastra que sostiene un edificio. Esta metáfora puede muy bien aplicarse a María porque Ella es en la Iglesia como el Pilar o fundamento de Cristo, en el sentido de que fue su Madre, y por consiguiente Madre de la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo. El fundamento o pilar es el principio de consistencia en la edificación. Si no hay pilar no existe seguridad en la edificación. De manera parecida, en la actual providencia divina de la Redención, si no hubiera existido María, no habría existido Cristo. Entonces porque Cristo es Hijo de María, nosotros somos hijos de Dios y de María.

También la analogía de pilar puede aplicarse a María en cuanto que Ella, por ser Inmaculada o concebida sin pecado original en plenitud de gracia, es el fundamento o pilar de todas las gracias que de Dios podemos recibir. Nuestras virtudes se fundamentan en María.

Cada uno de nosotros, que somos hijos de María, porque somos hijos de Dios, acudamos a la Virgen del Pilar a pedirle la virtud de la pureza conyugal o la vivencia de la perfecta virginidad en el estado en el que el Señor ha querido concedernos y pedirle también que sea para todos nosotros el fundamento o el pilar de nuestra vida de gracia.           

sábado, 4 de octubre de 2025

Vigésimo séptimo domingo. Tiempo ordinario. ciclo c


La fe, que por la gracia de Dios recibimos en el bautismo, es un tesoro que llevamos en vasijas de barro. De la misma manera que las vasijas fácilmente rezuman el agua que contienen y hasta la pueden perder por roces inevitables, arañazos, descuidos y malos tratos, así también la fe, que todavía conservamos, puede ser dañada, adulterada y hasta perdida por la infidelidad a la gracia, repetición de pecados, contemporización con el mundo y el contagio de  modas y costumbres que atentan contra la fe y la moral católica. Hay que caminar con tiento, esmero y mimo por el destierro de la vida, pisando tierra, manteniendo el tesoro de la fe entre las manos y con los ojos puestos en el Cielo, para poder conservar y aumentar la fe durante toda la vida hasta que lleguemos a la meta, que es la muerte, principio de la eternidad.

Todos conocemos muchos casos de cristianos buenos y sacerdotes fervorosos, religiosos y religiosas edificantes, que vivieron la fe a tope, como se dice ahora, y luego se debilitaron en la gracia, se congraciaron con el pecado, se amundanaron, y ahora están a merced de la misericordia de Dios con graves y serios peligros para su alma.

A medida que pasa el tiempo, hay mayor progreso, la economía mundial crece y los hombres tenemos más recursos materiales, la fe está en mayor peligro, porque el mundo atolondra la mente, enerva las pasiones y la concupiscencia se pone en carne viva, porque el ambiente se apodera del hombre y le hace vivir de espaldas a Dios y de cara abierta a los halagos del mundo.

Cada día cuesta más ser fieles a la gracia, defender la fe en privado o en público, conservarla en llama viva en medio de los vendavales del mundo, que soplan por todas partes amenazando el apagón. En todo momento, y, sobre todo, en el cine y en la televisión hay programas provocativos que encenagan el pudor, invitan al desmadre de la inmoralidad, enturbian las buenas costumbres y ridiculizan la fe de la Iglesia y profanan la moral católica. Muchos cristianos, que quieren mantenerse en pie, encuentran serias y graves dificultades en todos los ambientes, y son víctimas de esta barbarie; otros se mantienen a trancas y barrancas, se levantan, y siguen caminando manchándose los pies de barro; y no falta buena gente que cae por debilidad y se recupera de sus heridas con esperanza.

Cualquiera que sea tu caso, que no lo sé, pero me lo imagino, te animo al combate de la fe, a la pelea contra el pecado, a la lucha contra el mundo. Pero si de verdad quieres, no quisieras o desearías, tienes que poner los medios sobrenaturales que tienes a tu alcance:

1º Alimentar tu fe con  la escucha atenta de la Palabra de Dios, estudio de la doctrina de la Iglesia,  lectura espiritual, charlas y conferencias, teniendo por seguro no la opinión de los teólogos de revistas y periódicos, sino la doctrina de la Iglesia, contenida en el Catecismo del Papa Juan Pablo II. Muchos cristianos debilitan o pierden su fe porque la alimentan con panfletos, lecturas religiosas, no fiables, opiniones de teólogos, sacerdotes y catequistas que cuestionan la fe de la Iglesia, y acaban por vivir la de la Iglesia popular, y no la fe revelada por Jesucristo y enseñada siempre por el Magisterio auténtico de Iglesia.

2º Huida de amistades que perjudiquen tu fe, la pongan en tela de juicio, la discutan o contradigan sin respeto a tus ideales religiosos, y blasonen de la inmoralidad en que viven, dejando intranquila la paz de tu alma. Hay que ser amigos de todos, sean como sean, piensen lo que piensen, vivan como vivan, siempre y cuando la amistad sea humanamente buena, y de relación social respetuosa.  No frecuentar ambientes mundanos, en el sentido peyorativo de la palabra, que pongan en jaque mate tu fe y moral; y abandonar lugares donde se respire un ambiente de malas costumbres.