Pentecostés tiene su origen en el Antiguo Testamento.
Era una fiesta religiosa de sentido popular, conocida con el nombre de la
fiesta de la recolección y de las siete semanas o Pentecostés, en la que los
judíos ofrecían a Dios las primicias de todos los frutos del campo (Éx 23,16;
34,22).
En el Antiguo
Testamento, desde las primeas páginas, se nos habla del Espíritu de Dios,
presente en la Creación y actuando en los profetas y en toda la Historia de la
Salvación. Pero la revelación del Espíritu Santo, como Persona Divina, distinta
a la del Padre y a la del Hijo, sólo es revelada en el Nuevo Testamento.
La acción de la
santificación en la Iglesia y la de cada uno de los fieles se
atribuye al Espíritu Santo, dador de todo bien; la acción creadora al Padre y
la acción redentora al Hijo; pero toda acción divina es común a las tres
divinas Personas de la Santísima Trinidad.
Con el hecho
histórico de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inaugura
oficialmente la Iglesia, que tuvo un origen eterno en el seno íntimo de la
Santísima Trinidad. Fue prefigurada en el Antiguo Testamento en los Patriarcas
y profetas; y cuando llegó la plenitud de los tiempos,
en la concepción del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de Santa
María, por obra del Espíritu Santo, se concibió la Iglesia en su Cabeza y en
sus miembros místicamente.
Después, cuando nació
Jesucristo, nació la Iglesia en su Cabeza con sus miembros en potencia. Luego,
durante treinta y tres años Jesucristo fue estructurando su Iglesia en cuatro
etapas principales.
En su vida oculta con
el ejemplo de la oración, silencio, trabajo y obediencia; en su vida pública
con la predicación del Evangelio, realización de signos y milagros, la
formación del Colegio apostólico, y la institución de la Eucaristía; y en su
pasión y muerte derramando su sangre divina. Resucitado Cristo, estuvo con sus
discípulos durante cuarenta días perfilando los últimos detalles de la
constitución jerárquica de la Iglesia; y después de encomendar a sus apóstoles
la misma misión que recibió del Padre, subió a los Cielos para seguir desde
allí, ministerialmente el gobierno de la Iglesia.
Por fin, a los
cincuenta días de su resurrección, envió al Espíritu Santo para inaugurar
oficialmente la Iglesia hasta la Parusía o final de los tiempos.
Cuando este mundo se acabe, se clausurará la Iglesia peregrina en la
tierra y se establecerá en el Cielo la Iglesia triunfante por los siglos que no
tienen fin.
El Espíritu
Santo reparte entre los hombres, a quienes quiere, cuando quiere y
de la manera que quiere, diversidad de dones, para diversidad de servicios, y
diversidad de funciones, como hemos escuchado en la segunda lectura de la
liturgia de la Palabra (1 Co 12,3b-7.12-13), para el bien común de la Iglesia.
Son innumerables y no se pueden conocer, pero teniendo en cuenta el Nuevo
Testamento y la Tradición de la Iglesia, se pueden clasificar en siete: don de
sabiduría, don de entendimiento, don de ciencia, don de consejo, don de
fortaleza, don de piedad y don de temor a Dios. Los frutos principales del
Espíritu Santo, entre otros, son amor, alegría, paz, comprensión,
agrado, generosidad, lealtad, sencillez y dominio de sí (Gá 5,22-23), según nos
enseña San Pablo.
Siguiendo la doctrina
teológica de Santo Tomás de Aquino, vertida en muchos documentos del magisterio
de la Iglesia, existen dos vidas con ciertas analogías: la natural y la
sobrenatural.
El hombre, en la vida
natural, es un ser misterioso, compuesto de cuerpo y alma, materia y espíritu,
que íntimamente asociados forman una sola naturaleza y una sola persona. Con
razón se dice que es un microcosmos, síntesis admirable de la creación entera.
El alma humana es una sustancia que en su ser y en su obrar es, de suyo,
independiente de la materia. Separada del cuerpo, como es el caso de los santos
en el Cielo, el alma actúa sin la materia, en virtud de la visión
intuitiva, pero está exigiendo la unión con el cuerpo para ser y actuar de
manera completa actuación, como persona resucitada. Mientras el alma permanece
unida al cuerpo, para operar se sirve de las potencias espirituales de
entendimiento y de voluntad, y de los órganos corporales.
Hay una estrecha
analogía entre el orden natural y el sobrenatural. La gracia es como el alma de
la vida sobrenatural. De manera parecida a como el alma actúa en la persona
humana valiéndose de las potencias espirituales y corporales, así, en sentido
analógico, se puede decir que en el organismo sobrenatural la gracia
santificante, que es en sí misma estática y no operativa, actúa mediante las
virtudes y dones del Espíritu Santo.
Toda esta doctrina
teológica es puramente humana, y está concebida con fundamentos
teológicos razonables. Pero la realidad sobrenatural de la acción del Espíritu
Santo es inimaginable, actúa, de modo misterioso que supera la ciencia
ficción, el discurso del hombre y la imaginación. El modo como el Espíritu
Santo comunica sus dones y carismas a todos los hombres, sin excepción, es
realmente misterioso, desconocido, personal, múltiple, y entra dentro del
misterio de la salvación del amor misericordioso de la Santísima Trinidad.

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