Mostrando entradas con la etiqueta Pentecostés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pentecostés. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de mayo de 2026

Pentecostes. Ciclo A

 


Pentecostés tiene su origen en el Antiguo Testamento. Era una fiesta religiosa de sentido popular, conocida con el nombre de la fiesta de la recolección y de las siete semanas o Pentecostés, en la que los judíos ofrecían a Dios las primicias de todos los frutos del campo (Éx 23,16; 34,22). 

En el Antiguo Testamento, desde las primeas páginas, se nos habla del Espíritu de Dios, presente en la Creación y actuando en los profetas y en toda la Historia de la Salvación. Pero la revelación del Espíritu Santo, como Persona Divina, distinta a la del Padre y a la del Hijo, sólo es revelada en el Nuevo Testamento.

La acción de la santificación en la Iglesia y la de cada uno de los fieles  se atribuye al Espíritu Santo, dador de todo bien; la acción creadora al Padre y la acción redentora al Hijo; pero toda acción divina es común a las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad. 

Con el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inaugura oficialmente la Iglesia, que tuvo un origen eterno en el seno íntimo de la Santísima Trinidad. Fue prefigurada en el Antiguo Testamento en los Patriarcas y profetas; y cuando llegó  la plenitud de los tiempos, en  la concepción del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, se concibió la Iglesia en su Cabeza y en sus miembros místicamente.

Después, cuando nació Jesucristo, nació la Iglesia en su Cabeza con sus miembros en potencia. Luego, durante treinta y tres años Jesucristo fue estructurando su Iglesia en cuatro etapas principales.

En su vida oculta con el ejemplo de la oración, silencio, trabajo y obediencia; en su vida pública con la predicación del Evangelio, realización de signos y milagros, la formación del Colegio apostólico, y la institución de la Eucaristía; y en su pasión y muerte derramando su sangre divina. Resucitado Cristo, estuvo con sus discípulos durante cuarenta días perfilando los últimos detalles de la constitución jerárquica de la Iglesia; y después de encomendar a sus apóstoles la misma misión que recibió del Padre, subió a los Cielos para seguir desde allí, ministerialmente el gobierno de la Iglesia.

Por fin, a los cincuenta días de su resurrección, envió al Espíritu Santo para inaugurar oficialmente la Iglesia hasta la Parusía o final de los tiempos. Cuando  este mundo se acabe, se clausurará la Iglesia peregrina en la tierra y se establecerá en el Cielo la Iglesia triunfante por los siglos que no tienen fin.

El Espíritu Santo  reparte entre los hombres, a quienes quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, diversidad de dones, para diversidad de servicios, y diversidad de funciones, como hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra (1 Co 12,3b-7.12-13), para el bien común de la Iglesia. Son innumerables y no se pueden conocer, pero teniendo en cuenta el Nuevo Testamento y la Tradición de la Iglesia, se pueden clasificar en siete: don de sabiduría, don de entendimiento, don de ciencia, don de consejo, don de fortaleza, don de piedad y don de temor a Dios. Los frutos principales del Espíritu Santo, entre otros, son amor, alegría,  paz, comprensión, agrado, generosidad, lealtad, sencillez y dominio de sí (Gá 5,22-23), según nos enseña San Pablo.

Siguiendo la doctrina teológica de Santo Tomás de Aquino, vertida en muchos documentos del magisterio de la Iglesia, existen dos vidas con ciertas analogías: la natural y la sobrenatural.

El hombre, en la vida natural, es un ser misterioso, compuesto de cuerpo y alma, materia y espíritu, que íntimamente asociados forman una sola naturaleza y una sola persona. Con razón se dice que es un microcosmos, síntesis admirable de la creación entera. El alma humana es una sustancia que en su ser y en su obrar es, de suyo, independiente de la materia. Separada del cuerpo, como es el caso de los santos en el Cielo, el alma actúa sin la materia, en virtud  de la visión intuitiva, pero está exigiendo la unión con el cuerpo para ser y actuar de manera completa actuación, como persona resucitada. Mientras el alma permanece unida al cuerpo, para operar se sirve de las potencias espirituales de entendimiento y de  voluntad, y de los órganos corporales.

Hay una estrecha analogía entre el orden natural y el sobrenatural. La gracia es como el alma de la vida sobrenatural. De manera parecida a como el alma actúa en la persona humana valiéndose de las potencias espirituales y corporales, así, en sentido analógico, se puede decir que en el organismo sobrenatural la gracia santificante, que es en sí misma estática y no operativa, actúa mediante las virtudes y dones del Espíritu Santo.

Toda esta doctrina teológica es  puramente humana, y está concebida con fundamentos teológicos razonables. Pero la realidad sobrenatural de la acción del Espíritu Santo es inimaginable,  actúa, de modo misterioso que supera la ciencia ficción, el discurso del hombre y la imaginación. El modo como el Espíritu Santo comunica sus dones y carismas a todos los hombres, sin excepción, es realmente misterioso, desconocido, personal, múltiple, y entra dentro del misterio de la salvación del amor misericordioso de la Santísima Trinidad.

sábado, 7 de junio de 2025

Pentecostés. Ciclo C

 


Serenamente y en un análisis teológico, ¿cuándo tuvo lugar el Pentecostés de María Santísima? Sucedió, según una piadosa creencia de la teología de la Iglesia, en el mismo día y en el mismo momento en que lo recibieron los Apóstoles, según nos refiere el libro de los Hechos de los Apóstoles. ¿Estaban reunidos en el Cenáculo? Nadie lo duda, el Espíritu Santo vino espectacularmente sobre los Apóstoles y María Santísima, a modo de lenguas de fuego y en medio de una tempestad majestuosa de carácter misterioso en el Pentecostés histórico.           

Pero en realidad, María Santísima recibió el Pentecostés personal  en el mismo momento en que Ella fue concebida Inmaculada en el seno de su madre, es decir, en el mismo instante en que María fue persona. La concepción Inmaculada de María superó al sacramento del bautismo que recibimos los cristianos. Al ser concebida María sin pecado original o en plenitud del Espíritu Santo, aún antes de nacer, esta  concepción hizo las veces de un sacramento superior al del bautismo, que no necesitaba porque no contrajo el pecado original. Y produjo en Ella superiores gracias que confiere el bautismo, quedando convertida en Hija de Dios y potencialmente en Madre de la Iglesia y Madre del Cuerpo Místico.  

Nosotros también, hermanos, aunque de diferente manera, hemos recibido la plenitud del Espíritu Santo en dos ocasiones sacramentales: en el bautismo y en la confirmación. 

En los primeros siglos de la Iglesia no estaba clara  la distinción teológica entre el bautismo y la confirmación, porque se administraban simultáneamente, de manera que no era fácil distinguir cuándo empezaba el bautismo y cuándo la confirmación, pues se administraban en un mismo acto.  Con el tiempo estos dos sacramentos se separaron y empezaron a celebrarse en ocasiones distintas. 

Hace más de setenta años los niños recién bautizados eran confirmados, sin mirar la edad, cuando el Obispo hacía la visita pastoral a las parroquias, que sucedía de tarde en tarde. Yo fui confirmado en los brazos de mi madre. 

Gracias a Dios, con el tiempo la pastoral ha avanzado mucho, y con más sentido teológico hoy no se administra el sacramento de la confirmación hasta que los adolescentes o jóvenes no hayan conseguido una madurez suficiente en la fe. 

Demos gracias a Dios porque hemos sido concebidos en gracia en el sacramento del bautismo y confirmados en el Sacramento del Espíritu Santo y por medio de María, Madre de la divina gracia. 

La fuerza del Espíritu Santo no se limita a dos ocasiones circunstanciales o históricas, el bautismo y la confirmación, sino que cada vez que recibimos un sacramento cualquiera, viene a nosotros el pentecostés sacramental de la gracia. Es más, hablando con mayor profundidad teológica, siempre que realizamos un acto de piedad, hacemos una acción caritativa, una obra de misericordia y nos ponemos en contacto con Dios para pedir su gracia, celebramos místicamente un pentecostés teológico.           

Hablando con mayor amplitud de miras, el Espíritu Santo viene y actúa en todos y en cada uno de los hombres de buena voluntad, que hacen el bien, aunque no sean católicos. Y entonces se celebra en ellos el Pentecostés  misterioso. 

Es verdad que nosotros tenemos los cauces ordinarios de la comunicación de la gracia, pero ¿quién puede poner trabas y limitaciones a la omnipotencia del Espíritu Santo, que es también sabiduría infinitamente misericordiosa para la salvación de todos los hombres? Aquellos creyentes que están convencidos de su propia fe, de buena voluntad, y aquellos otros que en la práctica viven, como si Dios no existiera, porque no lo conocen, o dejaron a Dios de lado por razones diversas, cuentan también con la venida del Espíritu Santo, cuando realizan una obra buena. Y entonces celebran el Pentecostés misericordioso. Porque al Cuerpo y al alma de la Iglesia pertenecemos todos los hombres del mundo de una u otra manera.

 Vamos a pedir a la Santísima Virgen que es Madre de Dios y madre de  la Iglesia que nos dé a nosotros, los católicos,  la fortaleza necesaria para vivir el pentecostés sacramental de la Iglesia y el pentecostés sacramental y teológico de nuestra vida operativa de obras buenas. Pidamos al Espíritu Santo que venga a nuestra Comunidad parroquial y a nuestras familias y a cada uno de nosotros, para que todos vivamos celebrando un pentecostés viviente, donde se adore a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. 

Pidamos también para que aquellos otros, que están fuera de la Iglesia, pero dentro del Corazón de Cristo, que son hombres de bien, celebren el pentecostés místico y misericordioso de hacer el bien, de la manera que solamente el Espíritu Santo sabe.

sábado, 18 de mayo de 2024

Pentecostés. Ciclo B

 


Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, día en que el Espíritu Santo vino sobre los Apóstoles: el comienzo oficial de la Iglesia Católica.          

Sucedió este hecho cincuenta días después de resucitar Jesús y de manera espectacular, como nos refiere el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 2,1-11). De repente, dentro de la casa donde se encontraban los discípulos reunidos, que probablemente era el Cenáculo, se oyó un ruido espantoso, como de un viento recio, y aparecieron unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Con estos símbolos de viento y lenguas de fuego se significaba la infusión del Espíritu Santo en cada uno de los Apóstoles. Entonces, se produjo milagrosamente el hecho de cada Apóstol hablaba en la lengua que el Espíritu Santo le sugería, de manera que todos los oyentes, que eran muchos y de distintas lenguas, les entendían en su propio idioma con la admiración y el espanto de todos.

Aprovechando esta fiesta singular, os voy a hablar brevemente de los dones del Espíritu Santo.

Para mejor entender este tema, me parece conveniente recordar lo que todos sabemos, el significado de don. 

Don, en general, es un regalo que una persona hace a otra por liberalidad, es decir porque quiere, y por benevolencia, es decir, con el fin de hacer bien a la persona que recibe gratuitamente el don. Se excluye, por tanto, toda obligación de justicia o recompensa por un trabajo que se hace.

Empezamos por decir que el Espíritu Santo, como Persona, es Dios, igual que el Padre y el Hijo, que son tres Personas distintas y solo Dios verdadero en la Santísima Trinidad, como sabemos por el catecismo elemental. Las tres divinas Personas realizan las mismas operaciones, pero a cada una de Ellas se le atribuye una acción específica diferente: al Padre  la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación de la Iglesia. Pero las tres  Personas, como Dios, crean, redimen y santifican.

La liturgia llama al Espíritu Santo el don de Dios altísimo, como Persona en el seno íntimo de la Santísima Trinidad, que es Amor, el Dios Santificador, porque santifica o vivifica a todos los hombres, como si fuera el alma de la Iglesia, de manera parecida a como el alma vivifica el cuerpo. Por tanto, el Espíritu Santo es en sí mismo DON PERSONAL.

Del Espíritu Santo, como don en sí mismo personal, proceden todos los dones o bienes que existen, tanto en el orden natural como sobrenatural, que no son otra cosa que efectos totalmente gratuitos del infinito amor con que Dios nos ama trinitariamente. Por consiguiente, en sentido amplio, se puede decir que todo lo bueno que hemos recibido de Dios es don del Espíritu Santo. La Creación entera, el Universo, con todos los seres que existen, visibles e invisibles, son regalos de Dios Uno y Trino, dones físicos del Espíritu Santo. Pero en sentido teológico propio los dones que el Espíritu Santo nos regala son humanos, es decir se refieren al hombre. Se pueden clasificar en tres grupos:

- dones naturales  humanos, corporales y espirituales, no sobrenaturales, que el Espíritu Santo concede a los hombres en su propio ser, en el cuerpo y en el alma, como por ejemplo la belleza, la fortaleza, la salud, la buena voz, las distintas aptitudes para realizar bien cosas pronto y con eficacia, el talento, memoria, sentido del arte en todas sus dimensiones etc...

- dones sobrenaturales que son las gracias actuales que el Espíritu Santo regala a los hombres, de maneras muy diferentes y de modo misterioso,  que superando la capacidad del ser humano, no pertenecen al complejo sobrenatural de la gracia.

- y dones del Espíritu Santo en sentido propio que forman parte del complejo sobrenatural de la gracia.

Cuando recibimos el bautismo el Espíritu Santo nos infunde un organismo sobrenatural compuesto de gracia, fundamento de la vida espiritual, virtudes que son las potencias de operación sobrenatural y los dones del Espíritu Santo, como instrumentos de perfección o santidad.

De estos dones vamos a  hablar brevemente.

Existencia de los dones del Espíritu Santo

Por la simple razón humana no se puede conocer la existencia de los dones del Espíritu Santo, sino por revelación. Los Catecismos de todos los tiempos, incluido también el Catecismo de la Iglesia Católica de Juan Pablo II, enseñan que son siete: “don de sabiduría, don de entendimiento, don de consejo, don de fortaleza, don de ciencia, don de piedad y don de temor de Dios. Estos dones completan y llevan a la perfección las virtudes de quienes los reciben y hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud las inspiraciones divinas”, como nos dice el Catecismo de Juan Pablo II (Cat 1831).

El fundamento de estos dones está basado en el profeta Isaías: “Espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejero y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Dios (Is 11,2). Falta el don de piedad, que ha sido incorporado por la doctrina de la Iglesia y de los teólogos escolásticos.

El Espíritu Santo santifica con sus siete dones, pero también  con otros que la ciencia teológica no conoce, pues la infinita sabiduría y omnopotencia de Dios no se puede ceñir solamente a siete modos de santificar. Definamos cada uno de ellos, aunque no los expliquemos por razón del tiempo. 

  • El don de sabiduría  no consiste en saber muchas cosas de Dios, en dominar la sabiduría teológica, sino en saborear los misterios de Dios por fe o con consolaciones.
  • El  don de entendimiento hace que la inteligencia de quien lo posee se llene del Espíritu Santo y discurra siempre sobre las verdades de fe, de manera que, sin estudios especiales, penetre y explique los misterios de Dios.
  • El don de consejo comunica la ciencia de aconsejar bien en todos los problemas que se relacionan con la virtud, en orden a la santificación y la vida eterna,  incluso también en los asuntos humanos.
  • El don de fortaleza potencia al cristiano para defender la fe, vivirla y soportar todo tipo de pruebas y dificultades de la vida.
  • El don de piedad excita en la voluntad, por instinto del Espíritu Santo, un afecto filial hacia Dios, considerado como Padre, y un sentimiento de fraternidad universal para con todos los hombres, en cuanto hermanos nuestros e hijos de Dios Padre.
  • El don de temor de Dios regala al cristiano docilidad especial para someterse totalmente a la voluntad de Dios, cumpliendo los mandamientos, con temor al propio pecado, que puede merecer el castigo justo de Dios.

El Apóstol San Pablo, en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos dice que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Por consiguiente, los dones del Espíritu Santo se conceden para el servicio de todos en funciones diferentes, es decir para el bien común de todos los miembros de la Iglesia, y no para uno mismo o en beneficio de unos cuantos.

Todos los cristianos, en virtud del sacramento del bautismo, como hemos dicho, poseemos todos los dones del Espíritu Santo, cuyo desarrollo depende de la medida del don que se nos regala y de la correspondencia que el cristiano lo secunda  con oración y obras buenas.

Los dones del Espíritu Santo son diferentes a los carismas, que son dones del Espíritu Santo también, pero que concede a unos cuantos en bien de la Iglesia, como son, por ejemplo,  las inspiraciones que los fundadores y otros cristianos reciben para fundar Institutos u obras de la Iglesia, a favor de algunos cristianos, no todos, para el bien de la Iglesia en general.

Pidamos al Espíritu Santo nos conceda la gracia de secundar con frutos los dones que hemos recibido del Espíritu Santo, con el fin de vivir en plenitud nuestra vocación cristiana, que es vocación de santidad. 

sábado, 27 de mayo de 2023

Pentecostés. Pascua. Ciclo A

 


Pentecostés tiene su origen en el Antiguo Testamento. Era una fiesta religiosa de sentido popular, conocida con el nombre de la fiesta de la recolección y de las siete semanas o Pentecostés, en la que los judíos ofrecían a Dios las primicias de todos los frutos del campo (Éx 23,16; 34,22).

En el Antiguo Testamento, desde las primeas páginas, se nos habla del Espíritu de Dios, presente en la Creación y actuando en los profetas y en toda la Historia de la Salvación. Pero la revelación del Espíritu Santo, como Persona Divina, distinta a la del Padre y a la del Hijo, sólo es revelada en el Nuevo Testamento.

La acción de la santificación en la Iglesia y la de cada uno de los fieles se atribuye al Espíritu Santo, dador de todo bien; la acción creadora al Padre y la acción redentora al Hijo; pero toda acción divina es común a las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.

Con el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inaugura oficialmente la Iglesia, que tuvo un origen eterno en el seno íntimo de la Santísima Trinidad. Fue prefigurada en el Antiguo Testamento en los Patriarcas y profetas; y cuando llegó la plenitud de los tiempos, en la concepción del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, se concibió la Iglesia en su Cabeza y en sus miembros místicamente.

Después, cuando nació Jesucristo, nació la Iglesia en su Cabeza con sus miembros en potencia. Luego, durante treinta y tres años Jesucristo fue estructurando su Iglesia en cuatro etapas principales.

En su vida oculta con el ejemplo de la oración, silencio, trabajo y obediencia; en su vida pública con la predicación del Evangelio, realización de signos y milagros, la formación del Colegio apostólico, y la institución de la Eucaristía; y en su pasión y muerte derramando su sangre divina. Resucitado Cristo, estuvo con sus discípulos durante cuarenta días perfilando los últimos detalles de la constitución jerárquica de la Iglesia; y después de encomendar a sus apóstoles la misma misión que recibió del Padre, subió a los Cielos para seguir desde allí, ministerialmente el gobierno de la Iglesia.

Por fin, a los cincuenta días de su resurrección, envió al Espíritu Santo para inaugurar oficialmente la Iglesia hasta la Parusía o final de los tiempos. Cuando este mundo se acabe, se clausurará la Iglesia peregrina en la tierra y se establecerá en el Cielo la Iglesia triunfante por los siglos que no tienen fin.

El Espíritu Santo reparte entre los hombres, a quienes quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, diversidad de dones, para diversidad de servicios, y diversidad de funciones, como hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra (1 Co 12,3b-7.12-13), para el bien común de la Iglesia. Son innumerables y no se pueden conocer, pero teniendo en cuenta el Nuevo Testamento y la Tradición de la Iglesia, se pueden clasificar en siete: don de sabiduría, don de entendimiento, don de ciencia, don de consejo, don de fortaleza, don de piedad y don de temor a Dios. Los frutos principales del Espíritu Santo, entre otros, son amor, alegría, paz, comprensión, agrado, generosidad, lealtad, sencillez y dominio de sí (Gá 5,22-23), según nos enseña San Pablo.

Siguiendo la doctrina teológica de Santo Tomás de Aquino, vertida en muchos documentos del magisterio de la Iglesia, existen dos vidas con ciertas analogías: la natural y la sobrenatural.

El hombre, en la vida natural, es un ser misterioso, compuesto de cuerpo y alma, materia y espíritu, que íntimamente asociados forman una sola naturaleza y una sola persona. Con razón se dice que es un microcosmos, síntesis admirable de la creación entera. El alma humana es una sustancia que en su ser y en su obrar es, de suyo, independiente de la materia. Separada del cuerpo, como es el caso de los santos en el Cielo, el alma actúa sin la materia, en virtud de la visión intuitiva, pero está exigiendo la unión con el cuerpo para ser y actuar de manera completa actuación, como persona resucitada. Mientras el alma permanece unida al cuerpo, para operar se sirve de las potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, y de los órganos corporales.

Hay una estrecha analogía entre el orden natural y el sobrenatural. La gracia es como el alma de la vida sobrenatural. De manera parecida a como el alma actúa en la persona humana valiéndose de las potencias espirituales y corporales, así, en sentido analógico, se puede decir que en el organismo sobrenatural la gracia santificante, que es en sí misma estática y no operativa, actúa mediante las virtudes y dones del Espíritu Santo.

Toda esta doctrina teológica es puramente humana, y está concebida con fundamentos teológicos razonables. Pero la realidad sobrenatural de la acción del Espíritu Santo es inimaginable, actúa, de modo misterioso que supera la ciencia ficción, el discurso del hombre y la imaginación. El modo como el Espíritu Santo comunica sus dones y carismas a todos los hombres, sin excepción, es realmente misterioso, desconocido, personal, múltiple, y entra dentro del misterio de la salvación del amor misericordioso de la Santísima Trinidad.

sábado, 4 de junio de 2022

Pentecostés. Ciclo C



Serenamente y en un análisis teológico, ¿cuándo tuvo lugar el Pentecostés de María Santísima? Sucedió, según una piadosa creencia de la teología de la Iglesia, en el mismo día y en el mismo momento en que lo recibieron los Apóstoles, según nos refiere el libro de los Hechos de los Apóstoles. ¿Estaban reunidos en el Cenáculo? Nadie lo duda, el Espíritu Santo vino espectacularmente sobre los Apóstoles y María Santísima, a modo de lenguas de fuego y en medio de una tempestad majestuosa de carácter misterioso en el Pentecostés histórico.

Pero en realidad, María Santísima recibió el Pentecostés personal en el mismo momento en que Ella fue concebida Inmaculada en el seno de su madre, es decir, en el mismo instante en que María fue persona. La concepción Inmaculada de María superó al sacramento del bautismo que recibimos los cristianos. Al ser concebida María sin pecado original o en plenitud del Espíritu Santo, aún antes de nacer, esta concepción hizo las veces de un sacramento superior al del bautismo, que no necesitaba porque no contrajo el pecado original. Y produjo en Ella superiores gracias que confiere el bautismo, quedando convertida en Hija de Dios y potencialmente en Madre de la Iglesia y Madre del Cuerpo Místico.

Nosotros también, hermanos, aunque de diferente manera, hemos recibido la plenitud del Espíritu Santo en dos ocasiones sacramentales: en el bautismo y en la confirmación.

En los primeros siglos de la Iglesia no estaba clara la distinción teológica entre el bautismo y la confirmación, porque se administraban simultáneamente, de manera que no era fácil distinguir cuándo empezaba el bautismo y cuándo la confirmación, pues se administraban en un mismo acto. Con el tiempo estos dos sacramentos se separaron y empezaron a celebrarse en ocasiones distintas.

Hace más de setenta años los niños recién bautizados eran confirmados, sin mirar la edad, cuando el Obispo hacía la visita pastoral a las parroquias, que sucedía de tarde en tarde. Yo fui confirmado en los brazos de mi madre.

Gracias a Dios, con el tiempo la pastoral ha avanzado mucho, y con más sentido teológico hoy no se administra el sacramento de la confirmación hasta que los adolescentes o jóvenes no hayan conseguido una madurez suficiente en la fe.

Demos gracias a Dios porque hemos sido concebidos en gracia en el sacramento del bautismo y confirmados en el Sacramento del Espíritu Santo y por medio de María, Madre de la divina gracia.

La fuerza del Espíritu Santo no se limita a dos ocasiones circunstanciales o históricas, el bautismo y la confirmación, sino que cada vez que recibimos un sacramento cualquiera, viene a nosotros el pentecostés sacramental de la gracia. Es más, hablando con mayor profundidad teológica, siempre que realizamos un acto de piedad, hacemos una acción caritativa, una obra de misericordia y nos ponemos en contacto con Dios para pedir su gracia, celebramos místicamente un pentecostés teológico.

Hablando con mayor amplitud de miras, el Espíritu Santo viene y actúa en todos y en cada uno de los hombres de buena voluntad, que hacen el bien, aunque no sean católicos. Y entonces se celebra en ellos el Pentecostés misterioso.

Es verdad que nosotros tenemos los cauces ordinarios de la comunicación de la gracia, pero ¿quién puede poner trabas y limitaciones a la omnipotencia del Espíritu Santo, que es también sabiduría infinitamente misericordiosa para la salvación de todos los hombres? Aquellos creyentes que están convencidos de su propia fe, de buena voluntad, y aquellos otros que en la práctica viven, como si Dios no existiera, porque no lo conocen, o dejaron a Dios de lado por razones diversas, cuentan también con la venida del Espíritu Santo, cuando realizan una obra buena. Y entonces celebran el Pentecostés misericordioso. Porque al Cuerpo y al alma de la Iglesia pertenecemos todos los hombres del mundo de una u otra manera.

Vamos a pedir a la Santísima Virgen que es Madre de Dios y madre de la Iglesia que nos dé a nosotros, los católicos, la fortaleza necesaria para vivir el pentecostés sacramental de la Iglesia y el pentecostés sacramental y teológico de nuestra vida operativa de obras buenas. Pidamos al Espíritu Santo que venga a nuestra Comunidad parroquial y a nuestras familias y a cada uno de nosotros, para que todos vivamos celebrando un pentecostés viviente, donde se adore a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Pidamos también para que aquellos otros, que están fuera de la Iglesia, pero dentro del Corazón de Cristo, que son hombres de bien, celebren el pentecostés místico y misericordioso de hacer el bien, de la manera que solamente el Espíritu Santo sabe.

sábado, 22 de mayo de 2021

Pentecostés. Ciclo B

 

Pentecostés tiene su origen en el Antiguo Testamento. Era una fiesta religiosa de sentido popular, conocida con el nombre de la fiesta de la recolección y de las siete semanas o Pentecostés, en la que los judíos ofrecían a Dios las primicias de todos los frutos del campo (Éx 23,16; 34,22).

En la primera lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando se nos narra el hecho evangélico de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo. Sucedió de modo espectacular. De repente se oyó un ruido del cielo, como de un viento recio, que resonó en toda la casa, como anuncio sensible de la venida del Espíritu Santo.

Después aparecieron unas lenguas, como llamaradas de fuego, que se posaron sobre la cabeza de cada uno de los apóstoles; y mediante estos signos recibieron el Espíritu Santo que los transformó totalmente, y les comunicó dones especiales y carismas extraordinarios con el acompañamiento de milagros sorprendentes, como el don de lenguas.

El efecto del ruido fue tan sorprendente que muchos de los que se encontraban en Jerusalén en aquel momento acudieron en masa al cenáculo y quedaron desconcertados, porque cuando los apóstoles empezaron a predicar, cada uno los oía hablar en su propio idioma, habiendo entre ellos judíos devotos de todas las naciones de la tierra, y hombres venidos de Mesopotamia, Judea, Frigia, Egipto, Libia, romanos y árabes.

En el Antiguo Testamento, desde las primeas páginas, se nos habla del Espíritu de Dios, presente en la Creación y actuando en los profetas y en toda la Historia de la Salvación. Pero la revelación del Espíritu Santo, como Persona Divina, distinta a la del Padre y a la del Hijo, sólo es revelada en el Nuevo Testamento.

La acción de la santificación en la Iglesia y la de cada uno de los fieles se atribuye al Espíritu Santo, dador de todo bien; la acción creadora al Padre y la acción redentora al Hijo; pero toda acción divina es común a las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.

Con el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inaugura oficialmente la Iglesia, que tuvo un origen eterno en el seno íntimo de la Santísima Trinidad. Fue prefigurada en el Antiguo Testamento en los Patriarcas y profetas; y cuando llegó la plenitud de los tiempos, en la concepción del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, se concibió la Iglesia en su Cabeza y en sus miembros místicamente.

Después, cuando nació Jesucristo, nació la Iglesia en su Cabeza con sus miembros en potencia. Luego, durante treinta y tres años Jesucristo fue estructurando su Iglesia en cuatro etapas principales.

En su vida oculta con el ejemplo de la oración, silencio, trabajo y obediencia; en su vida pública con la predicación del Evangelio, realización de signos y milagros, la formación del Colegio apostólico, y la institución de la Eucaristía; y en su pasión y muerte derramando su sangre divina. Resucitado Cristo, estuvo con sus discípulos durante cuarenta días perfilando los últimos detalles de la constitución jerárquica de la Iglesia; y después de encomendar a sus apóstoles la misma misión que recibió del Padre, subió a los Cielos para seguir desde allí, ministerialmente el gobierno de la Iglesia.

Por fin, a los cincuenta días de su resurrección, envió al Espíritu Santo para inaugurar oficialmente la Iglesia hasta la Parusía o final de los tiempos. Cuando este mundo se acabe, se clausurará la Iglesia peregrina en la tierra y se establecerá en el Cielo la Iglesia triunfante por los siglos que no tienen fin.

El Espíritu Santo reparte entre los hombres, a quienes quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, diversidad de dones, para diversidad de servicios, y diversidad de funciones, como hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra (1 Co 12,3b-7.12-13), para el bien común de la Iglesia. Son innumerables y no se pueden conocer, pero teniendo en cuenta el Nuevo Testamento y la Tradición de la Iglesia, se pueden clasificar en siete: don de sabiduría, don de entendimiento, don de ciencia, don de consejo, don de fortaleza, don de piedad y don de temor a Dios. Los frutos principales del Espíritu Santo, entre otros, son amor, alegría, paz, comprensión, agrado, generosidad, lealtad, sencillez y dominio de sí (Gá 5,22-23), según nos enseña San Pablo.

Siguiendo la doctrina teológica de Santo Tomás de Aquino, vertida en muchos documentos del magisterio de la Iglesia, existen dos vidas con ciertas analogías: la natural y la sobrenatural.

El hombre, en la vida natural, es un ser misterioso, compuesto de cuerpo y alma, materia y espíritu, que íntimamente asociados forman una sola naturaleza y una sola persona. Con razón se dice que es un microcosmos, síntesis admirable de la creación entera. El alma humana es una sustancia que en su ser y en su obrar es, de suyo, independiente de la materia. Separada del cuerpo, como es el caso de los santos en el Cielo, el alma actúa sin la materia, en virtud de la visión intuitiva, pero está exigiendo la unión con el cuerpo para ser y actuar de manera completa actuación, como persona resucitada. Mientras el alma permanece unida al cuerpo, para operar se sirve de las potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, y de los órganos corporales.

Hay una estrecha analogía entre el orden natural y el sobrenatural. La gracia es como el alma de la vida sobrenatural. De manera parecida a como el alma actúa en la persona humana valiéndose de las potencias espirituales y corporales, así, en sentido analógico, se puede decir que en el organismo sobrenatural la gracia santificante, que es en sí misma estática y no operativa, actúa mediante las virtudes y dones del Espíritu Santo.

Toda esta doctrina teológica es puramente humana, y está concebida con fundamentos teológicos razonables. Pero la realidad sobrenatural de la acción del Espíritu Santo es inimaginable, actúa, de modo misterioso que supera la ciencia ficción, el discurso del hombre y la imaginación. El modo como el Espíritu Santo comunica sus dones y carismas a todos los hombres, sin excepción, es realmente misterioso, desconocido, personal, múltiple, y entra dentro del misterio de la salvación del amor misericordioso de la Santísima Trinidad.

sábado, 30 de mayo de 2020

Pentecostés. Ciclo A

Pentecostés tiene su origen en el Antiguo Testamento. Era una fiesta religiosa de sentido popular, conocida con el nombre de la fiesta de la recolección y de las siete semanas o Pentecostés, en la que los judíos ofrecían a Dios las primicias de todos los frutos del campo (Éx 23,16; 34,22). 

 

En el Antiguo Testamento, desde las primeas páginas, se nos habla del Espíritu de Dios, presente en la Creación y actuando en los profetas y en toda la Historia de la Salvación. Pero la revelación del Espíritu Santo, como Persona Divina, distinta a la del Padre y a la del Hijo, sólo es revelada en el Nuevo Testamento.

 

La acción de la santificación en la Iglesia y la de cada uno de los fieles  se atribuye al Espíritu Santo, dador de todo bien; la acción creadora al Padre y la acción redentora al Hijo; pero toda acción divina es común a las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad. 

 

 Con el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inaugura oficialmente la Iglesia, que tuvo un origen eterno en el seno íntimo de la Santísima Trinidad. Fue prefigurada en el Antiguo Testamento en los Patriarcas y profetas; y cuando llegó  la plenitud de los tiempos, en  la concepción del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, se concibió la Iglesia en su Cabeza y en sus miembros místicamente.

 

Después, cuando nació Jesucristo, nació la Iglesia en su Cabeza con sus miembros en potencia. Luego, durante treinta y tres años Jesucristo fue estructurando su Iglesia en cuatro etapas principales.

 

En su vida oculta con el ejemplo de la oración, silencio, trabajo y obediencia; en su vida pública con la predicación del Evangelio, realización de signos y milagros, la formación del Colegio apostólico, y la institución de la Eucaristía; y en su pasión y muerte derramando su sangre divina. Resucitado Cristo, estuvo con sus discípulos durante cuarenta días perfilando los últimos detalles de la constitución jerárquica de la Iglesia; y después de encomendar a sus apóstoles la misma misión que recibió del Padre, subió a los Cielos para seguir desde allí, ministerialmente el gobierno de la Iglesia.

 

Por fin, a los cincuenta días de su resurrección, envió al Espíritu Santo para inaugurar oficialmente la Iglesia hasta la Parusía o final de los tiempos. Cuando  este mundo se acabe, se clausurará la Iglesia peregrina en la tierra y se establecerá en el Cielo la Iglesia triunfante por los siglos que no tienen fin.

 

El Espíritu Santo  reparte entre los hombres, a quienes quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, diversidad de dones, para diversidad de servicios, y diversidad de funciones, como hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra (1 Co 12,3b-7.12-13), para el bien común de la Iglesia. Son innumerables y no se pueden conocer, pero teniendo en cuenta el Nuevo Testamento y la Tradición de la Iglesia, se pueden clasificar en siete: don de sabiduría, don de entendimiento, don de ciencia, don de consejo, don de fortaleza, don de piedad y don de temor a Dios. Los frutos principales del Espíritu Santo, entre otros, son amor, alegría,  paz, comprensión, agrado, generosidad, lealtad, sencillez y dominio de sí (Gá 5,22-23), según nos enseña San Pablo.

 

Siguiendo la doctrina teológica de Santo Tomás de Aquino, vertida en muchos documentos del magisterio de la Iglesia, existen dos vidas con ciertas analogías: la natural y la sobrenatural.

 

El hombre, en la vida natural, es un ser misterioso, compuesto de cuerpo y alma, materia y espíritu, que íntimamente asociados forman una sola naturaleza y una sola persona. Con razón se dice que es un microcosmos, síntesis admirable de la creación entera. El alma humana es una sustancia que en su ser y en su obrar es, de suyo, independiente de la materia. Separada del cuerpo, como es el caso de los santos en el Cielo, el alma actúa sin la materia, en virtud  de la visión intuitiva, pero está exigiendo la unión con el cuerpo para ser y actuar de manera completa actuación, como persona resucitada. Mientras el alma permanece unida al cuerpo, para operar se sirve de las potencias espirituales de entendimiento y de  voluntad, y de los órganos corporales.

 

Hay una estrecha analogía entre el orden natural y el sobrenatural. La gracia es como el alma de la vida sobrenatural. De manera parecida a como el alma actúa en la persona humana valiéndose de las potencias espirituales y corporales, así, en sentido analógico, se puede decir que en el organismo sobrenatural la gracia santificante, que es en sí misma estática y no operativa, actúa mediante las virtudes y dones del Espíritu Santo.

 

Toda esta doctrina teológica es  puramente humana, y está concebida con fundamentos teológicos razonables. Pero la realidad sobrenatural de la acción del Espíritu Santo es inimaginable,  actúa, de modo misterioso que supera la ciencia ficción, el discurso del hombre y la imaginación. El modo como el Espíritu Santo comunica sus dones y carismas a todos los hombres, sin excepción, es realmente misterioso, desconocido, personal, múltiple, y entra dentro del misterio de la salvación del amor misericordioso de la Santísima Trinidad.


sábado, 8 de junio de 2019

Pentecostés. Ciclo C

        
         
En Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, y se piensa que también sobre María Santísima, empieza estructuralmente la Iglesia. El magisterio de la Iglesia, a lo largo de su Historia, fue concretando con estudios bíblicos y teológicos de la Revelación los actos en los que viene el Espíritu Santo a la Iglesia. Se pueden reducir a cuatro: Pentecostés bíblico, Pentecostés sacramental y Pentecostés teológico.

Pentecostés bíblico

El libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-6) nos cuenta este hecho histórico con estas palabras: “Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”, que podría ser el Cenáculo o una casa de alguno de los discípulos. “Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
            Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos  de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados porque cada uno los oía hablar  en su propio idioma”.
Este acontecimiento no es una alegoría o representación literaria que los primeros cristianos compusieron para significar  ideas abstractas religiosas o místicas, como piensan los racionalistas, sino una realidad sobrenatural histórica, causada por el Espíritu Santo para inaugurar el principio de la Iglesia Católica.

Pentecostés eclesial

La Iglesia  ha recibido del Espíritu Santo la facultad de santificar el Cuerpo Místico de Cristo, hecho que ha estudiado  con argumentos bíblicos y teológicos fundados en la Revelación; y ha determinado los actos en los que  el Espíritu Santo viene a la Iglesia; y enseña que es Pentecostés eclesial cuando la Iglesia  convoca oficialmente actos importantes, como concilios, sínodos, reuniones pastorales y espirituales, asambleas. Estos acontecimientos, deben estar presididos y dirigidos por la jerarquía de la Iglesia.  También el Espíritu Santo desciende en encíclicas, escritas por el Papa.

Pentecostés sacramental

En la celebración de los siete sacramentos viene el Espíritu Santo en los que los administran y en los que los reciben con las debidas disposiciones. Cuando una persona recibe el sacramento del bautismo, el Espíritu Santo baña todo el ser del alma y la convierte en un complejo sobrenatural de gracia, virtudes y dones especiales del Espíritu Santo; y entonces es Pentecostés bautismal. El bautismo es un endiosamiento de la persona humana.
Cuando persevera con perfección progresiva en la vida cristiana, y un cristiano recibe el sacramento de la confirmación, llamado también sacramento el Espíritu Santo, recibe en plenitud la fortaleza de la fe, para vivirla, defenderla, y en algunos casos hasta para dar la vida  por Jesucristo, si fuera preciso; y entonces es Pentecostés del Espíritu Santo.
 Cuando un pecador pide perdón a Dios en el sacramento de la Penitencia recibe la absolución trinitaria en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y se celebra el Pentecostés del perdón.
 Cuando el cristiano recibe la Eucaristía, el Espíritu Santo establece su trono en el alma para vivir con Dios en comunidad trinitaria, y entonces es Pentecostés eucarístico
Cuando un bautizado y confirmado recibe en estado de gracia los sacramentos hasta el fin de su vida, y recibe el sacramento de la Unción de enfermos, consigue el pasaporte  para entrar en el Reino de los Cielos.  
Cuando  un cristiano  recibe el sacramento del Orden sacerdotal,  se cristifica por la fuerza del Espíritu Santo para ser otro Cristo en la tierra predicar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos, dirigir espiritualmente a los cristianos y comunidades cristianas.
Y, por fin, cuando un hombre y una mujer  se aman cristianamente, y quieren unirse sacramentalmente en matrimonio católico para propagar la especie humana y ayudarse mutuamente, para la generación y educación de la prole  es Pentecostés matrimonial
    
Pentecostés teológico

El cristiano en virtud del bautismo está capacitado para que toda su vida sea Pentecostés, haciendo que sus pensamientos, deseos, palabras y obras estén unidos al Espíritu Santo; y, sobre todo, cuando hace oración, realiza cualquier obra buena de la vida ordinaria, caritativa, apostólica en estado de gracia, el Espíritu Santo actúa en el alma y desde el alma es Pentecostés teológico.